viernes, julio 28, 2017

Gazapos que podrían dejar de serlo




Algunas palabras y expresiones del idioma que hoy son consideradas incorrectas o inadecuadas podrían ser aceptadas en el futuro, principalmente si la comunidad hablante de español decide soberanamente que así sea

El pasado mes de abril circuló en diferentes medios una noticia según la cual un grupo de manifestantes había identificado a alguien presuntamente  infiltrado en una manifestación de calle. Un comunicador que intentaba dar cuenta de la noticia quiso ratificar el hecho e incorporó en su cuenta de Instagram una nota que decía lo siguiente: "Fotodetalle del facsímil que portaba la persona que se infiltró en la plaza Monumental".  Más allá del impacto de una noticia que ya casi resulta rutinaria en el país, a mi tía Eloína le llamó la atención el uso que allí se hacía de la palabra "facsímil". Al ver la fotografía con que se ilustraba el hecho noticioso, se percató de que se aludía a una pistola de juguete. El arma que se le había incautado a la persona no era un arma de fuego auténtica sino una imitación. Surgió en mi parienta lo que ella suele llamar un "anacoluto semántico", ocasionado por la asociación que se había hecho entre "copia" o "imitación" y "facsímil".  Se fue entonces al clásico mataburros académico, el DLE,   y encontró que allí se precisa que dicha voz tiene dos formas en español: "facsímil" y "facsímile" .  Ambas remiten a la reproducción o imitación de un impreso. De la misma raíz provienen otros dos vocablos: "fax" y "faxear".

No es nuevo este procedimiento mediante el cual algunos grupos de hablantes persiguen (a veces sin saberlo) que ciertas palabras amplíen su campo significativo y puedan ser utilizadas para referir realidades que les fueron ajenas en su nacimiento. Este constituye un mecanismo que está a disposición de los hablantes en todo momento, aunque la "aprobación" definitiva de lo propuesto no suele depender de quienes tienen la iniciativa, sino del consenso que alcancen en la comunidad lingüística a la cual han sido dirigidos. Igual que en muchos otros casos, aun cuando nos empeñemos individualmente, siempre la soberanía reside en la colectividad (sea lingüística o de otra naturaleza).  El fenómeno ha ocurrido en diversos momentos de la historia de las lenguas y, por supuesto, no ha sido ajeno al español. Puede darse, además, tanto en la oralidad como en la escritura. Hay ocasiones en que el cambio se da en una de esas instancias y luego es traspasado a la otra. Si aguzamos el oído y ponemos  atención al discurso cotidiano de mucha gente, nos percataríamos, por ejemplo, de que abundan quienes, independientemente de posición social o escolaridad, utilizan sin ningún rubor formas que todavía son consideradas transgresoras de la normativa gramatical del idioma.

Tales son los casos de "darse de cuenta de la realidad", "vinistes a la marcha, protestastes y  llorastes", "onceavo plantón nacional",  "le encargué mis medicinas a los hijos que viven fuera", "habemos muchas personas haciendo cola para comprar". Todas las palabras o locuciones que hemos destacado en  letra cursiva son todavía consideradas como gazapos. Las reglas indican que las personas nos damos cuenta de algo y no "de cuenta de algo", aunque esta última aparezca en algunas canciones como Caballo viejo o Llorarás; las formas de la segunda persona del pretérito simple no terminan en esa "s" final intrusa, por mucho que los hablantes insistan en añadirla; "onceavo" o sus similares son numerales partitivos o fraccionarios  y no deberían utilizarse para aludir a orden;  el pronombre "le" del ejemplo citado debería aparecer en plural (les), puesto que plural es su correferente ("a los hijos"), sin importar que el lema de una reconocida pieza publicitaria oficial rece incorrectamente "Dile no a las drogas"; entre otras cosas,  el verbo "haber" es en español (todavía) un verbo impersonal, lo que significa que, cuando hace esa función, no tiene plural.

 Nadie sabe, sin embargo, si la repetición constante y su popularización, incluso entre personas de alto nivel académico, llevarán alguna vez a considerarlas como adecuadas. A lo mejor habremos de prepararnos para un futuro en el cual, por lo menos algunas de ellas, dejen de ser censuradas y adquieran salvoconducto hacia las formas correctas. No lo sabremos hasta que los hechos sucedan, pero son ya tan recurrentes que parecieran andar por esa ruta.


Es posible que muchos se sorprendan al enterarse de que los términos "cocodrilo" y "murciélago" nacieron como voces incorrectas y poco a poco el uso fue imponiéndolas, hasta el punto de que hoy, al contrario, se consideran fuera de la norma sus correspondientes correlatos originales. "Crocodilo" y "murciégalo" (las formas primigenias) son catalogadas actualmente como gazapos de personas con deficiente dominio idiomático.  Según su origen, estas dos últimas deberían ser las más adecuadas:  la primera proviene de "crocodilus" (reptil voraz y depredador) y la segunda, de murciégalo (ratón ciego). No obstante, el inefable zigzagueo del uso les dio la vuelta. Alguien, involuntariamente y tal vez por desconocimiento, las alteró, hasta que fueron imponiéndose y así se quedaron. Estos y muchos otros temas conexos son desarrollados en un excelente y ameno libro publicado hace pocos meses por el Instituto Cervantes: Cocodrilos en el diccionario. Hacia dónde camina el español (Madrid: Espasa, 2016). Muy recomendable resulta este volumen para entrar en estos terrenos de expresiones  hoy censuradas que, de continuar repitiéndose y adquiriendo consenso social, podrían imponerse. Nadie quita entonces que, en un futuro, podamos utilizar "facsímil" para referirnos a cualquier copia idéntica de un original, trátese o no de un texto impreso.

Cuentos que son espejos (VI): los presagios de Cortázar




Cuentista de una indudable contundencia, el escritor argentino se adelantó a plasmar en sus cuentos imágenes que ahora se han vuelto cotidianas

En tiempos de vías públicas repletas de agresividad y hogares convertidos en presidios, Eloína no hace más que recordar al escritor  Julio Cortázar (1914-1984), quien tantas veces se opuso al peronismo y a los regímenes militares del Cono Sur. El autor alguna vez vino a Venezuela: autor y obra fueron celebrados por tirios y troyanos, gracias a su visión solidaria del mundo. Evoca mi parienta algunas de sus historias breves. Piensa además en su novela más importante (Rayuela,1963), cada vez que se asoma  por algún resquicio de sus evocaciones. El juego infantil al que remite el título de esa obra se le parece a nuestro modo de vivir contemporáneo: es el azar el que decide dónde pondremos el pie mañana por la mañana, si es que las circunstancias nos permiten salir.

