viernes, junio 26, 2015

Alexis Márquez Rodríguez, palabras mayores



Con la lengua, la columna más conocida del Maestro Alexis Márquez, constituye una magnífica colección de acercamientos al movimiento lento y  perpetuo del idioma, a la diaria y a veces imperceptible pero constante revolución que ocurre silenciosamente en el cuerpo de esa maravilla que distingue al ser humano del resto de la escala zoológica.

Siempre que la leía recordaba yo los consejos de un muy fraterno amigo suyo con quien también tuve el privilegio y la honra de compartir espacios que fueron desde lo académico universitario hasta aquellos en que fluyen espontáneamente y con mucha fuerza los lazos de admiración y amistad. Me refiero al recordado profesor José Santos Urriola, quien solía decirnos que el que se mete a redentor del lenguaje corre el riesgo de ser recurrentemente crucificado por lectores o escuchas.

Gregorio Alexis Márquez Rodríguez (1931-2015), el profesor de Psicología cuya voz firme, segura y regañona escuché por primera vez siendo yo todavía un imberbe estudiante de bachillerato del Liceo Andrés Bello (1968), se quedó para siempre en mi memoria y en mi futura vida profesional, hasta tener yo la magnífica honra posterior de compartir con él y con otros admirados docentes las discusiones de la Academia Venezolana de la Lengua.  

Fui testigo de las muchas veces que, ante cualquier duda, por distintas vías, la gente acudía a consultarlo como si se tratara de un médico del lenguaje. Y no les faltaba razón para pensar que podían encontrar en él la respuesta adecuada y contundente ante sus angustias verbales. Primero, porque no dejaba argumento sin conclusión. Segundo, porque era indiscutible su facilidad  para regodearse por  los diferentes pasillos idiomáticos sin volverse ni pesado ni aburrido. Cada crónica suya constituía una explicación clarísima, aderezada a veces con su respectivo basamento documental en los más reconocidos autores,  diccionarios y gramáticas. Tercero, porque abunda en su legado escritural la evidencia de que claridad, sencillez y densidad pueden aglutinarse sin contradicciones dentro de un mismo y único discurso que en este caso va dirigido a lectores de muy distintas categorías.

Tanta era su pegada comunicacional que hasta supe alguna vez de cronistas celosos por la relación simbiótica que se generó entre él y sus lectores, sus escuchas o sus televidentes. Una demostración más del misterio afectivo y comunicativo que puede surgir a partir de la columna de prensa, cuando esa escritura logra cumplir con un cometido tan loable y complicado como es divulgar asuntos gramaticales sin caer en abstracciones ni complicaciones técnicas. 

 
Su labor docente se multiplicó a través de las notas dominicales que cada cierto tiempo recogía en libros. Siempre llamó mi atención que, ante la insistencia y el llamado recurrente que hacía a sus alumnos, esparcidos dentro y fuera del país, hubiera personas que le escribían indicando que habían sido discípulos suyos y nunca lo fueron. Por ejemplo, el caso de una dama que en una ocasión le pidió consejo ante varios detalles gramaticales y fonéticos,  «recordándole» que había sido su alumna en la Escuela de Filosofía de la UCV, donde—según nos comentó sonreído— Márquez  jamás dictó clases. El misterio viene quizás por la parte afectiva que se genera entre el comunicador eficaz y los destinatarios.


En tantos escenarios manifestaba Alexis Márquez Rodríguez sus puntos de vista sobre el español que hablamos en Venezuela, que ya parece que hubiera sido profesor de cualquier habitante del país, aunque algunos no hayan coincidido con él en las aulas. Igualmente, todos se sentían llamados a poder consultarle y las pruebas están en los distintos tipos de emisarios que, por vía postal, telefónica, electrónica o personal,  acudían a solicitar ayuda en asuntos propios del lenguaje. En todo caso, me parece un mérito muy bien ganado para quien, siendo autor de más de quince libros fundamentales para la historia de la cultura nacional, supo ser fiel y vertical en pensamiento y acción, aparte de persistente.   Segura paz tendrán sus restos, y más que grata resultará la tertulia celestial al lado de sus grandes amigos Alejo Carpentier, Oscar Sambrano Urdaneta y Manuel Bermúdez.     

Publicado originalmente en www.contrapunto.com (17 de mayo de 2015) 
Imagen de Alexis Márquez Rodríguez aportada por www.contrapunto.com     

Eduardo Liendo, homenajeado


Con el homenaje a Eduardo Liendo durante el recién concluido séptimo Festival de la Lectura del municipio Chacao (Caracas, 30 de abril al 10 de mayo de 2015), nos honraron también a muchos de sus lectores. Agradezco públicamente que se me haya invitado a hablar acerca de su persona y su obra. Eduardo figura entre nuestras lecturas preferidas desde que, en 1973, apareció su breve novela El mago de la cara de vidrio, cuyo personaje más relevante es el maestro Ceferino Rodríguez Quiñones.

Ceferino  estaría loco, enmanicomiado y obseso, pero también muy claro en lo que debe ser la literatura. Cuando apareció entre nosotros, todavía privaba en la narrativa de la época la premisa según la cual mientras más te entiendan eres peor escritor. Y, por supuesto, su versión contraria: serás mucho mejor apreciado —por la crítica y los congéneres— en la medida en que los lectores padezcan más para entender lo que escribes. Tanto el personaje como el autor se han suscrito desde siempre a la primera premisa. Y eso es más que obvio en las trece obras narrativas que Liendo ha publicado desde 1973 hasta 2014.

