miércoles, noviembre 08, 2006

Buenos y nuevos aires para la narrativa venezolana




No son pocas las veces que mi tía Eloína y yo hemos aludido a la repetición periódica de un ya longevo y recurrente “lamento borincano” que ha caracterizado a la literatura venezolana desde los inicios. Una buena parte de nuestros narradores, poetas, ensayistas y críticos se han pasado la vida (y la escritura) percibiendo y/o divulgando las quejas y llantos apagados pero punzantes sobre la otra mala parte. Parafraseando y deformando un título del poeta español Miguel Hernández, en nuestra historia literaria el llanto acerca de la “invisibilidad” de la narrativa local ha sido un verdadero “rollo que no cesa”. Y el afinque es con la novela y el cuento, en tanto el ensayo y la poesía han sido apreciados con mayor benevolencia.
Hemos sido entonces un país de quejosos impenitentes, curiosamente apenas conocidos (que no reconocidos) en el espacio latinoamericano porque algunos de nuestros historiadores, analistas, críticos y profesores de literatura se han empeñado en mostrar aquello que no somos. Extraña manera de presentarse ante el mundo pero así ha sido. Como en muchos otros aspectos de la vida nacional, hemos asumido el hábito de autodefinirnos resaltando nuestras carencias.  Creo que fue José Balza quien alguna vez habló sobre ese proceso en general y lo describió con una magnífica metáfora: “la literatura de la Atlántida”, hundida por su propios cultores en lo más profundo de los océanos, invisible en la superficie. Por supuesto, de vez en cuando algunos de los detractores se postulan ellos mismos como el mesiánico Aquaman  que ha llegado listo para sacarnos del marasmo. Llamémoslo individualismo egoletrado para catalogarlo de alguna manera. Como quien dice: me rodea todo lo negativo pero soy yo la flor que dará frutos y cambiará esa situación.
Tal vez sea, precisamente eso, lo primero que deberíamos haber asimilado ante tanta negatividad: que una literatura fuerte, sólida, visible, se construye solamente a partir de un colectivo. No de individualidades.
En ese maremágnum de despojos y antojos, para el resto del universo hemos devenido en un espacio latinoamericano sin aparente rostro literario propio. Una de las principales razones aducidas ha sido que nuestro proceso interno es débil y muy limitado a lo nacional.
Somos muy “locales", se dice. Tenemos pavor a lo “universal", se agrega. No somos suizos, ni suecos, ni mexicanos, simplemente venezolanos. Presuntamente, no escribimos para el mundo, sino para nosotros mismos. Un poco más ampliamente, antes he tratado ese tema en mi libro La negación del rostro (Caracas, Monte Ávila, 2005). De modo que solo lo asomo aquí como asunto introductorio y hasta allí lo dejo, precisamente para evitar nuevos lloriqueos y reprimendas.
Sin embargo, hay que decir también que en estos momentos de convulsión política y social, no nos alcanza el tiempo ni siquiera para leer toda la narrativa escrita por venezolanos que se ha venido publicando en el país y fuera de él. Pero como cualquier cosa que digas será utilizada en tu contra, aparecen de nuevo los agoreros con la máxima y definitiva conseja: “cantidad no es calidad”. Siempre habrá una excusa interesada para llamarnos “chimbos”.
No obstante, como que soplan en estos días buenos y mejores aires para nuestra novelística y cuentística. Sin extenderme, a manera de pequeños ejemplos quiero  recordar algunos indicios en esta duda melódica.
Sin ser determinista ni numerólogo, podría decir que se inició una aureola positiva en torno de los años 2005-2006. Y no ha cesado hasta hoy. Daré muestras de algunos de sus chispazos.
Dos de nuestros más importantes y casi relegados narradores han sido distinguidos hace poco con el Premio Nacional de Literatura: Renato Rodríguez y Francisco Massiani.
Aunque algo tardío, porque lo merecía desde hace mucho tiempo, el Premio Nacional de Literatura (2005) para Renato Rodríguez fue el reconocimiento a una silenciosa labor de escritura absolutamente ajena a cualquier pretensión de gloria ni búsqueda de notoriedad. Lo he dicho en otras ocasiones, Rodríguez fue el topo de nuestra narrativa, autor silencioso (y silenciado) de una obra legible en cualquier espacio latinoamericano: plena de un humor y sarcasmo que ya quisieran para sí muchos otros escritores. Vale la pena releer y reeditar en estos tiempos su obra, de la cual recomiendo especialmente las novelas Al sur del Equanil (1963), El bonche (1976), ¡Viva la pasta! O las enseñanzas de Don Giuseppe (1984) y La noche escuece (1985).
La primera vez que puse a circular esta duda, Renato todavía estaba entre nosotros. Se marchó del mundo físico en 2011 y, para los incrédulos, nos dejó estas palabras memorables: "Uno tiene que saber cuándo hacer mutis. El actor que sigue hablando después que le toca hacer mutis, mete la pata. Entonces yo no me voy a poner a fabricar obras para mantener un prestigio de escritor".
