viernes, julio 28, 2017

La prueba del "pelígrafo"




Todo mentiroso persistente corre el riesgo de transformarse en un fabulador a quien nadie creerá ni el padrenuestro

Hace pocos años se hizo célebre una película británica intitulada El discurso del rey (2010). Aparte de su indudable valor histórico, relacionado con el inesperado ascenso al trono de Jorge VI del Reino Unido,  todavía se la recuerda  porque su foco argumental descansaba fundamentalmente en el valor del habla como recurso que nos conecta o desconecta con el resto de las personas. Albert Frederick Arthur George (1895-1952, padre de la actual reina Isabel II), debe por todos los medios posibles vencer su disfemia o tartamudez crónica, puesto que, gracias a la abdicación de su hermano para casarse con alguien que no pertenece a la realeza,  deberá asumir inesperadamente el reinado y, naturalmente,  exponerse como orador ante sus súbditos.  De sus palabras dependerá en mucho el respeto de los oyentes.  Sin que lleguen a expresarlo,  tanto él como su esposa parecen conscientes de las dificultades comunicacionales implícitas en el discurso de un tartamudo y mucho más si el hablante es un rey. Acuden entonces a un fonoaudiólogo para que lo ayude a superar aquel trauma.
La situación descrita tiene que ver con el valor de la expresión cuando mediante ella intentamos producir mensajes orales para otros. Ya no se trata de la voz —tema que tratamos en una duda anterior— sino del modo específico como hacemos uso de los órganos articulatorios. Cada vez que abrimos la boca para decir algo, tenemos frente a nosotros a gente que nos juzgará por la manera como lo hagamos. Los lingüistas argumentan que el habla es un evento absolutamente individual y que cada usuario es el único responsable de la suya y de las metidas de pata a que su uso lo conduzca.

Quienes nos escuchan hacen sus inferencias acerca de lo que intentamos expresar y con ello se dibujan en su mente un retrato positivo o negativo. Si mentimos a conciencia, corremos el riesgo de que algunos gestos nos delaten sin que nos demos cuenta; desnudarían nuestro verdadero pensamiento ante los destinatarios. Podemos gritar, bajar el tono,  fingir recato y ponderación,  o hacer esfuerzos por no evidenciar que estamos falseando la realidad, pero la manera de materializar lo que  pensamos supera esas intenciones y quizás nos evidencie frente a los interlocutores. Imaginemos, por ejemplo, que yo afirme por la tele  que he superado con creces todas las pruebas de un polígrafo, en tanto mis movimientos de labios, boca, ojos, mi presión sanguínea, mi respiración entrecortada, mi pose están demostrando exactamente lo contrario.  La voz "polígrafo" tiene en español dos significados muy concretos. Uno alude al escritor capaz de cultivar diversos géneros textuales. El otro se refiere a un equipo que suele ser utilizado en medios policiales como "detector de mentiras". Refiriéndonos al segundo significado, cada ser humano atento es también un polígrafo en potencia: armado de su intuición lingüística capta al vuelo las mentiras (o las verdades). Debido a ello, cuando hablamos, eso que los especialistas llaman la  prueba del polígrafo puede convertirse entonces en el test del "pelígrafo", porque yo estaría "pelando" si de verdad creo que todos asumen acríticamente el contenido de mis afirmaciones. Aunque a veces no nos enteramos de ello, hablar es mucho más que mover la lengua y los labios. Y la "peligrafía" recurrente y descarada arruina la credibilidad de cualquier hablante.


Al contrario de lo que se piensa en política, son muy pocas las veces que debo mentir frente a los demás para devenir en un hablachento mendaz. Nada de lo que yo exprese de ahí en adelante será creído ni siquiera por quienes comulgan con mis ideas. Me convierto para todos en un falsario nato y jamás volveré a tener oportunidad de que se dé fe a lo que digo, por mucha fingida seriedad con que lo intente. Mi discurso me mostrará como  un prevaricador crónico. Todo lo que diga será utilizado en mi contra.  En este nivel comienza fundiéndose la palabra "habla" con aquella de la cual proviene: "fábula". Si soy un mentiroso comprobado, cada vez que pongo en marcha el aparato fonador frente a una audiencia, ya no hablo, solo fabulo. Termino siendo una víctima de mi propia expresión fabulada. Contradictoriamente, hablando me quedo sin habla porque lo que manifiesto no tiene sentido para nadie. Quien desconozca u omita esto carece de los temores que preocupaban a Jorge VI y  cada vez que declare algo será sometido por la audiencia a la prueba del pelígrafo. 

Señas de identidad (IV): La voz




La llevamos como una marca de lo que somos. Si se interrumpe su desarrollo, podría perderse una parte de nuestra identidad

El momento preciso de la aparición de la voz humana es todavía uno de los misterios de la civilización. Por mucho que antropólogos, lingüistas, fonetistas y tantos otros investigadores se hayan empeñado en ubicarla, cualquier fecha concreta es imprecisa y discutible. Más que una aparición repentina, se trató de un largo proceso de acomodación anatómica, social y cognitiva. Es tan importante que, ante dificultades para hacer uso de ella, el hombre ha creado mecanismos sustitutivos; por ejemplo, las lenguas de señas para los sordos. Va ineludiblemente unida al único medio que nos hace distintos del resto de las especies: el lenguaje. Es tal el milagro de la fonación humana que incluso se ha llegado a afirmar que genéticamente traemos equipo de repuesto. Se alude con ello a las denominadas "falsas bandas vocales" —ubicadas a los lados de las "originales"—. Teóricamente, las mismas podrían activarse mediante ejercitación dirigida por un especialista, en caso de que las otras por alguna razón fallaran.

Es obvio que en esto cumple papel fundamental el cerebro, pero demos eso por sentado para focalizarnos en lo que significa valerse de los distintos órganos que participan en la producción de sonidos lingüísticos. No hay que ser foniatra ni músico para reconocer que existen diferentes tipos de voz. Aunque no sea un imperativo, los mismos guardan una estrecha relación tanto con el grosor de las cuerdas o bandas vocales como con la conformación de lo que se denomina el "sistema fonador": pulmones, laringe, cavidades bucal y nasal.

La voz es una especie de cédula de identidad, en ocasiones tan importante, o tal vez  más, que las huellas dactilares. ¿Quién dudaría que cada voz es diferente del resto? No es norma taxativa, pero la tendencia del timbre masculino va hacia lo grave, en tanto las damas se acercan más a las modalidades agudas. Entre esos bromistas que nunca faltan, son objeto de chanza la mujer de tono muy "grueso" y el caballero de exagerado matiz agudo.

