viernes, julio 28, 2017

Gazapos que podrían dejar de serlo




Algunas palabras y expresiones del idioma que hoy son consideradas incorrectas o inadecuadas podrían ser aceptadas en el futuro, principalmente si la comunidad hablante de español decide soberanamente que así sea

El pasado mes de abril circuló en diferentes medios una noticia según la cual un grupo de manifestantes había identificado a alguien presuntamente  infiltrado en una manifestación de calle. Un comunicador que intentaba dar cuenta de la noticia quiso ratificar el hecho e incorporó en su cuenta de Instagram una nota que decía lo siguiente: "Fotodetalle del facsímil que portaba la persona que se infiltró en la plaza Monumental".  Más allá del impacto de una noticia que ya casi resulta rutinaria en el país, a mi tía Eloína le llamó la atención el uso que allí se hacía de la palabra "facsímil". Al ver la fotografía con que se ilustraba el hecho noticioso, se percató de que se aludía a una pistola de juguete. El arma que se le había incautado a la persona no era un arma de fuego auténtica sino una imitación. Surgió en mi parienta lo que ella suele llamar un "anacoluto semántico", ocasionado por la asociación que se había hecho entre "copia" o "imitación" y "facsímil".  Se fue entonces al clásico mataburros académico, el DLE,   y encontró que allí se precisa que dicha voz tiene dos formas en español: "facsímil" y "facsímile" .  Ambas remiten a la reproducción o imitación de un impreso. De la misma raíz provienen otros dos vocablos: "fax" y "faxear".

No es nuevo este procedimiento mediante el cual algunos grupos de hablantes persiguen (a veces sin saberlo) que ciertas palabras amplíen su campo significativo y puedan ser utilizadas para referir realidades que les fueron ajenas en su nacimiento. Este constituye un mecanismo que está a disposición de los hablantes en todo momento, aunque la "aprobación" definitiva de lo propuesto no suele depender de quienes tienen la iniciativa, sino del consenso que alcancen en la comunidad lingüística a la cual han sido dirigidos. Igual que en muchos otros casos, aun cuando nos empeñemos individualmente, siempre la soberanía reside en la colectividad (sea lingüística o de otra naturaleza).  El fenómeno ha ocurrido en diversos momentos de la historia de las lenguas y, por supuesto, no ha sido ajeno al español. Puede darse, además, tanto en la oralidad como en la escritura. Hay ocasiones en que el cambio se da en una de esas instancias y luego es traspasado a la otra. Si aguzamos el oído y ponemos  atención al discurso cotidiano de mucha gente, nos percataríamos, por ejemplo, de que abundan quienes, independientemente de posición social o escolaridad, utilizan sin ningún rubor formas que todavía son consideradas transgresoras de la normativa gramatical del idioma.

Tales son los casos de "darse de cuenta de la realidad", "vinistes a la marcha, protestastesllorastes", "onceavo plantón nacional",  "le encargué mis medicinas a los hijos que viven fuera", "habemos muchas personas haciendo cola para comprar". Todas las palabras o locuciones que hemos destacado en  letra cursiva son todavía consideradas como gazapos. Las reglas indican que las personas nos damos cuenta de algo y no "de cuenta de algo", aunque esta última aparezca en algunas canciones como Caballo viejo o Llorarás; las formas de la segunda persona del pretérito simple no terminan en esa "s" final intrusa, por mucho que los hablantes insistan en añadirla; "onceavo" o sus similares son numerales partitivos o fraccionarios  y no deberían utilizarse para aludir a orden;  el pronombre "le" del ejemplo citado debería aparecer en plural (les), puesto que plural es su correferente ("a los hijos"), sin importar que el lema de una reconocida pieza publicitaria oficial rece incorrectamente "Dile no a las drogas"; entre otras cosas,  el verbo "haber" es en español (todavía) un verbo impersonal, lo que significa que, cuando hace esa función, no tiene plural.

 Nadie sabe, sin embargo, si la repetición constante y su popularización, incluso entre personas de alto nivel académico, llevarán alguna vez a considerarlas como adecuadas. A lo mejor habremos de prepararnos para un futuro en el cual, por lo menos algunas de ellas, dejen de ser censuradas y adquieran salvoconducto hacia las formas correctas. No lo sabremos hasta que los hechos sucedan, pero son ya tan recurrentes que parecieran andar por esa ruta.


Es posible que muchos se sorprendan al enterarse de que los términos "cocodrilo" y "murciélago" nacieron como voces incorrectas y poco a poco el uso fue imponiéndolas, hasta el punto de que hoy, al contrario, se consideran fuera de la norma sus correspondientes correlatos originales. "Crocodilo" y "murciégalo" (las formas primigenias) son catalogadas actualmente como gazapos de personas con deficiente dominio idiomático.  Según su origen, estas dos últimas deberían ser las más adecuadas:  la primera proviene de "crocodilus" (reptil voraz y depredador) y la segunda, de murciégalo (ratón ciego). No obstante, el inefable zigzagueo del uso les dio la vuelta. Alguien, involuntariamente y tal vez por desconocimiento, las alteró, hasta que fueron imponiéndose y así se quedaron. Estos y muchos otros temas conexos son desarrollados en un excelente y ameno libro publicado hace pocos meses por el Instituto Cervantes: Cocodrilos en el diccionario. Hacia dónde camina el español (Madrid: Espasa, 2016). Muy recomendable resulta este volumen para entrar en estos terrenos de expresiones  hoy censuradas que, de continuar repitiéndose y adquiriendo consenso social, podrían imponerse. Nadie quita entonces que, en un futuro, podamos utilizar "facsímil" para referirnos a cualquier copia idéntica de un original, trátese o no de un texto impreso.

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