jueves, octubre 23, 2014

Se abrevia DLE. Se llama Diccionario de la lengua española






El Diccionario de la lengua española constituye para el grueso de los hablantes nativos escolarizados una especie de documento infalible, incuestionable, en el que supuestamente reposan «todas» las palabras «existentes» de nuestro idioma. A veces lo es también para muchos lectores profesionales, incluidos docentes, críticos, escritores, periodistas y ―muy importante― académicos. Tampoco excluye esto a los hablantes de otras lenguas cuando requieren de una fuente confiable sobre cualquier vocablo referente al español.
Quiérase o no, se esté de acuerdo o en desacuerdo con esta situación, ello convierte  al DLE ―como sugerimos abreviarlo de aquí en adelante―  en una especie de autoridad única universal a la hora de dirimir cualquier asunto referente al idioma y a sus interioridades (en este caso léxicas).
Para el común de los hablantes, una palabra «no tiene vida» en tanto no esté registrada en el DLE. Tan arraigada está esa condición en la inmensa masa de hablantes de nuestra lengua que es muy popular en cualquiera de nuestros países la expresión «si no está en el Diccionario, esa palabra no existe». Y cuando se dice «Diccionario» se hace referencia casi exclusiva al DLE.
Con defectos o sin ellos, más allá de las insuficiencias que pueda contener, independientemente de aciertos, de definiciones desajustadas o muy certeras, de carencias y excesos o de cualquier otro aspecto, suele atribuírsele al DLE casi un carácter mítico, bíblico si se quiere ser más extensivo. Para una considerable mayoría de  usuarios, es la verdadera casa de las palabras del español.
Imposible también evitar que, luego de una curiosa tradición de varios siglos, se le atribuya la supuesta «posesión» de ese documento casi de modo exclusivo a la Real Academia Española. No pocas veces, al aludir al DLE, la propia RAE ha adoptado las siglas DRAE para sí y lo hace ver en buena parte de su documentación oficial y publicitaria. Probablemente esto tenga su origen en lo que rezaba en la portada y portadilla del llamado Diccionario de Autoridades, en 1726: «Diccionario de la lengua castellana. Compuesto por la Real Academia Española» (subrayado de mi tía Eloína).
El DLE ha devenido entonces en la palabra final sobre la legitimación institucional del idioma. Y para efectos de una orientación común, ante la necesidad de algún ente regulador que sirva de árbitro, incluso en casos de disquisición jurídica, comercial o administrativa, esto puede constituir una gran ventaja para la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE). Sin embargo, se trata también de un privilegio y una posición que  deben ser manejados con mucha prudencia, con sindéresis. Olvidarse, por ejemplo, de que la norma sobre cómo debemos expresarnos la debe imponer un solo país  o determinado grupo social. Ni España ni ninguna nación hispanoamericana. Ni los académicos de ningún país en particular.  Nuestro idioma ―y escribo «nuestro» con plena conciencia del posesivo― no es una lengua que alguien nos «prestó», que España nos cedió como un favor, y, en consecuencia, debe imponernos cómo utilizarlo. Nos pertenece a todos los que lo hablamos y somos todos quienes debemos buscar consensos para su uso adecuado.
El español fue la lengua de España (o de algunos de sus reinos) hasta 1492. A partir de esa fecha se inició su expansión hasta convertirse en el idioma de muchos otros espacios, principalmente americanos. En la actualidad, la mancomunidad de la lengua española constituye una congregación cuyas necesidades y requerimientos se ramifican a lo largo de una extensión territorial de más de veinte países y cuatro continentes, sin contar aquellos espacios geopolíticos en los que ya se le considera una segunda lengua de importancia capital (los Estados Unidos de Norteamérica y Brasil, por ejemplo).
En suma, más allá de los complejos, independientemente de cierto resentimiento histórico que pueda sobrevivir en algunos de los países hispanoamericanos donde el español es lengua oficial única, lengua cooficial o lengua nacional, la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE) y el DLE son las instancias finales de arbitraje lexical para el mundo hispánico. Y cuando aludimos a la ASALE, obviamente incluimos a la RAE y a las otras diecinueve academias de  Hispanoamérica (que le son correspondientes), más la filipina y la norteamericana.  En mayor o menor grado, todas son corresponsables y coautoras del DLE, cuya vigésimo tercera edición acaba de aparecer.  
Esto debe ser entendido así, independientemente de que todavía prevalezcan en el DLE algunos aspectos  que parecieran privilegiar a lo que hemos dado en llamar español peninsular. Detalles que si bien se han ido subsanando en las más recientes ediciones, otros seguramente lo serán en un futuro. El español es la lengua de un aproximado de quinientos millones de almas, de las cuales más o menos unos cuatrocientos cincuenta millones la usan como idioma de comunicación fuera del territorio de la península ibérica.
Preciso es reconocer también que la compilación de los distintos datos del idioma que actualmente son fuente primordial para conformar el DLE ha incorporado muchas palabras del español americano. Lo que además no implica que falten bastantes. Siempre faltarán, debido a las dimensiones de Hispanoamérica y a las dificultades para dar cuenta de nuestro vocabulario común.  Y hay que añadir que la RAE ha insistido suficientemente en buscar datos americanos que faciliten alcanzar alguna vez un nivel aceptable de equilibrio. También es bueno aclarar que el actual  DLE es una obra que registra usos. No intenta imponerlos. Se presume que todas las palabras que contiene han sido extraídas de documentos que las refrendan (libros, prensa, Internet, lengua oral, gacetillas, etc.). Y a veces, el hecho de que registre usos y no imponga normas tiene también sus detractores.
Por ejemplo, el periodista español Alex Grijelmo lamenta que, en contraposición con su inicial carácter prescriptivo, el DLE haya derivado en un «diccionario de uso». En su libro La punta de la lengua, publicado en 2004, se refiere Grijelmo al hecho de que «La Academia y muchos magníficos filólogos han dado en bendecirlo todo o casi todo, y cualquiera puede parecer ya un purista sin serlo.» (p. 19). Esto pareciera razonable y suele ser uno de los argumentos más frecuentes en cualquier hablante común. El usuario que no es filólogo o lingüista, pero es docente, principalmente de primaria o secundaria, ha tenido en el DLE su mejor soporte lexicográfico para generar confianza en sí mismo o en sus estudiantes, por lo menos en cuanto a una normativa general mínima. Igual que para el hablante común que recurre a una fuente que considera segura y confiable, la ambigüedad es mala compañera de la docencia en esos niveles de la educación. El alumno procura certeza y el maestro debe ofrecérsela con base en una documentación que se la garantice. El maestro requiere trabajar con reglas claras; las ambigüedades no son buenas compañeras en algunos casos. 
Un estudiante debe tener muy claro que si bien las palabras vídeo [bídeo], chófer [chófer], periodo [periódo], icono [ikóno] y adecua [adékua] se escriben y se pronuncian de ese modo en España, nosotros en América decimos video [bidéo], período [período], ícono [íkono] y adecúa [adekúa]. Y así debemos escribirlas y pronunciarlas. Igual que en Venezuela  y otros países llamamos «corta» o  «pequeña» a la letra V; nada de UVE, porque esa denominación es ajena a nosotros.
Además, todos los países donde se habla español han contribuido con su enriquecimiento. Cuarenta y siete millones  de hablantes,  la población aproximada de España,  es diferente de quinientos millones de almas regocijándose con un mismo idioma. Y si no, que se les pregunte a los publicistas o a los demógrafos. El español es hoy  la segunda, tercera o cuarta  lengua del planeta (según se vea) y el mayor porcentaje de esos hablantes, casi un noventa por ciento,  está en Hispanoamérica.
Si en 1726 el primer documento oficial de registro del léxico del español, intitulado Diccionario de la lengua castellana,  aclaraba en su portada «Compuesto por la Real Academia Española», ¿por qué no pensar  ―doscientos ochenta y ocho años después―  en la posibilidad de uno que se titule  Diccionario de la lengua española, cuyo subtítulo indique «Compuesto mancomunadamente por las academias de la lengua española». Nada cuesta intentar iniciar una nueva tradición que haga ver que no se trata del Diccionario de la Real Academia Española o DRAE, sino de un diccionario integral del idioma. Un DLE que sea reflejo fiel de la comunidad hispánica que somos todos.
Y voy cerrando. No dejarán de existir los hablantes particulares o grupos de ellos (e incluso académicos, grupos sociales o países)  que aspiren a que lo «general» del idioma incluya cosechas particulares de sus hablas individuales o colectivas, o que hasta soliciten (a las academias) que se  «apruebe» alguna palabra porque «la necesitan» o «la utilizan mucho» en sus comunicaciones cotidianas o profesionales. Podría relatar casos de algunos grupos profesionales venezolanos que han solicitado, tanto a la Academia Venezolana como a la RAE, que se «apruebe» determinada palabra porque «la necesitan» o porque «desean» rendir homenaje a algún personaje famoso creando un adjetivo a partir de su nombre (ej.: De Asclepio àasclepiano, para ser utilizado entre profesionales de la salud y rendir culto al dios de la medicina y la salud). Esa voz entrará en los diccionarios una vez que la investigación lexicográfica documente que es usada y aceptada por el colectivo.
  Quienes solicitan inclusiones es obvio que tienen una intención grupal encomiable, mas ignoran que la organización actual de un diccionario académico general opera de otra manera. En este tiempo habrá que convencerlos de que el contenido de un diccionario como el DLE se limita a ratificar usos comunitarios debidamente documentados. Un diccionario general no necesariamente contiene lo que yo como hablante particular o integrante de un grupo social o profesional necesito. Tiene lo que la comunidad de hablantes utiliza en la oralidad y en la escritura. Un diccionario general como el DLE no complace deseos individuales ni regionales;  refleja usos colectivos. Y siempre traerá fallas. Pero ellas disminuirán en la medida en que todos estemos pendientes de sus contenidos.

