Hoy estamos acudiendo al rito bautismal de la más reciente
novela del escritor Febricio Persa. La librería se llama EL BUSCÓN. No sabemos
si por alusión a Francisco de Quevedo o por lo mucho que sus anaqueles te
incitan a curucutear las existencias. El presentador de esta ocasión es un
reputadísimo colega y amigo del autor. Se llama Exordio Cují.
Cují ha llegado hoy ataviado a la usanza de los campesinos
andinos: chamarra de cuero marrón manchada por el (ab)uso, sombrero alón con
pluma de ganso en su lado derecho, pantalones negros y sandalias de pescador.
Es la estampa habitual de su vestimenta. Como para que nadie se quede sin notar
su presencia, su fuste de escritor salido de “las entrañas mismas del monte”.
Se trata de un particular narrador cuya complicada escritura le ha generado a
través de la prensa la frase
calificativa de “vanguardista siempre de guardia”.
Críticos y lectores han celebrado desde siempre su
escritura críptica y oscura, aunque pocos lo entienden. Suyo será un capítulo
posterior en esta novela.
Solo Febricio Persa sabe quién es realmente el autor del
libro que hoy será sometido al ritual
consagratorio y que él ha plagiado y publicado como suyo, aunque -como lo
acostumbra desde hace varios años- con un nombre ficticio, lo que se llama un
heterónimo. Seudónimo le dicen los que quieren evitar confusiones.
No resistió Persa la
tentación.
Y plagió.
Una vez más se ha propuesto probar que vive en un país
donde pocos conocen lo que se ha publicado en el pasado y en el que un buen
estafador de las letras puede asumirse como heterónimo y ofrecer con su nombre
lo que otro ya publicó antes. “Total -se dice para sí mismo- eso se llama
‘filosofía Errebecé’.”
Inevitable que tal
acción le recuerde el nombre de Rafael Bolívar Coronado. Ya explicaremos más
adelante por qué.
Similar ha sido, precisamente, el seudónimo escogido para
esta ocasión. La novela Adiós a los
incas, malvenidos los incapaces, motivo del ceremonial de esta noche, aparece firmada acronímicamente por
Efebepé..
Persa llegó hace bastante rato, pero, antes de ingresar a la
librería, entre saludos y halagos, se ha
distraído con algunos asistentes al evento, quienes lo saludan efusivamente en
el pasillo.
Abrazo, gracias.
Saludo de apretón de mano, muchas gracias.
Beso en la mejilla, más
gracias.
Reverencia de cabeza, muchas más gracias.
Ya
se murmura que su obra será la gran favorita para el próximo premio
internacional que auspicia el Estado; se comenta con alborozo que se convertirá en el
primer venezolano en ganarlo.
Por fin.
Y
ahora sí, ya Febricio está en el interior de la librería.
Tres jovenzuelos con apariencia de “triángulo de seguridad”
–dos chicos y una chica- han estado
detrás de él desde el comienzo. No es la primera vez. La comidilla literaria
los apoda “los tres mosquiteros”. Efebos y efeba encargados de espantar la
turbamulta de “mosquitos” que suelen merodear en torno del aura de su señor.
En la vanguardia del grupo, la chica se dedica a verificar
quién solicita una dedicatoria para el ejemplar previamente adquirido del
volumen a bautizar. Insta a los solicitantes a esperar el momento de las firmas,
después del sacramento.
Otro va a la diestra de su dios padre, acumulando en un
maletín los obsequios que algunos de los presentes entregan a Febricio,
generalmente libros de autores primerizos
que aspiran a una lectura y reseña de parte de él. Tienen la certeza los
autores noveles de que una sola palabra de Persa en la prensa bastará para
sanarlos. Se trata de una escena recurrente en cada acto bautismal caraqueño. Neófitos
esperanzados que anhelan la bendición de un consagrado. El escritor homenajeado
hoy recibe los obsequios con aire de
benevolencia, una sonrisa fingida y los
pasa inmediatamente al chico del maletín.
