domingo, marzo 27, 2016

Felipe Pirela por siempre



Sobre la vigencia del Bolerista de América y su presencia perenne en nuestra memoria cultural

Nada relacionado con Felipe Pirela me es ajeno. No porque conozca mucho o poco acerca de él sino por la admiración que siempre ha despertado en mí su don para el bolero. Todo lo que se relacione con ese caballero motiva mi atención. Mi tía Eloína es del mismo parecer. Suele decir que Pirela no es ni maracucho ni venezolano, es universal. Ambos somos fanáticos radicales en ese aspecto. De allí que además aplaudamos sin remilgos todo lo que se haga para preservar su memoria y difundir su música. Hay muchos y muy buenos intérpretes del bolero —dice ella—, pero Felipe es Felipe. 
Y Pirela está siempre de moda. No ha pasado inadvertido. Entrecomillo aquí sus interpretaciones más afectas a mi parienta.  No se consagró como “sombras nada más”. Ha sido bien y “mal querido”. Con él no hay desencanto que no sea un “injusto despecho”, ni “espumas” que no conduzcan a pensar que “ese bolero es mío”. Su cantar siempre “sigue de frente” para “cuando estemos viejos” y jamás olvidaremos que alguna vez nos relató cómo “el son se fue de Cuba” y no ha regresado. Desde hace unas cuantas generaciones, muchos llevamos en el tarareo alguna letra cantada por el Bolerista de América.
Lo hemos recordado mucho más en estos días porque, desde finales del año pasado,  Pirela está en las pantallas de algunos cines. No me detendré a hacer lo que no me compete; no voy a reseñar la película El malquerido (2015), de Diego Rízquez, porque ya lo hizo Juan Antonio González en este mismo medio. Baste indicar el enlace para quienes no lo  leyeron: “Un (des)apasionado bolerista”, 18-12-2015). Y si esa no bastare, en otro espacio, hay una más de Alexis Correia: “Chino, no te quiero”, 29-12-2015).
 De Felipe se han ocupado antes Luis Ugueto (con una muy rigurosa biografía, Felipe Pirela. Lo que es la vida, 2006, 2009; y un magnífico documental, Felipe Pirela, el hombre detrás de su música, 2009), Eduardo Fernández (con otra interesante aproximación biográfica, Felipe Pirela, su vida, 2012) y José Napoléon Oropeza (con una novela, Entre el oro y la carne, 1989). Existe además una Fundación Felipe Pirela cuyo sitio en la Internet es www. http://fundafelp.com.ve. Y ahora Rísquez lo ha incluido en su repertorio fílmico. La película tendrá el mérito de ser el primer largometraje dedicado al maracucho universal. Y eso no es poco.
Pero si los espectadores del futuro tomasen esa supuesta biopic (biographical picture) como una representación fidedigna, pues cambiará un poco lo que sabemos de Pirela. Y quedarán fuera aspectos importantes de su carrera artística.
Soy narrador y tengo muy claro que la ficción es ficción. Y que para un creador (de cualquier naturaleza) la realidad es apenas un referente al que puede manipular a su antojo. El resultado siempre es una interpretación, no un retrato. No obstante, nada me niega el derecho a opinar. Luego de celebrar que Pirela haya despertado la atención de un cineasta, pues, como espectador que se movió para ir a la sala,  opino en tuits sobre lo que yo discutiría:
Si es por el filme, jamás se conocerán algunas de las oscuras golondrinas que pulularon detrás de la vida turbulenta y tormentosa del cantante.
La historia se focalizó mucho más en lo personal que en la carrera profesional del artista.
Como zuliana, mi tía Eloína se pregunta cuál es el interés en adjudicar a la madre del pelotero  Luis Aparicio algo que no le correspondió.
Quien no entienda inglés se perderá la extensa pregunta (sin subtítulos) que a Felipe le hace un periodista angloparlante y a la cual responde en “maracuchian inglish”: “¡Néber!”.
 La incorrección política de su suegra marcó y mancó la trayectoria del cantante y en la peli se alude a no tocar nada político. E inexplicablemente no se toca.
Entre otras carencias narrables, no hay referencia al músico Juanito Arteta, personaje muy vinculado al comienzo de la vida artística del cantante.
La escena del asesinato en la playa resulta narrativamente artificiosa y mucho más los golpes de pecho y el grito “¡Yo soy Felipe Pirela!”.
Nada sobre el indulto nunca concedido que alguna vez solicitó el cantante al gobierno de turno para poder regresar al país.
De todo esto, lo importante es que Felipe sigue ahí y que cada vez sabemos más de él. Como el bolero, su existencia es ya parte de los mitos venezolanos. Su corta pero incansable y vertiginosa carrera ha contribuido a convertirlo en el ídolo irrepetible que es hoy y así permanecerá en la memoria cultural, atado al bolero como si fuera su par.
Quizás parezca a algunos poco interesante, pero  su verdadera fecha de nacimiento ha sido ya aclarada. Tengo en mi archivo una copia de su partida de nacimiento que amablemente me remitió hace poco una joven admiradora suya (Darimar García, a quien en agradecimiento dedico esta duda melódica) y en la que se indica que el bolerista nació realmente el 3 de septiembre de 1940 y no un año después como se creía (04-09-1941).

Desde el 15 de septiembre de 2012, Pirela reside para siempre en el Panteón de los Zulianos Ilustres.

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Publicado originalmente en www.contrapunto.com (24 de enero de 2016).
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