Si un lector requiere de una aparataje cognitivo como el de Superman o el Hombre nuclear para entender lo que le estás proponiendo como literatura, lo mejor será desistir y buscarse otra obra que no te haga padecer tanto. El secreto para que la mayoría de las novelas de Liendo haya tenido aceptación de público y de crítica radica precisamente en que sus textos son poco pretensiosos en rebuscamientos y torceduras. Desde la sencillez estilística, ha logrado imponerse como escritor. Memorables son Mascarada (1978), Los platos del diablo (1985), El cocodrilo rojo (1987), Si yo fuera Pedro Infante (1989), Contraespejismo (2007). También es autor de Las kuitas del hombre mosca (2005), El último fantasma (2008) y Contigo en la distancia (2014).



Los platos del diablo fue llevada al cine (1995), bajo la dirección de Thaelman Urguelles, también coautor del guión cinematográfico con el narrador y dramaturgo Edilio Peña. Actuaciones estelares de Mimí Lazo (Sindia), Gustavo Rodríguez (Ricardo Azolar) y Julio Sosa (Daniel Valencia). Novela y película tratan el problema del escritor y su circunstancia. Como en casi toda la narrativa de Liendo, nos encontramos en esa obra con el rollo del «ser el otro», en la variante del robo de una obra literaria. Se trata de la vida paralela de dos narradores y sus trayectorias cruzadas. El primero, bastante mediocre y acosado por el afán de dinero y de trascendencia, lucha incansablemente con un obsesivo complejo por la gloria. Esto lo lleva al extremo de asesinar y plagiar al otro autor (famoso, arrogante, adinerado por herencia, no por la literatura, y «pantallero»), para asumir su obra y su aureola.

Siempre he lamentado que el Premio Rómulo Gallegos no haya recaído en su momento sobre El round del olvido (2002). Con esa novela, Eduardo no solo se sacó el clavo que la tradición le había asignado como autor de «novelas breves». A mi juicio, es una narración tan extensa en páginas como intensa y corta en la lectura. Hay que ser de verdad un mago muy disciplinado para lograr un texto narrativo tan sólido, compacto y fácil de leer, sin que el autor haya sacrificado ningún recurso.  

Dado que el lema del Festival de Lectura de Chacao ha sido LEER FUTURO, en el porvenir me ubico.  Es muy posible que dentro de 26 años, si todavía vivo y me invitan de nuevo a rendir tributo a Liendo, acuda yo complacido a manifestarle que: en mayo de 2015 yo pensaba que El último fantasma fue una novela publicada antes del tiempo en que le correspondía ser conocida, pero, hoy, futuro 4 de mayo de 2041, acudo al homenaje en el que —por haber llegado a los cien años de edad y estar en pleno proceso de producción— el trigésimo tercer Festilectura Chacao ha querido de nuevo rendirle tributo. Debido a mi avanzada edad, expresaré en pocas palabras lo que sigue y jugaré con algunos de sus títulos:


«Si yo fuera Pedro Infante, no dudaría que —gracias a los presagios de una novela de Eduardo Liendo—, un nefasto personaje de la historia (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin), no solo fue El último fantasma de una época sino que, disfrazado de cocodrilo rojo, participó en El (último) round del olvido de su paso por este mundo, y bajo los efectos de un mago con Mascara(da) de hombre mosca, se convirtió en alimento de Los platos del diablo.» 

Publicado originalmente en www.contrapunto.com (10 de mayo de 2015)
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Mensajes y masajes de texto



Es la moda. Muchos estamos en ella, pero, según mis alumnos,  ya parece asunto solo de la generación intermedia. Mientras los más chicos están deslumbrados con el WhatsApp, el chateo en vivo, el «eskaipeo» y otros recursos menos tardíos, otros estamos todavía en la etapa de los mensajitos de texto.  El verbo mensajear se ha vuelto cotidiano en nuestras vidas:

—Quiero que nos veamos hoy por la tarde —le dice  un colega a otra, antes de salir de la oficina— tenemos que ponernos de acuerdo a ver si  esta semana conseguimos café.

—Tranquilo— responde ella— te mensajeo antes de salir de casa. A mi terminal de lotería, perdón, de cédula,  le corresponde el día martes.

Y ese «mensajeo» no es cualquier tipo de comunicación. Alude exclusivamente al hecho de posar el dedo pulgar sobre las teclas del teléfono móvil, elaborar un breve mensaje de texto (incluidas abreviaturas, reducciones y emoticones) y  hacer clic en enviar. A ese uso del pulgar se le llama pulgarización. Dicen los expertos en estas cosas que, de seguir como vamos, el llamado dedo gordo de la mano se alargará en el ser humano y en no pocas generaciones ya no se le podrá llamar Pulgarcito, sino Pulgarsote.

No son pocas las personas que a diario observamos pulgarizando, en cualquier parte y en diferentes momentos del día. Quién no ha visto a la cajera o el cajero del supermercado con la mano derecha titiritando bajo el mesón, mientras con la izquierda va desplazando por el sensor de precios lo poco que hemos encontrado en los anaqueles.


