jueves, julio 23, 2015

Cuento venezolano y tiempo femenino



Aunque no es exactamente una historia idéntica, la cronología de la narrativa femenina venezolana guarda alguna relación con el hecho de haber logrado (las mujeres) que el Congreso de la República aprobara, en 1945, el derecho al voto, inicialmente solo en los sufragios municipales. Ese hecho implicó un hito importante en la futura conformación sociopolítica y cultural del país. Tanto fue así que ha sido mucho más que difundida la cuarteta con que el ingenioso poeta (y a la sazón diputado) Andrés Eloy Blanco celebró aquel  hecho. Con la venia de los lectores, me permito  recordarla aquí porque, muy a pesar del vocabulario bromista, resulta ser mucho más profunda de lo que aparenta:
La política se inclina
Sin excepción de persona
De la fuerza masculina
A la fuerza más culona.

Sin dejar de lado el humor, estos versos son indicativos de un cambio de época. Y no es casual que haya incluso algunos aspectos que vinculan esas dos historias: la del derecho al voto femenino y la del ejercicio de la narrativa literaria escrita por mujeres.  Precisamente, una dama cuentista estuvo muy vinculada con los movimientos que lograron aquella victoria acerca del sufragio. Sin olvidar que hubo narradoras activas desde mucho antes, ya para ese año, esa misma escritora había publicado por lo menos un libro de cuentos y una novela [Flora Méndez, 1934; Tierra talada, 1937]. Luego, entre 1946 y 1994,  daría a conocer otros cuatro volúmenes de narraciones cortas [Pelusa y otros cuentos, 1946; Luna nueva, 1970; Las otras antenas, 1975; Haz de cuentos, 1994]. Lo que a su vez implica que (en teoría) debió haber sido suficientemente conocida en el mundo literario venezolano: desde mediados hasta casi el cierre del siglo pasado.



Sin embargo, si volvemos atrás, encontraremos que, entre las compiladas por caballeros, solo una antología alusiva a ese tiempo incluyó un texto suyo (titulado «El hijo»). Me refiero a la del escritor monaguense Julián Padrón, publicada justo ese mismo año 1945 por el Ministerio de Educación Nacional.

Esa ilustre señora, luchadora y cuentista, se llamó Ada Pérez Guevara (1905-1997) y no hay duda de que su obra narrativa exige que la revisitemos sin prejuicios. Con ella se afianzaba la incursión del mundo de las mujeres en el cuento venezolano. Y además habría que volver la vista a otras como Lourdes Morales (1910-1989), Lucila Palacios (seudónimo de Mercedes Carvajal de Arocha, 1902-1994)  y Dinorah Ramos (seudónimo de Elba Arráiz, 1920-1960). Quizás no por casualidad se trata de cinco de las seis mujeres que aparecen representadas en la referida antología de Padrón (Cuentistas modernos, 1945), obra de un visionario también bastante olvidado. La sexta es Graciela Rincón Calcaño (1904-1987). Digamos que, en eso, la de Padrón será la única selección que, para ese tiempo, se deshace del prejuicio creado en torno a la hegemonía masculina del relato breve. Así, el autor de Candelas de Verano (1937, 1971, 2007) superó a otros (anteriores y posteriores) célebres autores preocupados por antologizar el relato nacional del siglo XX, verbigracia, Arturo Uslar Pietri, Guillermo Meneses, Mariano Picón Salas, José Balza. Es decir que, desde esos tempranos cuarenta de la pasada centuria, ya las escritoras andaban echando cuentos, aunque no siempre los compiladores masculinos las hayan tomado en cuenta.


Para entrar de lleno en la narrativa venezolana corta escrita por mujeres, sería muy útil la revisión de los libros Las mujeres toman la palabra. Antología de narradoras venezolanas (de Luz Marina Rivas, 2003) y de El hilo de la voz. Antología crítica de escritoras venezolanas del siglo XX. (compilada por Yolanda Pantin y Ana Teresa Torres, 2003).

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Publicado originalmente en www.contrapunto.com (7 de junio de 2015)
Fuente de la imagen: Google images
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Diccionario de la lengua española y venezolanismos



Leo en un diario de provincia una noticia que me sorprende y que supongo de antemano como una interpretación periodística errada: «La Real Academia Española acepta diez venezolanismos». Alude al recientemente publicado Diccionario de la lengua española (2014). Para no enredarnos, abreviémoslo DILE.  Lo de DRAE tiene confusos visos de posesión unilateral. En realidad, esa obra no es de responsabilidad exclusiva de la Real Academia Española. Desde hace ya varios años, el DILE es producto de una mancomunidad integrada por veintidós academias.  En mayor o menor grado, todas han hecho sus aportes para que el Diccionario se enriquezca.  Este criterio de abreviarlo DILE ha sido refrendado incluso por el nuevo director de la RAE (Darío Villanueva). Y la presencia de  Hispanoamérica  en sus páginas ya es notable, aunque todavía queden pendientes diversos vacíos.

El DILE (2014) aparece con motivo de los trescientos  años de la Real Academia Española. De la noticia referida arriba podría inferirse  que apenas diez nuevas voces venezolanas han sido incorporadas a ese mítico mataburros (vocablo que por cierto ya es un americanismo/venezolanismo con patente académica). Y en realidad es cierto. Los diez términos aludidos ya son parte del DILE, mas no los únicos que se han incorporado a esa edición. Siete de las voces allí mencionadas aparecen por primera vez: chamo, faramallero, leche (buena suerte), pana,  pasapalo, rasca (borrachera), sócate; tres de ellas ya eran parte de la edición anterior: borona, emparamar, mecate.