 Azarosa es también la vida convulsa  de varias ciudades venezolanas de este tiempo. Su rutina simula  golpes recurrentes de flash que destellan violencia y convulsión. Vivimos en urbes que otrora fueron  espacios abiertos, aireados, algunas veces bucólicos; algo ruidosos, sí, tal vez casi surrealistas, pero siempre amables, pródigos y acogedores. Si confrontamos esas imágenes con  las catástrofes de ahora, captaremos lugares invivibles para muchos de sus habitantes, ruido de bombas, disparos que no son de salva, gritos de impotencia, moles de hierro que poco a poco han venido apoderándose del paisaje. Es tiempo de amenazantes bufidos, emitidos por bestias ferrosas, impenetrables,  que vomitan grandes chorros de agua picante, cuando no repetición de percutores. No cesa mi parienta de "nostalgiar" un pasado de lugares que alguna vez le parecieron idílicos y hoy simulan la escenografía de un eterno reverbero, un ambiente de batalla que no es de utilería; antiguos y paradisíacos puntos de luz de la geografía nacional han devenido en pequeños infiernos.

Cortázar acude entonces a la memoria en momentos en que las filas citadinas de carros simulan un larguísimo mercado de epitafios: autopistas y avenidas bloqueadas por "oscuras" paredes blancas o hileras de uniformes verdes. No hay modo de sacar del recuerdo aquel célebre cuento del escritor argentino intitulado La autopista del sur. Motivada por una tranca descomunal de vehículos cuyos conductores aspiraban alcanzar París,  en esa historia el tiempo detenido  parece apuntar hacia una despedida inevitable.  Cada conductor cavila ante los imponderables nacidos de la angustia y la incertidumbre generadas por un enigmático embotellamiento.  En dicho relato la vida se transforma en un larguísimo embutido de autos, metáfora de pasivo camposanto. Citemos un breve fragmento para que se aprecie mejor la fotografía visualizada por el autor:  

"...el ingeniero había decidido no salir más de su coche, a la espera de que la policía disolviese de alguna manera el embotellamiento. El calor de agosto se sumaba a ese tiempo a ras de neumáticos para que la inmovilidad fuese cada vez más enervante. Todo era olor a gasolina, gritos destemplados de los jovencitos..., brillo del sol rebotando en los cristales y en los bordes cromados, y para colmo sensación contradictoria del encierro en plena selva de máquinas pensadas para correr ".
Y, más aún, si algunos lograsen superar aquella injuria inmóvil de máquinas presuntamente diseñadas para rodar  -nunca para el estatismo-,  las secuencias finales  podrían conectarse con otro relato cortazariano emblemático que lleva por título Casa tomada. El principal foco temático de este último se refiere a la imposibilidad de habitar tu espacio de residencia; es decir, a ser prisionero forzado en tu propia casa, situación inducida por fuerzas extrañas. Aquellos suertudos  que milagrosamente sobreviviesen al misterioso y descomunal trancazo de las vías públicas no tendrán realmente oportunidad para salir del espanto vivido, por cuanto estarán obligados a ingresar en  las prisiones en que se han convertido sus lugares de habitación. Más allá de haber superado disparos,  gases,  ruidosos gritos e improperios, vendrá el dilema de tener que "pernoctar" en lo que alguna vez mereció ser nominado como "hogar" y, también por un extraño albur de inesperadas tempestades, ha mutado en cárcel, prácticamente tomada por todas partes, como en el cuento. Calles y casa  son entonces el símil de un encierro involuntario.
Al ciudadano no le queda  más salida que enclaustrarse en algún rincón todavía no invadido y esperar a que las fuerzas del mal se desgasten y los tomadores de la casa ( de la ciudad, del país) liberen los lugares ocupados, para que la película de la insensatez comience a rodar de nuevo mañana. Grande fue Julio Cortázar al prefigurarnos alguna vez estos escenarios que plasmó como ficción, sin saber que, a algo más de tres décadas de su visita al país, se convertirían en la dramática rutina de quienes vivimos hoy en estos convulsos espacios urbanos.   


Pan con pan es...




Las palabras o expresiones de un idioma no desaparecen por decreto. Esto solo podría ocurrir si se extingue la realidad en la que se usan

Mi tía Eloína suele argumentar que la cerveza, el vino, el queso y el pan son alimentos y bebidas que existen  en todas las culturas del orbe. No hay sociedad en la que, de una u otra forma, no estén presentes los cuatro.  Según eso, todas las lenguas del mundo (vivas, muertas  o en proceso de extinción) tienen vocablos para referirlos. Hay orientaciones y sectas religiosas para las cuales algunos de ellos son  sagrados. Cómo negar, por ejemplo,  la supremacía del vino y el pan dentro de la eucaristía católica.  Y en cuanto al último, es obvia su importancia dentro del judaísmo y sus distintas ceremonias.  No es casual que el llamado "pan ácimo" (sin levadura) sea objeto muy particular de culto tanto para los judeocristianos como para los adventistas, los musulmanes y otros grupos religiosos.

Aunque no resulte muy original decirlo,  el pan es como la vida misma y se manifiesta de muy diversas maneras. Este milagroso y versátil producto, cuya materia prima más popular, aunque no la única, es el trigo, se ha erigido a través del tiempo en la principal industria de muchos países. Imaginemos un mundo sin él y desde ya sabremos que vamos hacia el abismo. Supongamos que el pan desaparece de nuestra mesa y casi podríamos asegurar que estamos muy cerca de la debacle.
No en vano el Diccionario de la lengua española (DLE) acumula nueve acepciones diferentes para definirlo: desde la más literal, alusiva al bollo o pieza individual, hasta su condición como sinónimo de alimento. Lo asocia además  con 29 modismos, dichos o frases proverbiales (por ejemplo, "ser algo pan y circo", "contigo pan y cebolla", "negar el pan y sal a alguien", etc.) y 37 expresiones de esas que los gramáticos llaman frases o locuciones nominales ("pan de horma", "pan eucarístico", "pan bendito"...). Es decir, hay toda una gama semántica en torno a ese humilde pero imprescindible medio de sustento. Y como si fuera poco, el Diccionario de americanismos consigna más de cien expresiones vinculadas con la misma palabra (valga destacar entre ellas "pan de canilla" y "pan de tunja", atribuidas a usos exclusivos de Venezuela, a lo que pudiéramos agregar, entre muchos otros y para no abundar, nuestros muy vernáculos "pan de jamón" y  "pan de horno").

