jueves, julio 27, 2017

Soy lo prohibido






De cómo vivir muriendo poco a poco en un reino en el que cada día hay algún edicto del monarca que anuncia una nueva prohibición
El título de esta duda melódica remite a un famoso bolero en el que voy pensando en la medida en que me desplazo hacia algún lugar y me pregunto si seré yo lo prohibido o será todo lo demás. Busco algún resquicio que me facilite la explicación de por qué cada día se minimiza más el espacio de lo que puedo hacer. No creo que hayamos cometido tantos pecados ni capitales ni veniales, como para que la lista de actividades proscritas en mi vida cotidiana se vaya incrementando así como crece desmesuradamente en estos días ese oscuro túnel que se llama dólar paralelo.
Viene a la mente la fábula de la rana y el agua caliente: si la metes en el líquido que hierve, seguramente reaccionará; si, por el contrario, la pones en agua fría que vaya calentándose poco a poco, se acostumbrará hasta perecer. Imagino que lentamente he venido internándome en uno de esos parques en los que ingresas a buscar algún esparcimiento y te encuentras con que serán muy pocas las acciones que te ayuden a lograrlo. Nada puedes hacer allí que no contradiga alguna norma. Por todas partes ves letreritos insidiosos que te van indicando qué es lo permitido y que no. Si a la salida del lugar juntas todas las advertencias encontradas durante el recorrido, descubres que las posibilidades que te ofrecieron para moverte con cierta libertad han sido casi nulas. Quizás estar de pie y mover la vista por el paisaje sea lo único y eso si no llegara alguien a impedírtelo. Vuelves a los cartelitos que has leído dispersos; los juntas, como si fuera una versión ampliadísima de Los diez mandamientos. Descubres que todos se resumen en el verbo “prohibir” o sus acepciones:
No se aceptan mascotas; tampoco estancias por largos períodos; negado dormir en los asientos y hacer pipí sobre la grama; denegado hacer el amor; evite los amapuches; vetado hacer parrilladas y/o fogatas; reprímase de acampar; inhíbase de decir palabras soeces; evite comer; absténgase de tomar fotografías… Gracias por visitarnos.
Así pareciera que pasa la vida hoy en este lugar en el que estamos tratando de aprender a sobrevivir de cualquier modo. Hagamos un poco de ficción para fabular con el cartel imaginario que ya tenemos impreso en las neuronas y  con el  que pareciéramos encontrarnos cada vez que nos levantamos:
Este Supremo Inquisitorio  y Magnánimo Tribunal le da la más cordial bienvenida y tiene a bien informarle que, para que su vida transcurra sin sobresaltos, en este reino, se prohíbe:
Hablar mal de quienes lo hacen todo mal; alimentarse (porque no hay comida); decir que son corruptos los corruptos; creer en la posibilidad de un futuro digno;  enfermarse (debido a que no hay medicamentos); morirse (porque no hay ataúdes ni parcelas ni medios económicos para el entierro); usar la bandera nacional en manifestaciones públicas; criticar al rey desnudo o a cualquiera de sus chambelanes; hacer leyes que favorezcan al colectivo; manifestar en lugares públicos; sacar efectivo de su propia cuenta bancaria; tener su vehículo en buenas condiciones; asegurarse por si se enferma; viajar en autobús por vía terrestre (so pena de ser bajado del jumento); ganarle elecciones a la monarquía; elegir autoridades universitarias; protestar dentro de los límites del condado de Libertador; quejarse de que las calles están inservibles; comentar negativamente sobre quienes comentan negativamente cada vez que algo los incomoda; utilizar Internet y/o las redes sociales para desahogarse; lamentarse de los altibajos de los servicios de electricidad, agua, internet…”
Al decir de mi tía Eloína, pareciera subyacente la perversa directriz de  que enloquezcamos muy despacio si deseamos permanecer dentro del reino. Como la famosa rana de la fábula, lentamente nos vamos sumergiendo en el agua tibia sin notar que cada vez la temperatura va en aumento progresivo y seguramente al final nos sancochará.




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