jueves, agosto 16, 2007

Torturas aeroportuarias del siglo XXI


Fuente de la imagen: http://diario-de-alas97.blogspot.com/2010/11/clamor-en-eeuu-contra-los-porno.html

 Viajar por avión en estos tiempos se ha convertido en un verdadero martirio porque, al parecer, principalmente algunas tipologías de pasajeros nos hemos vuelto sospechosos de cualquier cosa, sin saberlo.
Día a día salen nuevas normas impuestas desde los centros corporativos donde se gerencian las supuestas medidas de seguridad de la aviación comercial.

Así, para algunas personas, cada vez se vuelve más incómodo atravesar las entradas de los aeropuertos. Sobre todo, si tienen aspecto de indígena, piel de color o facha de árabe en fuga. En promedio, las medidas van desde quitarte los zapatos, el reloj, el cinturón, los abrigos, y cuanta prenda de vestir pueda generar resquemor en alguno de los (generalmente) poco amables funcionarios de seguridad. Y como si eso no fuera suficiente, después de la desvestida inicial y del pornoescaneo total de tu cuerpo cobarde y del equipaje, te confronta un señor o señora que con rostro bastante duro y actitud de mandón te conmina a ponerte “manos arriba” (como en las series de televisión) y rastrea todo tu cuerpo con un aparatito de forma fálica que más bien parece haber sido elaborado para probar el umbral de tus cosquillas.

Viene luego el susto mayor. Algún policía ubicado justamente a la entrada de esa especie de chorizo acordeonado que conduce hacia la nave te pasa de nuevo las manos por todo el cuerpo y, dependiendo de su “intuición”, te obliga o no a acudir a una solitaria habitación en la que te conmina a desvestirte de nuevo totalmente.
No obstante, cuando crees que han concluido todas las sobadas y humillaciones posibles, aparece de nuevo el fantasma de la requisa en el momento de llegar a tu aeropuerto de destino. Pareciera que a todos los funcionarios de inmigración se les ha educado para que sospechen que acudes a otro país con la finalidad de convertirte en inmigrante ilegal o que eres un terrorista camuflado de ciudadano convencional. De modo que nunca falta el largo cuestionario que debes responder, en el que incluso hemos vivido la fantasía de que se nos inquiera si alguno de nuestros abuelos habla o hablaba inglés o, en el caso de llegar a algún aeródromo antillano, si sabes dónde quedan en Caracas las esquinas de Madrices y Sociedad.
A veces me ha provocado gritarles a tan particulares gendarmes que vivo en un país de donde, al menos hasta ahora, no deseo marcharme y que jamás me ha tentado la marruñequería de ser tildado de extranjero en otro lugar o de creer ingenuamente en la presunta felicidad total que se logra siempre en ciertas “naciones desarrolladas”.