 Todo este rollo (o deberíamos decir "todo este bollo")  de hoy viene dado por el hecho de que en España se ha desatado en estos días toda una campaña relacionada con el refrán  "pan con pan, comida de tontos", cuya versión adaptada para algunos países americanos es "pan con pan (es) comida de loco(s)".  La misma tiene que ver con que el gremio español de los panaderos artesanos intenta proponer muy seriamente a la Real Academia Española y al Instituto Cervantes la "eliminación" de tan frecuente adagio, por cuanto, según ellos, se trataría de una afrenta contra la dignidad de su producto que no se ajusta a la verdad. Atentos al valor de la publicidad moderna y sus alcances, andan por toda la península con una furgoneta, recogen firmas que avalen su solicitud (a la fecha llevan casi cinco mil), han colgado en Internet un conjunto de videos en los que intentan justificar el pedimento y, no podía faltar en este tiempo, disponen de una página web (http://www.elpannoescomidadetontos.com/). Indiferentes ante la poca literalidad implícita en formas proverbiales milenarias se han empeñado en asegurar que nada de malo tiene comer "pan con pan" y que hacerlo está muy lejos de la tontera. Más o menos similar a que algún veterinario se sintiera agraviado si alguien le recordara que "por dinero baila el perro y por pan si se lo dan".

Ignoran los proponentes que, primero, el refrán cuya erradicación solicitan no aparece en el Diccionario (porque el DLE no es un refranero) y, segundo, que ni la RAE, ni el Instituto Cervantes, ni la Asociación de las 23 Academias existentes tienen esa facultad para hacer desaparecer del idioma algo que disguste a alguien o que se considere ofensivo para algunos grupos. El idioma es de la gente y es el colectivo de los hablantes el que "decide" si alguna frase o término  mantienen su vigencia o no. Una vez que se imponen por la vía del uso y del acuerdo social, las instituciones simplemente dan cuenta de ello. Ni siquiera los valoran o los califican como buenos, malos o regulares; sencillamente hacen ver que ya son parte del acervo sociolingüístico.


Sin embargo, a favor de los solicitantes habría que decir que, por lo menos entre nosotros, no sería muy complicado que se cumpliera el pedimento, puesto que es la triste realidad nacional la que se ha encargado del asunto. Frases tan populares para la comunicación coloquial como "con su pan se lo coma"; "se acabó el pan de piquito", "al pan, pan y al vino, vino"; "donde hay hambre, no hay pan duro"; "ser más bueno que el pan" y, por supuesto, "el pan nuestro de cada día", han sido condenadas a la total y radical extinción. De modo que ya en el país el pan no es "comida de tontos" o "de locos", ni de nadie. Y la motivación es muy simple: sencillamente no hay pan y, muerto el pan... se inició la rabia.  Seguramente, como consecuencia,  se extinguirán también  las panaderías y las múltiples frases proverbiales en las que aparece la palabra. Ni siquiera podríamos acudir a la expresión sustituta "a falta de pan, buenas son tortas", porque "tortas" sí sobran, pero las que se ponen a diario.

Escrache / Escrachar




Hay palabras que, independientemente de su origen y de la circunstancia en que han nacido, gracias a situaciones sobrevenidas, se vuelven cotidianas

Mario Néstor Oporto es un profesor de Historia y  político argentino contemporáneo que, sea por mecanismos de elección popular sea por designación, se ha paseado por muy diversos cargos oficiales en distintos gobiernos. Actualmente es diputado por la provincia de Buenos Aires. Su trayectoria política no es nada diferente de lo que pueda haber sido la de muchos dirigentes latinoamericanos. Ha recorrido diversas instancias partidistas que van desde la sencilla afiliación a organizaciones de arraigo popular  (por ejemplo, el peronismo y el justicialismo) hasta su pertenencia a otras de menor jerarquía y alcance nacional, algunas incluso fundadas por él mismo, como es el caso del llamado SUD (Soberanía, Unidad y Democracia). Comenzó en los ya lejanos años setenta del siglo pasado y ha tenido muchas oportunidades de conocer el contexto de la administración pública y los vaivenes de la llamada sociedad civil.  Su nombre viene a cuento en esta duda debido a que este caballero declaró en cierta ocasión haber sido víctima de ese curioso fenómeno de protesta que ya se conoce universalmente como el "escrache". Naturalmente que no ha sido el único, por cuanto cada vez dicho procedimiento de protesta toma más arraigo, pero sí fue uno de los primeros que, aun habiéndolo padecido, aceptó la eficacia del mismo, muy a pesar de que además confesó cómo lo había afectado no solo a él sino también a su familia.

No ha sido fácil para la filología dar con el origen que la palabra "escrache" ha adquirido en los predios de la política y la ciudadanía. De acudir al Diccionario de la lengua española (DLE), se encontrará que no está registrada como tal. Allí solo tiene asiento en forma de verbo ("escrachar"), con expresa nacionalidad americana, por cuanto se le marca como propio de las formas coloquiales de Argentina y Uruguay, países en los que, según ese repertorio, tiene dos significados muy específicos: "destruir o aplastar" y "fotografiar a una persona". Nada que tenga que ver con manifestación pacífica de descontento ante políticos o funcionarios.

Para encontrar esta segunda posibilidad debemos acudir al Diccionario de americanismos (DA), en el cual se nos aclara un poco más el panorama. En esa segunda fuente sí se registra específicamente la voz "escrache". Por una parte, se la relaciona con el vocablo inglés scratch ("rasguño" o "rasguñar", "rasgar"), motivo por el cual se utiliza en el español de Estados Unidos como "arañazo". También podría traducirse como "rayón", de donde podríamos relacionarlo con la expresión venezolana "rayar a alguien", usada para hacerlo quedar mal o ridiculizarlo ante  otros. La otra acepción es realmente la que más se ha popularizado en este tiempo y en nuestros países. Alude a los eventos en los cuales se denuncia a una persona pública a la que se considera incursa en hechos poco gratificantes y lesivos para la población: injusticia, desgobierno, corrupción o cualquier otra conducta que de alguna manera la haya perjudicado.  También se indica que usualmente ese tipo de protesta se hace "frente a su domicilio o en algún otro lugar público al que deba concurrir la persona denunciada".

Es un hecho entonces que, más allá de su significado original y su registro como verbo con una acepción diferente a la que se utiliza en estos días, el término "escrache" y la manera de usarlo han traspasado el espacio del Cono Sur y ahora forman parte del inventario general del español. Ha roto las fronteras geográficas de los países donde nació para convertirse en parte del vocabulario cotidiano, tanto en América como en Europa. Habremos de agradecerlo entonces como importante aporte al repertorio léxico hispano, debido a que cada vez son más frecuentes las situaciones en las que tenemos necesidad de acudir a él. Según percibimos en los noticiarios de cualquiera de nuestros países,  el "escrache" se ha convertido en un comodín lingüístico que ya rebasa incluso sus límites semánticos primigenios para extenderse a diversos tipos de protesta, ya no solo contra personajes específicos, sino también contra instituciones públicas o privadas, sedes diplomáticas, grupos y hasta eventos. Además, el modo de ejecutarlo no se limita solo a personas que gritan consignas; puede darse también a manera de largos silencios, mediante carteles, pendones u otras modalidades simbólicas (epitafios, simulaciones de tumbas o ataúdes y grafitos).

