domingo, marzo 27, 2016


Sobre el eterno Carnaval venezolano y los permanentes disfraces de “yo no fui”


Un antiguo y bastante conocido letrero de poste (o de parabrisas de transporte público) difundido por los integrantes de algún enigmático grupo religioso indica que “Cristo viene ya” o “Cristo viene pronto”. Haciendo uso del ingenio popular que usualmente nos ayuda a mitigar las penas y penurias colectivas, no han faltado los bromistas que, simulando las perversas anotaciones de las pólizas de seguros, suelen repetirlo en los baños públicos y agregar en letra muy pequeña “¡Sí viene y viene arrecho!” Recuerda esto mi tía Eloína para hacerme saber que en pocos días estará entre nosotros el Carnaval pero este año difícilmente sea “una fiesta”. Antes de la Cuaresma, llega el Carnaval porque es una fecha ineludible del almanaque pero aterrizará sin sonrisas, sin negritas, sin samba pa ti ni pa mí, sin carrozas y sin cañandonga. Solo permanecerán las caretas.
—Cómo estará la vaina de fuñida —alega mi parienta— que se anda diciendo que en Brasil, ¡en Brasil, sí señor!, los gobiernos locales de cuarenta y ocho ciudades  (en ocho estados) han decidido que este año no habrá carnestolendas porque tanto la crisis económica como las  inundaciones se han puesto de acuerdo para evitar la llegada del rey Momo.
La misma noticia a la que alude Eloína indica que el dinero que presuntamente se utilizaría en la celebración de los jolgorios será invertido en reparar los daños ocasionados por las lluvias en esas regiones y en paliar algunas carencias ocasionadas por la “desinflación” de la economía.
Ah malaya tuviéramos nosotros algunos gobernantes que pensaran de la misma manera y en lugar de tanto gasto suntuario decidieran utilizar todo el dinero malgastado y mal habido en remediar la inundación de problemas que padecemos a diario.
O sea que tampoco las nuestras serán unas carnestolendas felices, como lo fueran en otra época. Primero que todo, porque ya es obvio que del Carnaval con agua hay que olvidarse, no solo por ahora sino por mucho tiempo. Cada día sale por las tuberías menos de eso que algunos periodistas llaman el “vital líquido”. Y cuando fluye alguito, pues viene de un color ocre que parece cualquier cosa menos agua potable. Se ha dicho que la culpa es de El Niño. Cada vez que ocurre esto o algo parecido se le cambia el nombre a la negligencia.
Y si es por la etimología de la palabra Carnaval, ahora se dice que —como se creía hasta hace poco—no debe asociársela directamente con carnem levare (que en español maragocho significaría algo así como “deja de lado la tentación de la carne”), sino con carnevale (del italiano,  que mi parienta traduce como “con la carne vale todo”). Claro, esto sería mucho más sencillo de explicar si en los mercados venezolanos el precio de la carnem no se  “elevare” tanto como lo hace cada semana.
Tampoco tendrá ningún sentido que se pongan caretas quienes no se las quitan en todo el año, aquellos que en lugar de buscar verdaderas soluciones a lo que diariamente nos aqueja pues, siempre suelen hacer recaer la culpa en factores extraños. Aquí puede ocurrir cualquier cosa y el responsable directo siempre encontrará algún “paganini” a quien cargarle la falta. No solo somos un país de caretas sino también de “caretablas”.
Dentro del caos que hoy padecemos, nadie asume absolutamente nada. Nadie sabe quién fue el que mató a Consuelo. Nadie acepta haber metido alguna de sus extremidades inferiores hasta el fondo. Sobran y pululan por doquier los disfraces de “yo no fui”. Si falla la electricidad, el funcionario de turno se pone traje  de camaleón y atribuye el desaguisado a la iguana. La culpa de que no se consigan medicamentos obedece, según la nueva “menestra” a que  los venezolanos adquirimos o consumimos medicinas de manera “irracional”. Las colas no son consecuencia de la escasez, sino de la afición de la gente a comprar de todo todos los días. La inflación es una cosa parecida a la sensación térmica: incomoda a la gente pero no existe. La inseguridad campea porque siempre estamos en la calle cuando deberíamos estar confinados en casa. Los que se van del país son “apátridas” y refistoleros. Y paro de contar para no resultar cansón ni correr el riesgo de que se me acuse de “showsero” o de estar participando en un “show mediático” (bellísimas, académicas y castizas expresiones recién utilizadas por dos eminentes funcionarios públicos).

Llegará entonces redundantemente el Carnaval en un país de permanentes mascaradas. Y continuarán las mimetizaciones de quienes jamás aceptarán haber metido la pata hasta el cuello. Si se quisiera comenzar a cambiar tan desajustado hábito, Eloína ofrece dictar un taller obligatorio para todo aquel que aspire a un cargo público. Ponerlo o ponerla a repetir sopotocientas veces aquella parte de una vieja canción  que dice: “Por el daño que pude causarte (Venezuela), no des vueltas buscando un culpable, culpable soy yo”. O, si les resulta mejor, porque es posible que la conozcan mucho más, pasar los cuarenta días previos a la Semana Santa escribiendo una plana: “por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa”. Y que no se crea que no viene este año el rey Momo. Si viene pero viene como el protagonista del letrerito que mencioné al comienzo.
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Publicado originalmente en www.contrapunto.com (31 de enero de 2016).
Imagen aportada por Contrapunto.