 Con el modo particular de nuestra voz somos capaces de generar cercanía afectiva o rechazo; podemos valernos de ella para seducir, para cautivar, para generar afectos y afinidades. Y, naturalmente, también lo contrario. Es, sin duda, una de nuestras principales cartas de presentación. Una vez que en la adultez se hace definitiva, la llevamos orgullosos cual marca indeleble, símbolo distintivo que permite reconocernos en cualquier circunstancia; es "documento" principal de nuestra personalidad y rasgo inconfundible de lo que somos.

A propósito de todo lo dicho, mi tía Eloína recordará siempre una experiencia que la hizo reflexionar sobre lo importante de la voz como sello identitario.  Era principios de los sesenta del siglo pasado. Invitada por la directora del coro del liceo donde había estudiado, escuchaba cantar a un caballero muy alto y robusto, cuya melodía resaltaba por su extrema agudez en todos los espacios del teatro Baralt de Maracaibo. No entraba en su cabeza que, siendo ya un adulto de cierta edad, aquel corpulento señor cantara con un tono más "femenino" que el de muchas damas. Machista irreductible, aquello le resultaba tan extraño que llegó a creer que se trataba de un bromista o de una cantante lírica disfrazada de varón. Mas no era ni una cosa ni la otra. Mediante técnicas vocales modernas, había sido entrenado para aquello y se dedicaba a actuar como un falso castrato. Se trataba realmente de un contratenor.

Una vez concluida la función, intentaron jugarle una mala pasada y  le inventaron una historia acerca de aquello que había presenciado. Le expresaron que se trataba de alguien que, siendo todavía un niño, había sido sometido a un proceso quirúrgico, a fin de que conservara de por vida su encantatoria y preciosa voz infantil. Quedó estupefacta cuando le aclararon el procedimiento para lograrlo.

—O sea, que lo caparon como a un torete y además de su voz de mujer no podrá tener hijos —inquirió.

—No tanto —le acotó la exdirectora del coro liceísta— solamente le quitaron las bolitas. Tiene su pene como cualquier hombre.

A juicio de mi parienta, aquello era el acabose. Primero, porque privar a alguien de lo que para ella significaba su "masculinidad" le resultaba, si no un crimen, por lo menos una barbaridad. Y, segundo, pensaba que, con tal acción, habían impedido que alguna vez esa persona tuviera personalidad propia como adulto. Para ella, interrumpir tempranamente el avance de lo que sería posteriormente su propia voz, uno de los distintivos de su ser, prácticamente lo dejaba en condiciones de no saber jamás cuál sería su verdadera identidad.


No le faltaba razón. Sin embargo, una vez consciente de que se trataba de una broma, nadie le aclaró que aquella antiquísima técnica había sido real en el pasado. Y persistió por lo menos en algunos coros eclesiásticos hasta finales del siglo XIX. En aras de mantener alguna tesitura infantil privilegiada, se interrumpía mediante cirugía el desarrollo natural de la voz. Se dice que el último de los castrati fue el italiano Alessandro Moreschi (1858-1922),  a quien, con la excusa de extraerle una hernia inguinal, despojaron  de sus testículos a los ocho años de edad. Fue famoso, sin duda, pero un famoso sin voz adulta propia. Aquí remito a un enlace de Youtube por si quieren escuchar sus tonalidades y sentir algo parecido a lo que dejó pasmada a mi tía aquella tarde marabina.  

Señas de identidad (III): Estatura




El poco o mucho "centimetraje" en el tamaño de una persona puede ser causante de actitudes negativas que se proyecten hacia el colectivo

Una persona muy querida recuerda con una sonrisa que en cierta ocasión intentaba comprar un pantalón en un almacén mexicano y se encontró con la sorpresa de que no había su talla. Es muy alta y así como le ha costado conseguir quien baile con ella en las fiestas, también las pasa duras escogiendo vestimenta que se ajuste a su dimensión "jiráfica". "Es que aquí la mayoría somos chaparritos", la consoló la vendedora azteca. Muchos recordarán que la prensa francesa de farándula parecía disfrutar el chisme según el cual el expresidente francés Nicolás Sarkozy no aceptaba que en los actos protocolares lo escoltaran personas más altas que él. Tampoco es difícil cerciorarse de que, aunque ya no es primer mandatario, los tacones de sus zapatos son un poco más altos de lo normal en un caballero.  Se dice que, viendo que Napoleón no lograba alcanzar un libro de un estante, un general de su ejército quiso auxiliarlo diciéndole: "permítame, que soy más grande que usted". A lo que el gobernante galo respondió prestamente: "usted es más alto, no más grande que yo". Cada vez que lo ve doblarse para saludar a algunos personeros en actos públicos, mi tía Eloína se pregunta si el actual rey de España no será un candidato seguro a padecer escoliosis temprana.  

Todas son situaciones relacionadas con el asunto de cuánta distancia hay entre el suelo que pisamos y el tope de nuestra cabeza. Independientemente del hecho de que esto nada tenga que ver con aptitudes o destrezas ni que deba ser objeto de discriminación, es obvio que, sea cual sea, a veces se hace difícil alcanzar la estatura media que pueda complacer a todos por igual en todas las circunstancias. No siempre la gente está de acuerdo consigo misma y, según los sicólogos, esto pudiera acarrear complejos que desestabilicen su actuación y su conducta laboral, familiar o social en general. Algunos manuales añaden que la "pequeñez" afecta más a los caballeros, en tanto la altura excesiva suele ser más perturbadora para las damas.

Durante nuestro paso por la universidad conocimos casos ilustrativos para ambas situaciones. La chismografía institucional atribuía la soltería eterna de una profesora a su uno ochenta de altura, lo que además la había convertido en una  dama muy tímida y poco sonriente. En  el otro extremo se hablaba  del docente de pequeño formato que, también según los rumores, padecía eso que denominan el síndrome napoleónico. A la primera le resultaba harto complicado esconder lo que la distinguía del resto; sus únicos recursos eran vestir consuetudinariamente sandalias desprovistas de tacones y doblarse un poco hacia adelante. Esto malograba un poco su belleza (que verdaderamente la distinguía —hay que decirlo—), debido a que ya permitía percibir el nacimiento de una joroba en ascenso. El segundo tenía una aparente ventaja para camuflar,  aunque fuera parcialmente, la actitud de no aceptarse a sí mismo.  Buscaba "crecer" un poco más acudiendo a los botines (que en él parecían coturnos griegos), aparte de recargar su cabellera con un fijador que le permitiera unos centímetros de "elevación" a través del copete. Rememoraba para nosotros la historia del rey Luis XIV de Francia quien,—según la profesora de Literatura Española— preocupado por su pequeñez, presuntamente poco digna de un monarca, vestía sobre la cabeza un penacho que lo hiciera más alto.

