viernes, mayo 01, 2015

El inquieto (ana)cobero*



El muy admirado escritor venezolano Salvador Garmendia publicó en 1975 un cuento magistral titulado El inquieto anacobero, cuyo único aparente pecado enjuiciable era contener algunas de esas palabrejas que los lingüistas pudorosos llaman «voces malsonantes». Español sucio o groserías  les dicen los más pudibundos. Con base en ese supuesto vocabulario soez utilizado en el cuento,  un tal Bloque de Prensa Venezolano incoó contra el autor una absurda demanda, fundamentada en la supuesta ofensa al  pudor y la moral de la época. Historias similares se han repetido centenares de veces en todo el mundo. No podíamos quedarnos atrás en Venezuela, donde, además, no era la primera vez que una obra resultaba censurada por una legión de castos y santos señores de esos que no orinan por donde la mayoría de la gente lo hace.

 En el pequeño y particular mundo de nuestra literatura, se rumoraba en esos días que, naturalmente, algo más habría de existir detrás de aquel reclamo. Quizás el ataque subyacente al perezjimenismo que contiene el relato. Tal vez el haber tocado un tema referido a cierta élite militar de la dictadura y sus patológicas aficiones burdelescas. Mientras acuden al velorio de un colega de farras y barras, dos amigos rememoran la época nocturna y truculenta de los cincuenta del siglo pasado. Aparte de algunas escenas con prostitutas y putañeros, un General gatillo alegre y la imagen subyacente del excéntrico cobero y anacobero Daniel Santos, no hay propiamente escatologías en el cuento, más allá de comodines lingüísticos tan desgastados como «vaina», «coño», «cojonuda», «comemierda», «jodiera» y alguna otra. Nada que ameritara santiguarse.

 Siempre me quedé con la duda acerca de qué podría haber detrás de la demanda a un escritor tan buena gente, inofensivo y grato como Salvador Garmendia. Era obvio que aquello le hiciera al relato mucha publicidad y ―como suele ocurrir con buena parte de las obras censuradas y bien escritas― lo convirtiera en lo que el texto es hoy: un clásico de la cuentística venezolana.


Es virtud de los textos clásicos reaparecer y seguir conmoviéndonos. Y justo ahora, en estos meses de marzo y abril de 2015, el cuento de Salvador ha resucitado de nuevo para sus lectores y admiradores. Hemos vuelto a evocarlo y releerlo a raíz del montaje teatral denominado precisamente El inquieto anacobero. De la mano y pluma de Federico Pacanins (quien, entre otras cosas, adaptó el cuento y dirige la obra) y Magdalena Frómeta (productora general), la imagen de Daniel Doroteo de los Santos Betancourt —ese era el nombre completo del cantante, rememorado mil veces en el relato de Garmendia— hemos asistido a una representación de lujo. Impecable. Según mi tía Eloína,  si de verdad «recordar es vivir», pieza con que concluye la obra teatral, lo único que quizás choca un poco contra nuestros recuerdos (en la obra, no en el relato) es escuchar a una fabulosa bolerista de otros tiempos —Mirna Ríos— interpretando con notorio esfuerzo vocal el bolero «Amémonos», otrora emblema y casi marca de su excelente repertorio juvenil. Afortunadamente, tratándose de un escenario botiquinero en el que necesariamente hay que libar y libar, también escuchamos en la obra la interpretación  coral de otra conocida canción que al final nos sirve para justificar cualquier involuntario desliz: «Borracho no vale». 

*Originalmente publicado en www.contrapunto.com (27 de marzo de 2015)
Fotografía: Salvador Garmendia (Google images)

ACCESO A MI PÁGINA PERSONAL, CLIC AQUÍ

ENVIDIABLE CERVANTIADA*




Se dice que el Quijote es la obra literaria española más citada, leída, traducida y plagiada. Suele argumentarse  que apenas compite con la Biblia y que a veces se duda sobre cuál de esos dos libros ha sido traducido a más lenguas.  Lo que podemos asegurar es  que, después de más de cuatrocientos años de haber sido publicada, se trata de la novela más revolucionaria de nuestro idioma. No ha habido otra porque allí están todos los recursos pasados, presentes y futuros de la narrativa de ficción.  
Todo esto viene a cuento hoy porque está circulando la noticia según la cual un equipo de investigadores ha logrado encontrar en Madrid los restos óseos de Miguel de Cervantes Saavedra, justamente el autor de El Quijote.

No sabemos qué sería mejor: que siguiera dicha osamenta en el misterio o que realmente la hayan encontrado, mezclada con otra porción de huesos en la que, según los antropólogos y forenses, estarían los de Cervantes, pero realmente no están, dado que se hace difícil precisar cuáles eran realmente los suyos y cuáles pertenecían a las otras quince personas que, por varios siglos, han compartido la misma cripta en los recovecos túmbicos del convento de Las Trinitarias Descalzas. No habrá posibilidad de hacer estudios de ADN para verificar el hallazgo, debido a que —aunque mi tía Eloína lo dude— se presume que el autor no tuvo descendencia y apenas  se tiene conocimiento de una hermana suya cuyos despojos  descansan también  en un osario común de Alcalá de Henares. Una historia como para aquel médico de los muertos, protagonista de un  cuento del venezolano  Julio Garmendia.

Es decir, después de unos diez meses de excavaciones, podemos inferir que quedamos en las mismas. Se afirma que son los huesos de Cervantes, aunque no necesariamente. Podrían ser, sin embargo, no sabemos. Quizás sí, pero…  Según el informe, con Cervantes y su esposa (Catalina de Salazar) han cohabitado bajo tierra las osamentas de otros adultos: cuatro de ellos hombres, dos mujeres «y otros dos de sexo indeterminado»,  más cinco niños. Vaya usted a saber lo que era sexo indeterminado en el siglo XVI.