El Premio Nacional de Literatura a Francisco Massiani es más reciente (2012). No tengo dudas de que Massiani es de la misma estirpe de Rodríguez. Me lo ha confirmado mi tía  Eloína, su más ferviente lectora. Suelo incluso ubicar a ambos en el mismo grupo de José Rafael Pocaterra: los une la libertad para ejercer el sarcasmo, el modo como se burlan de la “culta literatura”, la manera de abordar el humor y el carácter autoficcional, ameno y muy reflexivo de muchas de sus obras.
 De Massiani supe la primera vez, mientras terminaba mi bachillerato, a través de su novela axiomática Piedra de Mar (1968). Más adelante conocí de él un libro de cuentos que, debido a la osadía y novedad, descolocó a mi parienta (El llanero solitario tiene la cabeza pelada como un cepillo de dientes, 1975) y la adhirió definitivamente a su pléyade de fans de todas las edades. Y  aquí hay que agregar algo: debido al éxito de Piedra de mar entre los jóvenes lectores de educación media, se ha querido catalogar a Massiani como escritor de textos para adolescentes. Y no lo es sencillamente porque si logró convencer a esa población de su contundencia literaria, es obvio que lo lograría con cualquier otro tipo de lector (de cualquier edad, sexo, nivel social y etcétera). En esto me luce que se ha confundido “escribir sobre adolescentes” con “escribir para adolescentes”. Muy distinto. Y si no que se me diga si el cuento Un regalo para Julia (cuyo personaje central es precisamente un joven estudiante) no es digno de cualquier antología del cuento universal. De sus libros más recientes, me quedo con Florencio y los pajaritos de Angelina, su mujer (2006).
Debo decir además que la obra  de este venezolano universal que es Massiani ha sido sin saberlo él y sin que lo haya buscado, guía literaria de una generación de nuevos escritores venezolanos, principalmente surgidos a inicios de este siglo XXI. Son varios y no podría yo referirlos a todos, pero me permito recordar cinco nombres con cuya obra también me identifico y en los que veo señas particulares de los nuevos y buenos aires: Fedosy Santaella, Roberto Echeto, Héctor Torres, Enza García Arreaza y Rodrigo Blanco Calderón. Justamente a este último se debe un magnífico cuento homenaje al Massiani escritor: los gol(p)es de la vida (con el que su autor resultó ganador del Concurso de Cuentos del diario El Nacional, 2006). Precisamente, en directa consonancia con la obra de Massiani, un cuento revelador de la fortaleza que ha venido adquiriendo la narrativa nacional, con muchos de los ingredientes a que (a mi inmodesto juicio) debe aspirar toda buena literatura: amenidad, humor, cinismo, reflexión sobre la escritura, libertad discursiva y desguace consciente del idioma.
Continúo con los indicios para agregar que no sé si pueda afirmarse que el Premio Herralde otorgado a Alberto Barrera Tyszka en el año 2006 fuera la señal de que estábamos comenzando a abandonar la cojera opinática y la llorantina. Si no lo hubiere sido, digamos que al menos permitió que comenzáramos a mirarnos de otra manera menos cruel, más razonable. En todo caso, abrió un poco más la pequeña ventana hacia el mundo editorial extranjero para que se viera uno más de nuestros autores. Podría habernos sorprendido tal vez el reconocimiento de un autor local fuera de nuestras fronteras, mas no su dedicación y compromiso con la narrativa.
 Dejando aparte el premio otorgado a Rómulo Gallegos en España, 1929 (por Doña Bárbara), y también el periplo de la literatura para niños y jóvenes,  al menos con las características de este galardón no habían ocurrido hechos similares desde los ya lejanos años setenta y ochenta. En los setenta, recordamos todavía el impacto generado por la premiación en Cuba de Luis Britto García por un impecable compendio de narraciones breves, Rajatabla (Casa de las Américas, 1970). Y en los ochenta,  también las miradas de dos jurados foráneos  se posaron sobre la escritura desbocada, desenfadada, única en su estilo, de ese portento de palabras que fue Denzil Romero (La tragedia del generalísimo, premio Casa de las Américas, 1983, La esposa del doctor Thorne, Premio La sonrisa vertical, 1988).
Como se ve, han venido ocurriendo cosas, pequeñas cosas, es verdad, pero allí han estado y, entre un juicio negativo y otro, casi nos hemos negado a verlas como guiños importantes.
Y ya entrado el siglo XXI, mientras muchos pensaban que de algún modo se había dedicado exclusivamente a la escritura para la televisión, Barrera Tyszka dejaba reposar y macerar lo que continuaba haciendo en la novela y el cuento. Cómo no decirlo: el reconocimiento que se le hizo fue sencillamente una recompensa a la perseverancia, a su callada actitud de permanente trabajo, sin alharacas ni artificiales poses divescas, sobre todo, en un país que cada vez que puede -y por razones ya casi genéticas- desprecia su propia literatura. Este nuevo premio para nuestra narrativa, además nos recordó en su momento los tiempos fulgurantes en que Adriano González León, también en España,  logró el Seix Barral con su ya clásica novela País portátil (1968).