A quién extraña que el mecánico pulgarice sobre su celu, mientras, totalmente engurruñado debajo de nuestro destartalado automóvil, revisa si fallan los tripoides o el árbol de leva. Con una mano va palpando las piezas del coche, con la otra presiona incómodamente las teclas. Y con la boca se recrea blasfemando porque no se consiguen repuestos

Otra escena rutinaria de este tiempo es la del jinete motorizado que  usa  simultáneamente dos teléfonos. Zigzagueando como si nada, entre los carros, e increpando a los conductores que osan atravesarse en «su camino», con uno de ellos va haciendo uso del manos libres, mientras con el otro no cesa de mensajear a los múltiples  contactos que, en la red de distribución de alimentos, ha establecido para desempeñar su función socialista de bachaqueo.

Hay muchas más escenas de esta naturaleza, pero, para no cansar, permítaseme mencionar finalmente al policía de tránsito que, en pleno centro de la intersección de dos vías, intenta orientar con su pito y su manoteo a la transgresora red de conductores que por allí circula. Mientras, con un ojo hacia el horizonte, simula ver el tráfico,  con el otro, dirigido al piso,  está pendiente del teléfono portátil que subrepticiamente descansa en la palma de su mano derecha.

Hace poco acudió mi tía Eloína a una reunión de condominio. Se proponía ofrecer una charla sobre cómo sustituir el papel higiénico por lajas de río. En lugar de sillas, los habitantes del edificio utilizan pupitres para sus actividades de esta naturaleza. Me relata la mayoría de los asistentes la miraba alelado y posaba un brazo sobre la mesa del pupitre, mientras el otro se percibía desaparecido. Como si de una colectividad de amputados se tratara. Mas no era así. Las invisibles extremidades eran utilizadas para masajear ocultamente las pantallas y los teclados que cada cual tenía en su mano.


                En fin,  todavía los mensajitos de texto acosan cotidianamente la testa de muchas personas. Parecen servir de masajes ante la adversidad.  Hay adictos incapaces de vivir sin ellos. El mundo se nos está volviendo mensaje y masaje: pantalla, teclados y claves hasta en la sopa.

Publicado originalmente en www.contrapunto.com (3 de mayo de 2015)
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Todos los libros son digitales




Tengo todavía fresco en la memoria el día que mi hijo menor me dijo:

—¡Te salvaste, puedes eliminar los libros de la lista de útiles. Pide que nos amplíen el ancho de banda de Internet y perros a cantar!

Angosto de banda y de entendimiento me quedé, luego de la explicación con que argumentó aquella solicitud. Según él, lo que no está en la Internet no existe. Y si algo hay en ese submundo llamado ciberespacio son libros de toda naturaleza. Libros impalpables, insaboros, pero libros. Los llaman virtuales, aunque —todo hay que decirlo— no siempre son ejemplares virtuosos.  No obstante, nada distinto de cualquier otra biblioteca. La ventaja más notoria: en un mínimo lugar llamado chip caben cientos o miles de ellos. Una desventaja extrema: la incertidumbre de no saber si siempre estarán allí. Son inmunes a los ácaros pero no a los virus.

Después de una larga conversación, hube de aceptar que, para muchos lectores jóvenes, los anaqueles y la acumulación de grandes lotes de volúmenes impresos en papel comienzan a ser escenarios de otra época. Estampas costumbristas que huelen a pasado.

Sin embargo, es un hecho que la publicación de libros físicos sigue siendo un negocio lucrativo para las editoriales y una necesidad cultural de la que no será fácil desprenderse por mucho tiempo. Se dice que, desde que apareció el cibermundo, creció exponencialmente el número de las publicaciones en papel. Las cifras de la UNESCO reflejan que en un promedio de 124 países del mundo se imprimen por los métodos convencionales más de dos millones de títulos al año.

Después de la invención de la imprenta, el libro tradicional fue convertido en un fetiche, una especie de tótem al que le hemos rendido culto y al que casi le rezamos oraciones. Hay quienes le han atribuido la virtud de depositario infalible de información que —al aparecer impresa y certificada por un autor o autora— se convierte en verdad definitiva. Tampoco faltan los que creen en eso que mi maestra de segundo grado llamaba el placer de la lectura, los libros recreativos. Y muchas otras categorías que omito para abreviar.

Pero todo comenzó a volverse confuso cuando llegó la Internet. Nos guste o no, la web apareció para cambiar el curso normal de la existencia. El ciberespacio se ha posesionado de nuestra cotidianidad. Los adolescentes a los que llaman nativos digitales ya no diferencian entre aquel y  el espacio físico. Y, naturalmente, dentro del mismo combo se ha instaurado la aparición de los libros virtuales. Imposible oler la tinta con que han sido impresos (en bytes), a veces puedes simular que pasas las hojas una a una pero ello es solo una sensación. No obstante, son también libros.

