jueves, julio 19, 2007

Dietas posmodernas o cómo ser un cadáver "light"


Fuente: http://www.librodearena.com/post/lula/gorda-o-flaca/15213/1613

De mi época de adolescente recuerdo muy bien los antojos de mi tía Eloína por tomarse diariamente un medicamento que se denominaba Dianobol o algo parecido. Por supuesto que a esa edad muy poco me interesaban los componentes de aquello, pero sí me llamaba la atención la rígida disciplina con que mi parienta se engullía aquella mínima pildorita blanca. Por otra parte, ella no se conformaba con seguir sola aquel tratamiento automedicado por la sabiduría popular, sino que lo ofrecía también a sus dos más jóvenes hijas expósitas.
Desde mi actitud de buscarle respuesta a aquel misterio, y desde mis deseos de inmiscuirme en lo que no me concernía (pero me llamaba la atención porque si algo he sido en mi vida es investigador policial frustrado), elaboré algunas hipótesis relacionadas con el propósito de tal hábito. Lo primero que pensé fue que podría tratarse de un anticonceptivo. Asunto que descarté muy rápidamente. Y lo descarté porque en algún momento de mi pesquisa escuché comentar a Eloína que ella tenía “matriz infantil”, lo que desde siempre le había impedido concebir hijos. De allí que solo tuviera "descendientes" adoptivos o expósitos. Y de allí también que no precisara de anticonceptivos para coyuntarse con sus maridos de turno.
Mi segunda hipótesis giró entonces en torno a la posibilidad de que el medicamento de marras sirviera para embellecer a las mujeres, porque solo las damas del pueblo lo consumían religiosamente. Hasta que constaté que había algunas vecinas cuya fisonomía poco agraciada no mejoraba para nada por muchas tabletas que hubieren ingerido.
Un día escuché sin querer una amena conversación entre mis dos compañeras expósitas y unas amigas. Descubrí por fin que el objetivo de las pildoritas era lograr unos kilitos que les aportaran a sus anatomías algunos quilaticos y las pusieran a tono con el ideal de cuerpo vigente para la época. Tiempos en que ser flacuchento-a era motivo para muchos comentarios despectivos. Si lucías delgado, lo primero que pensaban y murmullaban los desocupados del pueblo (por cierto, casi todos sus habitantes) era que padecías alguna enfermedad incurable o, en el caso más benigno, que estabas pasando el hambre hereje. Flaco o flaca eran entonces sinónimos de “pobre”, casi de “indigente”. He allí la razón para que las damas quisieran entonces ser un poco más gorditas de lo que eran. Los hombres desconfiaban de las chicas “palilludas” o “garranchos” –como las llamábamos- y en consecuencia todas las féminas aspiraban a que sus carnes demostraran que económicamente estaban en la buena y, en consecuencia, físicamente, estaban además bien buenas.
Y lo comento en esta duda porque ahora, en estos tiempos de “capitalismo salvaje”, de estimulación casi desenfrenada del consumo, las cosas cambian tan rápido que todos dependemos del modo como los grandes fabricantes decidan movilizar ese fenómeno que los “terconomistas” llaman mercado. Si bien ser flaco era en aquellos tiempos un pecado de lesa humanidad que denunciaba tu condición de “pelabolas” o de “desahuciado”, pues en esta época la flacura voluntaria es aspiración de una catorcera de habitantes del planeta. Y nótese que he escrito “flacura voluntaria” porque hay otro tipo de delgadez originada por el hambre involuntaria que nadie quiere para sí ni desea para sus semejantes. La gente aspira a estar baja de peso porque ahora el pecado es ser (o parecer) gordo. Se cuentan por miles las personas que, más allá de reales padecimientos o de razones médicas obligantes, quieren ser como las agujas para sentirse bien consigo mismas y para ser bien miradas por los demás.
Así, la moda actual es tomar medicamentos para rebajar, o simplemente no comer.
Se dice, por ejemplo, que hay unas tabletas que deben consumir quienes padecen de elevados niveles de glicemia en la sangre. Pues no se consiguen en el mercado porque algún laboratorio descubrió que además adelgazan y entonces se han convertido en la dieta preferida de una multitud de muchachitas quinceañeras que quieren seguir siendo “garranchos” a cualquier costo. Y los y las diabéticas, que se fuñan si no consiguen la medicina.