Este tipo de reconocimientos  seguramente comenzaron a facilitar en cada ocasión una vuelta de mirada de la crítica internacional hacia nuestro pequeño territorio literario, mirada que debería estar despojada de los roces y cercanía de las percepciones y aberraciones locales, no pocas veces suspicaces y perspicaces, como suele ocurrir en todos los países.
En narrativa, Barrera Tyszka, que no es pariente como yo de mi tía Eloína, pero sí muy admirado por ella, había publicado previamente un magnífico libro de minicuentos (Edición de lujo, Caracas, 1990) y -hay que repetirlo sin complejos-  digno integrante de la prosapia y maestría que en este renglón ocupan los textos de Augusto Monterroso y Juan José Arreola. También había publicado antes otra interesante novela (También el corazón es un descuido, Plaza y Janés, México, 2001). Y después de eso, no solamente se ha ganado la afición de miles de lectores de la prensa, con una columna semanal en la que también demuestra su pleno dominio de la escritura de la crónica, sino que ha agregado otros dos atractivos volúmenes a su bibliografía: un libro de relatos “duros de matar”, cuyo eje estructurador es la violencia, manifiesta de diversas formas (Crímenes, 2009) y una tercera novela, Rating (2011), en la que se sumerge en unos vericuetos que muy bien conoce desde dentro: las telenovelas, lo perverso, lo superficial y  lo implacable que las caracteriza.
Sumemos a esto que ese mismo año 2006 dos reconocidos periodistas y narradores ganaron sendos importantes certámenes nacionales de novela, que también rinden tributo a los epónimos que les dan nombre: Salvador Garmendia y Adriano González León. Respectivamente fueron Eloy Yagüe (con su novela Cuando amas debes partir) y Héctor Bujanda (con la obra La última vez), ambas coincidencialmente ambientadas en acontecimientos de nuestra más reciente historia política: una alude a los hechos del “Caracazo” (1989) y la otra se vincula con el intento de golpe  de 1992 por parte del actual presidente. La primera fue publicada por Planeta, la segunda por Norma. Aparte de varios libros de cuentos, de Yagüe ya teníamos dos “pitazos” previos: el premio Juan Rulfo (1998) al mejor relato policial con el cuento la inconveniencia de servir a dos patronos y una novela anterior, protagonizada por el mismo personaje de Cuando amas…, Fernando Castelmar, y de título revelador para nuestros tiempos: Las alfombras gastadas del gran hotel Venezuela (1999).
Otras obras que habremos de revisar, publicadas alrededor de esos años, y deslastrándonos de los prejuicios, son las novelas Corrector de estilo (Milton Quero Arévalo, 2005), Crónica Caribana (Mercedes Franco, 2005), Los cristales de la noche (Carlos Noguera, 2005), La dama del segundo piso (Cristina Policastro, 2006), No habrá final (Roberto Echeto, Alfadil, 2006), La balada del bajista (Judit Gerendas, 2006) y  Latidos de Caracas (Gisela Kozak Rovero, 2007), entre otras.
Y no podría dejar fuera dos antologías de excepción: La primera recoge a un grupo de escritores y escritoras que se estrenan con el mejor de los augurios en el oficio narrativo:  Narrativa venezolana de la urbe para el orbe (Ana Teresa Torres y Héctor Torres, compiladores, 2006); la otra es la imponente selección de veinte escritores nacidos en la década del sesenta, compilada por Antonio López Ortega: Las voces secretas. El nuevo cuento venezolano (2006). Esta última fue tan notoria que ocupó un interesante espacio de polémica en los medios digitales por un buen tiempo. Y en literatura eso  indica mucho.
Lo que ha venido después ha sido tan abundoso e interesante que serían necesarias varias dudas melódicas para referirlo. Pero, entre nuevos y no tan nuevos, por favor mucha atención a los nombres de Rubi Guerra, Juan Carlos Méndez Guédez, Eduardo Sánchez Rugeles, Carolina Lozada, Norberto José Olivar, Gustavo Valle, Miguel Hidalgo Prince, Carlos Ávila, Keyla Vall, Gabriel Payares, Mario Morenza, Salvador Fleján, Roberto Martínez Bachrich, Jorge Gómez Jiménez, Adriana Villanueva, Miguel Gómez y Sonia Chocrón. Van a echar vainas y no de las que los peninsulares llaman judías y los colombianos habichuelas, sino productivas vainas literarias;  vienen por sus fueros, son algunos de los herederos, aunque  ellos mismos no sepan todavía qué han heredado, como en esos mensajes de correo electrónico que recibimos con frecuencia, en los que nos indican que fuimos los beneficiarios de una fabulosa  herencia en Tucusiapón.
Pues indicios existen y ya no son pocos. Si no deseamos verlos, eso es otro tema. 

Nota del autor: Duda actualizada en octubre de 2012 

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