Esto de la mayor o menor estatura es un tema difícil de digerir y ha sido más que explotado mediante la instauración publicitaria de ciertos estereotipos sociales: más alto-más exitoso, pero ni calvo ni con dos pelucas; menos alto-menos capaz para ciertos oficios, aunque a veces traiga también sus cosas positivas. Sin embargo, no siempre estos asuntos son tan nítidos como los hacen ver la publicidad, el cine, la tele y, lo más relevante, determinadas creencias sociopolíticas. Así como ha habido, hay y habrá personas pequeñas con unos cerebros y habilidades físicas envidiables; también han existido, existen y existirán otras que pueden ser altísimas pero con una notoria y más que visible escasez intelectual o muy deficitarias destrezas de otra naturaleza. Y viceversa. Nada que se diga sobre esto será definitivo jamás.

No obstante, el asunto se enmaraña cuando alguien, individualmente, asume que lo suyo no se compagina con los patrones sociales predominantes y complica su propia situación vital, asumiendo, por ejemplo,  actitudes que perturban a quienes los rodean o a la población en general. Lo expresan a menudo los siquiatras. En realidad, la actitud ideal debe ser aceptarte como eres. Sin embargo, si te acomplejas y no dañas a nadie, no pasa nada: alto o alta, te doblas o te agachas; baja o bajo, tú verás cómo subes y alcanzas lo que buscas.  Puesto que entra en la categoría de los de poco "centimetraje", mi parienta, suele tomárselo con filosofía de "pequeña saltamontes" y, como dice el adagio, asume la serenidad y conformidad de Juan Palomo: "yo me lo hago, yo me lo como". Pero, cuidado, si el síndrome napoleónico o el gigantismo conducen a desarrollar conductas recurrentemente defensivas, despóticas, insolentes, paranoicas, autoritarias y tiránicas hacia los demás, quien  padezca uno u otro entra en la categoría de los candidatos al diván o, en caso extremos, a la camisa de fuerza.





Señas de identidad (II): Edad




Después de cierta etapa, pocas personas están conformes con la fecha indicada en su partida de nacimiento y a veces hasta buscan modificarla a toda costa

El debate sobre la vida humana inagotable no pierde vigencia jamás. Entre quienes aspiran a ello, sobresalen algunos  fanáticos que curiosamente "morirían" para que sea una realidad. También hay detractores que consideran que se trata de charlatanería para entretener a la gente e impulsar todo un mercado de publicaciones, tratamientos o cualquier treta comercial que se relacione con el hecho y lo haga rentable. Se sabe que Google ha invertido millones de dólares en proyectos que alguna vez comprueben que la inmortalidad es posible. El ser humano anda detrás del milagro desde tiempos inmemoriales. Aboga ansiosamente por  la posibilidad de la vida perdurable, para siempre, sin límites;  añora la extinción de la muerte.

Nadie duda de que la edad, los años y el deterioro han sido un problema de recurrente debate en diversas sociedades. Es como un lugar común para todas las culturas. Hasta ahora, es obvio que el tiempo transcurre y que, con su paso inexorable, el cuerpo se va degradando; los órganos se hastían de desempeñar siempre la misma función y comienzan a "pasar aceite" como los motores de los automóviles; lentamente van perdiendo su capacidad hasta llegar a la inercia. Nadie se resigna y a buena parte de la humanidad le aterra la llegada de la decadencia y las disminuciones. Ser viejo, reconocer que poco a poco nos van invadiendo el deterioro y la pérdida de habilidades no es del gusto de nadie. En ese entorno, parece no tener sentido el dicho que reza "todo tiene su final". Nos negamos a pisar la raya amarilla que presagia nuestra partida al otro barrio. 
Tanto nos atormenta el hecho, que vivimos inventando subterfugios para esconder el envejecimiento cual mecanismo de alejamiento de la Parca. Cuando somos niños, nuestra más cara visualización es llegar a ser jóvenes o adultos; damos cualquier cosa por ganar autonomía de movimiento. Para nada nos preocupan los años. Si andamos en los siete, añoramos los quince o los dieciocho. Todavía en los veinte o treinta, nos sentimos a plenitud. Pero, ya pisando los cuarenta, aparece la cosquilla de las preocupaciones y las enferm-edad-es.

Entramos en la etapa de los inventos para disimularnos con afeites y subterfugios rejuvenecedores. Se inicia el ciclo de las pócimas y los tratamientos para detener las primeras señas de que, como en el tango, vamos "cuesta abajo en la rodada". Si detectamos las primeras "patas de gallina" en el rostro, comenzamos  devenir en gallos prestos para evitar la derrota. Aparecen los temores iniciales, por mucho que la publicidad nos haya enseñado que no se llaman arrugas sino "líneas de expresión". Desde la soledad de nuestras habitaciones, en aislamiento,  se refuerza la praxis de las mascarillas; la ejercitación y los ungüentos después del baño se vuelven una rutina. El florecimiento de las primeras canas es la señal inevitable para que los tintes comiencen a ser parte de nuestra rutina y regresemos a vestimentas que suponemos ayudan a disfrazar por fuera la procesión interna.  El marketing hace estragos con nuestros miedos y compramos cuanta cosa se promueva para evitar que cada día nos acose la fecha registrada en nuestra cédula de identidad. No es una conducta exclusiva de las damas, como suele creerse y publicitarse, pero al parecer a ellas las perturba un poco más.

En buena parte de los casos, el año de nacimiento se vuelve una declaración vergonzante. Asumimos como filosofía que a nadie le interesa cuántos veranos hemos visto pasar. De hallar una oportunidad propicia, posponemos la fecha natal en algunos documentos, sobre todo si sospechamos que habremos de mostrarlos públicamente. Mi tía Eloína, por ejemplo, es famosa en la familia, porque dejó de cumplir años desde hace varios lustros, cuando decidió ingresar en un lapso regresivo,  casi como el inicio de un "viaje a la semilla" (título que alude al hecho en un célebre cuento del escritor Alejo Carpentier).

Cada diciembre (mes de su alumbramiento) celebra que "descumple" y le da por archivar la ropa antigua para adoptar otra que a su juicio la haga ver más juvenil y al mismo tiempo le oculte los indicios del inevitable  y cada día más cercano "cierre de operaciones". Por supuesto que el resultado es ridículo, aunque ella no se entera, debido a que somos incapaces de decírselo.  A estas alturas, nadie de la familia sabe en qué año nació. Muy a pesar de que sus sobrinos ya sesentones  la estamos viendo desde que éramos niños de primaria y ella  una jovenzuela en estado de merecer, se niega recurrentemente a formar parte de eso que se llama la tercera edad. Según nuestros cálculos, debe andar por los ochenta y algo.


