domingo, marzo 27, 2016

¿Dónde conseguir el Diccionario de la Lengua Española (DLE)?



Es la pregunta que ha formulado mi tía Eloína muchas veces a diversos libreros. La respuesta recurrente la encontrará en el desarrollo de esta quejosa duda melódica



Un diccionario es la memoria léxica de una lengua: allí reposa el patrimonio lingüístico, social y cultural de una sociedad. Aunque consultarlo es relativamente cómodo y fácil, elaborarlo y ponerlo en circulación no es tan sencillo como pueda pensarse. Solo los lexicógrafos profesionales saben de las penurias y las horas-hombre y horas-mujer que exige un trabajo de tal naturaleza. Ocupa años de labor tesonera, paciente y constante. Muchas personas e instituciones participan (directa o indirectamente) en su elaboración, incluso en el caso de los que llevan firma individual. La disciplina que los cobija se llama Lexicografía. Y un buen diccionario a la mano es un puente mágico y mítico entre lo que sabe un hablante y lo que desea saber o ratificar acerca del idioma con el que mira el mundo.
En octubre de 2014 se publicó la vigésimo tercera edición del más conocido y reconocido de los recuentos léxicos de nuestra lengua: el Diccionario de la Lengua Española (DLE). Se hizo en conjunto entre la Real Academia Española,  veinte academias hispanoamericanas y una norteamericana. Contiene aproximadamente noventa mil entradas, entre ellas diecinueve mil voces propias de América y más de tres mil venezolanas.
 La versión impresa en papel tiene dos mil trescientas doce páginas. Aunque en consonancia con este tiempo de realidad virtual, existe también  una versión digital (actualizada en octubre de 2015, accesible literalmente a todo el planeta), habrá instituciones, colegios, bibliotecas que todavía aspiran a tenerlo en sus anaqueles, como un tótem incuestionable, seguro, certero, contundente. Y es así porque, independientemente de la relación que mantengamos con la Web, vivimos todavía tiempos de transición en los que continúa habiendo muchísimas personas sujetas al mito del legendario y magníficamente “fetichizado” libro convencional. Puede parecer inexplicable para algunos pero hay costumbres sociales y culturales insertas en los genes de las cuales no es tan fácil desprenderse. Una de ellas es, por ejemplo, el hábito de ojear, hojear y leer un manojo de páginas alineaditas, juntas, ordenadas y numeradas entre dos tapas materialmente manipulables, algo que se pueda palpar, oler, manosear y hasta (sub)rayar o servir de almohada (para quienes tienen esa y otras costumbres vinculadas con ese fetiche que es el libro).
Esa y no otra es la razón por la cual mi tía Eloína, adicta a la consulta de repertorios lexicográficos,  sigue preguntándose los motivos por los cuales el DLE impreso en papel no se consigue (o se hace difícil de obtener)  en las librerías venezolanas. Según asume mi parienta, la respuesta a esa interrogante debería darla la casa editora encargada de traer esa obra a Venezuela, es decir, la editorial Espasa; hasta donde se conoce públicamente representada en el país por los señores de Planeta. Es verdad que desde hace mucho tiempo son muchas las carencias que nos acogotan, muchos los vacíos que hay en nuestro quehacer cultural. Sin embargo, en este caso, no convence demasiado la excusa que por allí hemos escuchado, según la cual dicha situación se debe a la escasez ya crónica de pliegos para imprenta. Cualquiera que por alguna razón esté familiarizado con el universo editorial del país conoce de sobra la situación con el papel (y no solo me refiero al de imprimir). Sin embargo, esas mismas personas saben también que el DLE no se ha elaborado en Venezuela casi nunca. Baste revisar el colofón de todas las ediciones anteriores para verificarlo. Pero, aun si así fuere, si por razones de costos, hubiere necesidad de hacerlo aquí, la evidencia de las vitrinas de algunas librerías demuestra que sí ha habido “voluntad” para publicar volúmenes de otra naturaleza.

Digámoslo sin tapujos: El único país de Hispanoamérica donde parece no haber llegado hasta ahora el DLE quizás sea el nuestro. Y si llegó ha sido de modo clandestino. Tampoco ha habido hasta hoy presentación pública del DLE en Venezuela. Y si se hizo, se llevó a cabo de forma que muy pocos nos enteramos. Da la impresión de que los libros sobre la farándula y los faranduleros, las “biografías” y los oficios de algunos personajes públicos rinden muchos mayores beneficios, o al menos despiertan más interés editorial y comercial, que un volumen como el  Diccionario de la Lengua Española que, aunque en verdad tiene poco valor mediático, es, eso sí, una mediador insustituible entre los hablantes y su lengua.
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Publicado originalmente en www.contrapunto.com (28 de febrero de 2016)
Imagen aportada por Contrapunto
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El DICCIONARIO DE LA LENGUA ESPAÑOLA (DLE)


El Diccionario de la Lengua Española no es producto ni de un solo país ni de una sola academia. Es una obra colectiva en la que Hispanoamérica ha tenido mucho que ver.

En su excelente libro Críticas con humor sobre el idioma y el Diccionario (2004), el periodista español Alex Grijelmo aduce que, en contraposición con su inicial carácter prescriptivo, el Diccionario de la Lengua Española (DLE) ha derivado en un «diccionario de uso». Se refiere más adelante al hecho de que «La Academia y muchos magníficos filólogos han dado en bendecirlo todo o casi todo, y cualquiera puede parecer ya un purista sin serlo.» (p. 19). Lo segundo parece razonable y suele ser uno de los argumentos más frecuentes en cualquier hablante común. El usuario que no es filólogo, el que es docente, principalmente de primaria y secundaria, ha tenido en el DLE su mejor soporte lexicográfico para generar confianza en sí mismo o en sus estudiantes, por lo menos en cuanto a una normativa general mínima. Igual que para el hablante común que recurre a una fuente que considera segura y confiable, la ambigüedad es mala compañera de la docencia en esos niveles de la educación. El alumno procura certeza y el maestro debe ofrecérsela con base en una documentación que se la garantice.
En discordancia con lo dicho por el periodista español, mi tía Eloína (que no es lexicógrafa, pero sí hablante desbocada de español maragocho), cree que el uso de un vocablo es precisamente lo que debe recoger un diccionario como el DLE. Pero una vez comprobado ese uso con documentación confiable, viene entonces el momento de prescribir o precisar una normativa acerca de él, cual consenso de un colectivo que lo ha adoptado y lo acepta como tal. Es curioso, sin embargo, que el propio Álex Grijelmo ―que algunas veces aboga por cierto americanismo del español y hasta agradece que hayamos «enriquecido» su lengua materna también aluda al «Diccionario de la Academia» (aludiendo exclusivamente a la Real)   y en ningún momento a un «Diccionario de las academias» (pareciera excluir de esto las corporaciones americanas de la lengua). Pero, cuidado, él no es el único; eso es lo habitual incluso en Hispanoamérica: todos lo hemos hecho alguna vez. Así ha sido instaurado por la tradición en nuestra memoria colectiva. No debería serlo pero hasta hace muy poco fue una asunción implícita el hecho de que la principal y más importante fuente lexicográfica del español se llamara Diccionario de la Real Academia Española y de allí que se le abreviara DRAE. Un extraño mecanismo inconsciente, casi como el resultado de una campaña publicitaria exitosa, nos indujo  a denominarlo así y a obviar su auténtico título (Diccionario de la lengua española, cuya obvia abreviatura debería ser DLE, tal como, previo acuerdo de   las veintidós (dentro de poco veintitrés) academias de la lengua, aparece desde mediados de 2015 en su versión de la Internet (lo que puede verificarse en el enlace http://dle.rae.es).

