jueves, julio 27, 2017

Anglobalización




Sin que tenga nada contra ninguna lengua en particular y sin ser purista recalcitrante, mi tía Eloína sugiere mayor recato con algunas innecesarias expresiones en inglés

Existen en todo el mundo legiones de hablantes que consideran al inglés como  la panacea de toda civilización venida y por venir: ¡la purísima madre de todas las lenguas! La suponen una especie de “lingua franca”, expresión que se utiliza para referirse a algunos idiomas o variantes dialectales que hacen de “puente común” en comunidades multilingües. Nada tiene mi tía Eloína en contra de la lengua “imperial” como vehículo de cultura; no es de las  que se ocupan de rechazarla por rechazarla. Pero de ahí a considerarla la reina de la globalización hay una diferencia notable.
Una cosa es formar parte de un mundo indiscutiblemente globalizado, hecho reforzado a partir del surgimiento de la Internet (innegable, indetenible, inevitable), y otra muy diferente la tendencia hacia lo que pudiéramos llamar ANGLOBALIZACIÓN. Todavía sorprende, por ejemplo, que en algunas zonas de la tan castiza península ibérica se aluda a las tarjetas de Navidad como “crismas” y se hable de viviendas o urbanizaciones de “alto estanding” y de máquinas de “vending” (para aludir a las expendedoras automáticas de refrescos y chucherías).
En el caso de Venezuela, produce cierto escozor escuchar a colegas, a comunicadores, a estudiantes e incluso profesores que, buscando una pronunciación lo más ajustada posible a los requerimientos entonativos del inglés estadounidense se esfuerzan por decir “tuírer” (aludiendo al Twitter), ejecutando un retorcimiento de la lengua que amenaza con ensalivar el entorno de la conversación. Nada digo de otras pronunciaciones un tanto más ridículas, tales como “tuítaar” y “tuíterrr”. Tuíter y ya. Si no, deberían ser coherentes y malpronunciar  “Couca-Coula”.
También preocupa a mi parienta el modo como ciertos hablantes públicos ridiculizan algunas expresiones provenientes del la lengua de Shakespeare, “espanglishándolas” de tal modo que recurrentemente solo le agregan leña al fogón de las confusiones. Una de ellas es la recurrente palabrita underscore, para hacer referencia a esa pequeña línea horizontal que a veces se utiliza, principalmente en ámbitos informáticos, con el propósito de “subrayar” un espacio en blanco o unir en su base dos palabras (“_”). No se cansa uno  de oír a locutores o conductores de programas de la tele que, buscando parecer más cultos de lo que realmente son, se afanan en diversas pronunciaciones como “ánderescor”, “underescore”, “ónderéscorrr”, entre otras. Sin olvidar a los que tratando de acercarse a alguna posibilidad del español ponen una torta similar mediante supuestas traducciones como “rayita de piso”, “piso”, “barra-piso”, “barra baja”, etc.
Parece un manera peculiar de complicarse la vida y querer apostar a la sabiduría máxima, cuando sería tan sencillo hablar de un “guion bajo” (como aparece en la Ortografía académica), “guion inferior” o “guion de subrayado”, entre otras posibilidades (y, para ponernos al día,  “guion” sin tilde, por favor). Se trata de ese pequeño signo que se ha desplazado desde la posición media, donde ha cumplido tradicionalmente otras importantes funciones escriturales, hasta el borde inferior de la línea. No es una “barra”; la barra es distinta y alude a ese otro referente al que algunos se empeñan en denominar y pronunciar “eslash”. Una barra puede mantenerse en su forma totalmente vertical o inclinarse un poco, a la derecha o a la izquierda, cuando la necesidad de uso lo precisa ( | , /, \  ), pero no por ello deja de ser una B-A-RR-A para devenir en un(a) “eslash”. Cuando se usa inclinada a la derecha, hay quienes prefieren llamarla diagonal; si, por el contrario, se arrima hacia la izquierda, podría llamarse “barra invertida”, “contrabarra” o “antibarra”. Cuando  es totalmente vertical ( | ), se llama “pleca”.  Es decir, aunque no siempre es así, el español nos ofrece todas las alternativas para dejar de nominarla en inglés.
No podemos olvidarnos tampoco de quienes, por una parte, pronuncian cibernéticaciberespacio, pero, por la otra, parecieran torcer la vocal “i” de la primera sílaba cuando aluden a un sáibercafé” o sencillamente a un “sáiber”. Algo luce aquí contradictorio. Inciden en esto asuntos ideológicos relacionados con el valor social de las expresiones. Ciertos “anglobalizados” fanáticos parecieran sentirse más cerca del cielo cuando practican estas extrañas maneras de comportarse lingüísticamente y arguyen aborrecer, por ejemplo,  la vulgar “torta de queso”, pero idolatran la “chiskeik”. El español les ofrece la misma oportunidad de lucirse pero parecieran rechazarla por extraños motivos.

Lo perjudicial de esta situación es que los hablantes comunes, los que no tienen acceso a los medios masivos de comunicación, terminan repitiendo lo que escuchan de aquellos que, a veces sin saberlo, actúan como modelos de habla pública. Sin embargo, no se trata de llegar a los extremos de un tozudo vecino nuestro que alguna vez nos aseguraba ser adicto a una bebida escocesa cuya “marca” —según él—  es “Juancito el caminador”. Se refería al güisqui Johnnie Walker, que es una denominación comercial y no hay por qué traducirla, aunque no faltará algún refistolero que llegue a figurarse que si es envasado en el país, debería escribirse “güisqui” (cuasi sinónimo de “gasolina”), para diferenciarlo del whisky  escocés (es decir, el “beri séim” o “the próuper uan”).  Quien habla para dirigirse a grandes audiencias debe cuidarse de sus expresiones porque con la misma lengua que mide será medido. Una cosa es la innegable globalización del mundo contemporáneo y la importancia del inglés, entre otros idiomas, naturalmente, y otra muy diferente la subyacente  anglobalización a la que aspiran algunos “habladores de pepas”, como llaman en Trujillo a los fanfarrones.

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