El tercer doncel, un poco más retirado hacia el flanco
izquierdo, lleva una cámara filmadora con la que, a través de su ojo mejor
direccionado (es estrábico y luce bastante trasojado) va recogiendo para la perpetuidad cada movimiento
de su mentor. Orgulloso de que lo vean allí, sostiene la cámara con su mano derecha,
en tanto con la izquierda se va abriendo paso casi a tientas.
Febricio ha ingresado al recinto con su mejor gesto de
Monalisa y camina sereno. Va abriéndose paso entre la gente, una mano estirada
aquí, una palmadita más allá, un beso lanzado al viento acullá. No puede impedir
escuchar, a su derecha, la cháchara picardiosa de algunos jóvenes estudiantes
de literatura, aspirantes a poetas, o ya poeticas en ciernes -no lo sabe debido
a que solo los conoce de vista-. Cuchichean
entre ellos; parlotean de lo humano y lo profano, con la irreverencia propia de
la edad. Hacia ese punto dirige Febricio sus antenas mientras desacelera la
marcha para escuchar mejor:
-Es que ese libro me trae de cuclillas, Faby, no sé cómo no
lo descubrí antes. ¡Los planos narrativos y los flasbacks. ¡Qué nota!
-Creo que en eso radica el peso de las escenas de la obra,
Máicol, son densas, nubladas, acorazantes, pero cómo convencen.
-Así es, así es, chamos, nada más vibrante que el capítulo
en el que el sujeto de la enunciación se hace cómplice del autor implícito y
fustiga al narrador homodiegético.
-Pero, ¡marico!, ¿qué te pareció la manera como nos saludó
el profe que escribió la saga de los Salgado?
-No le hagas demasiado caso, guón, siempre ha sido medio
pedante y ahora que le dieron el cargo de director de cultura de la universidad
como que se ha envanecido más…
-¡Profe! ¡Profe! –grita una de las chicas del grupo al ver
a Febricio Persa- ¡Qué buena la
entrevista de hoy! ¡Sin desperdicio!
-¿Y la foto? –se entromete otro- ¡Qué maraca de foto! Es en
el jardín de la Facultad ¿No es así, profe?
Febricio asiente con
una sonrisa de cortesía. Los imagina como siempre, hablando mal de los otros
“poetas”, desde muy jóvenes, o fingiendo
hablar bien pero pensando mal, con sus mentes puestas en las envidias y las
zancadillas propias del medio. No les cree pero está obligado a agradecer. A su
modo de pensar, no les llegan ni por los pies a los tres mancebos que lo
escoltan. Comparados con sus adulantes escuderos, a estos los considera
envidiosos, mediocres, altaneros y creídos. De las damitas tiene incluso un
concepto mucho más contundente, antes que poetisas –como por cierto no les
gusta ser catalogadas- prefiere
aludirlas íntimamente como “poetusas”. Jamás ha escuchado de ellos o ellas la
palabra “maestro”. Siempre un frío y distanciante “profe”. Los párvulos de su
cortejo, en cambio, son dóciles y dispuestos al aprendizaje. A aquellos, los
suyos, los sabe abiertos, dispuestos; de estos, los ajenos, desconfía, son seguidores del poetastro
silencioso de la Escuela y eso basta para que los perciba con sospecha. Jamás
serán de su reino.
No obstante, hay que darles la mano gentilmente y mostrar
los camanances para intentar una sonrisa.
-Gracias, muchachos, gracias por estar aquí…
Después del saludo hipócrita a los chicos, sigue la marcha.
Ve a su alrededor y sabe que nadie está de verdad charlando, aunque todos
mueven los labios y las manos como si parlotearan animadamente. Gesticulan con
la boca, sus órganos articulatorios están en movimiento perpetuo, pero se trata
de voces fingidas; simulan charlar mientras tienen los ojos y oídos puestos en
cualquier otro rincón de la librería. Ven a alguno por aquí llevándose un
ejemplar de un libro reciente a los bolsillos, miran a otro más allá y
recuerdan que se trata del novelista que siempre ha tenido su inquina con el
que está enfrente porque a aquel le han dado el premio nacional mientras este
suponía que ya le correspondía por antigüedad.
