domingo, julio 10, 2016

AFÉRRATE A LA VID(ORRIA)



Sobre la hidratación del cuerpo cobarde y los “cañeros automáticos”, expertos en bebidas espirituosas


En medios oficiales y privados del país circula con mucha fuerza el vocablo hidratar más algunos ramalazos semánticos derivados del mismo, aunque a veces inventados (hidratos, hidratante, hidratadera, hidratista, hidratólogo), hasta llegar finalmente a un nuevo concepto de hidratación. Este último es el eufemismo  más usual de este tiempo para referirse al consumo de bebidas espirituosas. Parece que por alguna disposición gubernamental resulta censurable hablar ahora de brindis, refrigerios húmedos, vinos de honor o cocteles, expresiones que antaño se usaron para invitar a los concurrentes a algún evento o reunión a «refrescarse» en los intermedios o cierres. A ello se alude ahora como  “lapso de hidratación”. Puesto que escasea el agua, la gente intenta cubrir su ausencia con ciertas bebidas alcohólicas, de las más baratas, eso sí, porque las otras están por el cielo. Los «jugos de uva», la «merengada escocesa», el «zumo de cebada» y el «ron perigñón» se han vuelto tan inaccesibles como la leche, el queso y el papel higiénico. Imagina mi tía Eloína que dentro de poco los insumos “hidratantes” habrán de llevar en el envase una etiqueta adicional: “Advertencia: se ha determinado que este producto es solo para enchufados”.

Hace poco bromeaba yo sobre esto con uno de mis más apreciados amigos. La conversación nos llevó al infaltable tema de los supuestos “conocedores” de lo que beben. Esos señores y señoras capaces no solo de detectar las virtudes o defectos de la «popular bebida escocesa» apenas se ponen una gota en sus papilas, sino también de saber si se trata de una botella «puyada». Yo los admiro y los envidio por sus habilidades para reconocer ―sin haber visto la etiqueta o el envase― la marca y la edad de lo que están degustando. Tan sagaces son con la lengua que en teoría hasta se dan el lujo de distinguir si se trata de un bebedizo nacional (hecho en Cabudare, por ejemplo, y ahora lo único medio asequible) o importado (de las montañas del norte del Reino Unido, accesible solamente a cierta burocracia). En fin, amparados en su condición de neorriquismo, a veces nos resultan ridículos pero no dejan de divertirnos con las demostraciones de experticia de que hacen gala. Por lo menos con el primer y segundo trago así parece. Después del tercero les sirves gasolina de 91 octanos y usualmente se les traba la lengua de tal modo que en lugar de champán espumante dicen “champú espumoso”.

Nada diferente de los “expertos” en vinos. Pretenciosos y sabihondísimos neosommeliers que te hacen sentir cual platelminto al hablarte de cosechas, categorías de uvas, añadas, mezclas, taninos, cepas y otras menudencias vitivinícolas. No vacilan. Se ven seguros, exactos y correctos, como profesores de Matemática o Física. Es graciosísimo observar el modo como hacen girar la copa para luego “naricear” el líquido; huelen y rehuelen. Finalmente suspiran y dicen “¡aaahhh!”o emiten un pujidito agringado (¡outch!) si el ejercicio les ha resultado desagradable.

En esos terrenos cada quien puede decirte lo que se le ocurra, pero si quieres alejarte de la polémica estéril, deberás permanecer silencioso e ignorar las verdades, mentiras, mitos y manías de nuestra local  «paligrafía» güisquera y vinícola. A veces debes hacerte el trujillano y seguir la corriente, porque, como en el bolero, en este mundo lo mejor es callar, principalmente en el territorio de los «cañeros automáticos».

Ya me lo confesó alguna vez un enólogo argentino cuando le preguntaba cómo determinar realmente la calidad de un vino o un güisqui. «En cuanto al güisqui —bromeó—, yo paso porque no asistí a esa clase. Pero lo del vino es más sencillo. Cada quien puede escoger el suyo sin complejos ni falsas premisas. El mejor será siempre el que más te guste, che,  independientemente del precio, el color, la uva, el año,  la botella,  el viñedo y otras boludeces». Clarísimo. “Los presuntuosos —completó su sentencia— se aferran a la vid. Vos, aferrate a la vidorria”.


De manera que el asunto de la «cañicultura» no depende del modo como uno aprenda o finja el arte de mover el dedo dentro del vaso de güisqui o  girar la copa de vino en círculo. Mucho juicio habremos de tener entonces, mucha cordura, mucho fundamento, frente a las achacosas provocaciones de los supuestos «expertos en hidratación». Lo dice mi médico imaginario: en situaciones de estrés, de tensión, de pasión,  si tiene la suerte de conseguirlo y los miles para costearlo, una copa de vino o un breve güisqui (aunque sea nacional y “menor de edad”) pueden ser tan efectivos como una medicina, principalmente porque estas últimas tampoco se consiguen. Así las cosas, lo mejor será dejar de lado los consejos de los lenguaraces, los que desean impresionarlo con su sapiencia “lengüística”. 

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Publicado originalmente en www.contrapunto.com (20 de marzo de 2016)
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DE BOLERO QUE SÍ



A veces cambiamos las letras de los boleros reproduciendo no lo que escuchamos, sino lo que creemos oír

