viernes, julio 28, 2017

La prueba del "pelígrafo"




Todo mentiroso persistente corre el riesgo de transformarse en un fabulador a quien nadie creerá ni el padrenuestro

Hace pocos años se hizo célebre una película británica intitulada El discurso del rey (2010). Aparte de su indudable valor histórico, relacionado con el inesperado ascenso al trono de Jorge VI del Reino Unido,  todavía se la recuerda  porque su foco argumental descansaba fundamentalmente en el valor del habla como recurso que nos conecta o desconecta con el resto de las personas. Albert Frederick Arthur George (1895-1952, padre de la actual reina Isabel II), debe por todos los medios posibles vencer su disfemia o tartamudez crónica, puesto que, gracias a la abdicación de su hermano para casarse con alguien que no pertenece a la realeza,  deberá asumir inesperadamente el reinado y, naturalmente,  exponerse como orador ante sus súbditos.  De sus palabras dependerá en mucho el respeto de los oyentes.  Sin que lleguen a expresarlo,  tanto él como su esposa parecen conscientes de las dificultades comunicacionales implícitas en el discurso de un tartamudo y mucho más si el hablante es un rey. Acuden entonces a un fonoaudiólogo para que lo ayude a superar aquel trauma.
La situación descrita tiene que ver con el valor de la expresión cuando mediante ella intentamos producir mensajes orales para otros. Ya no se trata de la voz —tema que tratamos en una duda anterior— sino del modo específico como hacemos uso de los órganos articulatorios. Cada vez que abrimos la boca para decir algo, tenemos frente a nosotros a gente que nos juzgará por la manera como lo hagamos. Los lingüistas argumentan que el habla es un evento absolutamente individual y que cada usuario es el único responsable de la suya y de las metidas de pata a que su uso lo conduzca.

Quienes nos escuchan hacen sus inferencias acerca de lo que intentamos expresar y con ello se dibujan en su mente un retrato positivo o negativo. Si mentimos a conciencia, corremos el riesgo de que algunos gestos nos delaten sin que nos demos cuenta; desnudarían nuestro verdadero pensamiento ante los destinatarios. Podemos gritar, bajar el tono,  fingir recato y ponderación,  o hacer esfuerzos por no evidenciar que estamos falseando la realidad, pero la manera de materializar lo que  pensamos supera esas intenciones y quizás nos evidencie frente a los interlocutores. Imaginemos, por ejemplo, que yo afirme por la tele  que he superado con creces todas las pruebas de un polígrafo, en tanto mis movimientos de labios, boca, ojos, mi presión sanguínea, mi respiración entrecortada, mi pose están demostrando exactamente lo contrario.  La voz "polígrafo" tiene en español dos significados muy concretos. Uno alude al escritor capaz de cultivar diversos géneros textuales. El otro se refiere a un equipo que suele ser utilizado en medios policiales como "detector de mentiras". Refiriéndonos al segundo significado, cada ser humano atento es también un polígrafo en potencia: armado de su intuición lingüística capta al vuelo las mentiras (o las verdades). Debido a ello, cuando hablamos, eso que los especialistas llaman la  prueba del polígrafo puede convertirse entonces en el test del "pelígrafo", porque yo estaría "pelando" si de verdad creo que todos asumen acríticamente el contenido de mis afirmaciones. Aunque a veces no nos enteramos de ello, hablar es mucho más que mover la lengua y los labios. Y la "peligrafía" recurrente y descarada arruina la credibilidad de cualquier hablante.


Al contrario de lo que se piensa en política, son muy pocas las veces que debo mentir frente a los demás para devenir en un hablachento mendaz. Nada de lo que yo exprese de ahí en adelante será creído ni siquiera por quienes comulgan con mis ideas. Me convierto para todos en un falsario nato y jamás volveré a tener oportunidad de que se dé fe a lo que digo, por mucha fingida seriedad con que lo intente. Mi discurso me mostrará como  un prevaricador crónico. Todo lo que diga será utilizado en mi contra.  En este nivel comienza fundiéndose la palabra "habla" con aquella de la cual proviene: "fábula". Si soy un mentiroso comprobado, cada vez que pongo en marcha el aparato fonador frente a una audiencia, ya no hablo, solo fabulo. Termino siendo una víctima de mi propia expresión fabulada. Contradictoriamente, hablando me quedo sin habla porque lo que manifiesto no tiene sentido para nadie. Quien desconozca u omita esto carece de los temores que preocupaban a Jorge VI y  cada vez que declare algo será sometido por la audiencia a la prueba del pelígrafo. 

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