 En conclusión, nada en concreto, luego de haber gastado más de 130.000 lechugas imperialistas en la búsqueda. Queda además la duda melódica de si se podrán exhibir en algún museo para turistas necrófilos, porque cómo saber cuáles eran realmente los suyos a fin de poder decir que los hemos visto.


En consonancia con lo literario y la ficción, la historia semeja un capítulo más de El Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Casi una broma futurista digna de su eterno compañero Sancho Panza. Digamos, un sanchopanzazo. Una ironía de la ciencia en la que la ficción novelesca sigue imperando. Se me hace que es una venganza pensada de antemano por el mismo autor, para que no sigamos repitiendo aquella expresión tan de moda en nuestros recintos universitarios de finales de los sesenta del siglo pasado: «Cervantes, camarada, tu muerte será vengada». Para estar a tono con el hallazgo, habremos de cambiarla por «Cervantes, camarada, tus huesos serán otra quijotada ». Quizás otra envidiable cervantiada. Así son los escritores verdaderos: bromistas hasta la eternidad, incluso hasta varios siglos después de muertos. Vale por don Miguel.

*Originalmente publicado en www.contrapunto.com (22 de marzo de 2015)
Fotografía: Google images (Fernando Rey (Don Quijote) y Alfredo Landa (Sancho Panza) en una producción de RTVE)

ACCESO A MI PÁGINA PERSONAL, CLIC AQUÍ

COSTUMBRISMO DEL SIGLO XXI*



Imagino la curiosidad que habrán de despertar dentro de unos cien años las evidencias gráficas y sonoras de la Venezuela de este incierto y angustiante tiempo venezolano. Biznietos y tataranietos se preguntarán sobre las razones por las que las agencias de viajes se convirtieron en gestoras de compras. Algunas de ellas cambiaron de ramo para programar tours nacionales en los que no hay visitas a museos, iglesias, o monumentos, sino a redes de supermercados en los que, si hay suerte, podría conseguirse algún producto básico.

 Inquieta adivinar en estos días lo que pasará por las mentes de nuestros descendientes al ver archivos de Whatsapp como los siguientes: Mi cajera confidente informa habrá azúcar mañana 12m. Corresponde hacer la fila a mamá. Fingir cojera severa.  Llevar bastón, cédula y huella digital chimbeadas.

Apreciarán la estampa costumbrista de cadenas de motorizados bachaqueros que, amparados por la anonimia de sus cascos negros, circulan por la ciudad con una oreja en el tráfico y otra en el manos libres del teléfono, pendientes de cuál habrá de ser la ruta de ese día para proveerse de los insumos que deben hacer llegar a los buhoneros, personajes  convertidos en los conversos robinjudes de la actualidad. Conversos porque, si bien Robin Hood quitaba a los pudientes para proveer a los menesterosos, en este caso, buena parte de tales héroes modernos acaparan productos para venderlos a sus propios congéneres a precios impensables.

Ni qué decir de la necesidad que tenemos hoy de portar rutinariamente una sombrilla, ropa adecuada, un botellín de agua (de chorro, de la otra no hay) y algunos medicamentos antiestrés, debido a que —aunque salimos de casa con algún rumbo predeterminado—, nunca sabemos dónde recalaremos realmente. Podría atravesarse en nuestro camino la sorpresa de que han llegado los pañales a algún establecimiento situado justo en algún punto de nuestra ruta:

—¿Viste lo que lleva ese viejito en las bolsas? ¡corre pallá, coño!

Puesto que, según los dueños de algunos supermercados, es delito de lesa patria fotografiar anaqueles vacíos o superpoblados de cualquier cosa (menos de las que realmente requerimos),  mi tía Eloína se ha dedicado a grabar las conversaciones que a diario pueden escucharse mientras «acampamos» en algún local, a la espera de cualquier vaina que a los gerentes se les ocurra sacar a subasta ese día. Ante la presencia de los agentes del orden (que por lo visto ahora solo cuidan establecimientos comerciales), sea por temor o por resignación, pocos ciudadanos, se atreven a quejarse de la situación. Más bien se dan a contar chistes o charlar sobre lo barata que estuvo la costilla de res de la semana pasada, aunque para obtenerla tuviéramos que consumir más calorías de las que logramos con lo adquirido.

En cuanto a las unidades de tiempo que utilizamos en esta época, quedará testimonio de que ya no son ni los días, ni las horas, ni los meses o años. Seguramente se pensará en el futuro en un desvarío colectivo. Porque nomás ver a algún conocido, llamarlo o escribirle un correo electrónico, lo primero que se nos ocurre son ciertas modalidades de saludo que ya se van volviendo hábitos:
            ¡Qué de colas que no nos veíamos!
            —Dentro de tres visitas al súper será mi cumple.

—¡Hace cinco filas que no consigo papel para el codo!

*Originalmente publicado en el diario digital www.contrapunto.com (15 de marzo de 2015)
Fotografía de Nelson González Leal

ACCESO A MI PÁGINA PERSONAL, CLIC AQUÍ

sábado, abril 18, 2015

LAPIDARIO VOCABULARIO


Mi tía Eloína anda como plancha de (Fondo) Chino. Aquella tranquila dama de hierro a la que antes  todo le resbalaba se ha convertido  en desesperada, furiosa  e injuriosa pleitista. Les atribuye la culpa a algunos noticieros de la tele y la radio, cuando no a la prensa escrita o a los políticos y otros declarantes, por tantos barbarismos y barbaridades que, según ella, proliferan en el lenguaje de este tiempo.

—No es purismo —argumenta—,  pero a veces  provoca inventar un purificador que ayude a filtrar los deslengües contemporáneos.