Hay múltiples interpretaciones acerca de estos «libros intocables». Los lectores más tradicionales viven quejándose. Los más osados, los aplauden. Tampoco faltan quienes ya predicen una catástrofe mayor que la que estamos viviendo en Venezuela con la escasez de alimentos. Sin olvidar, por supuesto, aquellos que les tienen pánico por considerarlos una especie de maldición diabólica que acabará con la lectura. Suele ocurrir. Cada vez que surge alguna innovación tecnológica, se apodera de nosotros el miedo ante lo desconocido. La idea de que algo desaparecerá para dar paso a lo que está naciendo. Pero también sabemos que no siempre es así.

Sin embargo, nada ha ocurrido. Vivimos ahora tiempos en los que ambos formatos, el libro físico y el libro virtual, se han amistado entre ellos y —ajenos a los temores humanos— hasta conviven. Tan amigos son que hay algunos que aparecen en ambos formatos: los puedes adquirir en la librería o descargarlos a tu equipo.  A los agoreros espontáneos anunciadores de biblicidios masivos hay que pararles el trote: el libro, ese imbatible y mágico fetiche de la cultura escrita, sigue ahí. Solo que a veces cambia de traje: un día se baña de tinta y se engalana de papel; el otro, pues, se adorna de bytes para lucirse en nuestras pantallas. Siempre a la espera de ese otro de quien sí dependerá por siempre su existencia: el lector.


Y si la palabra dedo viene de dígito, pues, a decir verdad, todos los libros son digitales, según mi tía Eloína: unos porque nos ensalivamos el índice para pasar las hojas de papel, otros porque sin dedos es más difícil manipular el teclado o activar los comandos de una pantalla.

Publicado originalmente en www.contrapunto.com (26 de abril de 2015)
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martes, mayo 26, 2015

Cocheros literarios


 Acompañamiento, aptitud, autodeterminación, autoestima, coaching ontológico, confianza, conocimiento de sí mismo, disonancia cognitiva, estrés, inteligencia emocional,  liderazgo, mercadeo, optimismo, pensamiento positivo,   risoterapia, solución creativa, vocación…  

Detengo lo que simula un diccionario para decir que la lista incluye palabras y expresiones integradas al vocabulario de esa jerga seria que en términos generales se denomina AUTOAYUDA. «Autoayúdate que yo me ayudaré», imagino que debe ser el lema de esas nuevas biblias andantes que son los  gurúes y autores de  libros o conductores de seminarios  referidos a esta actividad.  Buscan en teoría contribuir con el autocontrol y el desarrollo de unas supuestas cualidades y habilidades que los mortales llevamos ocultas en el fondo más recóndito de nuestra conciencia.

Eso es al menos lo que indica la vastísima publicidad que se difunde sobre el asunto. A quienes nos hacen el favor de forzarnos a sacar estas maravillas a flote se les denomina anglófilamente  COACHS. Es probable que en el futuro del español hayamos de llamarlos COACHERS. O mejor, COCHEROS. Decirles entrenadores o facilitadores —como correspondería en nuestro idioma— sonaría excesivamente mundano, demasiado terrenal y nada llamativo. Cocheros serán porque tiran de los caballos que nos llevarán al mar de la felicidad y el regocijo.  Es una moda. No hay día que no llegue a nuestros buzones de correo electrónico o a nuestras cuentas tuiteras alguna invitación en la que se nos conmina  a atrevernos.

Coachs los hay por toneladas. Y en muchas especialidades. Hasta para ejercer algo que ahora se denomina «coaching literario». Personas osadas que apenas haber publicado un breviario de cuentos o una modesta novela, o quizás después de haber obtenido algún galardón, pues a veces sin la más pura idea sobre el asunto, se disponen a enseñar a otros  —en supuestas «clínicas» líricas, narrativas, ensayísticas o de crónicas—, cómo hurgar profundo en sus neuronas si aspiran a la escritura de alguno de los géneros mencionados.

No es que esto sea nuevo, pero, ante la crisis y la escasez, la modalidad se ha venido haciendo cada vez más presente. Hace algunos años comenté por la prensa la frase con que una supuesta «escuela de escritores» de la época buscaba enamorar candidatos/as a plumarios/as a través de un lema tan provocativo como: ¿QUIERES SER ESCRITOR? VEN CON NOSOTROS. Y a propósito de discutir este tipo de llamados — precisamente en un taller literario al que estábamos asistiendo— nos comentaba en aquellos días el inolvidable José Vicente Abreu que, primero, no aprende a escribir literatura el que quiere. Y menos si atiende a un COCHERO  inexperto (aunque este se haga llamar coach).  No basta el deseo, decía el autor de la novela testimonial SE LLAMABA SN (1964). Y, segundo, previa licencia de pudibundos y puristas, me permito repetir y hacer mía la frase con la que el mismo Abreu remataba sus lecciones acerca de convertirse alguna vez en escritor: se requieren infinitas horas-nalga muy productivas para lograrlo. A veces ni siquiera una vida es suficiente. El ejercicio de la literatura no es una boutade; otro puede ayudarnos a desarrollarnos en ella, pero se necesitan ciertas condiciones previas; se precisa de una manera de ver el mundo y no necesariamente de momentos de iluminación o de las técnicas que puedan aportarnos otros.


Somos miles los que anhelamos llegar alguna vez a ser considerados escritores. Una ínfima minoría lo logra. Y de ello no nos enteraremos jamás, por mucho que algún cochero nos «autoayude». Deben pasar muchos años para que el señor tiempo nos asigne ese lugar, si es que llegáramos a merecerlo. 
  