El bolero es un género musical cuya composición verbal podemos apreciar mucho más allá de las implicaciones sociales vinculadas a factores tan cotidianos en nuestro medio tropical como el (des)encanto o desengaño, la cornamenta, las traiciones amorosas, los tragos y la rocola. Es verdad que bolero y (des)pecho son hermanos gemelos, pero hay algo más. Si no deja de ser cierto que algunas letras reflejan un cierto nivel de lo que muy subjetiva y superficialmente se denomina «cursilería», lo cursi no siempre fue tal cosa y, aun si lo hubiere sido, a veces es sabrosamente válido. Apelando precisamente al derecho universal que los seres humanos tenemos a la cursilería, a veces nos tomamos la libertad de repetir las letras como creemos haberlas escuchado.
A muchos nos ha ocurrido que luego de haber tarareado alguna canción popular por muchos años, un día descubrimos que hemos estado repitiendo la letra de manera equivocada. Recuerdo, por ejemplo, un famoso bolero intitulado Únicamente tú (del mexicano Manuel Acuña), que, entre otros, popularizó Felipe Pirela. En alguna parte de esa pieza dice “mas no tornes en quimera esta ilusión”. Si usted aprendió esa letra cuando era un imberbe que todavía llevaba la alhucema en el ombligo (el dicho es de mi tía Eloína), pues seguramente repitió muchas veces cualquier cosa menos la expresión que he citado arriba. Ello podría obedecer a la coincidencia en un solo verso de palabras tan poco frecuentes como “tornes” y “quimera” (valga una versión de ese verso localizada en un antiguo cancionero: “mas no tomes en carrera esa ilusión”).  
De manera que cuando alguien escucha ese tipo de melodías populares construidas mediante una sintaxis antediluviana  o que contienen  vocabulario desconocido, poco usual, anticuado, pues no le queda más remedio que ceñirse a lo que cree haber captado. A su vez, otro aprende aquel tarareo equivocado,  lo repite y así va corriendo la “interpretación” fallida de la letra, hasta que se hace costumbre y así se queda. Basta revisar algunas páginas que reproducen letras de boleros en la Internet para darse cuenta de este fenómeno.
Hay, por ejemplo, otro célebre bolero intitulado Amor se escribe con llanto (del compositor colombiano Álvaro Dalmar) en alguna parte de cuya letra dice lo siguiente: “tu querer fue cariño como de santo, tibia luz en las noches de mi extravío”. Mi tía Eloína jura que más de una vez ha escuchado y leído esa expresión como  “su querer fue cariño como de santo, y dio a luz en las noches de su extravío”.
Y ocurre eso porque el carácter de discurso colectivo del bolero, sujeto a los vaivenes de lo popular, lo conduce a sufrir  modificaciones similares a las de la literatura oral o a la repetición de los chistes y de los chismes. Técnica del rumor la llaman. Hay expresiones que, si bien son parte de alguna pieza conocida, pueden resultar a veces incomprensibles, desusadas, ilógicas o fáciles de confundir fonéticamente. Detectamos, por ejemplo, algunos cambios en ciertas canciones que, si bien parecen insignificantes, distancian el contenido de lo que fue la intención inicial de sus creadores. Veamos algunos ejemplos que ilustran esta situación; primero la supuesta versión original, luego la versión modificada:

“fuiste tan sólo quimera sin alma ni corazón…” (Aquella tarde, Fernando Lecaros, chileno)
  fuiste tan sólo ramera sin alma ni corazón…
“…como hiedra del mal te me enredaste…” (Hipócrita, Carlos Crespo, mexicano)
   …como fiera del mal te me enredaste
El intérprete (o el oyente) trata de “acomodar” la letra de acuerdo con su intuición, lo que se trasladará luego al colectivo. Qué no podría ocurrir cuando escucha usted una expresión tan sonora y rebuscada como “… tu voz tan cristalina, tan suave y argentada de ignota idealidad” (Longina, del cubano Manuel Corona).
Compiladora de estos gazapos de origen auditivo en sus ratos de ocio, mi tía Eloína tiene una cantidad tal de muestras de esta naturaleza que le servirían para una futura enciclopedia del disparate. Ella asegura que cuando alguien canta Voy a apagar la luz (de Manzanero), pues quizás imagine que alude a la diligencia de poner al día la deuda con la empresa de electricidad (“voy a pagar la luz”, aunque entre nosotros este servicio sea tan deficiente, hay que bajarse igual cuando llega la cuenta).

No falta quien jure que el bolero Plazos traicioneros (de Luis Marquetti) no se llama así sino Lazos traicioneros. Mi parienta me ha pedido incluso que cierre con un caso para ella emblemático, por lo que implica la falsa interpretación que se ha hecho de un verso del bolero Lágrimas negras, cuyo autor es el cubano Miguel Matamoros. La letra original dice en alguna parte “sufro la inmensa pena de tu extravío”.  No me había dado cuenta, pero en mi familia aseguran que cuando yo repito eso bajo la ducha lo que digo es “sufro la inmensa pena de tu estrabiiismo”. 

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Publicado originalmente en www.contrapunto.com (13 de marzo de 2016)
Imagen: Cheo Hurtado, músico y bolerista venezolano.
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Malas y peores palabras




Un vocablo no es malsonante por sí mismo, a veces depende de quién lo expresa, dónde y en qué situación


Durante nuestro paso por la escuela primaria, siempre escuchábamos decir que hay palabras buenas y palabras “malas”. Estas últimas  o no debían decirse o estaban reservadas a los adultos.  También se las conocía popularmente como groserías. Los filólogos (siempre mucho más recatados y cautos que los hablantes comunes y corrientes) suelen llamarlas voces malsonantes.  Otros hablan de imprecaciones, aunque con ese tipo de vocablos no siempre se maldice a alguien. No faltan los que las denominan escatologías, porque algunas de ellas aluden a excrementos. Para agruparlas todas, en España se las categoriza coloquialmente como “tacos”. Otros prefieren agigantarlas y denominarlas palabrotas.

No obstante, cuales imberbes ignorantes y poco duchos en los asuntos del lenguaje, siempre terminábamos preguntándonos dónde estaría el límite entre las palabras  buenas y las insolencias.
Preocupado por esas curiosas voces no siempre aceptadas y a veces prohibidas,  el escritor y académico español Camilo José Cela (1916-2002) publicó un compendio al que, precisamente por la naturaleza de su contenido,  tituló Diccionario secreto (1968). Aunque existen tres tomos del mismo, su inventario no fue suficiente para dar cuenta de la cantidad existente en lengua española. 

Según mi tía Eloína, hay algunas voces que, más por extrañas que por malsonantes, casi parecieran ser “peores” que muchas otras. Verbigracia, angurria, almorranas y cursería.  Angurria suele tener que ver con la orina y la orinadera  pero, en algunos países de América,  también remite a hambre o avaricia.  Una cursería es una diarrea incontenible y las almorranas son tumoraciones en los márgenes del ano (lo que los médicos refieren como  hemorroides). 

