domingo, diciembre 27, 2009

Manuel con B de Bermúdez







Con absoluta claridad puedo rememorar el día que “me filtré” en una clase del profesor Manuel Bermúdez. Era en el aula 28 del tercer piso del viejo Instituto Pedagógico de Caracas. La puerta del salón estaba entreabierta, pero preferí ubicarme detrás de la pequeña ventanilla que permitía visualizar con cierto disimulo lo que adentro estuviera ocurriendo. Desde allí podía incluso escuchar las consonantes fuertemente articuladas de Manuel. Me permití además leer un poema escrito en el pizarrón, con letra nítida, muy legible, de trazos gruesos: la primera línea lo intitulaba, “Cazador”,  y luego seguían los ocho versos que lo componían:

Cazador
¡Alto pinar!
Cuatro palomas por el aire van.
Cuatro palomas
vuelan y tornan.
Llevan heridas
sus cuatro sombras
¡Bajo pinar!
Cuatro palomas en la tierra están.

Finalmente, más abajo, aparecían un poco a la derecha las iniciales del autor: FGL.
Más adelante supe que aludían a Federico García Lorca, poeta de quien el mismo profesor, con voz fuerte y articulación muy marcada que dejaba correr el final de las consonantes recitaría después:

Las piquetas de los gallos
cavan buscando la aurora
cuando por el monte oscuro
baja Soledad Montoya.