Concluyo: la vigésimo tercera edición del Diccionario de la lengua española está en la calle. Según se ha informado públicamente, en unos tres meses estará disponible su versión en línea. Trae cerca de noventa y tres mil artículos, doscientas mil acepciones, diecinueve mil americanismos (voces propias de América, compartidas por lo menos por tres países) y unos dos mil venezolanismos,  que todavía es poco, pero ahí vamos. En la medida en que han podido, las academias americanas han colaborado con su contenido. No es solamente el Diccionario de la Real Academia Española. Es el de todos los hispanohablantes, aunque obviamente es imposible que complazca individualmente a tan amplio y variado espectro geográfico .  Siempre será mejorable porque todo diccionario está en permanente hacerse. Pero es mejor tenerlo que no tenerlo. Y para evitar algunas confusiones generadas por la tradición, de ahora en adelante abreviémoslo DLE, como debe ser.
@dudamelodica

viernes, junio 27, 2014

COLAS EN EL BAR DE LA FELICIDAD











―¿Sabes para qué será esa cola de personas?
―No, pero igual hagámosla, por si acaso.


Mi inefable tia Eloína ha sido siempre aficionada a seguir eso que los terconomistas llaman «el pulso de la intrahistoria». O sea, tomar nota de los cambios (aparentemente imperceptibles, pero reales) que día a día van incidiendo en nuestra cotidianidad y nos van obligando a modificar hábitos, costumbres, actitudes. Historia pequeña, diaria, rutinaria,  en la que los de a pie somos protagonistas.

Según ella, en este tiempo en el que escasea hasta la lluvia, no nos hemos cerciorado pero andamos inmersos en un eufemismo llamado por ella «el bar de la felicidad».

 ―¿Qué vaina es esa , Eloína? le pregunto ―. Y se despatilla de la risa al ripostarme que soy tan caído de la mata que no me he percatado de que los venezolanos de hoy (junio de 2014) somos muy diferentes a los de hace una década.

―Nos estamos comportando como los borrachos de un bar ―me aclara―, somos felices en el botiquín hasta que pedimos la cuenta.

Por ejemplo, nos sentimos complacidos y sonreímos (para no llorar), al descubrir que hemos agudizado hasta umbrales impredecibles el arte del escaneo visual a distancia. Como los propios bolsas, nomás vemos a alguien caminando por la calle con unas ídem en la mano y casi instintivamente nos volteamos a hacerle el correspondiente paneo,  a fin de verificar el contenido de lo que cuelga de sus manos. Como si hiciéramos una veloz radiografía instantánea. Muy buena puede estar la chica o el chico portador-a de las marusas, pero poco nos interesa el cuerpo; nuestro objetivo fundamental ahora se focaliza en lo que la persona lleva dentro de aquellos paquetes. Primero, para verificar qué contienen; segundo, para husmear a qué supermercado pertenecen. La razón es muy sencilla; precisamos de tal información para apurarnos a hacer la cola en el sitio y  proveernos de lo mismo.

Esa misma actitud ha despertado nuestro neofanatismo por las filas. No hemos tenido ninguna guerra que nos obligara a convertirnos en filófilos, como dice la historia que ocurrió en algunos países europeos. Es la carencia, el permanente vivir en un constante «NO HAY»,  lo que nos ha obligado a estar conscientes de que ahora existen por lo menos cuatro o cinco colas en nuestra diaria rutina. Aparte de que hemos tenido que  aprender a determinar  dónde vale la pena hacerlas y dónde no.  Lo que no excluye que haya también otros que se meten en cualquier fila que ven por la calle, sin importar si de verdad les interesa. Son los que se incorporan a ellas «por si acaso». Tanto comienzan a gustarnos que ahora hasta hacemos una hilera fuera de los establecimientos antes de que abran sus puertas.

La  situación ha traído consecuencias para nuestra cultura culinaria. Ya no se come lo que se desea sino lo que se ha conseguido para el día. El correo electrónico, el  Tuíter y  el wasap  se han convertido en nuestros incuestionables aliados: los vecinos que viven en condominios, por ejemplo, han creado unas verdaderas redes sociales mediante las cuales el primero de los integrantes de la comunidad que localiza algún producto en el supermercado más cercano se dispone a informar al resto ―a la brevedad mínima y con el menor número posible de caracteres―sobre tal descubrimiento:

  vcns, arina n l uniKS, krrn krjo»
 [Vecinos, hay harina en el UNICASA, ¡corran, carajo!]

 No menos hemos hecho dentro de las propias familias. Ya nuestros hijos no nos mensajean para pedirnos la bendición o consultarnos cómo anda nuestro colesterol; el saludo filial más común de estos tiempos se limita a informarnos que llegó el desodorante, el papel higiénico o el lavaplatos a la perfumería tal:

  papl y kf a ls 2c  dnd l chino, msk mm!
 [Papel, pollo y café a las doce donde el chino, ¡mosca mamá!]

 Mi sardónica parienta suele comentar que para qué tanto buscar papel sanitario si el que  no come tampoco canta.

Ahora tenemos además varias obligaciones financieras que jamás imaginamos antes: por ejemplo,  los chicos/chicas que hacen de cajeros-as o  envuelven las compras de supermercados ya no están interesados en las pírricas propinas que les dábamos antes de que se pusiera de moda el bar de la felicidad; celulares en mano,  han devenido en centros de información desde los cuales notifican a sus «suscriptores» acerca de la llegada de algún producto al establecimiento para el cual trabajan. Y por ello, naturalmente, debemos pagarles una mensualidad. De vaina no nos piden que los incluyamos en el Seguro Social.