Algunos políticos, locutores, periodistas y funcionarios no entienden que, cuando se declara a la prensa, no se está charlando ni con los hijos ni la esposa o la concu. Ignoran que cualquier cosa que digan puede ser utilizada en su contra. Deben entender además que hay miles de personas escuchándolos o leyéndolos y que hay que tener cuidado con cada palabra.  Por eso deben cuidarse de patear el idioma como si este fuera un exánime balón de fútbol. Es cierto que nadie, por muy ducho que se crea, está exento de cometer algún dislate ocasional, pero hacerlo recurrentemente puede resultar pernicioso. No se quejen después de que el humorismo haga fiesta con sus inconsistentes peroratas.

En una emisora radial hemos escuchado decir a un lector de noticias que en sociedades como  las de Somalia, Irán y Nigeria «dilapidan» a las mujeres acusadas de ciertos delitos. También, según el mismo señor, en pleno siglo XXI son «dilapidadas» algunas féminas en alguna zona de la isla de Sumatra (Indonesia). ¡La Sutra!, provoca responderle cuando uno escucha tal desaguisado. Y no entiende nadie que en esos lugares haya tantas damiselas como para ser  «dilapidadas», igual que si fuera petróleo venezolano. Lo que se quiere decir es que las lapidan: una vez injustamente condenadas, a veces por creencias estrictamente machistas, los integrantes de una especie de público de galería (como el de los programas televisivos de concursos) comienza a apedrearlas hasta matarlas. Como se ve, muy distinto es lapidar personas que dilapidar palabras.

También es frecuente que en los reportes semanales de asesinatos se hable de un «cadáver sin signos vitales». ¿Cómo carrizo va a tener signos vitales un cadáver yerto y muerto?, se pregunta mi parienta. Y yo le agrego que alguna vez leí una noticia en el que se hablaba de haber encontrado en un basurero varios «condones umbilicales». Mi imaginación voló para pensar inmediatamente en preservativos para el ombligo.


Ya más cerquita de estos días, justo cuando se anuncian elecciones primarias que más bien serán secundarias y terciarias, me ha dejado «estupefaciente» la declaración de uno de nuestros parlamentarios actuales, quien hablaba por la radio de un eslogan «alto repetido» en la propaganda oficial y de los «precios desorbitantes» causados por la escasez. Para dáselas de bien hablado, quiso decir, presumo,  harto repetido y precios exorbitantes. Parlamentar, en efecto, la labor de un parlamentario, pero, en honor al uso adecuado del español, cuando dice cosas así, lo que provoca es precisamente parlamentársela.

Originalmente publicado en www.contrapunto.com (8-3-2015). Se reproduce aquí con permiso del editor.
Imagen tomada del blog Tras la cola de la rata

EUNUCOS LINGÜÍSTICOS


Los que saben de asuntos del discurso y del lenguaje suelen afirmar que la lengua puede ser el castigo de cualquier cuerpo cobarde. No basta con ser hablante de un idioma para suponer que podemos hacer con él lo que nos venga en gana. La lengua pide respeto y los usuarios no debemos abusar de sus bondades.

Esto viene al caso cuando se nos ocurre analizar las formas de expresión de algunos de nuestros impúdicos y cotidianos hablantes públicos: personas con altos cargos nacionales o regionales y profesionales de la comunicación que casi a diario deben dirigirse por escrito u oralmente  a millones de destinatarios. Con la misma lengua que hablamos podremos ser medidos y juzgados.

Quienes nos escuchan o leen nos evalúan por nuestras palabras. Y para imponer vocablos o promover cambios lingüísticos no todos somos monedita de oro. Hay quienes  incluso convierten sus supuestos chistes lingüísticos en selficaricaturas —valga la palabra—. Ni siquiera basta creernos que estamos diciendo la verdad para que los otros nos crean.

En fin, hay personas que —por mucho esfuerzo que hagan— no logran pegar una palabra ni con cola. Pueden pasar largas horas chachareando y ni siquiera sus correligionarios se atreven a dar fe de lo que expresan. Parece faltarles ese ángel que tienen los hablantes carismáticos, esa misteriosa cualidad que  envuelve a algunos elegidos en el momento de comunicarse con los otros.  No son capaces de impactar a nadie con lo que dicen. Viven exiliados de la lengua que hablan. Son discapacitados verbales.  Uno se los imagina solitarios, por las noches, tristes, cariacontecidos, frustrados y tan mal encarados que si la dama o el caballero que hace las funciones de cónyuge les critica algo de lo que han balbuceado en el día la o lo envían de inmediato al mismo carajo.  Gruñen. Pueden circunstancialmente tener todos los recursos a su alcance. Es posible que gocen  de diversas  vías posibles de comunicación (eso que llaman los medios). Pero nada. No logran seducir a nadie y más bien terminan haciendo mojigaterías verbales de las que los oyentes o lectores se ríen, pero por lo ridículas y fuera de lugar  que resultan. Hace falta mucha madurez cognitiva para ser un hablante competente y creíble.


A lo mejor tienen a su servicio asesores lingüísticos vergatarios. No obstante,  si les falta la chispa necesaria para lograr impactar a los otros, todo lo que digan se pierde en el vacío. O sea, no te vistas que no vas. El que nació para triste ni que lo fajen chiquito y árbol que nace torcido nunca su verbo endereza. Por mucha Hablarina  con que los hayan amamantado sus supuestos ductores, no dan pie con bola. Son misterios del lenguaje y esos pobretones y desangelados seres están condenados a que sus palabras se conviertan en espumas viajeras. Por mucho esfuerzo que hagan y por más que griten o intenten decirlo cantando, bailando,  rappeando o regatoneando, no producen ni frío ni calor. Son eunucos lingüísticos: paletos  que a lo mejor hablan y escriben porque tienen cuerdas vocales pero han sido castrados para la comunicación efectiva. 