Además, siempre ha manifestado mi parienta que las palabras más feas del idioma español son sobaco y gargajo. De allí que, muy venezolanamente, a la sobaquina o sobaquera preferimos llamarla musicalmente violín.  “Esas dos palabrejas son tan deplorables y puercas —arguye sabihondísima y sobrada— que, sin apariencia de groseras, se utilizan para agraviar a otros, como suele hacerse precisamente con los términos soeces. Decirle a alguien que es “más feo que sobaco de gorila” —continúa— puede ser tan insultante como recordarle a la progenitora, que a su vez no es igual a enviarlo al coño de la misma.”  También hay quienes buscan injuriar a los demás llamándolos gargajos  o asegurándoles que son unos mocos.  Sin embargo,  en algunas regiones hispanoamericanas se nos hace difícil entender el dicho peninsular según el cual algo o alguien “no es moco de pavo”, queriendo decir que  es muy importante o relevante. Y aquí viene entonces  el meollo principal de esta duda melódica.

Y es que las llamadas voces malsonantes no siempre suenan tan mal. Pueden ser  “sucias” o “cochinas” para unos, pero también  resultar “limpias” para otros. Dependen a veces del valor social que se les asigna en cada lugar,  de la situación e incluso de quien las exprese.  Es curioso que una buena parte de ellas aludan a los genitales, a ciertos orificios del cuerpo o a las excrecencias que de ellos (o por ellos) emanan.  Que un hombre sea “cabrón” en Madrid no suena tan ofensivo como que lo sea en Maracaibo, igual que en ambas ciudades tampoco tiene el mismo significado desearle a alguien que “le den por el culo”. Hay personas a quienes las llamadas palabrotas les parecen muy simpáticas en otras lenguas, pero les resultan repugnantes e impronunciables en nuestro idioma.

 De modo que prefieren ultrajar a los oponentes anteponiendo, por ejemplo,  la palabra  “foquin” (versión criolla del inglés fucking) a cualquier expresión con la que deseen golpear metafóricamente o expresar su rabieta (por ejemplo, “foquin ministro”, “foquin escasez”).  Si ante la dimensión descomunal de una cola en el súper,  expresas  anglófilamente “ship!”, quizás suene chévere a los oídos de alguien que se las dé de refinado, pero si te sale la palabra equivalente en español, es posible que algún guardia nacional te expulse del lugar por indecente. Al responderle “¡foquiú!”, posiblemente sonría (quizás porque no entiende o porque le resulta gracioso); mas si le ripostas “¡jódete!”, tal vez termines “con “los ganchos puestos”, como dicen ahora algunos de nuestros ilustrados funcionarios gubernamentales.  Comentar que no te gustan las tetas  operadas podría implicar que algunas señoras te censuren; pero posiblemente sonrían si dices humorísticamente que eres  “senófobo”.


 El mismo Camilo José Cela nos recuerda en el primer tomo de su Diccionario secreto un curioso refrán atribuido a una supuesta abadesa empeñada en sacar de sus rezos palabras que le resultaban fuertes: “Domine meo es término feo /Decid Domine orino/ que es término fino”.   Conclusión: posiblemente ella no hacía “pis” como cualquier mortal, apenas miccionaba.

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Publicado originalmente en www.contrapunto.com (6 de marzo de 2016)
Imagen aportada por Contrapunto.
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domingo, marzo 27, 2016

¿Dónde conseguir el Diccionario de la Lengua Española (DLE)?



Es la pregunta que ha formulado mi tía Eloína muchas veces a diversos libreros. La respuesta recurrente la encontrará en el desarrollo de esta quejosa duda melódica



Un diccionario es la memoria léxica de una lengua: allí reposa el patrimonio lingüístico, social y cultural de una sociedad. Aunque consultarlo es relativamente cómodo y fácil, elaborarlo y ponerlo en circulación no es tan sencillo como pueda pensarse. Solo los lexicógrafos profesionales saben de las penurias y las horas-hombre y horas-mujer que exige un trabajo de tal naturaleza. Ocupa años de labor tesonera, paciente y constante. Muchas personas e instituciones participan (directa o indirectamente) en su elaboración, incluso en el caso de los que llevan firma individual. La disciplina que los cobija se llama Lexicografía. Y un buen diccionario a la mano es un puente mágico y mítico entre lo que sabe un hablante y lo que desea saber o ratificar acerca del idioma con el que mira el mundo.
En octubre de 2014 se publicó la vigésimo tercera edición del más conocido y reconocido de los recuentos léxicos de nuestra lengua: el Diccionario de la Lengua Española (DLE). Se hizo en conjunto entre la Real Academia Española,  veinte academias hispanoamericanas y una norteamericana. Contiene aproximadamente noventa mil entradas, entre ellas diecinueve mil voces propias de América y más de tres mil venezolanas.
 La versión impresa en papel tiene dos mil trescientas doce páginas. Aunque en consonancia con este tiempo de realidad virtual, existe también  una versión digital (actualizada en octubre de 2015, accesible literalmente a todo el planeta), habrá instituciones, colegios, bibliotecas que todavía aspiran a tenerlo en sus anaqueles, como un tótem incuestionable, seguro, certero, contundente. Y es así porque, independientemente de la relación que mantengamos con la Web, vivimos todavía tiempos de transición en los que continúa habiendo muchísimas personas sujetas al mito del legendario y magníficamente “fetichizado” libro convencional. Puede parecer inexplicable para algunos pero hay costumbres sociales y culturales insertas en los genes de las cuales no es tan fácil desprenderse. Una de ellas es, por ejemplo, el hábito de ojear, hojear y leer un manojo de páginas alineaditas, juntas, ordenadas y numeradas entre dos tapas materialmente manipulables, algo que se pueda palpar, oler, manosear y hasta (sub)rayar o servir de almohada (para quienes tienen esa y otras costumbres vinculadas con ese fetiche que es el libro).
Esa y no otra es la razón por la cual mi tía Eloína, adicta a la consulta de repertorios lexicográficos,  sigue preguntándose los motivos por los cuales el DLE impreso en papel no se consigue (o se hace difícil de obtener)  en las librerías venezolanas. Según asume mi parienta, la respuesta a esa interrogante debería darla la casa editora encargada de traer esa obra a Venezuela, es decir, la editorial Espasa; hasta donde se conoce públicamente representada en el país por los señores de Planeta. Es verdad que desde hace mucho tiempo son muchas las carencias que nos acogotan, muchos los vacíos que hay en nuestro quehacer cultural. Sin embargo, en este caso, no convence demasiado la excusa que por allí hemos escuchado, según la cual dicha situación se debe a la escasez ya crónica de pliegos para imprenta. Cualquiera que por alguna razón esté familiarizado con el universo editorial del país conoce de sobra la situación con el papel (y no solo me refiero al de imprimir). Sin embargo, esas mismas personas saben también que el DLE no se ha elaborado en Venezuela casi nunca. Baste revisar el colofón de todas las ediciones anteriores para verificarlo. Pero, aun si así fuere, si por razones de costos, hubiere necesidad de hacerlo aquí, la evidencia de las vitrinas de algunas librerías demuestra que sí ha habido “voluntad” para publicar volúmenes de otra naturaleza.