Por otra parte, el verbo utilizado por Grijelmo («enriquecer») puede tener muy buena intención, pero implica otro prejuicio que, sin darnos cuenta, hemos alimentado y repetido a través del tiempo: Hispanoamérica aporta al conjunto del español pero hasta allí; a más de quinientos años de haberlo adoptado, el idioma pareciera no pertenecernos todavía.  Cuando se indica que América ha aportado a  (o ha enriquecido) la lengua de España, el aserto parece ir en una sola dirección: la periferia ha contribuido para fortificar el centro.  Diferente a indicar que los distintos países donde se habla español han contribuido todos con el enriquecimiento de la misma. No puede olvidarse que el español no fue siempre la lengua del territorio peninsular. Coincido con la profesora venezolana Rita Jáimez, quien ha argumentado que nuestra lengua nació e inicialmente fortaleció su grandeza en la península ibérica, pero de no haberse expandido hacia América, su importancia actual no sería la misma. Cincuenta millones de hablantes (españoles) es apenas el diez por ciento de quinientos millones de almas regocijándose con un mismo idioma. Y si no, que se les pregunte a los publicistas o a los demógrafos. El español es hoy es la segunda, tercera o cuarta  lengua del planeta (según se vea) y el mayor porcentaje de esos hablantes está en Hispanoamérica.
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PUBLICADO ORIGINALMENTE EN WWW.CONTRAPUNTO.COM (21 DE FEBRERO DE 2016)
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SAN VALENTÍN / SAN VALENTÓN

Hay poca seguridad sobre el real origen de este día. Mi tía Eloína intenta rastrear aquí  el origen

Hoy se celebra su día, es cierto, pero, igual que otras tantas leyendas mercadotécnicas, ya no  se sabe exactamente a quién alude esa abstracción llamada san Valentín. Según mi tía Eloína se trata del auspiciador y protector de los amoríos a quien los comerciantes idolatran y algunas suegras detestan, no precisamente por ellas, sino por los/las “peor es nada” que a veces consiguen sus hijos o hijas. Como muchos de los integrantes del santoral cristiano, hay serias dudas acerca de la existencia real de ese casto caballero a quien desde hace mucho los enamorados le han rendido culto. ¿Quién era?, ¿de dónde salió?, ¿por qué se le venera un día antes del cobro de quincena? Algo similar al archiconocido “día de la secretaria” o al “día del niño”. Uno celebra sin conocer la explicación por la cual lo está haciendo.  Si de verdad hay un día de los enamorados, ¿por qué no incorporar al calendario otros festejos como  “la noche de los desenamorados”, “la madrugada de los despechados”, “el amanecer de los maleteados”. Un verdadero misterio este santurrón presuntamente enamoradizo que en fecha como la de hoy, a pesar de la inflación, todavía parece mover más dinero que bachaquero en diciembre. Pero la leyenda existe y eso no se discute.

 En cuanto al origen del epónimo, se habla de un médico devenido en sacerdote,  quien fuera decapitado por orden del emperador romano Claudio el Gótico, a fin de quitarle la costumbrita de andar casando soldados con sus respectivas novias clandestinas. Dice la historia eclesiástica que en ese tiempo el matrimonio era considerado incompatible con la carrera de las armas. Época extraña en la que a un integrante de la soldadesca le estaba vedado el casorio formal. Podía echar canas al aire y visitar lugares de poca reputación para satisfacerse pero nunca matrimoniarse formalmente con una damisela por muy pura que la considerase. Cuenta también la leyenda que precisamente en eso radicaba el gozo de aquel inquieto “medicura”, a quien más bien deberíamos recordar como san Valentón: en acto de abierta afrenta oposicionista contra el emperador de turno, pues disfrutaba celebrando himeneos castrenses clandestinos.  Con su actitud retadora, aspiraba a darle dolores de cabeza al monarca y, lamentablemente, por valiente, terminó precisamente sin cabeza.
Otras versiones menos trágicas aluden a dos personajes que, en apariencia, poco tenían que ver (explícitamente) con las pasiones amorosas: un antiquísimo obispo San Valentín, de la ciudad italiana de Terni, y otro llamado Valentín de Recia. Del primero se sabe que el día 14 de febrero son sus fiestas patronales. Ya eso nos ofrece un lugar en el almanaque. Del otro se ha dicho que siempre ha sido venerado por algunos cristianos debido a sus facultades celestiales y don particular para curar a personas epilépticas.
Es decir, si quisiéramos entender el auténtico misterio de la fiesta y los amoríos que despierta san Valentín en febrero, pues no se haría difícil pensar que los tres se han vuelto un solo y único mito y, además, buscándole coherencia a este asunto, directa o indirectamente, todos tienen que ver con las coyuntas amorosas. Uno por los casorios prohibidos, es obvio; otro porque nos legó la fecha y el tercero debido a que a lo mejor hay relaciones amorosas que alteran la actividad eléctrica del cerebro, como la epilepsia (aparte de que, si la pareja incurriera en ciertos excesos amoriles, podrían terminar ambos epilépticos).
De allí que mi tía Eloína haya opinado desde siempre que ese santo cachón al que mientan Valentín ha sido valiente y muy valeroso y, además, de acuerdo con su mítico origen, “trivaleado”, porque vale por tres.  Lo más importante de esto es que, cualquiera que sea la historia real detrás de la fecha de hoy, están de por medio la pasión y los afectos. Prohibidos, permitidos, clandestinos, escondiditos, a tiempo completo, a tiempo parcial o como fuere. Lo de relacionar este mismo día con la “amistad”, nadie sabe de dónde salió, pero ese sí que luce como un invento comercial más reciente. Un añadido tal vez pensado para aumentar las posibilidades de marketing.
 San Valentín es adicionalmente un santo de consenso indudable: aparte de los cristianos, lo celebran también los ortodoxos, los luteranos, los anglicanos, los agnósticos y los ateos. Casi como para solicitar su asesoría en estos tiempos venezolanos de envalentonados politicastros en que tanta falta nos hacen la concordia y los acuerdos. Y no solo en asuntos del corazón.
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Publicado originalmente en www.contrapunto.com (14 de febrero de 2016)
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El bar de la felicidad