Desde mi atalaya de “asomado”, la oralización de ambos textos y una curiosa gestualidad del docente, mientras explicaba, llamaron mi atención. Inmediatamente comprobé algunos "datos" que ya conocía de él por referencias. Decidí entonces abrir más la puerta, solicitar permiso, entrar y sentarme cual intruso en el primer pupitre que observé desocupado. Escuchar luego sus particulares acercamientos a la poesía y decidir quedarme allí extasiado fueron una sola y única cosa.
Después de ese día constaté que hay pálpitos a los que debe atenderse cuando se presentan.
Bermúdez había sido para mí una leyenda nacida de los comentarios de algunos de sus exalumnos. Dos años a trote lento y seguro por las aulas del liceo Cristóbal Mendoza, de Trujillo, habían sido suficientes para marcar a toda una generación de jóvenes que ya para esos días se pavoneaban por las aulas de la Universidad Central de Venezuela y el Instituto Pedagógico. Con ellos había compartido el profesor Bermúdez largas conversas no exentas de lo “espirituoso” y de algunos de ellos había yo escuchado acerca de la magia de su verbo legendario, directo, sin cortapisas ni eufemismos.
Ese mismo día de mi “intrusión”, quiso la suerte que yo también llamara la atención del docente, al responder (sin que me correspondiera) dos curiosas preguntas de esas con que solía sorprender a los grupos que lo escuchaban.
Por alguna razón citó alguna otra estrofa diferente, a guisa de ejemplo de algo que ya he olvidado, y preguntó cómo se llamaba una figura retórica presente en uno de los versos. Al ver yo que nadie respondía, con la actitud insegura propia del tímido (y además coleado), me atreví a levantar la mano y a pronunciar vacilantemente, en tono casi inaudible:
-A-pó-co-pe
El profesor me observó, abocinó y torció los labios de la manera tan particular como lo haría hasta siempre, moviendo hacia arriba y hacia abajo el índice de su mano derecha, me señaló como si me apuntara con un cañón en movimiento oscilante. Asintió con un leve “subibaja” de su cabeza. Y volvió a preguntar por la figura contraria, a lo que casi sin aliento también respondí:
-Aféresis
Pronunciando precisamente con una aféresis de la palabra “coño”, su comentario posterior sería contundente y definitivo, no tanto por lo que yo había respondido, sino por las risas que ocasionó en el grupo:
-¡…ñó!, este carajito va a ser bueno…
Años más tarde, en alguna de las muchas conversaciones que sostuviéramos, yo le confesaría que, más que conocimiento procesado, mis respuestas habían obedecido a la afición de “crucigramero” que yo había adquirido durante mi adolescencia, en mi labor como recepcionista nocturno de un hotel del centro de Caracas. Pura memoria, repetición mecánica. Allí, en las horas muertas, cuando no estaba leyendo a Marcial La Fuente Estefanía o a Agatha Christie (a veces también a José Rafael Pocaterra), gastaba mis ratos de ocio resolviendo libros completos de crucigramas o intentando hacerlos yo mismo. Hasta el punto de que no me había sido difícil memorizar las dos frases hechas de que me había valido para contestarle en aquella ocasión, expresiones por lo demás infaltables en cualquier crucigrama que se precie: “Apócope de santo” (respuesta automática: “san”), “Aféresis de señor” ( “ño”/ “ñor”).
Obviamente, ante la expresión espontánea y graciosa del docente, las carcajadas se repitieron en aquel salón de clases. Pero también tiempo después pude expresarle a Manuel Bermúdez que estaba yo agradecido por el hecho de que una circunstancia tan fortuita y azarosa como aquella, me hubiera permitido entrar en “su reino”. Porque a partir de allí me hice fanático de sus cursos de análisis literario y sus escritos. Asumí que uno puede adoptar también a sus maestros, escoger a aquellas referencias que habrán de marchar contigo por el mundo y convertirlos en modelos conductuales a emular.
Y ello me permitió hacerme adicto también a sus modos tan particulares de mostrar las cosas más abstractas, principalmente a partir de un discurso en el que solía mezclar todo tipo de referentes: desde las alusiones recurrentes a escenas y escenarios de Apure, hasta algunos atractivos pasajes de la literatura, pasando por la cotidianidad del lenguaje del venezolano, sin olvidar una que otra anécdota referida a la vida de importantes personajes históricos.
Hoy puedo reiterar orgulloso que Manuel Bermúdez fue MAESTRO (con todas las mayúsculas) y que permanecen en mi memoria sus recurrentes comentarios picantes, no pocas veces fuertes, inteligentes, sus libros, sus escritos en la prensa, sus charlas salpicadas de humor y picardía, los muchos vocablos inconfundibles de su léxico llanero-trujillano-universal.
            -Muchos denuestan de las academias, pero en el fondo de su corazón lasss procuran.
            -Soy un perro rrrrealengo apureño.
            -Mira, carajito, ¿a quién tas apuntando con ese comentario?
De mi admiración por él,  supo Manuel antes de ausentarse físicamente, el día 15 de diciembre de 2009. Pude decírselo en varias ocasiones, e incluso por escrito, en algunas de mis dudas melódicas. Afortunadamente, no tuve que esperar a que decidiera marchar de nuevo al cielo de Perro Seco (el barrio pobre de San Fernando de Apure donde naciera un primero de junio de 1930) para hacerle saber que seguirá conmigo por el resto de mi camino profesional y personal.
No voy a abundar en los seis o siete libros que Bermúdez publicó, quizás pocos para los abundosos en páginas insustanciales y perecederas, pero, en su caso, suficientes para permanecer mucho más allá del 15 de diciembre de 2009. Cito como mero ejemplo, uno que habremos de recordar por siempre: Enciclopedia rústica de personajes insignificantes de Apure (Caracas: UPEL, 2005). En sus brevísimas e irónicas historias confluyen todos los “Manueles” que conocí y con los que compartí: el docente culto y profundo que, para no echárselas, se hacía el trujillano; el humorista incansable; el conocedor cabal del idioma que nunca se avergonzó de ciertas frases “mal sonantes”, cuando las consideró contextualmente ineludibles; el experto en semiología; el dicharachero; el ser humano siempre bien intencionado y de lenguaje transparente, cortante, sincero, ajeno a la hipocresía. Dejo para muestra un breve botón textual que para cerrar esta duda en honor a Manuel  he extraído del referido volumen (p. 53). Un ¿minicuento?, una ¿minicrónica?  En cualquier caso, un minitexto contundente e impecable:
LLÓVERA, LLOVERA Y LLOVERÁ
Cuando a Vitoco le presentaban a una persona él se identificaba con esas variantes prosódicas del apellido. Y cuando sus amigos se lo criticaban simplemente respondía, porque los apureños somos así. Nos gusta "echar cachos" y jugar con las palabras. Somos cambiantes, como las velocidades de un carro. Yo veo a don Chucho Hernández, que tiene bastante centavo, y meto la primera, o sea, trato de hablar bien; pronuncio las eres (R) y las eses (S) como lo hace el maestro Mayora O. Y aunque don Chucho no me corresponda bien, porque es tacaño hasta con lo que dice, yo sigo emprimerado. Cuando hablo con Portalino González, que es camionero, pero comerciante, meto la segunda y lo tuteo, y cuando converso con Rosquillo que es músico como yo, o con Guerrita, que es mi maestro de mecánica, meto la tercera y sigo rueda libre con la chola puesta.
El día que Vitoco conoció a don Ángel Rosenblat, que andaba haciendo una investigación lingüística sobre los indios taparitas, cuando le dio la mano le espetó: Llóvera, Llovera y Lloverá. Y el filólogo, que conocía a los llaneros por el tacto fonético, le preguntó: señor Llovera, ¿usted es agudo, grave o esdrújulo?