@dudamelodica

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Publicado originalmente en www.contrapunto.com (19 de abril de 2015)


Entre plagios y plagiarios



Ocupar el lugar de otro y sustituirlo no es tan sencillo. Se precisa que los demás crean de verdad que la usurpación del lugar ajeno tiene algún sentido. Copiar los modos como otra persona ha actuado o escrito suele ser mucho más complejo que la simple acción de desearlo o intentarlo.  No es sustituto quien quiere sino quien puede. Y más de una vez la presunta posesión resulta en caricatura, imagen risible, parodia mal programada. Plagiar la obra o la personalidad de alguien es también un arte. El origen del plagio suele ubicarse entre dos extremos que a veces se rozan: la admiración desmedida o la urticante envidia.

Hoy hablo de plagios y plagiarios a fin de honrar la memoria del todavía anónimo y espurio  escritor español del siglo XVII, Alonso Fernández de Avellaneda, autor de un Quijote apócrifo que circuló en España en 1614, nueve años después de la publicación de la primera parte de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (1605).  Creo que el mayor acierto de Fernández de Avellaneda no fue tanto escribir una supuesta segunda parte del Quijote, sino hacerlo con ese nombre como seudónimo y, la guinda de la torta, anotar su libro con un falso pie de imprenta. Lo que se diría un doble juego tan enigmático y magistralmente armado que todavía en este siglo XXI sigue dando de qué hablar. Es lo que demuestran tanto las traducciones a otros idiomas que de él se han hecho, como la reedición por parte de la mismísima Real Academia  Española, en este año 2015, de ese Quijote sustituto.

Mucho se ha dicho sobre quién pudiera haber sido el autor de aquel falso Quijote, pero, a decir verdad, no se ha logrado ninguna certeza al respecto. Entre otros, hasta al propio Lope de Vega (notorio adversario de Cervantes) se le ha atribuido alguna vez tan sortario desaguisado. El plagiario logró su cometido a plenitud porque original y copia han sobrevivido hermanadas. Y el efecto de la parodia fue tan certero que obligó al propio Cervantes a publicar la verdadera segunda parte de su obra  en 1615.

Soy admirador de los buenos plagiarios y suelo tener poca estima por aquellos «grandes escritores» que, jugando a la ignorancia de los demás, se dedican a copiar textos descaradamente, incluso de la prensa. Por ejemplo, de eso se acusó más de una vez al escritor peruano Alfredo Bryce Echenique. El alboroto generado por una serie de intelectuales mexicanos le impidió acudir a recoger el Premio de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2012, que vergonzosamente hubo de recibir en su propia casa, en Lima, debido, según palabras del propio acusado, a la posibilidad que había de que lo lincharan. Y agrego yo, no tanto por haber copiado sino por la manera tan burda de ejercer tal oficio. Es lo peor que le puede ocurrir a un escritor: encima de copista, mal falsario es como demasiado. Según sus denunciantes, a Bryce se le habían comprobado hasta ese momento más de 40 plagios y  16 multas certificadas por el Instituto Nacional de Defensa de la Competencia y de la Protección de la Propiedad Intelectual (INDECOPI, Perú). Imitador más chimbo, imposible.


A partir de ese momento, le perdí el respeto y la admiración que alguna vez profesé al autor de Un mundo para Julius (1970). Hasta pensé en esos días sugerirle un imaginario taller literario con nuestro más ilustre e inteligente plagiario universal y ficcionauta recurrente: el invalorable Rafael Bolívar Coronado (1884-1924), brillante y más que respetable seudonimista venezolano que, para sobrevivir en este mundo de competencias desleales como es la literatura, se ocupó de suplantar a cientos de autores de diversas latitudes mediante el uso de unos 650 seudónimos. Lo reveló el historiador Rafael Ramón Castellanos en un libro imprescindible que es una rara avis de nuestra bibliografía local: Un hombre con más de seiscientos nombres. Rafael Bolívar Coronado (1993). Desde Andrés Bello hasta el mexicano Amado Nervo, hasta otros como Arturo Uslar Pietri, José Martí y Rubén Darío, anduvieron de la mano y pluma de Bolívar Coronado, con explícita intención y sin esconderse, con absoluta premeditación y éxito. Digno descendiente suramericano de Alonso Fernández de Avellaneda.

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Publicado originalmente en www.contrapunto.com (12 de abril de 2015)

Carlos Pacheco, Caballero de las letras





No tengo memoria de la fecha exacta en que conocí a Carlos Pacheco (1948-2015). Apenas guardo de ese momento un fortuito cruce de manos en algún espacio del Instituto Pedagógico de Caracas, a mediados de los años ochenta.  En todo caso, quede ese encuentro como el primer chispazo de una amistad que se afianzaría en la Universidad Simón Bolívar durante esa misma década.