Felipe Pirela por siempre



Sobre la vigencia del Bolerista de América y su presencia perenne en nuestra memoria cultural

Nada relacionado con Felipe Pirela me es ajeno. No porque conozca mucho o poco acerca de él sino por la admiración que siempre ha despertado en mí su don para el bolero. Todo lo que se relacione con ese caballero motiva mi atención. Mi tía Eloína es del mismo parecer. Suele decir que Pirela no es ni maracucho ni venezolano, es universal. Ambos somos fanáticos radicales en ese aspecto. De allí que además aplaudamos sin remilgos todo lo que se haga para preservar su memoria y difundir su música. Hay muchos y muy buenos intérpretes del bolero —dice ella—, pero Felipe es Felipe. 
Y Pirela está siempre de moda. No ha pasado inadvertido. Entrecomillo aquí sus interpretaciones más afectas a mi parienta.  No se consagró como “sombras nada más”. Ha sido bien y “mal querido”. Con él no hay desencanto que no sea un “injusto despecho”, ni “espumas” que no conduzcan a pensar que “ese bolero es mío”. Su cantar siempre “sigue de frente” para “cuando estemos viejos” y jamás olvidaremos que alguna vez nos relató cómo “el son se fue de Cuba” y no ha regresado. Desde hace unas cuantas generaciones, muchos llevamos en el tarareo alguna letra cantada por el Bolerista de América.
Lo hemos recordado mucho más en estos días porque, desde finales del año pasado,  Pirela está en las pantallas de algunos cines. No me detendré a hacer lo que no me compete; no voy a reseñar la película El malquerido (2015), de Diego Rízquez, porque ya lo hizo Juan Antonio González en este mismo medio. Baste indicar el enlace para quienes no lo  leyeron: “Un (des)apasionado bolerista”, 18-12-2015). Y si esa no bastare, en otro espacio, hay una más de Alexis Correia: “Chino, no te quiero”, 29-12-2015).
 De Felipe se han ocupado antes Luis Ugueto (con una muy rigurosa biografía, Felipe Pirela. Lo que es la vida, 2006, 2009; y un magnífico documental, Felipe Pirela, el hombre detrás de su música, 2009), Eduardo Fernández (con otra interesante aproximación biográfica, Felipe Pirela, su vida, 2012) y José Napoléon Oropeza (con una novela, Entre el oro y la carne, 1989). Existe además una Fundación Felipe Pirela cuyo sitio en la Internet es www. http://fundafelp.com.ve. Y ahora Rísquez lo ha incluido en su repertorio fílmico. La película tendrá el mérito de ser el primer largometraje dedicado al maracucho universal. Y eso no es poco.
Pero si los espectadores del futuro tomasen esa supuesta biopic (biographical picture) como una representación fidedigna, pues cambiará un poco lo que sabemos de Pirela. Y quedarán fuera aspectos importantes de su carrera artística.
Soy narrador y tengo muy claro que la ficción es ficción. Y que para un creador (de cualquier naturaleza) la realidad es apenas un referente al que puede manipular a su antojo. El resultado siempre es una interpretación, no un retrato. No obstante, nada me niega el derecho a opinar. Luego de celebrar que Pirela haya despertado la atención de un cineasta, pues, como espectador que se movió para ir a la sala,  opino en tuits sobre lo que yo discutiría:
Si es por el filme, jamás se conocerán algunas de las oscuras golondrinas que pulularon detrás de la vida turbulenta y tormentosa del cantante.
La historia se focalizó mucho más en lo personal que en la carrera profesional del artista.
Como zuliana, mi tía Eloína se pregunta cuál es el interés en adjudicar a la madre del pelotero  Luis Aparicio algo que no le correspondió.
Quien no entienda inglés se perderá la extensa pregunta (sin subtítulos) que a Felipe le hace un periodista angloparlante y a la cual responde en “maracuchian inglish”: “¡Néber!”.
 La incorrección política de su suegra marcó y mancó la trayectoria del cantante y en la peli se alude a no tocar nada político. E inexplicablemente no se toca.
Entre otras carencias narrables, no hay referencia al músico Juanito Arteta, personaje muy vinculado al comienzo de la vida artística del cantante.
La escena del asesinato en la playa resulta narrativamente artificiosa y mucho más los golpes de pecho y el grito “¡Yo soy Felipe Pirela!”.
Nada sobre el indulto nunca concedido que alguna vez solicitó el cantante al gobierno de turno para poder regresar al país.
De todo esto, lo importante es que Felipe sigue ahí y que cada vez sabemos más de él. Como el bolero, su existencia es ya parte de los mitos venezolanos. Su corta pero incansable y vertiginosa carrera ha contribuido a convertirlo en el ídolo irrepetible que es hoy y así permanecerá en la memoria cultural, atado al bolero como si fuera su par.
Quizás parezca a algunos poco interesante, pero  su verdadera fecha de nacimiento ha sido ya aclarada. Tengo en mi archivo una copia de su partida de nacimiento que amablemente me remitió hace poco una joven admiradora suya (Darimar García, a quien en agradecimiento dedico esta duda melódica) y en la que se indica que el bolerista nació realmente el 3 de septiembre de 1940 y no un año después como se creía (04-09-1941).

Desde el 15 de septiembre de 2012, Pirela reside para siempre en el Panteón de los Zulianos Ilustres.

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Publicado originalmente en www.contrapunto.com (24 de enero de 2016).
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Terconomía y ciencia infusa, difusa, confusa



Sobre el discurso de algunos economistas,  la necesidad de aprender que la inflación no existe y la novedosa agri-cultura urbana

Me suele comentar mi tía Eloína que desearía conocer a algún economista que reconozca que se ha equivocado alguna vez en sus aseveraciones, casi siempre hiperinfladas. En son de chanza, los categoriza como “terconomistas”. Le he dicho que no puede generalizarse porque conocemos también profesionales de esa área que son prudentes y muy ponderados en sus juicios acerca del modo como se mueven los números y las variables; sin embargo, ella no deja de argumentar lo contrario. Algunos de los que suelen estar en las páginas de la prensa siempre —insiste—, en todas partes, independientemente del escenario, de la tendencia, de la escuela en que hayan estudiado, lucen sapientísimos frente al resto de sus colegas. Ninguno mira hacia lo micro; cada cosa la explican con base en lo que en estos tiempos funestos llaman macroeconomía recesiva. Y nosotros, los mortales, los consumidores del día a día, padeciendo los rigores de las teorías keynesianas, smithianas, marxistas o lo que sea que fueren.