No obstante, para evitar malentendidos, hay que dejar claro que el DILE contiene, desde hace tiempo, muchos más venezolanismos de diferentes clases. Si bien todavía no suficientes, el inventario ha venido creciendo en la medida en que aparecieron las diferentes ediciones. Las últimas y más ricas han sido las de 1992, 2001 y 2014. Digamos que, de un total aproximado de diecinueve mil americanismos, las voces nuestras  ya sobrepasan las mil quinientas (entre definiciones independientes y acepciones).

Hay múltiples venezolanismos compartidos con otros países americanos. Por ejemplo,  autobanco, cacerolear, camuflajear, carnetizar, cedulación, bojote, chupamedias…  Los hay de uso exclusivamente venezolano: sócate, rasca, pasapalo, arrechera, emparamar(se), abasto(s), tongoneo, autobusete, majunche, amellar, bombero, coñazo, cachito, choreto-a, motorizado-a y muchos más. Otros ya se han anexado al vocabulario general del español: bellista, bolivariano, bomba (surtidor de gasolina), bululú, entre otros.

Y es obvio que existen los que todavía no han sido incorporados, aunque sí forman parte del Diccionario de Americanismos (DA, 2010): busaca, cacho, chalequear, chimbo, choro, cogeculo, cuaima, despelote, enratonar(se), jalabolas, matraquear, hojilla y paro de contar porque no cabrían aquí.

La historia futura del español de Venezuela  determinará si se integran o no algunos que están en plena efervescencia: guarimba, guarimbero, bachaquear, bachaquero, bachaqueo, escuálido, chavismo, chavista, enchufado, lomito (lo mejor, óptimo), toripollo, chiripero, raspacupo… La supervivencia de las palabras depende mucho de que se mantengan las situaciones específicas que las hacen nacer y de que socialmente decidamos que valen la pena. Esperemos que por lo menos no se consagren definitivamente algunas de las mencionadas en este párrafo.

Tampoco es que se trate de la perfecta sincronía y equilibrio entre el vocabulario peninsular y el americano, pero algo se va logrando en la medida en que las distintas academias se hagan sentir. Poco a poco se ha venido ganando un terreno que nos corresponde legítimamente. No es una concesión ni un reconocimiento, pues  América es una fuerza innegable para el fortalecimiento del idioma. El ochenta y cuatro por ciento de los hispanohablantes estamos de este lado del Atlántico, un cercano nueve por ciento en España y los demás dispersos por el resto del mundo.


Y, para concluir, lo curioso de la reciente publicación del Diccionario de la lengua española (DILE) es que (a siete meses de su salida al mercado) hasta hoy no lo hemos visto en nuestras librerías. Según las noticias, ha sido distribuido por el mundo, siendo Venezuela una de las excepciones que para nada nos honra. Cabe preguntarle a la editorial Espasa (empresa del Grupo Planeta, con filial venezolana en plena producción) el motivo por el cual —hasta ahora—nos han privado de tener el nuevo Diccionario entre nosotros.  Más allá de su presencia en la web, el DILE impreso en papel es todavía una necesidad para muchas personas e instituciones. No tenerlo disponible en el país constituiría casi un crimen de lesa lengua.

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Publicado originalmente en www.contrapunto.com (31 de mayo de 2015)
Foto: archivo RAE.
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Súper viernes



Mi tía Eloína acaba de pasar por una aventura  cuyas peripecias me ha relatado con detalles. Si bien no es lo más positivo que puede pasarle  a alguien  en una jornada cotidiana para adquirir insumos alimenticios, como que vale la pena dejar aquí su testimonio «arrancado de la vida misma», como se decía antes  de las radionovelas:

— Desde hace tiempo mi Cédula de Identidad termina en el «número» viernes —comenzó.
10 am: Se dispone a ir al súper. Va sola porque hacerlo ya es más tortura que placer y nadie quiere acompañarla.  Pero inevitablemente   hay que comer y beber.  No se ha inventado el modo de sobrevivir sin condumio ni bebumio.

10. 15 am: Se incorpora a la cola, en las afueras del súper. Ignora qué habrá para hoy, pero supone que si ya la gente está enfilada es porque alguien ha dado el pitazo.

10. 45 am: Nada. Allí sigue bajo un sol ya reverberante. Han prohibido las colas adentro .La vida se mide a esa hora por la sed, el desasosiego y las conversaciones de los demás. Ya  se han acostumbrado  a controlar el hambre, la vejiga y otros esfínteres.

11.30 am: Alboroto dentro del súper. Gritos de los primeros de la fila. Algunos se quejan de que el gerente ha decidido dar preferencia a quienes ya están comprando adentro. ¡Que todos hagan la cola, llevamos dos horas aquí bajo el sol! Lo dice una encanecida anciana. Más alaridos. Llegan dos flamantes policías bolivarianos. Rostros duros, espaldas enjutas de fiscal de tránsito devenido en agente del orden, tongoneo de oficiales de la serie SWAT, brazos abiertos como remos, mirada de ceño fruncido. En la cola, algunos  aplauden.

11.45 am: Más reclamos en voz alta porque nadie ha entrado al local y está saliendo gente con productos básicos en los carritos. Algo misterioso ocurre adentro.  Llega el dato: la gerencia ha decidido que tendrán prioridad los que ya estaban comprando. Han comenzado a surtirlos. ¡Y los que están en la cola que se frunzan!, ¿verdad?, vocifera una señora.

11.57 am: Llega un yip con seis guardias nacionales. Caminan paralelos a la fila y se dirigen al local. Un joven los detiene y los increpa a poner orden de verdad. Argumenta que llevan dos horas bajo el sol y que adentro les «están jugando camunina». El guardia que va a la cabeza, sonríe sardónicamente y le  dice que «hay para todos, ciudadano». Cómo lo sabe, no se sabe. Entran al local.

