sábado, febrero 16, 2013

Proemio del Premio




Hoy estamos acudiendo al rito bautismal de la más reciente novela del escritor Febricio Persa. La librería se llama EL BUSCÓN. No sabemos si por alusión a Francisco de Quevedo o por lo mucho que sus anaqueles te incitan a curucutear las existencias. El presentador de esta ocasión es un reputadísimo colega y amigo del autor. Se llama Exordio Cují.
Cují ha llegado hoy ataviado a la usanza de los campesinos andinos: chamarra de cuero marrón manchada por el (ab)uso, sombrero alón con pluma de ganso en su lado derecho, pantalones negros y sandalias de pescador. Es la estampa habitual de su vestimenta. Como para que nadie se quede sin notar su presencia, su fuste de escritor salido de “las entrañas mismas del monte”. Se trata de un particular narrador cuya complicada escritura le ha generado a través de la prensa  la frase calificativa de “vanguardista siempre de guardia”.
Críticos y lectores han celebrado desde siempre su escritura críptica y oscura, aunque pocos lo entienden. Suyo será un capítulo posterior en esta novela.
Solo Febricio Persa sabe quién es realmente el autor del libro que  hoy será sometido al ritual consagratorio y que él ha plagiado y publicado como suyo, aunque -como lo acostumbra desde hace varios años- con un nombre ficticio, lo que se llama un heterónimo. Seudónimo le dicen los que quieren evitar confusiones.
 No resistió Persa la tentación.
Y plagió. 
Una vez más se ha propuesto probar que vive en un país donde pocos conocen lo que se ha publicado en el pasado y en el que un buen estafador de las letras puede asumirse como heterónimo y ofrecer con su nombre lo que otro ya publicó antes. “Total -se dice para sí mismo- eso se llama ‘filosofía Errebecé’.”
 Inevitable que tal acción le recuerde el nombre de Rafael Bolívar Coronado. Ya explicaremos más adelante por qué.
Similar ha sido, precisamente, el seudónimo escogido para esta ocasión. La novela Adiós a los incas, malvenidos los incapaces, motivo del ceremonial de esta noche, aparece firmada acronímicamente por Efebepé..
Persa llegó hace bastante rato, pero, antes de ingresar a la librería, entre saludos y halagos,  se ha distraído con algunos asistentes al evento, quienes lo saludan efusivamente en el pasillo.
Abrazo, gracias.
Saludo de apretón de mano, muchas gracias.
 Beso en la mejilla, más gracias.
Reverencia de cabeza, muchas más gracias.
            Ya se murmura que su obra será la gran favorita para el próximo premio internacional que auspicia el Estado; se comenta con alborozo que se convertirá en el primer venezolano en ganarlo.
 Por fin.
            Y ahora sí, ya Febricio está en el interior de la librería.
Tres jovenzuelos con apariencia de “triángulo de seguridad” –dos chicos y una chica-  han estado detrás de él desde el comienzo. No es la primera vez. La comidilla literaria los apoda “los tres mosquiteros”. Efebos y efeba encargados de espantar la turbamulta de “mosquitos” que suelen merodear en torno del aura de su señor.
En la vanguardia del grupo, la chica se dedica a verificar quién solicita una dedicatoria para el ejemplar previamente adquirido del volumen a bautizar. Insta a los solicitantes a esperar el momento de las firmas, después del sacramento.
Otro va a la diestra de su dios padre, acumulando en un maletín los obsequios que algunos de los presentes entregan a Febricio, generalmente libros de autores primerizos  que aspiran a una lectura y reseña de parte de él. Tienen la certeza los autores noveles de que una sola palabra de Persa en la prensa bastará para sanarlos. Se trata de una escena recurrente en cada acto bautismal caraqueño. Neófitos esperanzados que anhelan la bendición de un consagrado. El escritor homenajeado hoy  recibe los obsequios con aire de benevolencia, una sonrisa fingida y  los pasa inmediatamente al chico del maletín.
El tercer doncel, un poco más retirado hacia el flanco izquierdo, lleva una cámara filmadora con la que, a través de su ojo mejor direccionado (es estrábico y luce bastante trasojado) va recogiendo para la perpetuidad cada movimiento de su mentor. Orgulloso de que lo vean allí, sostiene la cámara con su mano derecha, en tanto con la izquierda se va abriendo paso casi a tientas.
Febricio ha ingresado al recinto con su mejor gesto de Monalisa y camina sereno. Va abriéndose paso entre la gente, una mano estirada aquí, una palmadita más allá, un beso lanzado al viento acullá. No puede impedir escuchar, a su derecha, la cháchara picardiosa de algunos jóvenes estudiantes de literatura, aspirantes a poetas, o ya poeticas en ciernes -no lo sabe debido a que solo  los conoce de vista-. Cuchichean entre ellos; parlotean de lo humano y lo profano, con la irreverencia propia de la edad. Hacia ese punto dirige Febricio sus antenas mientras desacelera la marcha para escuchar mejor:
-Es que ese libro me trae de cuclillas, Faby, no sé cómo no lo descubrí antes. ¡Los planos narrativos y los flasbacks. ¡Qué nota!
-Creo que en eso radica el peso de las escenas de la obra, Máicol, son densas, nubladas, acorazantes, pero cómo convencen.
-Así es, así es, chamos, nada más vibrante que el capítulo en el que el sujeto de la enunciación se hace cómplice del autor implícito y fustiga al narrador homodiegético.
-Pero, ¡marico!, ¿qué te pareció la manera como nos saludó el profe que escribió la saga de los Salgado?
-No le hagas demasiado caso, guón, siempre ha sido medio pedante y ahora que le dieron el cargo de director de cultura de la universidad como que se ha envanecido más…
-¡Profe! ¡Profe! –grita una de las chicas del grupo al ver a Febricio Persa-  ¡Qué buena la entrevista de hoy! ¡Sin desperdicio!
-¿Y la foto? –se entromete otro- ¡Qué maraca de foto! Es en el jardín de la Facultad ¿No es así, profe?
