domingo, diciembre 27, 2009

Manuel con B de Bermúdez






Con absoluta claridad puedo rememorar el día que “me filtré” en una clase del profesor Manuel Bermúdez. Era en el aula 28 del tercer piso del viejo Instituto de Pedagógico de Caracas. La puerta del salón estaba entreabierta, pero preferí ubicarme detrás de la pequeña ventanilla que permitía visualizar con cierto disimulo lo que adentro estuviera ocurriendo. Desde allí podía incluso escuchar las consonantes fuertemente articuladas de Manuel. Pude además leer un poema escrito en el pizarrón, con letra nítida, legible, de trazos gruesos: la primera línea lo intitulaba (“Cazador”) y luego seguían los ocho versos que lo componían:

¡Alto pinar!
Cuatro palomas por el aire van.
Cuatro palomas
vuelan y tornan.
Llevan heridas
sus cuatro sombras
¡Bajo pinar!
Cuatro palomas en la tierra están.

Finalmente, aparecían un poco a la derecha las iniciales del autor: FGL.

Más adelante supe que aludían a Federico García Lorca, del cual el mismo profesor recitaría después “Las piquetas de los gallos /cavan buscando la aurora/ cuando por el monte oscuro / baja Soledad Montoya.

Desde mi atalaya de “asomado”, la lectura en voz alta de ambos textos y una curiosa gestualización del profesor, mientras explicaba, llamaron mi atención. Inmediatamente comprobé algunos "datos" que ya conocía de él por referencias. Decidí entonces abrir más la puerta, entrar y sentarme cual intruso en el primer pupitre que observé desocupado. Escuchar luego sus particulares acercamientos a la poesía y decidir quedarme allí extasiado fueron una sola y única cosa.

Ese día constaté que hay pálpitos a los que debe atenderse cuando se presentan.

Bermúdez había sido para mí una leyenda nacida de los comentarios de algunos de sus exalumnos. Dos años a trote lento y seguro por las aulas del liceo Cristóbal Mendoza, de Trujillo, habían sido suficientes para marcar a toda una generación de jóvenes que ya para esos días se pavoneaban por las aulas de la Universidad Central de Venezuela y el Instituto Pedagógico. Con ellos había compartido el profesor Bermúdez largas conversas no exentas de lo “espirituoso” y de algunos de ellos había yo escuchado acerca de la magia de su verbo legendario, directo, sin cortapisas ni eufemismos.

Ese mismo día de mi “intrusión”, quiso la suerte que yo también llamara la atención del docente, al responder (sin que me correspondiera) dos curiosas preguntas de esas con que solía sorprender a los grupos que lo escuchaban.

Por alguna razón citó alguna otra estrofa diferente, a guisa de ejemplo de algo que ya he olvidado, y preguntó cómo se llamaba una figura retórica presente en uno de los versos. Con la actitud vacilante propia del tímido (y además coleado) me atreví a levantar la mano y a pronunciar en tono casi inaudible:

-A-pó-co-pe

El profesor me observó, abocinó y torció los labios de la manera tan particular como lo haría hasta siempre, me señaló moviendo el índice de su mano derecha, como si me apuntara, y volvió a preguntar por la figura contraria, a lo que casi sin aliento también respondí:

-Aféresis

Su comentario posterior sería contundente y definitivo, no tanto por lo que yo había respondido, sino por las risas que ocasionó en el grupo:

-…ñó, este carajito va a ser bueno…

Años después, en alguna de las muchas conversaciones que sostuviéramos, yo le confesaría que, más que conocimiento procesado, mis respuestas habían obedecido a la afición de “crucigramero” que yo había adquirido durante mi adolescencia, en mi labor como recepcionista nocturno de un hotel del centro de Caracas. Pura memoria, repetición mecánica. Allí, en las horas muertas, cuando no estaba leyendo a Marcial La Fuente Estefanía o a Agatha Christie (a veces también a José Rafael Pocaterra), gastaba mis ratos de ocio resolviendo libros completos de crucigramas. Hasta el punto de que no me había sido difícil memorizar las dos frases hechas de que me había valido para contestarle en aquella ocasión, expresiones por lo demás infaltables en cualquier crucigrama que se precie: “apócope de santo” (respuesta automática “san”), “Aféresis de señor” ( “ño”/ “ñor”).

Obviamente, la risa no se hizo esperar. Pero también pude expresarle a Manuel Bermúdez que estaba yo agradecido por el hecho de que una circunstancia tan fortuita y azarosa como aquella me hubiera permitido entrar en “su reino”. Porque a partir de allí me hice fanático de sus cursos de análisis literario y sus escritos. Asumí que uno puede adoptar también a sus maestros, escoger a aquellas referencias que habrán de marchar contigo por el mundo y convertirlos en modelos conductuales a emular.

Y ello me permitió hacerme adicto también a sus modos tan particulares de mostrar las cosas más abstractas, principalmente a partir de un discurso en el que solía mezclar todo tipo de referentes: desde las alusiones recurrentes a escenas y escenarios de Apure hasta algunos atractivos pasajes de la literatura, pasando por la cotidianidad del lenguaje del venezolano, sin olvidar una que otra anécdota referida a la vida de importantes personajes históricos.

Hoy puedo reiterar orgulloso que Manuel Bermúdez fue MAESTRO (con todas las mayúsculas) y que permanecen en mi memoria sus recurrentes comentarios picantes, inteligentes, sus libros, sus escritos en la prensa, sus charlas salpicadas de humor y picardía, los muchos vocablos inconfundibles de su léxico llanero-trujillano-universal.

Esto lo supo Manuel antes de ausentarse físicamente, este pasado 15 de diciembre de 2009. Pude decírselo en varias ocasiones e incluso por escrito en algunas de mis dudas melódicas. Afortunadamente, no tuve que esperar a que decidiera marchar de nuevo al cielo de Perro Seco (el barrio pobre de San Fernando de Apure donde naciera un 1 de junio de 1930) para hacerle saber que seguirá conmigo por el resto de mi camino profesional y personal.

No voy a abundar en los seis o siete libros que Bermúdez publicó, quizás pocos para los abundosos en páginas insustanciales y perecederas, pero, en su caso, suficientes para permanecer mucho más allá del 15 de diciembre de 2009. Cito como mero ejemplo, uno que habremos de recordar por siempre: Enciclopedia rústica de personajes insignificantes de Apure (Caracas: UPEL, 2005). En sus brevísimas e irónicas historias confluyen todos los “Manueles” que conocí y con los que compartí: el docente culto y profundo que, para no echárselas, se hacía el trujillano; el humorista incansable; el conocedor cabal del idioma, el experto en semiótica, el dicharachero, el ser humano siempre bien intencionado y de lenguaje transparente, cortante, sincero, ajeno a la hipocresía. Dejo para muestra un breve botón textual que para cerrar esta duda he extraído de ese volumen (p. 53):



LLÓVERA, LLOVERA Y LLOVERÁ

Cuando a Vitoco le presentaban a una persona él se identificaba con esas variantes prosódicas del apellido. Y cuando sus amigos se lo criticaban simplemente respondía, porque los apureños somos así. Nos gusta "echar cachos" y jugar con las palabras. Somos cambiantes, como las velocidades de un carro. Yo veo a don Chucho Hernandez, que tiene bastante centavo, y meto la primera, o sea, trato de hablar bien; pronuncio las eres (R) y las eses (s) como lo hace el maestro Mayora O. Y aunque don Chucho no me corresponda bien, porque es tacaño hasta con lo que dice, yo sigo emprimerado. Cuando hablo con Portalino González, que es camionero, pero comerciante, meto la segunda y lo tuteo, y cuando converso con Rosquillo que es músico como yo, o con Guerrita, que es mi maestro de mecánica, meto la tercera y sigo rueda libre con la chola puesta.

El día que Vitoco conoció a don Ángel Rosenblat, que andaba haciendo una investigación lingüística sobre los indios taparitas, cuando le dio la mano le espetó: Llóvera, Llovera y Lloverá Y el filólogo, que conocía a los llaneros por el tacto fonético, le preguntó: señor Llovera, ¿usted es agudo, grave o esdrújulo?


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Fotografía: Yanny Montilla (El Nacional, Caracas, 16-12-2009)

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sábado, septiembre 05, 2009

Entre títulos, titulados y tratamientos





Suelo recordar un pequeño cartel que un legendario director del diario venezolano Últimas Noticias, con quien colaboré algunos años, Nelson Luis Martínez, tenía en el lado derecho de su escritorio, como para resolver las dudas de quien llegare a visitarlo y no supiera cómo tratarlo: “Ni Doctor ni Licenciado, simplemente Nelson Luis”.

Y lo repito cada vez que puedo porque la actitud de aquel Señor (con mayúscula y sin ínfulas) que fue Nelson Luis contrastaba notoriamente con las de otros señores/señoras (con minúscula y muchas ínfulas) con quienes he mantenido vínculos relacionados con el periodismo u otras actividades. No soportan que se les llame por su nombre o que simplemente se les apele con el tratamiento respetuoso de señor Fulano o señora Mengana.

O me llamas doctor, licenciado o maestro o no te dirijas a mí –parecen decirte con la mirada fulminante y los labios retorcidos.

Y cada vez que me topo con alguno-a de esos sujetos o sujetas que ansían un doctorado o una licenciatura delante de su nombre, no tengo más remedio que evocar el siguiente diálogo parecido al que alguna vez escuché en una película mexicana:

El funcionario llama a uno de sus colegas:
-Aquí estoy, dígame, doctor.
-Le digo doctor. Necesito que me llame, licenciado, a…
-Lo llamo licenciado. Y ahora usted dígame para qué me llamó, maestro.
-¡Para qué me llamó maestro!

A veces, en las interminables longanizas de tráfico capitalinas, me detengo a escuchar algunos programas radiales de entrevistas en ciertas emisoras, principalmente de Caracas. Y entonces capto que ya no son solamente los títulos de doctor y licenciado los tratamientos anhelados por alguna gente que piensa que “el título hace al monje”. También hay quienes, por haber sido alguna vez embajadores, ministros, presidentes o parlamentarios, suelen quedarse con tales títulos aun muchos años después de haber dejado el cargo para el que alguna vez fueron designados o electos.

Algunos conductores-as de programas de radio/televisión no dudan jamás en hablar de “el embajador tal” (que ya no es embajador), la ministra equis (que alguna vez pasó por un despacho ministerial, y ahora es ama de casa) o el presidente cual (cuyo lapso presidencial cesó hace ya bastante tiempo).

¿Habrá que aclararles que tales tratamientos no aluden a títulos permanentes sino a cargos? Y, aunque también es cierto que no siempre el asunto proviene de los aludidos, ellos nada hacen para que no se les trate con tales vocativos. Como quien dice: se hacen los pánfilos.

Y con esto de los títulos y titulados, es imposible no aludir a los abogados. Siendo los profesionales supuestamente formados para velar por el cumplimiento estricto de las leyes, parecieran comenzar a transgredirlas desde el mismo momento en que reciben el título de A-BO-GA-DOS. Acabo de vivir la experiencia de un muy joven “Licenciado en Derecho” (título obtenido en el extranjero, revalidado, según él, en el país) quien casi a la fuerza exige que se le anteponga el “doctor” antes de su nombre.

Tampoco olvido las veces en que algún abogado de la universidad ha preguntado a alguno de mis colegas con verdadero título de Doctor ( en Química, en Matemáticas, en Física o en Letras) cuál es su especialización, “¿en qué rama del derecho trabaja usted, colega?”. Sin dejar de mencionar a aquellas personas que, a sabiendas de que alguna vez hemos obtenido algún doctorado aunque sea en dominó, nos llaman para solicitar una consulta legal o el remedio para alguna enfermedad.


Doctor no es sinónimo de profesional universitario. No es una condición. No es un cargo ni público ni privado. El doctorado es un título académico otorgado por una universidad. Y claro que hay abogados, médicos, ingenieros, psicólogos, economistas y muchos otros profesionales que en efecto son doctores debidamente titulados. Por lo general, justamente a quienes poco les importa que se les apele con ese título por delante.

La situación nos recuerda el chiste del limpiabotas (bolero, lustrabotas, betunero, sacalustres) a quien acude un antropólogo recién egresado:

-¿Se los limpio, doctor?
-Sí, bien pulidos.
-¡Claro que sí, doctor!
-Si te apuras, mejor, tengo una cita de trabajo.
-Tranquilo, mi doctor.
-Oye, ¿y cómo sabes tú que soy doctor, si me acabo de graduar?
-¡Fácil, doctor, en esta vaina todo el mundo es doctor!

Este asunto de los doctorados a diestra y siniestra parece guardar alguna relación con el valor social que en algunas sociedades europeas han tenido y tienen los títulos nobiliarios.

