domingo, marzo 27, 2016

Terconomía y ciencia infusa, difusa, confusa



Sobre el discurso de algunos economistas,  la necesidad de aprender que la inflación no existe y la novedosa agri-cultura urbana

Me suele comentar mi tía Eloína que desearía conocer a algún economista que reconozca que se ha equivocado alguna vez en sus aseveraciones, casi siempre hiperinfladas. En son de chanza, los categoriza como “terconomistas”. Le he dicho que no puede generalizarse porque conocemos también profesionales de esa área que son prudentes y muy ponderados en sus juicios acerca del modo como se mueven los números y las variables; sin embargo, ella no deja de argumentar lo contrario. Algunos de los que suelen estar en las páginas de la prensa siempre —insiste—, en todas partes, independientemente del escenario, de la tendencia, de la escuela en que hayan estudiado, lucen sapientísimos frente al resto de sus colegas. Ninguno mira hacia lo micro; cada cosa la explican con base en lo que en estos tiempos funestos llaman macroeconomía recesiva. Y nosotros, los mortales, los consumidores del día a día, padeciendo los rigores de las teorías keynesianas, smithianas, marxistas o lo que sea que fueren.

Quién duda sobre la existencia de economistas que  parecieran ser activos fijos circulantes, que viven hablando de lo pasivos que son los políticos y los funcionarios para sacar cuentas corrientes y amortizar decisiones que de verdad incidan en la balanza de pagos de los bolsas (de valores) que a diario hacemos colas para conseguir algún producto básico.
Hay entre ellos los que declaran como si la gente no existiera; solo ven números, curvas, precios, índices, deflaciones, para lo que se valen de una terminología que la población no siempre entiende. A veces sueltan ante los periodistas floripondios verbales como “la inflación actual es producto de una mal administrada balanza de pagos cuyo origen reposa en la impresión de volátil dinero inorgánico”. Cada vez que escucho algo así, suelo bromear con mi parienta: “¡no le entendí nada, pero de que habla bien, habla bien!”. Sin embargo,  cuando uno charla con otros, de cerquita, sin pantallas ni micrófonos por delante, entre palo y palo, pues se sinceran y de verdad sacan a relucir sus verdaderos sentimientos. Padecen y sufren como el resto de la gente los embates de la demanda sin oferta, la corrupción (que nadie niega pero tampoco corrige) y las divisas que no se divisan.
Pero esto no significa que el léxico, la movida y los vericuetos de la economía sean privilegio exclusivo de quienes acudieron a la universidad a diplomarse y desplumarse las neuronas en esa área. Quien conozca la historia de nuestras últimas cinco décadas gubernamentales podría testificar que, en lo concerniente a finanzas, economía, banca y áreas afines, hemos tenido ministros, ministricos, ministrones y menestras ajenos a la economía como profesión pero algunos de ellos cercanos al modo como se deben llevar las cuentas de un país y cómo se mueven los salarios en un hogar convencional.
 Sin embargo, los seres cotidianos que somos jamás habíamos escuchado ni leído a funcionario alguno expresar, primero, que “la inflación no existe” y, segundo, que si usted acude a comprar algo y los precios han subido, se trata solo de un aumento pero no de inflación.  Algo parecido ha escrito el neoministro Salas que dejó a muchos estupefactos Nos hizo recordar unas declaraciones similares de un exvicepresidente argentino (Julio César Cleto Cobos), quien en una conferencia de prensa del año 2006 expresó lo siguiente: "Siempre estará en la gente la sensación de inflación. Es como la inseguridad, uno puede disminuir los índices del delito pero la sensación, como es acumulativa, seguirá estando". Posiblemente en eso se inspiró el nuevo ministro.
Quiere decir que los venezolanos llevamos varios años viendo crecer un fenómeno inexistente, fantasmal, imaginario, etéreo,  marcados por una vulgar y palurda sensación que, a pesar de que cada día pagamos más y ganamos menos, solo tiene vida en nuestras cochambrosas y desajustadas mentes de mundanos materialistas. De esto puede concluirse entonces que la economía es parte de la ciencia ficción o, por lo menos, de la difusa y confusa ciencia infusa, asunto que desconocíamos.
Súmele usted otra idea de la también neoministra de Agricultura Urbana, quien, en un intento por  paliar un poco la referida sensación colectiva, lanza como primera propuesta de Estado “la gran cayapa de la siembra” y, sin pestañear aduce que podemos comenzar haciendo magia hogareña, buscando “un balconcito, una botella vacía vieja, una latica…” en los cuales podamos sembrar: “…compramos una cebolla —ha recomendado con total seriedad—, aprovechamos el follaje y el bulbo lo sembramos”. Ante tal asombro, Eloína ha exclamado en latín maragocho: “¡Ave, ministera, in mano tua non commendo spiritum meum! Olvidó decirnos cómo conseguir la cebolla para ejecutar tan generoso consejo. Y si se tratara de sembrar granos, pues mejor ni pensarlo.

 Después de tales ocurrencias, mi tía ha aceptado que a partir de ahora habrá de quitarse el sombrero y dejar de hacer bromas con los expertos en economía, a quienes tanto ha criticado pero que, se les entienda o no su a veces rebuscado vocabulario, saben lo que dicen, lo que aconsejan y lo que pronostican. Siempre argumentan “vendrán tiempos peores”. Y mire usted que de verdad llegan. 
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Publicado originalmente en www. contrapunto.com (17 de enero de 2016)
Imagen aportada por Contrapunto

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