Algún misterioso decreto ha dejado muy claro que cualquier objeto que portes durante el vuelo puede convertirse en una peligrosa arma para someter a la tripulación. De allí la nueva modalidad según la cual no puedes llevar contigo pasta dental, desodorantes en crema o gel, jabón, afeitadoras de cualquier naturaleza ni ningún tipo de líquidos. Uno se imagina a algún humilde pasajero amenazando con saña al piloto mientras le coloca en frente una pasta de jabón al tiempo que le indica: ¡Si no desvías el avión, te obligaré a bañarte durante una semana completa!. O agarrando a la azafata y apuntándole con el envase de desodorante: ¡O te lo pones en tus axilas o te bajas del avión!
En relación con esto, me correspondió padecer alguna vez una extraña situación relacionada con este afán de la hiperseguridad. Ocurrió en el aeropuerto de Lima.  Primero, porque, según los funcionarios de Alan García (el presidente de ese momento), durante el paso por las casetas donde con máquinas y manos te revisan hasta el codo, los viajeros no pueden portar botellines de agua para calmar su sed, aunque curiosamente sí pueden comprarlas a un muy alto costo cuando están dentro de la zona de embarque.
Pero esa vez apareció una guinda que coronaba el pastel, la excusa perfecta para una duda melódica de tiempos vacacionales. La re-cuento:
Tanto mi esposa como yo llevábamos sendos frascos de perfume en nuestros respectivos equipajes de mano. Pues, les cuento que un policía macho masculino, cruce de quechua originario con entonación argentina porteña, decomisó el mío, pero no el de ella y me indicó que para poder pasarlo debía transportarlo en una “bolsa de ziploc”. Para quienes no lo saben, Ziploc es una de las marcas de esas bolsitas que tienen una especie de cierre hermético que puedes abrir de manera muy fácil. Por eso nunca comprendí la razón por la cual el portar un perfume deja de ser sospechoso si lo llevas metido en un empaque de esa naturaleza. Ni tampoco por qué la bolsa debe ser de esa marca. Asuntos del capitalismo y los tratados comerciales, supongo. Pero viviré toda la vida con esos enigmas porque nadie supo ofrecerme razones valederas.
Y por supuesto que tampoco sabré jamás por qué la regla aplica al perfume masculino y no al femenino. A menos que dependa del sexo del guardia que revise tu equipaje.
No he dicho que (con mucho orgullo) tengo estatura y rasgos indígenas que heredé de mi madre, mi abuela, mi bisabuela y mi tatarabuela timoto-cuica. Y, al parecer, ello me convierte en sospechoso recurrente para cualquier tombo del mundo universo. Pero igualmente, también heredé de dicha etnia el arte de insistir mentalmente en reiterados deseos para alguien que (de cualquier manera) nos ha ofendido o maltratado.
 Por eso mismo, desde aquel ya lejano día de mi regreso a Caracas, he estado imaginando recurrentemente  la escena de un policía peruano que se pone lo que fue mi perfume (decomisado por él) antes de salir a ver a su novia. De acuerdo con mi visualización, aquella fragancia le ocasiona una picazón alérgica que no le dejará vivir en paz durante varios días. Sin saber por qué, se le formarían unos inmensos rosetones y llagas que le harán recordar mi porte de timoto-cuica sonriente. Que así haya sido, señor gendarme del altiplano.