No faltan los que murmuran ya sobre la convocatoria anual
del Premio. El propio. El verdadero. Así lo califican: el Premio, con énfasis
en la P mayúscula. El Errebecé le dicen algunos.
Febricio oye sin deseos de escuchar, en el fondo, entre la
multitud, la carcajeada fingida del sujeto conocido como “el escritor oral”,
que habla y habla y habla, pero de quien jamás se ha visto una página impresa.
La imagen del charlatán farfullando, cantamañanas de oficio, le hace recordar a la de Rafael Bolívar
Coronado. Justamente, el epónimo del Premio.
Es así. Es el universo de la literatura nacional, el
espacio en que hay autores consagrados que jamás han redactado media cuartilla.
La legión de los ágrafos orales, como la llamó alguna vez un diario
humorístico. Milagros del arte, argucias del cotilleo a que son tan dados los
plumarios. Eso piensa Persa.
Porsia. Por si acaso. Por si las moscas. Persa observa constantemente
a su alrededor.
Debe ofrecerse
amable y dispuesto con todos, hacia todas, por lo menos mientras transcurre el lapso sacramental de su último libro. Incluso
más: mientras se hace público el veredicto.
Abrazarse y des-abrazarse sin mostrar embarazo alguno.
Aparentar apertura y disposición, frescura, amabilidad,
condescendencia, comprensión y, a veces, hasta conchupancia.. Desconoce quién
de los que han acudido al evento de esa noche, su evento suyísimo, pueda
erigirse en algún momento en jurado del certamen. Su conducta de él ha de ser
entonces de absoluto relajamiento. Lucir despreocupado y liberado de actitudes
negativas. Debe fingir con absoluta seriedad, incluso con los que, a la hora de competir por
el reconocimiento, podrían ser sus contrincantes. Son sus competidores
potenciales, pero también les puede corresponder alguna vez actuar como parte
del jurado. Sobre todo, si no lo gana esta vez. Nada se sabe de antemano en ese
territorio de incertidumbre que es la literatura venezolana. Hoy estás abajo,
mañana arriba. Y el mundo girando y girando como una noria metálica que resuena
mientras adentro se bambolean las pequeñas esferas blanquinegras de una lotería
de pocos números y muchos apostadores.
“Sonríe, Febricio, siempre sonríe -se dice a sí mismo- y
hazlo aun a sabiendas de que alguna de tus muecas amables pueda ser compensada
más adelante con una traición”.
“Camina por la librería y saluda cordialmente, aprieta con
fuerza esas manos que se te ofrecen, aunque las presumas como parte terminal de
brazos envidiosos; adula a los que pudieran tocarte en suerte; exprésales tu
admiración por su poesía; háblales de cómo te maravilló su último libro de
cuentos, aunque te haya resultado farragoso y lugarcomunístico; confiésale al
más oculto de los falsarios que has disfrutado enormemente el recién publicado
manual de crítica literaria; asegúrale al novísimo palurdo que abogarás porque
se publique pronto su primer intento de ensayo; no abandones jamás a los tres párvulos
que sumisamente te acompañan a todos los actos en que has de participar. Los
gentiles y siempre adulantes barraganes que nunca te abandonan y te siguen como
incondicionales aparceros. Alguna vez, ellos podrían llegar a ser algo más que
tímidos principiantes”.
Pon la mirada en el infinito y escucha con rostro de
pensador griego el discurso de quien hoy apadrina y presenta tu libro. Exhorta a
Exordio con tu gesto de complacencia. Atrapa de su grata perorata frases que te
ayuden a flotar de regocijo y que le repetirás después: un latinazo que impresione
a cualquier pelmazo: “verba volant,
scripta manent”, una metáfora que rompa el ánfora: “plenilunio pluvial
esplendoroso”, un juicio que demuestre su oficio: “holgura fluvial derramada en
capítulos deslumbrantes”, un elogio que
recuerde el jolgorio: “autor de tropos y símiles rampantes y fluorescentes”…
Luego de los aplausos, multiplicados al final del
jaculatorio de su colega Cují, regresa Febricio a la realidad: va el abrazo
fuerte y generoso, los golpecitos en la espalda para Exordio.