Nada digo de la ya archiconocida costumbre de alimentarse como un marrano o marrana para luego regocijarse en vomitar lo consumido. Ni de las personas que pasan las veinticuatro horas del día con apenas una zanahoria o un plato de repollo hervido.
Porque en este extraño universo bizarro en el que vivimos, las ideas y algunos postulados “científicos” parecen cambiar de acuerdo con los intereses de la oferta y la demanda.
Un día las bebidas alcohólicas son malas para la salud, pero al siguiente aparece el reporte de alguna institución cuyos investigadores han concluido con sus experimentos que beber es bueno para mejorar la hipertensión y que los pueblos con más alto promedio de consumo anual de cerveza, vino, ron o vodka, pues han alcanzado unas mayores esperanzas de vida.
Igual pasa con otros productos. Primero “se demostró”, por ejemplo, que el azúcar refinada era lo mejor para la salud, ahora no hay dieta en la que no se nos indique que el azúcar es más sana mientras menos haya sido sometida a procesos de refinación industrial. Y en cuanto a los edulcorantes químicos, te hacen permanecer delgado o delgada, pero por otra parte se dice que desencadenan procesos cancerígenos. La promesa subyacente es que serás un cadáver delgado. No es poco.
El resultado de estos cambios relacionados con las bondades y daños de la alimentación y las dietas cargan de cabeza a la gente y no han hecho más que generar un total descocamiento en todos y todas. De allí que haya personas que quieren aumentarse algunas partes del cuerpo, pero, paradójicamente, igual añoran rebajarse otras.
Si usted come tomate, pues seguramente será muy bueno para combatir los radicales libres, aunque malísimo para el ácido úrico. La leche proporciona calcio para las damas menopáusicas pero igual les puede aportar piedras en los riñones. El vino es bueno para la salud, mas sus taninos pueden dejarlo o dejarla estéril. No podemos vivir sin consumir hidratos de carbono, sin embargo, no faltan quienes insistan en que se convierten en azúcar y luego en grasa y la grasa es mala compañera del sistema venoso. No coma carne, le indica su nutricionista, consuma pescado (aunque se puede contaminar con mercurio) o pollo (que transmite unas hormonas que pueden estimularlo a cambiar de sexo).
Locos, orates, descocados, todos estamos desquiciados, a punto de tirar la toalla.
Aparte de que ahora todo alimento (¡hasta la sal!) tiene su versión light, la consigna posmoderna preferida es “ser gordo o gorda es malo”, sobre todo si se lo dice a usted un médico barrigón y fumador que pesa más o menos 150 kilos, y quien, sin miramientos, les asigna a sus pacientes una dieta en la que deben obviar las carnes, las pastas, las harinas, los granos, los lácteos, los cítricos, los vegetales, las bebidas alcohólicas.... O sea, coma piedras light y sea “vivo”, sálvese muriéndose de inanición.
Cuando re-cuento este cartapacio de consejos sobre la nutrición moderna y sus vericuetos, no puedo dejar de mencionar el chiste del vendedor margariteño de fritas y refritas empanadas pasadas por aceite viejo, quien a todo pulmón grita en la playa:
            -¡EMPANADAS LAI, EMPANADAS LAI!
Ante lo cual, se acerca una esbelta pero bulímica y curiosa chica que se muere por una empanada pero no se atreve a consumirlas por temor a las grasas saturadas.
            -¿Señor? ¿Cómo es eso de empanadas light  si ahí se ve que las están friendo en aceite hirviendo.
            -¡Claro que sí, señorita, la hay de carne, la hay de queso, la hay de cazón…!

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Me gusta su fino humor para presentar una situación cotidiana referida a los diferentes puntos de vista sobre "salud".

Alberto Quero dijo...

Lo que pasa es que los gustos estéticos cambian rápida y no siempre racionalmente. Recordemos, por ejemplo cómo Rubens pintó sus Afroditas y demás: bien rollizas y alejadas de las actuales émulas de Twiggy.
Cada época tiene su desideratum de belleza: en tiempos de nuestro amigo Shakespeare, el ideal era que las mujeres fueran blanquísimas, casi de mármol. Hoy en día (afortunadamente)las palyas están abarrotadas de chicas en bikini (y a veces menos) buscando un bronceado.

Bueno, es que en la variedad está el gusto ¿no?

Anónimo dijo...

http://cronicasadestajo.zoomblog.com/comments/150642

Kevin dijo...

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