Sabemos que todavía hay países europeos que viven bajo gobiernos encabezados por un rey o una reina. Y que la descendencia directa y colateral, la parentela y algunos otros, claman por tener en su haber algo que certifique que son “marqueses-as“, “condes-as”, “duques-as”, “infantes-as”, para no aludir a los “principados”, “vizcondados”, “señoríos “ y “baronatos”. Y así hay que llamarlos cuando te diriges a ellos.

En nuestro caso tropical, habría que hacerlo con dos títulos sucesivos: “El doctor y vizconde de Quisiro”, “La doctora y Duquesa de Achaguas”, “El doctor y príncipe de los Puertos de Altagracia”. Para no decir nada de los casos en que, en algunos mercados negros y no tan negros, hasta puedes comprar legalmente un título de nobleza… y hasta un doctorado.

Así, nuestras estirpes criollas suplen la carencia de tales denominaciones alcurniosas, asumiendo que todos los universitarios somos integrantes de una “vasta casta”, la de los doctores. Casi podría decirse que algunos sueñan con la posibilidad de ascender alguna vez y pasar de la nobleza criolla de los doctorados a la aberrante nobleza europea de los títulos nobiliarios (no tildarme de “resentido” por favor, soy sobrino de una Condesa, mi tía Eloína). No es extraño entonces que desde hace algún tiempo la gente haya intuido ese oculto y ancestral deseo y en estos días se esté imponiendo otro tratamiento que nos acerca a la tan deseada sangre azul: “mi rey”, “mi reina”, “mi príncipe” o “mi princesa”.

Referencia de la imagen:

http://html.rincondelvago.com/000762510.png


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miércoles, mayo 20, 2009

La novela de un cantante "encantador"*




De bares, cantinas y nocturnidad conocen bien los personajes de Mario Amengual (Maracay, Venezuela, 1958). Entre un bolero cantado a media luz y una buena resaca producto de la trashumancia por lugares que rinden culto al Dios Etilo, nominación tropical con que mi tía Eloína alude al Baco romano o Dionisos de la antigua Grecia, Amengual no permite que un personaje suyo pase por una página sin haber realizado obligatoria parada en un tugurio, botiquín, taguara, bar o terraza donde calmar la sed que generan no sólo los aburrimientos o conflictos cotidianos sino también las penurias de la vida urbana contemporánea.

Y si no hay lugar apropiado en el recorrido que hace el personaje, pues cualquier línea del texto es propicia para que una botella de caña clara, de ron, de güisqui o de cerveza, amainen las gargantas cansadas de quienes se mueven en el interior de sus relatos. En suma, casi todos sus personajes son beodos empedernidos. Los que no beben en la entrada, lo hacen a la salida, en público o en privado, con motivos o sin ellos, no importa.

Ésa es la primera idea que en mi memoria de lector han dejado las dos novelas suyas que hasta el presente conozco. De la primera, El pozo de la historia (2006) no voy a decir nada por cuanto no es la estrella de esta crónica. Apenas puedo recordar entre mis anotaciones la vida movediza, desgreñada, ora abrupta, ora irónica e incluso humorística, de un estudiante de psicología y empleado del Archivo Histórico con nombre de compositor de boleros: Rafael Hernández. Y lo digo porque justamente ése ha sido otro de los ganchos al hígado de mis pupilas que Mario ha logrado conectarme con su segunda novela, titulada El cantante asesinado (Caracas: Bid&Co, 2009). En pleno tono de bolero, el autor casi nos insinúa de entrada “Voy a contar la historia de un cantante…” Y, como los buenos narradores, comienza matándolo en la primera página para dedicar el resto de la novela a contarnos la vida accidentada de Álex Aldao: cantante excepcional convertido primero en mendigo y después en cadáver.

En mi caso particular de lector silvestre, no hay quien hable o escriba de boleros, de música popular y de los ambientes nocturnos que no logre engancharme en sus propósitos. Y si el protagonista es “borracho, parrandero y jugador”, no hay en mi caso más remedio que acudir a la lectura. Por eso me he paseado esta vez por la historia de Álex Aldao. No voy a describir la novela completa porque, aparte de fastidioso y aguafiestas, rompería con el hechizo que significa leerla sin conocer nada de su contenido. Diré sólo que conmueve verdaderamente, no sólo la vida atrabiliaria y misteriosa del protagonista, sino también el poder encantatorio de que el autor ha provisto al personaje para ofrecernos su historia de vida. Por similitud fonética, pareciera obvio que un guitarrista e intérprete como Aldao sea un EN-CANTANTE, o si se prefiere, un cantante que ni siquiera venido a menos y convertido en piltrafa humana perdió la facultad que lo emparentaba al flautista de Hamelín, con la diferencia de que no sólo era capaz de encantar a ratones y niños, sino a cualquier ser viviente que se detuviera a escuchar su voz y su guitarra.


En El cantante asesinado, Mario Amengual toca varios perfiles de la novela contemporánea y sale bien librado. Lo primero que hace es incurrir en el filón de lo policial, al convertir a un abogado (Ricardo Delgado) en el detective insidioso, obsesivo y pertinaz que busca resolver un crimen que muy poco hubiera interesado a cualquier otro. Con tanta clientela adinerada y poderosa, no son muchos los abogados contemporáneos a quienes podemos ver dedicados a aclarar el asesinato de un indigente. En segundo lugar, el contexto de la novela se mueve en el terreno de hurgar dentro de la psicología de unos personajes que cargan con una vida que parece significar muy poco para el resto de la sociedad: los indigentes y sus propios conflictos sociales, familiares y hasta políticos que, aunque no lo parezca, los padecen. Viven cotidianamente la rutina de una especie de sociedad civil subterránea y hasta podría decirse, suburbana: son los habitantes de una ciudad miserable ubicada dentro de la misma urbe de concreto que los mira con indiferencia, a veces incluso desconociendo que pueden llegar a ser tan perversos como cualquier ser humano. Lo demuestra el modo como compiten por sus espacios y también la conducta y el celo que asumen cuando se ven amenazados. Y como al imbuirse en ese submundo pierden hasta sus nombres, pues terminan siendo nominados mediante apodos generalizantes como el Indio, el Oriental, la Tía Mayor, la Tía Menor, el Niche y el Chivo Eléctrico.


Podría yo añadir que la propuesta de Amengual en esta ocasión trae como valor agregado el desarrollo de una historia de amor, casi de telenovela. El personaje principal transcurre prácticamente por todas las páginas del texto enamorado perdidamente de una chica, Mariane, tan buena ella como inmejorable es la voz del cantante. Y digo “buena” para no decir “buenota”, “buenísima” o “podrida de buena”. Acudo a la propia descripción del narrador para evidenciar la figura de la Mariane, a quien algún personaje referencial de la historia bautizara como “la hembra majestuosa”. Y no sin razón, véanla:

“…espléndida figura de 1.72 m; dos piernas largas, robustas, torneadas, cintura estrecha, piel suave, entre pálida y ligeramente bronceada, redondos senos en plena correspondencia con su saludable delgadez, la firmeza de sus piernas, el ancho de sus hombros, y un rostro en el que su boca carnosa y su nariz perfilada no opacaban sus almendrados ojos color café ni su cabello negro azabache, liso y grueso, que caía como una tranquila cascada sobre sus hombros,” (pp. 31-32).


¿Para qué más?

Si alguien está interesado en contactar a esta estupenda chica, invitado está a visitar la novela. Seguramente Álex Aldao, el “cantante encantador” no tendrá problema en presentársela, pero sí lo tendría si usted llega a interesarse por tal monumento. Precisamente, el más grave incidente que vive Aldao es que no puede aspirar a una chica de tal naturaleza para él sólo y ella misma decide partirse y repartirse, ofreciéndose a otro personaje apodado el Portugués Renegado, con lo que la trama de la novela cae en otro ángulo explotado por el autor, el del tri-ángulo amoroso, que, para no hacer la trama tan simple como eso, termina convirtiéndose en un cuadrángulo al que se incorpora una dama entradita en años que será de mucho interés para la investigación del asesinato por parte del abogado Ricardo Delgado.


Y también en el asesinato tiene mucho que ver la nocturnidad. Aldao es un cantante que en realidad mata tigres de toda naturaleza con sus melodías, pero, para mí, es obvio que su fuerte es el bolero. Tanto lo es que incluso el narrador llega a contagiarse del discurso propio de ese género musical y a veces describe circunstancias y pasajes con frases que muy bien pudieran ser parte de la letra de un bolero arrabalero, de esos que no rasguñan pero sí desgarran. Hay muchos, pero permítaseme citar apenas unos pocos ejemplos:


“Álex albergó la esperanza inútil de que Mariane estaba con el Portugués Renegado por temor…”( 42).

“…la felicidad era un beso en el abismo” (46)

“…lo dejó descargarse, [y] acusarla de inconstante, pérfida y sin sentimientos...” (47)

“…se trataba de un castigo por haber renunciado a su familia y preferir las intermitencias de una mujer voltaria” (50).

Mariane fue esa tormenta, ese temblor de la tierra, ese toque de insensatez advenedizo…” (51).

“La entrega y el deseo fueron su templo, su oración y su rito…” (59)

“..él se rendía al encanto de sus besos y a la miel de su lujuria” (65).

“Yo puedo ser… tu virgen de burdel, tu diosa prostituta, tu princesa corrompida y zalamera.” (81).


Si a esto uniéramos los nombres de algunos de los cantantes que con sus figuras adornan las paredes del bar orillero La Jumará (Agustín Lara, Daniel Santos, Olga Guillot, Toña la Negra, Tito Rodríguez, entre otros) y los títulos de algunas piezas que desfilan por las páginas de la novela (“Noche de ronda”, “Taboga”, “Qué te pedí”, “Déjame llorar”…), pues nadie podrá dudar que también El cantante asesinado es un tributo al ambiente tropical del bolero, que llega incluso a emular el estilo de sus letras clásicas. Imagine entonces un coctel de esta naturaleza aderezado por la nocturnidad brumosa en que se mueven los personajes y el ambiente de un botiquín de buena muerte (La Jumará) en el que el abogado Ricardo Delgado suele reunirse a conversar sobre la vida de Aldao con el maestro Lira, quien fuera el primer guía musical del futuro cantante durante su paso adolescente por un correccional.


Esto y mucho más es esta breve novela cuyo ritmo narrativo invita a la lectura de un solo trago fondo blanco en la que la miseria, la decadencia, las zancadillas amorosas, la traición y la música popular sirven de escenografía para mostrar la existencia nómada, la pasión obsesiva y la muerte planificada en la oscuridad de un cantante que, como en el bolero, pudo haber sido y no fue. Una vez que, de interrogatorio en interrogatorio, Ricardo Delgado ha puesto en claro la historia y la causal del asesinato del cantante, sencillamente ha demostrado, en plena consonancia con el Dios Etilo al que se entregan todos los personajes de Amengual, que “no hay bar que por bien no venga.”


*Texto de "presentación en sociedad" de la novela El cantante asesinado (Caracas: BID and Co, 2009). Caracas: 14 de mayo de 2009.


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viernes, marzo 20, 2009

Celulares, cedulares, celulosos




Nadie lo duda, ni siquiera los que se han quedado en lo que Alvin Toffler denominó “la segunda ola” de la Humanidad, la época de la imprenta convencional, la radio, la televisión y, en general, los mass media. La tecnología es buena, sus avances son importantes, su alto nivel de especialización ha contribuido a solventar muchos problemas del pasado de la raza humana. Y ningún invento sustituye a otro u otros, sencillamente se acumulan y, claro, llega un momento en que lo anterior termina siendo pieza de museo. Pensemos, por ejemplo, en la utildad que puede tener hoy el telégrafo frente al correo electrónico. Inevitable. El fax sigue allí en reposo, campeando, pero ya hay momentos en que lo pensamos como propio de la historia de las comunicaciones. No obstante…, siempre un “no obstante”, cómo dudarlo, también los avances tecnológicos nos mueven el piso de las costumbres, se aparean con la incertidumbre y más de una vez ponen “patas arriba” nuestra cotidianidad.


Aceptamos la nueva tecnología sin rollos, nos valemos de sus ventajas, nos encanta la velocidad con que opera. Sin embargo, también es cierto que hay ocasiones cotidianas en que desearíamos que desapareciera para volver a la época de las cavernas. Principalmente, cuando nos acogota y nos saca de nuestras fronteras de la racionalidad. Es decir, cuando por alguna razón rabiamos debido a esa tendencia “leguleyomurphica” que hace que las dificultades se multipliquen cuando estamos precisamente en dificultades.


