jueves, julio 27, 2017

Cuentos que son espejos (IV): El desterrado




Nada peor que padecer la sensación de expatriado en el mismo espacio donde naciste. He aquí un relato magistral que nos envuelve en esa temática

Se trata de un cuento que explicita la intención del narrador por atender el tema de la opresión que generan los gobiernos despóticos. Es una breve historia que siempre servirá de espejo para muchas situaciones políticas en las que el autoritarismo busca imponerse cueste lo que cueste. Leemos en él un argumento focalizado en las penurias que vive la ciudadanía cuando un pequeño grupo de gendarmes asume que el país es suyo y lo será por siempre. Muy poco les importa que los consideren parte de un régimen de fuerza. La trama retrata las perversiones de una naciente y férrea dictadura cuyo supuesto objetivo es “proteger al pueblo”.
Se titula El desterrado. Su autor fue uno de nuestros cuentistas más clandestinos y certeros: Julián Padrón (1910-1954). Las bibliografías existentes reseñan que fue publicado por primera vez en 1971, como parte del volumen Obra de Julián Padrón (Caracas: Ediciones Armitano, con un magnífico prólogo de Pascual Venegas Filardo). No obstante, se presume que fue escrito mucho antes. El mismo tiene como escenario la emergencia de un gobierno de charreteras y fusiles. A juicio de mi tía Eloína,  el ambiente podría relacionarse con el advenimiento de la supuesta “unión patriótica militar” que derrocó a Rómulo Gallegos en 1948, evento que ya nos mostraba el tramojo de Marcos Pérez Jiménez y que acabó con la posibilidad de las elecciones libres y democráticas. Luego de esa fecha, el texto ha sido reeditado en varias ocasiones y, sin embargo, no parece formar parte de la memoria histórica de nuestros especialistas en literatura.  Su lectura remite a esa atmósfera de conculcación de todas las libertades que se ha repetido muchas veces en Hispanoamérica y que, por diversas razones,  a causa de errores y falta de visión política de algunos partidos y grupos sociales, reaparece misteriosamente cuando ya la creemos extinguida. Su personaje protagonista es un hombre cualquiera, aguerrido y pertinaz sindicalista (Cruz Aparicio), quizás poco ducho en las artes del mundo letrado, pero con una indudable actitud de rebeldía total frente a las injusticias. Me detengo en uno de los pasajes del relato que mi parienta me ha solicitado que reescriba para ilustrar a los lectores:
“El pueblo todo quedó en expectativa, mientras el usurpador gobernaba. ¿Gobernaba? Mandaba la gente satisfecha que el pueblo debía quedarse tranquilo, que los partidos debían colaborar, que los estudiantes no debían alborotar, que los sindicatos no debían pedir mejoras, que la prensa debía callar”.
Ese pasaje lo dice todo. Resume la opresión cotidiana que se ampara bajo la excusa de velar por los intereses de la gente en la medida en que se la va arrinconando hasta la posibilidad del ahogo total. Y recoge más adelante las angustias por las que atraviesan aquellos que padecen las artimañas y las perversidades de quien se arroga la conducción de un país usurpando un poder que el pueblo le niega. Se simboliza esta circunstancia mediante los rigores del personaje que, en efecto, padece el destierro que busca silenciarlo, pero igualmente continúa en esa situación una vez que ha logrado regresar clandestinamente a su patria.  “El desterrado en su tierra se siente materialmente acorralado” y su afán no cesa por liberarse de aquel martirio desde las conspiraciones en las que participa.
Cruz Aparicio, libertario, idealista y héroe civil, apresado por los esbirros del régimen, vive la amarga experiencia de ver cómo los tanques recorren las calles y las carreteras de su tierra en el momento en que la dictadura naciente decide patear la mesa y acabar con la única posibilidad en la que se resguardan los desasistidos ciudadanos: el voto. Se percibe además la curiosa división de los “intelectuales”: algunos fieles todavía al gobierno anterior (defenestrado por los gendarmes uniformados); otros, partidarios incondicionales de la junta “factótica”; un tercer grupo constituido por dudosos “independientes” y, la cuarta facción, aquellos que, bajo el matiz de una supuesta contraparte, son “serviles (ocultos) de toda facción en el poder”. Por esconderse falsariamente bajo un aparente manto de ataques al régimen, es obvio que las dos últimas sean las que podrían despertar mayores sospechas de colaboracionismo solapado.
Sin duda, un cuento casi desconocido, clandestino como el personaje que lo protagoniza, obra de un autor venezolano que además practicó con empeño los géneros de la novela y el teatro, muy a pesar de que la crítica haya descuidado su producción y las firmes convicciones que en ella se perciben. Revisando su obra, podremos constatar que Julián Padrón se empeñó en legarnos un fiel retrato universal de la Venezuela semiurbana de su tiempo. Quede la lectura de El desterrado como botón de muestra y llamado de alerta sobre lo que significa padecer la sensación de ser expatriado, paria, inconforme y conspirador en el mismo lugar donde se ha nacido. Nada mejor que volver al contenido del relato aquí reseñado para cerrar con una de sus más contundentes sentencias: “El más sagrado derecho del hombre no es el de la vida ni el de la propiedad, sino el de vivir en su tierra cuando lo desee”.


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