Más que económica, se trata de una “guerra e-cológica” porque las colas nos han cambiado hasta el modo de saludar

Mi inefable tía Eloína ha sido siempre aficionada a seguir eso que los sociólogos llaman «el pulso de la intrahistoria». O sea, tomar nota de los cambios (aparentemente imperceptibles, pero reales) que día a día van incidiendo en nuestra cotidianidad y nos van obligando a modificar hábitos, costumbres, actitudes. Historia pequeña, diaria, rutinaria,  en la que los de a pie somos protagonistas. En este tiempo en el que escasea hasta la lluvia, no nos hemos cerciorado pero andamos inmersos en un eufemismo llamado por ella «el bar de la felicidad».
―¿Qué vaina es esa , Eloína? ―le pregunto ―. Y se desternilla de la risa al ripostarme que soy tan caído de la mata que no me he percatado de que los venezolanos de hoy somos muy diferentes a los de hace dos décadas.
―Nos estamos comportando como los borrachos de un bar ―me aclara―, somos felices en el botiquín hasta que pedimos la cuenta.
Por ejemplo, nos sentimos complacidos y sonreímos (para no llorar), al descubrir que hemos agudizado hasta umbrales impredecibles el arte del escaneo a distancia. Como los propios bolsas, nomás vemos a alguien caminando por la calle con unas ídem e instintivamente nos volteamos a hacerle la correspondiente tomografía axial,  a fin de verificar el contenido de lo que les cuelga en las manos. Lo hacemos por dos razones. Primera, determinar qué hay en ellas; segunda, husmear a qué supermercado pertenecen.
La  situación ha traído consecuencias para nuestra cultura culinaria. Ya no se come lo que se desea sino lo que se ha conseguido para el día. Vamos para dos años consumiendo a diario productos vencidos y ya no nos da ni diarrea; afortunadamente, porque tampoco hay para curarlas.  El correo electrónico, los SMS, el  Twitter y  el Whatssap  se han convertido en armamento de una guerra nada económica: los vecinos que viven en condominios, por ejemplo, han creado unas verdaderas redes informativas mediante las cuales el primero de los integrantes de la comunidad que localiza un producto en algún supermercado se dispone a tuitear al resto, a la brevedad mínima y con el menor número posible de caracteres:
  vcnos, harina, lech desc y kfe dnd el portu, krrn krjo» [Vecinos, hay harina, leche descremada y café donde el portu, ¡corran, carajo!].
No menos hemos hecho dentro de las propias familias. Ya nuestros hijos no nos mensajean para pedirnos la bendición o consultarnos cómo anda nuestro colesterol; el saludo filial más común de estos tiempos se limita a informarnos que llegó el desodorante, el papel higiénico o el lavaplatos a la perfumería tal: 
 msk mm! ygaran papl, psta y pñals a ls 2c  dnd l chino pin gon, [¡mosca, mamá!, llegarán papel, pasta y pañales a las doce donde el chino Ping Wong].
Ahora tenemos además varias obligaciones financieras que jamás imaginamos antes: por ejemplo,  los chicos/chicas que hacen de cajeros-as o embolsan las compras del súper ya no están interesados en las propinas que les dábamos antes de que se pusiera de moda el bar de la felicidad; celulares en mano,  han instalado centros de inteligencia tipo SEBIN desde los cuales notifican a sus «suscriptores» acerca de la llegada de algún producto al establecimiento para el cual trabajan. Y por ello, naturalmente, cobran una mensualidad.
Sin decir nada de otras costumbres surgidas a partir de esta nueva realidad. Verbigracia, los «marcacolas»: ese nuevo y a todas luces pernicioso hábito mediante el cual le avisas a la última persona de la fila que has “marcado” tu lugar detrás de ella y que darás una vueltecita por otros lugares a ver qué hay. “Señor, yo voy aquí, ya sabe, me cuida el puesto, voy a la cola del lado y vengo, ¿okey, maestro?”, te dice la inmensa mole afrodescendiente que te ha dado un toquecito en el hombro para anunciarte que ese será su lugar en el momento de recibir los números que, para tener derecho a comprar algo, debes colectar fuera de cada establecimiento.

Los viejos gestores, los intermediarios de las oficinas públicas, los buscapalancas vinculados a organismos públicos y privados siguen existiendo, por supuesto, pero son ya antigüallas frente a la nueva claque profesional generada por el ejercicio del «derecho a la alimentación». Hacerle a alguien la segunda en el abasto se ha convertido en rutina. Y no digamos la segunda; la tercera, la cuarta, la quinta y todas las que hagan falta con tal de proveernos de algún producto de primera necesidad. Pero hay más: aparte de comprar alimentos por estos irregulares y alcabalosos caminos de perversión, ahora necesitas contratar  a algunas personas para que te escolten y protejan mientras llegas a casa, como si portaras los lingotes de oro del BCV que no se sabe dónde están. Es decir, comer ha pasado a costar más que un trasplante de riñón. Sin duda que ahora somos animales de nuevos hábitos. Como dice Eloína, éramos más que felices hasta el momento en que se nos ocurrió pedir la cuenta.
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Publicado originalmente en www.contrapunto.com (7 de febrero de 2016), Se publicó inicialmente en este mismo blog un texto más extenso. Se ha actualizado y modificado para este nueva versión.
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Sobre el eterno Carnaval venezolano y los permanentes disfraces de “yo no fui”