Quién duda sobre la existencia de economistas que  parecieran ser activos fijos circulantes, que viven hablando de lo pasivos que son los políticos y los funcionarios para sacar cuentas corrientes y amortizar decisiones que de verdad incidan en la balanza de pagos de los bolsas (de valores) que a diario hacemos colas para conseguir algún producto básico.
Hay entre ellos los que declaran como si la gente no existiera; solo ven números, curvas, precios, índices, deflaciones, para lo que se valen de una terminología que la población no siempre entiende. A veces sueltan ante los periodistas floripondios verbales como “la inflación actual es producto de una mal administrada balanza de pagos cuyo origen reposa en la impresión de volátil dinero inorgánico”. Cada vez que escucho algo así, suelo bromear con mi parienta: “¡no le entendí nada, pero de que habla bien, habla bien!”. Sin embargo,  cuando uno charla con otros, de cerquita, sin pantallas ni micrófonos por delante, entre palo y palo, pues se sinceran y de verdad sacan a relucir sus verdaderos sentimientos. Padecen y sufren como el resto de la gente los embates de la demanda sin oferta, la corrupción (que nadie niega pero tampoco corrige) y las divisas que no se divisan.
Pero esto no significa que el léxico, la movida y los vericuetos de la economía sean privilegio exclusivo de quienes acudieron a la universidad a diplomarse y desplumarse las neuronas en esa área. Quien conozca la historia de nuestras últimas cinco décadas gubernamentales podría testificar que, en lo concerniente a finanzas, economía, banca y áreas afines, hemos tenido ministros, ministricos, ministrones y menestras ajenos a la economía como profesión pero algunos de ellos cercanos al modo como se deben llevar las cuentas de un país y cómo se mueven los salarios en un hogar convencional.
 Sin embargo, los seres cotidianos que somos jamás habíamos escuchado ni leído a funcionario alguno expresar, primero, que “la inflación no existe” y, segundo, que si usted acude a comprar algo y los precios han subido, se trata solo de un aumento pero no de inflación.  Algo parecido ha escrito el neoministro Salas que dejó a muchos estupefactos Nos hizo recordar unas declaraciones similares de un exvicepresidente argentino (Julio César Cleto Cobos), quien en una conferencia de prensa del año 2006 expresó lo siguiente: "Siempre estará en la gente la sensación de inflación. Es como la inseguridad, uno puede disminuir los índices del delito pero la sensación, como es acumulativa, seguirá estando". Posiblemente en eso se inspiró el nuevo ministro.
Quiere decir que los venezolanos llevamos varios años viendo crecer un fenómeno inexistente, fantasmal, imaginario, etéreo,  marcados por una vulgar y palurda sensación que, a pesar de que cada día pagamos más y ganamos menos, solo tiene vida en nuestras cochambrosas y desajustadas mentes de mundanos materialistas. De esto puede concluirse entonces que la economía es parte de la ciencia ficción o, por lo menos, de la difusa y confusa ciencia infusa, asunto que desconocíamos.
Súmele usted otra idea de la también neoministra de Agricultura Urbana, quien, en un intento por  paliar un poco la referida sensación colectiva, lanza como primera propuesta de Estado “la gran cayapa de la siembra” y, sin pestañear aduce que podemos comenzar haciendo magia hogareña, buscando “un balconcito, una botella vacía vieja, una latica…” en los cuales podamos sembrar: “…compramos una cebolla —ha recomendado con total seriedad—, aprovechamos el follaje y el bulbo lo sembramos”. Ante tal asombro, Eloína ha exclamado en latín maragocho: “¡Ave, ministera, in mano tua non commendo spiritum meum! Olvidó decirnos cómo conseguir la cebolla para ejecutar tan generoso consejo. Y si se tratara de sembrar granos, pues mejor ni pensarlo.

 Después de tales ocurrencias, mi tía ha aceptado que a partir de ahora habrá de quitarse el sombrero y dejar de hacer bromas con los expertos en economía, a quienes tanto ha criticado pero que, se les entienda o no su a veces rebuscado vocabulario, saben lo que dicen, lo que aconsejan y lo que pronostican. Siempre argumentan “vendrán tiempos peores”. Y mire usted que de verdad llegan. 
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Publicado originalmente en www. contrapunto.com (17 de enero de 2016)
Imagen aportada por Contrapunto

Curulazos y parlamentadas



Reseña de mi tía Eloína sobre el acto de instalación de la nueva Asamblea Nacional