-¡Gracias, hermano querido [plaj, plaj, plaj, resuenan las palmas sobre el dorso del colega, mientras percibe el olorcito a moho de la chaqueta], no merezco tanta bondad, tu desprendimiento me abrumó,
me siento contrapavimentado por tus palabras…!
La respuesta de Exordio es una sonrisa con tres palabras:
-¡Te lo mereces!...
La respuesta de Exordio es una sonrisa con tres palabras:
-¡Te lo mereces!...
Luego, Febricio se dispone a
besar la mano de la dama de sociedad que
los ha interrumpido bruscamente. Es la misma que, cuando venía por el pasillo hacia
la librería, lo abordó para decirle que la semana pasada estuvo leyendo “El dinosaurio”, de Augusto
Monterroso, y que intentará concluir su lectura durante la próxima semana
santa, cuando disponga de tiempo suficiente para hacerlo. “Y cuando yo despierte
de esta pesadilla, espero que la señora ya no esté ahí”, pensó Persa en aquel
momento. Mas no ha sido así. Ahora, con
la mirada fija en el tren delantero de la dama, no olvida celebrarle ese deslumbrante vestido
blanco que deja ver las pecas y las arrugas concentradas en la comisura de los
senos; lo alaba aunque en el fondo su imagen resulta horrenda y estrafalaria.
-¡Qué hermosa esa flor sobre tu ojal, Titina! ¿No sabes cuánto anhelo ser uno de esos
pétalos!
Muy bien pudiera ser esa “tectónica” señorona la que lo
incluya entre los autores sobre quienes ella disertará en el próximo seminario-taller
de poesía que dictará en la Universidad de Maryland. Nunca se sabe. Igual que
Venezuela, Estados Unidos es un país en el que cualquiera es profesor de
talleres; a veces basta con que publiques un libro de versos mediocres. E
incluso con que seas exiliado y osado. Justo el caso de tan “elegante” dama:
argentina llegada al país en los setenta del siglo pasado, autora de un opúsculo
de poesía que no llega a folleto. Aunque obviamente sus descomunales pechos han
sido remendados y ahora van cargados de silicona, no permitas, Febricio, que la “senofobia” te intimide. Besa y rebesa sus
ocultas arrugas faciales, hazlo con frenesí, como en el bolero.
Tampoco dejes de lado a la viuda del “novelista histórico”. La que está de pie,
afuera, donde se ha escapado a satisfacer su carencia de nicotina. La ves desde
tu atalaya con su cigarrillo en la mano: “imagen de prosti elegante”, piensas. Será
torpe, quizás poco cultivada, tal vez casi analfabeta y nada agraciada, pero es
la heredera de un escritor con poder. Obvio que sin mayor esfuerzo intelectual
-porque de intelecto la muy pobre carece- heredó solo la fama y la obra de su
célebre marido, aquel farragoso y patético psiquiatra que escribió cincuenta
novelas sobre las perversiones del poder financiero en las sociedades latinoamericanas.
No es su culpa de ella ser tan escasa de neuronas productivas. Sin embargo, más
que por sus libros recibidos en herencia, no dejes de fijarte en la red de
intereses de la que también se ha hecho acreedora. Ella no escribe, la verdad
es que su cerebro es reacio a las fabulaciones
con la palabra, pero cómo sabe mover esas caderas de yegua purasangre. Y se vale
de tal recurso cada vez que precisa de los tentáculos mafiosos que le dejó su
fallecido cónyuge. Es la misma a la que un pegajoso critiquillo asomó la idea
de hacer una fundación con la dote paginada de su difunto marido, un artilugio
jurídico que preserve la obra y facilite la continuidad y multiplicación del
peculio. “Que de algo hay que vivir, Nachy”.