 Febricio asiente con una sonrisa de cortesía. Los imagina como siempre, hablando mal de los otros “poetas”,  desde muy jóvenes, o fingiendo hablar bien pero pensando mal, con sus mentes puestas en las envidias y las zancadillas propias del medio. No les cree pero está obligado a agradecer. A su modo de pensar, no les llegan ni por los pies a los tres mancebos que lo escoltan. Comparados con sus adulantes escuderos, a estos los considera envidiosos, mediocres, altaneros y creídos. De las damitas tiene incluso un concepto mucho más contundente, antes que poetisas –como por cierto no les gusta ser catalogadas-  prefiere aludirlas íntimamente como “poetusas”. Jamás ha escuchado de ellos o ellas la palabra “maestro”. Siempre un frío y distanciante “profe”. Los párvulos de su cortejo, en cambio, son dóciles y dispuestos al aprendizaje. A aquellos, los suyos, los sabe abiertos, dispuestos; de estos, los ajenos,  desconfía, son seguidores del poetastro silencioso de la Escuela y eso basta para que los perciba con sospecha. Jamás serán de su reino.
No obstante, hay que darles la mano gentilmente y mostrar los camanances para intentar una sonrisa.
-Gracias, muchachos, gracias por estar aquí…
Después del saludo hipócrita a los chicos, sigue la marcha. Ve a su alrededor y sabe que nadie está de verdad charlando, aunque todos mueven los labios y las manos como si parlotearan animadamente. Gesticulan con la boca, sus órganos articulatorios están en movimiento perpetuo, pero se trata de voces fingidas; simulan charlar mientras tienen los ojos y oídos puestos en cualquier otro rincón de la librería. Ven a alguno por aquí llevándose un ejemplar de un libro reciente a los bolsillos, miran a otro más allá y recuerdan que se trata del novelista que siempre ha tenido su inquina con el que está enfrente porque a aquel le han dado el premio nacional mientras este suponía que ya le correspondía por antigüedad.
No faltan los que murmuran ya sobre la convocatoria anual del Premio. El propio. El verdadero. Así lo califican: el Premio, con énfasis en la P mayúscula. El Errebecé le dicen algunos.
Febricio oye sin deseos de escuchar, en el fondo, entre la multitud, la carcajeada fingida del sujeto conocido como “el escritor oral”, que habla y habla y habla, pero de quien jamás se ha visto una página impresa. La imagen del charlatán farfullando, cantamañanas de oficio,  le hace recordar a la de Rafael Bolívar Coronado. Justamente, el epónimo del Premio.
Es así. Es el universo de la literatura nacional, el espacio en que hay autores consagrados que jamás han redactado media cuartilla. La legión de los ágrafos orales, como la llamó alguna vez un diario humorístico. Milagros del arte, argucias del cotilleo a que son tan dados los plumarios. Eso piensa Persa.
Porsia. Por si acaso. Por si las moscas. Persa observa constantemente a su alrededor.
Debe ofrecerse  amable y dispuesto con todos, hacia todas,  por lo menos mientras transcurre  el lapso sacramental de su último libro. Incluso más: mientras se hace público el veredicto.
Abrazarse y des-abrazarse sin mostrar embarazo alguno.
Aparentar apertura y disposición, frescura, amabilidad, condescendencia, comprensión y, a veces, hasta conchupancia.. Desconoce quién de los que han acudido al evento de esa noche, su evento suyísimo, pueda erigirse en algún momento en jurado del certamen. Su conducta de él ha de ser entonces de absoluto relajamiento. Lucir despreocupado y liberado de actitudes negativas. Debe fingir con absoluta seriedad,  incluso con los que, a la hora de competir por el reconocimiento, podrían ser sus contrincantes. Son sus competidores potenciales, pero también les puede corresponder alguna vez actuar como parte del jurado. Sobre todo, si no lo gana esta vez. Nada se sabe de antemano en ese territorio de incertidumbre que es la literatura venezolana. Hoy estás abajo, mañana arriba. Y el mundo girando y girando como una noria metálica que resuena mientras adentro se bambolean las pequeñas esferas blanquinegras de una lotería de pocos números y muchos apostadores.
“Sonríe, Febricio, siempre sonríe -se dice a sí mismo- y hazlo aun a sabiendas de que alguna de tus muecas amables pueda ser compensada más adelante con una traición”.
“Camina por la librería y saluda cordialmente, aprieta con fuerza esas manos que se te ofrecen, aunque las presumas como parte terminal de brazos envidiosos; adula a los que pudieran tocarte en suerte; exprésales tu admiración por su poesía; háblales de cómo te maravilló su último libro de cuentos, aunque te haya resultado farragoso y lugarcomunístico; confiésale al más oculto de los falsarios que has disfrutado enormemente el recién publicado manual de crítica literaria; asegúrale al novísimo palurdo que abogarás porque se publique pronto su primer intento de ensayo; no abandones jamás a los tres párvulos que sumisamente te acompañan a todos los actos en que has de participar. Los gentiles y siempre adulantes barraganes que nunca te abandonan y te siguen como incondicionales aparceros. Alguna vez, ellos podrían llegar a ser algo más que tímidos principiantes”.
Pon la mirada en el infinito y escucha con rostro de pensador griego el discurso de quien hoy apadrina y presenta tu libro. Exhorta a Exordio con tu gesto de complacencia. Atrapa de su grata perorata frases que te ayuden a flotar de regocijo y que le repetirás después: un latinazo que impresione a cualquier pelmazo: “verba volant, scripta manent”, una metáfora que rompa el ánfora: “plenilunio pluvial esplendoroso”, un juicio que demuestre su oficio: “holgura fluvial derramada en capítulos deslumbrantes”,  un elogio que recuerde el jolgorio: “autor de tropos y símiles rampantes y fluorescentes”…
Luego de los aplausos, multiplicados al final del jaculatorio de su colega Cují, regresa Febricio a la realidad: va el abrazo fuerte y generoso, los golpecitos en la espalda para Exordio.