Un antiguo y bastante conocido letrero de poste (o de parabrisas de transporte público) difundido por los integrantes de algún enigmático grupo religioso indica que “Cristo viene ya” o “Cristo viene pronto”. Haciendo uso del ingenio popular que usualmente nos ayuda a mitigar las penas y penurias colectivas, no han faltado los bromistas que, simulando las perversas anotaciones de las pólizas de seguros, suelen repetirlo en los baños públicos y agregar en letra muy pequeña “¡Sí viene y viene arrecho!” Recuerda esto mi tía Eloína para hacerme saber que en pocos días estará entre nosotros el Carnaval pero este año difícilmente sea “una fiesta”. Antes de la Cuaresma, llega el Carnaval porque es una fecha ineludible del almanaque pero aterrizará sin sonrisas, sin negritas, sin samba pa ti ni pa mí, sin carrozas y sin cañandonga. Solo permanecerán las caretas.
—Cómo estará la vaina de fuñida —alega mi parienta— que se anda diciendo que en Brasil, ¡en Brasil, sí señor!, los gobiernos locales de cuarenta y ocho ciudades  (en ocho estados) han decidido que este año no habrá carnestolendas porque tanto la crisis económica como las  inundaciones se han puesto de acuerdo para evitar la llegada del rey Momo.
La misma noticia a la que alude Eloína indica que el dinero que presuntamente se utilizaría en la celebración de los jolgorios será invertido en reparar los daños ocasionados por las lluvias en esas regiones y en paliar algunas carencias ocasionadas por la “desinflación” de la economía.
Ah malaya tuviéramos nosotros algunos gobernantes que pensaran de la misma manera y en lugar de tanto gasto suntuario decidieran utilizar todo el dinero malgastado y mal habido en remediar la inundación de problemas que padecemos a diario.
O sea que tampoco las nuestras serán unas carnestolendas felices, como lo fueran en otra época. Primero que todo, porque ya es obvio que del Carnaval con agua hay que olvidarse, no solo por ahora sino por mucho tiempo. Cada día sale por las tuberías menos de eso que algunos periodistas llaman el “vital líquido”. Y cuando fluye alguito, pues viene de un color ocre que parece cualquier cosa menos agua potable. Se ha dicho que la culpa es de El Niño. Cada vez que ocurre esto o algo parecido se le cambia el nombre a la negligencia.
Y si es por la etimología de la palabra Carnaval, ahora se dice que —como se creía hasta hace poco—no debe asociársela directamente con carnem levare (que en español maragocho significaría algo así como “deja de lado la tentación de la carne”), sino con carnevale (del italiano,  que mi parienta traduce como “con la carne vale todo”). Claro, esto sería mucho más sencillo de explicar si en los mercados venezolanos el precio de la carnem no se  “elevare” tanto como lo hace cada semana.
Tampoco tendrá ningún sentido que se pongan caretas quienes no se las quitan en todo el año, aquellos que en lugar de buscar verdaderas soluciones a lo que diariamente nos aqueja pues, siempre suelen hacer recaer la culpa en factores extraños. Aquí puede ocurrir cualquier cosa y el responsable directo siempre encontrará algún “paganini” a quien cargarle la falta. No solo somos un país de caretas sino también de “caretablas”.
Dentro del caos que hoy padecemos, nadie asume absolutamente nada. Nadie sabe quién fue el que mató a Consuelo. Nadie acepta haber metido alguna de sus extremidades inferiores hasta el fondo. Sobran y pululan por doquier los disfraces de “yo no fui”. Si falla la electricidad, el funcionario de turno se pone traje  de camaleón y atribuye el desaguisado a la iguana. La culpa de que no se consigan medicamentos obedece, según la nueva “menestra” a que  los venezolanos adquirimos o consumimos medicinas de manera “irracional”. Las colas no son consecuencia de la escasez, sino de la afición de la gente a comprar de todo todos los días. La inflación es una cosa parecida a la sensación térmica: incomoda a la gente pero no existe. La inseguridad campea porque siempre estamos en la calle cuando deberíamos estar confinados en casa. Los que se van del país son “apátridas” y refistoleros. Y paro de contar para no resultar cansón ni correr el riesgo de que se me acuse de “showsero” o de estar participando en un “show mediático” (bellísimas, académicas y castizas expresiones recién utilizadas por dos eminentes funcionarios públicos).

Llegará entonces redundantemente el Carnaval en un país de permanentes mascaradas. Y continuarán las mimetizaciones de quienes jamás aceptarán haber metido la pata hasta el cuello. Si se quisiera comenzar a cambiar tan desajustado hábito, Eloína ofrece dictar un taller obligatorio para todo aquel que aspire a un cargo público. Ponerlo o ponerla a repetir sopotocientas veces aquella parte de una vieja canción  que dice: “Por el daño que pude causarte (Venezuela), no des vueltas buscando un culpable, culpable soy yo”. O, si les resulta mejor, porque es posible que la conozcan mucho más, pasar los cuarenta días previos a la Semana Santa escribiendo una plana: “por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa”. Y que no se crea que no viene este año el rey Momo. Si viene pero viene como el protagonista del letrerito que mencioné al comienzo.
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Publicado originalmente en www.contrapunto.com (31 de enero de 2016).
Imagen aportada por Contrapunto.