Sin embargo, está más que contenta en estos días, luego de haberse enterado por la tele de que la vejez es una "enfermedad curable". Ahora hemos logrado entender a cabalidad su punto de vista: el mal rollo con el asunto no es tanto el pavor al transcurso del tiempo como el hecho atávico de que ha comenzado a acortarse el lapso vital. "¡Por fin los años dejarán de pesarnos! ¡Ya de eso no me moriré!", la escuchamos gritar con alegría. Sin embargo, ante el llamado urgente del esfínter urinario (síntoma derivado de su provecta situación),  hubo de levantarse al baño y se perdió el final del programa. No se lo hemos contado para no sacarla de su colchón de optimismo, pero, aunque ella espera seguir viviendo para no perecer,  también se dijo que conseguir la sanación del supuesto mal que es el envejecimiento puede tomar por lo menos cincuenta años más. Es decir, si el milagro llegara a darse, ni siquiera para nosotros habrá vela en ese entierro.

Señas de identidad (I): Nombres y apellidos





No somos responsables de nuestro nombre de pila; tampoco eso incide en el urbanismo o parroquia donde vivimos ni en el sector social o ideológico del que formamos parte

De sus tiempos de adolescencia, mi tía Eloína recuerda que muchos de los habitantes de Los Puertos de Altagracia llevaban curiosos nombres asociados con diversos asuntos. La influencia de algunas compañías petroleras condujo a que muchos se llamaran Esso (y Essa), Chevrón o  Shella. No había desaparecido el atávico acto de honrar a los griegos y en diversas familias se podía encontrar un Telésforo, una Artemisa  o un Anacimandro.  Tampoco faltaban los fieles a la antiquísima tradición del santoral ( Santa Rita, Espíritu Santo) o a la anglofilia  ( Joe, Yona, William, Gudbay, Leritbí, Mileidi)  ni  la tendencia a la composición, que no es tan reciente como algunos creen (Orlimar, de Orlando y Marta; Beralci, de Bernarda y Alciro).  Para no decir nada de otros algo llamativos (Abdenago, Diubigildo, Awilda, Geofista). Y esto era (y sigue siendo) independiente de la condición social o económica del nominado; nada tenía que ver con que hubieran nacido con inclinación a ser de izquierda radical, de izquierda "aderechada" o de derecha izquierdosa; que fueran católicos o protestantes, agnósticos, sectarios o fanáticos; que estuvieran destinados a vivir en el este o en el oeste del pueblo. Asumir que el nombre de una persona contiene las marcas de su futuro destino social, económico o ideológico, de si será rico o pobre, fascista, pacifista o terrorista (para usar palabras de moda), implica un profundo desprecio por el ser humano. Conlleva lo que se denomina ignorancia supina: la negligencia a aprender sobre algunas cosas antes de ponerse a comentar o escribir acerca de ellas.

Antroponimia se llama la rama de la onomástica que estudia los nombres y los apellidos de las personas.  Los seres humanos utilizamos el recurso de poner a los  hijos una marca identitaria que los diferencie de los demás. El modo como alguien decide que sea nombrado un descendiente es responsabilidad de ambos progenitores, de uno de ellos o de quienes, por alguna razón, ocupen su lugar. Con el apellido no hay escapatoria posible: nadie seleccionará cuál asignar; viene dado por la filiación del padre, la madre , o ambos; o por quien(es) declare(n) serlo.  Al contrario, si no estuviéramos  conformes con el nombre que nos correspondió,  existe en algunos países la posibilidad legal de cambiárnoslo. Sin embargo, aunque se dan casos, no es usual que una vez que llegamos a la mayoría de edad, tomemos la decisión de sustituirlo. A veces, por diversos motivos, buscamos que pase inadvertido para el común de la gente, sea a través de lo que se llama un hipocorístico (nombre o apodo cariñoso), sea mediante alguna otra estratagema con la que logremos que nos llamen de otra manera. Por esa vía, Emerenciana pasa a ser Mere;  Petronila, Petra; Anastasio, Tacho o Desiderio, Yeyo. No obstante, en la mayoría de los casos, el nombre se queda con quien lo ha recibido; será compañero inseparable para el resto de la vida.

Que se sepa, nadie nomina de mala fe a un hijo o hija; siempre hay detrás una intención que se supone buena de parte de quien lo ha seleccionado. Así, desde que comenzamos a tener razón de ser,  lo acogemos; nos sumergimos tanto en su contenido que terminamos asumiéndolo como parte de lo que somos. Va en los documentos con los que se nos identifica; nos acompaña a todas partes.  Nos gusta escucharlo cuando otros lo invocan; nos agrada que lo pronuncien cuando se dirigen a nosotros. A pocas personas les satisfaría que, en medio de una charla, las aludan como "este" o "esta". Habrá muchos otros que se llamen igual que yo —eso es verdad—, pero el o los nombres y  la asociación con lo que somos termina(n) volviéndose un todo indivisible, una entidad única cuya extinción solo se da con la muerte.  También caemos a veces en la tentación de garantizar su permanencia más allá del propio ciclo vital; asignándolo a nuestros hijos o nietos (si los padres lo permiten, por supuesto), o celebrando que alguien más lo use para algún descendiente. Este principio está basado en la necesidad ancestral de hacer que permanezca lo que un especialista en publicidad llamaría la "marca de fábrica" familiar.


Como no tenemos la culpa de llamarnos como nos llamamos, tampoco tiene que ver eso con la manera en que pensamos ni con el espacio o los espacios en los que habremos de habitar, trabajar o tener momentos de esparcimiento. El hecho de que, durante el acto de presentación ante las autoridades civiles, se decida que de ese momento en adelante llevaremos el apelativo de Alejandra, Wuilly, Plutarco o Percusia poco tendrá que ver con la cosmovisión que  posteriormente nos formemos para explicar(nos) nuestro modo de ver el mundo y la forma en que consideramos debe organizarse la sociedad. Eso de que si el nombre de una persona  es Yunáiker  o Gensimis estará condenada de por vida a formar parte de los estratos menos favorecidos no pasa de ser una simpleza generada  por la ignorancia sobre lo que significa la genealogía. Lo mismo aplicaría si alguien opinase que, por llevar nombres anglófilos  como Máikel, Richard o Jacqueline, sus portadores nacieron marcados para coincidir con quienes asumen la supuesta derecha como línea ideológica. Tampoco Lenín, Estalin o Kruskaia garantizan futuras posturas de izquierda radical. 

