domingo, julio 10, 2016

REPOSEROS SIN FRONTERAS




Que un país en el que se ha decretado  laborar solo dos días a la semana celebre en sus predios oficiales el día del trabajador es equivalente a anunciar una huelga de brazos caídos con puros  jubilados. De acuerdo con el Diccionario de la lengua española (DLE), trabajar tiene hasta ahora dieciocho acepciones pero ninguna de ellas alude a “estar ocioso”. Todas se relacionan con “hacer algo”. El verbo tiene incluso significados que no son de la lengua general sino que se refieren a usos particulares de algunas zonas hispanohablantes. Si nos quedamos solamente en Venezuela, podríamos decir que hay modismos como “hacer o montar un trabajo” y  “trabajar a alguien”. La primera es sugerida en el DLE como venezolanismo y tiene que ver con las actividades o el “oficio” de los curanderos y los brujos. En tal sentido mi tía Eloína suele decir que, a juzgar por lo que ha venido ocurriendo, al país “le montaron un trabajo”, lo que implica que está empavado. En cuanto a la segunda, podríamos decir que algo o alguien “hace el trabajo” cuando  contribuye a realizar una tarea de modo más menos parapeteado, pero para lo cual no fue diseñado o programado (ni entrenado, en el caso de las personas). Por ejemplo, en el milagroso caso de que se consigan,  algunos de nuestros productos básicos son reconocidamente chimbos pero de momento “hacen el trabajo”. Aparte de ello, según el Diccionario de venezolanismos (1993), “trabajar” es a veces equivalente a “fastidiar”, “castigar”,  “reunir el ganado” y “causar daño” o “perjudicar”.

A esas dos últimas acepciones queríamos llegar para entender cómo se puede dañar moral y éticamente un país asumiendo que trabajo y “reposerismo” son sinónimos. La cuenta de nuestra ya oficial situación de reposo permanente por decreto es tan sencilla que hasta mi parienta ha sido capaz de sacarla sin mucho esfuerzo. Veamos.
Comencemos evocando un viejo letrero que, durante nuestra adolescencia,  colgaba en las paredes de algunas oficinas: “Nunca faltes al trabajo para que el patrón no se dé cuenta de que no eres necesario”. Dejémoslo reposar y recordemos que la ley conocida como LOTTT establece que la jornada diurna de trabajo es de cuarenta horas. Por disposición gubernamental, en las oficinas públicas no se trabaja de miércoles a  viernes.  De  las cuarenta horas reglamentarias, resto entonces veinticuatro. De lunes a martes, también por disposición oficial, debemos suprimir cuatro horas por día. Veinticuatro que traía más ocho que agrego son treinta y dos. Si a cuarenta le quito treinta y dos, van quedando ocho horas semanales para la chamba cotidiana.
Digamos que, durante las dos mañanas que deben laborar, algunos empleados públicos se atrasan como mínimo dos horas diarias, gracias a nuestros eficientes medios de transporte o a las colas que deben hacer en el súper. Dos por cuatro, ocho. Ocho menos cuatro, cuatro.
Un lunes los más dedicados no pueden acudir porque tienen diarrea y no consiguen el medicamento para detenerla. O se inunda la calle porque al señor alcalde se le olvidó que los alcantarillados se limpian antes de las lluvias y no durante ellas. No hay modo de salir a cumplir con las otras dos horas diarias.  Es martes y, gracias a CORTO-ELECT,  amanecimos de apagón. Imposible faenar porque muchas circunstancias obligan a salir a las cuatro de la mañana para estar a tiempo. No obstante, la oscurana lo impide. Es obvio que se me han acabado las horas para restar porque sábado es día no laborable y domingo es “feriado”. Me guste o no me guste, me han obligado a entender que lo que tengo en la institución gubernamental a cuya nómina pertenezco no es propiamente un trabajo. Es un puesto.
Ese puesto me lo protege no solamente la LOTTT, sino también el Ministerio del Poder Popular para el Trabajo y la Seguridad Social, cuyas actuales siglas son  MINPPTRASS. Así se abrevia, pero si se hace un pequeño esfuerzo y se “madura” suficientemente la idea, no faltará el brillante asesor que dentro de muy poco sugiera que en la próxima Gaceta dicho ente gubernamental se oficialice mejor como MINPOPATRASO (Ministerio del Poder Popular Para el Trabajo Sin Obligación). Una manera segura, totalmente legal y eficiente de acompañar al gobierno en su afán por dictaminar el reposo eterno y convertirnos para siempre, sin complejos ni falsas culpas, en reposeros sin fronteras. Habrá que buscar también una salida honrosa para que se cambien adecuadamente los diccionarios, por lo menos los que aluden a Venezuela: Trabajar. Verbo intransitivo. Ven. Ocuparse en cualquier actividad física o intelectual,  sin desempeñarla.

Para concluir, digamos, en primer lugar, que el guabineo y la improvisación recurrente no dejan ver un verdadero plan de ahorro de energía. El Guri no se llenará más ni menos con base en medidas espasmódicas o salidas que a veces lucen más políticas que otra cosa. Segundo,  la manía decretista de reposos obligados por un “Niño” al que no se tomó en cuenta a tiempo podría llevarnos a pensar en el letrerito que mencionamos antes. Según Eloína, si podemos sobrevivir con solo dos medios días de administración pública, a lo mejor no la necesitamos. Y, tercero, lo peor de todo es que, una vez que lleguemos al clímax, al ocio definitivo, ni siquiera podremos decir “él último que salga que apague la luz”. 
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Publicado originalmente en www.contrapunto.com (1 d emayo de 2016)
Imagen aportada por Contrapunto.
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