Hasta cuándo habrá que recordar a los hablantes públicos que la lengua es un retrato a través del cual nos miran, nos enjuician y nos valoran los demás. A juzgar por los últimos acontecimientos nacionales —en los que declaraciones van y declaraciones vienen—, muchos de los políticos y funcionarios de nuestro patio ignoran esto cuando actúan lingüísticamente para  miles o millones de personas que los están escuchando y —sin ser profesores— evaluando cada palabra que sale de sus labios.
Mi tía Eloína, que tiene fama de obstinada y sempiterna cazagazapos, no suele ver programas de la tele en vivo ni noticieros porque se vuelve histéricamente histriónica cada vez que se percata de que algún personaje “importante” se comporta verbalmente como si estuviera charlando y tomando cerveza debajo de una mata de mango. Sin embargo, el pasado martes cinco de enero (¡de este año 2016!)  se sentó muy temprano a ver la tele. Imposibilitada de salir a la calle debido a su figuración en la “cuarta edad”,  intentaba enterarse del modo  como transcurriría la toma de posesión de los nuevos integrantes de la Asamblea Nacional. Resumo sus comentarios.
Más allá de lo fonético y de unas cuantas sílabas comunes, el verbo “parlamentar”  no mantiene ninguna relación semántica con “lamentarse”, aunque algunos de nuestros diputados presuman intuitivamente que ambos son familia. Cuando alguien parlamenta, pues podría decirse que charla, conversa, manifiesta, expresa. Y, muy importante, respeta. Mas cuando alguien se lamenta, eso podría implicar varias cosas: que se queja, protesta, gime, lloriquea, maldice, gruñe, entre otras. Y se puede llegar al irrespeto, a poner la torta, a comportarse como si estuviera en una clásica reunión de condominio.
 Independientemente del número de curules de cada bancada, un Parlamento no es para comenzar sesiones con una quejadera insostenible. De otro modo, el presidente de turno debería anexar al micrófono un quejómetro que registre las veces que algún integrante del cuerpo lance un quejido y, así como se limitan los minutos de cada intervención,  tal vez hasta debería existir también un número máximo de llantenes aceptables por sesión. Manifestar desacuerdo nada tiene que ver con arrebatar el micrófono a alguien o andar de brinquito en brinquito cada vez que surja alguna desavenencia. Y mucho menos si antes se ha desempeñado alguna función pública. Tener legítimo derecho a una curul, no autoriza a caerle a curulazos al vecino, ni siquiera cuando este se muestra como un energúmeno.
Desde el punto de vista gubernamental, el Parlamento (con mayúscula) es un lugar donde debe privar el mayor de los respetos entre sus integrantes. No debería simular una gallera en la que cualquiera que no esté de acuerdo con algo decida “botar tierrita y no jugar más”. Porque no es un espacio de juego ni de recurrente lamentadera y/o mentadera. Los electores no acudimos a las ánforas de votación a elegir a candidatos que, por creerse pleitistas, acuden a las sesiones de la Asamblea Nacional a protestar y enfurruñarse por cada movimiento de cejas del supuesto adversario.  La acepción con que el Diccionario de la Lengua Española (DLE) define el vocablo “pleitista” (o “pleitisto”, como se dice en algunas regiones americanas)  debe tenerla siempre presente quien, para bien o para mal nuestro,  intenta representarnos ante el Congreso: “adj. Dicho de una persona revoltosa y que con ligero motivo mueve y ocasiona contiendas y pleitos”.  
Tampoco es aconsejable la confusión fonética entre parlamentar y “parlamentada”. No se acude a un parlamento a parlamentársela a quienes están en una posición distinta. Un parlamentario no es un parlamentador o evocador recurrente de la progenitora del contrario. Escuchar, por ejemplo, que un señor diputado muy poco señorial, en plena Cámara y ante las ídem,  se precia de tener “cojones”, constituye una abierta, grosera y descarada ofensa para quienes estamos recibiendo su “mensaje” por algún medio radiofónico o audiovisual.  Es el mismo que, además de autoproclamarse en una declaración posterior como defensor de los “sin tierra, de los descamisados y de los sin techo”, debió también haber incluido en su intervención a los “sin corbata” (Louis Vuitton).
Mi ya anciana tía sugiere además que en cada sesión algunos reputados diputados dediquen unos minutos a tomar clases de pronunciación adecuada del español, a fin de aprender que, entre muchos otros, no son formalmente adecuados a ese contexto los usos distorsionados de palabras como “eligir”, “diknidat”, ”preveer”, “directol”, “suidadano” y “plantiamiento”.  Que vocablos como “¡carajo!” y “chulo” no encajan en un espacio como ese y que el apellido del intelectual brasileño de nombre Darsy es Ri-bei-ro (y no “Ribero”).
Finalmente, en cuanto a normas de cortesía y de trato considerado hacia los demás, a quienes no tienen mínima idea sobre la dinámica y la conducta adecuada durante las sesiones parlamentarias, quizás sea recomendable aconsejarles una lectura detenida del Manual de Urbanidad y Buenas Costumbres,  de Manuel Antonio Carreño. Nunca está demás. Tampoco lo estaría un recordatorio referente a las formas lingüísticas y retóricas inherentes a la formalidad, dignidad y lenguaje propios del recinto. En el lugar donde se hacen las leyes, la ley debe comenzar por casa.



Nota: Publicado originalmente en www.contrapunto.com (10 de enero de 2016)
Imagen: diputados de ambas tendencias "discuten" durante el acto de instalación de la Asamblea. Fotografía: EFE / Miguel Gutiérrez

miércoles, septiembre 30, 2015

BIFRONTES DE LA FRONTERA


Las zonas fronterizas no constituyen áreas excepcionales ajenas a las legislaciones de los países colindantes

Suele bromear mi tía Eloína manifestando que aquellos que habitan en la geografía de una frontera tienen dos lugares donde pernoctar y también donde caerse muertos. Podrían ser catalogados de bifrontes o bicéfalos. Quizás hasta les valgan dos nacionalidades, los motiven dos maneras de ver el mundo y, si las leyes lo permiten, es posible que los que tienen vocación de bígamos puedan reposar en dos casas “principales”, una allá, la otra acá. Sencillamente, porque también es casi seguro que su familia se reparta entre los dos territorios colindantes. Aunque política y gubernamentalmente no lo sea, la frontera podría parecerles, en consecuencia, un territorio autónomo, distinto y muy particular.  Por sus neuronas deambula la sensación de dos sitios a los cuales aferrarse, dos patios de pertenencia.
 No obstante, una cosa es eso y otra que con tales excusas cultiven la creencia de que como colectivo son dueños y señores del territorio en el que moran y, por lo tanto, pueden arrogarse el derecho de tener su propia dinámica legislativa. En mi infancia solía escuchar que, por ejemplo, los guajiros no se sienten ni venezolanos ni colombianos. Simplemente son guajiros y hasta se comentaba que tienen sus propias leyes. Nunca me quedó muy claro, pero eso era lo que se murmullaba incluso en la escuela.
Esta y muchas otras reflexiones han movido la sesera de mi parienta nomás enterarse de que buena parte de nuestros fronterizos tachirenses han sido sometidos a lo que legal y constitucionalmente se conoce como  estado de excepción. Arguye ella que no le parece nada novedoso debido a que toda zona fronteriza es, de uno u otro modo,  siempre excepcional. “La gente de la frontera es diferente —expresa—  no se siente ni de aquí ni de allá, pero son de ambos lugares.”  Y hasta ahí la he escuchado porque si bien sentí-mentalmente eso es cierto no procede igual para otros asuntos. En el caso que remueve la opinión pública venezolana en estos días, hay que recordar que cuando habitan,  conviven o se pasean  del límite hacia acá los fronterizos (tachirenses, apureños, amazónicos o zulianos) deben regirse por los mismos preceptos que norman al resto de los venezolanos. Y lo mismo vale para Colombia.