 Sin decir nada de otras nuevas especialidades laborales surgidas a partir de esta nueva realidad. Verbigracia, los «guardacolas»: mediante otro nada módico pago, hacen por ti  la cola en la caja mientras acudes a toda velocidad a esculcar las rumas de alguna novedad que haya llegado al súper. Y cuando decimos «novedad», no nos estamos refiriendo al jamón de bellota o las alcaparras de la isla de Santorini; estamos hablando simplemente de leche, vulgar líquido perlino alimenticio  extraído de las ubres de las vacas; estamos aludiendo a la pasta,  al jabón de baño, a la crema dental, el aceite, la carne, los  pañales. Ni siquiera condones hay para evitar la natalidad en estos tiempos en los que parece mejor no practicar el sexo si no se quiere aumentar el número de bocas. Como en los tiempos de mi infancia, las damas habrán de volver a los lavados vaginales con tanino en polvo.

Los viejos gestores, los intermediarios de las oficinas públicas, los buscapalancas vinculados a organismos públicos y privados siguen existiendo, por supuesto, pero son ya antigüallas frente a la nueva claque profesional generada por el ejercicio del «derecho a la alimentación». Hacerle a alguien la segunda en el abasto se ha convertido en nueva rutina  ¡Qué segunda! La segunda, la tercera, la cuarta y todas las que hagan falta con tal de proveernos de algún producto de primera necesidad. Y eso sin añadir que, aparte de comprar alimentos por estos irregulares y alcabalosos caminos de perversión, ahora necesitas además contratar  a algunas personas para que te escolten y protejan mientras llegas a casa, como si llevaras en las bolsas lingotes de oro o kilos de azafrán. Es decir, comer en el bar de la felicidad ha pasado a costar más que un ojo para un tuerto.

En fin, no basta con la inflación, que ya no es tal; más bien debe pasar a llamarse inflamación.  Todo se complementa en este tiempo venezolano para que, cuando se consiguen, los productos valgan ahora cinco o diez veces más de lo que costarían en situaciones normales, en países normales, donde la vida  transcurra como debe ser. «Y pensar que hay familiares nuestros ―dice Eloína―, parientes, amigos, colegas,  que aun comiendo piedras  imaginan que es lomito».

―¡Caramba ―cierra Eloína su queja―, si así es el bar la felicidad, ¿cómo será el botiquín del sufrimiento?!». 

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Ref. de la imagen: http://www.lahora.com.ec/home/goAnterior/Loja/2011-11-23
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lunes, enero 06, 2014

AFERRARSE A LA VID




Para Rubén Álvarez y Tahís Niño, consecuentes amigos y abstemios eneriles


En medios oficiales y privados de Venezuela ―básicamente entre noviembre y diciembre del año que ya cerró―,  circuló con mucha fuerza el vocablo hidratar más algunos ramalazos semánticos derivados del mismo: hidratos etílicos, hidratadera, hidrucción, hidridación. Hasta llegar finalmente a un nuevo concepto de hidratación. Este último es el eufemismo  más usual de este tiempo para referirse al consumo de bebidas espirituosas. Resulta que por alguna disposición celestial que mi parienta y yo desconocemos, parece censurable hablar ahora de brindis, refrigerios húmedos, hartazón de alcohol, bebedera de caña, ingesta de etanol,  expresiones que antaño se usaron para invitar a los concurrentes a algún evento o reunión a «refrescarse» en los intermedios o cierres. A ello se alude actualmente como presunto lapso de hidratación para los invitados. Ya no se consumen bebidas alcohólicas en las reuniones sociales o celebraciones venezolanas de cualquier naturaleza, ahora simplemente se alude a «hidratar» el cuerpo.

Aparte de ello,  enero parece ser para algunos el mes oficial de la «deshidratación». Treinta y un días durante los cuales algunos mortales se autoimponen la penitencia de no consumir ni un mililitro cúbico de cualquier bebida que huela a etanol. Y mucho menos ahora que los «jugos de uva», la «merengada escocesa», el «zumo de cebada» y el «ron perigñón» se han vuelto tan incomprables como la leche, la harina de maíz y el papel higiénico. Bromeaba yo hace poco con uno de mis más caros amigos, ocupante de un cargo público, y casi le imploraba que intercediera para que se ponga en marcha una especie de  “misión etanol” cuyo lema principal sea “¡beberemos y venceremos!”.

La misma conversación nos llevó al infaltable tema de los supuestos “conocedores” de lo que beben. Esos señores y señoras capaces no solo de detectar las virtudes o defectos de la «popular bebida escocesa» apenas se ponen una gota en sus papilas, sino también de saber si se trata de una botella «puyada» o falseada de cualquier otro modo. Yo particularmente los admiro y los envidio por sus habilidades para reconocer ―sin haber visto la etiqueta o la botella― la marca de lo que están degustando. Tan sagaces son con la lengua que en teoría hasta se dan el lujo de distinguir si se trata de un bebedizo nacional (hecho en Cabudare, por ejemplo) o importado (de las montañas del norte del Reino Unido). En fin, a veces nos resultan ridículos-las pero no dejan de divertirnos con las demostraciones de experticia de que hacen gala durante las celebraciones. Se jactan de saber distinguir entre un vulgar vaso de güisqui (nacional, por eso la grafía) y un trago de genuino whiskey escocés (importado). Por lo menos con el primer y segundo trago así parece. Después del tercero les sirves gasolina de 91 octanos y ya son capaces de atribuirle las virtudes de esa categoría que el saber popular venezolano categoriza como “mayor de edad” (para referirse al escocés de 18 años en adelante).

Nada diferente de la situación de los sommeliers domésticos de cualquier país. Los expertos en vinos. Esas personas pretenciosas, pedantonas y sabihondísimas que se dan el lujo de hacerte sentir un monotrema o un platelminto al hablarte de cosechas, categorías de uvas, añadas, mezclas, taninos, cepas y otras menudencias vitivinícolas, sin pestañear ni tener confusiones articulatorias. No vacilan. Se ven seguros, exactos y correctos, como profesores de Matemática o Física. Es graciosísimo observar el modo en que hacen girar la copa para «airear» el líquido, huelen, rehuelen y olisquean; acercan la narizota al tinto como si de un inhalador nasal se tratase (lo «naricean» dice mi tía) y finalmente suspiran y dicen ¡aaahhh! (si todo es positivo) o emiten un pujidito agringado, ¡outch! (si el ejercicio les ha resultado desagradable). Entre lo más resaltante que le ha ocurrido a mi parienta en tales situaciones no ha olvidado el caso del experto cobero que intentaba convencerla de que los sabores «afrutados» de los vinos se deben a que, durante la fermentación, se agregan trozos de frutas a los barriles. Otra doña,  supuestamente educada en Francia, le aseguró alguna vez que es imposible obtener vinos blancos de uvas rojas, asunto que según hemos leído no es cierto.

Y es que en esos terrenos cada quien puede decirte lo que se le ocurra, pero si quieres alejarte de la polémica estéril, silencioso deberás permanecer por ignorar las verdades, mentiras, mitos y manías de la «paligrafía» güisquera y vinícola. Ante tanto conocimiento, debes hacerte el trujillano y seguir la corriente, porque principalmente en el mundo de los «cañeros automáticos» lo mejor es callar ante las profundidades de que se jactan. A veces te encuentras con grandes «habladores de pepas» que ostentan mucho más de lo que realmente conocen. Nada más tienes que aprender a reconocerlos e insinuarles «perro que no conozco, no le jurungo la cola». Si no quieres generar descontentos, debes mantenerte dudoso casi siempre, ignorante, desinformado, pero serio y crédulo, incluso cuando estás frente a alguien que ha escrito libros sobre tales temas, por mucho que hayan publicado al respecto. En ese universo de lo etílico también hay innumerables gatos fanfarrones que fungen de liebres consultoras.