Gazapos que podrían dejar de serlo




Algunas palabras y expresiones del idioma que hoy son consideradas incorrectas o inadecuadas podrían ser aceptadas en el futuro, principalmente si la comunidad hablante de español decide soberanamente que así sea

El pasado mes de abril circuló en diferentes medios una noticia según la cual un grupo de manifestantes había identificado a alguien presuntamente  infiltrado en una manifestación de calle. Un comunicador que intentaba dar cuenta de la noticia quiso ratificar el hecho e incorporó en su cuenta de Instagram una nota que decía lo siguiente: "Fotodetalle del facsímil que portaba la persona que se infiltró en la plaza Monumental".  Más allá del impacto de una noticia que ya casi resulta rutinaria en el país, a mi tía Eloína le llamó la atención el uso que allí se hacía de la palabra "facsímil". Al ver la fotografía con que se ilustraba el hecho noticioso, se percató de que se aludía a una pistola de juguete. El arma que se le había incautado a la persona no era un arma de fuego auténtica sino una imitación. Surgió en mi parienta lo que ella suele llamar un "anacoluto semántico", ocasionado por la asociación que se había hecho entre "copia" o "imitación" y "facsímil".  Se fue entonces al clásico mataburros académico, el DLE,   y encontró que allí se precisa que dicha voz tiene dos formas en español: "facsímil" y "facsímile" .  Ambas remiten a la reproducción o imitación de un impreso. De la misma raíz provienen otros dos vocablos: "fax" y "faxear".

No es nuevo este procedimiento mediante el cual algunos grupos de hablantes persiguen (a veces sin saberlo) que ciertas palabras amplíen su campo significativo y puedan ser utilizadas para referir realidades que les fueron ajenas en su nacimiento. Este constituye un mecanismo que está a disposición de los hablantes en todo momento, aunque la "aprobación" definitiva de lo propuesto no suele depender de quienes tienen la iniciativa, sino del consenso que alcancen en la comunidad lingüística a la cual han sido dirigidos. Igual que en muchos otros casos, aun cuando nos empeñemos individualmente, siempre la soberanía reside en la colectividad (sea lingüística o de otra naturaleza).  El fenómeno ha ocurrido en diversos momentos de la historia de las lenguas y, por supuesto, no ha sido ajeno al español. Puede darse, además, tanto en la oralidad como en la escritura. Hay ocasiones en que el cambio se da en una de esas instancias y luego es traspasado a la otra. Si aguzamos el oído y ponemos  atención al discurso cotidiano de mucha gente, nos percataríamos, por ejemplo, de que abundan quienes, independientemente de posición social o escolaridad, utilizan sin ningún rubor formas que todavía son consideradas transgresoras de la normativa gramatical del idioma.

Tales son los casos de "darse de cuenta de la realidad", "vinistes a la marcha, protestastesllorastes", "onceavo plantón nacional",  "le encargué mis medicinas a los hijos que viven fuera", "habemos muchas personas haciendo cola para comprar". Todas las palabras o locuciones que hemos destacado en  letra cursiva son todavía consideradas como gazapos. Las reglas indican que las personas nos damos cuenta de algo y no "de cuenta de algo", aunque esta última aparezca en algunas canciones como Caballo viejo o Llorarás; las formas de la segunda persona del pretérito simple no terminan en esa "s" final intrusa, por mucho que los hablantes insistan en añadirla; "onceavo" o sus similares son numerales partitivos o fraccionarios  y no deberían utilizarse para aludir a orden;  el pronombre "le" del ejemplo citado debería aparecer en plural (les), puesto que plural es su correferente ("a los hijos"), sin importar que el lema de una reconocida pieza publicitaria oficial rece incorrectamente "Dile no a las drogas"; entre otras cosas,  el verbo "haber" es en español (todavía) un verbo impersonal, lo que significa que, cuando hace esa función, no tiene plural.

 Nadie sabe, sin embargo, si la repetición constante y su popularización, incluso entre personas de alto nivel académico, llevarán alguna vez a considerarlas como adecuadas. A lo mejor habremos de prepararnos para un futuro en el cual, por lo menos algunas de ellas, dejen de ser censuradas y adquieran salvoconducto hacia las formas correctas. No lo sabremos hasta que los hechos sucedan, pero son ya tan recurrentes que parecieran andar por esa ruta.


Es posible que muchos se sorprendan al enterarse de que los términos "cocodrilo" y "murciélago" nacieron como voces incorrectas y poco a poco el uso fue imponiéndolas, hasta el punto de que hoy, al contrario, se consideran fuera de la norma sus correspondientes correlatos originales. "Crocodilo" y "murciégalo" (las formas primigenias) son catalogadas actualmente como gazapos de personas con deficiente dominio idiomático.  Según su origen, estas dos últimas deberían ser las más adecuadas:  la primera proviene de "crocodilus" (reptil voraz y depredador) y la segunda, de murciégalo (ratón ciego). No obstante, el inefable zigzagueo del uso les dio la vuelta. Alguien, involuntariamente y tal vez por desconocimiento, las alteró, hasta que fueron imponiéndose y así se quedaron. Estos y muchos otros temas conexos son desarrollados en un excelente y ameno libro publicado hace pocos meses por el Instituto Cervantes: Cocodrilos en el diccionario. Hacia dónde camina el español (Madrid: Espasa, 2016). Muy recomendable resulta este volumen para entrar en estos terrenos de expresiones  hoy censuradas que, de continuar repitiéndose y adquiriendo consenso social, podrían imponerse. Nadie quita entonces que, en un futuro, podamos utilizar "facsímil" para referirnos a cualquier copia idéntica de un original, trátese o no de un texto impreso.

Cuentos que son espejos (VI): los presagios de Cortázar




Cuentista de una indudable contundencia, el escritor argentino se adelantó a plasmar en sus cuentos imágenes que ahora se han vuelto cotidianas

En tiempos de vías públicas repletas de agresividad y hogares convertidos en presidios, Eloína no hace más que recordar al escritor  Julio Cortázar (1914-1984), quien tantas veces se opuso al peronismo y a los regímenes militares del Cono Sur. El autor alguna vez vino a Venezuela: autor y obra fueron celebrados por tirios y troyanos, gracias a su visión solidaria del mundo. Evoca mi parienta algunas de sus historias breves. Piensa además en su novela más importante (Rayuela,1963), cada vez que se asoma  por algún resquicio de sus evocaciones. El juego infantil al que remite el título de esa obra se le parece a nuestro modo de vivir contemporáneo: es el azar el que decide dónde pondremos el pie mañana por la mañana, si es que las circunstancias nos permiten salir.