jueves, julio 19, 2007

Dietas posmodernas o cómo ser un cadáver "light"


Fuente: http://www.librodearena.com/post/lula/gorda-o-flaca/15213/1613

De mi época de adolescente recuerdo muy bien los antojos de mi tía Eloína por tomarse diariamente un medicamento que se denominaba Dianobol o algo parecido. Por supuesto que a esa edad muy poco me interesaban los componentes de aquello, pero sí me llamaba la atención la rígida disciplina con que mi parienta se engullía aquella mínima pildorita blanca. Por otra parte, ella no se conformaba con seguir sola aquel tratamiento automedicado por la sabiduría popular, sino que lo ofrecía también a sus dos más jóvenes hijas expósitas.
Desde mi actitud de buscarle respuesta a aquel misterio, y desde mis deseos de inmiscuirme en lo que no me concernía (pero me llamaba la atención porque si algo he sido en mi vida es investigador policial frustrado), elaboré algunas hipótesis relacionadas con el propósito de tal hábito. Lo primero que pensé fue que podría tratarse de un anticonceptivo. Asunto que descarté muy rápidamente. Y lo descarté porque en algún momento de mi pesquisa escuché comentar a Eloína que ella tenía “matriz infantil”, lo que desde siempre le había impedido concebir hijos. De allí que solo tuviera "descendientes" adoptivos o expósitos. Y de allí también que no precisara de anticonceptivos para coyuntarse con sus maridos de turno.
Mi segunda hipótesis giró entonces en torno a la posibilidad de que el medicamento de marras sirviera para embellecer a las mujeres, porque solo las damas del pueblo lo consumían religiosamente. Hasta que constaté que había algunas vecinas cuya fisonomía poco agraciada no mejoraba para nada por muchas tabletas que hubieren ingerido.
Un día escuché sin querer una amena conversación entre mis dos compañeras expósitas y unas amigas. Descubrí por fin que el objetivo de las pildoritas era lograr unos kilitos que les aportaran a sus anatomías algunos quilaticos y las pusieran a tono con el ideal de cuerpo vigente para la época. Tiempos en que ser flacuchento-a era motivo para muchos comentarios despectivos. Si lucías delgado, lo primero que pensaban y murmullaban los desocupados del pueblo (por cierto, casi todos sus habitantes) era que padecías alguna enfermedad incurable o, en el caso más benigno, que estabas pasando el hambre hereje. Flaco o flaca eran entonces sinónimos de “pobre”, casi de “indigente”. He allí la razón para que las damas quisieran entonces ser un poco más gorditas de lo que eran. Los hombres desconfiaban de las chicas “palilludas” o “garranchos” –como las llamábamos- y en consecuencia todas las féminas aspiraban a que sus carnes demostraran que económicamente estaban en la buena y, en consecuencia, físicamente, estaban además bien buenas.
Y lo comento en esta duda porque ahora, en estos tiempos de “capitalismo salvaje”, de estimulación casi desenfrenada del consumo, las cosas cambian tan rápido que todos dependemos del modo como los grandes fabricantes decidan movilizar ese fenómeno que los “terconomistas” llaman mercado. Si bien ser flaco era en aquellos tiempos un pecado de lesa humanidad que denunciaba tu condición de “pelabolas” o de “desahuciado”, pues en esta época la flacura voluntaria es aspiración de una catorcera de habitantes del planeta. Y nótese que he escrito “flacura voluntaria” porque hay otro tipo de delgadez originada por el hambre involuntaria que nadie quiere para sí ni desea para sus semejantes. La gente aspira a estar baja de peso porque ahora el pecado es ser (o parecer) gordo. Se cuentan por miles las personas que, más allá de reales padecimientos o de razones médicas obligantes, quieren ser como las agujas para sentirse bien consigo mismas y para ser bien miradas por los demás.
Así, la moda actual es tomar medicamentos para rebajar, o simplemente no comer.