Digámoslo sin tapujos: El único país de Hispanoamérica donde parece no haber llegado hasta ahora el DLE quizás sea el nuestro. Y si llegó ha sido de modo clandestino. Tampoco ha habido hasta hoy presentación pública del DLE en Venezuela. Y si se hizo, se llevó a cabo de forma que muy pocos nos enteramos. Da la impresión de que los libros sobre la farándula y los faranduleros, las “biografías” y los oficios de algunos personajes públicos rinden muchos mayores beneficios, o al menos despiertan más interés editorial y comercial, que un volumen como el  Diccionario de la Lengua Española que, aunque en verdad tiene poco valor mediático, es, eso sí, una mediador insustituible entre los hablantes y su lengua.
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Publicado originalmente en www.contrapunto.com (28 de febrero de 2016)
Imagen aportada por Contrapunto
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El DICCIONARIO DE LA LENGUA ESPAÑOLA (DLE)


El Diccionario de la Lengua Española no es producto ni de un solo país ni de una sola academia. Es una obra colectiva en la que Hispanoamérica ha tenido mucho que ver.

En su excelente libro Críticas con humor sobre el idioma y el Diccionario (2004), el periodista español Alex Grijelmo aduce que, en contraposición con su inicial carácter prescriptivo, el Diccionario de la Lengua Española (DLE) ha derivado en un «diccionario de uso». Se refiere más adelante al hecho de que «La Academia y muchos magníficos filólogos han dado en bendecirlo todo o casi todo, y cualquiera puede parecer ya un purista sin serlo.» (p. 19). Lo segundo parece razonable y suele ser uno de los argumentos más frecuentes en cualquier hablante común. El usuario que no es filólogo, el que es docente, principalmente de primaria y secundaria, ha tenido en el DLE su mejor soporte lexicográfico para generar confianza en sí mismo o en sus estudiantes, por lo menos en cuanto a una normativa general mínima. Igual que para el hablante común que recurre a una fuente que considera segura y confiable, la ambigüedad es mala compañera de la docencia en esos niveles de la educación. El alumno procura certeza y el maestro debe ofrecérsela con base en una documentación que se la garantice.
En discordancia con lo dicho por el periodista español, mi tía Eloína (que no es lexicógrafa, pero sí hablante desbocada de español maragocho), cree que el uso de un vocablo es precisamente lo que debe recoger un diccionario como el DLE. Pero una vez comprobado ese uso con documentación confiable, viene entonces el momento de prescribir o precisar una normativa acerca de él, cual consenso de un colectivo que lo ha adoptado y lo acepta como tal. Es curioso, sin embargo, que el propio Álex Grijelmo ―que algunas veces aboga por cierto americanismo del español y hasta agradece que hayamos «enriquecido» su lengua materna también aluda al «Diccionario de la Academia» (aludiendo exclusivamente a la Real)   y en ningún momento a un «Diccionario de las academias» (pareciera excluir de esto las corporaciones americanas de la lengua). Pero, cuidado, él no es el único; eso es lo habitual incluso en Hispanoamérica: todos lo hemos hecho alguna vez. Así ha sido instaurado por la tradición en nuestra memoria colectiva. No debería serlo pero hasta hace muy poco fue una asunción implícita el hecho de que la principal y más importante fuente lexicográfica del español se llamara Diccionario de la Real Academia Española y de allí que se le abreviara DRAE. Un extraño mecanismo inconsciente, casi como el resultado de una campaña publicitaria exitosa, nos indujo  a denominarlo así y a obviar su auténtico título (Diccionario de la lengua española, cuya obvia abreviatura debería ser DLE, tal como, previo acuerdo de   las veintidós (dentro de poco veintitrés) academias de la lengua, aparece desde mediados de 2015 en su versión de la Internet (lo que puede verificarse en el enlace http://dle.rae.es).

Por otra parte, el verbo utilizado por Grijelmo («enriquecer») puede tener muy buena intención, pero implica otro prejuicio que, sin darnos cuenta, hemos alimentado y repetido a través del tiempo: Hispanoamérica aporta al conjunto del español pero hasta allí; a más de quinientos años de haberlo adoptado, el idioma pareciera no pertenecernos todavía.  Cuando se indica que América ha aportado a  (o ha enriquecido) la lengua de España, el aserto parece ir en una sola dirección: la periferia ha contribuido para fortificar el centro.  Diferente a indicar que los distintos países donde se habla español han contribuido todos con el enriquecimiento de la misma. No puede olvidarse que el español no fue siempre la lengua del territorio peninsular. Coincido con la profesora venezolana Rita Jáimez, quien ha argumentado que nuestra lengua nació e inicialmente fortaleció su grandeza en la península ibérica, pero de no haberse expandido hacia América, su importancia actual no sería la misma. Cincuenta millones de hablantes (españoles) es apenas el diez por ciento de quinientos millones de almas regocijándose con un mismo idioma. Y si no, que se les pregunte a los publicistas o a los demógrafos. El español es hoy es la segunda, tercera o cuarta  lengua del planeta (según se vea) y el mayor porcentaje de esos hablantes está en Hispanoamérica.
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PUBLICADO ORIGINALMENTE EN WWW.CONTRAPUNTO.COM (21 DE FEBRERO DE 2016)
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SAN VALENTÍN / SAN VALENTÓN

Hay poca seguridad sobre el real origen de este día. Mi tía Eloína intenta rastrearlo en esta duda melódica

Su día se celebra cada 14 de febrero, es cierto, pero, igual que otras tantas leyendas mercadotécnicas, ya no se sabe exactamente a quién alude esa abstracción llamada san Valentín. Según mi tía Eloína se trata del auspiciador y protector de los amoríos a quien los comerciantes idolatran y algunas suegras detestan, no precisamente por ellas, sino por los/las “peor es nada” que a veces consiguen sus hijos o hijas. 

