jueves, julio 27, 2017

Palabras domingueras y “(re)sentidas”





Sobre un país en el que buena parte de sus dirigentes, tirios o troyanos,  parecen haberse quedado sin sentidos para captar su entorno

Me contaba mi tía Eloína que una de sus compinches más cercanas le relató la extraña y sorprendente aventura vivida por su madre (de la compinche) durante un viaje que hicieron a Europa. El escenario era el siguiente: una fornida y rubiota guía turística detallaba todo lo referente a un monumento histórico de esos que, según las promociones, tienen más años que Matusalén. Cada vez que levantaba un brazo para señalar algo en el techo, la gran mayoría del grupo de turistas, que en teoría debían estar atentos a aquella información, se iba alejando disimuladamente, como quien quiere y no quiere. Hubo un momento en que casi todos estuvieron lo suficientemente lejos, sin ninguna explicación aparente. Daba la impresión de que preferían hacer un esfuerzo auditivo (o no oír) a permanecer cercanos a la persona que hablaba. Solo la madre de la curruña de Eloína permanecía muy cerca de la expositora y la escuchaba  con una atención insólita para el resto. La causa del alejamiento radicaba en que los brazos levantados de la susodicha dejaban escapar unos efluvios “axilares” de padre y señor nuestro. Los demás no entendían el motivo por el cual la señora era la única capaz de inhalar y soportar aquel aroma que, según el Diccionario de la lengua española se llama “sobaquina”. La única “sobreviviente” del grupo no solo se había mostrado impasible sino totalmente atenta a lo que decía la guía. Fue, obviamente, la que no perdió ni una palabra y, además, luego comentaría que había disfrutado lo que consideró una estupenda descripción.

La explicación para esto es que la doña llevaba años atravesando por una pérdida progresiva del sentido del olfato y, en consecuencia, ni siquiera se percató de aquellos  sudores que la otra dama exhalaba.  ¿Cuál era el padecimiento y cómo llamar a quien lo sufre? El evento nos lleva a recordar ciertas preguntas que suelen hacernos de vez en cuando los estudiantes, amigos o colegas de otras especialidades, basados en que, por ser nosotros docentes de lenguaje, creen que llevamos en la cabeza todo el repertorio léxico del español. Usualmente, cuando alguien nos ratifica esa creencia (a todas luces falsa),  nos limitamos a informarle que, si  nos fuera posible poseer todo el vocabulario  del idioma,  estaríamos  en un circo.

Justamente, en relación con esto de las palabras y sus curiosidades, entre los requerimientos más frecuentes que suelen hacer algunos curiosos, están los que se relacionan con las voces que aluden a la pérdida de las facultades para percibir algunos estímulos externos relativos, por ejemplo, a olores, sabores, colores, pinchazos o golpes y sonidos, entre otros. Acudamos a la memoria y volvamos a aquellas lecciones escolares  en las que la que la maestra nos hablaba de los cinco sentidos: vista, gusto, oído, olfato y tacto. “Si al que tiene dificultades para oír se le dice sordo —nos apelaba de entrada la señorita—, ¿cómo podemos decirle a quien no puede oler ni captar sabores? Anoten porque aprenderán palabras domingueras —continuaba—:

—La persona que tiene impedimentos para percibir los olores es anósmica y su padecimiento se llama anosmia. Y así como quienes que no ven son ciegos, los que pierden la sensación del gusto padecen de ageusia.

Si quedaba la duda la duda acerca de lo que pasa con el sentido del tacto,  la explicación no se hacía esperar: “Pues para eso hay quienes hablan de anestesia (como cuando te someten a una intervención quirúrgica), pero si el padecimiento  es permanente, sin vuelta atrás (aunque sea parcial), dicen los galenos que habremos de llamarla anafia. Y anáfico o anáfica será quien la padezca.


He estado recordando aquella historia del comienzo y este curioso vocabulario de domingo, propio de la medicina (y de las antiguas docentes de quinto o sexto grado), a raíz de haber escuchado recientemente algunos discursos, arengas y declaraciones de “sujetos y sujetas” que supuestamente se inician en un cargo o rinden cuentas de lo que han realizado durante un período. Sin distingo de facciones o posiciones ideológicas, aquí parecen abundar los sordos o los que se niegan a oír; hay el ciego hereje que obvia lo que está a la vista y cada día es más patente que proliferan  la ageusia, la anosmia y la anafia.  Se asemejan a aquella guía turística, solo que a buena parte de nuestros dirigentes y políticos como que se les agrupan todas las carencias sensoriales en un abrir y cerrar de labios. Según mi tía, el único de los sentidos que parece sobrevivir en muchos de ellos  es el sentido…pésame.

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