Se dice, por ejemplo, que hay unas tabletas que deben consumir quienes padecen de elevados niveles de glicemia en la sangre. Pues no se consiguen en el mercado porque algún laboratorio descubrió que además adelgazan y entonces se han convertido en la dieta preferida de una multitud de muchachitas quinceañeras que quieren seguir siendo “garranchos” a cualquier costo. Y los y las diabéticas, que se fuñan si no consiguen la medicina.
Nada digo de la ya archiconocida costumbre de alimentarse como un marrano o marrana para luego regocijarse en vomitar lo consumido. Ni de las personas que pasan las veinticuatro horas del día con apenas una zanahoria o un plato de repollo hervido.
Porque en este extraño universo bizarro en el que vivimos, las ideas y algunos postulados “científicos” parecen cambiar de acuerdo con los intereses de la oferta y la demanda.
Un día las bebidas alcohólicas son malas para la salud, pero al siguiente aparece el reporte de alguna institución cuyos investigadores han concluido con sus experimentos que beber es bueno para mejorar la hipertensión y que los pueblos con más alto promedio de consumo anual de cerveza, vino, ron o vodka, pues han alcanzado unas mayores esperanzas de vida.
Igual pasa con otros productos. Primero “se demostró”, por ejemplo, que el azúcar refinada era lo mejor para la salud, ahora no hay dieta en la que no se nos indique que el azúcar es más sana mientras menos haya sido sometida a procesos de refinación industrial. Y en cuanto a los edulcorantes químicos, te hacen permanecer delgado o delgada, pero por otra parte se dice que desencadenan procesos cancerígenos. La promesa subyacente es que serás un cadáver delgado. No es poco.
El resultado de estos cambios relacionados con las bondades y daños de la alimentación y las dietas cargan de cabeza a la gente y no han hecho más que generar un total descocamiento en todos y todas. De allí que haya personas que quieren aumentarse algunas partes del cuerpo, pero, paradójicamente, igual añoran rebajarse otras.
Si usted come tomate, pues seguramente será muy bueno para combatir los radicales libres, aunque malísimo para el ácido úrico. La leche proporciona calcio para las damas menopáusicas pero igual les puede aportar piedras en los riñones. El vino es bueno para la salud, mas sus taninos pueden dejarlo o dejarla estéril. No podemos vivir sin consumir hidratos de carbono, sin embargo, no faltan quienes insistan en que se convierten en azúcar y luego en grasa y la grasa es mala compañera del sistema venoso. No coma carne, le indica su nutricionista, consuma pescado (aunque se puede contaminar con mercurio) o pollo (que transmite unas hormonas que pueden estimularlo a cambiar de sexo).
Locos, orates, descocados, todos estamos desquiciados, a punto de tirar la toalla.
Aparte de que ahora todo alimento (¡hasta la sal!) tiene su versión light, la consigna posmoderna preferida es “ser gordo o gorda es malo”, sobre todo si se lo dice a usted un médico barrigón y fumador que pesa más o menos 150 kilos, y quien, sin miramientos, les asigna a sus pacientes una dieta en la que deben obviar las carnes, las pastas, las harinas, los granos, los lácteos, los cítricos, los vegetales, las bebidas alcohólicas.... O sea, coma piedras light y sea “vivo”, sálvese muriéndose de inanición.
Cuando re-cuento este cartapacio de consejos sobre la nutrición moderna y sus vericuetos, no puedo dejar de mencionar el chiste del vendedor margariteño de fritas y refritas empanadas pasadas por aceite viejo, quien a todo pulmón grita en la playa:
            -¡EMPANADAS LAI, EMPANADAS LAI!
Ante lo cual, se acerca una esbelta pero bulímica y curiosa chica que se muere por una empanada pero no se atreve a consumirlas por temor a las grasas saturadas.
            -¿Señor? ¿Cómo es eso de empanadas light  si ahí se ve que las están friendo en aceite hirviendo.
            -¡Claro que sí, señorita, la hay de carne, la hay de queso, la hay de cazón…!