Igual que ya ocurre, por ejemplo, en la escuela secundaria argentina (en la que se enseña formalmente la palabra y sus implicaciones sociopolíticas), habrá que tomar el término muy en serio y aceptar que, aunque no haya sido todavía registrado en el DLE, cada día surgen situaciones diversas que motivan y estimulan su versatilidad semántica y la necesidad de tenerlo presente y utilizarlo. En el futuro será más que necesario al momento de explicar a nuestros hijos y nietos la actuación de grupos de ciudadanos que acuden al escrache y al escrachado como recurso ante lo que consideran injusto. Y, obviamente, habremos de acostumbrarnos también a su diversidad como verbo de la primera conjugación, aplicable a distintos tiempos y modos: yo escracho, tú escrachas, ellos escrachan...escracharemos... escrachen, escrachaban, escracharon...



"Papalogía"




Aunque no falten quienes lo consideren milagroso, el vocablo "papa" puede resultar bastante prolífico y acomodaticio

En nuestro idioma, la palabra "papa" no es tan sencilla ni tan "papaya" como podríamos imaginar. Semánticamente, resulta mucho más compleja de lo que aparenta. La papa es una planta y un tubérculo alimenticio, pero —aunque a veces se la considere un poderoso "re-constituyente"— hay papas que no  necesariamente sirven como alimento. En la península ibérica prefieren mayoritariamente la designación de "patata" y, de tanto que la cultivan y la explotan gastronómicamente, muchos españoles suelen creer que desde siempre ha sido parte de su cultura e ignoran que les llegó de Suramérica. Quienes saben de estos asuntos comentan que hubo lapsos durante los cuales los peninsulares rechazaban todo lo que oliera a "papa", debido a que la consideraban transmisora de la lepra. Se dice además que fue el pirata Sir Frances Drake quien la llevó a Irlanda y, desde allí, se esparció por toda Europa. Hay noticias de que los llamados "hijos de Putin", o sea, los rusos, están actualmente entre los primeros productores mundiales de papas.

Como alimento mundial de primer orden, el nombre y la prosapia de esta planta están fuertemente imbricados con modismos y otras manifestaciones verbales.  A ciertos problemas o asuntos que nadie quiere asumir por considerarlos complicados o comprometedores, suele calificárselos de "papa caliente". Sospecha mi tía Eloína que es lo que debe estar ocurriendo estos días entre diferentes facciones del gobierno; aunque desde afuera se ve clarito, no consiguen a quién achacarle la papa caliente de ya no poder arrastrar a sus marchas tantas personas, como ocurría en otros tiempos. Según el Diccionario de americanismos (2010), para uruguayos y argentinos, una mujer hermosa puede ser catalogada como "papa", pero también un mexicano o un chileno  podrían indicarnos que se asocia con "mentira". En algunos países centroamericanos es equivalente a dinero: "por mucho aumento que se haga, el mes que viene estaremos sin papa para comprar la papa". También en México, la expresión "ser alguien una papa" es utilizada como sinónimo de "inepto" ("Ese caballero es una auténtica papa"); en tanto, en El Salvador, es coloquialmente sinónimo de pene. Un paraguayo podría afirmar que tener un puesto público y aprovecharlo para lucrarse es una papa. Más allá de lo que puedan creer los aficionados a la comida rápida, en algunos países hispanoamericanos, la expresión "papa frita" sirve también para designar a personas tontas o lerdas, lentas en la comprensión de lo que está pasando y hasta ingenuas.

En Cuba, la locución "papa suave" alude a algo que se obtiene de otro sin demasiado esfuerzo, con mucha facilidad, "chuleándolo" (por ejemplo, una papa suave podría ser el modo como algunos países caribeños han venido proveyéndose de petróleo venezolano). Con otra acepción diferente que la relaciona con la comida, en Venezuela llevamos ya varios años padeciendo dificultades para  "meterle a la papa". A cualquier persona opuesta al gobierno se le ha puesto la "papa dura" desde hace tiempo, pero si tiene familia enchufada sabe que la susodicha solo está disponible para quienes militan en el oficialismo y, en consecuencia, disfrutan de la "papa diaria", porque la tienen "papita" e incluso reciben la "clapapa" en sus casas. Por eso son los únicos que están "papeados".

Como toda dictadura suele generar desde el seno de su propia atrocidad un vocabulario macabro que la identifica, mi parienta me ha recordado que durante la época oscura de Juan Vicente Gómez, el término "papa" se utilizaba para calificar a los presos políticos que ingresaban por primera vez en la tenebrosa Rotunda. Si rescatáramos ese significado, hoy sería de uso mucho más que frecuente, aplicado en los múltiples presidios que albergan disidentes del gobierno.

El "mataburros" aclara que también se habla de "papa" cuando nos referimos al "sucesor de san Pedro" en el planeta Tierra, es decir, al "papaúpa" de la Iglesia católica en todo el mundo. Cuando se habla de alguien que ocupa ilegítimamente el cargo se le llama "antipapa".  Entre los jesuitas se habla de un "papa negro" para referirse al sacerdote encargado de presidir esa congregación. En cuanto al prelado ocupante del Vaticano, hay que dejar claro que, independientemente de ese altísimo y sacrosanto escalafón, su designación puede escribirse también con minúscula inicial, sin temores a que quien ejerce el cargo o sus acólitos se ofendan. Y, como suele ser el mediador más que autorizado entre los hombres y el cielo, no faltan quienes asuman que una palabra suya bastará para sanar las fuertes heridas terrenales que algunos regímenes generan en la población civil, indefensa y desarmada.