Dígase lo que se diga, no hay razones para que, a partir de una supuesta relación mental de independencia para con el resto del territorio, esos espacios se conviertan en pasarelas comerciales que en estos tiempos aciagos, inciertos y desorientados permiten comprar aquí a precio de “bolívar-más –que-devaluado-hoy” y vender del otro lado rigiéndose por la fluctuación que diariamente les ofrece “dolartudéi”. Parece que al menos en eso  somos bastantes los que coincidimos, principalmente quienes estamos hartos de hacer colas en los supermercados, por cierto, más de una vez infructuosas y traumatizantes. Y en esto incluyo a muchos tachirenses que, paradójicamente, a veces deben trasladarse a otras regiones internas o externas a hacer mercado para sobrevivir, incluidas las ciudades colombianas más cercanas al Táchira, como Cúcuta, Bucaramanga, Floridablanca y Girón.
Independientemente de posiciones xenófobas, más allá de chovinismos tontos, habrá que enseñar en los colegios  la diferencia entre frontera y bachaqueo, o entre fronterizo y bachaquero. Todo el que alguna vez haya visitado el Táchira ha escuchado de la existencia de unas relaciones comerciales que, por lo menos en los últimos años, no son las normales entre dos países vecinos. Nos  comentaba alguna vez un taxista del municipio Ayacucho que lo que pasa camuflado por las vías oficiales es una minucia si se compara con lo que fluye por las miles de trochas que desde antaño han venido abriendo los bachacos de este y de aquel lado. Y si tal creencia popular es vox populi, deben considerarlo también aquellos a quienes se ha asignado la misión de ser custodios de la frontera.
De ahí que lo que se pregunta porfiadamente mi parienta es si era necesario llegar a la actual situación de indigencia en que estamos los mortales ciudadanos de a pie (los que vivimos de pírricos sueldos en bolívares), para alborotar un avispero que existe desde los tiempos de Maricastaña. Frenar el contrabando entre Venezuela y sus países vecinos ha lucido como una necesidad desde hace mucho tiempo. Tanto de allá para acá (que lo ha habido) como de aquí para allá, pero, ojo,  independientemente de lo que se contrabandee.

Sin embargo, ya están montados tanto la medida gubernamental como el zipizape mediático.  También es bifronte y bicéfala la opinión acerca de si tal medida procedía o no en este momento: tiene dos caras y dos cabezas. La de aquellos que, sin ser políticos ni funcionarios ni militares,  la aplauden y hasta ruegan que se la aparte de  lo político-electoral y se extienda hasta cada lugar del país donde haya cuevas de bachacos. El otro rostro argumenta acerca de “derechos” y otras aristas otorgados por la tradición. Pero derecho a explotar a la población no debería tener nadie, venga social, política o económicamente de donde venga. Lo que sería lamentable es que el guirigay actual no pase de ser un sarampión que se desvanezca apenas los encuestadores electorales, quienes de alguna manera también bachaquean de vez en cuando con la opinión,  decidan que es tiempo de que la fiesta fronteriza continúe como si nada hubiera pasado. 
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Publicado originalmente en www.contrapunto.com (30 de agosto de 2015)
Foto: aportada por Contrapunto.
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APALANCANDO VAMOS Y VENIMOS



No importa de qué se trate, hasta para  los asuntos más cotidianos, buscamos un “punto de apoyo”, una palanca.
En algún rincón de mi infancia en Los Puertos de Altagracia, se escuchaba hablar de la existencia de un mítico filósofo llamado Arquímedes Nemesio Montiel Oldemburg, originario de la zona de El Mecocal (que ahora es un pueblo, pero en aquel tiempo constituía apenas un caserío). A propósito de ese señor imaginario, también se rumoraba en las conversaciones de botiquín que era filósofo autodidacta y que había sido el autor de la expresión “si me necesitáis como palanca te consigo lo que vos queráis”.

Es obvio que el origen de ese cuento provenía  de la paráfrasis local de la sentencia “dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”, atribuida precisamente al matemático griego Arquímedes de Siracusa. El Diccionario de americanismos (2010) extiende el significado  de la palabra palanca hacia la mayoría de los países de Hispanoamérica. Al respecto indica: Persona influyente que puede ayudar a alguien a obtener algo, especialmente un puesto público”.  No obstante, ya es simplemente una voz del español general, aunque El Diccionario de la lengua española (DILE) se queda cortísimo en la noción figurada que utilizamos por estos lados: intercesión poderosa o influencia que se emplea para lograr algún fin.

Lo cierto es que el apalancamiento se ha desperdigado por todos los rincones del idioma español mediante un amplio abanico de acepciones.  Dice mi tía Eloína que no hay lugar en este continente donde no se entienda que “buscar,  tener o acudir a una palanca” implica valerse de alguien (a veces de algo) para lograr algún objetivo por los caminos verdes (y también por senderos de otros colores).  Un punto de apoyo en lenguaje popular y  silvestre es sencillamente una palanca. Nada diferente de “ayudita”, “favorcito”, “intermediación”, “influencia”, “trácala”, “trampa”, “empujoncito” y muchos más sinónimos.

No importa la naturaleza de lo que busquemos obtener, en cada esquina, en todos los ámbitos, en cualquier circunstancia,  sea influyente o no, hay alguien agazapado esperando por nosotros para ofrecernos ayuda o intercesión hasta para ir al baño. Y esa “colaboración”, naturalmente tiene un costo, vale dinero, o podría significar otro favor como retribución, pero generalmente implica alguna deuda que no siempre será de gratitud.



Poco a poco, a veces  sin darnos cuenta, o dándonos más de la que debíamos, Venezuela se ha sumergido irremediablemente en el reino del palanquismo. Se nos ha vuelto una costumbre cotidiana. Acudimos a la aseveración de Arquímedes para cualquier asunto, pequeño, mediano o grande, intenso o extenso, nimio o grave: desde comprar productos básicos en un supermercado hasta obtener un cargo para ministro o diputado, e incluso para conseguir una cita en alguna dependencia pública o privada. La vida se nos ha convertido en la búsqueda recurrente de puntos de apoyo y el recurso ya  no distingue clases sociales, rangos de escolaridad,  edad, sexo, color de piel o religión. Todos, todas, toditas, toditiquitos nos hemos convertido en amantes del procedimiento. 