miércoles, julio 04, 2007

Sobre ficcionautas y jurados literarios




A Rayda Guzmán, en Barcelona, España




“Distraídos en razonar la inmortalidad,

habíamos dejado que anocheciera sin encender la lámpara.”

Jorge Luis Borges (Diálogo sobre un diálogo)
 


Pertenezcamos o no al gremio de los descreídos, los escritores y escritoras latinoamericanos vivimos adornados por una aureola de ese cierto desparpajo e indiferencia con que suele condimentarse la (des)creencia en los procesos burocráticos y administrativos. Basadas en generalizaciones y estereotipos pasados de moda, algunas personas creen que de verdad todos somos seres que permanentemente vivimos “caídos de la mata”, que no somos hombres o mujeres mortales de este mundo y que muy poco tenemos que ver con la cotidianidad que rodea al resto del universo. Hay incluso quienes creen que ese “apendejamiento” nos acompaña cuando por alguna razón debemos actuar como jurados de concursos literarios.
Hacerse el trujillano es asunto diferente.
Escribo esto pensando en el modo como, a veces, sin darnos cuenta, contribuimos a alimentar estos mitos y leyendas. Y es que no por azar, somos lo que somos: ficcionautas. La palabra la tomo del vocabulario de una entrañable filósofa venezolana a quien conocí en un congreso sobre estética y a quien he dedicado esta duda. Vivimos en y por la ficción, la padecemos y además la estimulamos. Por eso somos ficcionautas. Nuestro admirado y desaparecido Denzil Romero habría dicho que a veces hacemos esto de la “ficcionáutica” para “mentir sin culpa”.
El tema viene a duda en el momento en que reflexiono sobre los concursos literarios y los concursantes.
Cada vez que me solicitan formar parte de un jurado, mi tía Eloína me recuerda que, si acaso, tendré un amigo o amiga más (el ganador o ganadora), pero me echaré encima al resto de los participantes. Razón no le falta, pero igual le recuerdo que en este continente tan particular los escritores estamos casi obligados a actuar como “toderos”: las circunstancias nos obligan a multiplicarnos para ser profesores, críticos, jurados, editores, correctores, autores, lectores y hasta distribuidores o vendedores de libros al mismo tiempo. Acepta mi parienta que, aunque es patética y triste, no es extraña en Latinoamérica la imagen del autor que va de evento en evento, con su bolsita debajo del brazo, regalando y voluntariamente dedicando a otros  algún ejemplar que además ha sido imaginado, escrito, corregido y financiado por él mismo.
No obstante, de todos, el rol más riesgoso es el de jurado de un certamen literario, de allí que muchos se nieguen a serlo.
Siempre me ha llamado la atención el desparpajo con que algunos colegas se vuelven concursantes genéticos. Es decir, no hay certamen nacional en el que no participen. Pequeño, mínimo, grande, regular. No importa. Y a veces en varios con el mismo libro. En ocasiones lo hacen con la excusa de que “es la única manera de ser reconocidos o publicados”. Comprensible, pero… A veces, cuando percibo que esta actitud se ha prolongado a lo largo de quince o veinte años o más, me parece que participan otros ingredientes como la egolatría y el narcisismo. Los casos son múltiples, suficientes ya para una futura estereotipología del escritor concursante recurrente.
Naturalmente tengo que dejar claro que también durante los primeros años de mis inicios como escritor de ficciones fui partícipe muy activo de certámenes literarios. Y hasta llegué a ganar algunos, pero igual, como es obvio, no cogí pizarra en una buena cantidad de ellos. De manera que creo que los concursos son una institución necesaria. Considero también que muchos de ellos, la mayoría, son objetivos, y además me enorgullezco de haber participado como autor en varios, y de haber tenido como compañeros de jurado a verdaderos adalides de la transparencia, en otros. Tampoco dudo de que haya premios “amañados”, e incluso los (pre)destinados a ciertos autores, pero al menos a mí no me han convocado para que destaque a fulano o zutano. Se dice que eso lo hacen algunas editoriales u otras instituciones por razones comerciales, políticas o ideológicas. No lo he vivido, mas sí olfateado, principalmente durante mi paso por alguna editorial intrnacional. Pero, además, cuando son acertados, los libros suelen defenderse solos, independientemente de jurados e intenciones extraliterarias. Y cuando son malos, por muchos premios que se les asignen, ni que los fajen chiquitos.
Creo además que la “edad de los concursos” es una etapa necesaria en un escritor, pero no debería durar toda la vida. Tiene que existir un momento en que le pongamos punto final, al menos en aquellas ofertas destinadas a quienes están comenzando. Porque, por muy y vigorosos y rozagantes que nos sintamos, en algún momento estamos obligados a dejar de ser “promesas”, “novísimos” o “escritores jóvenes”. Y de no ser así, terminaríamos escribiendo solo para jurados, a la espera de que nos “descubran” y lancen al estrellato. Así envejeció un personaje de uno de mis cuentos que terminó "lanzándose al estrellato él mismo", desde la altura de un edificio. La literatura ejercida con responsabilidad es mucho más que eso.