Lo que sí puedo asegurar es que la hermandad entre ambos llegó para quedarse. De nuestro inicial trabajo conjunto en la Universidad Simón Bolívar (Caracas), aparte de la amistad y eterna fraternidad,  nació el volumen Del cuento y sus alrededores. Aproximaciones a una teoría del cuento (1993, 1997). Mucho más adelante, hicimos equipo con Beatriz González S. para compilar, editar y publicar Nación y Literatura. Itinerarios de la palabra escrita en Venezuela (2006).  Entre esos dos proyectos comunes, y también después, sucedieron otros varios, pero  me limito a mencionar el último. Uno en el que decidimos juntar nuestros criterios con el de Carlos Sandoval para pasearnos por el cuento nacional. Resultado: Propuesta para un canon del cuento venezolano del siglo XX (2014).

No obstante, más allá de la comunión meramente universitaria, Pacheco fue mi hermano. Nos adoptamos como tales en el recorrido por pasillos universitarios, por eventos profesionales, por resquicios familiares ancestrales, por nuestras  biografías y pasiones en las que siempre apareció algún elemento común.

Pero Carlos Pacheco, mi compañero de aventuras, acaba de marcharse el pasado 27 de marzo, sin que ni él ni yo, ni nadie de nuestros entornos, lo esperáramos. Por ese motivo, hoy no queda espacio para ningún otro tema que no sea rendirle homenaje póstumo. Ofrezco disculpas a los lectores por ocupar con algo tan personal el precioso tiempo que generosamente dedican a pasearse por mis dudas.

Nos unieron muchas cosas: la docencia, la trujillanidad, la literatura venezolana, la lingüística, la crítica e investigación  literaria, la actividad editorial y la vida familiar. Tantas fueron nuestras coincidencias vitales que, incluso la semana pasada, al transmitir la noticia sobre su fallecimiento repentino en Bogotá, la prensa nos ha puesto a nacer el mismo, día 3 junio, aunque no fue así. En honor a la verdad, Carlos vino al mundo un tres de julio de 1948 en Caracas. Y el día 7 de diciembre de 2009 tuve además la honra de recibirlo como numerario de la Academia Venezolana de la Lengua. Hace apenas unos meses, también un 3 de julio (de 2014)  nos juntamos sus familiares, amigos y colegas en el paraninfo de la Universidad Simón Bolívar, a propósito del título de Profesor Emérito que le confiriera el Consejo Directivo de nuestra hoy golpeada y más que maltratada institución.

Pocos años hace que me correspondió además formar parte del equipo editor  de Alfaguara, en la revisión y producción del libro La vasta brevedad (2010), una antología del cuento venezolano del siglo XX, en cuyo proyecto participó Pacheco con los escritores Antonio López Ortega y Miguel Gomes. Su libro La comarca oral (1992, en proceso de reedición por una universidad colombiana, según me dijo el año pasado), ha sido una referencia de primera mano para estudiantes  interesados en los vericuetos literarios de Latinoamérica.

Difícil resumir en tan escaso espacio una trayectoria harto productiva, vasta y diversa como la de Carlos Pacheco. Firme en sus convicciones, seguro en sus ideas, caballero de la vida y de las letras, estudioso, universitario a toda prueba, podrían ser algunos de los rasgos para definir su personalidad, sus pasos más que fructíferos por el CELARG, por la Universidad Simón Bolívar, por la Academia Venezolana de la Lengua, sus disciplinados estudios de postgrado en Liverpool y Londres, sus pasantías por diversas universidades extranjeras. Y, lo más importante, su don de gentes y su don de aciertos, la lealtad hacia los amigos.

Obviamente, también tuvimos diferencias que no pueden pasarse por alto: en el carácter, en la estatura, en el número de matrimonios e hijos, y en muchas otras cosas que no viene al caso enumerar. Como diría el filósofo Edgar Morin al aludir al principio dialógico de la complejidad, ni iguales ni correspondientes, complementarios. Amigos incondicionales y eternos.  Además de haber publicado individualmente o en equipo más de una veintena de libros, Pacheco fue coautor (con Wilma Álvarez Esteves) de tres disciplinados y modélicos ciudadanos: Fianna, Milena y Andrés, testimonios evidentísimos de las buenas enseñanzas familiares que recibieron.  Compartió además un importante fragmento de su vida familiar y académica con la profesora y también entrañable hermana de ruta Luz Marina Rivas, investigadora dedicada a escudriñar documentos que la ayuden a demostrar la valía y dedicación literaria de las escritoras venezolanas. La fotografía retrata justo el día en que Lucía Fraca y yo apadrinamos esa boda.

No asimilo todavía que Carlos Pacheco se haya ido tan a destiempo. Prefiero acudir a mis inclinaciones por la ficción y construir una historia en la que un personaje llamado Carlos Pacheco se ha ido de viaje a Bogotá y allí será un paseante eterno, preocupado siempre por Venezuela, abrumado por un autoexilio que, sin embargo, no logró menguar ni su disciplina de trabajo ni su persistencia, haciéndose el trujillano (como lo fueron sus ascendientes), con plena conciencia de que todo proceso histórico es circunstancial y de que siempre vendrán tiempos mejores.

