domingo, marzo 27, 2016

El DICCIONARIO DE LA LENGUA ESPAÑOLA (DLE)


El Diccionario de la Lengua Española no es producto ni de un solo país ni de una sola academia. Es una obra colectiva en la que Hispanoamérica ha tenido mucho que ver.

En su excelente libro Críticas con humor sobre el idioma y el Diccionario (2004), el periodista español Alex Grijelmo aduce que, en contraposición con su inicial carácter prescriptivo, el Diccionario de la Lengua Española (DLE) ha derivado en un «diccionario de uso». Se refiere más adelante al hecho de que «La Academia y muchos magníficos filólogos han dado en bendecirlo todo o casi todo, y cualquiera puede parecer ya un purista sin serlo.» (p. 19). Lo segundo parece razonable y suele ser uno de los argumentos más frecuentes en cualquier hablante común. El usuario que no es filólogo, el que es docente, principalmente de primaria y secundaria, ha tenido en el DLE su mejor soporte lexicográfico para generar confianza en sí mismo o en sus estudiantes, por lo menos en cuanto a una normativa general mínima. Igual que para el hablante común que recurre a una fuente que considera segura y confiable, la ambigüedad es mala compañera de la docencia en esos niveles de la educación. El alumno procura certeza y el maestro debe ofrecérsela con base en una documentación que se la garantice.
En discordancia con lo dicho por el periodista español, mi tía Eloína (que no es lexicógrafa, pero sí hablante desbocada de español maragocho), cree que el uso de un vocablo es precisamente lo que debe recoger un diccionario como el DLE. Pero una vez comprobado ese uso con documentación confiable, viene entonces el momento de prescribir o precisar una normativa acerca de él, cual consenso de un colectivo que lo ha adoptado y lo acepta como tal. Es curioso, sin embargo, que el propio Álex Grijelmo ―que algunas veces aboga por cierto americanismo del español y hasta agradece que hayamos «enriquecido» su lengua materna también aluda al «Diccionario de la Academia» (aludiendo exclusivamente a la Real)   y en ningún momento a un «Diccionario de las academias» (pareciera excluir de esto las corporaciones americanas de la lengua). Pero, cuidado, él no es el único; eso es lo habitual incluso en Hispanoamérica: todos lo hemos hecho alguna vez. Así ha sido instaurado por la tradición en nuestra memoria colectiva. No debería serlo pero hasta hace muy poco fue una asunción implícita el hecho de que la principal y más importante fuente lexicográfica del español se llamara Diccionario de la Real Academia Española y de allí que se le abreviara DRAE. Un extraño mecanismo inconsciente, casi como el resultado de una campaña publicitaria exitosa, nos indujo  a denominarlo así y a obviar su auténtico título (Diccionario de la lengua española, cuya obvia abreviatura debería ser DLE, tal como, previo acuerdo de   las veintidós (dentro de poco veintitrés) academias de la lengua, aparece desde mediados de 2015 en su versión de la Internet (lo que puede verificarse en el enlace http://dle.rae.es).

Por otra parte, el verbo utilizado por Grijelmo («enriquecer») puede tener muy buena intención, pero implica otro prejuicio que, sin darnos cuenta, hemos alimentado y repetido a través del tiempo: Hispanoamérica aporta al conjunto del español pero hasta allí; a más de quinientos años de haberlo adoptado, el idioma pareciera no pertenecernos todavía.  Cuando se indica que América ha aportado a  (o ha enriquecido) la lengua de España, el aserto parece ir en una sola dirección: la periferia ha contribuido para fortificar el centro.  Diferente a indicar que los distintos países donde se habla español han contribuido todos con el enriquecimiento de la misma. No puede olvidarse que el español no fue siempre la lengua del territorio peninsular. Coincido con la profesora venezolana Rita Jáimez, quien ha argumentado que nuestra lengua nació e inicialmente fortaleció su grandeza en la península ibérica, pero de no haberse expandido hacia América, su importancia actual no sería la misma. Cincuenta millones de hablantes (españoles) es apenas el diez por ciento de quinientos millones de almas regocijándose con un mismo idioma. Y si no, que se les pregunte a los publicistas o a los demógrafos. El español es hoy es la segunda, tercera o cuarta  lengua del planeta (según se vea) y el mayor porcentaje de esos hablantes está en Hispanoamérica.
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PUBLICADO ORIGINALMENTE EN WWW.CONTRAPUNTO.COM (21 DE FEBRERO DE 2016)
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