12.45 pm: Movimiento, comentarios, cuchicheos. Voz de alerta: con un carrito repleto, pasa un adolescente y dice que van a abrir pronto.  ¡Hay pañales —agrega sonriente— papel, margarina, Ace y azúcar! Atenta a lo dicho, una morena ha comenzado a pasearse presurosa por la cola. Va observando uno a uno a los presentes y, con base en su intuición, sospecha sobre quiénes no estarán interesados en pañales. Habla sin tapujos: 

—Mira, yo soy miércoles, aquí hay quinientos bolos, están dejando tres paquetes de pañales por persona. ¿Me los compras y te quedas con lo que sobre? Eloína dice que no, la siguiente persona  acepta. Un tercero no se define, pero el joven que sigue asiente, coge el dinero y sonríe.  Total, tres negativas y siete confirmaciones. Un viejito bigotudo  se asume Einstein; en el piso dibuja números imaginarios con su bastón y  saca la cuenta: «siete por tres, veintiuno. Si  vende a mil cada paquete, pues invirtió tres quinientos y sacará veintiún mil.» ¡Más redondo no puede salir! ¡Se llama bachaqueo tercerizado!», concluye. «Explotación del hombre por el hombre — continúa— plusvalía, viveza criolla...»

1.22 pm: Un empleado verifica  el viernes de Eloína en la Cédula y lo registra en un computador. Recibe un cartón sobre el que han garabateado un número; lo entrega más adelante al guardia. Un gordito apuradísimo arroja un combo en su carrito. Ella le dice  no quiero ni margarina ni pañales. Los retira. Siga, por favor, rapidito, señora.

1.30 pm: Segunda cola, para pagar, lenta pero menos extensa que la primera. Listo. Se dirige a la salida. Un calvo fortachón hace con la uña una rayita vertical en su recibo de compras. Cientos de mirabolsas que aún están afuera observan el cargamento: cuatro rollos de papel, dos bolsas de detergente, un kilo de azúcar.  Otros ven absortos a una morena acumulando en una caja sus encargos de pañales. Un señor que abraza un casco se dirige a Eloína  y le comenta:


—Qué guona eres  ¡fueras cogío los pañales y la malga. ¡Los pañales son el lomito, mamá! Yo te los fuera cambiao pol café que tengo ahí en la moto!

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Publicado originalmente en www.contrapunto.com (24 de mayo de 2015)
Imagen: aportada por Contrapunto


viernes, junio 26, 2015

Alexis Márquez Rodríguez, palabras mayores



Con la lengua, la columna más conocida del Maestro Alexis Márquez, constituye una magnífica colección de acercamientos al movimiento lento y  perpetuo del idioma, a la diaria y a veces imperceptible pero constante revolución que ocurre silenciosamente en el cuerpo de esa maravilla que distingue al ser humano del resto de la escala zoológica.

Siempre que la leía recordaba yo los consejos de un muy fraterno amigo suyo con quien también tuve el privilegio y la honra de compartir espacios que fueron desde lo académico universitario hasta aquellos en que fluyen espontáneamente y con mucha fuerza los lazos de admiración y amistad. Me refiero al recordado profesor José Santos Urriola, quien solía decirnos que el que se mete a redentor del lenguaje corre el riesgo de ser recurrentemente crucificado por lectores o escuchas.

Gregorio Alexis Márquez Rodríguez (1931-2015), el profesor de Psicología cuya voz firme, segura y regañona escuché por primera vez siendo yo todavía un imberbe estudiante de bachillerato del Liceo Andrés Bello (1968), se quedó para siempre en mi memoria y en mi futura vida profesional, hasta tener yo la magnífica honra posterior de compartir con él y con otros admirados docentes las discusiones de la Academia Venezolana de la Lengua.  

Fui testigo de las muchas veces que, ante cualquier duda, por distintas vías, la gente acudía a consultarlo como si se tratara de un médico del lenguaje. Y no les faltaba razón para pensar que podían encontrar en él la respuesta adecuada y contundente ante sus angustias verbales. Primero, porque no dejaba argumento sin conclusión. Segundo, porque era indiscutible su facilidad  para regodearse por  los diferentes pasillos idiomáticos sin volverse ni pesado ni aburrido. Cada crónica suya constituía una explicación clarísima, aderezada a veces con su respectivo basamento documental en los más reconocidos autores,  diccionarios y gramáticas. Tercero, porque abunda en su legado escritural la evidencia de que claridad, sencillez y densidad pueden aglutinarse sin contradicciones dentro de un mismo y único discurso que en este caso va dirigido a lectores de muy distintas categorías.

Tanta era su pegada comunicacional que hasta supe alguna vez de cronistas celosos por la relación simbiótica que se generó entre él y sus lectores, sus escuchas o sus televidentes. Una demostración más del misterio afectivo y comunicativo que puede surgir a partir de la columna de prensa, cuando esa escritura logra cumplir con un cometido tan loable y complicado como es divulgar asuntos gramaticales sin caer en abstracciones ni complicaciones técnicas. 

 
Su labor docente se multiplicó a través de las notas dominicales que cada cierto tiempo recogía en libros. Siempre llamó mi atención que, ante la insistencia y el llamado recurrente que hacía a sus alumnos, esparcidos dentro y fuera del país, hubiera personas que le escribían indicando que habían sido discípulos suyos y nunca lo fueron. Por ejemplo, el caso de una dama que en una ocasión le pidió consejo ante varios detalles gramaticales y fonéticos,  «recordándole» que había sido su alumna en la Escuela de Filosofía de la UCV, donde—según nos comentó sonreído— Márquez  jamás dictó clases. El misterio viene quizás por la parte afectiva que se genera entre el comunicador eficaz y los destinatarios.