Cualquier persona acude al recurso de marras, independientemente de la facilidad o dificultad que requiera un trámite, una compra, una diligencia, la búsqueda de un documento, de una medicina, de un cargo, o de lo que sea. Eso ha hecho más que frecuentes entre nosotros frases como “hacer el quite”, “hacer la segunda”, “tener un contacto”.  De modo que, cuando ilusoriamente creíamos que comenzábamos a salir de la oscurantina y a volvernos un país decente,  pues ha ocurrido exactamente lo contrario. Por obra y (des)gracia de la actual situación nos hemos convertido en mucho más “palanquistas” de lo que éramos. Diversas estrategias se ponen en movimiento cuando se trata de lograr un objetivo, más allá de que con ello atropellemos a los demás o transgredamos alguna norma. Para ello, no es raro apreciar ciertos  valimientos, como por ejemplo,  la cojera ficticia, los falsos embarazos, las canas, la ancianidad,  las cicatrices, las heridas inventadas, los bebés en brazos, los senos operados, o cualesquier otros “ingeniosos” recursos. 

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Publicado originalmente en www.contrapunto,com (16 de agosto de 2015)
Imagen: Google images
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Pensar en masculino / hablar en femenino



Eliminar el tratamiento masculino no acabará con la discriminación ni favorecerá la visibilidad de la mujer

Hace varios días nos topamos en las redes sociales con una noticia que ha vuelto a traer a la palestra pública el tema de lo femenino y la visibilidad social de la mujer, esta vez del otro lado del Atlántico. Venía de la población española  de Corvera, en el Principado de Asturias. Algunos  concejales o candidatos a serlo se dejaron de medias tintas y decidieron cortar por lo sano en eso del feminismo-leninismo. Manifestaron a través de los medios que  habían decidido  eliminar radicalmente de sus comunicados oficiales e intervenciones públicas el tratamiento masculino. Eso implica que —independientemente del sexo del hablante o de su(s) destinatario(s)—  solamente se dirigirán a los otros y otras y aludirán a sí mismos en femenino. Ignoramos cómo van a lograrlo porque, aparte de lo titánico, absurdo y caricaturesco de la tarea,  raspar sin anestesia el tratamiento masculino de la lengua española sería como arrancar de cuajo una importante porción de la realidad.  


Uno de los proponentes de tal disparate ha dicho que ya lo hace y que cada vez que habla en público,  solo utiliza la autorreferencia de  “nosotras”, incluyéndose, aunque, al menos de acuerdo con su apariencia, el autoaludido  es hombre macho varón.  Naturalmente que debe haber confundido a más de un escucha porque, de seguir refiriéndose a sí mismo de esa manera, finalmente no se sabrá si él es gavilán o paloma. Mi tía Eloína considera que —como diría Amaranta, personaje de la novela Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez— los ediles corvereños  están “confundiendo el codo con las témporas”. Primero, porque lo que proponen no eliminará el tratamiento masculino del español. Y, segundo, en el supuesto negado de que lo logren, será bastante confuso que, independientemente de lo que seamos, la totalidad de los hispanohablantes tengamos que asumir el “nosotras” a la hora de comunicarnos. De broma no se les ha ocurrido sugerir también que, para terminar de poner la cantada, todos nos dispongamos a aludir a los demás como “ustedas” o “vosotras”.

 ¿Qué significará hablar solo en femenino? ¿Que yo diga o escriba, por ejemplo,  “nosotras, todas las columnistas de Contrapunto somos hembras y varones”? ¿O que aludamos siempre a nuestras lectoras, interlocutoras, oidoras, etc., y desconozcamos la existencia de los caballeros que tienen la gentileza de acercarse a nuestros garabateos? Siguen ignorando todas las “proponentas” masculinas y femeninas  de estas  cosas absurdas que la realidad no cambiará solo con que practiquemos propuestas incoherentes,  más cercanas al ocasional populismo político que a la mejor y muy merecida visibilidad social y política de las damas. Más bien, en muchos casos, ayudarían a generar caos y desarticulación.


Para nada podría resultar discriminatorio que yo mismo, el autor de estas líneas, continúe comportándome lingüísticamente como lo he hecho siempre y aludiéndome con el género masculino, al que también tengo derecho de acuerdo con las reglas gramaticales y comunicativas de mi idioma nativo. De aceptar el cambio propuesto, terminaré confundiendo a mis hijos, a mi esposa,  a toda mi familia, amigos, alumnos, colegas, que no se tomarán tan sencillamente esto de que he cambiado de género gramatical para aludirme a mí mismo. No entienden los propulsores de estos asuntos que género y sexo son dos conceptos completamente distintos y que en todas las lenguas del universo hay palabras para lo femenino y los masculino, aunque gramaticalmente solo se marque en un porcentaje de ellas. Algunas diferencian, además, otros tipos de género gramatical, por ejemplo,  el neutro. En cuanto a lo biológico, cada quien está en libertad absoluta de integrarse al bando sexual que mejor le cuadre, de acuerdo con su visión del mundo y sus condiciones mentales y genéticas. Eso nadie lo discute y es harina de otro costal. Pero aspirar a trocarnos a todos en “todas” de un plumazo podría terminar volviendo peor el remedio que la enfermedad.  Ni tan calvo ni con dos pelucas, pues.

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Publicado originalmente en www.contrapunto.com (9 de agosto de 2015)
Imagen: Google images
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BACHAQUEROS EMBRAGUETADOS



Acerca de las “braguitas” color naranja que habrán de vestir los vendedores informales de Puerto Cabello

Mi tía Eloína no cesa de repetir que llevamos algún tiempo viviendo en un país al revés. Como si un día alguien con el poder suficiente para trastocar las bases fundacionales del territorio hubiese decidido poner todo en reversa y modificar de esa manera la visión que tenemos del universo, voltearnos de modo que siempre estemos mirando hacia abajo, comiendo hacia afuera, caminando de cabeza, para no citar otras imágenes tan gráficas como impactantes.


