miércoles, noviembre 29, 2006

Directo a la red en taxi electrónico



Hace más o menos unos treinta años, siempre que tenía necesidad de tomar un taxi, estaba ya acostumbrado a la cara de sorpresa de parte del conductor, quien se encogía de hombros y sonreía al obtener respuesta a la pregunta inicial de siempre:
      -¿A dónde vamos, joven?
El tratamiento de “joven” no era una gentileza del taxista porque yo lo era y muy poco se había impuesto su equivalente de hoy: “chamo”. Recuerdo la longitud con la que yo me veía obligado describir el lugar preciso hacia donde debería dirigir el auto, pues usualmente tomaba los taxis cuando, al final de la tarde, deseaba regresar a casa de una manera más cómoda y costosa, harto de aquel desastre urbano que ya era Caracas.
Acostumbrado a que los taxistas me “ruletearan” a su antojo con la excusa de la disparatada geografía y señalización urbana de esta ciudad de los “lechos rojos”, me veía obligado a explicar mi dirección física muy bien y con lujo de detalles. Aprendidas de memoria mis particulares señas de habitación de aquellos tiempos, respondía con seguridad:
      -Voy a la Av. Puente Nueve de Diciembre, Prolongación de la Avenida Washington, Conjunto Residencial El Paraíso, Primera Etapa, Torre A, Ala Izquierda (y dije ALA, señor, y no A-LA), detrás de la venta de helados Crema Paraíso, frente al Hotel Imperio, entrando por la derecha, a cincuenta metros de la Clínica Paraíso.

También recuerdo que algunos de mis amigos del extranjero se habían burlado más de una vez de la particular extensión y complicación de las direcciones de nuestra capital, a lo que suele sumarse la cantidad de detalles de ubicación a que debemos aludir si queremos asegurarnos de que alguien llegue a su destino (pasando un árbol, allí don verás un carro azul, muy cerca de la estación de gasolina, más allá de la bodega “mi querido Funchal”…), pensando en las dificultades de la particular topografía capitalina y en nuestros muy particulares o inexistentes sistemas de señalización y orientación vial.
Seguro estoy de que no he sido el único que haya vivido esta experiencia.
Pero la anécdota es útil para introducir esta duda melódica por lo que ya ha significado y seguramente significará la implantación del sistema de direcciones cortas e infalibles que se denomina correo electrónico.
 Ya no hay duda acerca de lo que este nuevo mecanismo comunicativo ha significado hasta hoy, aunque ya se esté prediciendo su cercana desaparición, frente a novedosos sistemas supuestamente más efectivos, rápidos y económicos. Poco hemos reflexionado acerca de lo que significará luego en el ámbito de la conducta comunicacional de los ciberciudadanos del siglo XXI. Casi creo que muy pronto los gobiernos de nuestros países latinoamericanos habrán de crear planes robinsonianos que contribuyan a sacar del cibernalfabetismo a quienes continúen empeñados en vivir fuera de ese universo.
Viejos, jóvenes y no tan jóvenes tendrán rigurosa necesidad de perder ese pánico casi genético que algunos sienten por las redes internéticas, a menos que desestimen quedarse fuera de la cultura, lo que de hecho en esta época implica quedarse al margen de la rotación del mundo.
Para diversas comunidades, la Internet se ha convertido en parte de la cotidianidad, y no solo como herramienta probadamente efectiva de trabajo, sino también como sistema abierto a toda hora para cualquier requerimiento comunicacional, desde el simple comentario de rutina con colegas, amigos, familiares y vecinos, hasta las serísimas reuniones virtuales y la elaboración de documentos formales de cualquier categoría. E incluso para evitar salidas que nos obliguen a tomar taxis.
Para quienes alguna vez padecimos la longitud casi mítica y no pocas veces simpática de las clásicas direcciones postales caraqueñas, el paso del patrón comunicacional ortodoxo a los sistemas regidos por la comunicación electrónica ha significado mucho más que una simple alineación a los patrones de la tecnología más reciente.
En mi caso particular sigo utilizando taxis cada vez que puedo o cuando deseo dejar de ser carne de cañón de la infinita fauna de conductores de motos y vehículos que pulula en la Caracas de este tiempo. Pero igual, ahora que, para ciertas diligencias, puedo tomar esa vía más corta, más cómoda y más breve que me brinda la red, no dejo de pensar en mi venganza para con aquellos taxistas y amigos que con cinismo criticaban mi detalladísima dirección postal de mediados de los ochenta del siglo pasado.
 Mi sed por la revancha espera pacientemente el momento en que tenga la oportunidad de simplificar la respuesta de aquellos días. Por razones obvias, ya el chofer no se dirigirá a mí como “chamo”. Las “nieves” que han comenzado a “platear mis sienes” le harán verme, si acaso, como “señor”, quizás como “doctor” (si llevo corbata, pues todo el que en Venezuela la lleva aparentemente lo es), o lo más seguro es que, para no generar malos entendidos, me llame simplemente “maestro”:
-¿A dónde vamos, maestro?
En realidad me importa poco cómo me vaya a tratar. Lo fundamental es que añoro tener la oportunidad de simplificar aquella larga respuesta de hace tres décadas y decirle simplemente:
        -Por favor lléveme a http://barreralinares.blogspot.com 
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Fuente de la imagen: http://es.123rf.com/photo_3669611_concepto-de-ordenar-un-taxi-en-linea--taxi-conectado-al-raton-del-ordenador.html  

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