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Fotografía: Yanny Montilla (El Nacional, Caracas, 16-12-2009)

sábado, septiembre 05, 2009

Doctores, doctorísimos y doctorejos







Suelo recordar un pequeño cartel que un legendario director del diario venezolano Últimas Noticias, con quien colaboré algunos años, Nelson Luis Martínez, tenía en el lado derecho de su escritorio, como para resolver las dudas de quien llegare a visitarlo y no supiera cómo tratarlo:
“Ni Doctor ni Licenciado, simplemente Nelson Luis”.
Y lo repito cada vez que puedo porque la actitud de aquel Señor (con mayúscula y sin ínfulas) que fue Nelson Luis contrastaba notoriamente con las de otros señores/señoras (con minúscula y muchas ínfulas) con quienes he mantenido vínculos a través del  periodismo u otras actividades. No soportan que se les llame por su nombre o que simplemente se les apele con el tratamiento respetuoso de señor Fulano o señora Mengana.
O me llamas doctor, licenciado o maestro o no te dirijas a mí –parecen decirte con la mirada fulminante y los labios retorcidos.
Y cada vez que me topo con alguno-a de esos sujetos o sujetas que ansían un doctorado o una licenciatura delante de su nombre, no tengo más remedio que evocar el siguiente diálogo parecido al que alguna vez escuché en una película mexicana:
El funcionario llama a uno de sus colegas:
            -Aquí estoy, dígame, doctor.
-Le digo doctor. Necesito que me llame, licenciado, a…
            -Lo llamo licenciado. Y ahora usted dígame para qué me llamó, maestro.
-Muy bien, le digo ¡Para qué me llamó maestro!
Tampoco dejo de lado los resquemores que despiertan los verdaderos títulos de doctorado en quienes por cualquier razón no han podido adquirirlos durante sus estadas en las universidades. Con respecto a esto, no olvidaré jamás el modo como algunos acomplejadillos profesores del Instituto Pedagógico de Caracas buscaban ironizar conmigo llamándome “doctorísimo”. Obviamente, su ocio, la dejadez,  el chisme recurrente y la falta de disciplina les habían impedido avanzar en sus estudios hasta el verdadero doctorado, como siempre he supuesto que debe hacerlo un docente universitario. Como Eloína me ha enseñado que para una ironía, ironía y media, pues mi dulce venganza ha sido llamarlos siempre por su título: licenciadísimo. El colmo de tal actitud de esos “colegas” ha sido que, aunque tampoco hicieron mucho para merecerlo (más allá de repetir las mismas clases de siempre), se han pasado la vida esperando “humildemente” el honoris causa que suponen les corresponde por  “cesantía y antigüedad”. Solo ese día, si es que llega, es decir, si ocurre el "milagro de alguna palanca amiga,  pasarán al estatus de doctorejos (si acaso ocurre el milagro). Por supuesto, sin dejar de decir que muchos honoris causa son verdaderos actos de justicia institucional.
A veces, en las interminables longanizas de tráfico capitalinas, me detengo a escuchar algunos programas radiales de entrevistas en ciertas emisoras, principalmente de Caracas. Y entonces capto que ya no son solamente los títulos de doctor y licenciado los tratamientos anhelados por alguna gente que piensa que “el título hace al monje”. También hay quienes, por haber sido alguna vez embajadores, ministros, presidentes o parlamentarios, suelen quedarse con tales títulos aun muchos años después de haber dejado el cargo para el que alguna vez fueron designados o electos.
 Algunos conductores-as de programas de radio/televisión no dudan jamás en hablar de “el embajador tal” (que ya no es embajador), la ministra equis (que alguna vez pasó por un despacho ministerial, y ahora es ama de casa), el presidente cual (cuyo lapso presidencial cesó hace ya bastante tiempo) o el diputado equis (que dejó de serlo al pasar su partido político a menos).
 ¿Habrá que aclararles que tales tratamientos no aluden a títulos permanentes sino a cargos? Y, aunque también es cierto que no siempre el asunto proviene de los aludidos, ellos nada hacen para que no se les trate con tales vocativos. Como quien dice: se hacen los pánfilos.