 Azarosa es también la vida convulsa  de varias ciudades venezolanas de este tiempo. Su rutina simula  golpes recurrentes de flash que destellan violencia y convulsión. Vivimos en urbes que otrora fueron  espacios abiertos, aireados, algunas veces bucólicos; algo ruidosos, sí, tal vez casi surrealistas, pero siempre amables, pródigos y acogedores. Si confrontamos esas imágenes con  las catástrofes de ahora, captaremos lugares invivibles para muchos de sus habitantes, ruido de bombas, disparos que no son de salva, gritos de impotencia, moles de hierro que poco a poco han venido apoderándose del paisaje. Es tiempo de amenazantes bufidos, emitidos por bestias ferrosas, impenetrables,  que vomitan grandes chorros de agua picante, cuando no repetición de percutores. No cesa mi parienta de "nostalgiar" un pasado de lugares que alguna vez le parecieron idílicos y hoy simulan la escenografía de un eterno reverbero, un ambiente de batalla que no es de utilería; antiguos y paradisíacos puntos de luz de la geografía nacional han devenido en pequeños infiernos.

Cortázar acude entonces a la memoria en momentos en que las filas citadinas de carros simulan un larguísimo mercado de epitafios: autopistas y avenidas bloqueadas por "oscuras" paredes blancas o hileras de uniformes verdes. No hay modo de sacar del recuerdo aquel célebre cuento del escritor argentino intitulado La autopista del sur. Motivada por una tranca descomunal de vehículos cuyos conductores aspiraban alcanzar París,  en esa historia el tiempo detenido  parece apuntar hacia una despedida inevitable.  Cada conductor cavila ante los imponderables nacidos de la angustia y la incertidumbre generadas por un enigmático embotellamiento.  En dicho relato la vida se transforma en un larguísimo embutido de autos, metáfora de pasivo camposanto. Citemos un breve fragmento para que se aprecie mejor la fotografía visualizada por el autor:  

"...el ingeniero había decidido no salir más de su coche, a la espera de que la policía disolviese de alguna manera el embotellamiento. El calor de agosto se sumaba a ese tiempo a ras de neumáticos para que la inmovilidad fuese cada vez más enervante. Todo era olor a gasolina, gritos destemplados de los jovencitos..., brillo del sol rebotando en los cristales y en los bordes cromados, y para colmo sensación contradictoria del encierro en plena selva de máquinas pensadas para correr ".
Y, más aún, si algunos lograsen superar aquella injuria inmóvil de máquinas presuntamente diseñadas para rodar  -nunca para el estatismo-,  las secuencias finales  podrían conectarse con otro relato cortazariano emblemático que lleva por título Casa tomada. El principal foco temático de este último se refiere a la imposibilidad de habitar tu espacio de residencia; es decir, a ser prisionero forzado en tu propia casa, situación inducida por fuerzas extrañas. Aquellos suertudos  que milagrosamente sobreviviesen al misterioso y descomunal trancazo de las vías públicas no tendrán realmente oportunidad para salir del espanto vivido, por cuanto estarán obligados a ingresar en  las prisiones en que se han convertido sus lugares de habitación. Más allá de haber superado disparos,  gases,  ruidosos gritos e improperios, vendrá el dilema de tener que "pernoctar" en lo que alguna vez mereció ser nominado como "hogar" y, también por un extraño albur de inesperadas tempestades, ha mutado en cárcel, prácticamente tomada por todas partes, como en el cuento. Calles y casa  son entonces el símil de un encierro involuntario.
Al ciudadano no le queda  más salida que enclaustrarse en algún rincón todavía no invadido y esperar a que las fuerzas del mal se desgasten y los tomadores de la casa ( de la ciudad, del país) liberen los lugares ocupados, para que la película de la insensatez comience a rodar de nuevo mañana. Grande fue Julio Cortázar al prefigurarnos alguna vez estos escenarios que plasmó como ficción, sin saber que, a algo más de tres décadas de su visita al país, se convertirían en la dramática rutina de quienes vivimos hoy en estos convulsos espacios urbanos.   


Pan con pan es...




Las palabras o expresiones de un idioma no desaparecen por decreto. Esto solo podría ocurrir si se extingue la realidad en la que se usan

Mi tía Eloína suele argumentar que la cerveza, el vino, el queso y el pan son alimentos y bebidas que existen  en todas las culturas del orbe. No hay sociedad en la que, de una u otra forma, no estén presentes los cuatro.  Según eso, todas las lenguas del mundo (vivas, muertas  o en proceso de extinción) tienen vocablos para referirlos. Hay orientaciones y sectas religiosas para las cuales algunos de ellos son  sagrados. Cómo negar, por ejemplo,  la supremacía del vino y el pan dentro de la eucaristía católica.  Y en cuanto al último, es obvia su importancia dentro del judaísmo y sus distintas ceremonias.  No es casual que el llamado "pan ácimo" (sin levadura) sea objeto muy particular de culto tanto para los judeocristianos como para los adventistas, los musulmanes y otros grupos religiosos.

Aunque no resulte muy original decirlo,  el pan es como la vida misma y se manifiesta de muy diversas maneras. Este milagroso y versátil producto, cuya materia prima más popular, aunque no la única, es el trigo, se ha erigido a través del tiempo en la principal industria de muchos países. Imaginemos un mundo sin él y desde ya sabremos que vamos hacia el abismo. Supongamos que el pan desaparece de nuestra mesa y casi podríamos asegurar que estamos muy cerca de la debacle.
No en vano el Diccionario de la lengua española (DLE) acumula nueve acepciones diferentes para definirlo: desde la más literal, alusiva al bollo o pieza individual, hasta su condición como sinónimo de alimento. Lo asocia además  con 29 modismos, dichos o frases proverbiales (por ejemplo, "ser algo pan y circo", "contigo pan y cebolla", "negar el pan y sal a alguien", etc.) y 37 expresiones de esas que los gramáticos llaman frases o locuciones nominales ("pan de horma", "pan eucarístico", "pan bendito"...). Es decir, hay toda una gama semántica en torno a ese humilde pero imprescindible medio de sustento. Y como si fuera poco, el Diccionario de americanismos consigna más de cien expresiones vinculadas con la misma palabra (valga destacar entre ellas "pan de canilla" y "pan de tunja", atribuidas a usos exclusivos de Venezuela, a lo que pudiéramos agregar, entre muchos otros y para no abundar, nuestros muy vernáculos "pan de jamón" y  "pan de horno").