@dudamelodica

Originalmente publicado en www.contrapunto.com (1-3-2015). Se reporudce aquí con permiso del editor.
Imagen agregada por el editor.

martes, marzo 31, 2015

Cañeros automáticos



Los viciosos «concañeros» de mi tía Eloína andan en estos días totalmente polar-izados. A tono con la situación que desafortunadamente ya se ha hecho costumbre en el país, se han dividido en dos grupos bien diferenciados y cada cual con una noción distinta sobre las bondades y verdades de la cañandonga. Lo único que los une es la consigna que han tenido desde siempre como emblema común todos los bebedores: en el bar la vida es más sabrosa.
—Bueno, era sabrosa, —los corrige mi parienta— porque si no eres cervecero, ahora para cumplir con tus «beberes» tienes que pagar una bola de billete y parte de la otra. Si no te gusta empinar el codo con el lúpulo fermentado, pues a beber guarapita o sangría caroreña, si acaso, porque vino y ron ni de vaina y escocés o vodka ni para remedio.
La situación ha sido motivada por la medida gubernamental de elevar los impuestos a las bebidas preferidas por el dios Baco, lo que las ha elevado al nivel de esa nueva modalidad económica a la que ahora se llama dólar marginal.  Aclaro, todas las bebidas excepto una, justamente la que más ha contribuido a polarizar el país, la cerveza. Lo que significa que, como sigamos así, apenas podrán sobrevivir en un futuro los beodos bipolares.
Agreguémosle que corre por  todos los botiquines el murmullo según el que tampoco podrás consumir el güisqui al que antes los amigos bromistas denominaban «gasolina» —o sea, el que siempre fuera baratón—, porque, según el gobierno también la gasolina será alcanzada pronto por la avalancha de precios injustos a que ya nos estamos acostumbrando.
Un verdadero golpe a la salud de quienes, para no enloquecer con tantos anuncios y «desanuncios» diarios, utilizan algunos de esos líquidos espirituosos como medicamentos desestresantes, vasodilatadores, antipiréticos o antibióticos. También conseguir medicinas hoy en Venezuela implica hacer rondas desesperantes por las farmacias y no siempre tenemos éxito.  Algo ha de hacerse para evitar tan complicada situación. Caña cara y medicinas ausentes es como demasiado. Lo sensato sería que se busque una solución, ¡un remedio!, que disipe ambos problemas, el de las bebidas y el de los medicamentos escasos, mediante una solución concertada (entre los borrachos y los enfermos).

La salida salomónica que sugiere mi parienta es que se implemente alguna ley húmeda (que sirva de contraparte a la ley seca) según la cual, los fines de semana y en temporadas vacacionales, podamos adquirir en las farmacias bebidas espirituosas a menor costo —puesto que serían dosis mínimas— convertidas en tabletas, cápsulas, jarabes, bálsamos o ungüentos. Que cierren los establecimientos expendedores de medicamentos en esos días no importaría mucho, siempre que también se les conminara a instalar en sus fachadas ventanillas dispensadoras a las que, a falta de mejor nombre, podríamos llamar cañeros automáticos. Un remedio rápido y efectivo para superar tanta dolencia cotidiana. * 
@dudamelodica
--------------------------------
*Publicado originalmente en el diario digital Contrapunto.com / 22-02-2015. Se reproduce aquí con permiso del editor. Imagen aportada por Contrapunto: original del caricaturista Rodolfo Linares
----------------------------------------

domingo, marzo 15, 2015

COLECTIVOS ¡TODOS A UNA!



Compleja es la tan repetida palabra colectivo.  Pedantones declarantes no tienen a veces ni la más pura idea sobre su variabilidad semántica. En nuestro medio, la cháchara popular y algunos poco púdicos hablantes públicos (gobernantes, periodistas, parlamentarios, voceros políticos, entre otros) han llevado el término a un desgaste tal que pronto terminará significando cualquier cosa. Sin embargo, ya el vocablo forma parte de lo que la psicología junguiana llamaría nuestro inconsciente colectivo.

La definición que aquí más nos interesa es la tercera que da el Diccionario de la Lengua Española (DILE): «Grupo unido por lazos laborales, gremiales, etc.». En el etcétera cabe todo, naturalmente, y de allí la ambigüedad.  Desde  su modesta cuna latina, la raíz primaria del vocablo estaría en otro que casi parece una marca de perfume: collectio (colección, agrupación), del que colectivo y colectividad son algo así como dignas «descendientas», quizás nietas. Igual que lo es «colectivismo». Todas constituyen una familia y remiten a conjunto o conglomerado.  Un colectivo social es también una familia que puede ser muy bienintencionada o bastante descarriada y perversa.

Una reunión de condominio es, por ejemplo, un despelotado colectivo en el que todos creen tener razón y cada uno quiere gritar más que los otros. También es un colectivo un autobús repleto de pasajeros asustados cuando están pasando por alguna zona a la que consideran peligrosa. Palabras como recua (conjunto de bestias de carga), bandada (de pájaros), piara (de cerdos), cardumen (de peces) son gramaticalmente sustantivos «colectivos». La mojigatería ha llevado a que ahora a ciertos colectivos (relacionados con el mundo virtual) los llamen sifrinamente «redes sociales». A las fúricas reacciones del pueblo, cuando se le ocurre no calarse más algo que le imponen desde las altas esferas gubernamentales, empresariales o celestiales,  suelen llamarlas «histeria colectiva».

También se usa la palabra en otros países como sinónimo de colecta, para aludir a los aportes que hace un grupo al ofrecer un regalo a alguien. Lo mismo que nosotros llamamos «vaca» y los españoles «derrama», recurso al que ahora debemos  apelar cuando necesitamos de las novedosas expendedoras de productos básicos que son los colectivos de los llamados trabajadores informales (vulgo: buhoneros, mercachifles, quincalleros, feriantes o bachaqueros). También son colectivos siempre  muy activos y  desbocados por las ganancias  algunos grupos de empresarios; y lo son los raspacupos, los contratistas, los comerciantes formales... No dejan de ser un colectivo rapaz algunas cadenas de supermercados que sin piedad aprovechan la crisis alimentaria para, entre gallos y medianoche,  elevar a diario  los precios.