-¡Gracias, hermano querido [plaj, plaj, plaj, resuenan las palmas sobre el dorso del colega, mientras  percibe el olorcito a moho de la chaqueta], no merezco tanta bondad, tu desprendimiento me abrumó, me siento contrapavimentado por tus palabras…!

La respuesta de Exordio es una sonrisa con tres palabras:

 -¡Te lo mereces!...

 Luego, Febricio se dispone a besar  la mano de la dama de sociedad que los ha interrumpido bruscamente. Es la misma que, cuando venía por el pasillo hacia la librería, lo abordó para decirle que la semana pasada estuvo  leyendo “El dinosaurio”, de Augusto Monterroso, y que intentará concluir su lectura durante la próxima semana santa, cuando disponga de tiempo suficiente para hacerlo. “Y cuando yo despierte de esta pesadilla, espero que la señora ya no esté ahí”, pensó Persa en aquel momento. Mas no ha sido así.  Ahora, con la mirada fija en el tren delantero de la dama,  no olvida celebrarle ese deslumbrante vestido blanco que deja ver las pecas y las arrugas concentradas en la comisura de los senos; lo alaba aunque en el fondo su imagen resulta  horrenda y estrafalaria.

-¡Qué hermosa esa flor sobre tu ojal, Titina!  ¿No sabes cuánto anhelo ser uno de esos pétalos!

