domingo, julio 10, 2016

ENREDIJOS DE LAS REDES



Se llaman “redes” y, una vez que caemos dentro de ellas,   debemos ser cuidadosos con su utilización


Desde hace varios años, mi tía Eloína ha venido resistiéndose  a los embates de eso que llaman las “nuevas tecnologías”. No tanto por su existencia, sino por algunas implicaciones que han tenido en nuestra vida contemporánea desde inicios de este todavía oscuro túnel que hasta ahora ha sido para nosotros el siglo XXI. Una de ellas se relaciona con las denominadas “redes sociales”. Se niega rotundamente a sumergirse en ellas por considerarlas confusas, oscuras, imprecisas y misteriosas. “Redes son, sin duda ninguna —nos ha dicho en reiteradas ocasiones— porque después que caes en ellas como un inexperto pez, ya no podrás volver a ser tú mismo”. Eloína detesta los computadores y los llamados “teléfonos inteligentes”. Aduce que en cuanto a inteligencia,  ya basta con la de ella y, consecuentemente, un aparatico como ese luciría redundante en el bolsillo, la mano o la oreja de alguien como su persona. Suele decir que si eso para algunos es exceso de autoestima y abundancia de soberbia, pues que se lo crean, pero no es ella quien se va a dejar embaucar por unos señores que los han inventado para enriquecer sus bolsillos y sus egotecas. Argumenta adicionalmente que no hay nada novedoso en dichos aparatos con pantallitas donde puedes ver al interlocutor y enviar mensajes de texto o de voz, porque, aunque en su niñez ella apenas conoció los clásicos teléfonos de vasito, ya esa supuesta realidad que ahora llaman virtual era patente en una serie como Los Supersónicos. Bastaba con ver a los personajes de ese programa para cerciorarse de que en la familia Jetson (que así se apellidaba) no solo tenían equipos milagrosos sino también autos voladores y, además, vivían confortablemente en casas totalmente suspendidas en el aire, sin fundaciones ni nada que las anclara, como esas que ahora llaman de la Misión Vivienda.


Lo cierto es que a los sobrinos nos ha resultado algo embarazoso convencerla de que, sean lo que sean, todos los adminículos que ahora nos ayudan a mantenernos comunicados (y también las cosas que podemos hacer con ellos) contribuyen notablemente a nuestro bienestar cotidiano. “¡Será para ustedes! —salta Eloína como una leona—. Esa vaina de tener, por ejemplo, un tonito para cada cuenta de correo electrónico o para cada seguidor de “guasap” parece un asunto de los seguidores de María Lionza. Estar todo el tiempo dándole julepe a los dedos pulgares y con los ojos saltones de tanto mirar las pantallas parece una vaina de fanáticos de alguna secta religiosa. Imagínate tú eso que ustedes llaman el “fasebuc” —riposta en inglés maracucho—. Primero que todo, no sé cómo carrizo hacen, pero, cual si fueran cosas de brujería, saben hasta los días en que mis ahijadas están precisamente en sus días. No te puedes mover a ninguna parte porque parece que te pusieran un detective atrás.  Además, ahí tienes supuestos “amigos” a los que jamás les has visto la cara, no sabes cómo son, y esos te llevan a otros que a su vez servirán para conectarte con muchos más. Total, una chorrera de amistades con las que, en algunos casos, jamás has cruzado una palabra de saludo.  Te llega una catorcera de fotografías, videos, noticias, propagandas y otras cosas que para nada te interesan. Por ese camino de saltos y asaltos, ahora no escoges tú con quienes quieres amistarte. Basta con un mensajito y, ¡zas!, ya son íntimas dos personas que no tienen ni la más pura idea de por qué se han relacionado”.

Reflexiono acerca de este asunto y la verdad es que como que no le falta cierta razón a mi parienta. Tienen sus indudables ventajas para la vida moderna esos medios en los que ahora vivimos más que enredados, pero traen también situaciones inéditas. Una vez que has ingresado, se desconoce cómo lo hacen, pero te averiguan hasta el modo de caminar. Saben cuándo cumples año y hasta les avisan a todos tus “amigos” para que te feliciten. Se comportan como los nuevos mensajeros de correo para informarte acerca de quiénes desean relacionarse contigo y, si decides hacerte el sueco con alguna solicitud, pues en tu página se queda clavado el mensajito hasta que alguna vez digas que sí con apenas hacer un clic en la solicitud.  Si no eres precavido, si te dejas seducir por las múltiples invitaciones con que intentan enamorarte, podrías terminar exhibiéndote como si estuvieras expuesto en una vitrina. Alguien se toma una “inocente” fotografía contigo y no han pasado cinco minutos para que ya puedas apreciarla expuesta en alguna de esas redes. Mucho debes cuidarte de dar pasos en falso, ya que al parecer tienes cientos de cámaras observando cualquier movimiento que hagas. Si te descuidas, la gente podría saber hasta de tus atajaperros conyugales. Está bien que se aprovechen las ventajas de las redes, pero siempre con cuidado para no caer en esas trampas cazabobos en que tanto los promotores como algunas personas aspiran a convertirlas.


Las redes no son ni una brujería ni una calamidad. Han traído beneficios, pero, mal entendidas, pudieran convertirse en espadas que guindan sobre nuestras cabezas.  Debemos tener cuidado en no darles excesiva información que ya jamás volverá a ser nuestra. Abusar de ellas, no tener conciencia de su alcance y sus implicaciones es casi como quitarse la ropa en plena calle y permitir que cualquiera pueda ver no solamente tus atributos (si los tienes, naturalmente), sino también tus arrugas, tus carencias, tu flacidez, todo lo flaco y descompuesto que puede haber en tu vida. 

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Publicado originalmente en www.contrapunto.com (22 de mayo de 2016)
Imagen aportada por Contrapunto.
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