domingo, diciembre 11, 2016

Cuentos que son espejos (II): Burdos y bastos bardos



A veces leemos textos literarios que nos llevan a construir imágenes distorsionadas de sus autores. He aquí un magnífico cuento venezolano que se detiene en ese tema

Vivió entre 1889 y 1955. Fue activista político irreductible contra las dictaduras de Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez. Mi tía Eloína no lo conoció porque era todavía una núbil idealista cuando él falleció, pero asume que debe haber sido un caballero frontal, directo, sin pelos en la lengua. Lo demuestra toda su escritura. Parodió hasta la saciedad a algunos personajes públicos de su tiempo. A un tal doctor valenciano y adulante de apellido Niño, lo noveló, disfrazó y eternizó como el “Doctor Bebé”. Dirigió periódicos siempre anclados en la resistencia al régimen del que fue enemigo jurado. Conoció el exilio, la prisión y las persecuciones. Nunca se doblegó. Su tipo de sangre era A(guerrido positivísimo). Era bisnieto de un teniente de la Legión Británica. Murió fuera del país, en Canadá, pero su memoria se quedó aquí. Según la premisa de algún recién llegado de pantalla y mazo, debió haber sido “escuálido” y echado más de una vez porque se desempeñó en varios cargos públicos dentro del gobierno del cual era indudable opositor.
Fue uno de nuestros verdaderos e incuestionables héroes civiles y muy poca gente le ha rendido culto a su memoria. Con dos o tres como él, estos tiempos serían muy otros. Fue autor de un libro que debería ser lectura obligatoria para los venezolanos de cualquier época: Memorias de un venezolano de la decadencia (primera edición colombiana de 1927; segunda, venezolana, de 1936, justo a la muerte del sátrapa de La Mulera).  Se llamaba José Rafael Pocaterra y, como inestimable ñapa para nuestra narrativa, fue un cuentista de primera línea. Publicó un solo y muy abundoso libro de relatos al  que intituló Cuentos Grotescos (1922), casi todos escritos en la cárcel. Muchos de ellos habrían servido para catapultarlo como uno de nuestros más acertados y contundentes narradores de historias cortas. ¿Quién no ha tenido contacto escolar con alguna “I latina” o no ha visto el deambular callejero de algún “Panchito Mandefuá”? ¿Cuántas personas que viven, pululan y profanan las tumbas de los cementerios pudieran ser tildadas de “come muertos”?
A decir verdad, Pocaterra se burló hasta más no poder de la literatura venezolana de su momento, de los narradores palurdos, de los ensayistas prepotentes y, muy principalmente, de los poetas de “flor en el ojal”. Uno de sus cuentos más emblemáticos (y quizás menos conocido) se titula “El ideal de Flor”. En unas cuantas cuartillas resume el ambiente desagradable y jalabólico de lo que caracteriza a una literatura oficial y oficialista en plena dictadura. Flor, el personaje principal, es una ingenua chica de provincia, lectora, algo boba y pertinaz seguidora de los escritores capitalinos a través de algunas “revistillas de tercer orden” que (en carga de mula postal) llegan a su casa. En esa rutina, ojeando y hojeando una de ellas, lee alguna vez los versos de un presunto y presuntuoso poeta de nombre Juan Pedro Soto-Longo. Tanto la fotografía como las gastadas metáforas del versificador la conducen a crearse de él una imagen tan falsa como los versos de los que se preciaba aquel sujeto.
En un viaje de su padre a la capital, ella consigue acompañarlo y, ajena a críticas y ojerizas de sus primas, no se cansa de rebuscar y anhelar un instante milagroso que le permita ver personalmente, de cerca, aquella imagen de hombre guapísimo, “rubio de melena crespa”, idealizada a través de la escritura. Como se le hace difícil encontrarlo, lo supone volando tan alto (social y literariamente) que debe ser ajeno a los ambientes mundanos frecuentados por sus familiares. Pasa el tiempo y es momento de regresar a su pueblo, sin haber logrado materializar aquel deseo. Nadie ha podido darle noticia del “notable” escritor; no aparece por ninguna parte en los círculos y espacios literarios caraqueños. Se realiza la reunión de despedida de sus familiares en un “salón de familias de un café”. La álgida y fuerte discusión entre un mesonero y un borrachín que se niega a pagar la cuenta, andrajoso, mugriento, de voz aguardentosa y fanfarrón, pone alertas a todos los presentes. El aedo idealizado por la ingenua chica se esfuma cuando ella percibe que la policía se ha encargado de poner en su sitio a aquel sujeto que pocos minutos antes se defendía de quien lo conminaba a pagar la cuenta: “¡…yo soy el poeta Juan Pedro Soto-Longo y no pago esto porque no me da la gana!”.

Su héroe, el supuesto y celebérrimo vate, magnificado, imaginado por ella a través de la palabra escrita y de aquella fotografía, se le había convertido en un ser de carne y hueso, vividor, gorrón y aprovechador de las bondades que le brindaba su habilidad para escribir cursis versos. De imaginado escritor de “alto vuelo” y supuesta pluma ágil la realidad se lo mostraba ahora cual burdo y basto bardo. Así es la literatura. Nos conduce a crear falsas imágenes (de los autores) que podrían conducirnos a la decepción cuando los conocemos personalmente. ¡Cuántos de nuestros actuales plumarios son dignos herederos de ese personaje-prototipo que nos dejó José Rafael Pocaterra, el “poeta” J.P. Soto-Longo! El que quiera un espejo y no esté libre de culpas, que se mire en ese fabuloso cuento.
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Publicado originalmente en www.contrapunto.com
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