Y así vamos (con el esqueleto por fuera y la musculatura por dentro), cuando de pronto nos topamos en la tele con una curiosa declaración del actual alcalde de Puerto Cabello.  El burgomaestre  hizo pública para todo el país su resolución según la cual  ha concebido una sanción ejemplarizante que busca castigar el bachaqueo con penalizaciones  de película. Todo buhonero que fuere pillado vendiendo en algún puesto callejero y a precios exorbitantes productos regulados será  catalogado como infractor y, en tal sentido, obligado a ofrecer algún servicio comunitario. Pero… además de ponerlo a exhibirse públicamente, debería vestirse con una braga de color anaranjado chillón “para que todo el mundo visualizara — dijo el alcalde— la ilegalidad de sus actos”. Una posibilidad de ejecución de tal castigo sería, por ejemplo, barrer en la misma zona donde se haya cometido la infracción. 

Varios  funcionarios municipales indagan además acerca de la llamada bachaquería virtual. Es decir, día y noche se dedican a pescar en el río revuelto de las redes sociales a quienes no se aposentan en las calles sino que distribuyen los productos a través de los anaqueles de la Internet. “Nosotros como gobierno —ha expresado enfáticamente el gobernante— iremos hasta las casas de los revendedores de productos por Facebook para ponerles (también) la braguita naranja.”  Adicionalmente, ha solicitado a los medios locales espacios en las páginas iniciales de los diarios, a fin de que se exhiban las fotografías de los castigados en el cumplimiento de la penitencia.

Según un viejo dictamen popular venezolano, justamente porque vamos en contrasentido, somos expertos en hacer girar las normas que nos desfavorecen para ponerlas de nuestra parte. Pues precisamente eso ha ocurrido con el edicto de marras.  Comentan algunos habitantes de la comarca portocabellense que, curiosamente,  la mayoría de los comerciantes informales masculinos del lugar ha aceptado sin muchos titubeos la propuesta del alcalde, porque, según ellos, la sanción podría servir igualmente de recurso publicitario para aumentar  posteriormente las ventas.  

En consecuencia, mi parienta se atreve a ofrecerle un sano consejo al jefe del ayuntamiento de donde emanó el edicto.  Imagine usted  qué ocurriría  si se  hubiese aclarado en tan singular proclama municipal  que la palabra “braga” no tiene un único significado en español. De acuerdo con el Diccionario de Americanismos (2010), en Venezuela significa “prenda de vestir de una sola pieza que consta de cuerpo y pantalón…”. No obstante, según el Diccionario de la lengua española (DILE), el mismo vocablo tiene, entre otros,  un significado que no es nada masculino y que seguramente desconocen los alegres comerciantes informales: “prenda interior femenina…”. Es decir,  lo que en Colombia, México y Venezuela, no  llamamos bragas sino pantaletas.


Sigamos imaginando y pensemos en la foto en primera plana de un buhonero de esos que se consideran hombres machos varones masculinotes haciendo labor de jardinería en un espacio público, vestido solamente con unas diminutas braguitas anaranjadas. Dicha alternativa ofrecería además la posibilidad de que las imágenes sean puestas a circular por las redes sociales en las cuales los infractores anuncian sus productos. Para las damas buhoneras, obviamente el recurso deberá ser otro. Quizás proceda vestirlas,  a ellas sí,  con bragas de mecánico cerradas hasta el cuello y bien anchas, para evitar malentendidos; ellos, al contrario, con las otras, chiquiticas, para que les dé vergüenza mostrarse de ese modo. Más ejemplarizante, imposible. Y el hecho hasta podría servir de atractivo turístico.

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Publicado originalmente en www.contrapunto.com (2 de agosto de 2015)
Caricatura de Contrapunto: Rodolfo Linares
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TUITERATURA



Algunos géneros literarios breves y la dificultad para ubicarlos todos en una misma categoría

Lo breve está de moda y —parafraseando al jesuita y escritor español Baltazar Gracián— si dos veces breve, más de moda todavía. Literatura en pastillas podría decirse de esos nuevos recursos de que se han valido y se siguen valiendo algunos escritores. Y cuando se habla de esto, se alude, por ejemplo, a las muy sucintas y certeras pinceladas humorísticas a las que don Ramón Gómez de la Serna (1888-1963) llamó “greguerías”.  Vaya de ejemplo la siguiente: “Abrir un paraguas es como disparar contra la lluvia”.

Suele decirse que el célebre y reconocidísimo médico griego Hipócrates utilizó por primera vez algunas expresiones muy similares a lo que conocemos como aforismos.  Y, en teoría, todo aforismo es una expresión brevísima, concisa, coherente y exacta; es decir, tan clara y concreta que no deja lugar a dudas sobre su significado. Hay varios escritores venezolanos practicantes del aforismo, pero de momento, permítaseme resaltar la maestría que a ese respecto demostró don Julio Garmendia (1898-1977). Baste uno solo para paladearlo: "Las comedias están lejos de ser la realidad, pero la realidad no está muy lejos de ser una comedia."

En el terreno movedizo que es la literatura contemporánea —además de los aforismos y las greguerías—, un axioma, una sentencia, un adagio, un apotegma y hasta un refrán pudieran también ser apreciados como textos de creación literaria, siempre que de ese modo sean interpretados por la persona que los lee.

El poeta venezolano José Antonio Ramos Sucre (1890-1930) publicó un interesante inventario de textos de esta naturaleza que, aunque hacen honor a su ingenio, pocos los consideran como parte de su poesía. Los llamó “granizadas”. Un chispeante botón de muestra: “Los apellidos ilustres son patentes de corso.”