Muy bien pudiera ser esa “tectónica” señorona la que lo incluya entre los autores sobre quienes ella disertará en el próximo seminario-taller de poesía que dictará en la Universidad de Maryland. Nunca se sabe. Igual que Venezuela, Estados Unidos es un país en el que cualquiera es profesor de talleres; a veces basta con que publiques un libro de versos mediocres. E incluso con que seas exiliado y osado. Justo el caso de tan “elegante” dama: argentina llegada al país en los setenta del siglo pasado, autora de un opúsculo de poesía que no llega a folleto. Aunque obviamente sus descomunales pechos han sido remendados y ahora van cargados de silicona, no permitas, Febricio,  que la “senofobia” te intimide. Besa y rebesa sus ocultas arrugas faciales, hazlo con frenesí, como en el bolero.
Tampoco dejes de lado a la viuda  del “novelista histórico”. La que está de pie, afuera, donde se ha escapado a satisfacer su carencia de nicotina. La ves desde tu atalaya con su cigarrillo en la mano: “imagen de prosti elegante”, piensas. Será torpe, quizás poco cultivada, tal vez casi analfabeta y nada agraciada, pero es la heredera de un escritor con poder. Obvio que sin mayor esfuerzo intelectual -porque de intelecto la muy pobre carece- heredó solo la fama y la obra de su célebre marido, aquel farragoso y patético psiquiatra que escribió cincuenta novelas sobre las perversiones del poder financiero en las sociedades latinoamericanas. No es su culpa de ella ser tan escasa de neuronas productivas. Sin embargo, más que por sus libros recibidos en herencia, no dejes de fijarte en la red de intereses de la que también se ha hecho acreedora. Ella no escribe, la verdad es que  su cerebro es reacio a las fabulaciones con la palabra, pero cómo sabe mover esas caderas de yegua purasangre. Y se vale de tal recurso cada vez que precisa de los tentáculos mafiosos que le dejó su fallecido cónyuge. Es la misma a la que un pegajoso critiquillo asomó la idea de hacer una fundación con la dote paginada de su difunto marido, un artilugio jurídico que preserve la obra y facilite la continuidad y multiplicación del peculio. “Que de algo hay que vivir, Nachy”.
Salúdala con doble beso y roce de mejillas, como si estuvieras en el foyer del Palacio de la Zarzuela de Madrid. Indícale lo atractiva y lozana que se mantiene. La distancia entre foyer y follar es mínima. No sería extraño que alguna vez fuera designada para integrar el jurado que ha de avaluar tu participación en algún certamen importante. Podrá ser o no el Rafael Bolívar Coronado. Mas eso, de momento, lo ignoras; no puedes presagiarlo; ni tú ni nadie, pero tienes la certeza de que los milagros ocurren. En una republiquita literaria como la tuya, todo puede suceder. Hasta ciertas viudas gozonas terminan decidiendo quién sube y quién baja.
Así que tolera pacientemente el efluvio del bautizo de tu última novela, aunque todo lo presumas ficticio.
En tanto transcurra el brindis, deambula por cada rincón de la librería hasta que se marche el último de los asistentes.
Saca de tu repertorio aprendido de memoria las más originales dedicatorias a la hora de firmar los ejemplares a los solicitantes de tu rúbrica.
“Para IDS con el mayor de los placeres y en agradecimiento por sus exagerados y benévolos pero inmerecidos juicios sobre mi modesta obra”.
Ofrenda con tu manuscripción a las chicas jóvenes que te piden una frase halagadora y unas palabras de aliento sobre la portadilla del ejemplar que han comprado: “Mi querida Nathalie, un futuro exitoso para una lectora con sonrisa de bacará”.
 No se sabe cuándo una solicitante de firma significa un futuro polvo. “A Judit, la más estupenda y bella de mis consecuentes lectoras”. 
Un premio puede ser en el país hasta la consecuencia de un buen coito, de un arrejuntamiento que jamás imaginaste. “Para mi apreciada pareja, L.B.L. y L.F, por el tiempo que han perdido leyendo mis humildes escritos.”
 Vive tu momento y finge y funge igual que todos allí lo hacen. Es parte de ese “rictual” donde cada capítulo del guión es imprescindible: la llegada con los saludos, el panegírico de presentación con las alabanzas, los aplausos múltiples, las sonrisas estereotipadas, las poses y sonrisas fingidas y  obligadas ante la presencia del fotógrafo... y los brindis por el éxito.
-Disculpe, ¿Es usted el autor?
-Sí, eso creo –respondes en tono de broma.
-¿Me permite una foto con estos dos caballeros y esta beldad?
-Por supuesto. Con  la “beldad” ni ofendo ni temo, jajajajá.
-Muy bien, júntese usted un poquito más... Así está bien. ¡Voy!
Gracias,  anótenme aquí sus nombres por favor. Es para reseñar el evento en El Coso Literario.
-Ya pronto será hora de marcharse, maestro –le recuerda la efeba a Febricio.
-¡Fabuloso! En breve, cesará la tortura- le susurra él al oído.
Han comenzado a cerrar el templo.
 Los mesoneros recogen las últimas copas y el micrófono ha sido confinado a su rincón habitual.
 Al terminar de contar el abundoso número de ejemplares no vendidos, la dueña de la librería se ve extenuada.
Lo manifiesta al editor y éste hace un gesto de aceptación con la cabeza, aunque en sus adentros está contabilizando y dividiendo cuántos libros ha vendido por cada copa de vino consumida.
El empleado apaga la luz.
Se escucha el chirrido de la puerta de seguridad.
Ya afuera, en el pasillo del centro comercial, todos se despiden a su manera, hasta la próxima jornada.
Encantada de haberte visto, mana…
Claro que yes, amigui...
¡Epa, Chuqui!  Porfa, no olvides enviarme esa reseña por correo electrónico, poeta…
¡Tranquila, Mayela, que yo te escribo ese prólogo...!
¡Te quiero que jode. No te pierdas, maluco…!
¡Ni tú tampoco buenuca…!
Bai, bai, chicos...
Muá, muá, muá…

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Capítulo primero de la novela ICONOPLASTA (en proceso de escritura)
Para leer el capítulo introductorio (previo): haga clic aquí