Y como nunca me falta una anécdota en la que, por pudor y respeto, menciono el pecado pero no al pecador, pues aquí les relato dos.
  Primera: el reconocidísimo crítico y ensayista que mucho más de una vez envió un par de cuenticos al concurso e “ingenuamente” suscribió con seudónimo pero tapó con líquido blanco (eso que llaman “típex”) su nombre de pila, a fin de que los jurados pudiéramos indagar al respecto. Seguramente esperaba que se premiara su nombre y no los cuentos. Conservo esas copias como un tesoro, por si las moscas pican.
Segunda: durante el Concurso de Cuentos de El Nacional (2006) me encontré con un conjunto de ¡diez cuentos! enviados al certamen por un mismo autor. Ojo, ya ese mismo autor, algo vegetal, cincuentón para más señas, había ganado el mismo concurso en una edición anterior. Además, los mismos relatos me los había tropezado en otro certamen de ese mismo año. Como si se tratara de un lotería literaria, a más números jugados, mayor posibilidad de ganar. Finalmente, para penuria de aquel  concursero, esa vez el premio de El Nacional se lo llevó un escritor de 25 años, mientras el recurrente no cogió pizarra. No sabía quién era el autor de tal cascada narrativa hasta que, dos años después,  salieron publicados en libro por Monte Ávila editores. En mi archivo están los textos.
Acepto también que cada vez aspiremos a ganar algún galardón que supere al que antes hemos obtenido. Como escritores responsables, estamos obligados a jerarquizar los concursos a los que deseamos postularnos. Más de una vez lo he comentado: bien merecida tiene su “mención de finalista” aquel autor o autora ya veterano(a) y muy reconocido que ha sido “vencido-a” por alguien que está comenzando. Y también me parece trucado el anexar a la plica una pequeña nota que indique “si no me dan el premio único, por favor, no me otorguen menciones porque me asesinan el texto”. El “único” asesino en tal caso es el propio autor veterano que se aventura a que le ocurra eso.
Como participante en algún concurso, no se me habría ocurrido jamás utilizar como seudónimo una juntura de las primeras sílabas de mi nombre y apellidos, principalmente si presumo que mi nombre de escritor es ya suficientemente conocido y reconocible. Tampoco me habría atrevido a firmar mis textos en la última hoja y a pasar luego un leve brochazo con borrador blanco, que facilitare leer el nombre completo del autor al trasluz. Quien hace eso, bien sabe que la curiosidad mató al gato, y puede tentar al jurado. Ni mucho menos acotar al principio del texto un epígrafe o prólogo que provenga de lo que haya(n) escrito algún(os) jurados. No coincido con quienes desglosan un libro completo en los quince o veinte cuentos que contiene y los remiten (con quince o veinte seudónimos diferentes) a un certamen en el que se premiará un solo cuento, verbigracia el Concurso de El Nacional o el de SACVEN. Creo que se confunde en estos casos la literatura con la lotería de animalitos de Valera. Igual podría opinar de aquellos o aquellas que someten una misma novela, libro de poemas, ensayos o cuentos, a varios concursos simultáneos. Incluso, hubo quien alguna vez agregó a su texto un colofón del mismo modo que lo había hecho con todos sus libros ya publicados. Es decir, no llamó perro al jurado pero le mostró el tramojo de su trayectoria.
Los casos referidos los he padecido como jurado o me los han referido escritores muy cercanos. Y conservo un interesante archivo antológico alusivo al tema. Nada digo de quienes se hacen los suizos al ignorar cláusulas de las bases y alegar luego (si ganan) no haberles “parado mucho” porque presuntamente “los escritores somos distraídos”. Simples ficcionautas que escribimos y ya. No estamos pendientes de esas “minucias” administrativas.
Y, claro, como digo eso, defiendo a la mayoría. Aquí he referido como ejemplos solo las excepciones, no la regla. Afortunadamente. Entiendo que en tales casos excepcionales y minoritarios, los concursantes genéticos confían en la ignorancia del jurado. Como alguna vez confió un otrora joven escritor de Valencia, al enviarnos como suyo un texto de Virgilio Piñera que, por no conocer, estuvimos a punto de premiar. Nos salvó la providencia y la cultura literaria de un escritor amigo a quien por casualidad comentamos aquel texto sin saber quién era su autor(a). O sea, igual que los escritores auténticos, también algunos jurados tienen a veces un ángel que los ilumina. Y no siempre son tan “distraídos” como se cree. Ficcionautas es neologismo distinto de otro: “distranautas”. 
 -----------------
Notas:
1. M odificado y ampliado en octubre de 2012 
2. Fuente de la imagen y de la cita de J.L.Borges: http://20milleguasviajesubmarino.wordpress.com/2012/07/17/programa-159-tres-cuentos-cortos-de-borges/ 