Como muchos de los integrantes del santoral cristiano, hay serias dudas acerca de la existencia real de ese casto caballero a quien desde hace mucho los enamorados han rendido culto. ¿Quién era?, ¿de dónde salió?, ¿por qué se le venera un día antes del cobro de quincena? Algo similar al archiconocido “día de la secretaria” o al “día del niño”. Uno celebra sin conocer la explicación por la cual lo está haciendo.  Si de verdad hay un día de los enamorados, ¿por qué no incorporar al calendario otros festejos como  “la noche de los desenamorados”, “la madrugada de los despechados”, “el amanecer de los maleteados”.

Un verdadero misterio este santurrón presuntamente enamoradizo que en cada mes de febrero, a pesar de la inflación, todavía parece mover más dinero que cualquier marca comercial de moda. Pero la leyenda existe y eso no se discute.


  En cuanto al origen del epónimo, se habla de un médico devenido en sacerdote,  quien fuera decapitado por orden del emperador romano Claudio el Gótico, a fin de quitarle la costumbrita de andar casando soldados con sus respectivas novias clandestinas. Dice la historia eclesiástica que en ese tiempo el matrimonio era considerado incompatible con la carrera de las armas. Época extraña en la que a un integrante de la soldadesca le estaba vedado el casorio formal.  Podía echar canas al aire e incluso visitar lugares de poca reputación para satisfacerse, pero nunca matrimoniarse formalmente con una damisela, por muy merecedora que ella fuera. Así son los autoritarismos.

Cuenta también la leyenda que, precisamente, en eso radicaba el gozo de aquel inquieto medicura, a quien más bien deberíamos recordar como san Valentón, ya que, en acto de abierta afrenta oposicionista contra el emperador de turno, disfrutaba celebrando himeneos castrenses clandestinos.  Con su actitud retadora, aspiraba a darle dolores de cabeza al monarca aunque, lamentablemente, por valiente, terminó precisamente decapitado.

Otras versiones menos trágicas aluden a dos personajes que, en apariencia, poco tenían que ver (explícitamente) con las pasiones amorosas: un antiquísimo obispo san Valentín, de la ciudad italiana de Terni, y otro llamado Valentín de Recia. Del primero se sabe que el día 14 de febrero son sus fiestas patronales. Ya eso nos ofrece un lugar en el almanaque. Del otro se ha dicho que siempre ha sido venerado por algunos cristianos, gracias a sus facultades celestiales y don particular para curar a personas epilépticas.

Es decir, si quisiéramos entender el auténtico misterio de la fiesta y los amoríos que despierta san Valentín en febrero, pues no se haría difícil pensar que los tres se han vuelto un solo y único mito y, además, buscándole coherencia a este asunto, directa o indirectamente, todos tienen que ver con las coyuntas amorosas. Uno, por los casorios prohibidos, es obvio; otro, porque nos legó la fecha, y el tercero, debido a que, a lo mejor, hay relaciones amorosas que alteran la actividad eléctrica del cerebro, como la epilepsia (aparte de que, si la pareja incurriera en ciertos excesos amoriles, podrían terminar ambos epilépticos).

De allí que mi tía Eloína haya opinado desde siempre que ese santo cachón al que mientan Valentín ha sido valiente y muy valeroso y, además, de acuerdo con su mítico origen, trivaluado, porque vale por tres.  Lo más importante de esto es que, cualquiera que sea la historia real detrás de la fecha, están de por medio la pasión y los afectos. Prohibidos, permitidos, clandestinos, escondiditos, a tiempo completo, a tiempo parcial o como fuere. Lo de relacionar este mismo día con la “amistad”, nadie sabe de dónde salió, pero ese sí que luce como un invento comercial más reciente. Un añadido capitalista tal vez pensado para aumentar las posibilidades de marketing.

San Valentín es adicionalmente un santo de consenso indudable: aparte de los cristianos, lo celebran también los ortodoxos, los luteranos, los anglicanos, los agnósticos y los ateos. Casi como para solicitar su asesoría en estos tiempos en que tanta falta nos hacen la concordia, los acuerdos y los milagros que nos devuelvan la felicidad. Y no solo en asuntos del corazón.


El bar de la felicidad

Más que económica, se trata de una “guerra e-cológica” porque las colas nos han cambiado hasta el modo de saludar

Mi inefable tía Eloína ha sido siempre aficionada a seguir eso que los sociólogos llaman «el pulso de la intrahistoria». O sea, tomar nota de los cambios (aparentemente imperceptibles, pero reales) que día a día van incidiendo en nuestra cotidianidad y nos van obligando a modificar hábitos, costumbres, actitudes. Historia pequeña, diaria, rutinaria,  en la que los de a pie somos protagonistas. En este tiempo en el que escasea hasta la lluvia, no nos hemos cerciorado pero andamos inmersos en un eufemismo llamado por ella «el bar de la felicidad».
―¿Qué vaina es esa , Eloína? ―le pregunto ―. Y se desternilla de la risa al ripostarme que soy tan caído de la mata que no me he percatado de que los venezolanos de hoy somos muy diferentes a los de hace dos décadas.
―Nos estamos comportando como los borrachos de un bar ―me aclara―, somos felices en el botiquín hasta que pedimos la cuenta.
Por ejemplo, nos sentimos complacidos y sonreímos (para no llorar), al descubrir que hemos agudizado hasta umbrales impredecibles el arte del escaneo a distancia. Como los propios bolsas, nomás vemos a alguien caminando por la calle con unas ídem e instintivamente nos volteamos a hacerle la correspondiente tomografía axial,  a fin de verificar el contenido de lo que les cuelga en las manos. Lo hacemos por dos razones. Primera, determinar qué hay en ellas; segunda, husmear a qué supermercado pertenecen.
La  situación ha traído consecuencias para nuestra cultura culinaria. Ya no se come lo que se desea sino lo que se ha conseguido para el día. Vamos para dos años consumiendo a diario productos vencidos y ya no nos da ni diarrea; afortunadamente, porque tampoco hay para curarlas.  El correo electrónico, los SMS, el  Twitter y  el Whatssap  se han convertido en armamento de una guerra nada económica: los vecinos que viven en condominios, por ejemplo, han creado unas verdaderas redes informativas mediante las cuales el primero de los integrantes de la comunidad que localiza un producto en algún supermercado se dispone a tuitear al resto, a la brevedad mínima y con el menor número posible de caracteres:
  vcnos, harina, lech desc y kfe dnd el portu, krrn krjo» [Vecinos, hay harina, leche descremada y café donde el portu, ¡corran, carajo!].
No menos hemos hecho dentro de las propias familias. Ya nuestros hijos no nos mensajean para pedirnos la bendición o consultarnos cómo anda nuestro colesterol; el saludo filial más común de estos tiempos se limita a informarnos que llegó el desodorante, el papel higiénico o el lavaplatos a la perfumería tal: 
 msk mm! ygaran papl, psta y pñals a ls 2c  dnd l chino pin gon, [¡mosca, mamá!, llegarán papel, pasta y pañales a las doce donde el chino Ping Wong].
Ahora tenemos además varias obligaciones financieras que jamás imaginamos antes: por ejemplo,  los chicos/chicas que hacen de cajeros-as o embolsan las compras del súper ya no están interesados en las propinas que les dábamos antes de que se pusiera de moda el bar de la felicidad; celulares en mano,  han instalado centros de inteligencia tipo SEBIN desde los cuales notifican a sus «suscriptores» acerca de la llegada de algún producto al establecimiento para el cual trabajan. Y por ello, naturalmente, cobran una mensualidad.
Sin decir nada de otras costumbres surgidas a partir de esta nueva realidad. Verbigracia, los «marcacolas»: ese nuevo y a todas luces pernicioso hábito mediante el cual le avisas a la última persona de la fila que has “marcado” tu lugar detrás de ella y que darás una vueltecita por otros lugares a ver qué hay. “Señor, yo voy aquí, ya sabe, me cuida el puesto, voy a la cola del lado y vengo, ¿okey, maestro?”, te dice la inmensa mole afrodescendiente que te ha dado un toquecito en el hombro para anunciarte que ese será su lugar en el momento de recibir los números que, para tener derecho a comprar algo, debes colectar fuera de cada establecimiento.