Felipe Pirela por siempre



Sobre la vigencia del Bolerista de América y su presencia perenne en nuestra memoria cultural

Nada relacionado con Felipe Pirela me es ajeno. No porque conozca mucho o poco acerca de él sino por la admiración que siempre ha despertado en mí su don para el bolero. Todo lo que se relacione con ese caballero motiva mi atención. Mi tía Eloína es del mismo parecer. Suele decir que Pirela no es ni maracucho ni venezolano, es universal. Ambos somos fanáticos radicales en ese aspecto. De allí que además aplaudamos sin remilgos todo lo que se haga para preservar su memoria y difundir su música. Hay muchos y muy buenos intérpretes del bolero —dice ella—, pero Felipe es Felipe. 
Y Pirela está siempre de moda. No ha pasado inadvertido. Entrecomillo aquí sus interpretaciones más afectas a mi parienta.  No se consagró como “sombras nada más”. Ha sido bien y “mal querido”. Con él no hay desencanto que no sea un “injusto despecho”, ni “espumas” que no conduzcan a pensar que “ese bolero es mío”. Su cantar siempre “sigue de frente” para “cuando estemos viejos” y jamás olvidaremos que alguna vez nos relató cómo “el son se fue de Cuba” y no ha regresado. Desde hace unas cuantas generaciones, muchos llevamos en el tarareo alguna letra cantada por el Bolerista de América.
Lo hemos recordado mucho más en estos días porque, desde finales del año pasado,  Pirela está en las pantallas de algunos cines. No me detendré a hacer lo que no me compete; no voy a reseñar la película El malquerido (2015), de Diego Rízquez, porque ya lo hizo Juan Antonio González en este mismo medio. Baste indicar el enlace para quienes no lo  leyeron: “Un (des)apasionado bolerista”, 18-12-2015). Y si esa no bastare, en otro espacio, hay una más de Alexis Correia: “Chino, no te quiero”, 29-12-2015).
 De Felipe se han ocupado antes Luis Ugueto (con una muy rigurosa biografía, Felipe Pirela. Lo que es la vida, 2006, 2009; y un magnífico documental, Felipe Pirela, el hombre detrás de su música, 2009), Eduardo Fernández (con otra interesante aproximación biográfica, Felipe Pirela, su vida, 2012) y José Napoléon Oropeza (con una novela, Entre el oro y la carne, 1989). Existe además una Fundación Felipe Pirela cuyo sitio en la Internet es www. http://fundafelp.com.ve. Y ahora Rísquez lo ha incluido en su repertorio fílmico. La película tendrá el mérito de ser el primer largometraje dedicado al maracucho universal. Y eso no es poco.
Pero si los espectadores del futuro tomasen esa supuesta biopic (biographical picture) como una representación fidedigna, pues cambiará un poco lo que sabemos de Pirela. Y quedarán fuera aspectos importantes de su carrera artística.
Soy narrador y tengo muy claro que la ficción es ficción. Y que para un creador (de cualquier naturaleza) la realidad es apenas un referente al que puede manipular a su antojo. El resultado siempre es una interpretación, no un retrato. No obstante, nada me niega el derecho a opinar. Luego de celebrar que Pirela haya despertado la atención de un cineasta, pues, como espectador que se movió para ir a la sala,  opino en tuits sobre lo que yo discutiría:
Si es por el filme, jamás se conocerán algunas de las oscuras golondrinas que pulularon detrás de la vida turbulenta y tormentosa del cantante.
La historia se focalizó mucho más en lo personal que en la carrera profesional del artista.
Como zuliana, mi tía Eloína se pregunta cuál es el interés en adjudicar a la madre del pelotero  Luis Aparicio algo que no le correspondió.
Quien no entienda inglés se perderá la extensa pregunta (sin subtítulos) que a Felipe le hace un periodista angloparlante y a la cual responde en “maracuchian inglish”: “¡Néber!”.
 La incorrección política de su suegra marcó y mancó la trayectoria del cantante y en la peli se alude a no tocar nada político. E inexplicablemente no se toca.
Entre otras carencias narrables, no hay referencia al músico Juanito Arteta, personaje muy vinculado al comienzo de la vida artística del cantante.
La escena del asesinato en la playa resulta narrativamente artificiosa y mucho más los golpes de pecho y el grito “¡Yo soy Felipe Pirela!”.
Nada sobre el indulto nunca concedido que alguna vez solicitó el cantante al gobierno de turno para poder regresar al país.
De todo esto, lo importante es que Felipe sigue ahí y que cada vez sabemos más de él. Como el bolero, su existencia es ya parte de los mitos venezolanos. Su corta pero incansable y vertiginosa carrera ha contribuido a convertirlo en el ídolo irrepetible que es hoy y así permanecerá en la memoria cultural, atado al bolero como si fuera su par.
Quizás parezca a algunos poco interesante, pero  su verdadera fecha de nacimiento ha sido ya aclarada. Tengo en mi archivo una copia de su partida de nacimiento que amablemente me remitió hace poco una joven admiradora suya (Darimar García, a quien en agradecimiento dedico esta duda melódica) y en la que se indica que el bolerista nació realmente el 3 de septiembre de 1940 y no un año después como se creía (04-09-1941).

Desde el 15 de septiembre de 2012, Pirela reside para siempre en el Panteón de los Zulianos Ilustres.

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Publicado originalmente en www.contrapunto.com (24 de enero de 2016).
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Terconomía y ciencia infusa, difusa, confusa



Sobre el discurso de algunos economistas,  la necesidad de aprender que la inflación no existe y la novedosa agri-cultura urbana

Me suele comentar mi tía Eloína que desearía conocer a algún economista que reconozca que se ha equivocado alguna vez en sus aseveraciones, casi siempre hiperinfladas. En son de chanza, los categoriza como “terconomistas”. Le he dicho que no puede generalizarse porque conocemos también profesionales de esa área que son prudentes y muy ponderados en sus juicios acerca del modo como se mueven los números y las variables; sin embargo, ella no deja de argumentar lo contrario. Algunos de los que suelen estar en las páginas de la prensa siempre —insiste—, en todas partes, independientemente del escenario, de la tendencia, de la escuela en que hayan estudiado, lucen sapientísimos frente al resto de sus colegas. Ninguno mira hacia lo micro; cada cosa la explican con base en lo que en estos tiempos funestos llaman macroeconomía recesiva. Y nosotros, los mortales, los consumidores del día a día, padeciendo los rigores de las teorías keynesianas, smithianas, marxistas o lo que sea que fueren.

