domingo, julio 10, 2016

LENGUAJE PÚBLICO



Quien cree que hablando públicamente como “el pueblo” se coloca más cerca de este, podría estar escupiendo para arriba


Habla o escribe públicamente todo el que lo hace para audiencias masivas, a través de cualquier medio: prensa escrita, radio, televisión y ahora Internet. Y cuando se hace esto, se debe tener conciencia de lo importante que es, porque —sea malo, regular, bueno o buenísimo— el que se dirige al colectivo modela comportamientos verbales, incluso a veces sin proponérselo. A lo mejor no se dan mucha cuenta de ello quienes terminan mal o bien hablando, gestualizando o vociferando como lo hacen sus “dirigentes”, pero así es. Cualquiera que sea su rol en la sociedad, un hablante público está expuesto a todo: al escarnio, a la alabanza, a la consideración, al respeto o al irrespeto y, muy importante, a la imitación. Quienes lo escuchan, lo leen o lo ven por la tele pueden erigirse en sus más severos o condescendientes jueces. Por eso, hay que cuidarse mucho, más allá de las sandeces o genialidades que puedan ocurrírsele a quienes hacen la labor de asesores lingüísticos o publicitarios.
Los hablantes (o escritores) públicos estamos en permanente riesgo de que cualquier cosa que hagamos, digamos o juzguemos pueda ser utilizada contra nosotros mismos. A partir del momento en que nos convertimos en predicadores o defensores del uso adecuado del lenguaje, no importa el lugar o el medio donde lo hagamos, seremos víctimas del acoso generalizado por parte de quien albergue alguna duda acerca de usos y abusos idiomáticos. Si alguien sabe de eso, son, precisamente, los profesores de lingüística y los académicos, principalmente cuando acuden, por ejemplo,  a una clínica y terminan siendo consultados por su galeno.
     ¿Cuál es la diferencia entre un liceo y una “licea”? —pregunta el confundido hematólogo de Eloína— ¿Por qué los militantes machos masculinos hombres del gobierno dicen que son “chavistas” y no “chavistos” si su guía actual ha determinado que son supuestos  “millones y millonas”?
     ¿Por qué un presidente encadenado dice “propinió”, “vituperearon” y “entromezca” y no propinó, vituperaron y entrometa?
     Profesor —me pregunta un exalumno carachense— si rozagante significa “vistoso” y bonito “agraciado”, ¿por qué se ha dicho que  los venezolanos estamos “rozagantes y bonitos” si la gente en las colas se ve tristona, malencarada y majincha? [En algunas partes de Lara y Trujillo “majincho-a” significa “demacrado, pálido, lívido”, principalmente por enfermedad o por estar pasando hambre].

Para nada significa esto que quienes nos abordan con esas u otras preguntas no tengan sobradas razones para hacerlo. Buscan en gente a la que suponen profesional del lenguaje una explicación para tanto desaguisado, principalmente porque dicha actitud de descuido contradice lo que se intenta enseñar a sus hijos, incluso mediante los libros obsequiados por las autoridades educativas. Quien descuida irresponsablemente su actuación lingüística pública educa muy poco cada vez que expresa insensateces, en lugar de utilizar las palabras adecuadas. Hablar o escribir como creemos que lo hace el “pueblo” no nos acerca a él; más bien nos aleja; nos iguala por debajo. Contribuimos con el caos cada vez que olvidamos que el lenguaje que generamos irreflexivamente (como nos salga) va dirigido a otros y que con nuestros gazapos arrojamos más leña al fuego de la situación general de deterioro que vive el país. De allí que no sea nada edificante que un gobernador arroje como si nada,  por el Twitter o por donde mejor le parezca, palabrejas como “culillo” y “chúpalo”. Más de un hablante desprevenido seguramente utilizará ese vocabulario en cualquier espacio. Así lo ha “aprendido” de un importante dirigente social.

Tampoco significa esto que cualquiera, por muy conocedor y profesional del lenguaje que sea, no esté sujeto a cometer un determinado gazapo en alguna ocasión. Nadie es infalible ante las traiciones del idioma; ni siquiera aquel que cree saberlo todo. Está bien que a alguien se le escape un desaguisado una, dos o tres veces. Cuatro o más serían ya síntomas de torpeza comunicacional y habría que llamar a un especialista porque el asunto tendría visos de enfermedad crónica. Además, una cosa es violentar normas gramaticales y semánticas a conciencia y otra muy diferente meter la pata sin darnos cuenta (o sin reconocer) que la tenemos hasta el fondo. Quien asume el rol de hablante público está en la obligación de aceptar que la lengua es el castigo del cuerpo.  El idioma es el alma de una comunidad y, si contribuimos a que el alma aumente sus males cada vez más, eso no habrá cuerpo que lo resista. Para explicarles a los que aspiren a la actividad lingüística pública lo que es improcedente, en un futuro diccionario del disparate, habremos de incluir múltiples voces y expresiones escuchadas por allí, tales como “alto repetido”, “mediocridez”, “brillura”,  “precios desorbitantes”, “condón umbilical” y muchas otras que reposan en el archivo de mi tía Eloína.

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Publicado originalmente en www.contrapunto.com (8 de mayo de 2016)
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