miércoles, junio 20, 2007

Parir (dudas) bien vale una musa

El cuento es del magnífico narrador venezolano José Rafael Pocaterra (1889-1955). Su título “El ideal de Flor”. El personaje principal es femenino. Se llama Flor: “…ella lee, muchísimo, toca el piano y suspira en la ventana que da a una callejuela desierta, cuando el plenilunio es un pavón de plata sobre el panorama oxidado y triste del poblacho”.

Flor es empedernida lectora provinciana de las secciones literarias de los diarios de la capital. Los recibe a través de un digno antecedente del correo electrónico: una vieja mula utilizada para distribuir la correspondencia de pueblo en pueblo. En uno de esos diarios, la chica descubre la lírica fulgurante de un nuevo poeta de nombre J. P. Soto Longo. “Excelso sonetista” de quien además descubre un día la fotografía que, si bien no lo muestra como lo imaginaba, le ofrece la existencia de una “melena crespa” que ella atribuye a “defectos del fotógrafo”. Ante las palabras deslumbrantes del bardo, se imagina celosa impenitente de las chicas “rubias y ardientes” delineadas en los versos por el poeta.

Así, Flor “construye” de su escritor preferido una imagen ideal, suya de ella nada más (rubio, caballeroso, elegante, conquistador de flor en el ojal). Viaja a la capital, busca desesperadamente encontrar la presencia real de su autor favorito, pasa el tiempo y, ya resignada a que jamás ocurrirá el encuentro, casi a punto de regresar, justo en la mesa vecina del restaurante donde le hacen la despedida, escucha “una voz agria, aguardentosa, colérica y llena de desprecio” de alguien que se niega a pagar lo que ha consumido y discute airadamente con el mesonero. Era la voz de su poeta ideal, que ahora se le mostraba como un picardioso sinvergüenza y tracalero.

Por alguna razón mi tía Eloína me ha recordado estas imágenes del cuento de Pocaterra y lo ha relacionado con la magia que genera la literatura. Todo esto, a raíz de la suspensión temporal que hube de hacer de mis dudas melódicas. Para ello se juntaron principalmente dos factores: primero, unos fastidiosos achaques visuales que sacaban a mis pupilas de circulación y, segundo, un breve viaje que me obligó a posponerlas por una semana más.

Aclaro esto porque algunos generosos lectores y amigos escribieron a mi buzón electrónico, preguntando por la ausencia de comentarios de mi parienta. Ya conocen las razones y vaya mi formal solicitud de excusas.

Pero lo del relato pocaterriano del comienzo viene por otro lado. En este lapso de receso, ante la impotencia que adquirimos cuando algo perturba nuestra vista, nos dedicamos a imaginar los rostros, el aspecto físico, las manías y otros aditamentos de aquellos que nos leen y a quienes no hemos visto nunca físicamente. Desde una atalaya virtual, apenas tenemos idea colectiva de aquellos a quienes por cualquier razón les llega nuestra escritura. Pero igual sabemos que, muy a pesar de la foto que agregamos a la derecha de nuestro texto, también los lectores prefiguran ideas sobre cómo seremos, qué hacemos, cómo hablamos. Por cierto que, desde la inevitable vanidad humana, la fotografía puede ser engañosa. Buscamos para ella nuestra mejor y más favorecedora pose, nos maquillamos de egolatría antes de decidir cuál, casi le rogamos al fotógrafo que haga milagros con nuestro físico.

