domingo, diciembre 11, 2016

CARACAS, LA MUTANTE



Caracas, joven y venerable urbe hispanoamericana que cada cierto tiempo cambia de rostro, está de cumple el 24 de julio


Mi primera visita a Caracas ocurrió durante la última semana del mes julio de 1967, mes en que aconteció el último terremoto con que la naturaleza la ha castigado. Venía dispuesto a quedarme pero, en vista de que no me fue posible inscribirme para continuar mis estudios de bachillerato,  tuve que poner  la reversa durante la primera semana de septiembre del mismo año. Luego me apersoné de nuevo en 1968 y hasta el sol de hoy. Recuerdo nítidamente la fecha y el avatar del sismo porque, aunque resulte paradójico, tiene mucha importancia histórica para lo que ha sido el desarrollo urbanístico, arquitectónico y sociocultural de esta ciudad a la que muchos de sus habitantes amamos y detestamos simultáneamente. La inseguridad, el infernal tránsito automotor o las ya inevitables aglomeraciones de seres humanos en pequeños espacios como los pasillos de los centros comerciales, los supermercados, las estaciones y vagones del metro, las clínicas o las dependencias oficiales en las que debamos realizar algún trámite, no serán excusas suficientemente válidas como para que neguemos lo que ya forma parte inevitable e ineludible de nuestras vidas. Como en un presagio llegado del vientre de la madre tierra, aquellos movimientos que hacían vibrar a la ciudad como si fuera un pastel de gelatina fueron, según mi tía Eloína,  el anuncio tácito de que aquí permaneceríamos.
Sin duda, ese día, la capital entraba en una etapa urbanística y humana diferente. Quienes aquí ya estaban y los que llegábamos descubrimos cuán endeble e indómito era el espacio que pisábamos. No obstante, por encima de la desgracia que aquello implicó, pronto se impuso en el ánimo colectivo la voluntad de reconstruir física, social y espiritualmente todo lo que en aquel momento se había derribado, incluidas las esperanzas. Era necesario regresar al equilibrio.
En ese tiempo, la ciudad era  todavía pequeña, más humana y acogedora. Por lo menos los recién llegados debíamos utilizar ropas que nos protegieran de las bajas temperaturas. Si vale la tautología, el Ávila nos pareció de entrada un “misterioso enigma” propenso al hechizo. Todavía la niebla era posible por las tardes y la amabilidad de las personas nos ayudaba a paliar el despecho generado por la soledad traída de la provincia, ahora condimentada con las secuelas de un fenómeno natural del que nunca antes habíamos conocido de modo directo.
El terremoto serviría entonces de triste hito simbólico para que se iniciara un conjunto de cambios que ya no se detendría jamás. Siguen ocurriendo tantas variaciones urbanísticas que bien podríamos decir que hay una Caracas distinta  por cada lustro. Aquí sí es verdad que nadie se baña dos veces en el mismo río (porque seguramente no sobrevivirá al primer intento) ni camina más de tres por la misma acera. Y es que al decir Caracas, la mutante, sabemos que si Heráclito, el célebre filósofo griego, hubiese nacido en un barrio de la zona popular de Las Adjuntas, seguramente lo hubiesen bautizado con aguas del Guaire a la altura de El Silencio, habría hecho la primera comunión en un centro comercial como el de Chacaíto (antes) o el Sambil (ahora) y firmado las capitulaciones matrimoniales en alguna sifrina iglesia de Altamira, al tiempo que posiblemente su partida de defunción tendríamos que retirarla de la prefectura de Petare. Es decir, así como ha sido la ciudad en el transcurso temporal, sus habitantes vivimos y gozamos a nuestro modo de una urbe diferente con solo recorrer unos pocos kilómetros o años. Y el segundo trayecto no será jamás idéntico al primero; seguramente, algo se habrá modificado en  ella mientras escribimos esta duda melódica.
Con la intención de dejar aquí nuestros huesos llegamos a esta mole presuntamente deforme y desproporcionada, desordenada, aunque igualmente seductora y cautivante; a esta amalgama de concreto, sudores, asfalto, aguas nauseabundas y aromas imprescindibles; a este berenjenal citadino que para nada se avergüenza de cambiar de piel cada cierto tiempo, sin ningún tipo de miramiento. La ciudad que siempre será radicalmente distinta para el viajero que se aventure a repetir su visita. No es Madrid con sus mismos edificios de siempre. No es Londres cuyas plazas han estado todo el tiempo en el mismo lugar. No es Roma la de los personajes idénticos que no cambian. Ni es ese París detenido en un tiempo de Tullerías y Campos Elíseos que no cesan de mirar hacia el Arco de Triunfo y  la torre Eiffel. Es Caracas, la multifacética, la que  nunca es igual de hoy para mañana, la que altera a cada rato su paisaje y hace cambiar a sus habitantes como si nada.


Esta capital de nuestras querencias y dolencias se parece cada día más a un campamento de veraneo, como dijo alguna vez José Ignacio Cabrujas. Y mucho más en este tiempo de diáspora forzada, de casas y apartamentos vacíos. Por la noche armamos las carpas para deshacerlas a la mañana siguiente, a fin de seguir una marcha que nunca se detiene. Muy al contrario de lo que crean las personas de pensamiento conservacionista —o los monumentalistas irredentos—, el recurrente cambio de piel de la ciudad podría convertirse en el atractivo más importante de este espacio urbano casi fantástico en el que pernoctamos. Eso de que las urbes deben conservarse idénticas hasta la eternidad puede resultar aburridísimo si lo vemos con sinceridad de habitante y no con mirada de turista. Siendo lo que no fuimos hace rato, mostramos al universo el dinamismo de la vida. Y la vida citadina también es movimiento perpetuo, agitación. Las ciudades se mueven como se mueve la sangre de sus habitantes. Ese es el misterio de Caracas; posiblemente, la única capital latinoamericana que se niega al curioso hábito cultural (¿herencia greco-latina, acaso?) de parecer una entidad momificada, un  lugar por donde transcurre la gente pero no pasa el tiempo. Es mi ciudad, Caracas, la mutante, la que permanecerá en nuestra memoria por mucho empeño que tengan algunos de sus indiferentes alcaldes en no mimarla como se merece, ni siquiera porque desde el día 24 de julio de 2016 continúa siendo una venerable, erguida y joven urbe de 449 años.
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Publicado originalmente en www.contrapunto.com (24 de julio de 2016)
Imagen aportada por www.contrapunto 
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