miércoles, julio 04, 2007

Sobre ficcionautas y jurados literarios




A Rayda Guzmán, en Barcelona, España




“Distraídos en razonar la inmortalidad,

habíamos dejado que anocheciera sin encender la lámpara.”

Jorge Luis Borges (Diálogo sobre un diálogo)
 


Pertenezcamos o no al gremio de los descreídos, los escritores y escritoras latinoamericanos vivimos adornados por una aureola de ese cierto desparpajo e indiferencia con que suele condimentarse la (des)creencia en los procesos burocráticos y administrativos. Basadas en generalizaciones y estereotipos pasados de moda, algunas personas creen que de verdad todos somos seres que permanentemente vivimos “caídos de la mata”, que no somos hombres o mujeres mortales de este mundo y que muy poco tenemos que ver con la cotidianidad que rodea al resto del universo. Hay incluso quienes creen que ese “apendejamiento” nos acompaña cuando por alguna razón debemos actuar como jurados de concursos literarios.
Hacerse el trujillano es asunto diferente.
Escribo esto pensando en el modo como, a veces, sin darnos cuenta, contribuimos a alimentar estos mitos y leyendas. Y es que no por azar, somos lo que somos: ficcionautas. La palabra la tomo del vocabulario de una entrañable filósofa venezolana a quien conocí en un congreso sobre estética y a quien he dedicado esta duda. Vivimos en y por la ficción, la padecemos y además la estimulamos. Por eso somos ficcionautas. Nuestro admirado y desaparecido Denzil Romero habría dicho que a veces hacemos esto de la “ficcionáutica” para “mentir sin culpa”.
El tema viene a duda en el momento en que reflexiono sobre los concursos literarios y los concursantes.
Cada vez que me solicitan formar parte de un jurado, mi tía Eloína me recuerda que, si acaso, tendré un amigo o amiga más (el ganador o ganadora), pero me echaré encima al resto de los participantes. Razón no le falta, pero igual le recuerdo que en este continente tan particular los escritores estamos casi obligados a actuar como “toderos”: las circunstancias nos obligan a multiplicarnos para ser profesores, críticos, jurados, editores, correctores, autores, lectores y hasta distribuidores o vendedores de libros al mismo tiempo. Acepta mi parienta que, aunque es patética y triste, no es extraña en Latinoamérica la imagen del autor que va de evento en evento, con su bolsita debajo del brazo, regalando y voluntariamente dedicando a otros  algún ejemplar que además ha sido imaginado, escrito, corregido y financiado por él mismo.
No obstante, de todos, el rol más riesgoso es el de jurado de un certamen literario, de allí que muchos se nieguen a serlo.
Siempre me ha llamado la atención el desparpajo con que algunos colegas se vuelven concursantes genéticos. Es decir, no hay certamen nacional en el que no participen. Pequeño, mínimo, grande, regular. No importa. Y a veces en varios con el mismo libro. En ocasiones lo hacen con la excusa de que “es la única manera de ser reconocidos o publicados”. Comprensible, pero… A veces, cuando percibo que esta actitud se ha prolongado a lo largo de quince o veinte años o más, me parece que participan otros ingredientes como la egolatría y el narcisismo. Los casos son múltiples, suficientes ya para una futura estereotipología del escritor concursante recurrente.
Naturalmente tengo que dejar claro que también durante los primeros años de mis inicios como escritor de ficciones fui partícipe muy activo de certámenes literarios. Y hasta llegué a ganar algunos, pero igual, como es obvio, no cogí pizarra en una buena cantidad de ellos. De manera que creo que los concursos son una institución necesaria. Considero también que muchos de ellos, la mayoría, son objetivos, y además me enorgullezco de haber participado como autor en varios, y de haber tenido como compañeros de jurado a verdaderos adalides de la transparencia, en otros. Tampoco dudo de que haya premios “amañados”, e incluso los (pre)destinados a ciertos autores, pero al menos a mí no me han convocado para que destaque a fulano o zutano. Se dice que eso lo hacen algunas editoriales u otras instituciones por razones comerciales, políticas o ideológicas. No lo he vivido, mas sí olfateado, principalmente durante mi paso por alguna editorial intrnacional. Pero, además, cuando son acertados, los libros suelen defenderse solos, independientemente de jurados e intenciones extraliterarias. Y cuando son malos, por muchos premios que se les asignen, ni que los fajen chiquitos.
Creo además que la “edad de los concursos” es una etapa necesaria en un escritor, pero no debería durar toda la vida. Tiene que existir un momento en que le pongamos punto final, al menos en aquellas ofertas destinadas a quienes están comenzando. Porque, por muy y vigorosos y rozagantes que nos sintamos, en algún momento estamos obligados a dejar de ser “promesas”, “novísimos” o “escritores jóvenes”. Y de no ser así, terminaríamos escribiendo solo para jurados, a la espera de que nos “descubran” y lancen al estrellato. Así envejeció un personaje de uno de mis cuentos que terminó "lanzándose al estrellato él mismo", desde la altura de un edificio. La literatura ejercida con responsabilidad es mucho más que eso.