Ya me lo confesó alguna vez un enólogo argentino cuando le preguntaba cómo determinar realmente la calidad de un vino ante la sugerencia de un experto hablador de pendejadas o un buchipluma. «Puedo hablarte del “mejor vino” ―me dijo― pero no de los fanfarrones porque abundan los soretes en ese terreno.» Uno de los significados de «sorete» en Argentina es mentiroso, farsante, aunque también significa «excremento». «Lo del vino es muy fácil, me aclaró después: cada quien puede escoger el suyo sin complejos ni falsas premisas. El mejor será siempre el que a vos más te guste, che,  independientemente del precio, el color, la uva, el año,  la botella,  el viñedo y otras boludeces». Clarísimo. Gracias, amigo.

De manera que, el asunto de la «cañicultura» y  la vid-orria no depende del modo como uno aprenda o finja el arte de mover el dedo dentro del vaso de güisqui o  girar la copa de vino en círculo. Hablemos principalmente de los vinos porque es el terreno donde más abundan los “conocedores”. Después de haber probado los de piña, de mora, de parchita y otras especies que fabrican en algunos lugares del país, la deducción definitiva de Eloína es que la sensación de agrado o de rechazo de una bebida de esa naturaleza puede estar sujeta a las condiciones del gaznate, al entorno; puede tener que ver incluso con  la persona con la que lo estés consumiendo, puede depender hasta de la porosidad de la piel de quien te hace compañía, de cualquier mínimo detalle. O de la comida con la que lo “marides”, como suelen decir los especialistas.

En conclusión, si le agrada,  si el presupuesto le da, si usted se sometió  a la penitencia de la abstención eneril, una vez que concluya ese martirio voluntarioso, asuma de nuevo y sin complejos  su rutina de hidratación pero no abuse con su cuerpo cobarde. Y, mosca, mucho juicio, mucha cordura, mucho fundamento, eluda si quiere las achacosas provocaciones de los supuestos «expertos». No deje que decidan por usted. Lo dice mi médico imaginario: en situaciones de estrés, de tensión, de pasión,  una copa de vino o un breve güisqui (aunque sea nacional y “menor de edad”) pueden ser tan efectivos como un fármaco, una tableta de supervivencia. Deje de lado los consejos de los lenguaraces, los que desean impresionar con su sapiencia lingüística y, cual si se tratase de un auténtico cinturón de seguridad, tome su decisión usted mismo y aférrese a la Vid.

miércoles, septiembre 11, 2013

Escritores que son y escritores que se lo creen




Así como soy reacio a bautizar o «presentar en sociedad» mis propios textos, no soy de esos escritores a quienes les encanta una feria del libro para pavonearse. Acudo apenas cuando el editor lo exige, pero como mis editores son tan escasos y pobretones, casi nunca me lo solicitan. A veces asisto porque hay amigos y colegas a quienes sí les parece esto una actividad loable y me invitan. O a presentar un libro de otro u otra. Pero, en honor a la verdad, dejando de lado que en las ferias los libros suelen ser más costosos, algunas veces  son confundidos con eventos para egoletrados exhibicionistas. Pantalleros se les decía en alguna época. Y, literalmente,  mucho más pantalleros son cuando vienen de la tele o de algún otro medio. Vivimos en este tiempo la época de los escritores que llaman «mediáticos».  Porque están saliendo de las cavernas televisivas, periodísticas y radiales para ofrecerse al mundo de otra manera. Eso que llaman el marketing (la mercadología) mueve montañas, volcanes y océanos.
Dentro de ese contexto,  ocurre que ahora cualquiera se convierte en “novelista” de la noche a la mañana y se hace agregar el rótulo de escritor-a. Hace poco viví la experiencia de una madurita y poco sociable  comunicadora venezolana a la que por motivos estrictamente profesionales (no relativos a la literatura)  hube de telefonear. La secretaria de la emisora a la que llamé me indicó que la susodicha no podía atenderme por encontrarse «ocupada», en trance, supuse después de escuchar la excusa:
 —La novelista está escribiendo un capítulo de su próxima obra y no quiere ser molestada.
«Vaya, vaya, muchas gracias y yo que deseaba ofrecerle un tubazo».
            Lo primero es lo que me dijo la chica que me atendió; lo segundo lo pensé yo una vez que colgué el auricular. En efecto, el nombre de la susodicha firma la carátula de una única historia catalogada por el editor como “novela”, aunque más bien tiene la trama y las truculencias propias de una mala telenovela. Ese mismo día recordé el follón armado en la edición de junio de este año 2013 de la Feria del Libro de Madrid.
El chisme, que escuché por la tele, y no porque yo haya estado allí, aludía a unas declaraciones de la escritora española Almudena Grandes. Todos tenemos derecho a escribir —argumentaba esa autora— pero no todos somos necesariamente escritores. Se refería al pantallerismo elevado a la máxima potencia por la cantidad de «artistas»  de los medios españoles que presentaron libros en el mencionado evento. Cuando un escritor de oficio bautiza un libro, si tiene suerte lo reseña alguna prensa. Cuando se trata  de luminarias «nobélicas» como García Márquez o Vargas Llosa, pues en algo cambia la difusión del hecho. Pero si el presentador o autor proviene de la farándula, pues allí se aparecen todas las cámaras de diversos canales con la finalidad de reseñar el asunto en los noticieros. Los editores saben que la tele vende. Nadie ha ofrecido estadísticas precisas a este respecto, pero es conocido en los medios publicitarios que un par de cuñas de televisión jala más que una yunta de bueyes.
Los escritores auténticos —decía la señora Almudena— son los «guardianes del tesoro». Del tesoro de la lengua, supongo que quiso decir. «Y encima —continuaba la novelista y cuentista— tienen que aguantar que tantos famosos de medio pelo, periodistas, estrellas de la televisión, seudoaristócratas y demás aparezcan en los telediarios exhibiendo esos libros que, dicen ellos, son sus novelas».
Para consuelo de la declarante, no es España el único país donde eso está ocurriendo. Se trata de un fenómeno casi universal motivado por las bajas de las ventas en los libros de literatura. Hoy día, la escritura de creación parece estar demodé. Los plumistas hemos pasado a ser piezas de museo, apenas leídos (y a veces)  por gente misma de la literatura,  o por estudiantes de letras. Y, claro, por algunos integrantes piadosos de nuestra familia. Hay sus excepciones, naturalmente, pero por mucha autoestima que tengamos, son muy pocos los elegidos que, dedicados en cuerpo y alma a la literatura, todavía logran vivir de eso.
Eso ha hecho que  las grandes editoriales comiencen a mirar hacia otros espacios en los cuales encontrar «fuentes de ingresos» que les permitan sobrevivir a expensas del libro. Y, fundamentalmente, del libro impreso en papel. Obviamente,  aparte de mantener  activos y consentidos a sus autores de «superventas», muchos editores andan virolos con eso de los libros electrónicos, los dispositivos ídem para alojar bibliotecas enteras y la avasallante competencia de la Internet.
Venezuela no ha sido extraña al fenómeno. Aquello que algunos optimistas consideramos hace pocos años un pequeño boom editorial para la narrativa y el ensayo ha comenzado a desvanecerse. Casi podría jurar que hay actualmente originales de sobra y editores de falta. Ha sido así que las editoriales han puesto su mirada en el mismo target autoral al que se refería Almudena Grandes. Basta acercarse a las vitrinas de las pocas librerías venezolanas sobrevivientes para darse cuenta de que el virus de los «libros mediáticos» ha inoculado fuertemente las venas abiertas de nuestra industria editorial. Los títulos hablan por sí solos.
Aparte de la arrolladora cantidad de ejemplares escritos para la oportunidad histórica del momento —algunos de ellos oportunistas ensayos sociopolíticos o económicos—, pululan  en los anaqueles cientos de páginas que  reproducen entrevistas de programas de la radio y de la tele, o tienen que ver con otros asuntos a veces bastante insustanciales: cómo ser madre amantísima y seguir viviendo como soltera; no me llamen doña ni doñita, díganme mamacita aunque soy gordita; aprender a superar obstáculos siendo cojo, sordo, ciego y  mudo (casi como en la canción de Shakira); consejos para novias adolescentes y glamorosas; madres con glamour y mucho dinero para vestirse de más real; vivir para vencer y conquistar; lo cuento como lo viví… y un largo etcétera. Y en la mayoría de los casos se trata de volúmenes cuyos autores y autoras son figuras públicas notorias (por lo general comunicadores sociales de cierto éxito) o «artistas» enchufados en los medios. A veces, de esos que ganan fama radial o televisiva echándonos los cuentos sobre sus hijos y señoras de servicio. Pero, ojo, que quede claro, también tenemos periodistas que, paralelamente a su ejercicio profesional, han devenido en magníficos autores literarios. Cómo dudarlo si conocemos a varios y varias. Solo que esos sí saben distinguir muy bien entre ambos tipos de escritura. Y además escriben como se debe.
Y no es que esté mal que las figuras mediáticas se inmiscuyan en el universo editorial. En efecto, por muy ilustrado letrado que alguien se crea, no es privilegio de nadie la potestad  de escribir y  publicar. Y mucho menos si por ello se nos adelanta una buena cantidad de dinero. Lo que no parece sensato es engolosinarse con la salida de un primer librito; creer irreflexivamente que la publicación de una historia a veces insustancial te hace escritor. Los he escuchado por la radio y por la tele; los he leído en la prensa. Algunas-os columnistas y moderadores-as de programas tontos no tienen empacho en autoaludirse como «nosotras las escritoras» o «nosotros los novelistas».
No saben esos presuntuosos faranduleros que quienes algo tenemos que ver con la literatura y el mundo editorial conocemos cómo se bate el cobre con esos éxitos de ventas. A veces incluso se trata de libros que ni siquiera han sido realmente escritos por quienes los firman. O de unos «manuscritos»  muy mal redactados que han requerido de un trabajo tal de latonería y pintura que terminan no pareciéndose en nada a los originales. Mosca con esto. Buena parte de tales «novelas»  o inventarios de consejos han sido mucho más que maquillados por esos otros profesionales a los que en los medios editoriales se conoce como «negros escritores o escritores fantasmas» —desconozco por qué razón se les cataloga así, pero tales lexías no son peyorativas—,  aquellos que tienen a su cargo o bien la escritura definitiva de libros dictados como guiones (pautas), o bien encargados para ser firmados por otros o, en otros casos, la refacción de algunas ideas que supuestamente ha pergeñado de su puño y letra algún autor mediático.   En ese terreno hay muchas historias que contar y, precisamente, algunas son como de novela.