Fotografía:
[Diciembre de 2004]
Sentados: Lucía Fraca y Luis Barrera Linares / De pie: Carlos Pacheco y Luz Marina Rivas 

Publicado originalmente el 5 de abril de 2015 (www.contrapunto.com/ Opinión

viernes, mayo 01, 2015

El inquieto (ana)cobero*



El muy admirado escritor venezolano Salvador Garmendia publicó en 1975 un cuento magistral titulado El inquieto anacobero, cuyo único aparente pecado enjuiciable era contener algunas de esas palabrejas que los lingüistas pudorosos llaman «voces malsonantes». Español sucio o groserías  les dicen los más pudibundos. Con base en ese supuesto vocabulario soez utilizado en el cuento,  un tal Bloque de Prensa Venezolano incoó contra el autor una absurda demanda, fundamentada en la supuesta ofensa al  pudor y la moral de la época. Historias similares se han repetido centenares de veces en todo el mundo. No podíamos quedarnos atrás en Venezuela, donde, además, no era la primera vez que una obra resultaba censurada por una legión de castos y santos señores de esos que no orinan por donde la mayoría de la gente lo hace.

 En el pequeño y particular mundo de nuestra literatura, se rumoraba en esos días que, naturalmente, algo más habría de existir detrás de aquel reclamo. Quizás el ataque subyacente al perezjimenismo que contiene el relato. Tal vez el haber tocado un tema referido a cierta élite militar de la dictadura y sus patológicas aficiones burdelescas. Mientras acuden al velorio de un colega de farras y barras, dos amigos rememoran la época nocturna y truculenta de los cincuenta del siglo pasado. Aparte de algunas escenas con prostitutas y putañeros, un General gatillo alegre y la imagen subyacente del excéntrico cobero y anacobero Daniel Santos, no hay propiamente escatologías en el cuento, más allá de comodines lingüísticos tan desgastados como «vaina», «coño», «cojonuda», «comemierda», «jodiera» y alguna otra. Nada que ameritara santiguarse.

 Siempre me quedé con la duda acerca de qué podría haber detrás de la demanda a un escritor tan buena gente, inofensivo y grato como Salvador Garmendia. Era obvio que aquello le hiciera al relato mucha publicidad y ―como suele ocurrir con buena parte de las obras censuradas y bien escritas― lo convirtiera en lo que el texto es hoy: un clásico de la cuentística venezolana.


Es virtud de los textos clásicos reaparecer y seguir conmoviéndonos. Y justo ahora, en estos meses de marzo y abril de 2015, el cuento de Salvador ha resucitado de nuevo para sus lectores y admiradores. Hemos vuelto a evocarlo y releerlo a raíz del montaje teatral denominado precisamente El inquieto anacobero. De la mano y pluma de Federico Pacanins (quien, entre otras cosas, adaptó el cuento y dirige la obra) y Magdalena Frómeta (productora general), la imagen de Daniel Doroteo de los Santos Betancourt —ese era el nombre completo del cantante, rememorado mil veces en el relato de Garmendia— hemos asistido a una representación de lujo. Impecable. Según mi tía Eloína,  si de verdad «recordar es vivir», pieza con que concluye la obra teatral, lo único que quizás choca un poco contra nuestros recuerdos (en la obra, no en el relato) es escuchar a una fabulosa bolerista de otros tiempos —Mirna Ríos— interpretando con notorio esfuerzo vocal el bolero «Amémonos», otrora emblema y casi marca de su excelente repertorio juvenil. Afortunadamente, tratándose de un escenario botiquinero en el que necesariamente hay que libar y libar, también escuchamos en la obra la interpretación  coral de otra conocida canción que al final nos sirve para justificar cualquier involuntario desliz: «Borracho no vale». 

*Originalmente publicado en www.contrapunto.com (27 de marzo de 2015)
Fotografía: Salvador Garmendia (Google images)

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ENVIDIABLE CERVANTIADA*




Se dice que el Quijote es la obra literaria española más citada, leída, traducida y plagiada. Suele argumentarse  que apenas compite con la Biblia y que a veces se duda sobre cuál de esos dos libros ha sido traducido a más lenguas.  Lo que podemos asegurar es  que, después de más de cuatrocientos años de haber sido publicada, se trata de la novela más revolucionaria de nuestro idioma. No ha habido otra porque allí están todos los recursos pasados, presentes y futuros de la narrativa de ficción.  
Todo esto viene a cuento hoy porque está circulando la noticia según la cual un equipo de investigadores ha logrado encontrar en Madrid los restos óseos de Miguel de Cervantes Saavedra, justamente el autor de El Quijote.

No sabemos qué sería mejor: que siguiera dicha osamenta en el misterio o que realmente la hayan encontrado, mezclada con otra porción de huesos en la que, según los antropólogos y forenses, estarían los de Cervantes, pero realmente no están, dado que se hace difícil precisar cuáles eran realmente los suyos y cuáles pertenecían a las otras quince personas que, por varios siglos, han compartido la misma cripta en los recovecos túmbicos del convento de Las Trinitarias Descalzas. No habrá posibilidad de hacer estudios de ADN para verificar el hallazgo, debido a que —aunque mi tía Eloína lo dude— se presume que el autor no tuvo descendencia y apenas  se tiene conocimiento de una hermana suya cuyos despojos  descansan también  en un osario común de Alcalá de Henares. Una historia como para aquel médico de los muertos, protagonista de un  cuento del venezolano  Julio Garmendia.