Dígame usted si no le ha ocurrido que le haya sonado el teléfono celular en las situaciones rutinarias más inverosímiles en que pueda usted encontrarse. Digamos que siguiendo el consejo de mi hijo menor (internauta, cibernauta, ficcionauta, virtualnauta, y todo lo que lleve ese sufijo posmoderno relacionado con el ciberuniverso “-nauta”), uno ha asumido que el celular es como la cédula. Por eso mi tía Eloína prefiere llamarlo “teléfono cedular”, cuando no “artefacto celuloso”, por ser tal vez el núcleo tecnológico de la contemporaneidad. En el mundo de hoy, su existencia casi responde abiertamente al lema promocional de una conocida tarjeta de crédito: no se puede salir ni vivir sin él.


De cada cien personas que deambulan por el centro de la ciudad, por lo menos ochenta van con el celular pegado a la oreja como si fuera un apéndice de la audición. Unos ríen, otros gritan, algunas llevan rostro severo, depresivo o feliz. No importa a dónde vayan ni cómo vayan (en auto, a pie, en carretilla, en burro, en carroza o en limosina), casi todos o todas van dejando que su existencia se difumine a través de las celdillas de las antenas receptoras y repetidoras de señales “celulatosas”.


Y todo se confabula para que uno o una no lo deje ni para ir al retrete. “Por si alguna emergencia”, es la excusa preferencial del gran colectivo. Y justo el retrete es el lugar en que con seguridad no dejará de sonar. Existe una misteriosa conjunción de constelaciones entre los celulares y el baño. Pareciera que la familia, los amigos, los allegados, los vendedores de cualquier vaina, las oficinas de cobranza, etc. adivinan telepáticamente que anda usted en labores de vaciado y limpieza intestinal para antojarse de marcar su número de celular en ese preciso instante en que usted está al borde del abismo, tratando de ejecutar con total dignidad la tarea a la que se ha dispuesto cuando acude a la letrina a sentarse en la poceta. Habrá que pedir a la RAE la eliminación de la palabra “excusado” para referirse al baño porque ya ni para excusarnos servirá.


Dígame además si no le ha ocurrido que está metido o metida en un tráfico infernal, tratando de poner su automóvil en retroceso o buscando evadir algún obstáculo, para que justo en ese segundo crucial le suene en su bolsillo el bolero, la ranchera, el vallenato o la pieza rapera con que ha programado la señal de repique de su teléfono. Asegúreme, usted, dama contemporánea, moderna, inteligente, dispuesta, emprendedora, trabajadora, si no ha sudado la gota gorda en más de una oportunidad al intentar conseguir dentro de la caja de Pandora que es su bolso carrielero (su “cartera” decimos en Venezuela) el bendito celular que repica y repica y se esconde más en la medida en que más usted desea capturarlo dentro de aquel almacén de chino para responder a la llamada que alguien le está haciendo. Y una vez que, luego de mucho esfuerzo y temblequeo, lo ha conseguido, pues ahora debe repetir la operación desespero a fin de buscar ¡ los lentes que le permitan leer el número de la llamada entrante!


Ley de Murphy, sin duda, mientras más ansíe encontrar el equipo de marras, mayor dificultad tendrá para lograr su propósito.


Nada digo de las diversas situaciones tragicómicas en las que la desesperación y los nervios se apoderan de nosotros, al intentar acallar los chillidos del teléfono. Y el bendito equipo que no se apaga. Pongo ejemplos vividos y vivientes que son ya cotidianos en el siglo XXI. Si se ha olvidado usted de apagarlo o ponerlo en silencio, es casi seguro que su celular suene:


Mientras usted está en misa, todo está en un pasmoso silencio, y el sacerdote está levantando la ostia hacia el cielo. ¡Cuántas miradas le llegarán como flechas imparables!


Justo en el instante en que alguien quiere contarle el chisme más importante de la semana. “Aló, mamá, soy Fulanito, olvidé decirte que me pidieron papel carta y plastilina para la clase de mañana” (son las once de la noche).


En el mismo minuto en que estamos intentando convencer al vigilante de tránsito de que no veníamos simultáneamente conduciendo y “hablando por teléfono”, y de que no hay razón para la multa, la mordida o el matraqueo que estamos tratando de evadir. “¿El señor Tal? Lo estamos llamando para decirle que se ganó un viaje con todos los gastos pagos y…”.


En el momento preciso en que su nueva conquista está a punto de decirle que sí acepta salir con usted a comer, ir al cine y acceder a otros asuntos privados que sólo conciernen a ambos. “Aló ¿Luis? Hermanazo, tenía ganas de hablar contigo, vale, coño, qué de tiempo ¿no?...”


En medio de un corneteo en el que usted sabe que no escuchará absolutamente nada de lo que le digan por mucho oído biónico que crea tener.

En situaciones en que vienen usted y su pareja cargados ambos con bolsas de mercado, sin ninguna mano libre ni posibilidad de agarrar aquel aparato para responder. La escena clímax de este tipo de evento es que a ambos, cargados hasta con bolsas en la boca, les suenen sus respectivos equipos simultáneamente. Ha pasado, lo aseguro.


No digo nada del mágico segundo del orgasmo, porque bien merecido se lo tiene si usted no ha tenido con su pareja o parejo la gentileza de apagar el bendito aparato cuando ambos han aceptado que la vida no es sólo trabajar, comer, beber y que también hay momentos de coyunta corporal.

Y dígame además si quien lo está llamando no rabia porque usted no ha sido capaz de responder “¡inmediatamente el teléfono!”. ¿Para qué carrizo tienes un celular si no lo respondes? Es una pregunta frecuente en el ámbito de la familia, los amigos y los cobradores. Todos y todas esperan que tengamos la mano, el dedo “cliqueador” y el oído prestos para responder en cualquier situación, a cualquier hora.


En fin, que la tecnología ayuda, salva, conforta. Pero también jorunga la paciencia y una vez que hemos caído en su maraña, pocos harán muy poco para salvarnos, disculparnos o excusarnos de no poder responder las llamadas a tiempo. Y eso que nada he relatado acerca de esos nuevos equipos multifuncionales que permiten hacer casi todo a través de ellos. No pasará mucho sin que salgan los teléfonos celulares que traigan hasta una lavadora virtual o una pareja o parejo incorporada-o. Será el tiempo de la total esclavitud porque ya no habrá excusa posible para convencer a los otros de la razón por la cual no pudimos atender su última llamada. La vida toda será una celda, una celda conectada a una antena.

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Fuente de la imagen: http://www.elmero.net/wp-content/uploads/2008/04/telefono_ocupado.png

miércoles, noviembre 26, 2008

DE LAS ACADEMIAS, LÍBRANOS, SEÑOR







De tantas tristezas, de dolores tantos,
de los superhombres de Nietzsche, de cantos
áfonos, recetas que firma un doctor,
de las epidemias de horribles blasfemias
de las Academias, líbranos, señor.
De rudos malsines, falsos paladines
y espíritus finos y blandos y ruines,
del hampa que sacia su canallocracia
con burlar la gloria, la vida, el honor,
del puñal con gracia,
¡líbranos, señor!

[Rubén Darío: “Letanía a nuestro señor Don Quijote.]”



No ha sido Rubén Darío el único poeta que alguna vez aludió paródicamente a las Academias y sus alrededores. También se sabe del enfrentamiento recurrente entre Ramón del Valle Inclán y la Real Academia Española, hasta el punto de que también ese autor hiciera gala de su ingenio para mofarse de aquella institución en su Farsa de la enamorada del Rey (1920). Bien sabido es que esas instituciones que se llaman Academias de… han recibido recurrentemente innumerables críticas, sobre todo de aquellos que las miran desde fuera como templos dedicados a la holgazanería o a la adulancia colectiva entre sus miembros. Muchas leyendas se han elaborado en torno de lo que son no sólo las Academias, sino también los Académicos.


Dicha situación de leyenda, de fábula, de imaginería, ha contribuido a crear la imagen que usualmente tiene la gente común de lo que es un Académico. Me referiré exclusivamente a los Académicos de la Lengua, por ser el terreno con el que he mantenido mayor contacto.


Es usual que la gente idealice a un Académico como un centenario anciano sabio calvo (o con peluca o cabello teñido) que casi masca el agua y utiliza para ver unos lentes de cristal muy grueso, si todavía no lo ha vencido la presbicia o, en su defecto, una inmensa lupa con la que es capaz de percibir hasta los gazapos idiomáticos del Papa. Se trata de un señor que supuestamente sabe absolutamente TODO acerca de la lengua y/o la literatura.

Su papel fundamental pareciera ser el de una especie de policía lingüístico de mucha experiencia cuya palabra sobre lo que se dice o escribe y lo que se debe decir o escribir es definitiva. Incontestable.


“Cazadores de gazapos que se amuchiguan en lenta turbamulta”, decía el venezolano Jesús Semprum de los críticos. Lo mismo podemos decir que piensa el común de las personas que son los Académicos de la Lengua.


Su presunta sabiduría es tanta que supuestamente conoce todas y cada de las palabras que han existido, existen y existirán en la lengua de la cual es Académico. O sea, una mezcla de Superman verbal, Hombre Biónico gramatical y Mujer Maravilla lexicógrafa cuya fuerza total reside en la lengua.


Cada vez que alguien confronta un dilema de tipo lingüístico, cada vez que el chamo no sabe cómo responder a la tarea de Castellano y Literatura, cada vez que algún gobernante comete algún desliz (o algo que se considere un desliz), pues no queda más remedio que acudir al Académico más cercano para solventar el asunto.

Tanto es así que fíjense que la gente de verdad cree que un académico de la lengua es un señor que, como dice el ya anciano lema de la Real Academia Española:

“Limpia, fija y da esplendor”.


De acuerdo con esas creencias (a todas luces falsas), un académico debería ser más efectivo que un detergente, un lavaplatos extrafuerte: casi un infalible e irrefutable quitamanchas: “Limpia, fija y da esplendor”.

Esa misma tradición hace que un Académico viva en permanente riesgo de que cualquier cosa que haga, diga o juzgue pueda ser utilizada contra él mismo.


No importa el lugar o el medio donde se encuentre, un Académico puede ser víctima del acoso generalizado por parte de cualquiera que albergue alguna duda sobre el uso del idioma. Si va al dentista, por ejemplo, no es extraño que mientras le taladra una muela, al odontólogo se le ocurra preguntarle:

-¿Por qué en Venezuela decimos diábetes y no diabetes?


Con qué cara puede responderse a esa pregunta por muy Académico que se sea, sobre todo en tan humillante y comprometedora situación como la de tener que dejarse enloquecer por el chillido de un taladro.


En el supermercado u otros espacios, nunca falta la cajera, el ama de casa, el vecino o el profesional amigo que, nomás avistar a algún Académico conocido, lo increpen con sus dudas. Nadie le pregunta por la familia o por los amigos comunes, sino por el lenguaje.


Es usual además que los demás crean que los Académicos no asistieron a una escuela normal, de esas donde los chicos hacen diabluras con el lenguaje. Suponen que en esa escuela particular y casi única a la que supuestamente asisten los futuros Académicos de la Lengua les enseñan a ser siempre eufemísticos (palabra dominguera). Y no siempre se puede. A veces es necesario ser absolutamente disfemístico (otra palabra más dominguera todavía).


¿Por qué? Porque por muy “eufemístico” y por muy Académico que se sea, no hay nada más cursi y más ridículo que utilizar algunas palabras fuera de contexto, cuando las situaciones reales y concretas implican sacar a flote las que realmente se necesitan. Acudo a los ejemplos:


¿Qué pensaría usted de algún señor Académico que en su caminata tropieza con el filo de alguna pared, se lleva un terrible golpe en la frente marchita e imitando a Batman y Robin exclame:

-¡Oucht!, ¡córcholis!, ¡sambombas!, me he lesionado la parte que cubre el lóbulo frontal de mi cavidad craneana.


O, que el mismo señor llegue a su casa, abra la puerta, ponga rostro serio y, con entonación de actor de telenovela de los años sesenta, le reclame a la dama que convive con él:

-Querida cónyuge: me dirijo a ti formalmente con el propósito de participarte que no estoy contento con que por las noches estés visitando lugares de hospedaje ocasional con otros caballeros.


En fin, posiblemente ésa es la imagen con la que se ha idealizado tradicionalmente a los Académicos. Seres imperturbables que presuntamente siempre hablan con el diccionario y la gramática en la mano y jamás como lo hace la gente común en todas partes.


Acompaña a esa imagen errada el hecho de que además la gente piensa que un Académico debe ser más serio que una estatua o que una foto de papel moneda, que se le han secado las neuronas de la risa de tanto pensar en los asuntos de la lengua y, en consecuencia, se ha distanciado de la cotidianidad de las demás personas.