Tuíter: @dudamelodica
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sábado, febrero 16, 2013

Proemio del Premio




Hoy estamos acudiendo al concreto rito bautismal de la más reciente obra del escritor Febricio Persa. La librería se llama El Gusano de Luz. No sabemos si por alusión a un cuento de don Julio Garmendia o por algún otro mágico motivo. El presentador de esta ocasión es un reputadísimo colega y amigo del autor. Se llama Amenodoro Cují, celebrado padre de la novela de moda Bienvenidos  los incas, malvenidos los incapaces.
Cují ha llegado  ataviado a la usanza de los campesinos andinos: chamarra de cuero marrón manchada por el (ab)uso, sombrero alón con pluma de ganso en su lado derecho, pantalón negro con notorio desgaste en la tela que cubre el trasero,  y sandalias de pescador. Es la estampa habitual de su vestimenta en eventos como este. De modo que nadie se quede sin notar su presencia, su fuste de escritor salido de las entrañas mismas del monte. Se trata de un particular narrador cuya complicada escritura le ha generado a través de la prensa  la frase calificativa de «vanguardista siempre en guardia».
Críticos y lectores han celebrado desde siempre su escritura críptica y oscura, aunque pocos la entienden.
Solo Febricio Persa sabe quién es realmente el autor del libro que  hoy será sometido al ritual consagratorio y que él ha plagiado y publicado como suyo, aunque  —como lo acostumbra desde hace varios años— con un nombre ficticio, lo que se llama un heterónimo. Seudónimo le dicen los que quieren evitar confusiones.
 No resistió Persa la tentación.
Y plagió. 
Una vez más se ha propuesto probar que vive en un país donde pocos conocen lo que se ha publicado en el pasado y en el que un buen estafador de las letras puede asumirse como heterónimo y ofrecer con su nombre lo que otro ya publicó antes. «Total —se dice para sí mismo— eso se llama “filosofía errebecé”». R. B. C.
 Inevitable que tal acción le recuerde el nombre de Rafael Bolívar Coronado. Ya explicaremos más adelante la causal de esa obsesión.
Similar ha sido, precisamente, el seudónimo escogido para esta ocasión. La novela Partida de yacimiento, motivo del ceremonial de esta noche, aparece firmada acronímicamente  por Efebepé, uno de los nombres de guerra de Febricio Persa.
Persa llegó hace bastante rato, pero, antes de ingresar a la librería, entre saludos y halagos,  se ha distraído con algunos asistentes al evento, quienes lo saludan efusivamente en el pasillo.
Abrazo, gracias.
Apretón de mano, más gracias.
 Beso en la mejilla, muchas gracias.
Reverencia de cabeza, muchas más gracias.
          Ya se murmura que su obra será la gran favorita para la próxima edición del premio internacional que auspicia el Estado. Nuevamente, se comenta con alborozo que se convertirá en el primer venezolano en ganarlo. Lo sabe y eso lo entusiasma, le revive la moral a veces decaída.
 Por fin.
            Y ahora sí, ya Febricio está en el interior de la librería.
Tres jovenzuelos con apariencia de triángulo de seguridad —dos chicos y una chica—  han estado detrás de él desde el comienzo. No es la primera vez. La comidilla literaria los apoda Los tres mosquiteros. Efebos y doncella encargados de espantar la turbamulta de «mosquitos» que suele merodear en torno del aura de su señor.
En la vanguardia del grupo, la chica, algo pequeña pero hermosa, de cachetes abultaditos y nalguitas prominentes, se dedica a verificar quién precisa de una dedicatoria para el ejemplar previamente adquirido del volumen a bautizar. Solícita y dispuesta, insta a los interesados a esperar el momento de las firmas, después del sacramento. «güeit, güeit —les va diciendo en su mezcla habitual de inglés y español— calm daun, habrá firmas para evry badi». Estudia Idiomas Modernos.
Otro va a la diestra de su dios padre, acumulando en un maletín los obsequios que algunos de los presentes entregan a Febricio, generalmente libros de autores primerizos  que aspiran a una lectura y reseña de parte de él. Tienen la certeza los autores noveles de que una sola palabra de Persa en la prensa bastará para sanarlos. Se trata de una escena recurrente en cada acto bautismal caraqueño. Neófitos esperanzados que anhelan la bendición de un consagrado. El escritor homenajeado hoy  recibe los obsequios con aire de benevolencia. Una caricia amable ante cada persona que se le acerca e inmediatamente pasa lo recibido al robusto chico del maletín.
El tercer doncel, un poco más retirado hacia el flanco izquierdo, lleva una cámara filmadora con la que, a través de su ojo mejor direccionado (es estrábico y luce trasojado, algo jipato y majincho) va recogiendo para la perpetuidad cada movimiento de su mentor. Como la actividad  de las tomas le exige concentración y le impide hablar y hacerle ver a la multitud que es él quien está allí y no otro, va charlando consigo mismo y en la intimidad de sus elucubraciones compara su labor con la de un Buñuel o un Saura moderno. Orgullosamente, se asume Polanski, Almodóvar, Scorsese y Kubrick juntos en un solo paquete. Vanidoso de que lo vean en su tarea, sostiene la cámara con su mano derecha, en tanto que con la izquierda se va abriendo paso, aleteando casi a tientas, como si nadara con un solo brazo dentro de aquella laguna de rostros risueños y dadivosos.
Febricio, el protagonista, ha ingresado al recinto con su mejor gesto de Monalisa y camina serenamente. Tan, ta, taaaaaan. Casi en actitud de seguir una marcha nupcial. Erecto, altivo, los ojos refulgen tras los cristales de sus anteojos. No aparenta padecer la enfermedad mental acerca de la que se murmulla en círculos reporteriles. Ha sido capaz de identificar todos los rostros. Avanza entre la gente con aires de filósofo griego y simpatía de predicador de Pare de Sufrir: una mano estirada: «hola, qué tal»;  una palmadita más allá, «¡mira que eres bella!»; un beso lanzado al viento acullá, ¡muá!
No puede impedir escuchar, a su derecha, la cháchara picardiosa de algunos jóvenes estudiantes de literatura, aspirantes a poetas, o ya poeticas en ciernes —no lo sabe realmente, debido a que solo  los conoce de vista. Jamás han estado en su aula de clases—. Cuchichean entre ellos; parlotean de lo humano y lo profano, con la irreverencia propia de la edad. Hacia ese punto dirige Febricio sus antenas mientras desacelera la marcha para escuchar mejor:
—Es que ese libro me trae de cuclillas, Faby, no sé cómo no lo descubrí antes. Los planos narrativos y los flasbacks. ¡Qué nota!
—Creo que en eso radica el peso de las escenas de la obra, Máicol, son densas, nubladas, acorazantes, pero cómo convencen.
—Así es, así es, chamos, nada más vibrante que el capítulo en el que el sujeto de la enunciación se hace cómplice del autor implícito y fustiga al narrador homodiegético. ¡Arrechísimo, pana, espectacular!
