jueves, julio 23, 2015

Diccionario de la lengua española y venezolanismos



Leo en un diario de provincia una noticia que me sorprende y que supongo de antemano como una interpretación periodística errada: «La Real Academia Española acepta diez venezolanismos». Alude al recientemente publicado Diccionario de la lengua española (2014). Para no enredarnos, abreviémoslo DILE.  Lo de DRAE tiene confusos visos de posesión unilateral. En realidad, esa obra no es de responsabilidad exclusiva de la Real Academia Española. Desde hace ya varios años, el DILE es producto de una mancomunidad integrada por veintidós academias.  En mayor o menor grado, todas han hecho sus aportes para que el Diccionario se enriquezca.  Este criterio de abreviarlo DILE ha sido refrendado incluso por el nuevo director de la RAE (Darío Villanueva). Y la presencia de  Hispanoamérica  en sus páginas ya es notable, aunque todavía queden pendientes diversos vacíos.

El DILE (2014) aparece con motivo de los trescientos  años de la Real Academia Española. De la noticia referida arriba podría inferirse  que apenas diez nuevas voces venezolanas han sido incorporadas a ese mítico mataburros (vocablo que por cierto ya es un americanismo/venezolanismo con patente académica). Y en realidad es cierto. Los diez términos aludidos ya son parte del DILE, mas no los únicos que se han incorporado a esa edición. Siete de las voces allí mencionadas aparecen por primera vez: chamo, faramallero, leche (buena suerte), pana,  pasapalo, rasca (borrachera), sócate; tres de ellas ya eran parte de la edición anterior: borona, emparamar, mecate.

No obstante, para evitar malentendidos, hay que dejar claro que el DILE contiene, desde hace tiempo, muchos más venezolanismos de diferentes clases. Si bien todavía no suficientes, el inventario ha venido creciendo en la medida en que aparecieron las diferentes ediciones. Las últimas y más ricas han sido las de 1992, 2001 y 2014. Digamos que, de un total aproximado de diecinueve mil americanismos, las voces nuestras  ya sobrepasan las mil quinientas (entre definiciones independientes y acepciones).

Hay múltiples venezolanismos compartidos con otros países americanos. Por ejemplo,  autobanco, cacerolear, camuflajear, carnetizar, cedulación, bojote, chupamedias…  Los hay de uso exclusivamente venezolano: sócate, rasca, pasapalo, arrechera, emparamar(se), abasto(s), tongoneo, autobusete, majunche, amellar, bombero, coñazo, cachito, choreto-a, motorizado-a y muchos más. Otros ya se han anexado al vocabulario general del español: bellista, bolivariano, bomba (surtidor de gasolina), bululú, entre otros.

Y es obvio que existen los que todavía no han sido incorporados, aunque sí forman parte del Diccionario de Americanismos (DA, 2010): busaca, cacho, chalequear, chimbo, choro, cogeculo, cuaima, despelote, enratonar(se), jalabolas, matraquear, hojilla y paro de contar porque no cabrían aquí.

La historia futura del español de Venezuela  determinará si se integran o no algunos que están en plena efervescencia: guarimba, guarimbero, bachaquear, bachaquero, bachaqueo, escuálido, chavismo, chavista, enchufado, lomito (lo mejor, óptimo), toripollo, chiripero, raspacupo… La supervivencia de las palabras depende mucho de que se mantengan las situaciones específicas que las hacen nacer y de que socialmente decidamos que valen la pena. Esperemos que por lo menos no se consagren definitivamente algunas de las mencionadas en este párrafo.

Tampoco es que se trate de la perfecta sincronía y equilibrio entre el vocabulario peninsular y el americano, pero algo se va logrando en la medida en que las distintas academias se hagan sentir. Poco a poco se ha venido ganando un terreno que nos corresponde legítimamente. No es una concesión ni un reconocimiento, pues  América es una fuerza innegable para el fortalecimiento del idioma. El ochenta y cuatro por ciento de los hispanohablantes estamos de este lado del Atlántico, un cercano nueve por ciento en España y los demás dispersos por el resto del mundo.


Y, para concluir, lo curioso de la reciente publicación del Diccionario de la lengua española (DILE) es que (a siete meses de su salida al mercado) hasta hoy no lo hemos visto en nuestras librerías. Según las noticias, ha sido distribuido por el mundo, siendo Venezuela una de las excepciones que para nada nos honra. Cabe preguntarle a la editorial Espasa (empresa del Grupo Planeta, con filial venezolana en plena producción) el motivo por el cual —hasta ahora—nos han privado de tener el nuevo Diccionario entre nosotros.  Más allá de su presencia en la web, el DILE impreso en papel es todavía una necesidad para muchas personas e instituciones. No tenerlo disponible en el país constituiría casi un crimen de lesa lengua.

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Publicado originalmente en www.contrapunto.com (31 de mayo de 2015)
Foto: archivo RAE.
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