miércoles, junio 20, 2007

Parir (dudas) bien vale una musa

El cuento es del magnífico narrador venezolano José Rafael Pocaterra (1889-1955). Su título “El ideal de Flor”. El personaje principal es femenino. Se llama Flor: “…ella lee, muchísimo, toca el piano y suspira en la ventana que da a una callejuela desierta, cuando el plenilunio es un pavón de plata sobre el panorama oxidado y triste del poblacho”.

Flor es empedernida lectora provinciana de las secciones literarias de los diarios de la capital. Los recibe a través de un digno antecedente del correo electrónico: una vieja mula utilizada para distribuir la correspondencia de pueblo en pueblo. En uno de esos diarios, la chica descubre la lírica fulgurante de un nuevo poeta de nombre J. P. Soto Longo. “Excelso sonetista” de quien además descubre un día la fotografía que, si bien no lo muestra como lo imaginaba, le ofrece la existencia de una “melena crespa” que ella atribuye a “defectos del fotógrafo”. Ante las palabras deslumbrantes del bardo, se imagina celosa impenitente de las chicas “rubias y ardientes” delineadas en los versos por el poeta.

Así, Flor “construye” de su escritor preferido una imagen ideal, suya de ella nada más (rubio, caballeroso, elegante, conquistador de flor en el ojal). Viaja a la capital, busca desesperadamente encontrar la presencia real de su autor favorito, pasa el tiempo y, ya resignada a que jamás ocurrirá el encuentro, casi a punto de regresar, justo en la mesa vecina del restaurante donde le hacen la despedida, escucha “una voz agria, aguardentosa, colérica y llena de desprecio” de alguien que se niega a pagar lo que ha consumido y discute airadamente con el mesonero. Era la voz de su poeta ideal, que ahora se le mostraba como un picardioso sinvergüenza y tracalero.

Por alguna razón mi tía Eloína me ha recordado estas imágenes del cuento de Pocaterra y lo ha relacionado con la magia que genera la literatura. Todo esto, a raíz de la suspensión temporal que hube de hacer de mis dudas melódicas. Para ello se juntaron principalmente dos factores: primero, unos fastidiosos achaques visuales que sacaban a mis pupilas de circulación y, segundo, un breve viaje que me obligó a posponerlas por una semana más.

Aclaro esto porque algunos generosos lectores y amigos escribieron a mi buzón electrónico, preguntando por la ausencia de comentarios de mi parienta. Ya conocen las razones y vaya mi formal solicitud de excusas.

Pero lo del relato pocaterriano del comienzo viene por otro lado. En este lapso de receso, ante la impotencia que adquirimos cuando algo perturba nuestra vista, nos dedicamos a imaginar los rostros, el aspecto físico, las manías y otros aditamentos de aquellos que nos leen y a quienes no hemos visto nunca físicamente. Desde una atalaya virtual, apenas tenemos idea colectiva de aquellos a quienes por cualquier razón les llega nuestra escritura. Pero igual sabemos que, muy a pesar de la foto que agregamos a la derecha de nuestro texto, también los lectores prefiguran ideas sobre cómo seremos, qué hacemos, cómo hablamos. Por cierto que, desde la inevitable vanidad humana, la fotografía puede ser engañosa. Buscamos para ella nuestra mejor y más favorecedora pose, nos maquillamos de egolatría antes de decidir cuál, casi le rogamos al fotógrafo que haga milagros con nuestro físico.

No obstante, somos como somos, sin poder evitarlo, y es mejor que los lectores imaginen. Que también para eso es la escritura. Y en estas lides de cómo nos imaginan, las sorpresas son gratas hasta la saciedad. Resumo algunos ejemplos de la época en que esta columna tenía su versión semanal impresa (sin fotografía) en algunos diarios caraqueños . Sólo la palabra servía de nexo semanal entre este sobrino y quienes tenían a bien leerlo.

Una historiadora de la Universidad Central de Venezuela, exnovia de un amigo entrañable y casi hermano, me vio en persona por primera vez y se sorprendió, sin ninguna intención por ocultarlo. Según ella, yo representaba en “La duda melódica” a un tipo altísimo, fortachón, de unos cien kilos, catire, ojos azules, rico, recio y mandón. Apenas supo que era yo, exclamó: "¡¿Eres tú?! ¡¿Tan chiquito?!" Después agregó no ser racista, excluyente ni interesada, pero obviamente nos había mostrado el tramojo de su ideología.

Un vendedor de automóviles supuso antes de conocerme que se trataba de un autor “borracho, parrandero y jugador”, que cada día llega tardísimo a su casa y tiene por lo menos cien mujeres en su historial, cuando no tres o cuatro simultáneas. Nada machista el amigo.

Un estudiante de postgrado, según él, lector asiduo de las crónicas del diario donde yo escribía, jamás imaginó que aquel personaje de pequeño formato a cuyo curso estaba asistiendo en ese semestre era la misma persona (“jodona”, dijo) que escribía “La duda melódica”. Muy a pesar de tener ambos el mismo nombre. “Soy Géminis”, le dije.

Una recepcionista de un hotel de la isla de Margarita comentó al leerlo en la tarjeta de presentación que yo tenía el mismo nombre que utilizaba como seudónimo la gente que escribía “La duda melódica”.
Etcétera.

Y por supuesto que no faltan los que piensan que los cronistas somos un ejército de mercenarios que recibimos fortunas inmensas por lo que escribimos. Ignoran que hay personas e instituciones privadas que solicitan nuestros “servicios” y se asombran cuando les preguntamos cuánto nos pagarán por alguna charla, conferencia, corrección o taller. O sea, no nos consideran dignos de cobrar algo por lo que hacemos.

La confesión más graciosa que he escuchado es que algunas personas creen que nos damos el lujo de pagarle a un equipo para que se ocupe del artículo de cada semana. No dudo que haya columnistas que así lo hicieron o lo hagan, pero igual tenían o tienen fortunas que heredaron de alguien. A los demás, a la mayoría de quienes hacemos este ejercicio periódico de buscar contacto con los lectores, antes por la prensa convencional, ahora través de la red, pues los “millardos” nos llegan en satisfacciones: cuando en la calle, en la universidad, en los bares de buena y mala muerte, en las oficinas públicas, en el aula de clases, en cualquier lugar donde se lea lo que borroneamos, e incluso ahora a través de la mensajería electrónica, la gente (nos) comenta el tema de la semana (bien o mal, no importa).

Lo que sí aspiramos es que no nos ocurra jamás lo que a Flor, el personaje del maestro Pocaterra, porque lo peor que puede pasarle a un escritor es decepcionar a alguien que ha tenido la gentileza de leerlo. Bravo entonces por los lectores. Gracias a ustedes, parir (dudas) bien vale una musa.

Y gracias a quienes imaginaron que, durante este largo mes de ausencia involuntaria de la red, mi tía Eloína me había castigado por alguna impertinencia. Como dijera un señor banquero de aquellos que huyeron con el dinero de los ahorristas en los noventa: aquí estamos y aquí seguimos.

Volveremos ahora quincenalmente.


3 comentarios:

Alberto Quero dijo...

Saludos Profesor. Esto me recuerda algo que me pasó en clase, en la Escuela de Letras de LUZ. Una muchacha (que está buenísima y supongo que se iba a cambiar de carrera) dijo que le parecía muy fecundo el tal Anónimo: resulta que, según ella el tipo es autor nada menos que del poema de Mío Cid y de el Lazarillo... todo un genio de la literatura. Hay casos de casos ¿no?

Anónimo dijo...

Te admiro tanto por lo que eres, como padre, marido y gran escritor.

MOON dijo...

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