Tanto para quienes los han aupado como para otros, determinados  colectivos pueden ser una piedrita en el zapato o una bendición, depende. Porque los hay armados y desarmados, «almados» y desalmados. Mas si se les confronta, se enculebran. Como el de la obra de Lope de Vega titulada Fuenteovejuna, el lema principal de cualquier colectivo siempre será «¡todos a una!».

-------------------------
Publicado originalmente en www.contrapunto.com (15-02-2015). Reproduzco aquí con permiso del editor.
http://www.contrapunto.com/index.php?option=com_k2&view=item&id=15693:la-duda-melodica&Itemid=327
Imagen tomada de Google images.
-----------------------------



sábado, febrero 28, 2015

MAMBRÚ SE FUE A LA COLA





«Que su boca sea la medida de sus lenguaradas». Eso solía decir mi tía Eloína a quienes  le recriminaban algo con alguna palabreja rebuscada o fuera de lugar.  Es lo que se vive en estos días: la proliferación de palabras que antes significaban una cosa y ahora cualquier alcamonero las utiliza con sentidos más trastocados que góndola veneciana en el río Guaire.

La palabra guerra, por ejemplo,  tiene ahora tantos calificativos y significados que ya da temor utilizarla. Aparte de las archiconocidas guerras mundiales y de las civiles,  hay más tipos de guerras (y de  guerreros) de las que registran los diccionarios. En los sesenta del siglo pasado, familiares y amigos de los soldados estadounidenses que fueron forzados a alistarse para la absurda guerra de Vietnam  pregonaban hacer el amor y no la ídem. Los nietos de ahora dan la guerra pareja porque hacen perder la paciencia a cualquiera.  Un antiguo comercio venezolano se promocionaba atacando la guerra de precios. «¡Guerra es guerra!» le decimos a la madura fémina con la que deseamos un acercamiento amoroso y, si se pone muy dura, pues le espetamos que «en la guerra vale todo». Guerra es un antiguo juego de cartas. Y es el apellido de un siempredeclarante «terconomista» venezolano y  de Juan Luis, el merenguero  dominicano.

 Sin embargo, el Diccionario de la Lengua Española (DILE) solo registra tres significados para el vocablo guerra: el más general (enfrentamiento) y otros dos (guerra abierta y guerra a muerte).  No obstante, en estos aciagos y angustiosos días venezolanos se escucha o se lee que, sin desparpajo, cualquier entrevistado de medio pelo se ensaliva las comisuras de los labios hablando  de guerras de baja, mediana y alta intensidad, de guerras (a)simétricas y a  cualquier otra vaina la tildan de «guerrosa» o «guerrerosa».

La guinda de todo esto es la que ha buscado cambiarle el sentido original a las palabras cola y fila para darles el significado de «guerra». Según eso, vivimos en una constante, contante y sonante situación de guerra cotidiana. No es propiamente una guerra fría porque a las colas  acudimos bien calientes.  Hoy juego a la guerra en el súper Tal, dice el ama de casa preocupada por la falta de azúcar. Mañana haré el amor y no la guerra en el automercado Cual, aduce el tramposo bachaquero. «Prohibidas las guerras nocturnas» han decretado algunos gobernadores.  «¡Soy de la tercera edad, tarúpidos, necesito lubricante para hacerle la guerra a mi mujer! », escuché decir a un señor mientras le reclamaban estar coleándose para comprar aceite vegetal.

 Y el chino de mi barrio, propietario de la taguara Abasto Mao, se dejó de bromas y para conservar sus buenas relaciones con la inmensa cantidad de guerreros que desde la madrugada pueblan las afueras  de su campo de batalla (es decir, de su establecimiento), ha puesto un letrero que no deja lugar a dudas:

«Lespetados guelelos coleros y coleados,  contad con una «helmosísima» leplimenda de las fuelzas del olden aun siendo inocentes buscadoles de pañal, halina plecocida, detelgente, aló chino o papel pa limpiá la colita».

                                                                                  @dudamelodica

------------------------
Fuente: publicado originalmente en www.contrapunto.com 08/02/2015  Caricatura original de Rodolfo Linares
Se inserta aquí con permiso del editor
------------------------