No obstante, somos como somos, sin poder evitarlo, y es mejor que los lectores imaginen. Que también para eso es la escritura. Y en estas lides de cómo nos imaginan, las sorpresas son gratas hasta la saciedad. Resumo algunos ejemplos de la época en que esta columna tenía su versión semanal impresa (sin fotografía) en algunos diarios caraqueños . Sólo la palabra servía de nexo semanal entre este sobrino y quienes tenían a bien leerlo.

Una historiadora de la Universidad Central de Venezuela, exnovia de un amigo entrañable y casi hermano, me vio en persona por primera vez y se sorprendió, sin ninguna intención por ocultarlo. Según ella, yo representaba en “La duda melódica” a un tipo altísimo, fortachón, de unos cien kilos, catire, ojos azules, rico, recio y mandón. Apenas supo que era yo, exclamó: "¡¿Eres tú?! ¡¿Tan chiquito?!" Después agregó no ser racista, excluyente ni interesada, pero obviamente nos había mostrado el tramojo de su ideología.

Un vendedor de automóviles supuso antes de conocerme que se trataba de un autor “borracho, parrandero y jugador”, que cada día llega tardísimo a su casa y tiene por lo menos cien mujeres en su historial, cuando no tres o cuatro simultáneas. Nada machista el amigo.

Un estudiante de postgrado, según él, lector asiduo de las crónicas del diario donde yo escribía, jamás imaginó que aquel personaje de pequeño formato a cuyo curso estaba asistiendo en ese semestre era la misma persona (“jodona”, dijo) que escribía “La duda melódica”. Muy a pesar de tener ambos el mismo nombre. “Soy Géminis”, le dije.

Una recepcionista de un hotel de la isla de Margarita comentó al leerlo en la tarjeta de presentación que yo tenía el mismo nombre que utilizaba como seudónimo la gente que escribía “La duda melódica”.
Etcétera.

Y por supuesto que no faltan los que piensan que los cronistas somos un ejército de mercenarios que recibimos fortunas inmensas por lo que escribimos. Ignoran que hay personas e instituciones privadas que solicitan nuestros “servicios” y se asombran cuando les preguntamos cuánto nos pagarán por alguna charla, conferencia, corrección o taller. O sea, no nos consideran dignos de cobrar algo por lo que hacemos.

La confesión más graciosa que he escuchado es que algunas personas creen que nos damos el lujo de pagarle a un equipo para que se ocupe del artículo de cada semana. No dudo que haya columnistas que así lo hicieron o lo hagan, pero igual tenían o tienen fortunas que heredaron de alguien. A los demás, a la mayoría de quienes hacemos este ejercicio periódico de buscar contacto con los lectores, antes por la prensa convencional, ahora través de la red, pues los “millardos” nos llegan en satisfacciones: cuando en la calle, en la universidad, en los bares de buena y mala muerte, en las oficinas públicas, en el aula de clases, en cualquier lugar donde se lea lo que borroneamos, e incluso ahora a través de la mensajería electrónica, la gente (nos) comenta el tema de la semana (bien o mal, no importa).

Lo que sí aspiramos es que no nos ocurra jamás lo que a Flor, el personaje del maestro Pocaterra, porque lo peor que puede pasarle a un escritor es decepcionar a alguien que ha tenido la gentileza de leerlo. Bravo entonces por los lectores. Gracias a ustedes, parir (dudas) bien vale una musa.

Y gracias a quienes imaginaron que, durante este largo mes de ausencia involuntaria de la red, mi tía Eloína me había castigado por alguna impertinencia. Como dijera un señor banquero de aquellos que huyeron con el dinero de los ahorristas en los noventa: aquí estamos y aquí seguimos.

Volveremos ahora quincenalmente.