domingo, diciembre 11, 2016

Cuentos venezolanos que son espejos (III): condenar a un inocente



La espontánea justicia popular resulta al mismo tiempo injusta y arbitraria cuando termina por condenar al inocente y exonerar al culpable. Y de esto se ha visto bastante en la realidad venezolana

Nunca ha sido mi tía Eloína fanática ni aduladora gratuita de Arturo Uslar Pietri (1906-2001) como, al menos en apariencia, lo son tantos venezolanos. Sus novelas le parecen algo fallidas, rebuscadas y a veces cargadas de supuestas “enseñanzas” que deberían ser ajenas a los propósitos explícitos de la literatura. Una obra literaria podría resultar mucho más pedagógica en la medida en que el autor o la autora la escriba alejado(a) de tal objetivo.  Sus ensayos no la convencen completamente por tanta sapiencia acumulada en una sola pluma. “Cuando un hombre sabe tanto —piensa ella—, se hace difícil saber cuánto sabe”. Se trata de un punto de vista muy particular al que mi parienta tiene derecho por su condición de lectora independiente.  No busca con ello ser original  ni tampoco se asume como la primera persona que difiere de la legión uslarista, lo que para nada implica negar que no haya sido esa especie de gurú en que lo han convertido la tradición y cierta intelectualidad nacional. Son muchas las cosas positivas, negativas y regulares que se han expresado acerca de tan notorio caballero venezolano del siglo XX. En consecuencia, algo bueno debe haber en su trayectoria a juzgar por la multitud de fans que, sin titubeos, lo  alaban y repiten sus arengas como oraciones.
Tampoco podría negarse que AUP constituyó una amalgama de muchos hombres en uno solo. Aunque ambas palabras suenen extrañas y casi domingueras, fue un auténtico polímata y polígrafo: ocupó diversos espacios públicos, escribió en diversos géneros y, al parecer, nada humano le era ajeno. Las varias y variadas ocupaciones que desempeñó así lo demuestran: publicista, funcionario público, ministro, relacionista empedernido, caballero de la radio, la prensa escrita y la televisión, político, diplomático, periodista, escritor. Buena parte de su prolija trayectoria ha sido descrita en un magnífico libro de Astrid Avendaño: Arturo Uslar Pietri. Entre la razón y la acción (Caracas: Todtmann, 1996). No obstante, a juicio de mi a veces desquiciada parienta, hay un renglón de la producción literaria de Uslar Pietri que bastaría para justificar plenamente el puesto que se le ha asignado en el devenir histórico de la literatura venezolana.
 Se trata de su producción cuentística. Fue un artífice de la narración breve, desde la publicación de su primer libro (Barrabás y otros relatos, 1928) hasta el último de ellos (Los ganadores, 1980). En ese género acumuló un total de nueve volúmenes. Hay cuentos suyos que se han convertido en verdaderos clásicos; por ejemplo, “La lluvia” (un misterioso niño abandonado, una población desamparada ante la sequía), “Baile de tambor” (el maltrato hacia un desamparado recluta desertor y negro), “El gallo” (un timador que roba un animal, lo somete a apuestas y, una vez derrotado, decide comérselo) y “Simeón Calamaris” (historia sobre el desamparo de las morgues y la reconstrucción de la vida de un cadáver), entre otros.  Dejó además un personaje prototipo por el que siempre será recordado y el cual, no por casualidad, aparece en varios de sus cuentos, José Gabino: ladronzuelo, fabulador, fanfarrón, marrullero.
En el conjunto de su narrativa corta, hay una breve historia que destaca por encima de todas las demás. Apareció inserta en su primer cuentario. Se trata de “Barrabás”. En cuanto al léxico, dicho relato está plagado de palabras y locuciones (tácitas o explícitas) como “miedo”, “reo”, “odio”, “violencia”, “verdad”, “represión”, “pueblo”, “motín”, “muerte”, “silencio cómplice”, “prisión”, “condena injusta”, “inocente criminalizado”.
La esencia del argumento habla por sí sola: puesta a elegir entre declarar culpable a un inocente (Jesucristo) o inocente a alguien que ha sido acusado de asesinato (Barrabás), una multitud enardecida, ciega, vociferante (“el pueblo”), grita para que liberen al bandido y crucifiquen al  “otro reo… un pobre hombre flaco, con aspecto humilde, y con unos grandes ojos que le cogían media cara” quien, además, “Desprecia las leyes de César. Promete hacer cosas sobrenaturales… Asegura que él solo dice la verdad”.

También resalta en el cuento el hecho de que, una vez liberado por la injusta, arbitraria y espontánea justicia popular, Barrabás siente un extraño remordimiento y le expresa a su mujer que no es precisamente Jehová quien lo ha salvado sino “un delito”, un delito aderezado por un “crimen que es horrible y sin perdón”. Se refiere al hecho de callar; saber la verdad y no expresarla con tal de librarse de la crucifixión; permitir que se condene a un inocente para preservar el pellejo propio. Una historia recurrente en nuestro devenir histórico continental y más que (re)conocida por muchos venezolanos, principalmente cuando el ocultamiento discursivo de la realidad se ha convertido en la principal arma de combate comunicacional.
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Publicado originalmente en www.contrapunto.com (18 de septiembre d 2016)
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