 No es entonces una "papa pelada" despachar este vocablo de un plumazo. Intentarlo sería querer ser "más papista que el papa". Si algún alto funcionario público tiene problemas de dicción, de léxico, de sintaxis, de carácter, de personalidad, de megalomanía e intenta convencernos de la necesaria participación del papa en los conflictos del país, deberíamos hacernos los locos y aparentar que no entendemos "ni papa". Finalmente, se precisa no confundir "papa" con "papá". Esta última voz es aguda y alude al progenitor biológico, —como diría un gramático— la otra es grave y, por ser tan prolija en sinónimos populares, no siempre conduce al significado que deseamos.

jueves, julio 27, 2017

Canciones que son espejos (I): Algo personal





Algunos cantautores tienen la facultad de dibujar situaciones que se repiten cada cierto tiempo

Hay canciones que parecen haber sido escritas para los momentos aciagos que alguna vez interfieren en nuestra vida. El tango Cambalache (del compositor argentino Enrique Santos Discépolo)  es una de ellas. Fue compuesto originalmente para una película (El alma del bandoneón, 1935) y no es casualidad que, por lo que plantea su contenido, desde 1943 fuera prohibido por todas las dictaduras argentinas. Aquí reproduzco dos estrofas de muestra para no abundar; ponga el lector algunos de nuestros particulares ingredientes contemporáneos y así podrá completar una historia que se recicla cada cierto tiempo:

Hoy resulta que es lo mismo 
ser derecho que traidor 
Ignorante, sabio o chorro 
generoso o estafador 

Todo es igual 
nada es mejor
 
lo mismo un burro 
que un gran profesor

Para adaptarlo aún más al español americano actual, podríamos cambiar "chorro" por "choro", aunque ambas remiten al mismo significado: "ladrón, malhechor, caco, estafador". Al referirse a tan "modélicos" ejemplares, los españoles utilizan también la palabra "chorizo". Entre nosotros tenemos "chorros" de "choros" y "chorizos", aparte de otras especies.

En la misma línea de reflejar realidades que se repiten, podríamos incluir algunas piezas del cantautor español Joan Manuel Serrat (n. 1943). Serrat grabó su primer disco en 1965 y desde ese momento ha sido un testigo indiscutible del acontecer de  España e Hispanoamérica, ámbitos en los que su música ha constituido una serie de secuencias paralelas a nuestras gracias y desgracias. No en balde también fue censurado por varias dictaduras más de una vez. Ya se sabe que dictadura y censura riman y se arriman, y no solo fonéticamente.

Basados en que buena parte de su producción ha estado focalizada en la denuncia de injusticias sociales, políticas y económicas, algunos presuntos líderes del lado más oscuro y perverso de las ideologías han intentado asumir la obra del catalán como bandera de lucha. Pero se han equivocado, porque también los desmanes que ellos cometen aparecen reflejados en algunas letras de dicho cantautor. Hay piezas de su propia cosecha o de otros creadores (pero musicalizadas por él) que han pasado de generación en generación durante más de cincuenta años y sirven recurrentemente como evidencia de que, así como la literatura, la canción popular deviene en un espejo en el que de vez en cuando pueden mirarse ciertos personajes autoritarios.

Ignora mi tía Eloína por qué una de sus canciones imperecederas ha tenido menos difusión de la que debería. Quizás —hipotetiza— porque, cuando gobiernan,  los propios retratados la esconden o poderosos e "imparcialísimos" medios de comunicación la ven de soslayo y se hacen los trujillanos. Sin embargo, más gráfica no puede ser. Se titula Algo personal. En ella el autor alude a sujetos y "sujetas" de esos que a diario nos mienten públicamente, sin pudor de ninguna naturaleza. He aquí un fragmento para empezar a imaginar una foto de familia:

Rodeados de protocolo, comitiva y seguridad, 
viajan de incógnito en autos blindados 
a sembrar calumnias, a mentir con naturalidad...
 

Cualquier parecido con la realidad no es coincidencia. Y los escuchas, lectores o televidentes, que no son tan pendejos como otros creen, se la remientan cada vez que pueden; a ellos y a quienes incondicionalmente los siguen y aúpan sus procederes.  Precisamente, esos mismos acólitos son los primeros que viven enclaustrados en sus propias vergüenzas, en sus miedos, porque intuyen que no tienen vuelta atrás, debido a que sus presuntos líderes los tienen siempre bajo la mira y:

Se gastan más de lo que tienen en coleccionar 
espías, listas negras y arsenales...

Así van por la vida, prevaricando y gritando arengas destempladas que los convierten  en prisioneros de sus perversidades.  No obstante, allí está la canción de Joan Manuel Serrat para recordarles que:

No conocen ni a su padre cuando pierden el control, 
ni recuerdan que en el mundo hay niños. 
Nos niegan a todos el pan y la sal... 

Pero, eso sí, los sicarios no pierden ocasión 
de declarar públicamente su empeño 
en propiciar un diálogo
de franca distensión... 


No hacen falta más comentarios a la hora de demostrar la vigencia de esta magnífica pieza musical y el modo como su autor plasmó una realidad que de vez en cuando recurre en algunas partes. "Algo personal" se hizo pública por primera vez en 1983, incluida en el disco Cada loco con su tema, pero debe ser recordada siempre que aparezcan esos oscuros personajes prefigurados en su letra. Aquí dejo un enlace por si alguien desea escucharla completa.

"Porque te quiero te aporrio"




Cuando el idioma cae en boca de algún adulante mutado en filólogo palurdo, este cree comérsela invirtiendo ex profeso los significados de algunos eventos comunicacionales

El día 23 de abril se celebra la existencia, la difusión y la fortaleza del español. Según el informe más reciente del Instituto Cervantes (2016), ya somos casi 570 millones de hablantes en el mundo (si a los nativos agregamos a quienes, con mayor o menor eficacia,  lo tienen como segundo idioma o lo están aprendiendo). No es poca cosa representar en este momento el ocho por ciento de la población mundial y habernos constituido, además, en la segunda lengua materna del planeta (después del chino mandarín, cuyos usuarios, por cierto, no siempre se entienden entre ellos). El crecimiento progresivo de esa cifra permite a los especialistas calcular que para el año 2050  podría llegar a los 750 millones.

 Ya es un hecho inevitable que es el medio con el que un altísimo número de hispanoamericanos se identifica y comunica. Es hablado y conocido en todos los continentes. En Estados Unidos hay en este momento más de 57 millones de usuarios y en lugares tan distantes como India,  Guinea Ecuatorial, Filipinas, Israel y Australia existen otros importantes contingentes. Más allá de pamplinadas presuntamente "revolucionarias", se trata hoy día del principal instrumento que nos permite estar en contacto con el mundo exterior.

Es verdad que no se habla igual en todas partes, pero también lo es que, debido a sus características de ser un idioma casi fonético ( la distancia entre el modo de pronunciarlo y escribirlo es muy cercana), los niveles de interacción entre habitantes de diferentes espacios son por lo general exitosos. No ocurre lo mismo con otras lenguas como el hindi o el árabe, por mencionar solo dos casos. También hay que recordar que buena parte de las diferencias geográficas se concentra principalmente en el vocabulario, un nivel relativamente fácil de superar mediante la sinonimia o el parafraseo.