En tantos escenarios manifestaba Alexis Márquez Rodríguez sus puntos de vista sobre el español que hablamos en Venezuela, que ya parece que hubiera sido profesor de cualquier habitante del país, aunque algunos no hayan coincidido con él en las aulas. Igualmente, todos se sentían llamados a poder consultarle y las pruebas están en los distintos tipos de emisarios que, por vía postal, telefónica, electrónica o personal,  acudían a solicitar ayuda en asuntos propios del lenguaje. En todo caso, me parece un mérito muy bien ganado para quien, siendo autor de más de quince libros fundamentales para la historia de la cultura nacional, supo ser fiel y vertical en pensamiento y acción, aparte de persistente.   Segura paz tendrán sus restos, y más que grata resultará la tertulia celestial al lado de sus grandes amigos Alejo Carpentier, Oscar Sambrano Urdaneta y Manuel Bermúdez.     

Publicado originalmente en www.contrapunto.com (17 de mayo de 2015) 
Imagen de Alexis Márquez Rodríguez aportada por www.contrapunto.com     

Eduardo Liendo, homenajeado


Con el homenaje a Eduardo Liendo durante el recién concluido séptimo Festival de la Lectura del municipio Chacao (Caracas, 30 de abril al 10 de mayo de 2015), nos honraron también a muchos de sus lectores. Agradezco públicamente que se me haya invitado a hablar acerca de su persona y su obra. Eduardo figura entre nuestras lecturas preferidas desde que, en 1973, apareció su breve novela El mago de la cara de vidrio, cuyo personaje más relevante es el maestro Ceferino Rodríguez Quiñones.

Ceferino  estaría loco, enmanicomiado y obseso, pero también muy claro en lo que debe ser la literatura. Cuando apareció entre nosotros, todavía privaba en la narrativa de la época la premisa según la cual mientras más te entiendan eres peor escritor. Y, por supuesto, su versión contraria: serás mucho mejor apreciado —por la crítica y los congéneres— en la medida en que los lectores padezcan más para entender lo que escribes. Tanto el personaje como el autor se han suscrito desde siempre a la primera premisa. Y eso es más que obvio en las trece obras narrativas que Liendo ha publicado desde 1973 hasta 2014.

Si un lector requiere de una aparataje cognitivo como el de Superman o el Hombre nuclear para entender lo que le estás proponiendo como literatura, lo mejor será desistir y buscarse otra obra que no te haga padecer tanto. El secreto para que la mayoría de las novelas de Liendo haya tenido aceptación de público y de crítica radica precisamente en que sus textos son poco pretensiosos en rebuscamientos y torceduras. Desde la sencillez estilística, ha logrado imponerse como escritor. Memorables son Mascarada (1978), Los platos del diablo (1985), El cocodrilo rojo (1987), Si yo fuera Pedro Infante (1989), Contraespejismo (2007). También es autor de Las kuitas del hombre mosca (2005), El último fantasma (2008) y Contigo en la distancia (2014).



Los platos del diablo fue llevada al cine (1995), bajo la dirección de Thaelman Urguelles, también coautor del guión cinematográfico con el narrador y dramaturgo Edilio Peña. Actuaciones estelares de Mimí Lazo (Sindia), Gustavo Rodríguez (Ricardo Azolar) y Julio Sosa (Daniel Valencia). Novela y película tratan el problema del escritor y su circunstancia. Como en casi toda la narrativa de Liendo, nos encontramos en esa obra con el rollo del «ser el otro», en la variante del robo de una obra literaria. Se trata de la vida paralela de dos narradores y sus trayectorias cruzadas. El primero, bastante mediocre y acosado por el afán de dinero y de trascendencia, lucha incansablemente con un obsesivo complejo por la gloria. Esto lo lleva al extremo de asesinar y plagiar al otro autor (famoso, arrogante, adinerado por herencia, no por la literatura, y «pantallero»), para asumir su obra y su aureola.

Siempre he lamentado que el Premio Rómulo Gallegos no haya recaído en su momento sobre El round del olvido (2002). Con esa novela, Eduardo no solo se sacó el clavo que la tradición le había asignado como autor de «novelas breves». A mi juicio, es una narración tan extensa en páginas como intensa y corta en la lectura. Hay que ser de verdad un mago muy disciplinado para lograr un texto narrativo tan sólido, compacto y fácil de leer, sin que el autor haya sacrificado ningún recurso.  

Dado que el lema del Festival de Lectura de Chacao ha sido LEER FUTURO, en el porvenir me ubico.  Es muy posible que dentro de 26 años, si todavía vivo y me invitan de nuevo a rendir tributo a Liendo, acuda yo complacido a manifestarle que: en mayo de 2015 yo pensaba que El último fantasma fue una novela publicada antes del tiempo en que le correspondía ser conocida, pero, hoy, futuro 4 de mayo de 2041, acudo al homenaje en el que —por haber llegado a los cien años de edad y estar en pleno proceso de producción— el trigésimo tercer Festilectura Chacao ha querido de nuevo rendirle tributo. Debido a mi avanzada edad, expresaré en pocas palabras lo que sigue y jugaré con algunos de sus títulos:


«Si yo fuera Pedro Infante, no dudaría que —gracias a los presagios de una novela de Eduardo Liendo—, un nefasto personaje de la historia (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin), no solo fue El último fantasma de una época sino que, disfrazado de cocodrilo rojo, participó en El (último) round del olvido de su paso por este mundo, y bajo los efectos de un mago con Mascara(da) de hombre mosca, se convirtió en alimento de Los platos del diablo.» 