jueves, noviembre 29, 2012

El bautismo de un libro es un parto social






Años iniciales del siglo XXI.  Es jueves en Caracas. Son las seis de la tarde. Día y hora usualmente escogidos por los editores venezolanos para las presentaciones “en sociedad” de libros recién publicados. En Venezuela, suele hablarse de “bautizo”, porque ya es tradición que el ritual implique verter sacramentalmente algún líquido (a veces licoroso, aunque no siempre) sobre el primer ejemplar de un libro.
Si el autor tiene ínfulas de pertenecer a la clase pudiente, la pócima preferida para el ritual es el vino espumante. A lo mejor champán o cava, caso de los plumarios con mucho empuje económico. Así como suelen pagar o “gestionar” la publicación de sus antojos literatosos, poco les importa a los muy ricos cualquier  minucia adicional que garantice la asistencia e intervención de la crítica. El poetariado de la clase media, por lo general,  se lleva mejor con algún vino blanco barato.
No obstante, con el tiempo, esta rutina bautismal etílica ha dado paso a algunos sucedáneos: por ejemplo, agua proveniente de alguna cascada mítica, pétalos de rosas recién cortadas, arena expresamente traída del mar de Tasmania. Alguna vez ha habido incluso la cursi escritora de novelas “históricas” que quiso rociar un ejemplar de su libro primogénito con orines de su también primogénita niña. La párvula tenía para ese momento dieciocho años y estuvo allí totalmente desconcertada, al enterarse del motivo por el cual esa tarde su madre le había solicitado una porción de su "líquido excremento miccional", como lo llaman los bienhablados. Inolvidable será también el exjesuita refistolero que solicitó al editor que un sacerdote "activo" de su ahora excongregación arrojara una lluvia de polvo de hostias,  salutación sacra de por medio, sobre las páginas impresas de su primer poemario. Casi una extremaunción.
En fin,  para este tipo de bautismo, hay de todo en la viña literaria nacional.
Se  llama padrino o madrina a la persona seleccionada por el autor o autora para ejecutar el dictamen bíblico y ofrecer un discurso ante la concurrencia.  Ya con rostro severo ya con una risita forzada que más bien parece mueca, el público asistente se aglomera frente a quien habla. Los más tienen los ojos pegados en el micrófono como si escucharan con la mirada.
El acto de por sí suele ser aburrido pero, sin duda, necesario.
Los participantes invitados a la ceremonia van llegando graneaditos. Unos pocos -el autor, la familia, el editor y las parejas secretas del “padre o madre de la criatura”- comentan alegres la fluidez del tránsito capitalino, lo que les ha facilitado arribar al evento con puntualidad de pensionado del Seguro Social. Ellos y los espontáneos son por lo general los únicos que aparecen temprano, perfumaditos, recién bañados, con los oídos dispuestos y la segura disposición para aplaudir. La mayoría  exige formalmente  ser disculpada por no haber podido llegar a tiempo para el rocío de lo que fuere sobre el volumen recién nacido. Al contrario de los familiares y espontáneos, atribuyen siempre  su retardo al perenne tapón del tránsito capitalino.
Así es Caracas. Variopinta.
La única ciudad del mundo que ofrece diversas alternativas como excusas posibles para justificar la impuntualidad biológica de cada uno de sus habitantes. Una muy común ha sido la lluvia feroz y la negativa de los taxistas a hacer su trabajo, bajo la excusa de los atracones vehiculares. Suele comentarse que se trata de la única ciudad donde los conductores de taxis quieren trasladarte hacia donde ellos van y no hacia el lugar requerido por el solicitante.
Otros sencillamente recuerdan al resto de los asistentes que cada vez son más los atracos a mano armada que impiden avanzar con la prisa requerida. Quizás haya marchas políticas, protestas que agravan el caos citadino y erosionan la rutina urbana. 
 Pero, en el caso particular de los bautizos de libros, la realidad es que buena parte de los asistentes se ha demorado ex profeso, a fin de evitar los largos discursos,  el ahuecamiento conductual y las escenas forzadas que se esconden detrás de cada acto de esta naturaleza.
Porque, no se ha dicho, pero la presentación de un nuevo libro en Venezuela es mucho más que arrojar loas y  enhorabuenanzas sobre el primer ejemplar.
Como ya se ha señalado, por lo general se antepone a la celebración un extenso discurso de alguien cercano al autor o autora. Y a veces, ante la carencia de afectos o de voluntarios para el parloteo, se encarga de tal misión a algún crítico que se supone será benigno en su cháchara.
Lo verdaderamente infaltable es que, las más de las veces, hay que escuchar un florido ramillete de loas, adulancias y amapuches verbales que –de acuerdo con el nivel de petulancia o timidez del escritor laureado-  unas veces lo hacen sonrojar y otras lo  obligan a intentar esconderse como un congorocho avergonzado, conmovida la persona por las mentirillas que se permite la complicidad del presentante.
Puede además darse el caso de  una serie de afirmaciones que nada o muy poco tienen que ver con el contenido de la publicación. Hacen esto último aquellos a quienes se ha encomendado la tarea de la presentación en sociedad del nuevo párvulo paginado pero, por desidia, por carencia de tiempo o por simple desgana, no han dispuesto del sosiego suficiente y necesario para leer el mamotreto que han de apadrinar.
 En tales situaciones, el orador discurre  como en el chiste de la mosca y la vaca: se prepara el alumno para su examen de Zoología del día siguiente; sin embargo su acuciosidad apenas le permite estudiar durante toda la noche el tema de la mosca y los atributos que circundan a tan fastidioso animalillo. La sorpresa acogota al estudiante cuando al llegar al salón de clases se encuentra con que la cejijunta y muy estilizada y buenota profesora le ordena desarrollar un ensayo sobre la vaca y sus condiciones de vida. Sorprendido pero dispuesto, el chico no se amilana y comienza su primera línea: “La vaca es un animal usualmente perturbado por la mosca. La mosca tiene las siguientes características…” Y por esa trocha discursiva se dedica contar las vicisitudes biológicas de la mosca que lo mantuvo despabilado durante la noche anterior.
Emulando a ministros y otros funcionarios públicos, así suelen hacer algunos presentadores de libros: antes que hablar del contenido del volumen, se dedican, por ejemplo,  a contar de su amistad de muchos años con quien lo ha escrito. El cuento resulta entonces más extenso que el libro. Y aprueban el examen de la concurrencia que, desesperada,  los aplaude furiosamente nomás escuchar las dos palabras mágicas finales: “muchas gracias”.
Entonces, quien hace de maestro de la ceremonia anuncia el esperado brindis con vino que nadie supo explicar nunca por qué es llamado comúnmente “vino de honor”. Más bien, en algunas ocasiones, deshonra el bolsillo del pobretón escritor, debido a que no es extraño que el editor lo cargue directa o indirectamente a la faltriquera de los “derechos” del plumario.
Pero hay sonrisas por doquier.
 Hay también intrusos, los que hemos llamado asistentes espontáneos; aquellos que acuden a todos los eventos de similar naturaleza sin que nadie los haya invitado. Curiosos señores y señoras de un solo traje, una sola corbata (en el caso de los caballeros) y una misma sonrisa, quienes siempre están allí y que incluso son más que bienvenidos cuando acuden muy pocos de quienes realmente han sido convocados. En el argot de los periodistas se les agrupa bajo las siglas SIPEM [Sindicato de Invitados Por Ellos Mismos];  a veces se les censura subrepticiamente, entre chismes, como intrusos más interesados en el condumio y el “bebumio” que en el honor. Mas no deja de ser cierto que regularmente hacen su papel de atentos escuchas ante lo que esté diciendo el orador del día. No siempre entienden por qué los otros asistentes ríen o comentan algo, pero ellos se suman a las carcajadas y a los runrunes como si en eso les fuera la permanencia en el lugar. A veces,  hasta se acercan a los escritores y escritoras que tantas  veces han visto en actos similares y que, por lo general, también son siempre los mismos. Los saludan y les hacen reverencias. Al margen de que jamás hayan abierto algún libro, después de la reverencia y la palmadita o apretón de mano, no dudan al expresar:
-Qué bueno su último libro, poeta, se la comió usted con esos versos.
Obviamente, el “poeta” nunca pregunta a qué libro se refieren. El albedrío de su egoteca lo lleva regularmente a fingir complacencia absoluta. No puede darse el lujo de mostrarse desestabilizado o dubitativo ante un lector desconocido y amable. Debe hacer demagogia literaria y agradecer el cumplido, a veces hasta con un “¡brindemos por ustedes los buenos lectores, carajo!”. Pero no ha salido el plumario de su regocijo egocéntrico cuando escucha algún grito que desde alguna otra parte de la librería lo apela:
            -¡Poeta, poeta, qué gusto, poeta! ¡Te felicito por esa de hoy! ¡Qué aciertos los de tu presentador! ¡Cuánto tiempo sin verte, caraj!
- Gracias poeta, es que he estado encerrado, casi no salgo…
-¡Y eso, mi poetazo! ¿Como que estás envejeciendo? ¡Cuidado!  ¡Usted tiene mucho que dar todavía!
-No hombre, poeta, ajustando mi libro número ciento cincuenta. ¡Me trae de cabeza! ¡Pariendo, poeta!
-¿Otro libro? ¿Cuál, poeta? ¿El de la conspiración?
-Coño, poeta, hace dos años te dije que no era sobre ninguna conspiración. Lo que he venido haciendo es una compilación de mis escritos de la prensa, ¡com-pi-la-ción!
-Es verdad, poeta, disculpa mi desmemoria, cons-pi-ra-ción.
Y se marcha el celebrado “poeta”, a sabiendas de que su colega es sordo y por lo general adivina las palabras que lee en los labios del interlocutor. Y así el connotado vate, aunque no sea de verdad “poeta” sino ensayista o narrador, a quien los verdaderos versificadores suelen calificar de “bate quebrado”, sigue recibiendo las felicitaciones de rigor.
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Nota de Eloína:   reproducción del “Frontispicio” de una novela en crónicas, en proceso de escritura por mi sobrino.