Los viejos gestores, los intermediarios de las oficinas públicas, los buscapalancas vinculados a organismos públicos y privados siguen existiendo, por supuesto, pero son ya antigüallas frente a la nueva claque profesional generada por el ejercicio del «derecho a la alimentación». Hacerle a alguien la segunda en el abasto se ha convertido en rutina. Y no digamos la segunda; la tercera, la cuarta, la quinta y todas las que hagan falta con tal de proveernos de algún producto de primera necesidad. Pero hay más: aparte de comprar alimentos por estos irregulares y alcabalosos caminos de perversión, ahora necesitas contratar  a algunas personas para que te escolten y protejan mientras llegas a casa, como si portaras los lingotes de oro del BCV que no se sabe dónde están. Es decir, comer ha pasado a costar más que un trasplante de riñón. Sin duda que ahora somos animales de nuevos hábitos. Como dice Eloína, éramos más que felices hasta el momento en que se nos ocurrió pedir la cuenta.
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Publicado originalmente en www.contrapunto.com (7 de febrero de 2016), Se publicó inicialmente en este mismo blog un texto más extenso. Se ha actualizado y modificado para este nueva versión.
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Sobre el eterno Carnaval venezolano y los permanentes disfraces de “yo no fui”


Un antiguo y bastante conocido letrero de poste (o de parabrisas de transporte público) difundido por los integrantes de algún enigmático grupo religioso indica que “Cristo viene ya” o “Cristo viene pronto”. Haciendo uso del ingenio popular que usualmente nos ayuda a mitigar las penas y penurias colectivas, no han faltado los bromistas que, simulando las perversas anotaciones de las pólizas de seguros, suelen repetirlo en los baños públicos y agregar en letra muy pequeña “¡Sí viene y viene arrecho!” Recuerda esto mi tía Eloína para hacerme saber que en pocos días estará entre nosotros el Carnaval pero este año difícilmente sea “una fiesta”. Antes de la Cuaresma, llega el Carnaval porque es una fecha ineludible del almanaque pero aterrizará sin sonrisas, sin negritas, sin samba pa ti ni pa mí, sin carrozas y sin cañandonga. Solo permanecerán las caretas.
—Cómo estará la vaina de fuñida —alega mi parienta— que se anda diciendo que en Brasil, ¡en Brasil, sí señor!, los gobiernos locales de cuarenta y ocho ciudades  (en ocho estados) han decidido que este año no habrá carnestolendas porque tanto la crisis económica como las  inundaciones se han puesto de acuerdo para evitar la llegada del rey Momo.
La misma noticia a la que alude Eloína indica que el dinero que presuntamente se utilizaría en la celebración de los jolgorios será invertido en reparar los daños ocasionados por las lluvias en esas regiones y en paliar algunas carencias ocasionadas por la “desinflación” de la economía.
Ah malaya tuviéramos nosotros algunos gobernantes que pensaran de la misma manera y en lugar de tanto gasto suntuario decidieran utilizar todo el dinero malgastado y mal habido en remediar la inundación de problemas que padecemos a diario.
O sea que tampoco las nuestras serán unas carnestolendas felices, como lo fueran en otra época. Primero que todo, porque ya es obvio que del Carnaval con agua hay que olvidarse, no solo por ahora sino por mucho tiempo. Cada día sale por las tuberías menos de eso que algunos periodistas llaman el “vital líquido”. Y cuando fluye alguito, pues viene de un color ocre que parece cualquier cosa menos agua potable. Se ha dicho que la culpa es de El Niño. Cada vez que ocurre esto o algo parecido se le cambia el nombre a la negligencia.
Y si es por la etimología de la palabra Carnaval, ahora se dice que —como se creía hasta hace poco—no debe asociársela directamente con carnem levare (que en español maragocho significaría algo así como “deja de lado la tentación de la carne”), sino con carnevale (del italiano,  que mi parienta traduce como “con la carne vale todo”). Claro, esto sería mucho más sencillo de explicar si en los mercados venezolanos el precio de la carnem no se  “elevare” tanto como lo hace cada semana.
Tampoco tendrá ningún sentido que se pongan caretas quienes no se las quitan en todo el año, aquellos que en lugar de buscar verdaderas soluciones a lo que diariamente nos aqueja pues, siempre suelen hacer recaer la culpa en factores extraños. Aquí puede ocurrir cualquier cosa y el responsable directo siempre encontrará algún “paganini” a quien cargarle la falta. No solo somos un país de caretas sino también de “caretablas”.
Dentro del caos que hoy padecemos, nadie asume absolutamente nada. Nadie sabe quién fue el que mató a Consuelo. Nadie acepta haber metido alguna de sus extremidades inferiores hasta el fondo. Sobran y pululan por doquier los disfraces de “yo no fui”. Si falla la electricidad, el funcionario de turno se pone traje  de camaleón y atribuye el desaguisado a la iguana. La culpa de que no se consigan medicamentos obedece, según la nueva “menestra” a que  los venezolanos adquirimos o consumimos medicinas de manera “irracional”. Las colas no son consecuencia de la escasez, sino de la afición de la gente a comprar de todo todos los días. La inflación es una cosa parecida a la sensación térmica: incomoda a la gente pero no existe. La inseguridad campea porque siempre estamos en la calle cuando deberíamos estar confinados en casa. Los que se van del país son “apátridas” y refistoleros. Y paro de contar para no resultar cansón ni correr el riesgo de que se me acuse de “showsero” o de estar participando en un “show mediático” (bellísimas, académicas y castizas expresiones recién utilizadas por dos eminentes funcionarios públicos).