Y la realidad es que una persona que por alguna razón ingresa a una Academia no deja de ser lo que ha sido durante su vida previa. Al contrario, si se toma esta nueva función como debe ser, creo que se le potencian las facultades para la escritura, sigue siendo un hablante-escritor cualquiera que posiblemente ahora está más pendiente de algunos asuntos a los que antes prestaba poco interés. Por ejemplo, vivir permanentemente pegado de un diccionario buscando palabras raras para no pasar por ignorante o al menos sorprender cuando alguien le pregunte sobre términos como “mordaga”, “sinecura” “mastaba”, “pavitonto” o “supercalifragilisticoespiralidoso”.

Un académico o Académica de la lengua de esta época es alguien que cree en la creatividad del lenguaje y no critica a los hablantes cada vez que ante cualquier pregunta responden “¡Sí va!” o “¡Dale, dale, pues!”; que no percibe como aberraciones lingüísticas esos mensajitos de telefonía celular que parecen códigos cifrados, en los que los usuarios despachan buena parte de las vocales y convierten todo en una secuencia de puras consonantes, a veces incomprensible para otros, pero efectivísimas como mensajes de emergencia; que no se asombra cuando algún pescador del oriente del país le dice con plena sonrisa que el político Fulano de Tal es un “picardioso”, porque no sólo es pícaro sino también tramposo. En fin, un Académico es una persona de mente siempre joven que cree, como diría Aquiles Nazoa, en los “poderes creadores del pueblo” y disfruta al escuchar que un popular vendedor de refrescos de malta fría, se comporta como un creativo publicitario cuando, para promocionar su producto, va por toda la calle gritando a todo pulmón:


-¡Toma malta, maltirízate!


Un Académico de este tiempo es alguien que se asombra cuando algún orador improvisado, médico, abogado, profesor de sociología o de lingüística, está explicando el asunto más enrevesado del mundo, con un vocabulario y una sintaxis que no comprende nadie, y termina su discurso diciendo: “¡Eso es todo, así de sencillo!”

Un académico moderno, abierto, humilde, es aquel que se preocupa por cada aspecto de la lengua, pero también disfruta cuando lee o descubre frases como las siguientes:


[Valla publicitaria de una conocida marca de güisqui]:

“Disfruta de los mejores momentos de la vida sin excesos. Sólo si eres mayor de edad”

[Aviso en baño de bar de carretera]:

“Favor bajar la palanca hacia arriba”

[Declaración de ministro]:

“No hay desabastecimiento sino distorsión en la cadena de distribución”.

[Lema de mi tía Eloína]

Que un hombre de noventa años orine sin quejarse, es casi “micción imposible”


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sábado, agosto 02, 2008

De herencias virtuales y otros premios electrónicos




En algún lugar de la jerga que ha venido naciendo para ser aplicada a todo lo que se relaciona con la Internet y los espacios virtuales, suele utilizarse la palabra metamedio para referirse al hecho de que en la pantalla de un computador converge todo lo que en algún momento del “mundo real” constituyó un soporte independiente. Sonidos, imágenes y palabras se aglutinan en el más sencillo de los sitios del cibermundo para recordarnos que a partir de la www la vida cambió. Todo es mucho más extraño y distante de lo que alguna vez imaginamos. Difuso, pero distendido, diletante, divertido y diversificado. Para quien no se haya dado cuenta todavía, la realidad se volvió pura ficción y lo ficticio es ahora parte del mundo cotidiano en que nos corresponde vivir.

Suerte para quienes hemos visto llegar el siglo XXI. No tenemos todavía los autos voladores (imprescindibles en la congestionada Caracas de hoy); no se hizo rutinaria la vida de aquella familia llamada “Los supersónicos”, ni tampoco hemos podido apreciar las cajas mágicas que esperábamos pudieran teletransportarnos a cualquier otro lugar del planeta. Pero con la “fundación” del sistema intergaláctico virtual ya hemos aprendido que todo es posible y que cualquier hecho de la imaginación se queda corto ante lo que allí podemos hacer o lograr. Por ejemplo, como en los cuentos de hadas y las telenovelas, cualquier desheredado pobretón puede volverse rico de cuna de un segundo para otro.

Ha sido mi caso, ya lo verán. Abstenerse envidiosos, por favor.

El hecho concreto es que esta duda melódica de hoy se aviene con las magias y maravillas de la correspondencia electrónica. Esa fulgurante y milagrosa nueva manera de cartear que me ha vuelto rico, acaudalado e hipermillonario en ese abrir y cerrar de mensajes electrónicos que a diario puede uno recibir desde el más remoto lugar del mundo ¿real? A los hechos me remito para evitar que se piense que he comenzado a desvariar o que he escrito en febril estado de alucinación. Nada de eso. Echo mi cuento y ustedes me dirán.

Un banquero súper comprensivo, generoso y desprendido (especie que creíamos inexistente hasta que llegó la web) me escribe desde Abuja (Nigeria) para notificarme que, sin yo saberlo, soy el afortunado único heredero de una señora que luego de ser notificada de una salvaje enfermedad que devorará su cuerpo en menos de una semana, ha decidido que sea yo, el humilde venezolano hijo de Amelia, la persona destinada a recibir, una vez fallecida ella (la señora desconocida), su cuantiosa fortuna que incluye no sólo cantidades astronómicas en metálico depositadas en un banco nigeriano, sino también sus amplios lotes de tierras productivas y todas las edificaciones que ella alguna vez heredó de su ricomacpático esposo, desaparecido antes en un accidente aéreo.

Pero digamos que no he tomado la decisión de responder afirmativamente a mi banquero correspondiente porque tengo además otra oferta que también me trae de cabeza. A juzgar por el origen de la formal carta electrónica, la noticia procede de la “fiera Albión”, está fechada en julio 28 de este año y en ella un señor con nombre de inventor de teléfonos (Mr. Alexander Grahan Bell) me conmina a una muy rápida respuesta a su solicitud, nada despreciable si pienso en lo poco que hoy rinden los bolívares en Venezuela.

Me explico.

Se trata de la bicoca de ¡cien millones de libras esterlinas! que el firmante (supuesto empleado de alto nivel de un banco inglés) ha “descubierto abandonada” en su agencia, sin que nadie pueda cobrarla, porque su titular y toda la familia directa e integrantes de sus ramas colaterales fallecieron el año pasado en el hundimiento del crucero en el que vacacionaban. También desprendido y nada mezquino, el gerente ha decidido que sea yo, el hijo de José Ramón, la persona destinada a compartir aquella montaña de billetes que llevan la imagen altiva de la reina del United Kingdom. Y eso sin hacer demasiado, apenas conectarme con él a través de un vínculo electrónico cuyas señas me envía. Mi ganancia no sería excesiva si yo hubiera heredado a Aristóteles Onassis, pero considerando que no es así, con sólo aceptar y aportar la información solicitada, según mi remitente, me correspondería un modesto quince por ciento (15%) de la cantidad total. Es decir, la pequeña suma de quince millones de pounds.

Lo estoy pensando.

Y pido a los lectores que no me llamen idiota. Usualmente paso por tal, pero no lo soy tanto. Como dice mi hijo menor “me hago el trujillano” nada más, no significa que lo sea. Aclaro: lo estoy pensando porque la oferta más tentadora apenas la acabo de recibir ayer: bastó mi humilde dirección electrónica para que dentro de ese biombo imaginario y universal que es la Internet saltara mi nombre como acreedor de la impensable suma de ¡cien millones de dólares estadounidenses! (U.S.$ 100.000.000,00). Igual que un kino nacional pero en inglés y más barato. Producto de la rifa que una lotería universal ejecuta cada mes entre los que nos comunicamos a través de correos electrónicos. Hombre, que me he ganado el premio gordo de alguna parte del cibermundo sin hacer absolutamente nada, sólo por responder a diario mi correspondencia electrónica. No podía ser de otra manera. Antes lo pronosticó muchas veces mi tía Eloína: “las fortunas existen, sólo faltan quienes acudan ‘a por’ ellas”. Recordando una vieja cuña oficial alfabetizadora, muy difundida en tiempos de la cuarta república venezolana, el dinero virtual clama por la presencia de quienes lo aspiran: ¡Acude, te estamos esperando!

Y, claro, ahora sí es verdad que me cuesta tomar la decisión. Nadie me ha dicho que debo escoger una de las tres opciones, pero como pretendo ser justo con mi suerte, no soy capaz de aceptar los tres ofrecimientos y hacerme hipersupermillonario obsesivo y avaro. No hay derecho, quiero dejar dos de las opciones para que se beneficien otras dos personas, que bien lo necesitarán. Me basta con una sola de las ofertas.

De modo que escribiré a mis tres beneficiarios para decirles que he decidido transferir virtualmente dos de las fortunas ganadas con el sudor de mis dedos sobre las teclas, y propondré para recibirlas a las dos primeras personas que dejen aquí sus comentarios y que me demuestren que de verdad necesitan tales cantidades. ¡Escriba ya! No olviden poner sus datos completos, desde el nombre y la cédula de identidad, hasta la cuenta bancaria donde desean que les sea depositado el dinero, los exigen en todas las correspondencias que comunican sobre estas sumas astronómicas que uno puede ganarse con sólo navegar por la red. ¡Escriba ya!

Lo he dicho al comienzo: en ese metamedio que es la red de redes, cualquier cosa es posible. Hasta la riqueza súbita, ilógica e inmediata. Créalo. No meta ni medio ¡Escriba ya!

martes, junio 24, 2008

Los escritores como personajes

Siempre me he preguntado cuán interesante sería conocer las memorias más recónditas, lo más cotidiano de algunos editores en su relación con los autores. Creo que usualmente algunos autores son personajes para la obra de otros escritores. Por lo que me han revelado mis pasantías por algunas editoriales, sospecho que la verdadera personalidad del creador se desnuda ante los editores y ante ciertas audiencias.

Puede parecer perverso pero, como narrador y crítico, me interesan también las vidas personales que se salgan un poco de lo público y predecible, esas conductas inéditas que reflejan lo que, por pudor o timidez, el escritor como persona esconde ante los demás, sus manías, sus peticiones a veces insólitas, sus perversidades ante la obra de los otros. Y también las virtudes y defectos o desviaciones que se esconden detrás de las páginas pergeñadas por quien escribe un libro y acude a un editor para que lo haga público y pueda llegar a los lectores.

Es decir, conocer un poco más de esa “intrahistoria” que subyace a la relación escritor-editor-lectores, ni tan dulce ni tan amarga, como se las puede suponer desde afuera. Hay creadores apacibles, gentiles, corteses, fastidiosos y repelentes. Pero cuando son fastidiosos y repelentes lo son con alevosía. Independientemente de su edad y su escasa o abundante obra, se creen la tapa del frasco, no cesan de marcar el teléfono, suelen creer que el editor sólo existe para ellos, sin importar hora ni ocupaciones.

Supongo, por ejemplo, que algún editor y lector se habrán topado más de una vez con ejemplares de escritores de quienes no desean recibir una llamada telefónica ni un mensaje de correo electrónico. Presumo que incluso no faltará el editor que se vea obligado a sacrificar algún libro publicable por evitar el simple hecho de tener que firmar el contrato con un ser intratable, intolerante y vanidoso. Igual, presumo que hay lectores que jamás acudirían ante la presencia del autor de un libro que los ha cautivado, sólo para no perder la imagen que de él se han creado a través de su escritura.

Y es que a veces, a lo mejor sin darnos cuenta, los escritores podemos llegar a parecer insufribles ante las otras personas. Hay editores y lectores que a lo mejor admiran la obra de un escritor-a, pero también intuyen (al escucharlo o leer sus entrevistas) que como persona se trata de un patán o “patana”.

Para citar algún caso hipotético, pienso en aquellos que, una vez publicadas sus obras, luego de ruegos y más ruegos al editor, no cesan de hacer llamadas a la editorial porque sus libros no están permanentemente en las vitrinas de las librerías. “Inocentes” de que, por deformación profesional y comprensible excusa de mercadeo, en el mundo entero, los libreros suelen exhibir sólo lo que se vende rápido y está destinado a ocupar lapsos muy breves en los anaqueles.

Y el corolario infaltable: ante el llamado para algún evento promocional, casi nunca los autores fastidiosos y repelentes tienen tiempo; paradójicamente siempre parecen estar ocupados en algo más importante que sus propios libros. O sólo aspiran narcisamente a promoción en el exterior. No les interesan los lectores nacionales porque sienten que ya los han conquistado sin ningún esfuerzo.
“Las vanidades del mundo /las grandezas del imperio/ se esconden en el profundo /silencio del cementerio”. Son versos perversos pero certeros, pertenecientes a un célebre enterrador de Los Puertos de Altagracia, apodado Titán, el sepulturero. Dignos para “chapear” a quienes se pasan la vida edificando sus egotecas sobre falsos presupuestos.