 Todo este rollo (o deberíamos decir "todo este bollo")  de hoy viene dado por el hecho de que en España se ha desatado en estos días toda una campaña relacionada con el refrán  "pan con pan, comida de tontos", cuya versión adaptada para algunos países americanos es "pan con pan (es) comida de loco(s)".  La misma tiene que ver con que el gremio español de los panaderos artesanos intenta proponer muy seriamente a la Real Academia Española y al Instituto Cervantes la "eliminación" de tan frecuente adagio, por cuanto, según ellos, se trataría de una afrenta contra la dignidad de su producto que no se ajusta a la verdad. Atentos al valor de la publicidad moderna y sus alcances, andan por toda la península con una furgoneta, recogen firmas que avalen su solicitud (a la fecha llevan casi cinco mil), han colgado en Internet un conjunto de videos en los que intentan justificar el pedimento y, no podía faltar en este tiempo, disponen de una página web (http://www.elpannoescomidadetontos.com/). Indiferentes ante la poca literalidad implícita en formas proverbiales milenarias se han empeñado en asegurar que nada de malo tiene comer "pan con pan" y que hacerlo está muy lejos de la tontera. Más o menos similar a que algún veterinario se sintiera agraviado si alguien le recordara que "por dinero baila el perro y por pan si se lo dan".

Ignoran los proponentes que, primero, el refrán cuya erradicación solicitan no aparece en el Diccionario (porque el DLE no es un refranero) y, segundo, que ni la RAE, ni el Instituto Cervantes, ni la Asociación de las 23 Academias existentes tienen esa facultad para hacer desaparecer del idioma algo que disguste a alguien o que se considere ofensivo para algunos grupos. El idioma es de la gente y es el colectivo de los hablantes el que "decide" si alguna frase o término  mantienen su vigencia o no. Una vez que se imponen por la vía del uso y del acuerdo social, las instituciones simplemente dan cuenta de ello. Ni siquiera los valoran o los califican como buenos, malos o regulares; sencillamente hacen ver que ya son parte del acervo sociolingüístico.


Sin embargo, a favor de los solicitantes habría que decir que, por lo menos entre nosotros, no sería muy complicado que se cumpliera el pedimento, puesto que es la triste realidad nacional la que se ha encargado del asunto. Frases tan populares para la comunicación coloquial como "con su pan se lo coma"; "se acabó el pan de piquito", "al pan, pan y al vino, vino"; "donde hay hambre, no hay pan duro"; "ser más bueno que el pan" y, por supuesto, "el pan nuestro de cada día", han sido condenadas a la total y radical extinción. De modo que ya en el país el pan no es "comida de tontos" o "de locos", ni de nadie. Y la motivación es muy simple: sencillamente no hay pan y, muerto el pan... se inició la rabia.  Seguramente, como consecuencia,  se extinguirán también  las panaderías y las múltiples frases proverbiales en las que aparece la palabra. Ni siquiera podríamos acudir a la expresión sustituta "a falta de pan, buenas son tortas", porque "tortas" sí sobran, pero las que se ponen a diario.

Escrache / Escrachar




Hay palabras que, independientemente de su origen y de la circunstancia en que han nacido, gracias a situaciones sobrevenidas, se vuelven cotidianas

Mario Néstor Oporto es un profesor de Historia y  político argentino contemporáneo que, sea por mecanismos de elección popular sea por designación, se ha paseado por muy diversos cargos oficiales en distintos gobiernos. Actualmente es diputado por la provincia de Buenos Aires. Su trayectoria política no es nada diferente de lo que pueda haber sido la de muchos dirigentes latinoamericanos. Ha recorrido diversas instancias partidistas que van desde la sencilla afiliación a organizaciones de arraigo popular  (por ejemplo, el peronismo y el justicialismo) hasta su pertenencia a otras de menor jerarquía y alcance nacional, algunas incluso fundadas por él mismo, como es el caso del llamado SUD (Soberanía, Unidad y Democracia). Comenzó en los ya lejanos años setenta del siglo pasado y ha tenido muchas oportunidades de conocer el contexto de la administración pública y los vaivenes de la llamada sociedad civil.  Su nombre viene a cuento en esta duda debido a que este caballero declaró en cierta ocasión haber sido víctima de ese curioso fenómeno de protesta que ya se conoce universalmente como el "escrache". Naturalmente que no ha sido el único, por cuanto cada vez dicho procedimiento de protesta toma más arraigo, pero sí fue uno de los primeros que, aun habiéndolo padecido, aceptó la eficacia del mismo, muy a pesar de que además confesó cómo lo había afectado no solo a él sino también a su familia.

No ha sido fácil para la filología dar con el origen que la palabra "escrache" ha adquirido en los predios de la política y la ciudadanía. De acudir al Diccionario de la lengua española (DLE), se encontrará que no está registrada como tal. Allí solo tiene asiento en forma de verbo ("escrachar"), con expresa nacionalidad americana, por cuanto se le marca como propio de las formas coloquiales de Argentina y Uruguay, países en los que, según ese repertorio, tiene dos significados muy específicos: "destruir o aplastar" y "fotografiar a una persona". Nada que tenga que ver con manifestación pacífica de descontento ante políticos o funcionarios.

Para encontrar esta segunda posibilidad debemos acudir al Diccionario de americanismos (DA), en el cual se nos aclara un poco más el panorama. En esa segunda fuente sí se registra específicamente la voz "escrache". Por una parte, se la relaciona con el vocablo inglés scratch ("rasguño" o "rasguñar", "rasgar"), motivo por el cual se utiliza en el español de Estados Unidos como "arañazo". También podría traducirse como "rayón", de donde podríamos relacionarlo con la expresión venezolana "rayar a alguien", usada para hacerlo quedar mal o ridiculizarlo ante  otros. La otra acepción es realmente la que más se ha popularizado en este tiempo y en nuestros países. Alude a los eventos en los cuales se denuncia a una persona pública a la que se considera incursa en hechos poco gratificantes y lesivos para la población: injusticia, desgobierno, corrupción o cualquier otra conducta que de alguna manera la haya perjudicado.  También se indica que usualmente ese tipo de protesta se hace "frente a su domicilio o en algún otro lugar público al que deba concurrir la persona denunciada".

Es un hecho entonces que, más allá de su significado original y su registro como verbo con una acepción diferente a la que se utiliza en estos días, el término "escrache" y la manera de usarlo han traspasado el espacio del Cono Sur y ahora forman parte del inventario general del español. Ha roto las fronteras geográficas de los países donde nació para convertirse en parte del vocabulario cotidiano, tanto en América como en Europa. Habremos de agradecerlo entonces como importante aporte al repertorio léxico hispano, debido a que cada vez son más frecuentes las situaciones en las que tenemos necesidad de acudir a él. Según percibimos en los noticiarios de cualquiera de nuestros países,  el "escrache" se ha convertido en un comodín lingüístico que ya rebasa incluso sus límites semánticos primigenios para extenderse a diversos tipos de protesta, ya no solo contra personajes específicos, sino también contra instituciones públicas o privadas, sedes diplomáticas, grupos y hasta eventos. Además, el modo de ejecutarlo no se limita solo a personas que gritan consignas; puede darse también a manera de largos silencios, mediante carteles, pendones u otras modalidades simbólicas (epitafios, simulaciones de tumbas o ataúdes y grafitos).