Publicado originalmente en www.contrapunto.com (10 de mayo de 2015)
Imagen aportada por www.contrapunto.com

Mensajes y masajes de texto



Es la moda. Muchos estamos en ella, pero, según mis alumnos,  ya parece asunto solo de la generación intermedia. Mientras los más chicos están deslumbrados con el WhatsApp, el chateo en vivo, el «eskaipeo» y otros recursos menos tardíos, otros estamos todavía en la etapa de los mensajitos de texto.  El verbo mensajear se ha vuelto cotidiano en nuestras vidas:

—Quiero que nos veamos hoy por la tarde —le dice  un colega a otra, antes de salir de la oficina— tenemos que ponernos de acuerdo a ver si  esta semana conseguimos café.

—Tranquilo— responde ella— te mensajeo antes de salir de casa. A mi terminal de lotería, perdón, de cédula,  le corresponde el día martes.

Y ese «mensajeo» no es cualquier tipo de comunicación. Alude exclusivamente al hecho de posar el dedo pulgar sobre las teclas del teléfono móvil, elaborar un breve mensaje de texto (incluidas abreviaturas, reducciones y emoticones) y  hacer clic en enviar. A ese uso del pulgar se le llama pulgarización. Dicen los expertos en estas cosas que, de seguir como vamos, el llamado dedo gordo de la mano se alargará en el ser humano y en no pocas generaciones ya no se le podrá llamar Pulgarcito, sino Pulgarsote.

No son pocas las personas que a diario observamos pulgarizando, en cualquier parte y en diferentes momentos del día. Quién no ha visto a la cajera o el cajero del supermercado con la mano derecha titiritando bajo el mesón, mientras con la izquierda va desplazando por el sensor de precios lo poco que hemos encontrado en los anaqueles.


A quién extraña que el mecánico pulgarice sobre su celu, mientras, totalmente engurruñado debajo de nuestro destartalado automóvil, revisa si fallan los tripoides o el árbol de leva. Con una mano va palpando las piezas del coche, con la otra presiona incómodamente las teclas. Y con la boca se recrea blasfemando porque no se consiguen repuestos

Otra escena rutinaria de este tiempo es la del jinete motorizado que  usa  simultáneamente dos teléfonos. Zigzagueando como si nada, entre los carros, e increpando a los conductores que osan atravesarse en «su camino», con uno de ellos va haciendo uso del manos libres, mientras con el otro no cesa de mensajear a los múltiples  contactos que, en la red de distribución de alimentos, ha establecido para desempeñar su función socialista de bachaqueo.

Hay muchas más escenas de esta naturaleza, pero, para no cansar, permítaseme mencionar finalmente al policía de tránsito que, en pleno centro de la intersección de dos vías, intenta orientar con su pito y su manoteo a la transgresora red de conductores que por allí circula. Mientras, con un ojo hacia el horizonte, simula ver el tráfico,  con el otro, dirigido al piso,  está pendiente del teléfono portátil que subrepticiamente descansa en la palma de su mano derecha.

Hace poco acudió mi tía Eloína a una reunión de condominio. Se proponía ofrecer una charla sobre cómo sustituir el papel higiénico por lajas de río. En lugar de sillas, los habitantes del edificio utilizan pupitres para sus actividades de esta naturaleza. Me relata la mayoría de los asistentes la miraba alelado y posaba un brazo sobre la mesa del pupitre, mientras el otro se percibía desaparecido. Como si de una colectividad de amputados se tratara. Mas no era así. Las invisibles extremidades eran utilizadas para masajear ocultamente las pantallas y los teclados que cada cual tenía en su mano.


                En fin,  todavía los mensajitos de texto acosan cotidianamente la testa de muchas personas. Parecen servir de masajes ante la adversidad.  Hay adictos incapaces de vivir sin ellos. El mundo se nos está volviendo mensaje y masaje: pantalla, teclados y claves hasta en la sopa.

Publicado originalmente en www.contrapunto.com (3 de mayo de 2015)
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Todos los libros son digitales




Tengo todavía fresco en la memoria el día que mi hijo menor me dijo:

—¡Te salvaste, puedes eliminar los libros de la lista de útiles. Pide que nos amplíen el ancho de banda de Internet y perros a cantar!

Angosto de banda y de entendimiento me quedé, luego de la explicación con que argumentó aquella solicitud. Según él, lo que no está en la Internet no existe. Y si algo hay en ese submundo llamado ciberespacio son libros de toda naturaleza. Libros impalpables, insaboros, pero libros. Los llaman virtuales, aunque —todo hay que decirlo— no siempre son ejemplares virtuosos.  No obstante, nada distinto de cualquier otra biblioteca. La ventaja más notoria: en un mínimo lugar llamado chip caben cientos o miles de ellos. Una desventaja extrema: la incertidumbre de no saber si siempre estarán allí. Son inmunes a los ácaros pero no a los virus.

Después de una larga conversación, hube de aceptar que, para muchos lectores jóvenes, los anaqueles y la acumulación de grandes lotes de volúmenes impresos en papel comienzan a ser escenarios de otra época. Estampas costumbristas que huelen a pasado.

Sin embargo, es un hecho que la publicación de libros físicos sigue siendo un negocio lucrativo para las editoriales y una necesidad cultural de la que no será fácil desprenderse por mucho tiempo. Se dice que, desde que apareció el cibermundo, creció exponencialmente el número de las publicaciones en papel. Las cifras de la UNESCO reflejan que en un promedio de 124 países del mundo se imprimen por los métodos convencionales más de dos millones de títulos al año.