Quién duda sobre la existencia de economistas que  parecieran ser activos fijos circulantes, que viven hablando de lo pasivos que son los políticos y los funcionarios para sacar cuentas corrientes y amortizar decisiones que de verdad incidan en la balanza de pagos de los bolsas (de valores) que a diario hacemos colas para conseguir algún producto básico.
Hay entre ellos los que declaran como si la gente no existiera; solo ven números, curvas, precios, índices, deflaciones, para lo que se valen de una terminología que la población no siempre entiende. A veces sueltan ante los periodistas floripondios verbales como “la inflación actual es producto de una mal administrada balanza de pagos cuyo origen reposa en la impresión de volátil dinero inorgánico”. Cada vez que escucho algo así, suelo bromear con mi parienta: “¡no le entendí nada, pero de que habla bien, habla bien!”. Sin embargo,  cuando uno charla con otros, de cerquita, sin pantallas ni micrófonos por delante, entre palo y palo, pues se sinceran y de verdad sacan a relucir sus verdaderos sentimientos. Padecen y sufren como el resto de la gente los embates de la demanda sin oferta, la corrupción (que nadie niega pero tampoco corrige) y las divisas que no se divisan.
Pero esto no significa que el léxico, la movida y los vericuetos de la economía sean privilegio exclusivo de quienes acudieron a la universidad a diplomarse y desplumarse las neuronas en esa área. Quien conozca la historia de nuestras últimas cinco décadas gubernamentales podría testificar que, en lo concerniente a finanzas, economía, banca y áreas afines, hemos tenido ministros, ministricos, ministrones y menestras ajenos a la economía como profesión pero algunos de ellos cercanos al modo como se deben llevar las cuentas de un país y cómo se mueven los salarios en un hogar convencional.
 Sin embargo, los seres cotidianos que somos jamás habíamos escuchado ni leído a funcionario alguno expresar, primero, que “la inflación no existe” y, segundo, que si usted acude a comprar algo y los precios han subido, se trata solo de un aumento pero no de inflación.  Algo parecido ha escrito el neoministro Salas que dejó a muchos estupefactos Nos hizo recordar unas declaraciones similares de un exvicepresidente argentino (Julio César Cleto Cobos), quien en una conferencia de prensa del año 2006 expresó lo siguiente: "Siempre estará en la gente la sensación de inflación. Es como la inseguridad, uno puede disminuir los índices del delito pero la sensación, como es acumulativa, seguirá estando". Posiblemente en eso se inspiró el nuevo ministro.
Quiere decir que los venezolanos llevamos varios años viendo crecer un fenómeno inexistente, fantasmal, imaginario, etéreo,  marcados por una vulgar y palurda sensación que, a pesar de que cada día pagamos más y ganamos menos, solo tiene vida en nuestras cochambrosas y desajustadas mentes de mundanos materialistas. De esto puede concluirse entonces que la economía es parte de la ciencia ficción o, por lo menos, de la difusa y confusa ciencia infusa, asunto que desconocíamos.
Súmele usted otra idea de la también neoministra de Agricultura Urbana, quien, en un intento por  paliar un poco la referida sensación colectiva, lanza como primera propuesta de Estado “la gran cayapa de la siembra” y, sin pestañear aduce que podemos comenzar haciendo magia hogareña, buscando “un balconcito, una botella vacía vieja, una latica…” en los cuales podamos sembrar: “…compramos una cebolla —ha recomendado con total seriedad—, aprovechamos el follaje y el bulbo lo sembramos”. Ante tal asombro, Eloína ha exclamado en latín maragocho: “¡Ave, ministera, in mano tua non commendo spiritum meum! Olvidó decirnos cómo conseguir la cebolla para ejecutar tan generoso consejo. Y si se tratara de sembrar granos, pues mejor ni pensarlo.

 Después de tales ocurrencias, mi tía ha aceptado que a partir de ahora habrá de quitarse el sombrero y dejar de hacer bromas con los expertos en economía, a quienes tanto ha criticado pero que, se les entienda o no su a veces rebuscado vocabulario, saben lo que dicen, lo que aconsejan y lo que pronostican. Siempre argumentan “vendrán tiempos peores”. Y mire usted que de verdad llegan. 
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Publicado originalmente en www. contrapunto.com (17 de enero de 2016)
Imagen aportada por Contrapunto

Curulazos y parlamentadas



Reseña de mi tía Eloína sobre el acto de instalación de la nueva Asamblea Nacional

Hasta cuándo habrá que recordar a los hablantes públicos que la lengua es un retrato a través del cual nos miran, nos enjuician y nos valoran los demás. A juzgar por los últimos acontecimientos nacionales —en los que declaraciones van y declaraciones vienen—, muchos de los políticos y funcionarios de nuestro patio ignoran esto cuando actúan lingüísticamente para  miles o millones de personas que los están escuchando y —sin ser profesores— evaluando cada palabra que sale de sus labios.
Mi tía Eloína, que tiene fama de obstinada y sempiterna cazagazapos, no suele ver programas de la tele en vivo ni noticieros porque se vuelve histéricamente histriónica cada vez que se percata de que algún personaje “importante” se comporta verbalmente como si estuviera charlando y tomando cerveza debajo de una mata de mango. Sin embargo, el pasado martes cinco de enero (¡de este año 2016!)  se sentó muy temprano a ver la tele. Imposibilitada de salir a la calle debido a su figuración en la “cuarta edad”,  intentaba enterarse del modo  como transcurriría la toma de posesión de los nuevos integrantes de la Asamblea Nacional. Resumo sus comentarios.
Más allá de lo fonético y de unas cuantas sílabas comunes, el verbo “parlamentar”  no mantiene ninguna relación semántica con “lamentarse”, aunque algunos de nuestros diputados presuman intuitivamente que ambos son familia. Cuando alguien parlamenta, pues podría decirse que charla, conversa, manifiesta, expresa. Y, muy importante, respeta. Mas cuando alguien se lamenta, eso podría implicar varias cosas: que se queja, protesta, gime, lloriquea, maldice, gruñe, entre otras. Y se puede llegar al irrespeto, a poner la torta, a comportarse como si estuviera en una clásica reunión de condominio.
 Independientemente del número de curules de cada bancada, un Parlamento no es para comenzar sesiones con una quejadera insostenible. De otro modo, el presidente de turno debería anexar al micrófono un quejómetro que registre las veces que algún integrante del cuerpo lance un quejido y, así como se limitan los minutos de cada intervención,  tal vez hasta debería existir también un número máximo de llantenes aceptables por sesión. Manifestar desacuerdo nada tiene que ver con arrebatar el micrófono a alguien o andar de brinquito en brinquito cada vez que surja alguna desavenencia. Y mucho menos si antes se ha desempeñado alguna función pública. Tener legítimo derecho a una curul, no autoriza a caerle a curulazos al vecino, ni siquiera cuando este se muestra como un energúmeno.
Desde el punto de vista gubernamental, el Parlamento (con mayúscula) es un lugar donde debe privar el mayor de los respetos entre sus integrantes. No debería simular una gallera en la que cualquiera que no esté de acuerdo con algo decida “botar tierrita y no jugar más”. Porque no es un espacio de juego ni de recurrente lamentadera y/o mentadera. Los electores no acudimos a las ánforas de votación a elegir a candidatos que, por creerse pleitistas, acuden a las sesiones de la Asamblea Nacional a protestar y enfurruñarse por cada movimiento de cejas del supuesto adversario.  La acepción con que el Diccionario de la Lengua Española (DLE) define el vocablo “pleitista” (o “pleitisto”, como se dice en algunas regiones americanas)  debe tenerla siempre presente quien, para bien o para mal nuestro,  intenta representarnos ante el Congreso: “adj. Dicho de una persona revoltosa y que con ligero motivo mueve y ocasiona contiendas y pleitos”.  
Tampoco es aconsejable la confusión fonética entre parlamentar y “parlamentada”. No se acude a un parlamento a parlamentársela a quienes están en una posición distinta. Un parlamentario no es un parlamentador o evocador recurrente de la progenitora del contrario. Escuchar, por ejemplo, que un señor diputado muy poco señorial, en plena Cámara y ante las ídem,  se precia de tener “cojones”, constituye una abierta, grosera y descarada ofensa para quienes estamos recibiendo su “mensaje” por algún medio radiofónico o audiovisual.  Es el mismo que, además de autoproclamarse en una declaración posterior como defensor de los “sin tierra, de los descamisados y de los sin techo”, debió también haber incluido en su intervención a los “sin corbata” (Louis Vuitton).
Mi ya anciana tía sugiere además que en cada sesión algunos reputados diputados dediquen unos minutos a tomar clases de pronunciación adecuada del español, a fin de aprender que, entre muchos otros, no son formalmente adecuados a ese contexto los usos distorsionados de palabras como “eligir”, “diknidat”, ”preveer”, “directol”, “suidadano” y “plantiamiento”.  Que vocablos como “¡carajo!” y “chulo” no encajan en un espacio como ese y que el apellido del intelectual brasileño de nombre Darsy es Ri-bei-ro (y no “Ribero”).
Finalmente, en cuanto a normas de cortesía y de trato considerado hacia los demás, a quienes no tienen mínima idea sobre la dinámica y la conducta adecuada durante las sesiones parlamentarias, quizás sea recomendable aconsejarles una lectura detenida del Manual de Urbanidad y Buenas Costumbres,  de Manuel Antonio Carreño. Nunca está demás. Tampoco lo estaría un recordatorio referente a las formas lingüísticas y retóricas inherentes a la formalidad, dignidad y lenguaje propios del recinto. En el lugar donde se hacen las leyes, la ley debe comenzar por casa.