Lo dicho no impide que en algunos espacios, tiempos o circunstancias, personas con acceso a los medios de comunicación crean que tienen el derecho de modificar individualmente las acepciones instituidas y acordadas socialmente para algunas palabras o expresiones. Hasta el más ingenuo estudiante de lingüística sabe que no podemos hacerlo de acuerdo con nuestros antojos personales. Toda variación requiere primero de un consenso social que la legitime y le dé cabida dentro de la comunidad.

Se pregunta entonces mi tía Eloína por qué algunos de nuestros hablantes públicos (abogados, maestros, sociólogos u otros profesionales devenidos súbitamente en filólogos improvisados) se creen con la autoridad suficiente para convencernos de que los significados de ciertos términos o frases son aquellos con los que algunos gobernantes los deforman y no los que realmente les corresponden. Por ejemplo, hace poco han intentado convencernos de que la palabra "impasse" podría ser utilizada para justificar la existencia de un golpe de Estado institucional. Lo mismo podríamos argumentar en relación con el vocablo "paz" que, para muchos, pareciera asociarse con "violencia" "fusiles", "milicia", "motorizados agresivos" y "saqueos programados".

Y eso para no decir nada de la nueva interpretación que han querido asignarle  a la palabra "amor" o a la expresión "acto amoroso". Solo en la mente de algún funcionario desquiciado se admitiría que proferir insultos y lanzar furiosamente piedras, huevos, palos y otros objetos a algún gobernante deba entenderse como "muestra de afecto y adhesión" y, además, que a dichos actos de rechazo se les asocie con un "baño de pueblo".  La guinda de esto es que, contradictoriamente, algunos de los manifestantes de tal sentimiento han sido acusados y privados de libertad por comportarse tan amorosamente. De verdad parecen haber dado crédito al popular dicho que solía repetir mi tía Eloína a uno de sus maridos ocasionales. Cada vez que aquel le ofrecía una "coñiza", ella solía salirle al paso:

                —¡Atrevete vos, mirá!, ¡conmigo no vale esa vaina de "porque te quiero te aporrio"!

Aquel despreciable sujeto era un conductor de carrito por puesto, inculto, burdo, tosco y soez con el que alguna vez ella cometió el desacierto de "enconcubinarse". No obstante, desconocía dicho tipejo a quién estaba amenazando. Se burlaba de él mi parienta cada vez que le escuchaba aquellos amagos sin tomarlo mucho en cuenta, hasta que de verdad una vez aquel basto "caballero" intentó poner en práctica su oferta. Fue él quien salió con más moretones que alguien que hubiese consumido anticoagulantes en exceso. Como cualquier fanfarrón de esos que ofrecen golpizas, terminó siendo simultáneamente aporreado y "maleteado", y no precisamente como manifestación de paz y amor.


 Mucho cuidado deben tener entonces quienes creen tener la sartén comunicacional por el mango y presumen que los escuchas son una manada de pánfilos sin criterio. Olvidan que hay en el mundo más de 500 millones de almas que hablan (¡y entienden!) su mismo idioma, muchos de los cuales se habrán carcajeado; primero, al cerciorarse de las incoherencias semánticas y, segundo, al escuchar tantas sandeces juntas y cotejarlas con las imágenes del video referente a tales "expresiones de afecto".  

Mariposas Chacumbelas





Al contrario de lo que suelen aparentar, las mariposas pueden ser altamente peligrosas y tóxicas para la sociedad

El Diccionario de la lengua española (DLE) registra catorce acepciones para la palabra “mariposa”. La primera es de carácter general y alude al insecto de “boca chupadora con dos pares de alas cubiertas de escamas…”. Los especialistas en entomología las llaman “lepidópteros” y suelen identificarlas por su boca en forma de espiral, conocida como espiritrompa. Entre otras, el DLE  refiere también que hay un estilo de natación llamado del mismo modo y, además, nos recuerda que el término se usa mucho en Cuba, debido a que la flor nacional de ese país se llama precisamente la “flor de la mariposa”. También hay en esa misma isla imperial un pajarito muy popular al que en diminutivo se le dice “mariposito” o “mariposillo”. Mi tía Eloína suele bromear argumentando que todo cubano o procubano aspira a metamorfosearse, después de fallecido, en esa avecilla voladora y que, incluso, hay muchos que alegan haber sido visitados desde el más allá  por algunos familiares o curruñas reencarnados.

Dentro de la fraseología popular hispánica es conocida la “mariposa de la muerte”, llamada así porque, como si fuera un tatuaje,  lleva dibujado en su torso algo similar a una calavera. A la típica corbata de lacito o “pajarita” también se le conoce como “corbata mariposa” (que a veces aprieta tanto que ahorca) y cualquiera que haya subido a nuestro cerro Ávila sabe que se le recomienda tener mucho cuidado con una serpiente harto venenosa conocida como la “tigra mariposa”. De la misma voz deriva otra que amplía su significado un poco más: “mariposón”. No obstante, ya esta última no es tan pródiga en acepciones. Según la misma fuente, limita sus significados a dos. El primero podría resultar muy positivo para los  que se consideran “machistos” chulos  donjuanes de pacotilla: “hombre inconstante y caprichoso en su dedicación a algo y especialmente en su galanteo con las mujeres”. El segundo es un poco más ofensivo y  seguramente ya no les agradará tanto a esos ejemplares (que además suelen ser homofóbicos), debido a que aparece marcado como despectivo: “hombre homosexual”.

Todo lo expresado ha sido la causa de una corriente mitológica, fraseológica y metafórica vinculada con seres que a veces simulan disfrazarse del inofensivo animalito y pueden llegar a convertirse en una verdadera calamidad. Por ejemplo, hay mariposas de color oscuro,  pesadas y fastidiosas, a las que la gente detesta por considerarlas altamente tóxicas. A nadie le gusta el polvillo que segregan a través de sus escamas que, por cierto, suele compararse con el gas que emana de las bombas lacrimógenas. Dicen los agricultores que el peor y más peligroso estado de cualquier mariposa es cuando existe en forma de huevo o capullo. Hay las que, desde antes de nacer, se disfrazan de oruga y justo en esa etapa constituyen verdaderas plagas, capaces de arrasar con todo lo animal, vegetal y mineral que encuentren a su paso. Existen además algunas altamente venenosas, las cuales resultan muy peligrosas cuando son atacadas o creen ver en riesgo su hábitat; son mariposas asesinas y suelen agredir en grupo porque eso las hace sentirse valentonas y dispuestas, aun cuando, según la entomología, en solitario suelen portarse pusilánimemente. No faltan los ejemplares de lepidópteros a los que les encanta la basura y suelen posarse sobre ella para sobrevivir a costa de los desechos. No en balde, en algunas regiones del Caribe se las  llama también "taras", con todas las connotaciones negativas de ese sinónimo.