—Pero, ¡marico!, ¿qué te pareció la manera como nos saludó el profe que escribió la saga de los Salgado?
—No le hagas demasiado caso, guón, siempre ha sido medio pedante y ahora que le dieron el cargo de director de cultura de la universidad como que se ha envanecido más…
—¡Profe! ¡Profe! —grita una de las damitas del grupo al ver a Febricio Persa—  ¡Qué buena la entrevista de hoy! ¡Sin desperdicio!
—¿Y la foto? —se entromete otro— ¡Maaadre foto! Es en el jardín de la Facultad ¿No es así, profe?
 Febricio asiente con un gesto de cortesía, se lleva la mano derecha hacia el pectoral izquierdo y mueve la cabeza hacia adelante en señal de complacencia. Los imagina como siempre, hablando mal de los otros poetas,  desde muy jóvenes, o fingiendo hablar bien pero pensando mal, con sus mentes puestas en las envidias y las zancadillas propias del medio. No les cree pero está obligado a agradecer.
 A su modo de pensar, no les llegan ni por los artejos de los pies a los tres leales asistentes que lo escoltan. Comparados con sus adulantes escuderos, a estos los intuye envidiosos, mediocres, altaneros y creídos. De las chicas tiene incluso un concepto mucho más contundente: antes que poetisas —como por cierto no les gusta ser catalogadas—  prefiere aludirlas íntimamente como poetusas.
Jamás ha escuchado de ellos o ellas la palabra «maestro». Siempre un frío y distanciante «profe», a veces un mal articulado y sifrino «purofe»; quizás en alguna ocasión han querido adularlo al llamarlo «profebri». Los párvulos de su cortejo, en cambio, suelen ser dóciles y dispuestos al aprendizaje. A aquellos, los suyos, los sabe abiertos, maleables; de estos, los ajenos,  desconfía. Son seguidores del poetastro silencioso de la Escuela y eso basta para que los perciba con sospecha. Jamás serán de su reino.
No obstante, hay que saludarlos gentilmente y mostrar los camanances para intentar una sonrisa.
—Gracias, muchachos, gracias por estar aquí…
Después del ademán hipócrita hacia los estudiantes, sigue la marcha. Ve a su alrededor y sabe que nadie está de verdad charlando, aunque todos mueven los labios y las manos como si parlotearan animadamente. Gesticulan con la boca, sus órganos articulatorios están en movimiento perpetuo, pero se trata de voces fingidas; simulan conversar mientras tienen los ojos y oídos puestos en cualquier otro rincón de la librería. Ven a alguno por aquí llevándose un ejemplar de un libro reciente a los bolsillos. Miran a otro más allá y recuerdan que se trata del ensayista que siempre ha tenido su inquina con el que está enfrente porque a aquel le han dado el Premio Nacional, mientras este suponía que ya le correspondía por antigüedad.
No faltan los que murmuran ya sobre la convocatoria anual del Premio. El propio. El verdadero. Así lo califican: El Premio, con énfasis en la E y P mayúsculas. El Errebecé le dicen algunos.
Febricio oye sin deseos de escuchar, en el fondo, entre la multitud, la carcajeada fingida del sujeto conocido como «el escritor oral», que habla y habla y habla, pero de quien jamás se ha visto una página impresa. La imagen del charlatán farfullando, cantamañanas de oficio,  le hace recordar a la de Rafael Bolívar Coronado. Justamente, el epónimo de El Premio.
Es así. Es el universo de la literatura nacional, el espacio en que hay autores consagrados que jamás han redactado media cuartilla. La legión de los ágrafos orales, como la llamó alguna vez el maestro del humorismo Aníbal Nazoa. Milagros del arte, argucias del cotilleo a que son tan dados los ficcionautas. Eso piensa Persa.
Porsia. Por si acaso. Por si las moscas. Persa observa constantemente a su alrededor.
Debe ofrecerse  afable y dispuesto con todos, hacia todas,  por lo menos mientras transcurre el lapso sacramental de su último libro. Incluso más: mientras se hace público el veredicto.
Abrazarse y des-abrazarse sin mostrar embarazo alguno.
Aparentar bonhomía y disposición, frescura, amabilidad, condescendencia, comprensión y, a veces, hasta conchupancia. Desconoce quién de los que han acudido al acto de esa noche, su evento suyísimo, pueda erigirse en algún momento en juez-a del certamen. Su conducta de él ha de ser entonces de absoluto relajamiento. Sabe que está obligado a lucir despreocupado, libérrimo de actitudes negativas. Debe fingir con total seriedad,  incluso con los que, a la hora de competir por el reconocimiento, podrían ser sus contrincantes.
Varios, incluso, son sus competidores potenciales, pero también les puede corresponder alguna vez actuar como parte del jurado. Sobre todo, si no lo gana esta vez. Nada se sabe de antemano en ese territorio de incertidumbre que es la literatura venezolana. Hoy estás abajo, mañana arriba. Y el mundo girando y girando como una noria metálica que resuena mientras adentro se bambolean las pequeñas esferas blanquinegras de una lotería de pocos números y muchos apostadores.
Fabula para sí el homenajeado de esta tarde de jueves lluvioso: «Sonríe, Febricio, siempre sonríe y hazlo aun a sabiendas de que alguna de tus muecas amables pueda ser compensada más adelante con una traición…
 Camina por la librería y saluda cordialmente, aprieta con fuerza esas manos que se te ofrecen, aunque las presumas como parte terminal de brazos envidiosos; adula a los que pudieran tocarte en suerte; exprésales tu admiración por su poesía; háblales de cómo te maravilló su último libro de cuentos, aunque te haya resultado farragoso y lugarcomunístico; confiésale al más oculto de los falsarios que has disfrutado enormemente su recién publicado manual de crítica literaria; asegúrale al novísimo palurdo que abogarás porque se publique pronto su primer intento de ensayo; no abandones jamás a los tres imberbes chamines que sumisamente te acompañan a todos los actos en que has de participar. Los gentiles y siempre alabanciosos barraganes que nunca te abandonan y te siguen como incondicionales aparceros. Alguna vez, ellos podrían llegar a ser algo más que tímidos principiantes.
Pon la mirada en el infinito y escucha con rostro de pensador alemán el discurso de quien hoy apadrina y presenta tu libro. Exhorta a Amenodoro con tu gesto de complacencia. Prepárate. A la hora de agradecer su gesto, cubrirás con loas su más reciente novela. Le dirás cuánto has celebrado su humor y sus metáforas plenas de ingenio. Atrapa (ahora) de su grata perorata frases que te ayuden a flotar de regocijo y que le repetirás después: un latinazo que impresione a cualquier pelmazo, como el que acabas de escucharle: «verba volant, scripta manent»; una metáfora como esa con que ha desplegado el ánfora de su sabiduría: «plenilunio pluvial esplendoroso»; un juicio que ha ofrecido para demostrar su oficio: «holgura fluvial derramada en capítulos deslumbrantes»;  un elogio que recuerde el jolgorio: «autor de tropos y símiles rampantes y fluorescentes…»