Igual que ya ocurre, por ejemplo, en la escuela secundaria argentina (en la que se enseña formalmente la palabra y sus implicaciones sociopolíticas), habrá que tomar el término muy en serio y aceptar que, aunque no haya sido todavía registrado en el DLE, cada día surgen situaciones diversas que motivan y estimulan su versatilidad semántica y la necesidad de tenerlo presente y utilizarlo. En el futuro será más que necesario al momento de explicar a nuestros hijos y nietos la actuación de grupos de ciudadanos que acuden al escrache y al escrachado como recurso ante lo que consideran injusto. Y, obviamente, habremos de acostumbrarnos también a su diversidad como verbo de la primera conjugación, aplicable a distintos tiempos y modos: yo escracho, tú escrachas, ellos escrachan...escracharemos... escrachen, escrachaban, escracharon...



"Papalogía"




Aunque no falten quienes lo consideren milagroso, el vocablo "papa" puede resultar bastante prolífico y acomodaticio

En nuestro idioma, la palabra "papa" no es tan sencilla ni tan "papaya" como podríamos imaginar. Semánticamente, resulta mucho más compleja de lo que aparenta. La papa es una planta y un tubérculo alimenticio, pero —aunque a veces se la considere un poderoso "re-constituyente"— hay papas que no  necesariamente sirven como alimento. En la península ibérica prefieren mayoritariamente la designación de "patata" y, de tanto que la cultivan y la explotan gastronómicamente, muchos españoles suelen creer que desde siempre ha sido parte de su cultura e ignoran que les llegó de Suramérica. Quienes saben de estos asuntos comentan que hubo lapsos durante los cuales los peninsulares rechazaban todo lo que oliera a "papa", debido a que la consideraban transmisora de la lepra. Se dice además que fue el pirata Sir Frances Drake quien la llevó a Irlanda y, desde allí, se esparció por toda Europa. Hay noticias de que los llamados "hijos de Putin", o sea, los rusos, están actualmente entre los primeros productores mundiales de papas.

Como alimento mundial de primer orden, el nombre y la prosapia de esta planta están fuertemente imbricados con modismos y otras manifestaciones verbales.  A ciertos problemas o asuntos que nadie quiere asumir por considerarlos complicados o comprometedores, suele calificárselos de "papa caliente". Sospecha mi tía Eloína que es lo que debe estar ocurriendo estos días entre diferentes facciones del gobierno; aunque desde afuera se ve clarito, no consiguen a quién achacarle la papa caliente de ya no poder arrastrar a sus marchas tantas personas, como ocurría en otros tiempos. Según el Diccionario de americanismos (2010), para uruguayos y argentinos, una mujer hermosa puede ser catalogada como "papa", pero también un mexicano o un chileno  podrían indicarnos que se asocia con "mentira". En algunos países centroamericanos es equivalente a dinero: "por mucho aumento que se haga, el mes que viene estaremos sin papa para comprar la papa". También en México, la expresión "ser alguien una papa" es utilizada como sinónimo de "inepto" ("Ese caballero es una auténtica papa"); en tanto, en El Salvador, es coloquialmente sinónimo de pene. Un paraguayo podría afirmar que tener un puesto público y aprovecharlo para lucrarse es una papa. Más allá de lo que puedan creer los aficionados a la comida rápida, en algunos países hispanoamericanos, la expresión "papa frita" sirve también para designar a personas tontas o lerdas, lentas en la comprensión de lo que está pasando y hasta ingenuas.

En Cuba, la locución "papa suave" alude a algo que se obtiene de otro sin demasiado esfuerzo, con mucha facilidad, "chuleándolo" (por ejemplo, una papa suave podría ser el modo como algunos países caribeños han venido proveyéndose de petróleo venezolano). Con otra acepción diferente que la relaciona con la comida, en Venezuela llevamos ya varios años padeciendo dificultades para  "meterle a la papa". A cualquier persona opuesta al gobierno se le ha puesto la "papa dura" desde hace tiempo, pero si tiene familia enchufada sabe que la susodicha solo está disponible para quienes militan en el oficialismo y, en consecuencia, disfrutan de la "papa diaria", porque la tienen "papita" e incluso reciben la "clapapa" en sus casas. Por eso son los únicos que están "papeados".

Como toda dictadura suele generar desde el seno de su propia atrocidad un vocabulario macabro que la identifica, mi parienta me ha recordado que durante la época oscura de Juan Vicente Gómez, el término "papa" se utilizaba para calificar a los presos políticos que ingresaban por primera vez en la tenebrosa Rotunda. Si rescatáramos ese significado, hoy sería de uso mucho más que frecuente, aplicado en los múltiples presidios que albergan disidentes del gobierno.

El "mataburros" aclara que también se habla de "papa" cuando nos referimos al "sucesor de san Pedro" en el planeta Tierra, es decir, al "papaúpa" de la Iglesia católica en todo el mundo. Cuando se habla de alguien que ocupa ilegítimamente el cargo se le llama "antipapa".  Entre los jesuitas se habla de un "papa negro" para referirse al sacerdote encargado de presidir esa congregación. En cuanto al prelado ocupante del Vaticano, hay que dejar claro que, independientemente de ese altísimo y sacrosanto escalafón, su designación puede escribirse también con minúscula inicial, sin temores a que quien ejerce el cargo o sus acólitos se ofendan. Y, como suele ser el mediador más que autorizado entre los hombres y el cielo, no faltan quienes asuman que una palabra suya bastará para sanar las fuertes heridas terrenales que algunos regímenes generan en la población civil, indefensa y desarmada.

 No es entonces una "papa pelada" despachar este vocablo de un plumazo. Intentarlo sería querer ser "más papista que el papa". Si algún alto funcionario público tiene problemas de dicción, de léxico, de sintaxis, de carácter, de personalidad, de megalomanía e intenta convencernos de la necesaria participación del papa en los conflictos del país, deberíamos hacernos los locos y aparentar que no entendemos "ni papa". Finalmente, se precisa no confundir "papa" con "papá". Esta última voz es aguda y alude al progenitor biológico, —como diría un gramático— la otra es grave y, por ser tan prolija en sinónimos populares, no siempre conduce al significado que deseamos.