De modo que, todo lo contrario de lo que nos enseñaron en la escuela, no toda mariposa es tan tierna y colorida como puedan mostrar las apariencias. De su infancia en Los Puertos de Altagracia, mi tía Eloína suele recordar que, precisamente durante los días de Semana Santa, solían cundir por todo el pueblo multitudes de unas molestosas maripositas amarillas muy perjudiciales para la salud, porque solo dejaban a su paso alergias y muchos otros males. Por ese motivo, casi toda la población joven se armaba con un pliego de periódico doblado en ocho y salía dispuesta a contribuir con el inmediato y necesario exterminio de aquellas invasoras. El método consistía en asir un extremo del papel con los dedos y moverlo haciéndolo golpear contra la parte interna del antebrazo. Esto producía un curioso ruido (algo así como pac, pac, pac) que por alguna razón atraía a las intrusas y las llevaba a golpearse ellas mismas con el periódico en movimiento, por lo que al final resultaban “autosuicidas”. Se las conocía popularmente como "Chacumbelas”. Y, por si el lector desconoce el origen de este apodo, el mismo aludía a un personaje de una guaracha, también cubana, que nos recuerda que Chacumbele fue un extrapecista y policía de la zona de Camagüey. En su juventud, este caballero había sido vendedor ¡de mariposas y flores!  Deprimido por los celos (consecuencia de su actuación como enamoradizo mariposón), solitario y abandonado por  la misma  gente que antes lo había aupado en sus actuaciones circenses,  ya siendo agente del orden público, decidió despacharse a sí mismo, disparándose su arma de reglamento. Así lo inmortalizó una popular canción del compositor Alejandro Mustelier que, adaptada por el maestro Billo Frómeta, interpretó muchas veces el admirado guarachero maracucho Cheo García: "Parrandeando por las calles de la Habana / noche y día y nunca duerme, caramba / buscando a Chacumbele, que ayer noche se marchó / Chacumbele que ya estaba aburrido de vivir/y por culpa de tus celos, él mismito se mató / ¡Ay!, Chacumbele, él mismito se mató...

Con las palabras que midas…




Si algunos hablantes conocieran el significado profundo de ciertas palabras, jamás las utilizarían para ofender a los demás, porque haciéndolo se agreden a sí mismos y a su progenie

No hay que ser experto en lingüística o en comunicación para intuir que la lengua es el más auténtico espejo de lo que constituimos como nación. Nos guste o no, el idioma es la verdadera patria, el lugar sagrado donde reposa todo lo que somos y pensamos. Habladas o escritas, las palabras de un país, de un sector social, de un grupo, de un partido político, de un gremio o de cualquier otra colectividad (pequeña o  grande) son su rostro ante el mundo. “Como hables, como escribas, así te juzgarán tus semejantes” podría ser  un adagio de alcance universal. La forma en que una persona usa el más importante  sistema humano de comunicación constituye un fidedigno retrato acerca de lo que es y de cómo la perciben. No bastan la elegancia, los modos de vestir ni la belleza física si las palabras de alguien facilitan borrar cualquier atributo con que pretenda distinguirse o mostrarse. “Con la lengua que midas, serás medido o medida” y “la lengua es el castigo del cuerpo” son frases cuyo contenido no puede ser más preciso. Con tu expresión inspiras respeto o irrespeto, rechazo o aceptación, amor u odio. Todo lo dicho es válido para cualquiera, pero se potencia enormemente cuando se trata de alguien a quien, por cualquier motivo, le corresponde actuar como hablante público.

Gústele o no, sépalo o no, esté consciente o no, un presidente de un país es un hablante que como tal goza de privilegios ajenos a muchos otros. En ocasiones, uno de los hablantes que mayor relevancia comunicativa adquiere y también de los que mayores responsabilidades tiene frente a la comunidad a la que dirige sus alocuciones. A su alcance están absolutamente todos los medios de comunicación: públicos y privados, grandes, pequeños, medianos, orales, escritos, impresos, digitales; puede dirigirse a su audiencia a la hora que quiera, en el lugar que mejor considere, en cualquier circunstancia y con cualquier excusa. De allí que la mayoría de quienes se desempeñan en este rol tengan a veces la necesidad de asesorarse con especialistas en comunicación. Nadie está exento de cometer gazapos comunicacionales, pero si se asesora bien, esa posibilidad se atenúa considerablemente. Nada logrará, sin embargo, si esos expertos comparten con él sus mismas creencias. No se trata de “hablar bonito”; no es ser ceremonioso, formal y/o aburrido ni llenar los mensajes de inútiles floripondios. Es tener plena conciencia de sus funciones, de su modelaje y de la inevitable labor pedagógica que le corresponde.

Los dos párrafos anteriores no pretenden ser lecciones de moral ni de educación cívica, política o comunicacional, ni tampoco originales. Solo resumen principios fundamentales de las teorías del discurso. Son lineamientos universales, aunque a veces resulte farragoso repetirlos, recordarlos, traerlos de nuevo al tapete. Un líder político que ocupa un cargo importante puede darse el lujo de degradar o engrandecer la historia de un país; tiene la posibilidad de voltear cualquier tortilla y de halar siempre la brasa para su sardina. No obstante, cuando insiste en degradar el lenguaje y llevarlo a su nivel más decadente, está desconociendo su propia dignidad y la de sus correligionarios. En un momento particular, muchos lo aplaudirán; le celebrarán los chistes o las alusiones escatológicas, y en ocasiones homofóbicas, hacia quienes no comparten sus ideas. Sin embargo, los mismos que celebran oportunistamente algunas expresiones fuera de lugar, se burlan de ellas y de su autor o autora en privado;  en la intimidad de sus hogares, de la familia, de los amigos, convierten aquello en una chanza de muy mal gusto y manifiestan su verdadero juicio acerca de quien haya incurrido en la inadecuación. Si de verdad tienen conciencia del idioma, podrían ser conmilitones “carcajeantes” en público pero lastimosos verdugos en privado.

Si alguien que ocupa una posición muy importante apela y alude como “histérica” a  algún opositor del sexo masculino, no agrede a esa persona nada más. Está ofendiendo a muchos de quienes lo siguen porque, aparte del insulto que ya de por sí implica referirse a otro como “histérico”, lo ha llevado al grado superlativo feminizándolo, con ese piquete homofóbico que para nada lo deja bien parado, ni siquiera con sus adeptos, entre quienes podría haber homosexuales. Y si le agregamos que con dicha alusión manifiesta subliminalmente  que la histeria es cosa de damas, “peor que peor”, como diría Eloína.

