viernes, julio 28, 2017

Señas de identidad (II): Edad




Después de cierta etapa, pocas personas están conformes con la fecha indicada en su partida de nacimiento y a veces hasta buscan modificarla a toda costa

El debate sobre la vida humana inagotable no pierde vigencia jamás. Entre quienes aspiran a ello, sobresalen algunos  fanáticos que curiosamente "morirían" para que sea una realidad. También hay detractores que consideran que se trata de charlatanería para entretener a la gente e impulsar todo un mercado de publicaciones, tratamientos o cualquier treta comercial que se relacione con el hecho y lo haga rentable. Se sabe que Google ha invertido millones de dólares en proyectos que alguna vez comprueben que la inmortalidad es posible. El ser humano anda detrás del milagro desde tiempos inmemoriales. Aboga ansiosamente por  la posibilidad de la vida perdurable, para siempre, sin límites;  añora la extinción de la muerte.

Nadie duda de que la edad, los años y el deterioro han sido un problema de recurrente debate en diversas sociedades. Es como un lugar común para todas las culturas. Hasta ahora, es obvio que el tiempo transcurre y que, con su paso inexorable, el cuerpo se va degradando; los órganos se hastían de desempeñar siempre la misma función y comienzan a "pasar aceite" como los motores de los automóviles; lentamente van perdiendo su capacidad hasta llegar a la inercia. Nadie se resigna y a buena parte de la humanidad le aterra la llegada de la decadencia y las disminuciones. Ser viejo, reconocer que poco a poco nos van invadiendo el deterioro y la pérdida de habilidades no es del gusto de nadie. En ese entorno, parece no tener sentido el dicho que reza "todo tiene su final". Nos negamos a pisar la raya amarilla que presagia nuestra partida al otro barrio. 
Tanto nos atormenta el hecho, que vivimos inventando subterfugios para esconder el envejecimiento cual mecanismo de alejamiento de la Parca. Cuando somos niños, nuestra más cara visualización es llegar a ser jóvenes o adultos; damos cualquier cosa por ganar autonomía de movimiento. Para nada nos preocupan los años. Si andamos en los siete, añoramos los quince o los dieciocho. Todavía en los veinte o treinta, nos sentimos a plenitud. Pero, ya pisando los cuarenta, aparece la cosquilla de las preocupaciones y las enferm-edad-es.

Entramos en la etapa de los inventos para disimularnos con afeites y subterfugios rejuvenecedores. Se inicia el ciclo de las pócimas y los tratamientos para detener las primeras señas de que, como en el tango, vamos "cuesta abajo en la rodada". Si detectamos las primeras "patas de gallina" en el rostro, comenzamos  devenir en gallos prestos para evitar la derrota. Aparecen los temores iniciales, por mucho que la publicidad nos haya enseñado que no se llaman arrugas sino "líneas de expresión". Desde la soledad de nuestras habitaciones, en aislamiento,  se refuerza la praxis de las mascarillas; la ejercitación y los ungüentos después del baño se vuelven una rutina. El florecimiento de las primeras canas es la señal inevitable para que los tintes comiencen a ser parte de nuestra rutina y regresemos a vestimentas que suponemos ayudan a disfrazar por fuera la procesión interna.  El marketing hace estragos con nuestros miedos y compramos cuanta cosa se promueva para evitar que cada día nos acose la fecha registrada en nuestra cédula de identidad. No es una conducta exclusiva de las damas, como suele creerse y publicitarse, pero al parecer a ellas las perturba un poco más.

En buena parte de los casos, el año de nacimiento se vuelve una declaración vergonzante. Asumimos como filosofía que a nadie le interesa cuántos veranos hemos visto pasar. De hallar una oportunidad propicia, posponemos la fecha natal en algunos documentos, sobre todo si sospechamos que habremos de mostrarlos públicamente. Mi tía Eloína, por ejemplo, es famosa en la familia, porque dejó de cumplir años desde hace varios lustros, cuando decidió ingresar en un lapso regresivo,  casi como el inicio de un "viaje a la semilla" (título que alude al hecho en un célebre cuento del escritor Alejo Carpentier).

Cada diciembre (mes de su alumbramiento) celebra que "descumple" y le da por archivar la ropa antigua para adoptar otra que a su juicio la haga ver más juvenil y al mismo tiempo le oculte los indicios del inevitable  y cada día más cercano "cierre de operaciones". Por supuesto que el resultado es ridículo, aunque ella no se entera, debido a que somos incapaces de decírselo.  A estas alturas, nadie de la familia sabe en qué año nació. Muy a pesar de que sus sobrinos ya sesentones  la estamos viendo desde que éramos niños de primaria y ella  una jovenzuela en estado de merecer, se niega recurrentemente a formar parte de eso que se llama la tercera edad. Según nuestros cálculos, debe andar por los ochenta y algo.


Sin embargo, está más que contenta en estos días, luego de haberse enterado por la tele de que la vejez es una "enfermedad curable". Ahora hemos logrado entender a cabalidad su punto de vista: el mal rollo con el asunto no es tanto el pavor al transcurso del tiempo como el hecho atávico de que ha comenzado a acortarse el lapso vital. "¡Por fin los años dejarán de pesarnos! ¡Ya de eso no me moriré!", la escuchamos gritar con alegría. Sin embargo, ante el llamado urgente del esfínter urinario (síntoma derivado de su provecta situación),  hubo de levantarse al baño y se perdió el final del programa. No se lo hemos contado para no sacarla de su colchón de optimismo, pero, aunque ella espera seguir viviendo para no perecer,  también se dijo que conseguir la sanación del supuesto mal que es el envejecimiento puede tomar por lo menos cincuenta años más. Es decir, si el milagro llegara a darse, ni siquiera para nosotros habrá vela en ese entierro.

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