jueves, octubre 23, 2014

Se abrevia DILE. Se llama Diccionario de la lengua española






El Diccionario de la lengua española (DLE) constituye para el grueso de los hablantes nativos escolarizados una especie de documento infalible, incuestionable, en el que supuestamente reposan «todas» las palabras «existentes» de nuestro idioma. A veces lo es también para muchos lectores profesionales, incluidos docentes, críticos, escritores, periodistas y ―muy importante― académicos. Tampoco excluye esto a los hablantes de otras lenguas cuando requieren de una fuente confiable sobre cualquier vocablo referente al español.
Quiérase o no, se esté de acuerdo o en desacuerdo con esta situación, ello convierte  al DILE* ―como aceptamos abreviarlo de aquí en adelante, de acuerdo con las declaraciones del nuevo director de la RAE, don Darío Villanueva―  en una especie de autoridad única universal a la hora de dirimir cualquier asunto referente al idioma y a sus interioridades (en este caso léxicas).
Para el común de los hablantes, una palabra «no tiene vida» en tanto no esté registrada en el DILE. Tan arraigada está esa condición en la inmensa masa de hablantes de nuestra lengua que es muy popular en cualquiera de nuestros países la expresión «si no está en el Diccionario, esa palabra no existe». Y cuando se dice «Diccionario» se hace referencia casi exclusiva al DILE.
Con defectos o sin ellos, más allá de las insuficiencias que pueda contener, independientemente de aciertos, de definiciones desajustadas o muy certeras, de carencias y excesos o de cualquier otro aspecto, suele atribuírsele al DILE casi un carácter mítico, bíblico si se quiere ser más extensivo. Para una considerable mayoría de  usuarios, es la verdadera casa de las palabras del español.
Imposible también evitar que, luego de una curiosa tradición de varios siglos, se le atribuya la supuesta «posesión» de ese documento casi de modo exclusivo a la Real Academia Española. No pocas veces, al aludir al DILE, la propia RAE ha adoptado las siglas DRAE para sí y lo hace ver en buena parte de su documentación oficial y publicitaria. Probablemente esto tenga su origen en lo que rezaba en la portada y portadilla del llamado Diccionario de Autoridades, en 1726: «Diccionario de la lengua castellana. Compuesto por la Real Academia Española» (subrayado de mi tía Eloína).
El DILE ha devenido entonces en la palabra final sobre la legitimación institucional del idioma. Y para efectos de una orientación común, ante la necesidad de algún ente regulador que sirva de árbitro, incluso en casos de disquisición jurídica, comercial o administrativa, esto puede constituir una gran ventaja para la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE). Sin embargo, se trata también de un privilegio y una posición que  deben ser manejados con mucha prudencia, con sindéresis. Olvidarse, por ejemplo, de que la norma sobre cómo debemos expresarnos la debe imponer un solo país  o determinado grupo social. Ni España ni ninguna nación hispanoamericana. Ni los académicos de ningún país en particular.  Nuestro idioma ―y escribo «nuestro» con plena conciencia del posesivo― no es una lengua que alguien nos «prestó», que España nos cedió como un favor, y, en consecuencia, debe imponernos cómo utilizarlo. Nos pertenece a todos los que lo hablamos y somos todos quienes debemos buscar consensos para su uso adecuado.
El español fue la lengua de España (o de algunos de sus reinos) hasta 1492. A partir de esa fecha se inició su expansión hasta convertirse en el idioma de muchos otros espacios, principalmente americanos. En la actualidad, la mancomunidad de la lengua española constituye una congregación cuyas necesidades y requerimientos se ramifican a lo largo de una extensión territorial de más de veinte países y cuatro continentes, sin contar aquellos espacios geopolíticos en los que ya se le considera una segunda lengua de importancia capital (los Estados Unidos de Norteamérica y Brasil, por ejemplo).
En suma, más allá de los complejos, independientemente de cierto resentimiento histórico que pueda sobrevivir en algunos de los países hispanoamericanos donde el español es lengua oficial única, lengua cooficial o lengua nacional, la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE) y el DILE son las instancias finales de arbitraje lexical para el mundo hispánico. Y cuando aludimos a la ASALE, obviamente incluimos a la RAE y a las otras diecinueve academias de  Hispanoamérica (que le son correspondientes), más la filipina y la norteamericana.  En mayor o menor grado, todas son corresponsables y coautoras del DILE, cuya vigésimo tercera edición acaba de aparecer.  
Esto debe ser entendido así, independientemente de que todavía prevalezcan en el DILE algunos aspectos  que parecieran privilegiar a lo que hemos dado en llamar español peninsular. Detalles que si bien se han ido subsanando en las más recientes ediciones, otros seguramente lo serán en un futuro. El español es la lengua de un aproximado de quinientos millones de almas, de las cuales más o menos unos cuatrocientos cincuenta millones la usan como idioma de comunicación fuera del territorio de la península ibérica.
Preciso es reconocer también que la compilación de los distintos datos del idioma que actualmente son fuente primordial para conformar el DILE ha incorporado muchas palabras del español americano. Lo que además no implica que falten bastantes. Siempre faltarán, debido a las dimensiones de Hispanoamérica y a las dificultades para dar cuenta de nuestro vocabulario común.  Y hay que añadir que la RAE ha insistido suficientemente en buscar datos americanos que faciliten alcanzar alguna vez un nivel aceptable de equilibrio. También es bueno aclarar que el actual  DILE es una obra que registra usos. No intenta imponerlos. Se presume que todas las palabras que contiene han sido extraídas de documentos que las refrendan (libros, prensa, Internet, lengua oral, gacetillas, etc.). Y a veces, el hecho de que registre usos y no imponga normas tiene también sus detractores.
Por ejemplo, el periodista español Alex Grijelmo lamenta que, en contraposición con su inicial carácter prescriptivo, el DILE haya derivado en un «diccionario de uso». En su libro La punta de la lengua, publicado en 2004, se refiere Grijelmo al hecho de que «La Academia y muchos magníficos filólogos han dado en bendecirlo todo o casi todo, y cualquiera puede parecer ya un purista sin serlo.» (p. 19). Esto pareciera razonable y suele ser uno de los argumentos más frecuentes en cualquier hablante común. El usuario que no es filólogo o lingüista, pero es docente, principalmente de primaria o secundaria, ha tenido en el DILE su mejor soporte lexicográfico para generar confianza en sí mismo o en sus estudiantes, por lo menos en cuanto a una normativa general mínima. Igual que para el hablante común que recurre a una fuente que considera segura y confiable, la ambigüedad es mala compañera de la docencia en esos niveles de la educación. El alumno procura certeza y el maestro debe ofrecérsela con base en una documentación que se la garantice. El maestro requiere trabajar con reglas claras; las ambigüedades no son buenas compañeras en algunos casos. 
Un estudiante debe tener muy claro que si bien las palabras vídeo [bídeo], chófer [chófer], periodo [periódo], icono [ikóno] y adecua [adékua] se escriben y se pronuncian de ese modo en España, nosotros en América decimos video [bidéo], período [período], ícono [íkono] y adecúa [adekúa]. Y así debemos escribirlas y pronunciarlas. Igual que en Venezuela  y otros países llamamos «corta» o  «pequeña» a la letra V; nada de UVE, porque esa denominación es ajena a nosotros.
Además, todos los países donde se habla español han contribuido con su enriquecimiento. Cuarenta y siete millones  de hablantes,  la población aproximada de España,  es diferente de quinientos millones de almas regocijándose con un mismo idioma. Y si no, que se les pregunte a los publicistas o a los demógrafos. El español es hoy  la segunda, tercera o cuarta  lengua del planeta (según se vea) y el mayor porcentaje de esos hablantes, casi un noventa por ciento,  está en Hispanoamérica.
Si en 1726 el primer documento oficial de registro del léxico del español, intitulado Diccionario de la lengua castellana,  aclaraba en su portada «Compuesto por la Real Academia Española», ¿por qué no pensar  ―doscientos ochenta y ocho años después―  en la posibilidad de uno que se titule  Diccionario de la lengua española, cuyo subtítulo indique «Compuesto mancomunadamente por las academias de la lengua española». Nada cuesta intentar iniciar una nueva tradición que haga ver que no se trata del Diccionario de la Real Academia Española o DRAE, sino de un diccionario integral del idioma. Un DILE que sea reflejo fiel de la comunidad hispánica que somos todos.
Y voy cerrando. No dejarán de existir los hablantes particulares o grupos de ellos (e incluso académicos, grupos sociales o países)  que aspiren a que lo «general» del idioma incluya cosechas particulares de sus hablas individuales o colectivas, o que hasta soliciten (a las academias) que se  «apruebe» alguna palabra porque «la necesitan» o «la utilizan mucho» en sus comunicaciones cotidianas o profesionales. Podría relatar casos de algunos grupos profesionales venezolanos que han solicitado, tanto a la Academia Venezolana como a la RAE, que se «apruebe» determinada palabra porque «la necesitan» o porque «desean» rendir homenaje a algún personaje famoso creando un adjetivo a partir de su nombre (ej.: De Asclepio àasclepiano, para ser utilizado entre profesionales de la salud y rendir culto al dios de la medicina y la salud). Esa voz entrará en los diccionarios una vez que la investigación lexicográfica documente que es usada y aceptada por el colectivo.
  Quienes solicitan inclusiones es obvio que tienen una intención grupal encomiable, mas ignoran que la organización actual de un diccionario académico general opera de otra manera. En este tiempo habrá que convencerlos de que el contenido de un diccionario como el DILE se limita a ratificar usos comunitarios debidamente documentados. Un diccionario general no necesariamente contiene lo que yo como hablante particular o integrante de un grupo social o profesional necesito. Tiene lo que la comunidad de hablantes utiliza en la oralidad y en la escritura. Un diccionario general como el DILE no complace deseos individuales ni regionales;  refleja usos colectivos. Y siempre traerá fallas. Pero ellas disminuirán en la medida en que todos estemos pendientes de sus contenidos.