jueves, julio 05, 2012

Censores filológicos, censuras ideológicas




Guerra avisada o nota previa para evitar interpretaciones malsanas:
Mosca, lectoras-es, de acuerdo con la venezolanísima "Ley Resorte" la siguiente duda  se ajusta a las siguientes condiciones: Lenguaje: C, Salud: B, Sexo: E, Violencia: D, para ser leída en "horario adulto", con tapones para oídos y vendas para ojos.
Advertencia: Se ha determinado que negar las escatologías, aparte de ser nocivo para la salud, embrutece.
Decida antes si acepta o no acepta esta lectura. De ser esto último, no siga leyendo...

Con el debido permiso de la “puritanía” nacional y extranjera, me permito comenzar esta duda recordando el texto de un letrero publicitario que escandalizó a mucha gente durante la exposición denominada El paquete erótico, coordinada en el año de 1980 por el artista venezolano Víctor Hugo Irazábal en la caraqueña Sala Ocre (1980). Inocente y colocadito allí como quien quiere y no quiere, el letrerito de marras rezaba lo siguiente: “No dejes para mañana lo que puedas mamar hoy”.
Aquel inocente avisito le movió el piso a más de un asistente. Aunque no decían “¡perro!", mostraban el tramojo.
Lo menciono de entrada porque suele decirse que en Venezuela jamás ha habido censura, así como se comenta generalmente que nunca antes hubo racismo ni discriminación. Pamplinas. Tonterías que entre trago y trago repetimos para sentirnos bien como  colectivo. En sentido contrario, mi tía Eloína suele jurar que, desde que somos una república “en busca del tiempo perdido”, la censura y la discriminación siempre han existido, entre nosotros,  lo que varía son los modos de ejecutarlas (a veces casi subliminales).

Y así es, no puedo dejar de darle la razón. Tanto la censura como la discriminación han sido axiales en nuestro desarrollo ciudadano. En este país, al que menos puja le brota un piano de cola.  Es posible que se las esconda, que se las disfrace, que se hagan las mil y una patrañas para disimular, por ejemplo, el modo como algunas personas, comunidades y grupos sociales miran de reojo a la gente que no comparte su color de piel, a algunos supuestamente “malvestidos”, a las personas con ciertos “kilos de más”, a sujetos y sujetas de otros países y nacionalidades. Etcétera.  

