lunes, noviembre 27, 2017

Default anímico en Venezuela


Redes y medios venezolanos abusan en estos días de esta peligrosa y negativa palabra: "DEFAULT"


Según el Diccionario de inglés Oxford, default es palabra viajera: basada en el latín fallere (engañar, defraudar), pasó al antiguo francés como defaillir y de allí aterrizó en el inglés para convertirse posteriormente en un vocablo usual en otras lenguas. Como Pedro por su casa y aunque todavía no forma parte del Diccionario de la lengua española ni siquiera como préstamo, el término anda de fiesta en estos días en la prensa y redes sociales venezolanas. Posiblemente hay hablantes que aún  ignoran a qué alude exactamente; sin embargo, de un día para otro se ha popularizado y la tenemos hasta en la sopa. Se la escucha en la calle como si siempre hubiera estado entre nosotros, cual si fuéramos un país que lleva años gestando lo que tan curioso vocablo significa. Lo más gracioso que a ese respecto escuchara hace poco mi tía Eloína ha sido la bromista recriminación que un supuestamente desatendido caballero le hacía a su pareja: "te recuerdo que llevas varios noches en default conmigo".

En las ciencias económicas y jurídicas se la usa normalmente para aludir a la situación de mora en que incurre un deudor, cuando por cualquier motivo no puede cumplir a tiempo con las cuotas e intereses relativos a algún compromiso monetario adquirido. Más allá del uso técnico especializado que implica cesación o incumplimiento de pagos (default of payments), en  algunas comunidades de habla inglesa suelen aplicársele significados menos específicos: "defecto",  "falta" o "falla", por ejemplo. También podría utilizársela como sinónimo de  "quiebra", "bancarrota"  o "reticencia", entre otros. En informática alude además a alguna opción asignada de antemano (casi siempre por el fabricante o sus proveedores de software) para operar en un equipo o programa determinado. Lo cierto es que, aparte de esa acepción relacionada con la cibernética, toda su carga semántica parece sombría, oscura, tenebrosa. Posiblemente el hablante común desconozca la significación precisa y concreta de dicha voz en el complicado mundo de las finanzas, pero, de tanto escucharla o leerla en contextos negativos, intuye igualmente que cuando el río suena... pocas cosas buenas trae.

El vocablo aparece en la duda melódica relacionado con una pequeña historia que ha llegado a oídos de mi tía Eloína y vinculada con otro verbo, este sí español, que ya se ha convertido en cotidiano para nosotros: migrar. Diariamente, los noticiarios se hacen eco de  diversas circunstancias y aconteceres implícitos en esta nueva costumbre nacional que ha llevado a muchos venezolanos a poner en práctica la huida o a plantearse la posibilidad de alzar vuelo hacia otros espacios menos conflictivos y, teóricamente, oferentes de mejores condiciones de supervivencia.

Mi parienta es poco dada a mostrarse públicamente trágica o melodramática ante determinadas situaciones. Verbigracia, se rehúsa a agregar más ingredientes al clima recurrentemente adverso, oscuro, que, dentro o fuera del país,  ensombrece las conversaciones rutinarias de sus connacionales. No obstante, me ha solicitado que resuma este breve relato de hoy, ya que pudiera tener repercusiones profundas en relación con el concepto de  nacionalidad, además de las implicaciones cognitivas propias de un preocupante default peor que el económico: el anímico, y —hay que decirlo— no atribuible exclusivamente a sectores oficialistas.

 El protagonista es un niño de siete años que, en condición de inmigrante, ha cumplido con su primer día en una escuela básica de Santiago de Chile. Tomado de la mano por su joven madre, camina por un conocido bulevar del centro de la ciudad. Mantienen la siguiente conversación:

—¿Cómo te fue en la escuela? ¿Te gustó? —pregunta la señora en tono cariñoso.

—Bueno, la maestra me preguntó que de dónde era y le contesté que soy de Chile.

—¿De Chile? ¿Y por qué? ¡Si tú eres venezolano!

—No quise decir de Venezuela porque ya no quiero ser de allá; ahora soy de Chile. Venezuela es mala.

—¿Mala? —lo increpa la madre más que sorprendida— Hay personas que no la quieren, pero Venezuela no es mala. ¿Acaso son malos tus abuelos y tus tíos?

—Ellos no, pero los demás son malos, todos; no los quiero...

Imagine el lector cualquier final para el cuento y quede constancia de que, durante todo el recorrido,  la preocupada mamá continuó ofreciendo argumentos al pequeño para hacerlo reflexionar.  Lo importante de la charla es que evidencia que en esto de las migraciones parecen estar gestándose atrasos relacionados con otros tipos de deudas: aquellas  referentes a los modos de pensar, de ser y de estar en el mundo; las que se relacionan con unos intereses de mora mucho más preocupantes, porque amenazan con "quebrar"  el alma del país. Las que poco a poco nos van despojando del sentimiento nacionalista que, dígase lo que se diga, contribuye a fortalecer las raíces históricas y el sentido de pertenencia de cualquier población. Se trata de déficits que a la larga serán mucho más duraderos, casi impagables,  y más difíciles de "reestructurar" y "refinanciar", principalmente cuando los acreedores son las personas de menor edad.  Aquí la moratoria podría devenir  en eternidad y las generaciones causantes difícilmente podrán hacerse cargo de los intereses ni del capital.


Muy probablemente ese chiquillo de la historia está repitiendo frases escuchadas en algunas conversaciones cotidianas o en los medios de comunicación, pero además las está convirtiendo en conducta. Y cuando el lenguaje se convierte en actuación, las consecuencias son mucho más duraderas. Si son buenas, contribuyen a robustecernos como colectivo; mas si son negativas, pueden acarrear daños incurables. Caer en default con la parte más vulnerable (y también cognitivamente más permeable)  de la sociedad  podría acarrear la agrupación  en uno solo de todos los sentidos negativos de que se ha nutrido la evolución semántica de esa palabra.

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Publicado originalmente en www.contrapunto.com (19-11-2017)
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