Concluyo: la vigésimo tercera edición del Diccionario de la lengua española está en la calle. Según se ha informado públicamente, en unos tres meses estará disponible su versión en línea. Trae cerca de noventa y tres mil artículos, doscientas mil acepciones, diecinueve mil americanismos (voces propias de América, compartidas por lo menos por tres países) y unos dos mil venezolanismos,  que todavía es poco, pero ahí vamos. En la medida en que han podido, las academias americanas han colaborado con su contenido. No es solamente el Diccionario de la Real Academia Española. Es el de todos los hispanohablantes, aunque obviamente es imposible que complazca individualmente a tan amplio y variado espectro geográfico .  Siempre será mejorable porque todo diccionario está en permanente hacerse. Pero es mejor tenerlo que no tenerlo. Y para evitar algunas confusiones generadas por la tradición, de ahora en adelante abreviémoslo DILE, como debe ser.
-------------------
*Nuestra propuesta inicial ha sido ajustarse a las normas de la abreviatura correspondiente a las siglas  y convertirlo en DLE (como verdaderamente se titula; Diccionario de la Lengua Española), es decir: DE-ELE-E. No obstante, aceptando la dificultad de reproducir fonéticamente en español el conjunto como [dle], nos unimos al pedimento de varias academias americanas de convertirlo en DILE, propuesta además avalada por el nuevo director de la RAE, don Darío Villanueva, según puede leerse en este enlace. Este cambio a DILE tiene además las ventajas nemotécnicas que suelen acarrear los acrónimos. Por ello, donde inicialmente escribiéramos DLE en esta crónica, hemos realizado la sutitución por DILE.

@dudamelodica

viernes, junio 27, 2014

COLAS EN EL BAR DE LA FELICIDAD











―¿Sabes para qué será esa cola de personas?
―No, pero igual hagámosla, por si acaso.


Mi inefable tia Eloína ha sido siempre aficionada a seguir eso que los terconomistas llaman «el pulso de la intrahistoria». O sea, tomar nota de los cambios (aparentemente imperceptibles, pero reales) que día a día van incidiendo en nuestra cotidianidad y nos van obligando a modificar hábitos, costumbres, actitudes. Historia pequeña, diaria, rutinaria,  en la que los de a pie somos protagonistas.

Según ella, en este tiempo en el que escasea hasta la lluvia, no nos hemos cerciorado pero andamos inmersos en un eufemismo llamado por ella «el bar de la felicidad».

 ―¿Qué vaina es esa , Eloína? le pregunto ―. Y se despatilla de la risa al ripostarme que soy tan caído de la mata que no me he percatado de que los venezolanos de hoy (junio de 2014) somos muy diferentes a los de hace una década.

―Nos estamos comportando como los borrachos de un bar ―me aclara―, somos felices en el botiquín hasta que pedimos la cuenta.