Y cuando ella dice “color de piel”, mi parienta no hace diferencia entre el modo como, desde cierta posición social,  se ve y se “admira” a una rubia, blanca, presuntamente aria, de estatura considerable y vestida con eso que llaman ropa de marca (como si no toda la ropa tuviera una “marca”) y la manera en que desde otras miradas más deprimidas se observan los movimientos, las cadencias, el lenguaje y los pareceres de esa otra entelequia que la costumbre suele marcar con el apelativo de “gente bien” o “personas acomodadas”. Los “menos” y los “más” se discriminan y se censuran mutuamente.
Valga el ejemplo de uno de mis compañeros de bachillerato: durante los legendarios años sesenta compartíamos en Los Puertos de Altagracia en un liceo público  porque no había otro a la mano, pero era obvio que sus padres tenían más dinero y privilegios sociales que la sumatoria de todo el resto del salón, así que, aunque no podía disimular su evidente  estampa “afrodescendiente”, nos veía a todos por encima de su hombro y se consideraba a sí mismo como la propia “pepa de Billy Queen”. Es decir, convivía con nosotros, pero obviamente se creía muchíiiisimo más que el resto de la humanidad. 
Lo contrario también es palpable en cualquier ambiente de los nuestros, pero como uno acude por lo general a lo que más conoce, podría yo decir que tengo una vecina que se dice “socialista convencida”, convencida de que nació para fuñir a los congéneres, porque es propietaria de diez apartamentos (que alquila mediante perversos contratos por sumas astronómicas) e igualmente cree (para mí equivicadamente) que toda la gente de pocos recursos es “malandra”.  No acude a playas públicas porque según ella allí “pulula el populacho”, sospecha de todas las señoras de servicio a las que, en contradicción con su “ideología”, contrata. Sin olvidar que piensa que las ramas menos favorecidas de su propia familia lo son por simples motivos “genéticos”. No sospecha que, cualquiera que sea el origen de sus arcas, todos  los ricos –o sus ancestros-, se han hecho ídem apaleando de distintas maneras a otros.
Así está el mundo, pues. Una cosa piensa el burro y otra el que lo está montando.

En tal sentido,  censura y discriminación terminan siendo dos variantes de un mismo y único vector: la aversión al contrario. Son “aversivas” las personas que, ora por el dinero que manejan, ora por la supuesta “cuna” de la que proceden, ora por haber estudiado algo más que los otros, ora porque tienen más habilidad verbal, se muestran como si no tuvieran ombligo o carecieran de cualquier tipo de orificio útil para expulsar excrementos. Diría Eloína sin ningún tipo de eufemismo y con una frase bastante fuerte: “¡es que se creen que no tienen canalillo en el trasero! 

A esto de las llamadas “frases fuertes” o voces escatológicas he querido llegar desde que inicié esta duda melódica. Porque en el lenguaje, en sus usos, en el modo como  afrontamos y juzgamos lo que dicen los demás, pues también incide la perversión, digo, la censura y la discriminación.
 Por fin  llego, pues, a donde venía.
El tópico ha sido motivado por una reciente visita a Maracaibo. Pasábamos mi esposa y yo por la Plaza Bolívar de esa ciudad una mañana de cuarenta grados a la sombra y otros pasantes se asombraron ante las risotadas que nos provocó la situación de un muy maracaibero caballero que, sin ningún tipo de pudor, discutía con un grupo de correligionarios de un partido político y los llamaba (pido licencia a los censores espontáneos para repetirlo sin anestesia) “¡mamagüevo’e perro!”. Mucho habíamos escuchado antes la primera parte de esa expresión (“mamagüevo”) y, en efecto, en el Zulia en general, no es difícil oírla. Pero agregarle la alusión canina en ese particular ejercicio de succión le daba a la ofensa una intensidad tan particular que no pudimos más que reaccionar ante lo sorprendente del asunto. 
De pronto nuestra sorpresa estaba siendo marcada por la censura y la discriminación  inconsciente que solemos practicar cuando percibimos algo que se sale de lo que la escuela nos enseñó como “políticamente correcto”.
 Y ante lo que te desubica, pues, como salida, te ríes.
Desde algunos espacios del centro del país, suele pensarse que hay regiones de Venezuela donde reina la escatología verbal incontenida. Pues, todos lo sabemos, el Zulia no escapa de esta  posibilidad. Y los zulianos andan tan orgullosos de que así se les considere que hasta han fraguado una popular gramática para el vocablo verga. Un término tan sencillo como verga (“pene” según el diccionario) se usa en predios zulianos para extremos semánticos tan lejanos como un introductor discursivo (para abrir una conversación: “¿sabéis una verga?”) hasta la manifestación de sorpresa (“¡a la verga!”) y la negación absoluta (“¡ni de verga!”).