Nota: Publicado originalmente en www.contrapunto.com (10 de enero de 2016)
Imagen: diputados de ambas tendencias "discuten" durante el acto de instalación de la Asamblea. Fotografía: EFE / Miguel Gutiérrez

miércoles, septiembre 30, 2015

BIFRONTES DE LA FRONTERA


Las zonas fronterizas no constituyen áreas excepcionales ajenas a las legislaciones de los países colindantes

Suele bromear mi tía Eloína manifestando que aquellos que habitan en la geografía de una frontera tienen dos lugares donde pernoctar y también donde caerse muertos. Podrían ser catalogados de bifrontes o bicéfalos. Quizás hasta les valgan dos nacionalidades, los motiven dos maneras de ver el mundo y, si las leyes lo permiten, es posible que los que tienen vocación de bígamos puedan reposar en dos casas “principales”, una allá, la otra acá. Sencillamente, porque también es casi seguro que su familia se reparta entre los dos territorios colindantes. Aunque política y gubernamentalmente no lo sea, la frontera podría parecerles, en consecuencia, un territorio autónomo, distinto y muy particular.  Por sus neuronas deambula la sensación de dos sitios a los cuales aferrarse, dos patios de pertenencia.
 No obstante, una cosa es eso y otra que con tales excusas cultiven la creencia de que como colectivo son dueños y señores del territorio en el que moran y, por lo tanto, pueden arrogarse el derecho de tener su propia dinámica legislativa. En mi infancia solía escuchar que, por ejemplo, los guajiros no se sienten ni venezolanos ni colombianos. Simplemente son guajiros y hasta se comentaba que tienen sus propias leyes. Nunca me quedó muy claro, pero eso era lo que se murmullaba incluso en la escuela.
Esta y muchas otras reflexiones han movido la sesera de mi parienta nomás enterarse de que buena parte de nuestros fronterizos tachirenses han sido sometidos a lo que legal y constitucionalmente se conoce como  estado de excepción. Arguye ella que no le parece nada novedoso debido a que toda zona fronteriza es, de uno u otro modo,  siempre excepcional. “La gente de la frontera es diferente —expresa—  no se siente ni de aquí ni de allá, pero son de ambos lugares.”  Y hasta ahí la he escuchado porque si bien sentí-mentalmente eso es cierto no procede igual para otros asuntos. En el caso que remueve la opinión pública venezolana en estos días, hay que recordar que cuando habitan,  conviven o se pasean  del límite hacia acá los fronterizos (tachirenses, apureños, amazónicos o zulianos) deben regirse por los mismos preceptos que norman al resto de los venezolanos. Y lo mismo vale para Colombia.

Dígase lo que se diga, no hay razones para que, a partir de una supuesta relación mental de independencia para con el resto del territorio, esos espacios se conviertan en pasarelas comerciales que en estos tiempos aciagos, inciertos y desorientados permiten comprar aquí a precio de “bolívar-más –que-devaluado-hoy” y vender del otro lado rigiéndose por la fluctuación que diariamente les ofrece “dolartudéi”. Parece que al menos en eso  somos bastantes los que coincidimos, principalmente quienes estamos hartos de hacer colas en los supermercados, por cierto, más de una vez infructuosas y traumatizantes. Y en esto incluyo a muchos tachirenses que, paradójicamente, a veces deben trasladarse a otras regiones internas o externas a hacer mercado para sobrevivir, incluidas las ciudades colombianas más cercanas al Táchira, como Cúcuta, Bucaramanga, Floridablanca y Girón.
Independientemente de posiciones xenófobas, más allá de chovinismos tontos, habrá que enseñar en los colegios  la diferencia entre frontera y bachaqueo, o entre fronterizo y bachaquero. Todo el que alguna vez haya visitado el Táchira ha escuchado de la existencia de unas relaciones comerciales que, por lo menos en los últimos años, no son las normales entre dos países vecinos. Nos  comentaba alguna vez un taxista del municipio Ayacucho que lo que pasa camuflado por las vías oficiales es una minucia si se compara con lo que fluye por las miles de trochas que desde antaño han venido abriendo los bachacos de este y de aquel lado. Y si tal creencia popular es vox populi, deben considerarlo también aquellos a quienes se ha asignado la misión de ser custodios de la frontera.
De ahí que lo que se pregunta porfiadamente mi parienta es si era necesario llegar a la actual situación de indigencia en que estamos los mortales ciudadanos de a pie (los que vivimos de pírricos sueldos en bolívares), para alborotar un avispero que existe desde los tiempos de Maricastaña. Frenar el contrabando entre Venezuela y sus países vecinos ha lucido como una necesidad desde hace mucho tiempo. Tanto de allá para acá (que lo ha habido) como de aquí para allá, pero, ojo,  independientemente de lo que se contrabandee.