Después de la invención de la imprenta, el libro tradicional fue convertido en un fetiche, una especie de tótem al que le hemos rendido culto y al que casi le rezamos oraciones. Hay quienes le han atribuido la virtud de depositario infalible de información que —al aparecer impresa y certificada por un autor o autora— se convierte en verdad definitiva. Tampoco faltan los que creen en eso que mi maestra de segundo grado llamaba el placer de la lectura, los libros recreativos. Y muchas otras categorías que omito para abreviar.

Pero todo comenzó a volverse confuso cuando llegó la Internet. Nos guste o no, la web apareció para cambiar el curso normal de la existencia. El ciberespacio se ha posesionado de nuestra cotidianidad. Los adolescentes a los que llaman nativos digitales ya no diferencian entre aquel y  el espacio físico. Y, naturalmente, dentro del mismo combo se ha instaurado la aparición de los libros virtuales. Imposible oler la tinta con que han sido impresos (en bytes), a veces puedes simular que pasas las hojas una a una pero ello es solo una sensación. No obstante, son también libros.

Hay múltiples interpretaciones acerca de estos «libros intocables». Los lectores más tradicionales viven quejándose. Los más osados, los aplauden. Tampoco faltan quienes ya predicen una catástrofe mayor que la que estamos viviendo en Venezuela con la escasez de alimentos. Sin olvidar, por supuesto, aquellos que les tienen pánico por considerarlos una especie de maldición diabólica que acabará con la lectura. Suele ocurrir. Cada vez que surge alguna innovación tecnológica, se apodera de nosotros el miedo ante lo desconocido. La idea de que algo desaparecerá para dar paso a lo que está naciendo. Pero también sabemos que no siempre es así.

Sin embargo, nada ha ocurrido. Vivimos ahora tiempos en los que ambos formatos, el libro físico y el libro virtual, se han amistado entre ellos y —ajenos a los temores humanos— hasta conviven. Tan amigos son que hay algunos que aparecen en ambos formatos: los puedes adquirir en la librería o descargarlos a tu equipo.  A los agoreros espontáneos anunciadores de biblicidios masivos hay que pararles el trote: el libro, ese imbatible y mágico fetiche de la cultura escrita, sigue ahí. Solo que a veces cambia de traje: un día se baña de tinta y se engalana de papel; el otro, pues, se adorna de bytes para lucirse en nuestras pantallas. Siempre a la espera de ese otro de quien sí dependerá por siempre su existencia: el lector.


Y si la palabra dedo viene de dígito, pues, a decir verdad, todos los libros son digitales, según mi tía Eloína: unos porque nos ensalivamos el índice para pasar las hojas de papel, otros porque sin dedos es más difícil manipular el teclado o activar los comandos de una pantalla.

Publicado originalmente en www.contrapunto.com (26 de abril de 2015)
Imagen: agregada por www.contrapunto.com (de Google Images)


martes, mayo 26, 2015

Cocheros literarios


 Acompañamiento, aptitud, autodeterminación, autoestima, coaching ontológico, confianza, conocimiento de sí mismo, disonancia cognitiva, estrés, inteligencia emocional,  liderazgo, mercadeo, optimismo, pensamiento positivo,   risoterapia, solución creativa, vocación…  

Detengo lo que simula un diccionario para decir que la lista incluye palabras y expresiones integradas al vocabulario de esa jerga seria que en términos generales se denomina AUTOAYUDA. «Autoayúdate que yo me ayudaré», imagino que debe ser el lema de esas nuevas biblias andantes que son los  gurúes y autores de  libros o conductores de seminarios  referidos a esta actividad.  Buscan en teoría contribuir con el autocontrol y el desarrollo de unas supuestas cualidades y habilidades que los mortales llevamos ocultas en el fondo más recóndito de nuestra conciencia.

Eso es al menos lo que indica la vastísima publicidad que se difunde sobre el asunto. A quienes nos hacen el favor de forzarnos a sacar estas maravillas a flote se les denomina anglófilamente  COACHS. Es probable que en el futuro del español hayamos de llamarlos COACHERS. O mejor, COCHEROS. Decirles entrenadores o facilitadores —como correspondería en nuestro idioma— sonaría excesivamente mundano, demasiado terrenal y nada llamativo. Cocheros serán porque tiran de los caballos que nos llevarán al mar de la felicidad y el regocijo.  Es una moda. No hay día que no llegue a nuestros buzones de correo electrónico o a nuestras cuentas tuiteras alguna invitación en la que se nos conmina  a atrevernos.

Coachs los hay por toneladas. Y en muchas especialidades. Hasta para ejercer algo que ahora se denomina «coaching literario». Personas osadas que apenas haber publicado un breviario de cuentos o una modesta novela, o quizás después de haber obtenido algún galardón, pues a veces sin la más pura idea sobre el asunto, se disponen a enseñar a otros  —en supuestas «clínicas» líricas, narrativas, ensayísticas o de crónicas—, cómo hurgar profundo en sus neuronas si aspiran a la escritura de alguno de los géneros mencionados.