Es decir, después de unos diez meses de excavaciones, podemos inferir que quedamos en las mismas. Se afirma que son los huesos de Cervantes, aunque no necesariamente. Podrían ser, sin embargo, no sabemos. Quizás sí, pero…  Según el informe, con Cervantes y su esposa (Catalina de Salazar) han cohabitado bajo tierra las osamentas de otros adultos: cuatro de ellos hombres, dos mujeres «y otros dos de sexo indeterminado»,  más cinco niños. Vaya usted a saber lo que era sexo indeterminado en el siglo XVI.

 En conclusión, nada en concreto, luego de haber gastado más de 130.000 lechugas imperialistas en la búsqueda. Queda además la duda melódica de si se podrán exhibir en algún museo para turistas necrófilos, porque cómo saber cuáles eran realmente los suyos a fin de poder decir que los hemos visto.


En consonancia con lo literario y la ficción, la historia semeja un capítulo más de El Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Casi una broma futurista digna de su eterno compañero Sancho Panza. Digamos, un sanchopanzazo. Una ironía de la ciencia en la que la ficción novelesca sigue imperando. Se me hace que es una venganza pensada de antemano por el mismo autor, para que no sigamos repitiendo aquella expresión tan de moda en nuestros recintos universitarios de finales de los sesenta del siglo pasado: «Cervantes, camarada, tu muerte será vengada». Para estar a tono con el hallazgo, habremos de cambiarla por «Cervantes, camarada, tus huesos serán otra quijotada ». Quizás otra envidiable cervantiada. Así son los escritores verdaderos: bromistas hasta la eternidad, incluso hasta varios siglos después de muertos. Vale por don Miguel.

*Originalmente publicado en www.contrapunto.com (22 de marzo de 2015)
Fotografía: Google images (Fernando Rey (Don Quijote) y Alfredo Landa (Sancho Panza) en una producción de RTVE)

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COSTUMBRISMO DEL SIGLO XXI*



Imagino la curiosidad que habrán de despertar dentro de unos cien años las evidencias gráficas y sonoras de la Venezuela de este incierto y angustiante tiempo venezolano. Biznietos y tataranietos se preguntarán sobre las razones por las que las agencias de viajes se convirtieron en gestoras de compras. Algunas de ellas cambiaron de ramo para programar tours nacionales en los que no hay visitas a museos, iglesias, o monumentos, sino a redes de supermercados en los que, si hay suerte, podría conseguirse algún producto básico.

 Inquieta adivinar en estos días lo que pasará por las mentes de nuestros descendientes al ver archivos de Whatsapp como los siguientes: Mi cajera confidente informa habrá azúcar mañana 12m. Corresponde hacer la fila a mamá. Fingir cojera severa.  Llevar bastón, cédula y huella digital chimbeadas.

Apreciarán la estampa costumbrista de cadenas de motorizados bachaqueros que, amparados por la anonimia de sus cascos negros, circulan por la ciudad con una oreja en el tráfico y otra en el manos libres del teléfono, pendientes de cuál habrá de ser la ruta de ese día para proveerse de los insumos que deben hacer llegar a los buhoneros, personajes  convertidos en los conversos robinjudes de la actualidad. Conversos porque, si bien Robin Hood quitaba a los pudientes para proveer a los menesterosos, en este caso, buena parte de tales héroes modernos acaparan productos para venderlos a sus propios congéneres a precios impensables.

Ni qué decir de la necesidad que tenemos hoy de portar rutinariamente una sombrilla, ropa adecuada, un botellín de agua (de chorro, de la otra no hay) y algunos medicamentos antiestrés, debido a que —aunque salimos de casa con algún rumbo predeterminado—, nunca sabemos dónde recalaremos realmente. Podría atravesarse en nuestro camino la sorpresa de que han llegado los pañales a algún establecimiento situado justo en algún punto de nuestra ruta:

—¿Viste lo que lleva ese viejito en las bolsas? ¡corre pallá, coño!

Puesto que, según los dueños de algunos supermercados, es delito de lesa patria fotografiar anaqueles vacíos o superpoblados de cualquier cosa (menos de las que realmente requerimos),  mi tía Eloína se ha dedicado a grabar las conversaciones que a diario pueden escucharse mientras «acampamos» en algún local, a la espera de cualquier vaina que a los gerentes se les ocurra sacar a subasta ese día. Ante la presencia de los agentes del orden (que por lo visto ahora solo cuidan establecimientos comerciales), sea por temor o por resignación, pocos ciudadanos, se atreven a quejarse de la situación. Más bien se dan a contar chistes o charlar sobre lo barata que estuvo la costilla de res de la semana pasada, aunque para obtenerla tuviéramos que consumir más calorías de las que logramos con lo adquirido.

En cuanto a las unidades de tiempo que utilizamos en esta época, quedará testimonio de que ya no son ni los días, ni las horas, ni los meses o años. Seguramente se pensará en el futuro en un desvarío colectivo. Porque nomás ver a algún conocido, llamarlo o escribirle un correo electrónico, lo primero que se nos ocurre son ciertas modalidades de saludo que ya se van volviendo hábitos:
            ¡Qué de colas que no nos veíamos!
            —Dentro de tres visitas al súper será mi cumple.

—¡Hace cinco filas que no consigo papel para el codo!

*Originalmente publicado en el diario digital www.contrapunto.com (15 de marzo de 2015)
Fotografía de Nelson González Leal

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