 Y con esto de los títulos y titulados, es imposible no aludir a los abogados. Siendo los profesionales supuestamente formados para velar por el cumplimiento estricto de las leyes, parecieran comenzar a transgredirlas desde el mismo momento en que reciben el título de A-BO-GA-DOS. Acabo de vivir la experiencia de un muy joven “Licenciado en Derecho” (título obtenido en el extranjero, revalidado, según él, en el país) quien casi a la fuerza exige que se le anteponga el “doctor” antes de su nombre.
Tampoco olvido las veces en que algún abogado de la universidad ha preguntado a alguno de mis colegas con verdadero título de doctor (en Química, en Matemáticas, en Física o en Letras) cuál es su especialización: “¿en qué rama del derecho trabaja usted, colega?”. Como si el ser “doctor” fuera un  privilegio exclusivo de los abogados, que, de paso, no todos son doctores. Hay abogados que son solo abogados. Y hay abogados con doctorado. Muy distinto.  Algo similar ocurre con los médicos; no todos han accedido al doctorado, aunque en ese caso la costumbre ha generado que se les trate a todos como “doctores”. Sin dejar de mencionar a aquellas personas que, a sabiendas de que alguna vez hemos obtenido algún doctorado aunque sea en dominó, nos llaman para solicitar una consulta legal o el remedio para alguna enfermedad.
Doctor no es sinónimo de profesional universitario. No es una condición. No es un cargo ni público ni privado. El doctorado es un título académico otorgado por una universidad. Y claro que hay abogados, médicos, ingenieros, psicólogos, economistas y muchos otros profesionales que en efecto son doctores debidamente titulados. Por lo general, justamente a quienes poco les importa que se les apele con ese título por delante. Porque cuando usted conmina y casi fuerza a otros a que le antepongan el doctor, el ingeniero, el químico, el licenciado delante de su nombre de pila o su apellido, a lo mejor alberga un viejo complejo social del que no se ha percatado. Es posible que un buen manual de autoayuda contribuya a satisfacer su manía de autocomplacencia.
La situación nos recuerda el chiste del limpiabotas (bolero, lustrabotas, betunero, sacalustres) a quien acude un antropólogo recién egresado:
-¿Se los limpio, doctor?
 -Sí, bien pulidos.
-¡Claro que sí, doctor!
-Si te apuras, mejor, tengo una cita de trabajo.
 -Tranquilo, mi “dóctor”.
-Oye, ¿y cómo sabes tú que soy doctor, si me acabo de graduar?
 -¡Facilito, “dóctor”, en esta vaina todo el mundo es doctor!
Este asunto de los doctorados a diestra y siniestra parece guardar alguna relación con el valor social que en algunas sociedades europeas han tenido y tienen los títulos nobiliarios.
 Sabemos que todavía hay países de ese continente que viven bajo gobiernos encabezados por un rey o una reina. España, Inglaterra, Bélgica… Y que la descendencia directa y colateral, la parentela y algunos otros, claman por tener en su haber algo que certifique que son “marqueses-as“, “condes-as”, “duques-as”, “infantes-as”, para no aludir a los “principados”, “vizcondados”, “señoríos “ y “baronatos”. Y así hay que llamarlos cuando te diriges a ellos.
En nuestro caso tropical, habría que hacerlo con dos títulos sucesivos: “El doctor y vizconde de Escuque”, “La doctora y duquesa de Achaguas”, “El doctor y príncipe de los Puertos de Altagracia”. Para no decir nada de los casos en que, en algunos mercados negros y no tan negros, hasta puedes comprar legalmente un título de nobleza… y hasta un doctorado.
 Así, nuestras estirpes criollas suplen la carencia de tales denominaciones alcurniosas, asumiendo que todos los universitarios somos integrantes de una “vasta casta”, la de los doctores. Casi podría decirse que algunos sueñan con la posibilidad de ascender alguna vez y pasar de la nobleza criolla de los doctorados a la pomposa nobleza europea de los títulos nobiliarios (ojo: no tildarme de “resentido” por favor, soy sobrino de una condesa, mi tía Eloína). No es extraño entonces que desde hace algún tiempo la gente haya intuido ese oculto y ancestral deseo y, al menos en países como Venezuela y Colombia,  en estos días se esté imponiendo otro tratamiento que nos acerca  a la tan deseada sangre azul: “mi rey”, “mi reina”, “mi príncipe” o “mi princesa”.

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