jueves, julio 27, 2017

Con las palabras que midas…




Si algunos hablantes conocieran el significado profundo de ciertas palabras, jamás las utilizarían para ofender a los demás, porque haciéndolo se agreden a sí mismos y a su progenie

No hay que ser experto en lingüística o en comunicación para intuir que la lengua es el más auténtico espejo de lo que constituimos como nación. Nos guste o no, el idioma es la verdadera patria, el lugar sagrado donde reposa todo lo que somos y pensamos. Habladas o escritas, las palabras de un país, de un sector social, de un grupo, de un partido político, de un gremio o de cualquier otra colectividad (pequeña o  grande) son su rostro ante el mundo. “Como hables, como escribas, así te juzgarán tus semejantes” podría ser  un adagio de alcance universal. La forma en que una persona usa el más importante  sistema humano de comunicación constituye un fidedigno retrato acerca de lo que es y de cómo la perciben. No bastan la elegancia, los modos de vestir ni la belleza física si las palabras de alguien facilitan borrar cualquier atributo con que pretenda distinguirse o mostrarse. “Con la lengua que midas, serás medido o medida” y “la lengua es el castigo del cuerpo” son frases cuyo contenido no puede ser más preciso. Con tu expresión inspiras respeto o irrespeto, rechazo o aceptación, amor u odio. Todo lo dicho es válido para cualquiera, pero se potencia enormemente cuando se trata de alguien a quien, por cualquier motivo, le corresponde actuar como hablante público.

Gústele o no, sépalo o no, esté consciente o no, un presidente de un país es un hablante que como tal goza de privilegios ajenos a muchos otros. En ocasiones, uno de los hablantes que mayor relevancia comunicativa adquiere y también de los que mayores responsabilidades tiene frente a la comunidad a la que dirige sus alocuciones. A su alcance están absolutamente todos los medios de comunicación: públicos y privados, grandes, pequeños, medianos, orales, escritos, impresos, digitales; puede dirigirse a su audiencia a la hora que quiera, en el lugar que mejor considere, en cualquier circunstancia y con cualquier excusa. De allí que la mayoría de quienes se desempeñan en este rol tengan a veces la necesidad de asesorarse con especialistas en comunicación. Nadie está exento de cometer gazapos comunicacionales, pero si se asesora bien, esa posibilidad se atenúa considerablemente. Nada logrará, sin embargo, si esos expertos comparten con él sus mismas creencias. No se trata de “hablar bonito”; no es ser ceremonioso, formal y/o aburrido ni llenar los mensajes de inútiles floripondios. Es tener plena conciencia de sus funciones, de su modelaje y de la inevitable labor pedagógica que le corresponde.

Los dos párrafos anteriores no pretenden ser lecciones de moral ni de educación cívica, política o comunicacional, ni tampoco originales. Solo resumen principios fundamentales de las teorías del discurso. Son lineamientos universales, aunque a veces resulte farragoso repetirlos, recordarlos, traerlos de nuevo al tapete. Un líder político que ocupa un cargo importante puede darse el lujo de degradar o engrandecer la historia de un país; tiene la posibilidad de voltear cualquier tortilla y de halar siempre la brasa para su sardina. No obstante, cuando insiste en degradar el lenguaje y llevarlo a su nivel más decadente, está desconociendo su propia dignidad y la de sus correligionarios. En un momento particular, muchos lo aplaudirán; le celebrarán los chistes o las alusiones escatológicas, y en ocasiones homofóbicas, hacia quienes no comparten sus ideas. Sin embargo, los mismos que celebran oportunistamente algunas expresiones fuera de lugar, se burlan de ellas y de su autor o autora en privado;  en la intimidad de sus hogares, de la familia, de los amigos, convierten aquello en una chanza de muy mal gusto y manifiestan su verdadero juicio acerca de quien haya incurrido en la inadecuación. Si de verdad tienen conciencia del idioma, podrían ser conmilitones “carcajeantes” en público pero lastimosos verdugos en privado.

Si alguien que ocupa una posición muy importante apela y alude como “histérica” a  algún opositor del sexo masculino, no agrede a esa persona nada más. Está ofendiendo a muchos de quienes lo siguen porque, aparte del insulto que ya de por sí implica referirse a otro como “histérico”, lo ha llevado al grado superlativo feminizándolo, con ese piquete homofóbico que para nada lo deja bien parado, ni siquiera con sus adeptos, entre quienes podría haber homosexuales. Y si le agregamos que con dicha alusión manifiesta subliminalmente  que la histeria es cosa de damas, “peor que peor”, como diría Eloína.

Más allá del significado actual de la palabra “histérico-a” (alusiva a excitación, a nerviosismo, a desesperación), esta tiene un origen que inevitablemente la vincula con la condición de la mujer, con el útero, si queremos acudir a su etimología griega. Y el útero es el lugar de donde venimos todos, el único espacio de procedencia que nadie puede negar (a menos que sea marciano, si es que las marcianas no tuvieren dicho órgano); es el inevitable e inicial lecho materno que nos trae a la vida. Eso podría aclararlo de un modo más preciso algún médico, y si es siquiatra, mejor. Lo mismo podría decirse de la palabra “malnacido” (si saliere de labios de otro “hablante televisivo”). Inicialmente, la misma significa “indeseable”, pero, más allá de eso, también remite a quienes te han dado la vida, a quienes, según la ofensa, te ayudaron a “malnacer”.


Siempre serán ofensivas, en cualquier circunstancia y acháquensele a quien sea. Sin embargo, cuando, con visos de hacha de guerra, pretensión irónica y acompañadas de una sonrisita, dichas expresiones salen de labios de importantes hablantes públicos de un país, la agresión es múltiple y podría resultar un búmeran. Los asesores lingüísticos y/o publicitarios, los poetas, los narradores, los ensayistas, los profesores de lenguaje, los académicos que pululan alrededor de los centros del poder bien lo saben y podrían aclarárselo a quien corresponda. No es asunto de refinamiento verbal sino de inadecuación contextual y de respeto por ese cúmulo gigantesco de potenciales interlocutores que tienen los que hoy, aun sin saberlo, hablan para el planeta.

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