miércoles, noviembre 15, 2006

Renato Rodríguez, topo de la narrativa venezolana





Renato Rodríguez ha sido en mi labor de escritor e investigador de nuestra literatura un autor y personaje infaltable desde que leí su primer libro (Al sur del Equanil, 1963). Siempre he considerado que pudiera ser el escritor venezolano más sortario de todos, por cuanto ha tenido la dicha de personificar una luminosa vida de narrador casi clandestino que al mismo tiempo pudiera ser útil para contextualizar una excelente novela de aventuras. No tuvo necesidad de inventarse persecuciones, exilios o censuras para tener algo que contar. En esto lo comparo con otros dos autores nuestros que padecieron de similar síndrome, aunque en distintas direcciones: Julio Garmendia y Rafael Bolívar Coronado.
Admirado desde hacía tiempo por lo que para mí y para mi tía Eloína había significado esa magistral novela, estuve indagando hasta que lo pude conocer personalmente en 1985, en Mérida (por intermedio de ese otro infatigable y urticante escritor que es Alberto Jiménez Ure) y luego alternamos un par de correspondencias. En esos días me percaté de que en verdad Renato semejaba la estampa de un personaje de sus propias novelas. Perdí su pista personal, mas no literaria, una vez que tomó la decisión de mudarse al estado Aragua, donde lo encontró en el año 2006 el Premio Nacional de Literatura.
Podría aludir aquí a dos percepciones distintas por las que desde un principio acaparó mi atención la novela Al sur del Equanil. Una tiene que ver con mi actividad como docente de literatura, la otra con mi concepción de lo narrativo y mi libertad de lector.
Para explicar la primera percepción, podría decir que es esa una de las primeras novelas venezolanas contemporáneas que se toma en serio ese fenómeno que después de los años ochenta comenzaría a llamarse pomposamente “metaficción”. Una de las variantes de esa modalidad se relaciona con el juego de la ficción dentro de la ficción. Y Renato la practicó desde los tempranos sesenta.
La segunda percepción, la más libre si se quiere, la de escritor y de lector silvestre, es consecuencia de la que acabo de referir. Se relaciona con los vínculos entre el escritor de ficción que fue Renato y la ficción escritural con la que logró construirse a sí mismo. Entre lo que contaba oralmente y lo que aparece escrito en sus novelas, siempre parecemos estar en la frontera exacta entre lo real y lo ficcional. “Autoficción” la llaman en estos días.
Admiro profundamente a quienes han sido capaces de tomarse la creación narrativa como parodia de la existencia, como contrapartida de la formalidad y rigidez que ha caracterizado a buena parte de nuestros escritores, como algo que va más allá de lo acartonado si se trata de cautivar lectores. Y eso, precisamente, es lo que me ha impactado siempre de la narrativa de Renato Rodríguez. Igual que lo he percibido en otros dos narradores venezolanos: Francisco Massiani y José Rafael Pocaterra.
Por eso he creído que Renato personificó uno de los proyectos literarios venezolanos más auténticos. Recordemos que, según su propia confesión, Al Sur del Equanil se pudo haber llamado Al sur del Ecuador. Y no olvidemos que el Equanil es un medicamento antidepresivo, también conocido como Meprobanato y que, aunque aparece referido en la novela, Ecuador muy poco nos habría dicho; de allí la ganancia del título que llegó por azar, según nos contó alguna vez Salvador Garmendia. Tampoco puedo imaginar que hubiera podido titularse Al sur del Meprobanato o Al norte de París. Creo en la magia y creo que los textos literarios, cuando están destinados a la permanencia, buscan sus propios títulos hasta que los encuentran, sin que ni siquiera sus autores debamos entrometernos.
Nada más leer aquella contraportada de la (re)edición de su primer libro en la que no había juicios o alabanzas, sino antejuicios y presuntos rechazos hacia el autor y su obra, escritos con sorna por él mismo; nada más saber que alguna vez, en su labor de artesano y para un desfile, elaboró Renato una cabeza de dragón que luego, con ayuda de sus amigos, hubo de sacar por la ventana, desde una altura de tres pisos, porque no cabía por la puerta; nada más saber que su padre acudió a la escuela primaria con el poeta Andrés Eloy Blanco y que el propio Renato compartió con Julio Cortázar, con Vargas Llosa y con tantos otros escritores que han logrado la más absoluta notoriedad mientras él casi ha permanecido (por voluntad propia) en la penumbra; pues basten estos pocos “nada más saber” para expresar mi admiración total por un escritor venezolano que vino a ver la luz después de haber tenido que publicar artesanalmente, y a sus propias expensas, buena parte de sus libros.
No quiero decir con esto que  necesariamente deba uno escribir sobre lo que ha vivido. Pero sí me parece que uno de los logros más importantes de la literatura es que el escritor termine pareciéndose a los personajes que crea y no al revés (es decir, y no que los personajes tengan algo nuestro). Lo segundo es más fácil. Y para que pase lo primero, es decir, para que el autor termine pareciéndose a sus personajes, creo que hay que hacer un mayor esfuerzo creativo. Me parece muy atractiva la idea de que los lectores terminen preguntándose sobre la posibilidad de existencia real de los personajes a quienes da vida el escritor. Por eso disfruto cuando los lectores me preguntan si mi tía Eloína existe o no existe, asunto que a estas alturas ni yo mismo he resuelto. Y a mí me ha ocurrido siempre como lector de Al sur del Equanil. Nunca he estado seguro de si David (el protagonista) o alguno de sus heterónimos se salió de esa novela para volverse Renato Rodríguez o de si Renato se cansó del mundo exterior y decidió meterse a vivir en esa o alguna otra de sus novelas.
Mi estimado y admirado Renato se marchó a otros lares menos mundanos en junio de 2011.
Aquí lo presento para quienes no lo conocieron  durante su estada entre nosotros, como personaje y como autor:
René Augusto Rodríguez Morales, escritor nacido en Porlamar, isla de Margarita, Venezuela, América del Sur , en 1927, creador del personaje-escritor Renato Alberto Rodríguez (RAR), editor forzado de algunos de sus propios libros bajo la firma editorial Libros RARos, ha sido una especie de topo de nuestra literatura que por fin, emergió a la superficie. Pero, cuidado, no por voluntad propia, ni porque hubiere buscado a sus “amigos” periodistas para que le sirvieran de aparentes paparazzi y lo catapultaran antes de tiempo. Emergió empujado por el impacto de sus cuentos que casi son novelas, razón por la cual las denominaba Quanos (Quasi Novelas, 1997), y por la maravilla narrativa de sus textos más extensos como El Bonche (1976), ¡Viva la pasta! (1984), La noche escuece (1985), Insulas (1996), El embrujo del olor a huevos fritos (2008). Así, llegó por su propio peso y valía a donde tenía que llegar: al Premio Nacional de Literatura de Venezuela. Celebro entonces que el personaje haya salido alguna vez de sus novelas para regocijo de muchos lectores.


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Foto de Renato Rodríguez: www.letralia.com
Texto actualizado por el autor: 31-10-2012
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