domingo, julio 10, 2016

AFÉRRATE A LA VID(ORRIA)



Sobre la hidratación del cuerpo cobarde y los “cañeros automáticos”, expertos en bebidas espirituosas


En medios oficiales y privados del país circula con mucha fuerza el vocablo hidratar más algunos ramalazos semánticos derivados del mismo, aunque a veces inventados (hidratos, hidratante, hidratadera, hidratista, hidratólogo), hasta llegar finalmente a un nuevo concepto de hidratación. Este último es el eufemismo  más usual de este tiempo para referirse al consumo de bebidas espirituosas. Parece que por alguna disposición gubernamental resulta censurable hablar ahora de brindis, refrigerios húmedos, vinos de honor o cocteles, expresiones que antaño se usaron para invitar a los concurrentes a algún evento o reunión a «refrescarse» en los intermedios o cierres. A ello se alude ahora como  “lapso de hidratación”. Puesto que escasea el agua, la gente intenta cubrir su ausencia con ciertas bebidas alcohólicas, de las más baratas, eso sí, porque las otras están por el cielo. Los «jugos de uva», la «merengada escocesa», el «zumo de cebada» y el «ron perigñón» se han vuelto tan inaccesibles como la leche, el queso y el papel higiénico. Imagina mi tía Eloína que dentro de poco los insumos “hidratantes” habrán de llevar en el envase una etiqueta adicional: “Advertencia: se ha determinado que este producto es solo para enchufados”.

Hace poco bromeaba yo sobre esto con uno de mis más apreciados amigos. La conversación nos llevó al infaltable tema de los supuestos “conocedores” de lo que beben. Esos señores y señoras capaces no solo de detectar las virtudes o defectos de la «popular bebida escocesa» apenas se ponen una gota en sus papilas, sino también de saber si se trata de una botella «puyada». Yo los admiro y los envidio por sus habilidades para reconocer ―sin haber visto la etiqueta o el envase― la marca y la edad de lo que están degustando. Tan sagaces son con la lengua que en teoría hasta se dan el lujo de distinguir si se trata de un bebedizo nacional (hecho en Cabudare, por ejemplo, y ahora lo único medio asequible) o importado (de las montañas del norte del Reino Unido, accesible solamente a cierta burocracia). En fin, amparados en su condición de neorriquismo, a veces nos resultan ridículos pero no dejan de divertirnos con las demostraciones de experticia de que hacen gala. Por lo menos con el primer y segundo trago así parece. Después del tercero les sirves gasolina de 91 octanos y usualmente se les traba la lengua de tal modo que en lugar de champán espumante dicen “champú espumoso”.

Nada diferente de los “expertos” en vinos. Pretenciosos y sabihondísimos neosommeliers que te hacen sentir cual platelminto al hablarte de cosechas, categorías de uvas, añadas, mezclas, taninos, cepas y otras menudencias vitivinícolas. No vacilan. Se ven seguros, exactos y correctos, como profesores de Matemática o Física. Es graciosísimo observar el modo como hacen girar la copa para luego “naricear” el líquido; huelen y rehuelen. Finalmente suspiran y dicen “¡aaahhh!”o emiten un pujidito agringado (¡outch!) si el ejercicio les ha resultado desagradable.

En esos terrenos cada quien puede decirte lo que se le ocurra, pero si quieres alejarte de la polémica estéril, deberás permanecer silencioso e ignorar las verdades, mentiras, mitos y manías de nuestra local  «paligrafía» güisquera y vinícola. A veces debes hacerte el trujillano y seguir la corriente, porque, como en el bolero, en este mundo lo mejor es callar, principalmente en el territorio de los «cañeros automáticos».

Ya me lo confesó alguna vez un enólogo argentino cuando le preguntaba cómo determinar realmente la calidad de un vino o un güisqui. «En cuanto al güisqui —bromeó—, yo paso porque no asistí a esa clase. Pero lo del vino es más sencillo. Cada quien puede escoger el suyo sin complejos ni falsas premisas. El mejor será siempre el que más te guste, che,  independientemente del precio, el color, la uva, el año,  la botella,  el viñedo y otras boludeces». Clarísimo. “Los presuntuosos —completó su sentencia— se aferran a la vid. Vos, aferrate a la vidorria”.


De manera que el asunto de la «cañicultura» no depende del modo como uno aprenda o finja el arte de mover el dedo dentro del vaso de güisqui o  girar la copa de vino en círculo. Mucho juicio habremos de tener entonces, mucha cordura, mucho fundamento, frente a las achacosas provocaciones de los supuestos «expertos en hidratación». Lo dice mi médico imaginario: en situaciones de estrés, de tensión, de pasión,  si tiene la suerte de conseguirlo y los miles para costearlo, una copa de vino o un breve güisqui (aunque sea nacional y “menor de edad”) pueden ser tan efectivos como una medicina, principalmente porque estas últimas tampoco se consiguen. Así las cosas, lo mejor será dejar de lado los consejos de los lenguaraces, los que desean impresionarlo con su sapiencia “lengüística”. 

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Publicado originalmente en www.contrapunto.com (20 de marzo de 2016)
Imagen aportada por Contrapunto
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