Digamos que hay editores maulas y otros que realmente no lo son, pero todos necesitan sobrevivir, tarea que no es fácil en un mercado bibliográfico tan oscilante y deprimido como el venezolano.

Sin embargo, eso no justifica que el autor o autora siempre deba pensar que no es que sus libros no se venden sino que el editor lo estafa permanentemente. Sabemos que hay editores locales y foráneos que no reportan todo lo que venden. Y que incluso existen los que pagan un desmirriado y a veces diezmado porcentaje con base en el precio de costo y no en el precio de venta al público. Pero eso tampoco significa que constantemente nuestros volúmenes sean best sellers por los que los lectores se desviven apenas salen al mercado. Y sin que tengamos que mover ni un dedo. No acabamos de entender que a veces la “fama” de un escritor no pasa de los linderos de sus amistades y conocidos.

En fin, que cada vez que le hablo en secreto de mis tratos con algunos autores y autoras venezolanos-as, de sus llamadas recurrentes, de sus oscilaciones de carácter y temperamento volátil, de sus creencias egocéntricas, de sus inclinaciones a telefonear a los jefes para no tratar con subalternos; cada vez que me entero y la entero de anécdotas relacionadas con el modo como se comportan íntimamente algunos escritores venezolanos ante sus editores y ante los lectores; de cómo viven llamando a la prensa para que los entrevisten, de cómo envían reseñas positivas sobre sus propios libros a los amigos periodistas, de la manera como insisten obsesivamente para que la tele y la radio vayan a su casa, del modo como se valen de las nefastas relaciones de poder para publicar cuanto escriben; de las exigencias a veces insólitas que hacen, mi tía Eloína me insta a que, con base en un anecdotario que ya pica y se extiende, escriba un libro de ficción que presuma de memorabilia y desnude metafóricamente esas conductas secretas acumuladas en los rostros más íntimos de algunos creadores locales.

Y en estos días he pensado que no es ni mala la idea. Total, ya lo he dicho y escrito en varias ocasiones: la escritura de ficción es la mejor terapia que existe para quien la practica: puedes matar sin asesinar, exaltar sin adular, ajusticiar al adversario frente a un paredón de palabras y hasta conquistar amores sin necesidad de caer en incómodas situaciones de confesión directa ante la dama o el caballero por la o el que te desvives.

De modo que, en nuestro trato con los editores y lectores, los escritores debemos cuidarnos de no convertirnos en pasto literario, en alimento para otros escribas. Debemos saber que los otros escritores son tan “peligrosos” con sus teclas como nosotros creemos que lo somos.

Fuente de origen de la ilustración: http://www.imaginaria.com.ar/18/5/autores-ChantiPersonajes.jpg

domingo, abril 06, 2008

El martirio de ingresar a la universidad






En estos días he tenido una conversación con un aspirante a Bachiller. Debo confesar que su relato no hizo más que confirmar lo que siempre he pensado de las llamadas pruebas de admisión que ejecutan algunas universidades a la hora de precisar quiénes tienen las habilidades y destrezas suficientes para ingresar a sus recintos.

El chamín me contaba acerca de los horrores padecidos por él, desde que en septiembre pasado inició su quinto año de bachillerato en un instituto modesto, pero privado. Lo primero que reseña mi interlocutor es la retahíla de consejos, reclamos, premisas y regaños consecutivos provenientes de su grupo familiar.

-Te compré varios problemarios para que hagas ejercicios por las noches- le dijo la madre.

-Tienes que estudiar matemática, si no, te jodiste- le ha repetido su padre cada día.

-Deja de leer tanta pendejada en Internet y dedícate a los números, es lo más pelúo- le aconsejó su hermano, ya estudiante universitario de Comunicación Social.

-Si fallas en mate, te dan matica‘e café- le dijo una de sus tías, que por cierto es contadora.


En fin, no hay día en que algún miembro de su familia inmediata no le haya mostrado la preocupante situación de tener que ingresar al mundo universitario nacional. A criterio de mi joven amigo, prácticamente ha tenido que seguir dos planes de estudio en paralelo. Nomás comenzó el año escolar en el liceo, su madre lo inscribió también en un instituto de esos que dictan los llamados cursos “propedéuticos” preuniversitarios, con la finalidad de que pudiera llenar los vacíos que le fueran quedando en sus estudios formales “de matemática”. Todas sus diversiones habituales han debido entrar en un largo reposo, debido a que la única mira en que se ha convertido su tardía adolescencia es la universidad.

Y decir universidad y números casi pareciera ser lo mismo.

Ahora en estos días, hace poco le llegó la hora decisiva, el momento en que por fin debería definirse su futuro. Las largas colas de las preinscripciones han culminado en la asistencia a distintas pruebas internas de admisión. Y lo que ellas significan.

El chico describe contextos que paran los pelos. Hileras de muchachas y muchachos atemorizados, nerviosos, pálidos, algunos francamente aterrorizados, parecían ir al patíbulo y no a una simple prueba de admisión. Eso me relata. Y detrás de ellos, multitudes de padres y madres dispersos por todos los espacios de las universidades, con unos rostros de preocupación parecidos a los de los familiares cuando despiden a soldados y soldadas que se marchan a la guerra. Tristes, apesadumbrados y seguros de que muchos de ellos no regresarán con vida o volverán todos maltrechos.

Sin decir nada de los aprestos relativos a “primeros auxilios” que rondaban por esos ambientes.

-Pero igual salí jodido, profesor, como me dijeron que cada respuesta mala anula dos buenas, dejé todos lo de “mate” en blanco. No me gusta esa vaina y si los respondía seguro me clavaban peor.

Como docente universitario, no he sido ajeno a la situación descrita por mi joven amigo. Y, más allá de lo que se ha discutido sobre las pruebas de ingreso a las universidades, he llegado a preguntarme si será normal esa pavorosa y terrorífica situación en que para algunos se ha convertido dicha actividad. En los tiempos en que yo debía asistir como jurado a estas “olimpíadas académicas”, también fui testigo de desmayos, diarreas incontenibles, bajadas o subidas de tensión, descompensaciones y otros males ocasionados por el pavor que genera en la persona saber que se está jugando su futuro frente a unos cincuenta o sesenta ítemes y que dicho asunto será resuelto en las dos o tres horas en que debe desarrollar aquello. Y ya sabemos que ese terror está muy vinculado al hecho de que lo que más temen los aspirantes es fallar en lo que tiene que ver con las llamadas “habilidades cuantitativas”. Si vamos a lo esencial, también la parte correspondiente a “conocimientos” depende de cálculos y más cálculos.

Lo digo porque, de verdad, en el calor de la disputa sobre estos asuntos de “inclusión” y “exclusión”, me he preguntado varias veces si no será la terrofilia generada alrededor de Pitágoras uno de los factores que más ha incidido en que las pruebas de admisión se hayan convertido en “el coco” de algunos aspirantes a bachilleres y en el fetiche de reconocidos universitarios. Desde dentro de las universidades estamos en la obligación de preguntarnos muchas cosas frente a este fenómeno y de aceptar que, nos guste o no, tal y como han venido administrándose, algunas pruebas de admisión sí son excluyentes y limitativas. Su propia filosofía así lo determina.

En tales casos, el destino depende de unos percentiles y cortes. Todo gira alrededor de una cifra.

Durante algún tiempo estuve implicado en esto de los modelos de pruebas y también me llegué a plantear más de una vez el asunto relacionado con la presencia abrumadora de la matemática y todo lo relativo a la resolución de problemas en esos sistemas de medición. Aún a riesgo de que se me malinterprete, parece obvio que ha existido una corriente cultural y un paradigma científico que tiene a la matemática como el eje del universo. Si al salir del bachillerato no tienes habilidades de esas que se denominan “cuantitativas” casi pasas a ser considerado un “guateperro”, como suele decirse en el oriente del país. A juzgar por lo que rige a eso que se denomina las “ciencias duras”, todo el universo pareciera girar en torno de ecuaciones, teoremas, productos notables, números binarios, propiedades, funciones trigonométricas, raíces cuadradas, etc.

Y eso, a mi parecer, ha incidido en las pruebas, en su diseño, en sus contenidos y en su operatividad.

No es un azar publicitario que buena parte de los institutos que dictan los tan “productivos” propedéuticos lleven precisamente nombres que suenan y resuenan en el universo de los números: Newton, Galileo, Gauss, Leibniz, Kepler, Volta, Einsten... Tampoco lo es que el mayor porcentaje de ejercicios contenidos en esos instrumentos de evaluación impliquen habilidades y destrezas relacionadas con procesamientos matemáticos (directos o indirectos). Hasta algunos ítemes vinculados al manejo de “habilidades verbales” y “espaciales” tienen que ver con eso.

De las varias pruebas que llegué a evaluar alguna vez, muy pocas estaban relacionadas, por ejemplo, con procesos relativos a otros fenómenos, si se quiere más cualitativos, pero también humanos, como la reflexión, la opinión, la argumentación, el ambiente, la vida comunitaria, la actitud crítica, las comunicaciones, entre otros. A mi juicio también muy importantes si los relacionamos con algunas carreras universitarias existentes o futuras.

No quiero decir con ello que deba erradicarse la “mate” -como la llaman los estudiantes- de toda prueba de admisión. Sin embargo, tampoco estoy seguro de que el mundo gire exclusivamente todo en torno de esa sola y única disciplina que, si bien es auxiliar indiscutible de muchas ciencias, no es propiamente La ciencia. Y que me disculpen mis colegas matemáticos.

Tampoco estoy seguro de que un bachiller que falle en alguna prueba no pueda llegar a ser un buen profesional, incluso en alguna carrera que tenga los dígitos como eje fundamental. Una diarrea originada por la terrofilia que rodea estos ambientes puede ser la causa de que el respondiente confunda circunstancialmente a Pitágoras con Calígula.

viernes, febrero 15, 2008

¿Cuál es el más macho de los sexos?



El rollo de la posmodernidad sexual y la confusión de los géneros traen a mi tía Eloína de cabeza. A fin de seguir ocultando sus canas, acudió hace poco a uno de esos lugares “unisex” que otrora se llamaban salones de belleza y se ha quedado completamente “estupefaciente” con lo que allí vio.

Casi se le pasma la mollera al ver herido su ancestral machismo femenino y observar a varios hombres pechugones y musculosos haciéndose colocar mascarillas en el cutis o pidiendo que les curasen el acné con cremas frías. Machos de nuevo cuño, ejemplares desinhibidos de este siglo XXI confuso y difuso en el que pronto ya no sabremos distinguirnos por el género con el que hemos nacido.

Le aclaro a mi parienta que no se asombre, que su concepción de lo masculino se mantiene todavía en una época de charros mexicanos gritones, cananas que cruzan el pecho, pobladas cejas y espesa barba. Le insisto además en que eso que ella considera un síndrome de la machumbre esfumada es ya parte de nuestra cultura contemporánea y que nadie debe aperplejarse ante la presencia de hombres que van adquiriendo hábitos que antes pertenecieron exclusivamente al sexo femenino, ni tampoco de mujeres que poco a poco, desde que pudieron vestir pantalones, se han ido sumergiendo en lo que alguna vez tipificó a los integrantes de la pandilla de Adán.

Todos sabemos que ya no es extraño que, desde presidentes y ministros serios y muy formalotes, hasta doctos profesores, escritores célebres, artistas de renombre, ejecutivos de alto coturno y muchos otros integrantes del género masculino, acudan a la estrategia de teñirse las canas sin ningún tipo de resquemor ni falsos complejos que les aminoren la hombría.

Paralelamente a cierto furor generalizado entre los hombres jóvenes por rasparse el coco y andar completamente calvos, cada día es mayor el número de individuos “maduros” que recurren a la estratagema del bisoñé para taparse los despojos que les va dejando la inevitable calvicie natural, acontecimiento que en otro tiempo pudo haber constituido delito de leso sexo.

Ni hablar de quienes acuden a modernos y modernas estilistas para que les inyecten el cutis con botox, les barnicen las uñas y, ahora, en contraposición al clásico charrismo de mis tiempos infantiles, hasta exigen que les dejen barba, bigotes, axilas y otros lugares pudendos como pómulo de lampiño.

El mito de Sansón ha muerto arrastrado por la publicidad: hoy día no falta el tipo cuadradote, fornido y pechugón que se rasura las axilas para evitar aquel pelero que, de acuerdo con la sabiduría ancestral de nuestros abuelos y abuelas, ha sido por siempre símbolo de la virilidad absoluta. Por sus afeites los conoceréis.