Más allá del significado actual de la palabra “histérico-a” (alusiva a excitación, a nerviosismo, a desesperación), esta tiene un origen que inevitablemente la vincula con la condición de la mujer, con el útero, si queremos acudir a su etimología griega. Y el útero es el lugar de donde venimos todos, el único espacio de procedencia que nadie puede negar (a menos que sea marciano, si es que las marcianas no tuvieren dicho órgano); es el inevitable e inicial lecho materno que nos trae a la vida. Eso podría aclararlo de un modo más preciso algún médico, y si es siquiatra, mejor. Lo mismo podría decirse de la palabra “malnacido” (si saliere de labios de otro “hablante televisivo”). Inicialmente, la misma significa “indeseable”, pero, más allá de eso, también remite a quienes te han dado la vida, a quienes, según la ofensa, te ayudaron a “malnacer”.


Siempre serán ofensivas, en cualquier circunstancia y acháquensele a quien sea. Sin embargo, cuando, con visos de hacha de guerra, pretensión irónica y acompañadas de una sonrisita, dichas expresiones salen de labios de importantes hablantes públicos de un país, la agresión es múltiple y podría resultar un búmeran. Los asesores lingüísticos y/o publicitarios, los poetas, los narradores, los ensayistas, los profesores de lenguaje, los académicos que pululan alrededor de los centros del poder bien lo saben y podrían aclarárselo a quien corresponda. No es asunto de refinamiento verbal sino de inadecuación contextual y de respeto por ese cúmulo gigantesco de potenciales interlocutores que tienen los que hoy, aun sin saberlo, hablan para el planeta.

Gallinas que aspiran a cantar como gallos




No siempre sale ganando el “gallito” que en una contienda se queda con la gallina más hermosa del corral

Mi tía Eloína ha olvidado qué número le correspondía al gallo en los tiempos en que ella jugaba a la lotería de animalitos en Los Puertos de Altagracia. Hasta ese nuestro recóndito y querido lugar  llegaba ese curioso juego de azar, conformado por un colectivo de 31 imágenes de distintas especies,  exportado desde la ciudad de Valera. El sorteo, que a diario ponía en ascuas a todo el pueblo, se difundía a través de una emisora de radio, todos los días a las seis de la tarde. Yo, que en algún momento de mi adolescencia fui “animalero” (como se nos decía a quienes distribuíamos esa lotería), le recuerdo  que a ese noble animalillo le correspondía el número 21. Lo importante es que por él ella era capaz de jugarse hasta el coxis. Sentía una especial pasión por los gallos, su mitología y lo que gira alrededor de ellos. No por casualidad, cada vez que tenía necesidad de manifestar su asombro por algo, gritaba a todo pulmón “¡qué cresta!”. Además, como dama de “armas temer”, no se resignaba a que la compararan con la gallina (a la que correspondía el número 25); pregonaba más bien ser una auténtica “galla macha” con las espuelas bien puestas y el pico afilado. Y lo era, lo certifico porque más de una vez fui víctima de sus “picotazos” y sus cantares madrugadores: “¡Qué cresta!, son las cinco, ve, levantate pa que cojáis agua clara!”.  

Sin hacer mucho esfuerzo y llevado por la costumbre, heredé aquella obsesión. El animal de marras sigue siendo para mí ese curioso ejemplar altanero y orgulloso,  implicado en cuentos de camino, leyendas, fabulaciones e historias milenarias. Se dice que es el ave más numerosa del planeta y que existe desde tiempos inmemoriales. Su fama de alado enigmático, certero, alegre y cantarino parece tener carácter universal. Con excepción de las peleas a que los someten algunos perversos, todo lo que tiene que ver con ellos me convoca, incluidas las muchas expresiones en que los inmiscuye la tradición lingüística hispánica.

Aunque no deja de ser una expresión inadecuada en ciertos contextos y algo escatológica en otros, hablamos metafóricamente de un “polvo de gallo” cuando queremos aludir a algo que se realiza de manera veloz, rapidito y sin mucho titubeo. La conseja popular ha sido más contundente aun al ampliar superlativamente la frase a “polvo de gallo apurado” (o sea, “más rápido que rapidito”). Hay muchísimas expresiones populares que en español lo toman como referencia. Solemos asumir, por ejemplo, que en tiempos convulsos como los que corren, algunas instituciones públicas prefieren dar las malas noticias “entre gallos y medianoche”. “Creerse un gallo de pelea” es, por ejemplo, una costumbre más que arraigada en ámbitos gubernamentales, incluso a riesgo de acabar con la democracia.

Existen además los que a través de los medios se muestran verdaderamente bizarros, valentones y arrojados, pero a la hora de las chiquitas corren, se esconden o se evaden como patarucos. Pero dicha actitud no tiene que ver con el tamaño de la persona ni con la jerarquía del puesto. Los hay altotes, bajitos, obesos, flaquitos, hablachentos todos, eso sí, principalmente cuando declaran. No obstante, se puede intuir que en la cotidianidad son más bien gallináceos. Si de verdad creyeran en lo que dicen y cumplieran sus amenazas, “otro gallo cantaría”. En realidad, “en menos de lo que canta un gallo”,  se comportan como pollas y en eso no los perdona la tradición refranera del español: “La polla que se acurruca el gallo se la manduca”. Más claro no canta un ídem.


Mi parienta suele disfrutar recogiendo este tipo de evidencias que no pocas veces sirven para paliar la adversidad. Con dichos, con refranes, con frases hechas, buscadas o rebuscadas, nos valemos de la tradición lingüística para explicar lo que nos acogota. A quienes viven dándoselas de gallos de pelea a través de la pantalla o los micrófonos, sería bueno recodarles una “fabulosa fábula” de ese maravilloso escritor dibujante de la realidad de su tiempo que fue el francés Jean de la Fontaine (1621-1695). La historia es muy simple pero aleccionadora: dos gallos se disputan el amor de una hermosísima gallina. Como solía ocurrir en las películas mexicanas de mi tiempo, se retan, deciden enfrentarse y acuerdan que el vencedor se quedará con la susodicha. Ocurre la contienda; el perdedor se resigna y, hecho el trujillano, se va al fondo del corral a vivir su despecho. Triunfante, el que ha vencido sube al techo del gallinero a alardear de su éxito, para que todo el mundo lo oiga. En efecto, un águila lo escucha, va sobre él y lo despacha. La pobre gallina viuda corre desesperada a buscar cobijo en el fondo del corral.  La moraleja para nuestros pollos mediáticos es obvia: no siempre gana el más gritón por muy gallito de pelea que se considere.