Pero, ¡vaya, vaya! Hay alguien allí que no es cualquiera entre los asistentes de hoy: el Profesorsote. Así lo apodan en la Universidad debido a su  porte altote, crecidote, egolatradote, principalmente después de jubiladote. Gordura de vacuno de noble casta. Espesa y larga barba de Heródoto. Es del conocimiento de muchos que desde hace algún tiempo  busca redimir una vieja culpa relacionada contigo. Últimamente asiste con regularidad y fervor de cajero de banco a los partos y repartos de tus libros.
Ahora, allí, justo en frente, te mira fijamente, con luminoso foco de perdonavidas en los ojos. A lo mejor rebobina la cinta de aquel acontecimiento en el que hubo de negarte el Premio Nacional para otorgárselo a la candidata de su novio, quien también estaba en el jurado. Es obvio que lleva una cadena de sufrimiento interno de la que quiere deshacerse pronto.
Lo ves y explayas tus labios.
Hora de aparentar que no hay rencor en tu memoria.
 Los chicos de tu escolta frenan el paso, se retraen dos de ellos. Bien que saben de aquella vieja historia.  El bireto afro que anda con la filmadora retrocede un poco más para no perder detalle del encuentro. Se conoce que en una ocasión ya remota (pero no archivada y mucho menos olvidada), habiendo sido designado coordinador del Jurado para el Premio Nacional, el Profesorsote fue capaz de sugerir el nombre de su amante como sustituto de un miembro renunciante. Y así se aceptó.
Te acercas con paso de sacerdote y levantas la mano como si quisieras brindar por su presencia. A pesar de su altura física descomunal, lo percibes espiritualmente enano. Y recuerdas que se confabuló con su pareja para quitarte aquel galardón. Pero si por algo te caracterizas es por acarrear una supuesta fama de redentor. Es tu fuerte. Fingir que los rencores no ocupan tu vida:
—¡Felicidades por este nuevo hijo, Febricio! —se adelanta a decirte— No esperaba menos que esta maravilla de libro. Ya lo leí, me lo envió la editorial.
El cineasta improvisado recoge pleno el momento del choque de las dos manos y el abrazo que completa la escena. También el amante confabulado está allí y cumple a la perfección su rol de consorte con suerte. Para el acompañante dispones sin prejuicio un doble beso mejilloso con los que muy a propósito intentas rozarle el labio superior, ensalivarlo.
Muá, muá.
Rememoras todavía aquel veredicto perverso que te negó tu primera oportunidad para la consagración. Caricaturizado por un cronista de prensa se iniciaba así: «Por mayoría familiar de votos,  mi sortario consorte y el sucinto suscrito, acordamos él, mi futuro cónyuge y yo,  y yo, su resuelve de turno, otorgar el Premio Nacional  a la novela escrita por la señorita que se fastidiaba…». Fuera de la posibilidad quedaste, aunque muchos pensaban que esa vez serías tú y nadie más.
Y ahora pones lo tuyo, la chispa de humor que te haga quedar bien ante los que escuchan. A sabiendas de los orgasmos recurrentes del amante por la narrativa de los sexodiversos, le preguntas con picardía si ya se ha enterado de la iniciativa de algunos colegas suyos de la Escuela  para fundar en la Universidad  «un centro de estudios literarios del hombre macho masculino  varón, ¿lo sabías, querido?». El amante sonríe ante lo que ha entendido como una broma y Persa se va alejando poco a poco, dejando la estela de una risita vengativa que el  resto del público presume amabilísima.
—¡Qué hombre!¡Qué caballero! —se oye en alguna parte de la librería— ¡Eso si es un escritor cuatriboleado de verdad, caramba!
El trascorneado aspirante a cineasta se percata de que algo está fallando en su cámara. Se hace a un lado para revisarla. El equipo parece haberse engatillado. Escrutándolo, se resigna y concluye en que lamentablemente no podrá tomar los momentos del cierre del discurso del presentador.
Luego de los aplausos, multiplicados al final del jaculatorio de su colega Cují, regresa Febricio a la realidad: va el abrazo fuerte y generoso, los golpecitos en la espalda para Amenodoro.
—Gracias, hermano querido [plaj, plaj, plaj, resuenan las palmas sobre el dorso del colega, mientras  percibe el olorcito a moho de la chaqueta], no merezco tanta bondad, tu desprendimiento me abrumó, ¡me siento contrapavimentado!
La inmediata respuesta de Amenodoro es un mohín acompañado de ocho palabras:
            —¡Te mereces mucho más que mi humilde lectura!
 Sorprendido por la interrupción, Febricio se dispone a besar  la mano de la dama de sociedad que los ha abordado bruscamente, sin anestesia. Es la misma que, cuando venía por el pasillo hacia la librería, lo abordó para decirle que la semana pasada estuvo hojeando el cuento «El dinosaurio», de Augusto Monterroso, y que intentará concluir su lectura durante la próxima semana santa, cuando disponga de tiempo suficiente para hacerlo. «Y cuando yo despierte de esta pesadilla, espero que la señora ya no esté ahí», pensó Persa en aquel momento. Mas no ha sido así.  Ahora, con la mirada fija en el tren delantero de la dama,  no olvida celebrarle ese deslumbrante vestido blanco que deja ver las pecas y las arrugas concentradas en la comisura de los senos. Lo alaba aunque en el fondo la imagen de tan particular dama le resulta  horrenda y estrafalaria.
—¡Qué hermosa esa orquídea sobre el ojal de tu chaqueta, Titina!  ¡No sabes cuánto anhelo ser uno de esos pétalos!
Muy bien pudiera ser esa «tectónica» señorona la que lo incluya entre los autores sobre quienes ella disertará en el próximo seminario-taller de literatura que dictará en la Universidad de Maryland. Nunca se sabe. Igual que Venezuela, Estados Unidos es un país en el que cualquiera es profesor de talleres; a veces basta con que publiques un libro de versos o cuentos mediocres. E incluso con que seas exiliado y osado. Justo el caso de tan «elegante» dama: chilena llegada al país en los setenta del siglo pasado, autora de un opúsculo de poesía que no llega a folleto. Aunque obviamente sus descomunales pechos han sido remendados y ahora van cargados de silicona, no permitas, Febricio,  que la senofobia te intimide. Besa y rebesa sus ocultas arrugas faciales, hazlo con frenesí, como en el bolero.
Tampoco dejes de lado al viudo  de la novelista abogada. El que está de pie, afuera, donde se ha escapado a satisfacer su carencia de nicotina. Lo observas desde tu atalaya con su cigarrillo en la mano: «imagen de prostituto elegante, cuerpo de tentación, cara de arrepentimiento», piensas. Será torpe, quizás poco cultivado, tal vez casi analfabeta y nada agraciado de rostro, pero es el heredero de una escritora con poder. Obvio que sin mayor esfuerzo intelectual —porque de intelecto el muy pobre carece—, heredó solo la fama y la obra de su célebre esposa, aquella fastidiosa y patética jurisconsulta que escribió una docena de novelas sobre las perversiones del poder financiero en las sociedades latinoamericanas. No es su culpa de él ser tan escaso de neuronas productivas.