Así como los tacones han sido desde tiempos inmemoriales la excusa de ciertos ejemplares masculinos pequeños para deslastrarse del chinche de la baja estatura y sentirse más esbeltos, menos rechonchos y más rechulos, ya la edad no es excusa para que las personas (“varonas” o “hembros”) se engarcen zarcillos en las orejas, en la nariz o en los pezones, cuando no simpáticos dijecitos en el ombligo o pulseritas en los tobillos, en franca señal de presunta rebeldía contra la supuesta y atávica discriminación cultural de los sexos. Como lo mismo han hecho desde siempre la mayoría de las damiselas, es obvio que ya casi vamos siendo iguales pero no tanto.

Cuerpos masculinos absolutamente despojados de la molestosa pelambre. Machos remachos que ahora se han antojado por hacerse remaches. Figuras femeninas desquiciadamente peludas y quiludas.

Aparte de esto, a nadie que se considere individuo o individua posmo le da ninguna vergüenza mostrarse públicamente como militante de un amaneramiento exagerado y es obvio que, con tal arremetida hiperconfusa, la radio, la tele y los otros medios ya no tienen miramientos en destacar a ciertos ejemplares como prototipos habituales de la sociedad contemporánea. Algunas damas públicas fuman, vociferan, gesticulan y asumen sin miramiento pose de Kamba el salvaje o de El Dragón chino. Por su parte, ciertos caballeros no temen parecerse a la dulce Luisa Lane o la refinada Penélope que en las historietas de la tele es perseguida por un apestoso zorrillo.

Definitivamente, Eloína, no es fin de mundo. Sólo que los tiempos están cambiando. Más que en el año de la rata o en época de Mercurio retrógrado, pareciera que estamos viviendo tiempos de Géminis acelerado. Lapso en el que cada sujeto o sujeta social se muestra ante los demás con dos rostros absolutamente opuestos. Severos y rudos militantes comunistas de los sesenta del siglo pasado ya no tienen empacho en tener hoy un color distinto de cabello para cada mes del año. Finas y delicadas damas de sociedad de los tiempos de Maricastaña, han dejado de lado su característica sifrinería para asumir bruscas y rudas conductas que las acercan a los rústicos comportamientos de quienes en otro tiempo fueron su contraparte, los supuestos hombres recios y regañones.

Tenga paciencia entonces y no se asuste el día que sus hijos varones grandototes, criados con Nenerina y a fuerza de MacDonald’s, le confiesen que han comenzado a depilarse las piernas o a inyectarse esteroides para abrir paso a sus prominencias corporales. Tampoco si sus chiquillas le aseguran alguna vez que su estilista y "psiquiatra" favorito les ha aconsejado seguir un tratamiento infalible para ganar musculatura, ensanchar las espaldas y fortalecer los bíceps.

Sin decir nada de los movimientos desaforados que desde hace algunos años han clamado por la igualdad de los sexos. Sólo que, a juzgar por lo que está pasando, ya casi vamos siendo iguales pero distintos. Una paradoja. Ellas como nosotros, nosotros como ellas. Cambiar todo para que nada cambie.

martes, enero 08, 2008

Un metro de amor



Aunque cada vez que aparece alguna novedad, mostramos total reticencia hacia las nuevas tecnologías, ellas parecen ejercer una maléfica venganza posterior volviéndose imprescindibles, inevitables, ineludibles.

Por ejemplo, aunque no siempre fue parte de la cultura humana, es difícil imaginar el mundo sin electricidad. Hoy día tenemos la seguridad de que los bombillos y los electrodomésticos siempre estuvieron ahí, esperando por nosotros

Por perversiones y obsesiones relacionadas con la modernidad, muchos habitantes de este siglo XXI somos reacios imaginar la vida sin aditamentos tecnológicos como la televisión, el teléfono, el fax o la nevera. Ni hablar de la tecnología comunicacional contemporánea y sus vínculos ya inevitables con el computador, los ipods, los teléfonos celulares y los llamados pendrives. Aunque su edad es todavía la de un adolescente temprano, hay quien cree que el mundo sin Internet y sin el correo electrónico sería de un vacío existencial absoluto. De suicidio.

Retomo estas reflexiones cada vez que debo entrar en ese mundo misterioso y subterráneo que es el metro. Una vez adentro, pongo a rodar mis fabulaciones e imagino lo que sería nuestra cotidianidad urbana sin ese medio de transporte.

Por ejemplo, pocos saben lo que ese chorizo tubular significa en la vida de un peatón gozón. Y no tanto por aquello de llegar más temprano o más rápido o por la ventaja que ofrece de poder almorzar en casa.

Más que eso, para muchos habitantes de las ciudades modernas, el metro es un mundo de vagancias y extravagancias en los vagones. Una aventura diaria vinculada al amor y sus regodeos.

Durante eso que los venezolanos llamamos las horas pico, tiempo de abrumante y abundosa afluencia de pasajeros, los larguruchos vagones son para ciertos pasajeros el más barato y menos riesgoso mercado de amor citadino.

Muy tempranito, a eso de las seis y treinta de la mañana, puede usted ingresar en la lujuria de los túneles eróticos. Bañado, perfumado y planchadito para la ocasión.

Como si fuera un hábito ancestral, de siempre, se sumerge en una cascada de gente. Camina ligerito por unos pasillos en los que los cuerpos se desplazan, se medio tocan, se trastocan, se turban y se masacran a caricias anónimas. Sólo se escucha el ruido marcial de los tacones de quienes más adentro serán su “pareja colectiva”.

Taca taca taca.

Llega vuesa merced al andén y se dispone a entrar al vagón. Allí se inician los segundos coqueteos para el acto amoroso mañanero. Apenas se coloca entre la multitud que lucha por aproximarse a la raya amarilla, siente los segundos amapuches por todo su cuerpo.

Como para entrar en calor.

Pero el calor de verdad comienza al ingresar a empujones lentos al tren y tener que permanecer de pie. La situación lo obliga primero a levantar los brazos y agarrarse de lo primero que consiga, para no caerse. Una excusa muy bien pensada por los tecnólogos para incitarlo a quedar liberado o liberada de la cintura hacia abajo.

De pronto, sin anestesia, siente una mano furtiva que le roza el tren trasero (o el delantero). Busca con la vista en la multitud aglomerada dentro del vagón al autor o autora del escarceo y, como no adivina, casi se ve en la obligación de sonreír con pasión.

Después vendrán otros toques técnicos cuya intensidad será mayor durante las frenadas leves, antes de llegar a cada estación. Si su viaje es corto, digamos entre dos o tres estaciones, su rato de placer durará lo mismo que dura un gallo apurado cuando cumple con la gallina. Pero si va de un extremo a otro de la ciudad, requerirá de muchos aditivos afrodisíacos para aguantar el recorrido hasta el final.

Durante el viaje siente usted las durezas y flaquezas de los espacios aledaños. Oye como quejidos silenciosos las respiraciones cortadas de sus vecinos y vecinas y los jadeos dispersos de la contienda, que por cierto parece anónima porque nadie se da por enterado, aunque todos la viven. Cada cual prefiere mantener la mirada perdida.

Percibe además los sudores olorosos o los hedores sudorosos y nada puede hacer para evitarlo. Ni lo intenta. Como si fueran parte de su rutina, los ignora.

Usted ha aceptado las reglas desde el mismo momento en que entró en el juego de ese acto sexual comunitario y silencioso. ¿Qué remedio?. Si se le ocurre protestar, igual la murmullante rechifla de respuestas ante su queja será colectiva (“toma un taxi”, “cómprate un carro”, “vete en avioneta”, etc.). Lo cierto es usted sabe de sobra que, aun cuando entró fresquito y aromático, saldrá bien arrugado y menos perfumado, a veces oliendo a mono, o a santo, de acuerdo con los vecinos o vecinas que le hayan servido de pareja anónima.

Llega entonces a su destino y sale casi flotando de la inofensiva máquina del sexo que es el metro. Recuerda que venía para su trabajo y siente la sensación de haber tenido relaciones extramaritales con cientos de personas sin rostro a quienes no volverá a ver hasta el día siguiente, y sin los riesgos implícitos en el contacto directo. Una forma barata y muy práctica de evitar las contrariedades propias del amor libertino en estos tiempos. Una manera eficaz de “acopularse” sin los dolores de cabeza de los preservativos o los extraños aparatos. Un modo práctico y ligero de hacer el amor sin ir a la guerra y sin necesidad de ver la fisonomía ni los gestos de su pareja, porque casi siempre todo se lleva a cabo a sus espaldas.

O sea, en la urbana y cotidiana actividad de estos días el metro es un carro de amor, un termo-metro gratuito, sin riesgos, candente y anónimo que parece haber estado siempre allí, esperando por usted.

De manera que si usted es “peatón de a pie” y usa este medio de transporte, imagine lo triste y acongojada que sería su rutina de ir al trabajo si el mismo faltare en su vida. Aunque dentro de él lo estrujen y lo repujen. Así es la venganza de la tecnología.

miércoles, noviembre 14, 2007

¿Des-abastecimiento o des-ajuste?

Siempre he sospechado de aquellos sujetos y sujetas que utilizan el lenguaje para impresionar a los demás. A veces no saben ni siquiera lo que están diciendo, pero lo dicen abierta y públicamente. Sin anestesia. Quienes escuchamos nos quedamos ora impresionados, ora sospechosos, casi siempre patidifusos, a veces incluso imposibilitados de reaccionar. Se trata de ciertos profesionales a quienes les corresponde hacer de hablantes públicos, pero desconocen las normas implícitas en tal actitud comunicativa.

Un hablante público es una persona que habla para muchos, a veces sin saber exactamente quiénes son o serán los integrantes de su audiencia. Eso implica una responsabilidad que, si no se asume como lo que es, puede provocar efectos perversos. La gente suele aceptar y repetir, incluso sin estar conciente de ello, mucho de lo que escucha o lee de quienes desde importantes posiciones públicas hablan o escriben para grandes audiencias.

Aunque parezca demasiado pronto, dentro del contexto del comercio venezolano han comenzado las encuestas prenavideñas a los dueños de supermercados, en relación con las expectativas hacia lo que esperan del mes de diciembre. Nunca hemos escuchado o leído que algún comerciante tenga esperanzas positivas en torno a esto, pero esta vez la situación se pinta patética. Siempre en dichas encuestas hay reporte de escasas ganancias, cuando no de pérdidas, incluida la posibilidad de quiebra. No obstante, a toda hora, usted ve cada local repleto de gente.

Hay además un fenómeno muy particular al que en ese ambiente suele denominarse “ajuste de precios”. Motivado por la inminente llegada de un anunciadísimo proceso de reconversión monetaria, los precios han venido cambiando hacia arriba semana a semana. En el comercio nacional, nadie ha conocido jamás ajustes hacia abajo. Para un consumidor cualquiera, todo “ajuste” proveniente de la macroeconomía constituye sencillamente un desajuste de su microeconomía. Por el contrario, ajuste en términos de quien invierte para obtener ganancias exorbitantes significa no sacrificar en lo absoluto esos márgenes.

Me motiva esta duda el hecho de que, aparte de los ya inevitables ajustes pre-decembrinos, ahora complementados con los pre-reconversión, nos estamos acostumbrando en Venezuela a la ausencia de productos que no son precisamente alimentos de lujo. No es que no hay caviar o salmón ahumado. No es que se consigan ingredientes para preparar un fondue o unas codornices en sarcófago. La “escasez”, el “desabastecimiento” o el “acaparamiento” (todo depende de quien responda la encuesta) está muy cerca de nuestra necesaria alimentación cotidiana. En cuanto a la leche, se argumenta que ahora la culpa es de los chinos, nación que según parece ha decidido contratar todas las ubres del mundo entero, sin importarle que quede algo para el resto de los niños del universo. Parece más bien un cuento chino porque basta con viajar a otros países de la región y ver los anaqueles repletos.

No faltará el encuestado que dentro de poco salga a demostrarnos que la carencia de huevos es asunto de gallos y gallinas en huelga de sexos caídos o bajas en la libido de las ponedoras. En cuanto a las sardinas, se dirá que su ausencia en el mercado se relaciona con que los pescadores no reciben dólares para adquirir los “insumos” con que alimentan a los peces. Y, claro, no hay azúcar porque no hay caña y no hay “caña” porque escasea el güisqui. ¿Cuentos de camino?.

Lo curioso de esto es que la publicidad cotidiana, que no cesa, insiste en que comamos huevos, en que la leche es necesaria para el crecimiento y las sardinas son las mejores amigas del colesterol malo, al tiempo que la carencia de glucosa en el cuerpo, implica poca energía y, si no hay energía, pues no se podrá pasar del dicho al lecho.

El colmo de esta situación es que la conseja permanente de la calle es: ¡ Pssss!, ¡hey! ¡compren comiiiida!”.

Ley de la comunicación de la que al parecer se valen quienes quieren hacernos creer que, como en el mundo bizarro de las historietas de Superman, si todo funciona al revés, es posible que terminemos creyendo que es así por naturaleza. No hay, pero igual usted debe consumirlos.

miércoles, octubre 24, 2007

¿Se llamaría de verdad Rafael Bolívar Coronado?