 No han sido Garmendia y Ramos Sucre los únicos autores nuestros dedicados a practicar este tipo de expresiones que a veces hacen dudar a algunos sobre su carácter literario.  Un buen inventario de autores y autoras ha sido compilado por la profesora Violeta Rojo en el libro Mínima expresión. Una  muestra de la minificción venezolana (Caracas: Fundación para la Cultura Urbana, 2009). Allí, la compiladora recoge ejemplos, publicados entre 1925 y 2009, de 98 autores y 16 autoras. Un repertorio bastante amplio que demuestra plenamente nuestra afición por esa incierta categoría de los formatos cortos. Podría decirse que hay en ese libro de todo como en botica: textos que van desde la similitud inevitable con el aforismo, la greguería, el refrán, el adagio, el axioma, la granizada, el apotegma o la sentencia, hasta los que pueden ser considerados minicuentos o micropoemas.


 Ahora bien, ¿cómo categorizar en español tan variada gama de formatos mínimos con una voz genérica que abarque todas las posibilidades existentes y por venir? Literatura brevísima no dice mucho al respecto. Lo breve puede ir desde una palabra a varias cuartillas. “Hipocratura”, para hacer honor al médico griego, sonaría a textos escritos por hipócritas. Descartadas ambas. Aunque incomode a algunos puristas catatónicos, podríamos agrupar tales formatos bajo un término que suena bastante coherente y razonable: tuiteratura. Es patente su parecido con las exigencias y rigores lingüísticos del tuiteo, aunque algunos de los ejemplos citados y muchos otros ni siquiera alcancen los ciento cuarenta caracteres y otros apenas los sobrepasen. Para darle más fuerza a este argumento, es preciso recordar que, además de tuiteo, las palabras tuit, tuitear, y tuitero(ra)  ya forman parte de la más reciente edición en papel del Diccionario de la lengua española (DILE).

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Publicado originalmente en www.contrapunto.com (26 de julio de 2015)
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Horroris causa



Habrá quienes toda su vida se negaron a seguir estudiando e investigar y en su poco productiva labor de activos o retirados esperan ansiosos la generosa pluma rectoral que les firme sin pausa su Honoris


El consumado bromista y recordado escritor venezolano Oswaldo Trejo (1924-1996) solía chancear diciendo que, llegada la persona a eso que podría denominarse la cuarta edad, los homenajes resultan, sin duda,  un estímulo, pero también un anuncio de otros aconteceres. Hay que cuidarse de ellos —decía sonriendo— porque a su vera suele asomarse de manera invisible la Parca.  No hay que buscarlos, pero tampoco rechazarlos, argumentaba al respecto el inolvidable maestro y amigo don  Oscar Sambrano Urdaneta (1929-2011).

Se homenajea a una persona porque ha acumulado méritos que la hacen acreedora del reconocimiento. La iniciativa puede partir de un grupo familiar (a un abuelo muy provecto y responsable o a una madre dedicada,  por ejemplo), de una comunidad profesional (a alguien destacado por su trabajo), de una institución (a miembros que lo ameriten) y un largo etcétera.

Las alabanzas y loas que por cualquier motivo no hemos recibido durante los años productivos, si es que algo produjimos, parecen más requeridas en lo que mi tía Eloína llama la “septalescencia”. Un curioso y senil duende —arguye mi parienta—nos hace creer que después de determinada edad  las merecemos todas. No le falta razón, aunque también hay que decir que a veces es un rasgo más de la personalidad que de los años que carguemos a cuestas. Todos hemos conocido personas avanzadas y no tan avanzadas en lustros que se han convertido en auténticos “cazalauros”. Apenas escuchan la palabra homenaje se les alborotan las hormonas de la vanidad. Nunca olvidaré a un conocido folclorista que hace años se dedicó él mismo a recoger firmas para autoproponerse como candidato al Premio Nacional de Cultura Popular. No se lo dieron ni se lo han dado todavía, pero su intento hizo el pobrecito. Tampoco escasean los que viven inventando celebraciones de esta naturaleza para otros, por lo general, recurrentes anotadores de cuándo se cumplirán los cien o doscientos años de fulano o zutana.

Las loas hay que agradecerlas, es verdad. No dudar de ellas cuando realmente son fruto de la sinceridad, de la espontánea reacción de quienes las promueven y por algún motivo te quieren bien. Sin embargo, desde hace tiempo se ha venido observando una tendencia latinoamericana a convertirlas en un recurso político o publicitario. Se las otorgan a veces a conmilitones que por cualquier motivo andan de capa caída, a compañeros de partido o de facción cuya figura pública parece necesario reforzar. O, incluso, a quienes, ejerciendo alguna pasajera actividad literaria o de otra naturaleza, se les notan demasiado ciertos vacíos en lo que pudo haber sido y no fue su trayectoria escolar.  No obstante, si algo desvirtúa evidentemente un halago es que el mismo provenga de la lástima.

Pero la “elogiofilia” ha proliferado no solo en el ámbito político o público sino también en el universitario. Ciertas instituciones parecieran haber perdido la brújula al convertir el “homenajeo” en himeneo. Verbigracia, algunas no cesan de repartir como arroz los llamados doctorados Honoris Causa. Y, claro, la distribución indiscriminada y a veces poco reflexiva podría desvirtuar lo que en otro momento sería visto como un auténtico gesto de recompensa a una labor. Habrá quienes toda su vida se negaron a seguir estudiando e investigar y en su poco productiva labor de activos o retirados esperan ansiosos la generosa pluma rectoral que les firme sin pausa su Honoris. Existen también quienes murmullan que los detestan pero en su fuero interno se enorgullecen de acumularlos en su hoja de vida profesional cuales barajitas de béisbol. Hacen lo que sea para obtenerlos. En fin, hay de todo en esta viña del señor que son los halagos académicos.

Es una especie de fiebre contemporánea que ha invadido diversos espacios. Independientemente de la categoría de tales lauros, se cotillea de algunos que incluso se pelean entre ellos por tomar la delantera en sobar el hombro a alguna personalidad relevante del mundo literario, económico o político. Convierten aquello en una silvestre y nada reconfortante competencia que puede mutar la gracia en morisqueta. Horroris causan con tan evidente y ocasional chupamedismo.

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Publicado originalmente en www.contrapunto.com (19 de julio de 2015)
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