jueves, julio 27, 2017

Gallinas que aspiran a cantar como gallos




No siempre sale ganando el “gallito” que en una contienda se queda con la gallina más hermosa del corral

Mi tía Eloína ha olvidado qué número le correspondía al gallo en los tiempos en que ella jugaba a la lotería de animalitos en Los Puertos de Altagracia. Hasta ese nuestro recóndito y querido lugar  llegaba ese curioso juego de azar, conformado por un colectivo de 31 imágenes de distintas especies,  exportado desde la ciudad de Valera. El sorteo, que a diario ponía en ascuas a todo el pueblo, se difundía a través de una emisora de radio, todos los días a las seis de la tarde. Yo, que en algún momento de mi adolescencia fui “animalero” (como se nos decía a quienes distribuíamos esa lotería), le recuerdo  que a ese noble animalillo le correspondía el número 21. Lo importante es que por él ella era capaz de jugarse hasta el coxis. Sentía una especial pasión por los gallos, su mitología y lo que gira alrededor de ellos. No por casualidad, cada vez que tenía necesidad de manifestar su asombro por algo, gritaba a todo pulmón “¡qué cresta!”. Además, como dama de “armas temer”, no se resignaba a que la compararan con la gallina (a la que correspondía el número 25); pregonaba más bien ser una auténtica “galla macha” con las espuelas bien puestas y el pico afilado. Y lo era, lo certifico porque más de una vez fui víctima de sus “picotazos” y sus cantares madrugadores: “¡Qué cresta!, son las cinco, ve, levantate pa que cojáis agua clara!”.  

Sin hacer mucho esfuerzo y llevado por la costumbre, heredé aquella obsesión. El animal de marras sigue siendo para mí ese curioso ejemplar altanero y orgulloso,  implicado en cuentos de camino, leyendas, fabulaciones e historias milenarias. Se dice que es el ave más numerosa del planeta y que existe desde tiempos inmemoriales. Su fama de alado enigmático, certero, alegre y cantarino parece tener carácter universal. Con excepción de las peleas a que los someten algunos perversos, todo lo que tiene que ver con ellos me convoca, incluidas las muchas expresiones en que los inmiscuye la tradición lingüística hispánica.

Aunque no deja de ser una expresión inadecuada en ciertos contextos y algo escatológica en otros, hablamos metafóricamente de un “polvo de gallo” cuando queremos aludir a algo que se realiza de manera veloz, rapidito y sin mucho titubeo. La conseja popular ha sido más contundente aun al ampliar superlativamente la frase a “polvo de gallo apurado” (o sea, “más rápido que rapidito”). Hay muchísimas expresiones populares que en español lo toman como referencia. Solemos asumir, por ejemplo, que en tiempos convulsos como los que corren, algunas instituciones públicas prefieren dar las malas noticias “entre gallos y medianoche”. “Creerse un gallo de pelea” es, por ejemplo, una costumbre más que arraigada en ámbitos gubernamentales, incluso a riesgo de acabar con la democracia.

Existen además los que a través de los medios se muestran verdaderamente bizarros, valentones y arrojados, pero a la hora de las chiquitas corren, se esconden o se evaden como patarucos. Pero dicha actitud no tiene que ver con el tamaño de la persona ni con la jerarquía del puesto. Los hay altotes, bajitos, obesos, flaquitos, hablachentos todos, eso sí, principalmente cuando declaran. No obstante, se puede intuir que en la cotidianidad son más bien gallináceos. Si de verdad creyeran en lo que dicen y cumplieran sus amenazas, “otro gallo cantaría”. En realidad, “en menos de lo que canta un gallo”,  se comportan como pollas y en eso no los perdona la tradición refranera del español: “La polla que se acurruca el gallo se la manduca”. Más claro no canta un ídem.


Mi parienta suele disfrutar recogiendo este tipo de evidencias que no pocas veces sirven para paliar la adversidad. Con dichos, con refranes, con frases hechas, buscadas o rebuscadas, nos valemos de la tradición lingüística para explicar lo que nos acogota. A quienes viven dándoselas de gallos de pelea a través de la pantalla o los micrófonos, sería bueno recodarles una “fabulosa fábula” de ese maravilloso escritor dibujante de la realidad de su tiempo que fue el francés Jean de la Fontaine (1621-1695). La historia es muy simple pero aleccionadora: dos gallos se disputan el amor de una hermosísima gallina. Como solía ocurrir en las películas mexicanas de mi tiempo, se retan, deciden enfrentarse y acuerdan que el vencedor se quedará con la susodicha. Ocurre la contienda; el perdedor se resigna y, hecho el trujillano, se va al fondo del corral a vivir su despecho. Triunfante, el que ha vencido sube al techo del gallinero a alardear de su éxito, para que todo el mundo lo oiga. En efecto, un águila lo escucha, va sobre él y lo despacha. La pobre gallina viuda corre desesperada a buscar cobijo en el fondo del corral.  La moraleja para nuestros pollos mediáticos es obvia: no siempre gana el más gritón por muy gallito de pelea que se considere.

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