viernes, junio 26, 2015

Mensajes y masajes de texto



Es la moda. Muchos estamos en ella, pero, según mis alumnos,  ya parece asunto solo de la generación intermedia. Mientras los más chicos están deslumbrados con el WhatsApp, el chateo en vivo, el «eskaipeo» y otros recursos menos tardíos, otros estamos todavía en la etapa de los mensajitos de texto.  El verbo mensajear se ha vuelto cotidiano en nuestras vidas:

—Quiero que nos veamos hoy por la tarde —le dice  un colega a otra, antes de salir de la oficina— tenemos que ponernos de acuerdo a ver si  esta semana conseguimos café.

—Tranquilo— responde ella— te mensajeo antes de salir de casa. A mi terminal de lotería, perdón, de cédula,  le corresponde el día martes.

Y ese «mensajeo» no es cualquier tipo de comunicación. Alude exclusivamente al hecho de posar el dedo pulgar sobre las teclas del teléfono móvil, elaborar un breve mensaje de texto (incluidas abreviaturas, reducciones y emoticones) y  hacer clic en enviar. A ese uso del pulgar se le llama pulgarización. Dicen los expertos en estas cosas que, de seguir como vamos, el llamado dedo gordo de la mano se alargará en el ser humano y en no pocas generaciones ya no se le podrá llamar Pulgarcito, sino Pulgarsote.

No son pocas las personas que a diario observamos pulgarizando, en cualquier parte y en diferentes momentos del día. Quién no ha visto a la cajera o el cajero del supermercado con la mano derecha titiritando bajo el mesón, mientras con la izquierda va desplazando por el sensor de precios lo poco que hemos encontrado en los anaqueles.


A quién extraña que el mecánico pulgarice sobre su celu, mientras, totalmente engurruñado debajo de nuestro destartalado automóvil, revisa si fallan los tripoides o el árbol de leva. Con una mano va palpando las piezas del coche, con la otra presiona incómodamente las teclas. Y con la boca se recrea blasfemando porque no se consiguen repuestos

Otra escena rutinaria de este tiempo es la del jinete motorizado que  usa  simultáneamente dos teléfonos. Zigzagueando como si nada, entre los carros, e increpando a los conductores que osan atravesarse en «su camino», con uno de ellos va haciendo uso del manos libres, mientras con el otro no cesa de mensajear a los múltiples  contactos que, en la red de distribución de alimentos, ha establecido para desempeñar su función socialista de bachaqueo.

Hay muchas más escenas de esta naturaleza, pero, para no cansar, permítaseme mencionar finalmente al policía de tránsito que, en pleno centro de la intersección de dos vías, intenta orientar con su pito y su manoteo a la transgresora red de conductores que por allí circula. Mientras, con un ojo hacia el horizonte, simula ver el tráfico,  con el otro, dirigido al piso,  está pendiente del teléfono portátil que subrepticiamente descansa en la palma de su mano derecha.

Hace poco acudió mi tía Eloína a una reunión de condominio. Se proponía ofrecer una charla sobre cómo sustituir el papel higiénico por lajas de río. En lugar de sillas, los habitantes del edificio utilizan pupitres para sus actividades de esta naturaleza. Me relata la mayoría de los asistentes la miraba alelado y posaba un brazo sobre la mesa del pupitre, mientras el otro se percibía desaparecido. Como si de una colectividad de amputados se tratara. Mas no era así. Las invisibles extremidades eran utilizadas para masajear ocultamente las pantallas y los teclados que cada cual tenía en su mano.


                En fin,  todavía los mensajitos de texto acosan cotidianamente la testa de muchas personas. Parecen servir de masajes ante la adversidad.  Hay adictos incapaces de vivir sin ellos. El mundo se nos está volviendo mensaje y masaje: pantalla, teclados y claves hasta en la sopa.

Publicado originalmente en www.contrapunto.com (3 de mayo de 2015)
Imagen aportada por www.contrapunto.com (Google Images)


1 comentario:

Martha Pernalete dijo...

Divertido el articulo sobre los masajes de texto! Se le olvido el ejemplo del odontólogo que le esta revisando la boca a uno,, y con la misma destreza envía los mensajes .. jeje