Este liberalismo hacia ciertas voces llamadas por los puristas escatológicas, excrementicias o “malsonantes” ha servido para que se atribuya a los usuarios cierta fama (no siempre justificada) de “groseros”, “malhablados”, “bocasucia” y un largo etcétera. Censura y discriminación juntas.
Y allí hay que salir al paso a quienes se creen hablantes prístinos porque jamás recurren a las llamadas “palabrotas” para justificar una rabieta, una sorpresa o manifestar algún dolor o alegría súbita.
De mi parte, siempre he dicho a mis alumnos que las llamadas escatologías son intensas pero a veces necesarias. No es lo mismo "recordarle la progenitora" que "mentarle la madre" a alguien que ha ofendido tu dignidad. En ciertos contextos familiares puede resultar casi ridículo exclamar “¡outch!” cuando te has dado tremendo coñazo en la espinilla y solo te provoca gritar “¡coooño!”. Ni que fueras Batman o Robin.
Vuelvo y completo el cuento del señor maracucho a quien escuchamos en la plaza Bolívar de Maracaibo. El grupo con el que discutía lo estaba imprecando y a coro le decía “¡traidor,  coño’e tu madre!” Pues para él la salida más honorable fue llamarlos a todos “¡mamagüevo’e perro!”. Si se quiere, haberles respondido con un “¡imbéciles!”, "¡estúpidos!" o (incluso) "¡la tuya!" habría sido interpretado por quienes lo ofendían como torpe y hasta fuera e contexto, cuando no amanerado.
Porque hasta las escatologías tienen su contexto. Y no usarlas cuando se las precisa, puede resultar nocivo para la salud. En esto de los usos del lenguaje, a la gente que se cree más que los demás y que alega no usar ¡jamás! las llamadas groserías porque le resultan propias del vulgo (he allí la censura y discriminación solapadas), le parece gracioso y hasta totalmente permisible que en las películas gringas los personajes repitan hasta la saciedad  las expresiones shit,  fuck you, son of the bitch cada vez que se les antoje. Y si se trata del francés no digamos las veces que en  los coloquios parisinos se repiten las candentes voces ¡merde! o ¡connard! (equivalente francés al gilipollas peninsular, creo).

A veces a los puristas criollos hasta les suena chic o cool que los anglo y francoahablantes hablen de ese modo tan “gracioso”.
Y para no marchar tan lejos digamos que en situaciones informales los españoles “conjugan” las palabras mierda, culo y cagar en todas sus “acepciones posibles”. Así como tenemos una gramática zuliana del vocablo “verga”, muy bien pudiéramos hacer el mismo ejercicio con estos tres términos y sus usos en la península ibérica. Lo que diría un conocedor es que prácticamente las han resemantizado, ya no son escatologías, como quizás siguen siéndolo en algunos países hispanoamericanos. Por eso es casi una situación de chiste cuando los peninsulares expresan “hacer de(l) vientre” para referirse al acto de expulsión anal de los excrementos. O sea, luego de cagarse hasta en la virgen, pues dicen “hacer del vientre” cuando es la hora de acudir al váter. 
El DRAE cataloga  cagar como verbo intransitivo malsonante y agrega como su primera  definición: “evacuar el vientre”. Más adelante indica además que la locución que te cagas (también tipificada como malsonante) significa “muy bueno, excelente”: “esta paella está que te cagas”).
En otras entradas, el mismo DRAE alude a “exonerar el vientre” como “descargarlo de excrementos”, lo que también puede expresarse como “hacer de(l) vientre”, creo que la más usada al menos en predios castellanos.
En esto mi tía Eloína se la dio siempre de castiza. Cada vez que requería ir a la letrina  a defecar, solía decir que necesitaba  “hacer del cuerpo”. Debido a ello, una de mis primas (expósita, igual que yo) bromeaba cuando quería hacerla rabiar y se esmeraba gritando:

- “¡Ya vengo, voy al baño a cagar!

Mi parienta saltaba furibunda y le recriminaba:

-¿Mirá vergajita, coñita, cagoncita, mierdita!  Hay muchas maneras de decir que vais al sanitario sin utilizar esa palabra tan fea. ¡Cagar no es de muchachas decentes y  de clase como vos! Podéis decir defecar, deponer, ensuciar, hacer del cuerpo, hacer pupú, poner  la grande, agacharse... ¿qué sé yo cuántas más?, ¡pero no cagar, chica! ¡Las señoritas como vos no cagan!
 -¡Bueno –respondía mi prima con evidente sorna- pues entonces la próxima vez voy al baño, defeco, depongo, ensucio, hago del cuerpo, hago pupú, pongo la grande, me agacho...! Y… ¡ finalmente cago! ¿Te parece? 

Era muy particular mi parienta. Aunque de cada diez palabras que pronunciaba cinco eran de las catalogadas pudibundamente como  “groserías”, se empeñaba en enseñarnos que, debido a su condición de “madre superiora”, ella “tenía derecho” a  utilizar cuantas le diera su realenga gana, pero nosotros no. Por lo general, nos corregía cada vez que decíamos algo fuera de lugar y nos conminaba a utilizar algún eufemismo que reflejara nuestra condición de asistentes a la escuela.
Lo mismo ocurre con algunos hablantes puristas venezolanos,  “inmaculados” y cuidadosos ante el lenguaje de los que consideran por debajo de su “estatus social”, “posición económica” o “jerarquía escolar”.  Sin embargo, se despepitan de la risa cada vez que escuchan que un español que habla en la tele dice que lo tienen “hasta los huevos”, que se “caga en la leche”, o conmina a alguien “a tomar po’l culo”. Ergo, en otras latitudes, con otros hablantes de otras dimensiones u otros idiomas, hasta les resultan "musicales"  y chistosas algunas expresiones que dichas en nuestro humilde ambiente hispanomericano pueden hasta ser consideradas delitos de lesa patria lingüística. 
Así es esto del verbo. Así somos los hablantes, a veces sin saberlo. Contradictorios. Discriminadores. Censores agazapados en permanente vigilia ante lo que contradice nuestras creencias y preferencias.

¡Joder!


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