Sin embargo, ya están montados tanto la medida gubernamental como el zipizape mediático.  También es bifronte y bicéfala la opinión acerca de si tal medida procedía o no en este momento: tiene dos caras y dos cabezas. La de aquellos que, sin ser políticos ni funcionarios ni militares,  la aplauden y hasta ruegan que se la aparte de  lo político-electoral y se extienda hasta cada lugar del país donde haya cuevas de bachacos. El otro rostro argumenta acerca de “derechos” y otras aristas otorgados por la tradición. Pero derecho a explotar a la población no debería tener nadie, venga social, política o económicamente de donde venga. Lo que sería lamentable es que el guirigay actual no pase de ser un sarampión que se desvanezca apenas los encuestadores electorales, quienes de alguna manera también bachaquean de vez en cuando con la opinión,  decidan que es tiempo de que la fiesta fronteriza continúe como si nada hubiera pasado. 
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Publicado originalmente en www.contrapunto.com (30 de agosto de 2015)
Foto: aportada por Contrapunto.
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APALANCANDO VAMOS Y VENIMOS



No importa de qué se trate, hasta para  los asuntos más cotidianos, buscamos un “punto de apoyo”, una palanca.
En algún rincón de mi infancia en Los Puertos de Altagracia, se escuchaba hablar de la existencia de un mítico filósofo llamado Arquímedes Nemesio Montiel Oldemburg, originario de la zona de El Mecocal (que ahora es un pueblo, pero en aquel tiempo constituía apenas un caserío). A propósito de ese señor imaginario, también se rumoraba en las conversaciones de botiquín que era filósofo autodidacta y que había sido el autor de la expresión “si me necesitáis como palanca te consigo lo que vos queráis”.

Es obvio que el origen de ese cuento provenía  de la paráfrasis local de la sentencia “dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”, atribuida precisamente al matemático griego Arquímedes de Siracusa. El Diccionario de americanismos (2010) extiende el significado  de la palabra palanca hacia la mayoría de los países de Hispanoamérica. Al respecto indica: Persona influyente que puede ayudar a alguien a obtener algo, especialmente un puesto público”.  No obstante, ya es simplemente una voz del español general, aunque El Diccionario de la lengua española (DILE) se queda cortísimo en la noción figurada que utilizamos por estos lados: intercesión poderosa o influencia que se emplea para lograr algún fin.

Lo cierto es que el apalancamiento se ha desperdigado por todos los rincones del idioma español mediante un amplio abanico de acepciones.  Dice mi tía Eloína que no hay lugar en este continente donde no se entienda que “buscar,  tener o acudir a una palanca” implica valerse de alguien (a veces de algo) para lograr algún objetivo por los caminos verdes (y también por senderos de otros colores).  Un punto de apoyo en lenguaje popular y  silvestre es sencillamente una palanca. Nada diferente de “ayudita”, “favorcito”, “intermediación”, “influencia”, “trácala”, “trampa”, “empujoncito” y muchos más sinónimos.

No importa la naturaleza de lo que busquemos obtener, en cada esquina, en todos los ámbitos, en cualquier circunstancia,  sea influyente o no, hay alguien agazapado esperando por nosotros para ofrecernos ayuda o intercesión hasta para ir al baño. Y esa “colaboración”, naturalmente tiene un costo, vale dinero, o podría significar otro favor como retribución, pero generalmente implica alguna deuda que no siempre será de gratitud.



Poco a poco, a veces  sin darnos cuenta, o dándonos más de la que debíamos, Venezuela se ha sumergido irremediablemente en el reino del palanquismo. Se nos ha vuelto una costumbre cotidiana. Acudimos a la aseveración de Arquímedes para cualquier asunto, pequeño, mediano o grande, intenso o extenso, nimio o grave: desde comprar productos básicos en un supermercado hasta obtener un cargo para ministro o diputado, e incluso para conseguir una cita en alguna dependencia pública o privada. La vida se nos ha convertido en la búsqueda recurrente de puntos de apoyo y el recurso ya  no distingue clases sociales, rangos de escolaridad,  edad, sexo, color de piel o religión. Todos, todas, toditas, toditiquitos nos hemos convertido en amantes del procedimiento. 


Cualquier persona acude al recurso de marras, independientemente de la facilidad o dificultad que requiera un trámite, una compra, una diligencia, la búsqueda de un documento, de una medicina, de un cargo, o de lo que sea. Eso ha hecho más que frecuentes entre nosotros frases como “hacer el quite”, “hacer la segunda”, “tener un contacto”.  De modo que, cuando ilusoriamente creíamos que comenzábamos a salir de la oscurantina y a volvernos un país decente,  pues ha ocurrido exactamente lo contrario. Por obra y (des)gracia de la actual situación nos hemos convertido en mucho más “palanquistas” de lo que éramos. Diversas estrategias se ponen en movimiento cuando se trata de lograr un objetivo, más allá de que con ello atropellemos a los demás o transgredamos alguna norma. Para ello, no es raro apreciar ciertos  valimientos, como por ejemplo,  la cojera ficticia, los falsos embarazos, las canas, la ancianidad,  las cicatrices, las heridas inventadas, los bebés en brazos, los senos operados, o cualesquier otros “ingeniosos” recursos. 

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Publicado originalmente en www.contrapunto,com (16 de agosto de 2015)
Imagen: Google images
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