“El lenguaje del llanero es uno de sus muchos detalles pintorescos. Y gentiles. En esto es marcadamente andaluz, sus exageraciones, sus embustes, su propensión a la burla y la guasa, delatan a leguas el abolengo de los vaqueros de las riberas del Guadalquivir”.

Esta cita corresponde a la segunda edición (1944) del libro El llanero (Estudio de Sociología Venezolana), publicado por primera vez en España (editorial América, volumen 24 ¿1918?), cuyo entusiasta propietario fuera el escritor, editor y diplomático venezolano Rufino Blanco Fombona. Dicho volumen aparece firmado por el escritor venezolano Daniel Mendoza.

La misma editorial “reeditó” un libro intitulado Letras españolas, primera mitad del siglo XIX (volumen 43), firmado por el ilustre académico venezolano Rafael María Baralt. El volumen 25 de la Biblioteca de Ciencias Políticas y Sociales corresponde a las Obras científicas de Agustín Codazzi.

En realidad, ninguno de los tres escritores referidos arriba era el autor verdadero (o al menos no el autor del contenido total) de los citados volúmenes. Detrás de cada autoría (re)conocida en esos libros y en muchos otros estaba la sombra (perversa para algunos, genial para otros) de quien ha sido a mi juicio uno de los más originales y menos (re)conocidos escritores de la literatura venezolana. Un hombre que, a lo mejor, sin proponérselo, desveló para nuestra historia literaria el misterio de la importancia de la literatura para la vida pública: si no eres nadie dentro del mundo literario, poco puedes hacer para ser visto como escritor. De ese modo, a través de esos mismos recursos de lenguaje con que caracteriza al llanero venezolano ( con “sus exageraciones, sus embustes, su propensión a la burla y la guasa”), el verdadero autor de tales volúmenes pondría en tela de juicio la noción del escritor que desahoga su ego a través de la literatura. Y lo haría mediante la parodia de proponerse a sí mismo como el único escritor venezolano “con más de seiscientos nombres”. Así lo ha bautizado Rafael Ramón Castellanos en su libro sobre este curioso personaje, publicado en 1993.

Treinta y nueve años de “ruidosa” vida fueron entonces suficientes para que Rafael Bolívar Coronado (1884-1924) ocupara el espacio escritural de 656 heterónimos o seudónimos.

En honor a la verdad, aparte de habérsele reconocido después de muchos años su autoría de la letra de lo que popularmente se conoce como nuestro segundo Himno Nacional, el joropo Alma Llanera (parte de la zarzuela del mismo nombre, con música de Pedro Elías Gutiérrez, pieza musical consagrada por la sabiduría popular para despedir a los últimos borrachos de las fiestas), nuestra canónica y siempre cuidadosa y conservadora crítica literaria ha soslayado su nombre. Lo ha mostrado más bien como un farsante o timador de identidades, baluarte venezolano de la literatura apócrifa. No es entonces un escritor conocido por la vía de lo que sí podemos suponer como obras propias (Corazón. Memorias de una niña rubia, 1918; Memorias de un semibárbaro, 1919) sino como el primer burlista de algunos de nuestros más connotados hombres públicos de la letras. Y esta actitud rebasa a mi juicio los límites de la guasa y la charlatanería, porque implica una severa crítica al establisment político de su momento y sus particulares maneras de consagrar a los escritores a través de la adulancia, cuando no de los cargos diplomáticos, hábito muy común durante la dictadura de Juan Vicente Gómez, durante la cual le correspondió actuar.

Apreciemos su justificación ante tal actitud: “Como yo no tengo nombre en la República de las Letras, he tenido que usar el de los consagrados, porque yo no puedo darme el lujo de que me salgan telarañas en las muelas”. Es decir, o escribo con pomposos nombres ajenos o me muero de hambre. Y para corroborar tan sencillo argumento, asumió para sí la función de ficcionauta recurrente; sujeto social que vive por, para y dentro de la ficción. Una maravilla, pues.

Espíritu absoluto de rebeldía, luego de obtener un poco relevante premio literario local, Bolívar Coronado se marcha a España estimulado por el gobierno del dictador y, una vez allí, lo primero que hace es volverse opositor del régimen y aliarse con el sindicalismo de la izquierda española. No obstante, para sobrevivir económicamente, debe valerse de sus dotes de escritor y es cuando, aupado por la editorial América inicia su mejor etapa de farsa para comenzar a escribir con nombres prestados. Sus escritos calzarán entonces la firma de múltiples autores, algunos vivos, otros fallecidos, muchos inventados, inexistentes. Valga mencionar sólo otros de los tantos nombres públicos locales de que se valió: Andrés Bello, Francisco Lago Martí(sic), Enrique Soublette, J.A. Pérez Bonalde, Jacinto Gutiérrez Coll, Joaquín Antonio Crespo, Juan Santaella, Juan Vicente Gómez, Pío Gil, José Antonio Calcaño, Arturo Uslar Pietri.

A su propio editor, Rufino Blanco Fombona, lo parodió mediante diversos apelativos como Fomborino Blanco Rufián, Rabino Fombo Blancona, Rufino Mata Blanconi, Rufino Negro Assesin, Ventura Blanco Fombona. Por cierto, se cuenta que Blanco Fombona anduvo en busca del plagiario con intenciones de enviarlo a apropiarse de nombres de escritores del otro mundo. Afortunadamente nunca lo localizó. Y esto sin decir nada de los nombres de escritores extranjeros con que también se cubrió (Cervantes, Unamuno, Sor Juana Inés, Ricardo Palma, Amado Nervo…). O del modo como parodió al cónsul venezolano en Barcelona, adulante de Juan Vicente Gómez, Alberto Urbaneja, quien lo persiguió incansablemente y acusó de conspirador ante las autoridades españolas de la época (Urbano Cabroneja, Alberto Mierdaneja, Alberto Cabroneja).

Fuera del campo literario, Bolívar Coronado aportó unas apócrifas crónicas sobre la conquista y colonización de América y las atribuyó a heterónimos como Juan de Ocampo, Mateo Motalvo de Jarana y F. Salcedo Ordóñez.

Sus parodias autorales fueron tan ajustadas que logró incluso que “sus obras” fueran referenciadas por importantes investigadores posteriores, hecho que conduce a la conversión de la ficción en verdad pública. Así, Bolívar Coronado hizo gala de su sátira total hacia la institucionalidad literaria. Pero su arremetida no sólo iba dirigida a los escritores de cuyos nombres se apropió, también los editores estaban en su mira: “Ellos necesitaban nombres famosos: yo necesitaba trabajar para salir de apuros que comenzaban a hacerse también famosos”.

En las bibliotecas españolas todavía pueden consultarse “sus obras”; en el universo de la literatura venezolana todavía hace falta fijarse no sólo en su capacidad para la apropiación de nombres ajenos sino también para estudiar su inmersión desenfadada en la fantasía, la burla y la farsa con que asumió el rol utilitario de la literatura. Todo con el fin de sobrevivir dentro de un universo en el que un escritor ignorado, desconocido y genial, un autor que no ejerció ningún cargo en la administración pública ni fue un político relevante, igual ocupó los puestos de muchos otros a quienes parodió.

Rafael Bolívar Coronado es entonces un nombre para recordar en estos tiempos en que la red ha puesto en juego las vanidades egocéntricas propias de la autoría individual y el celo indiscutible y desbocado de muchos autores para que sus nombres se vuelvan famosos y brillen. Un auténtico y genial escritor de ficción que bien merece una duda melódica. Hoy ni siquiera estamos seguros de que su nombre verdadero fuera Rafael Bolívar Coronado.

sábado, septiembre 29, 2007

Felipe Pirela, BOLERISTA DEL UNIVERSO








Muchos de mis amigos más cercanos saben que soy adicto convicto y confeso a la música de rocola, que no tengo vergüenza al expresar mis gustos por lo popular (el lenguaje, la música, la cultura en general) ni por esos cantantes que sin mucho esfuerzo aparente se van volviendo parte de nuestra vida. Con ellos vivimos, padecemos, soñamos y pensamos el mundo. Y si alguien me forzara a escribir tres nombres venezolanos ineludibles en ese inventario, pues respondería sin ambages que son FELIPE PIRELA (en el más alto pedestal del podio), ALFREDO SADEL Y LILA MORILLO. Palurdeces o aberraciones de clase de las que no he podido desprenderme, pero que además proclamo con orgullo. En el caso de la música, soy rocolero obsesivo compulsivo ¿y qué?.



Hoy confieso que admiro mucho más a Felipe Pirela, que me he metido en su vida y he rememorado los tiempos en que aspiraba a escribir una novela o un cuento que lo fijara definitivamente en la memoria de este país. Que le dijera a otros de lo que se han perdido quienes no lo han escuchado o no se han familiarizado con los boleros que consagró esa voz mágica, maravillosa, misteriosa, envolvente, única. Gracias Felipe.



También he creído siempre que, como a los escritores, a cada cantante popular que ha sido marginado por sus propios congéneres, le llega su sábado. Y al menos yo creo que estamos disfrutando hoy la plena hora de Pirela. Gracias Luis Ugueto, aunque no nos conocemos, creo que la admiración por “Pipito” (como le decían familiarmente a Pirela) nos acerca.



Aterrizo entonces con esta duda melódica para manifestar, sin importarme si resulto cursi, estrambótico o hiperbólico, la plena satisfacción y contentura que he respirado desde que (en agosto pasado) comencé a leer el libro “Lo que es la vida” Felipe Pirela (Caracas: El perro y la rana, 2006). Me lo obsequió mi entrañable amigo y compañero de andanzas Cigilberto Ramírez, auténtico y muy sincero cultor de (y por) lo venezolano. Y desde que lo hizo, no hemos hecho más que comentar a nuestros amigos el acierto fabuloso de su joven autor, Luis Ugueto, a quien tenemos que agradecer las 319 páginas sin desperdicio ninguno en las que, a partir de una incuestionable y amplísima investigación documental, nos muestra completa, sin fisuras, sin complejos, sin compromisos, con altos y bajos, la vida de “El bolerista de América”.



El autor del libro se ha metido de verdad en la trayectoria vital de este innegable ídolo nuestro (nacido en Maracaibo, en 1941, y lamentablemente asesinado por una oscura y, a mi juicio, todavía misteriosa mano, en Puerto Rico, 1972). Ugueto ha colocado a Felipe en el justo sitial de gloria que como héroe musical nuestro le corresponde. El libro despierta inquietudes, gratifica, incita a la curiosidad. La manera como presenta la secuencia de entrevistas realizadas a diversos personajes que conocieron de cerca a Pirela le otorga a su escritura una atmósfera de narración majestuosa de la que se hace difícil desprenderse.



Y si a eso se le suma la profusa y muy bien hilvanada documentación de prensa, pues nada, el libro se vuelve una fuente inagotable de presencias de Felipe. Su veloz y muy exitosa carrera como cantante se nos confunde con una vida accidentada, marcada por la envidia y cierto egoísmo de un contexto en el que marcó pauta frente a otros grandes cantantes, signada por la fatalidad de un matrimonio a todas luces infeliz, impregnada por múltiples desprecios y agravios sufridos dentro del patio, salpicada de algunas actitudes sospechosas en el entorno del cantante, y también, claro, de voces y presencias amigas que contribuyeron a su éxito. Aparte de aludir a las preocupaciones recurrentes por el destino de su hija Lennis Beatriz Pirela (en la foto, con el autor del libro), de sus hermanos y de su madre coraje, doña Lucía Morón González, desde siempre confiada en la voz privilegiada del hijo.



Pero Ugueto no ha escrito sólo la vida de un cantante al que admiramos y hacemos más nuestro en la medida en que vamos avanzando en los capítulos del libro. Ha mostrado además la aureola de falsedades, las pequeñeces de algunas personas de nuestro ambiente musical y político, ha desvelado algunos entretelones del mundillo venezolano d ela farándula, cuando no una radiografía de traiciones, zancadillas y ratapeludeces emanadas del entorno. Y, sobre todo, ha consagrado para las futuras generaciones, la figura majestuosa, imponente, de nuestro mejor bolerista, requeteadmirado e idolotrado en otras latitudes (Puerto Rico, México, Colombia, por ejemplo) pero, vaya paradoja, no pocas veces dejado de lado hasta ahora entre nosotros. Gracias, Luis Ugueto, con investigaciones obsesivas e impecables como la suya, se contribuye de verdad a configurar una imagen realista, sin tapujos, del país que hemos sido, somos y podremos ser.