No es que esto sea nuevo, pero, ante la crisis y la escasez, la modalidad se ha venido haciendo cada vez más presente. Hace algunos años comenté por la prensa la frase con que una supuesta «escuela de escritores» de la época buscaba enamorar candidatos/as a plumarios/as a través de un lema tan provocativo como: ¿QUIERES SER ESCRITOR? VEN CON NOSOTROS. Y a propósito de discutir este tipo de llamados — precisamente en un taller literario al que estábamos asistiendo— nos comentaba en aquellos días el inolvidable José Vicente Abreu que, primero, no aprende a escribir literatura el que quiere. Y menos si atiende a un COCHERO  inexperto (aunque este se haga llamar coach).  No basta el deseo, decía el autor de la novela testimonial SE LLAMABA SN (1964). Y, segundo, previa licencia de pudibundos y puristas, me permito repetir y hacer mía la frase con la que el mismo Abreu remataba sus lecciones acerca de convertirse alguna vez en escritor: se requieren infinitas horas-nalga muy productivas para lograrlo. A veces ni siquiera una vida es suficiente. El ejercicio de la literatura no es una boutade; otro puede ayudarnos a desarrollarnos en ella, pero se necesitan ciertas condiciones previas; se precisa de una manera de ver el mundo y no necesariamente de momentos de iluminación o de las técnicas que puedan aportarnos otros.


Somos miles los que anhelamos llegar alguna vez a ser considerados escritores. Una ínfima minoría lo logra. Y de ello no nos enteraremos jamás, por mucho que algún cochero nos «autoayude». Deben pasar muchos años para que el señor tiempo nos asigne ese lugar, si es que llegáramos a merecerlo. 
  
@dudamelodica

Imagen: google images

Publicado originalmente en www.contrapunto.com (19 de abril de 2015)


Entre plagios y plagiarios



Ocupar el lugar de otro y sustituirlo no es tan sencillo. Se precisa que los demás crean de verdad que la usurpación del lugar ajeno tiene algún sentido. Copiar los modos como otra persona ha actuado o escrito suele ser mucho más complejo que la simple acción de desearlo o intentarlo.  No es sustituto quien quiere sino quien puede. Y más de una vez la presunta posesión resulta en caricatura, imagen risible, parodia mal programada. Plagiar la obra o la personalidad de alguien es también un arte. El origen del plagio suele ubicarse entre dos extremos que a veces se rozan: la admiración desmedida o la urticante envidia.

Hoy hablo de plagios y plagiarios a fin de honrar la memoria del todavía anónimo y espurio  escritor español del siglo XVII, Alonso Fernández de Avellaneda, autor de un Quijote apócrifo que circuló en España en 1614, nueve años después de la publicación de la primera parte de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (1605).  Creo que el mayor acierto de Fernández de Avellaneda no fue tanto escribir una supuesta segunda parte del Quijote, sino hacerlo con ese nombre como seudónimo y, la guinda de la torta, anotar su libro con un falso pie de imprenta. Lo que se diría un doble juego tan enigmático y magistralmente armado que todavía en este siglo XXI sigue dando de qué hablar. Es lo que demuestran tanto las traducciones a otros idiomas que de él se han hecho, como la reedición por parte de la mismísima Real Academia  Española, en este año 2015, de ese Quijote sustituto.

Mucho se ha dicho sobre quién pudiera haber sido el autor de aquel falso Quijote, pero, a decir verdad, no se ha logrado ninguna certeza al respecto. Entre otros, hasta al propio Lope de Vega (notorio adversario de Cervantes) se le ha atribuido alguna vez tan sortario desaguisado. El plagiario logró su cometido a plenitud porque original y copia han sobrevivido hermanadas. Y el efecto de la parodia fue tan certero que obligó al propio Cervantes a publicar la verdadera segunda parte de su obra  en 1615.

Soy admirador de los buenos plagiarios y suelo tener poca estima por aquellos «grandes escritores» que, jugando a la ignorancia de los demás, se dedican a copiar textos descaradamente, incluso de la prensa. Por ejemplo, de eso se acusó más de una vez al escritor peruano Alfredo Bryce Echenique. El alboroto generado por una serie de intelectuales mexicanos le impidió acudir a recoger el Premio de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2012, que vergonzosamente hubo de recibir en su propia casa, en Lima, debido, según palabras del propio acusado, a la posibilidad que había de que lo lincharan. Y agrego yo, no tanto por haber copiado sino por la manera tan burda de ejercer tal oficio. Es lo peor que le puede ocurrir a un escritor: encima de copista, mal falsario es como demasiado. Según sus denunciantes, a Bryce se le habían comprobado hasta ese momento más de 40 plagios y  16 multas certificadas por el Instituto Nacional de Defensa de la Competencia y de la Protección de la Propiedad Intelectual (INDECOPI, Perú). Imitador más chimbo, imposible.


A partir de ese momento, le perdí el respeto y la admiración que alguna vez profesé al autor de Un mundo para Julius (1970). Hasta pensé en esos días sugerirle un imaginario taller literario con nuestro más ilustre e inteligente plagiario universal y ficcionauta recurrente: el invalorable Rafael Bolívar Coronado (1884-1924), brillante y más que respetable seudonimista venezolano que, para sobrevivir en este mundo de competencias desleales como es la literatura, se ocupó de suplantar a cientos de autores de diversas latitudes mediante el uso de unos 650 seudónimos. Lo reveló el historiador Rafael Ramón Castellanos en un libro imprescindible que es una rara avis de nuestra bibliografía local: Un hombre con más de seiscientos nombres. Rafael Bolívar Coronado (1993). Desde Andrés Bello hasta el mexicano Amado Nervo, hasta otros como Arturo Uslar Pietri, José Martí y Rubén Darío, anduvieron de la mano y pluma de Bolívar Coronado, con explícita intención y sin esconderse, con absoluta premeditación y éxito. Digno descendiente suramericano de Alonso Fernández de Avellaneda.

Fuente de la imagen: Google images

Publicado originalmente en www.contrapunto.com (12 de abril de 2015)

Carlos Pacheco, caballero de las letras





No tengo memoria de la fecha exacta en que conocí a Carlos Pacheco (1948-2015). Apenas guardo de ese momento un fortuito cruce de manos en algún espacio del Instituto Pedagógico de Caracas, a mediados de los años ochenta.  En todo caso, quede ese encuentro como el primer chispazo de una amistad que se afianzaría en la Universidad Simón Bolívar durante esa misma década.