 Sin embargo, más que por sus libros recibidos en herencia, no dejes de fijarte en la red de intereses de la que también se ha hecho acreedor. Él no escribe. La verdad es que  su zona cerebral de Wernicke parece haber sido reacia a las fabulaciones con la palabra. Pero cómo le funciona de bien el hipotálamo, cómo sabe tongonear esos poderosos bíceps de potro purasangre al momento de practicar la supervivencia. Y se vale de tal recurso cada vez que precisa de los tentáculos mafiosos que le dejó su fallecida esposa. Es el mismo al que una pegajosa periodista asomó la idea de hacer una fundación con la dote paginada de su difunta media naranja, un artilugio jurídico que preserve la obra y facilite la continuidad y multiplicación del peculio familiar. «Pero si todas las viudas de los escritores lo hacen, chico —le dijo alguna vez—, ¿por qué no pueden hacerlo también los viudos? ¡ De algo hay que vivir después de que la compañera exitosa se marcha al Portal de Orión, Nacho». Es cotilla popular que el tono confianzudo de la chica se debe a que son amantes. Mas no te consta.
Sin embargo, salúdalo con doble beso y roce de mejillas, como si estuvieras en el foyer del Palacio de la Zarzuela de Madrid. Indícale lo atractivo y lozano que se mantiene. La distancia entre foyer y follar es mínima. No sería extraño que esta vez fuera designado para integrar el jurado del Rafael Bolívar Coronado. O, en el futuro,  de otro certamen que te interese. Eso, de momento, lo ignoras; no puedes presagiarlo. Ni tú ni nadie. Pero tienes la certeza de que los milagros ocurren. En una republiquita como la tuya, todo puede suceder. Hasta ciertos viudos gozones terminan decidiendo quién se sube y quién se baja del podio literario.
Así que tolera pacientemente el efluvio del bautizo de tu última novela, aunque todo lo presumas artificial.
En tanto transcurra el brindis, deambula por cada rincón de la librería hasta que se marche el último de los asistentes.
Saca de tu repertorio aprendido de memoria las más originales dedicatorias a la hora de firmar los ejemplares a los solicitantes de tu rúbrica. Ya tu asistenta los ha instruido para que formen una fila.
«Para IDS con el mayor de los placeres y en agradecimiento por sus exagerados y benévolos pero inmerecidos juicios sobre mi modesta obra». FP
Ofrenda con tu manuscripción a las chicas jóvenes que te piden una frase halagadora y unas palabras de aliento sobre la portadilla del ejemplar que han comprado: «Mi querida negra María Eugenia, un futuro exitoso para una lectora con sonrisa de bacará». FP
 No se sabe cuándo una solicitante de firma significa un futuro polvo. «A Judit, la más estupenda y bella de mis consecuentes lectoras y dedicatarias». FP
Un premio puede ser en el país hasta la consecuencia de un buen coito, incluso de un arrejuntamiento triple que jamás imaginaste. «Para mi apreciada pareja, L.B.L. y L.F, por el tiempo que han perdido leyendo mis humildes escritos.» FP
 Vive tu momento. Finge y funge igual que todos allí lo hacen. Es parte de ese rictual donde cada capítulo del guion es imprescindible: la llegada, los cumplidos, el panegírico de presentación con las alabanzas, los aplausos múltiples, las sonrisas estereotipadas, las poses y guiños de coreografía,  obligados ante la presencia del fotógrafo... y los brindis por el éxito.
—Disculpe, ¿Es usted el autor?
—Sí, eso creo —respondes en tono de broma.
—¿Me permite una foto con estos dos caballeros y esa beldad que lo acompaña?
—Por supuesto. Con  la «beldad» ni ofendo ni temo, jajajajá.
—Muy bien, júntese usted un poquito más... Así está bien. ¡Voy!
—Gracias,  anótenme aquí sus nombres por favor. Es para reseñar el bautizo en El Universo Literario.
—Ya pronto será hora de marcharse, maestro —le recuerda  Genoveva, su acompañante,  a Febricio.
—¡Fabuloso! En breve, cesará la tortura —le susurra él al oído.
Han comenzado a cerrar el templo.
 Los mesoneros recogen las últimas copas y el micrófono ha sido confinado a su rincón habitual.
 Al terminar de contar el abundoso número de ejemplares no vendidos, la dueña de la librería se ve extenuada. No obstante, su rostro ofrece la impresión de una saludable amargura.
Batuqueando sus pechos siliconados, se acerca y dice algo al editor, que espera pacientemente y con pose de chamán cruzado de brazos. Este hace un gesto de aceptación con la cabeza, pero, si se logra ver su ceño fruncido,  pareciera estar más bien contabilizando y dividiendo cuántos libros han logrado despachar por cada copa de vino consumida. Arriesgó los fondos de la pequeña editorial que dirige, nada más por tratarse de una novela de su compadre y excompañero del grupo Piso 3. Sin embargo, a juzgar por su rostro de «¡qué fastidio, que se acabe ya esta ladilla!», tal vez el resultado no se ha correspondido con las expectativas.
Ante una seña de la propietaria, el empleado apaga la luz.
Se escucha el chirrido de la puerta de seguridad.
Ya afuera, en el pasillo del centro comercial, todos se despiden a su manera, hasta la próxima jornada. Abrazos, recordatorios, comentarios irrelevantes y chismes se funden en un solo ambiente de incoherencia. Como en un mercadillo, las frases sueltas se cruzan como flechazos que vienen de diversas direcciones:
Encantada de haberte visto, mana…
Claro que yes, amigui...
¡Ay, chica! ¿No lo viste un poco flaco? Como que es verdad la vaina
¡Epa, Chuqui!  Porfa, no olvides enviarme esa reseña por correo electrónico, poeta…
¡Coño. ¡No me llames poeta! Preferiría que me digas rapsoda o aeda, cualquier cosa menos poeta.
¡Sí, chama, parece que estuviera énfer! Pero no creo…
¡Tranquila, Mayela, que yo te escribo ese prólogo...!
¿Cuánto apostás a que sí tiene el síndrome de Capgras?
¡No, no, no! Con eso no me comprometo. ¿Qué enfermedad es esa?
Pues que se mira al espejo y no identifica su rostro. ¡Apostemos, pues! Aquí hay una moneda ¿Cara o cruz?
¡No jorobes, paisa de Gardel! ¡Aquí en Venezuela se dice cara o sello!
Te quiero que jode. No te pierdas, maluco…
Ni tú tampoco buenuca… Repórtate de vez en cuando, queridita.
¡No apuesto! ¡Son chismes de esa facción de la Escuela que no lo quiere!...
¿De qué facción? ¿Tú crees? De acuerdo. Lanza la moneda.
¡Cruz! ¡Cruz! ¡Cruz!, gano yo…Tejo…
¡Claro! Pero también eso de la facción puede ser ficción
Cruz y ficción querés decir, pelotuda!  Pues gano yo…
¡No fue cruz, fue sello! ¿Qué quiere decir Tejo?
            Que tejo-diste. Sello y cruz es lo mismo, che, ¿viste?
¡Okey! ¡Sí va! ¡Ganaste, marica! ¡Me rindo!
Y también apuesto a que por estar énfer se ganará el próximo errebecé.
Pues yo ahora sí que paso, boto tierrita y no juego más, bai, bai, arrivederchi, orvuá, jaijaidó, chao pescao.


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Capítulo primero de la novela Jueves de Cruz y Ficción (en proceso de escritura)
Para leer el capítulo introductorio (previo): haga clic aquí