Y como nunca me falta una anécdota en la que, por pudor y respeto, menciono el pecado pero no al pecador, pues aquí les relato dos.
  Primera: el reconocidísimo crítico y ensayista que mucho más de una vez envió un par de cuenticos al concurso e “ingenuamente” suscribió con seudónimo pero tapó con líquido blanco (eso que llaman “típex”) su nombre de pila, a fin de que los jurados pudiéramos indagar al respecto. Seguramente esperaba que se premiara su nombre y no los cuentos. Conservo esas copias como un tesoro, por si las moscas pican.
Segunda: durante el Concurso de Cuentos de El Nacional (2006) me encontré con un conjunto de ¡diez cuentos! enviados al certamen por un mismo autor. Ojo, ya ese mismo autor, algo vegetal, cincuentón para más señas, había ganado el mismo concurso en una edición anterior. Además, los mismos relatos me los había tropezado en otro certamen de ese mismo año. Como si se tratara de un lotería literaria, a más números jugados, mayor posibilidad de ganar. Finalmente, para penuria de aquel  concursero, esa vez el premio de El Nacional se lo llevó un escritor de 25 años, mientras el recurrente no cogió pizarra. No sabía quién era el autor de tal cascada narrativa hasta que, dos años después,  salieron publicados en libro por Monte Ávila editores. En mi archivo están los textos.
Acepto también que cada vez aspiremos a ganar algún galardón que supere al que antes hemos obtenido. Como escritores responsables, estamos obligados a jerarquizar los concursos a los que deseamos postularnos. Más de una vez lo he comentado: bien merecida tiene su “mención de finalista” aquel autor o autora ya veterano(a) y muy reconocido que ha sido “vencido-a” por alguien que está comenzando. Y también me parece trucado el anexar a la plica una pequeña nota que indique “si no me dan el premio único, por favor, no me otorguen menciones porque me asesinan el texto”. El “único” asesino en tal caso es el propio autor veterano que se aventura a que le ocurra eso.
Como participante en algún concurso, no se me habría ocurrido jamás utilizar como seudónimo una juntura de las primeras sílabas de mi nombre y apellidos, principalmente si presumo que mi nombre de escritor es ya suficientemente conocido y reconocible. Tampoco me habría atrevido a firmar mis textos en la última hoja y a pasar luego un leve brochazo con borrador blanco, que facilitare leer el nombre completo del autor al trasluz. Quien hace eso, bien sabe que la curiosidad mató al gato, y puede tentar al jurado. Ni mucho menos acotar al principio del texto un epígrafe o prólogo que provenga de lo que haya(n) escrito algún(os) jurados. No coincido con quienes desglosan un libro completo en los quince o veinte cuentos que contiene y los remiten (con quince o veinte seudónimos diferentes) a un certamen en el que se premiará un solo cuento, verbigracia el Concurso de El Nacional o el de SACVEN. Creo que se confunde en estos casos la literatura con la lotería de animalitos de Valera. Igual podría opinar de aquellos o aquellas que someten una misma novela, libro de poemas, ensayos o cuentos, a varios concursos simultáneos. Incluso, hubo quien alguna vez agregó a su texto un colofón del mismo modo que lo había hecho con todos sus libros ya publicados. Es decir, no llamó perro al jurado pero le mostró el tramojo de su trayectoria.
Los casos referidos los he padecido como jurado o me los han referido escritores muy cercanos. Y conservo un interesante archivo antológico alusivo al tema. Nada digo de quienes se hacen los suizos al ignorar cláusulas de las bases y alegar luego (si ganan) no haberles “parado mucho” porque presuntamente “los escritores somos distraídos”. Simples ficcionautas que escribimos y ya. No estamos pendientes de esas “minucias” administrativas.
Y, claro, como digo eso, defiendo a la mayoría. Aquí he referido como ejemplos solo las excepciones, no la regla. Afortunadamente. Entiendo que en tales casos excepcionales y minoritarios, los concursantes genéticos confían en la ignorancia del jurado. Como alguna vez confió un otrora joven escritor de Valencia, al enviarnos como suyo un texto de Virgilio Piñera que, por no conocer, estuvimos a punto de premiar. Nos salvó la providencia y la cultura literaria de un escritor amigo a quien por casualidad comentamos aquel texto sin saber quién era su autor(a). O sea, igual que los escritores auténticos, también algunos jurados tienen a veces un ángel que los ilumina. Y no siempre son tan “distraídos” como se cree. Ficcionautas es neologismo distinto de otro: “distranautas”. 
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Notas:
1. M odificado y ampliado en octubre de 2012 
2. Fuente de la imagen y de la cita de J.L.Borges: http://20milleguasviajesubmarino.wordpress.com/2012/07/17/programa-159-tres-cuentos-cortos-de-borges/ 

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