Llegará entonces redundantemente el Carnaval en un país de permanentes mascaradas. Y continuarán las mimetizaciones de quienes jamás aceptarán haber metido la pata hasta el cuello. Si se quisiera comenzar a cambiar tan desajustado hábito, Eloína ofrece dictar un taller obligatorio para todo aquel que aspire a un cargo público. Ponerlo o ponerla a repetir sopotocientas veces aquella parte de una vieja canción  que dice: “Por el daño que pude causarte (Venezuela), no des vueltas buscando un culpable, culpable soy yo”. O, si les resulta mejor, porque es posible que la conozcan mucho más, pasar los cuarenta días previos a la Semana Santa escribiendo una plana: “por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa”. Y que no se crea que no viene este año el rey Momo. Si viene pero viene como el protagonista del letrerito que mencioné al comienzo.
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Publicado originalmente en www.contrapunto.com (31 de enero de 2016).
Imagen aportada por Contrapunto.

Felipe Pirela por siempre



Sobre la vigencia del Bolerista de América y su presencia perenne en nuestra memoria cultural

Nada relacionado con Felipe Pirela me es ajeno. No porque conozca mucho o poco acerca de él sino por la admiración que siempre ha despertado en mí su don para el bolero. Todo lo que se relacione con ese caballero motiva mi atención. Mi tía Eloína es del mismo parecer. Suele decir que Pirela no es ni maracucho ni venezolano, es universal. Ambos somos fanáticos radicales en ese aspecto. De allí que además aplaudamos sin remilgos todo lo que se haga para preservar su memoria y difundir su música. Hay muchos y muy buenos intérpretes del bolero —dice ella—, pero Felipe es Felipe. 
Y Pirela está siempre de moda. No ha pasado inadvertido. Entrecomillo aquí sus interpretaciones más afectas a mi parienta.  No se consagró como “sombras nada más”. Ha sido bien y “mal querido”. Con él no hay desencanto que no sea un “injusto despecho”, ni “espumas” que no conduzcan a pensar que “ese bolero es mío”. Su cantar siempre “sigue de frente” para “cuando estemos viejos” y jamás olvidaremos que alguna vez nos relató cómo “el son se fue de Cuba” y no ha regresado. Desde hace unas cuantas generaciones, muchos llevamos en el tarareo alguna letra cantada por el Bolerista de América.
Lo hemos recordado mucho más en estos días porque, desde finales del año pasado,  Pirela está en las pantallas de algunos cines. No me detendré a hacer lo que no me compete; no voy a reseñar la película El malquerido (2015), de Diego Rízquez, porque ya lo hizo Juan Antonio González en este mismo medio. Baste indicar el enlace para quienes no lo  leyeron: “Un (des)apasionado bolerista”, 18-12-2015). Y si esa no bastare, en otro espacio, hay una más de Alexis Correia: “Chino, no te quiero”, 29-12-2015).
 De Felipe se han ocupado antes Luis Ugueto (con una muy rigurosa biografía, Felipe Pirela. Lo que es la vida, 2006, 2009; y un magnífico documental, Felipe Pirela, el hombre detrás de su música, 2009), Eduardo Fernández (con otra interesante aproximación biográfica, Felipe Pirela, su vida, 2012) y José Napoléon Oropeza (con una novela, Entre el oro y la carne, 1989). Existe además una Fundación Felipe Pirela cuyo sitio en la Internet es www. http://fundafelp.com.ve. Y ahora Rísquez lo ha incluido en su repertorio fílmico. La película tendrá el mérito de ser el primer largometraje dedicado al maracucho universal. Y eso no es poco.
Pero si los espectadores del futuro tomasen esa supuesta biopic (biographical picture) como una representación fidedigna, pues cambiará un poco lo que sabemos de Pirela. Y quedarán fuera aspectos importantes de su carrera artística.
Soy narrador y tengo muy claro que la ficción es ficción. Y que para un creador (de cualquier naturaleza) la realidad es apenas un referente al que puede manipular a su antojo. El resultado siempre es una interpretación, no un retrato. No obstante, nada me niega el derecho a opinar. Luego de celebrar que Pirela haya despertado la atención de un cineasta, pues, como espectador que se movió para ir a la sala,  opino en tuits sobre lo que yo discutiría:
Si es por el filme, jamás se conocerán algunas de las oscuras golondrinas que pulularon detrás de la vida turbulenta y tormentosa del cantante.
La historia se focalizó mucho más en lo personal que en la carrera profesional del artista.
Como zuliana, mi tía Eloína se pregunta cuál es el interés en adjudicar a la madre del pelotero  Luis Aparicio algo que no le correspondió.
Quien no entienda inglés se perderá la extensa pregunta (sin subtítulos) que a Felipe le hace un periodista angloparlante y a la cual responde en “maracuchian inglish”: “¡Néber!”.
 La incorrección política de su suegra marcó y mancó la trayectoria del cantante y en la peli se alude a no tocar nada político. E inexplicablemente no se toca.
Entre otras carencias narrables, no hay referencia al músico Juanito Arteta, personaje muy vinculado al comienzo de la vida artística del cantante.
La escena del asesinato en la playa resulta narrativamente artificiosa y mucho más los golpes de pecho y el grito “¡Yo soy Felipe Pirela!”.
Nada sobre el indulto nunca concedido que alguna vez solicitó el cantante al gobierno de turno para poder regresar al país.
De todo esto, lo importante es que Felipe sigue ahí y que cada vez sabemos más de él. Como el bolero, su existencia es ya parte de los mitos venezolanos. Su corta pero incansable y vertiginosa carrera ha contribuido a convertirlo en el ídolo irrepetible que es hoy y así permanecerá en la memoria cultural, atado al bolero como si fuera su par.
Quizás parezca a algunos poco interesante, pero  su verdadera fecha de nacimiento ha sido ya aclarada. Tengo en mi archivo una copia de su partida de nacimiento que amablemente me remitió hace poco una joven admiradora suya (Darimar García, a quien en agradecimiento dedico esta duda melódica) y en la que se indica que el bolerista nació realmente el 3 de septiembre de 1940 y no un año después como se creía (04-09-1941).