Por ejemplo, nos sentimos complacidos y sonreímos (para no llorar), al descubrir que hemos agudizado hasta umbrales impredecibles el arte del escaneo visual a distancia. Como los propios bolsas, nomás vemos a alguien caminando por la calle con unas ídem en la mano y casi instintivamente nos volteamos a hacerle el correspondiente paneo,  a fin de verificar el contenido de lo que cuelga de sus manos. Como si hiciéramos una veloz radiografía instantánea. Muy buena puede estar la chica o el chico portador-a de las marusas, pero poco nos interesa el cuerpo; nuestro objetivo fundamental ahora se focaliza en lo que la persona lleva dentro de aquellos paquetes. Primero, para verificar qué contienen; segundo, para husmear a qué supermercado pertenecen. La razón es muy sencilla; precisamos de tal información para apurarnos a hacer la cola en el sitio y  proveernos de lo mismo.

Esa misma actitud ha despertado nuestro neofanatismo por las filas. No hemos tenido ninguna guerra que nos obligara a convertirnos en filófilos, como dice la historia que ocurrió en algunos países europeos. Es la carencia, el permanente vivir en un constante «NO HAY»,  lo que nos ha obligado a estar conscientes de que ahora existen por lo menos cuatro o cinco colas en nuestra diaria rutina. Aparte de que hemos tenido que  aprender a determinar  dónde vale la pena hacerlas y dónde no.  Lo que no excluye que haya también otros que se meten en cualquier fila que ven por la calle, sin importar si de verdad les interesa. Son los que se incorporan a ellas «por si acaso». Tanto comienzan a gustarnos que ahora hasta hacemos una hilera fuera de los establecimientos antes de que abran sus puertas.

La  situación ha traído consecuencias para nuestra cultura culinaria. Ya no se come lo que se desea sino lo que se ha conseguido para el día. El correo electrónico, el  Tuíter y  el wasap  se han convertido en nuestros incuestionables aliados: los vecinos que viven en condominios, por ejemplo, han creado unas verdaderas redes sociales mediante las cuales el primero de los integrantes de la comunidad que localiza algún producto en el supermercado más cercano se dispone a informar al resto ―a la brevedad mínima y con el menor número posible de caracteres―sobre tal descubrimiento:

  vcns, arina n l uniKS, krrn krjo»
 [Vecinos, hay harina en el UNICASA, ¡corran, carajo!]

 No menos hemos hecho dentro de las propias familias. Ya nuestros hijos no nos mensajean para pedirnos la bendición o consultarnos cómo anda nuestro colesterol; el saludo filial más común de estos tiempos se limita a informarnos que llegó el desodorante, el papel higiénico o el lavaplatos a la perfumería tal:

  papl y kf a ls 2c  dnd l chino, msk mm!
 [Papel, pollo y café a las doce donde el chino, ¡mosca mamá!]

 Mi sardónica parienta suele comentar que para qué tanto buscar papel sanitario si el que  no come tampoco canta.

Ahora tenemos además varias obligaciones financieras que jamás imaginamos antes: por ejemplo,  los chicos/chicas que hacen de cajeros-as o  envuelven las compras de supermercados ya no están interesados en las pírricas propinas que les dábamos antes de que se pusiera de moda el bar de la felicidad; celulares en mano,  han devenido en centros de información desde los cuales notifican a sus «suscriptores» acerca de la llegada de algún producto al establecimiento para el cual trabajan. Y por ello, naturalmente, debemos pagarles una mensualidad. De vaina no nos piden que los incluyamos en el Seguro Social.

 Sin decir nada de otras nuevas especialidades laborales surgidas a partir de esta nueva realidad. Verbigracia, los «guardacolas»: mediante otro nada módico pago, hacen por ti  la cola en la caja mientras acudes a toda velocidad a esculcar las rumas de alguna novedad que haya llegado al súper. Y cuando decimos «novedad», no nos estamos refiriendo al jamón de bellota o las alcaparras de la isla de Santorini; estamos hablando simplemente de leche, vulgar líquido perlino alimenticio  extraído de las ubres de las vacas; estamos aludiendo a la pasta,  al jabón de baño, a la crema dental, el aceite, la carne, los  pañales. Ni siquiera condones hay para evitar la natalidad en estos tiempos en los que parece mejor no practicar el sexo si no se quiere aumentar el número de bocas. Como en los tiempos de mi infancia, las damas habrán de volver a los lavados vaginales con tanino en polvo.

Los viejos gestores, los intermediarios de las oficinas públicas, los buscapalancas vinculados a organismos públicos y privados siguen existiendo, por supuesto, pero son ya antigüallas frente a la nueva claque profesional generada por el ejercicio del «derecho a la alimentación». Hacerle a alguien la segunda en el abasto se ha convertido en nueva rutina  ¡Qué segunda! La segunda, la tercera, la cuarta y todas las que hagan falta con tal de proveernos de algún producto de primera necesidad. Y eso sin añadir que, aparte de comprar alimentos por estos irregulares y alcabalosos caminos de perversión, ahora necesitas además contratar  a algunas personas para que te escolten y protejan mientras llegas a casa, como si llevaras en las bolsas lingotes de oro o kilos de azafrán. Es decir, comer en el bar de la felicidad ha pasado a costar más que un ojo para un tuerto.

En fin, no basta con la inflación, que ya no es tal; más bien debe pasar a llamarse inflamación.  Todo se complementa en este tiempo venezolano para que, cuando se consiguen, los productos valgan ahora cinco o diez veces más de lo que costarían en situaciones normales, en países normales, donde la vida  transcurra como debe ser. «Y pensar que hay familiares nuestros ―dice Eloína―, parientes, amigos, colegas,  que aun comiendo piedras  imaginan que es lomito».

―¡Caramba ―cierra Eloína su queja―, si así es el bar la felicidad, ¿cómo será el botiquín del sufrimiento?!». 

                                                                                                   @dudamelodica
---------------
Ref. de la imagen: http://www.lahora.com.ec/home/goAnterior/Loja/2011-11-23
---------------