Salúdala con doble beso y roce de mejillas, como
si estuvieras en el foyer del Palacio
de la Zarzuela de Madrid. Indícale lo atractiva y lozana que se mantiene. La distancia entre foyer y follar es mínima. No
sería extraño que alguna vez fuera designada para integrar el jurado que ha de
avaluar tu participación en algún certamen importante. Podrá ser o no el Rafael
Bolívar Coronado. Mas eso, de momento, lo ignoras; no puedes presagiarlo; ni tú
ni nadie, pero tienes la certeza de que los milagros ocurren. En una
republiquita literaria como la tuya, todo puede suceder. Hasta ciertas viudas
gozonas terminan decidiendo quién sube y quién baja.
Así que tolera pacientemente el efluvio del bautizo de tu última
novela, aunque todo lo presumas ficticio.
En tanto transcurra el brindis, deambula por cada rincón de
la librería hasta que se marche el último de los asistentes.
Saca de tu repertorio aprendido de memoria las más
originales dedicatorias a la hora de firmar los ejemplares a los solicitantes
de tu rúbrica.
“Para IDS con el mayor de los placeres y en agradecimiento
por sus exagerados y benévolos pero inmerecidos juicios sobre mi modesta obra”.
Ofrenda con tu manuscripción a las chicas jóvenes que te
piden una frase halagadora y unas palabras de aliento sobre la portadilla del
ejemplar que han comprado: “Mi querida Nathalie, un futuro exitoso para una
lectora con sonrisa de bacará”.
No se sabe cuándo
una solicitante de firma significa un futuro polvo. “A Judit, la más estupenda
y bella de mis consecuentes lectoras”.
Un premio puede ser en el país hasta la consecuencia de un
buen coito, de un arrejuntamiento que jamás imaginaste. “Para mi apreciada
pareja, L.B.L. y L.F, por el tiempo que han perdido leyendo mis humildes
escritos.”
Vive tu momento y
finge y funge igual que todos allí lo hacen. Es parte de ese “rictual” donde
cada capítulo del guión es imprescindible: la llegada con los saludos, el panegírico
de presentación con las alabanzas, los aplausos múltiples, las sonrisas
estereotipadas, las poses y sonrisas fingidas y obligadas ante la presencia del fotógrafo... y
los brindis por el éxito.
-Disculpe, ¿Es usted el autor?
-Sí, eso creo –respondes en tono de broma.
-¿Me permite una foto con estos dos caballeros y esta
beldad?
-Por supuesto. Con
la “beldad” ni ofendo ni temo, jajajajá.
-Muy bien, júntese usted un poquito más... Así está bien.
¡Voy!
Gracias, anótenme
aquí sus nombres por favor. Es para reseñar el evento en El Coso Literario.
-Ya pronto será hora de marcharse, maestro –le recuerda la
efeba a Febricio.
-¡Fabuloso! En breve, cesará la tortura- le susurra él al oído.
Han comenzado a cerrar el templo.
Los mesoneros
recogen las últimas copas y el micrófono ha sido confinado a su rincón
habitual.
Al terminar de contar el
abundoso número de ejemplares no vendidos, la dueña de la librería se ve extenuada.
Lo manifiesta al editor y éste hace un gesto de aceptación
con la cabeza, aunque en sus adentros está contabilizando y dividiendo cuántos
libros ha vendido por cada copa de vino consumida.
El empleado apaga la luz.
Se escucha el chirrido de la puerta de seguridad.
Ya afuera, en el pasillo del centro comercial, todos se
despiden a su manera, hasta la próxima jornada.
Encantada de haberte visto, mana…
Claro que yes, amigui...
¡Epa, Chuqui! Porfa,
no olvides enviarme esa reseña por correo electrónico, poeta…
¡Tranquila, Mayela, que yo te escribo ese prólogo...!
¡Te quiero que jode. No te pierdas, maluco…!
¡Ni tú tampoco buenuca…!
Bai, bai, chicos...
Muá, muá, muá…
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Capítulo primero de la novela ICONOPLASTA (en proceso de escritura)
Para leer el capítulo introductorio (previo): haga clic aquí
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