Desde el 15 de septiembre de 2012, Pirela reside para siempre en el Panteón de los Zulianos Ilustres.

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Publicado originalmente en www.contrapunto.com (24 de enero de 2016).
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Terconomía y ciencia infusa, difusa, confusa



Sobre el discurso de algunos economistas,  la necesidad de aprender que la inflación no existe y la novedosa agri-cultura urbana

Me suele comentar mi tía Eloína que desearía conocer a algún economista que reconozca que se ha equivocado alguna vez en sus aseveraciones, casi siempre hiperinfladas. En son de chanza, los categoriza como “terconomistas”. Le he dicho que no puede generalizarse porque conocemos también profesionales de esa área que son prudentes y muy ponderados en sus juicios acerca del modo como se mueven los números y las variables; sin embargo, ella no deja de argumentar lo contrario. Algunos de los que suelen estar en las páginas de la prensa siempre —insiste—, en todas partes, independientemente del escenario, de la tendencia, de la escuela en que hayan estudiado, lucen sapientísimos frente al resto de sus colegas. Ninguno mira hacia lo micro; cada cosa la explican con base en lo que en estos tiempos funestos llaman macroeconomía recesiva. Y nosotros, los mortales, los consumidores del día a día, padeciendo los rigores de las teorías keynesianas, smithianas, marxistas o lo que sea que fueren.

Quién duda sobre la existencia de economistas que  parecieran ser activos fijos circulantes, que viven hablando de lo pasivos que son los políticos y los funcionarios para sacar cuentas corrientes y amortizar decisiones que de verdad incidan en la balanza de pagos de los bolsas (de valores) que a diario hacemos colas para conseguir algún producto básico.
Hay entre ellos los que declaran como si la gente no existiera; solo ven números, curvas, precios, índices, deflaciones, para lo que se valen de una terminología que la población no siempre entiende. A veces sueltan ante los periodistas floripondios verbales como “la inflación actual es producto de una mal administrada balanza de pagos cuyo origen reposa en la impresión de volátil dinero inorgánico”. Cada vez que escucho algo así, suelo bromear con mi parienta: “¡no le entendí nada, pero de que habla bien, habla bien!”. Sin embargo,  cuando uno charla con otros, de cerquita, sin pantallas ni micrófonos por delante, entre palo y palo, pues se sinceran y de verdad sacan a relucir sus verdaderos sentimientos. Padecen y sufren como el resto de la gente los embates de la demanda sin oferta, la corrupción (que nadie niega pero tampoco corrige) y las divisas que no se divisan.
Pero esto no significa que el léxico, la movida y los vericuetos de la economía sean privilegio exclusivo de quienes acudieron a la universidad a diplomarse y desplumarse las neuronas en esa área. Quien conozca la historia de nuestras últimas cinco décadas gubernamentales podría testificar que, en lo concerniente a finanzas, economía, banca y áreas afines, hemos tenido ministros, ministricos, ministrones y menestras ajenos a la economía como profesión pero algunos de ellos cercanos al modo como se deben llevar las cuentas de un país y cómo se mueven los salarios en un hogar convencional.
 Sin embargo, los seres cotidianos que somos jamás habíamos escuchado ni leído a funcionario alguno expresar, primero, que “la inflación no existe” y, segundo, que si usted acude a comprar algo y los precios han subido, se trata solo de un aumento pero no de inflación.  Algo parecido ha escrito el neoministro Salas que dejó a muchos estupefactos Nos hizo recordar unas declaraciones similares de un exvicepresidente argentino (Julio César Cleto Cobos), quien en una conferencia de prensa del año 2006 expresó lo siguiente: "Siempre estará en la gente la sensación de inflación. Es como la inseguridad, uno puede disminuir los índices del delito pero la sensación, como es acumulativa, seguirá estando". Posiblemente en eso se inspiró el nuevo ministro.
Quiere decir que los venezolanos llevamos varios años viendo crecer un fenómeno inexistente, fantasmal, imaginario, etéreo,  marcados por una vulgar y palurda sensación que, a pesar de que cada día pagamos más y ganamos menos, solo tiene vida en nuestras cochambrosas y desajustadas mentes de mundanos materialistas. De esto puede concluirse entonces que la economía es parte de la ciencia ficción o, por lo menos, de la difusa y confusa ciencia infusa, asunto que desconocíamos.
Súmele usted otra idea de la también neoministra de Agricultura Urbana, quien, en un intento por  paliar un poco la referida sensación colectiva, lanza como primera propuesta de Estado “la gran cayapa de la siembra” y, sin pestañear aduce que podemos comenzar haciendo magia hogareña, buscando “un balconcito, una botella vacía vieja, una latica…” en los cuales podamos sembrar: “…compramos una cebolla —ha recomendado con total seriedad—, aprovechamos el follaje y el bulbo lo sembramos”. Ante tal asombro, Eloína ha exclamado en latín maragocho: “¡Ave, ministera, in mano tua non commendo spiritum meum! Olvidó decirnos cómo conseguir la cebolla para ejecutar tan generoso consejo. Y si se tratara de sembrar granos, pues mejor ni pensarlo.

 Después de tales ocurrencias, mi tía ha aceptado que a partir de ahora habrá de quitarse el sombrero y dejar de hacer bromas con los expertos en economía, a quienes tanto ha criticado pero que, se les entienda o no su a veces rebuscado vocabulario, saben lo que dicen, lo que aconsejan y lo que pronostican. Siempre argumentan “vendrán tiempos peores”. Y mire usted que de verdad llegan. 
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Publicado originalmente en www. contrapunto.com (17 de enero de 2016)
Imagen aportada por Contrapunto