Lo que es la vida, mi admirado Felipe, qué maravilla que entre nosotros haya comenzado a llegar por fin tu sábado. No me cansaré de repetir y reiterar mi agradecimiento por ese sendero hacia la ruta vivencial de ese héroe musical en el que logra sumergirnos el libro. De ahora en adelante habremos de llamarlo a grito sostenido y con orgullo sincero El BOLERISTA DEL UNIVERSO.


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Nota: La fotografía inserta en esta duda procede del blog del autor del libro (http://elboleristadeamerica.blogspot.com/). La dirección he localizado a través de la publicación de una entrevista en el semanario Todos adentro. Caracas, 28 de julio de 2007, p.7.



jueves, agosto 16, 2007

Torturas aeroportuarias del siglo XXI

Viajar por avión en estos tiempos se ha convertido en un verdadero martirio porque, al parecer, algunas tipologías de pasajeros nos hemos vuelto sospechosos de cualquier cosa, sin saberlo.

Día a día salen nuevas normas impuestas desde los centros corporativos donde se gerencian las supuestas medidas de seguridad de la aviación comercial.

Así, para algunas personas, cada vez se vuelve más incómodo atravesar las entradas de los aeropuertos. Sobre todo, si tienen aspecto de indígena, piel de color o facha de árabe en fuga. En promedio, las medidas van desde quitarte los zapatos, el reloj, el cinturón, los abrigos, y cuanta prenda de vestir pueda generar resquemor en alguno de los (generalmente) poco amables funcionarios de seguridad. Y como si eso no fuera suficiente, después de la desvestida inicial y del escaneo total del equipaje, te confronta un señor o señora que con rostro bastante duro y actitud de mandón te conmina a ponerte “manos arriba” (como en las series de televisión) y rastrea todo tu cuerpo con un aparatito de forma fálica que más bien parece haber sido elaborado para probar el umbral de tus cosquillas.

Viene luego el susto mayor. Algún policía ubicado justamente a la entrada de esa especie de chorizo acordeonado que conduce hacia la nave te pasa de nuevo las manos por todo el cuerpo y, dependiendo de su “intuición”, te obliga o no a acudir a una solitaria habitación en la que te conmina a desvestirte de nuevo totalmente.

No obstante, cuando crees que han concluido todas las sobadas y humillaciones posibles, aparece de nuevo el fantasma de la requisa en el momento de llegar a tu aeropuerto de destino. Pareciera que a todos los funcionarios de inmigración se les ha educado para que sospechen que acudes a otro país con la finalidad de convertirte en inmigrante ilegal. De modo que nunca falta el largo cuestionario que debes responder, en el que incluso hemos vivido la fantasía de que se nos inquiera si alguno de nuestros abuelos habla o hablaba inglés o, en el caso de llegar a algún aeródromo antillano, si sabes donde quedan en Caracas las esquinas de Madrices y Sociedad. A veces me ha provocado gritarles a tan particulares gendarmes que vivo en un país de donde no deseo marcharme y que jamás me ha tentado la marruqueñería de ser tildado de extranjero en otro lugar o de creer ingenuamente en la presunta felicidad total que se logra en ciertas “naciones desarrolladas”.

Algún misterioso decreto ha dejado muy claro que cualquier objeto que portes durante el vuelo puede convertirse en una peligrosa arma para someter a la tripulación. De allí la nueva modalidad según la cual no puedes llevar contigo pasta dental, desodorantes en crema o gel, jabón, afeitadoras de cualquier naturaleza ni ningún tipo de líquidos. Uno se imagina a algún humilde pasajero amenazando con saña al piloto mientras le coloca en frente una pasta de jabón al tiempo que le indica: ¡Si no desvías el avión, te obligaré a bañarte durante una semana completa!. O agarrando a la azafata y apuntándole con el envase de desodorante: ¡O te lo pones en tus axilas o me bajo del avión!.

La última novedad que acabo de vivir en ese ambiente de zozobra que me ha convertido en candidato a sospechoso la acabo de padecer en el aeropuerto de Lima. Primero, porque, según los funcionarios de Alan García, durante el paso por las casetas donde con máquinas y manos te revisan hasta el codo, los viajeros no pueden portar botellines de agua para calmar su sed, aunque curiosamente sí pueden comprarla bien costosa cuando están dentro.

Pero esta vez ha habido una guinda que corona el pastel, la excusa perfecta para esta duda melódica de tiempos vacacionales.

Tanto mi esposa como yo llevábamos sendos frascos de perfume en nuestros respectivos equipajes de mano. Pues, les cuento que un policía macho masculino, cruce de quechua originario con entonación argentina porteña, decomisó el mío, pero no el de ella y me indicó que para poder pasarlo debía transportarlo en una “bolsa de ziploc”. Para quienes no lo saben, Ziploc es una de las marcas de esas bolsitas que tienen una especie de cierre hermético que puedes abrir de manera muy fácil. Por eso nunca comprendí la razón por la cual el portar un perfume deja de ser sospechoso si lo llevas metido en un empaque de esa naturaleza. Ni tampoco por qué la bolsa debe ser de esa marca. Asuntos del capitalismo y los tratados comerciales, supongo. Pero viviré toda la vida con esos enigmas porque nadie supo ofrecerme razones valederas.

Y por supuesto que tampoco sabré jamás por qué la regla aplica al perfume masculino y no al femenino. A menos que dependa del sexo del guardia que revise tu equipaje.

No he dicho que (con mucho orgullo) tengo rasgos indígenas que heredé de mi madre, mi abuela, mi bisabuela y mi tatarabuela timoto-cuica. Y, al parecer, ello me convierte en sospechoso recurrente para cualquier tombo del mundo universo. Pero igualmente, también heredé de dicha etnia el arte de insistir mentalmente en reiterados deseos para alguien que (de cualquier manera) nos ha ofendido o maltratado. Por eso mismo, desde mi regreso he estado imaginando la escena de un policía peruano que se pone mi perfume antes de salir a ver a su novia y aquello le ocasiona una picazón alérgica que no le dejará vivir en paz durante varios días. Sin saber por qué, se le formarán unos inmensos rosetones y llagas que le harán recordar mi porte de timoto-cuica sonriente. Que así sea.

jueves, julio 19, 2007

Dietas posmodernas o como ser un cadáver light

De mi época de adolescente recuerdo muy bien los antojos de mi tía Eloína por tomarse diariamente un medicamento que se denominaba Dianobol o algo parecido. Por supuesto que a esa edad muy poco me interesaban los componentes de aquello, pero sí me llamaba la atención la rígida disciplina con que mi parienta se engullía aquella mínima pildorita blanca. Por otra parte, ella no se conformaba con seguir sola aquel tratamiento automedicado por la sabiduría popular, sino que lo ofrecía también a sus dos más jóvenes hijas expósitas.

Desde mi actitud de buscarle respuesta a aquel misterio, y desde mis deseos de inmiscuirme en lo que no me concernía (pero me llamaba la atención porque si algo he sido en mi vida es investigador policial frustrado), elaboré algunas hipótesis relacionadas con el propósito de tal hábito. Lo primero que pensé fue que podría tratarse de un anticonceptivo. Asunto que descarté muy rápidamente. Y lo descarté porque a los pocos días escuché comentar a Eloína que ella tenía “matriz infantil”, lo que desde siempre le había impedido concebir hijos. De allí que sólo tuviera "descendientes" adoptivos o expósitos. Y de allí también que no precisara de anticonceptivos para coyuntarse con sus maridos de turno.

Mi segunda hipótesis giró entonces en torno a la posibilidad de que el medicamento de marras sirviera para embellecer a las mujeres, porque sólo las damas del pueblo lo consumían religiosamente. Hasta que constaté que había algunas vecinas cuya fisonomía poco agraciada no mejoraba para nada por muchas tabletas que hubieren ingerido.

Un día escuché sin querer una amena conversación entre las expósitas y unas amigas. Descubrí por fin que el objetivo de las pildoritas era lograr unos quilitos que las pusieran a tono con el ideal de cuerpo vigente para la época. Tiempos en que ser flacuchento-a era motivo para muchos comentarios despectivos. Si lucías delgado, lo primero que pensaban y murmullaban los desocupados del pueblo (por cierto, casi todos sus habitantes) era que padecías alguna enfermedad incurable o, en el caso más benigno, que estabas pasando el hambre hereje. Flaco o flaca eran entonces sinónimos de “pobre”, casi de “indigente”. He allí la razón para que las damas quisieran entonces ser un poco más gorditas de lo que eran. Los hombres desconfiaban de las chicas “palilludas” o “garranchos” –como las llamábamos- y en consecuencia todas las féminas aspiraban a que sus carnes demostraran que económicamente estaban en la buena y, en consecuencia, físicamente, estaban además bien buenas.

Y lo comento en la duda de hoy porque ahora, en estos tiempos de “capitalismo salvaje”, de estimulación casi desenfrenada del consumo, las cosas cambian tan rápido que todos dependemos del modo como los grandes fabricantes decidan movilizar ese fenómeno que los “terconomistas” llaman mercado. Si bien ser flaco era en aquellos tiempos un pecado de lesa humanidad que denunciaba tu condición de “pelabolas” o de “desahuciado”, pues en esta época la flacura voluntaria es aspiración de una catorcera de habitantes del planeta. Y nótese que he escrito “flacura voluntaria” porque hay otro tipo de delgadez originada por el hambre involuntaria que nadie quiere para sí ni desea para sus semejantes. La gente quiere tener bajo peso porque ahora el pecado es ser (o parecer gordo). Se cuentan por miles las personas que, más allá de reales padecimientos o de razones médicas obligantes, quieren ser “palilludas” para sentirse bien consigo mismas y para ser bien miradas por los demás.

Así, la moda actual es tomar medicamentos para rebajar, o simplemente no comer.

Se dice, por ejemplo, que hay unas tabletas que deben consumir quienes padecen de elevados niveles de glicemia en la sangre. Pues no se consiguen en el mercado porque algún laboratorio descubrió que además adelgazan y entonces se han convertido en la dieta preferida de una multitud de muchachitas que quieren seguir siendo “garranchos” a cualquier costo.

Nada digo de la ya archiconocida costumbre de alimentarse como un marrano o marrana para luego regocijarse en vomitar lo consumido. Ni de las personas que pasan las veinticuatro horas del día con apenas una zanahoria o un plato de repollo hervido.

Porque en este extraño universo bizarro en el que vivimos, las ideas y algunos postulados “científicos” parecen cambiar de acuerdo con los intereses de la oferta y la demanda. Un día las bebidas alcohólicas son malas para la salud, pero al siguiente aparece el reporte de alguna institución cuyos investigadores han concluido con sus experimentos que beber es bueno para mejorar la hipertensión y que los pueblos con más alto promedio de consumo anual de cerveza, vino, ron o vodka, pues han alcanzado unas mayores expectativas de vida.

Igual pasa con otros productos. Primero “se demostró”, por ejemplo, que el azúcar refinada era lo mejor para la salud, ahora no hay dieta en la que no se nos indique que el azúcar es más sana mientras menos haya sido sometida a procesos de refinación industrial. Y en cuanto a los edulcorantes químicos, te hacen permanecer delgado o delgada, pero por otra parte se dice que desencadenan procesos cancerígenos. La promesa subyacente es que serás un cadáver delgado. No es poco.

El resultado de estos cambios relacionados con las bondades y daños de la alimentación y las dietas cargan de cabeza a la gente y no han hecho más que generar un total descocamiento en todos y todas. De allí que haya personas que quieren aumentarse algunas partes del cuerpo, pero, paradójicamente, igual añoran rebajarse otras. Si usted come tomate, pues seguramente será muy bueno para combatir los radicales libres, aunque malísimo para el ácido úrico. La leche proporciona calcio para las damas menopáusicas pero igual les puede aportar piedras en los riñones. El vino es bueno para la salud, mas sus taninos pueden dejarlo o dejarla estéril. No podemos vivir sin consumir hidratos de carbono, sin embargo, no faltan quienes insistan en que se convierten en azúcar y luego en grasa y la grasa es mala compañera del sistema venoso. No coma carne, le indica su nutricionista, consuma pescado (aunque se puede contaminar con mercurio) o pollo (que transmite unas hormonas que pueden estimularlo a cambiar de sexo).

Locos, orates, descocados, todos estamos desquiciados, a punto de tirar la toalla.

Aparte de que ahora todo alimento (¡hasta la sal!) tiene su versión light, la consigna posmoderna preferida es “ser gordo o gorda es malo”, sobre todo si se lo dice a usted un médico barrigón y fumador que pesa 150 kilos, y quien, sin miramientos, le asigna a sus pacientes una dieta en la que deben obviar las carnes, las pastas, las harinas, los granos, los lácteos, los cítricos, los vegetales, las bebidas alcohólicas.... O sea, coma piedras light y sea “vivo”, sálvese muriéndose de inanición.