Lo que sí puedo asegurar es que la hermandad entre ambos llegó para quedarse. De nuestro inicial trabajo conjunto en la Universidad Simón Bolívar (Caracas), aparte de la amistad y eterna fraternidad,  nació el volumen Del cuento y sus alrededores. Aproximaciones a una teoría del cuento (1993, 1997). Mucho más adelante, hicimos equipo con Beatriz González S. para compilar, editar y publicar Nación y Literatura. Itinerarios de la palabra escrita en Venezuela (2006).  Entre esos dos proyectos comunes, y también después, sucedieron otros varios, pero  me limito a mencionar el último. Uno en el que decidimos juntar nuestros criterios con el de Carlos Sandoval para pasearnos por el cuento nacional. Resultado: Propuesta para un canon del cuento venezolano del siglo XX (2014).

No obstante, más allá de la comunión meramente universitaria, Pacheco fue mi hermano. Nos adoptamos como tales en el recorrido por pasillos universitarios, por eventos profesionales, por resquicios familiares ancestrales, por nuestras  biografías y pasiones en las que siempre apareció algún elemento común.

Pero Carlos Pacheco, mi compañero de aventuras, acaba de marcharse el pasado 27 de marzo, sin que ni él ni yo, ni nadie de nuestros entornos, lo esperáramos. Por ese motivo, hoy no queda espacio para ningún otro tema que no sea rendirle homenaje póstumo. Ofrezco disculpas a los lectores por ocupar con algo tan personal el precioso tiempo que generosamente dedican a pasearse por mis dudas.

Nos unieron muchas cosas: la docencia, la trujillanidad, la literatura venezolana, la lingüística, la crítica e investigación  literaria, la actividad editorial y la vida familiar. Tantas fueron nuestras coincidencias vitales que, incluso la semana pasada, al transmitir la noticia sobre su fallecimiento repentino en Bogotá, la prensa nos ha puesto a nacer el mismo, día 3 junio, aunque no fue así. En honor a la verdad, Carlos vino al mundo un tres de julio de 1948 en Caracas. Y el día 7 de diciembre de 2009 tuve además la honra de recibirlo como numerario de la Academia Venezolana de la Lengua. Hace apenas unos meses, también un 3 de julio (de 2014)  nos juntamos sus familiares, amigos y colegas en el paraninfo de la Universidad Simón Bolívar, a propósito del título de Profesor Emérito que le confiriera el Consejo Directivo de nuestra hoy golpeada y más que maltratada institución.

Pocos años hace que me correspondió además formar parte del equipo editor  de Alfaguara, en la revisión y producción del libro La vasta brevedad (2010), una antología del cuento venezolano del siglo XX, en cuyo proyecto participó Pacheco con los escritores Antonio López Ortega y Miguel Gomes. Su libro La comarca oral (1992, en proceso de reedición por una universidad colombiana, según me dijo el año pasado), ha sido una referencia de primera mano para estudiantes  interesados en los vericuetos literarios de Latinoamérica.

Difícil resumir en tan escaso espacio una trayectoria harto productiva, vasta y diversa como la de Carlos Pacheco. Firme en sus convicciones, seguro en sus ideas, caballero de la vida y de las letras, estudioso, universitario a toda prueba, podrían ser algunos de los rasgos para definir su personalidad, sus pasos más que fructíferos por el CELARG, por la Universidad Simón Bolívar, por la Academia Venezolana de la Lengua, sus disciplinados estudios de postgrado en Liverpool y Londres, sus pasantías por diversas universidades extranjeras. Y, lo más importante, su don de gentes y su don de aciertos, la lealtad hacia los amigos.

Obviamente, también tuvimos diferencias que no pueden pasarse por alto: en el carácter, en la estatura, en el número de matrimonios e hijos, y en muchas otras cosas que no viene al caso enumerar. Como diría el filósofo Edgar Morin al aludir al principio dialógico de la complejidad, ni iguales ni correspondientes, complementarios. Amigos incondicionales y eternos.  Además de haber publicado individualmente o en equipo más de una veintena de libros, Pacheco fue coautor (con Wilma Álvarez Esteves) de tres disciplinados y modélicos ciudadanos: Fianna, Milena y Andrés, testimonios evidentísimos de las buenas enseñanzas familiares que recibieron.  Compartió además un importante fragmento de su vida familiar y académica con la profesora y también entrañable hermana de ruta Luz Marina Rivas, investigadora dedicada a escudriñar documentos que la ayuden a demostrar la valía y dedicación literaria de las escritoras venezolanas. La fotografía retrata justo el día en que Lucía Fraca y yo apadrinamos esa boda.

No asimilo todavía que Carlos Pacheco se haya ido tan a destiempo. Prefiero acudir a mis inclinaciones por la ficción y construir una historia en la que un personaje llamado Carlos Pacheco se ha ido de viaje a Bogotá y allí será un paseante eterno, preocupado siempre por Venezuela, abrumado por un autoexilio que, sin embargo, no logró menguar ni su disciplina de trabajo ni su persistencia, haciéndose el trujillano (como lo fueron sus ascendientes), con plena conciencia de que todo proceso histórico es circunstancial y de que siempre vendrán tiempos mejores.

Fotografía:
[Diciembre de 2004]
Sentados: Lucía Fraca y Luis Barrera Linares / De pie: Carlos Pacheco y Luz Marina Rivas 

Publicado originalmente el 5 de abril de 2015 (www.contrapunto.com/ Opinión