miércoles, enero 24, 2007

Ni purismo fanático ni anglofilia incondicional




Sin duda que uno se vuelve viejo, fanático, achacoso y chauvinista cuando le pica la mala lengua. Una mañana llego a la universidad donde trabajo y leo en una pancarta Welcome visitors. Aunque creo que todavía somos hispanohablantes, por ninguna parte observo la contraparte, es decir, el mismo letrero en español, que es lo que esperaría mi tía Eloína.

Llamo por teléfono a casa de mi vecina carupanera para solicitar que me devuelva la herramienta que le he prestado y me dice “Okey, te la mando con Yesaidú Guatabaut o con "Yoncito Williams”. María, mi amiga de la adolescencia, prefiere hacerse llamar “Mery”, Isabel, “Elízabeth” (cuando no “Ely”) y Miguel no es Miguel, se llama “Máikel” o, mejor, “Máicol”. “Full trabajo” rezaba una inmensa valla que promocionaba a un joven político de Vargas en alguna contienda electoral.

Algunos de mis alumnos se asombran cuando escribo “güisqui” para referirme a la bebida escocesa. Entonces bromeo y les digo que me refiero al “whisky” nacional, el que se hace en Cabudare. No les parece que tal palabra pueda adoptar los rasgos del español, como también se niegan a escribir “bluyín” porque les suena a pantalón vaquero de mala calidad. No sabía yo que la calidad de las prendas se mida por la lengua en que se escriba su nombre. Prejuicios que se relacionan con la valoración social que a veces, sin darnos cuenta, le damos al español.

La radio me ensordecía hace poco con los gritos de un par de locutores venezolanos, jóvenes y sifrinos. Los animadores se trataban unos a otros de “gays” (a veces se equivocaban y se decían “gueis”), promocionaban un horno “fullpotente” que sirve para defrost y se referían a su propio discurso como un “speech” que les permite anunciar al final a sus “sponsors”.

La cotidianidad del país transcurre espanglosamente y cada vez uno se vuelve más un pureto purista del lenguaje. Sin anestesia, se nos mete la lengua anglosajona hasta en la respiración. Taguaras, botiquines y ventas de parrilla de mala muerte en plena carretera de oriente se autodenominan Pub and Grill. La empleada del banco me conmina a elaborar un “voucher” cuando debo hacer algún depósito. No hay modo de que un mensaje de “correo electrónico” no sea un “e-mail”. Cualquier revista pirata se autocalifica de “journal”. Me sonrío cuando escucho a algún colega que olvidó las interjecciones del español y, cada vez que se equivoca o se asombra, apenas es capaz de gesticular ridículamente un “¡Ou nou, guarapiri!” (¡Oh no, what a piti!, ¡qué lástima!). Y eso cuando no se le hace difícil encontrar el vocablo adecuado y debe decirlo en inglés: “¡Oh Gosh! se me olvidó cómo se dice esa fucking palabra en español”.

Al menos en mi universidad, se presentan trabajos de ascenso escritos en inglés, porque al parecer ningún reglamento obliga a la traducción en un país cuya lengua oficial mayoritaria es el castellano (según la Constitución, yo prefiero hablar de español, por ser este el nombre más universal de nuestra lengua). Leo una revista de lingüística supuestamente venezolana y me encuentro con que más de la mitad de su contenido aparece en inglés, presuntamente para hacerla más “universal”. Y no hablo de los resúmenes o abstracts. Me refiero a los artículos completos. Pero como en eso de la valoración la pelota no es redonda, pues si soy yo quien aspira a publicar en una revista foránea, estoy obligado a enviarlo escrito en la lengua oficial de la publicación.

Se invita a un profesor gringo a dictar cursos en el país y buena parte de las veces hay que utilizar ese odioso recurso de la traducción diferida o resumida, con su dosis de presupuesto y aburrimiento adicional, porque el sabio lecturer sólo habla inglés y de vaina. Voy a su país a hacer lo mismo y tengo que chapucear lo que deba decir en mi mal pronunciado y ridículo “espanglish” maragocho, porque allá las normas indican que debe hacerse en la lengua nacional.
Es decir, lo ancho de la lengua inglesa para los otros, lo presuntamente angosto de la lengua española para nosotros

Todavía recuerdo la imagen de un colega universitario a quien alguna vez me encontré en un supermercado. Hacíamos las compras respectivas en dos estilos totalmente diferentes. Mientras, para ayudar al presupuesto, yo buscaba las ofertas y los productos genéricos, pues él iba empujando el carrito como un autómata, sin mirar lo que compraba. Y lo hacía de esa manera porque daba la impresión de estar hablando solo. Caminaba de modo mecánico y movía los labios constantemente, mirando al techo. La curiosidad me obligó a acercarme con la excusa del saludo rutinario y entonces, al preguntarle acerca de “sus rezos”, me comentó el motivo de su levitación: repetía de memoria los pasajes de una ponencia que leería en inglés “machucado”, durante un congreso “sobre la lengua española”. En aras de la “internacionalización” de sus presuntos hallazgos había adoptado la pose del niño caletrero. El que va y viene repitiendo como loro las frases.  A eso lo obligaba la organización del evento, que tendría lugar, no en China, tampoco en Japón ni en Estados Unidos, mucho menos en África o en Nueva Zelanda. El congreso de marras se celebraría ¡en la isla de Margarita!, aquí mismo, en la Venezuela anglófila. Y la razón era más que sencilla –según me explicó-: la mayoría de los invitados internacionales eran “hispanistas” de habla inglesa, lo que, en el léxico de su gramática puertera, mi tía Eloína llamaría un “anacoluto patético”. Sin comentarios.

No creo sinceramente que sea necesaria demasiada erudición gramatical o porrones de teoría lingüística para suponer que así como es el castigo del cuerpo, la lengua es el espejo de lo que somos y deseamos ser. Todos en su propio terreno -estadounidenses, británicos, mongoles, franceses, portugueses, italianos, chinos, alemanes- defienden hasta donde pueden las suyas; nosotros menos que los otros. En tanto algunos países penalizan los nombres comerciales en lenguas foráneas y los calcos injustificados, aquí se les valora como emblemas de categoría y distinción. Y no me refiero a los préstamos lingüísticos (a veces necesarios e inevitables). Cualquiera sabe, intuye, que uno puede mirar en la lengua materna las hendiduras de su propio ombligo cognoscitivo. Y no por ser fanáticos espanglosos estamos más cerca de la gloria y la civilización.

Ya Antonio de Nebrija, autor de la primera gramática española, se adelantó en 1492 y nos dijo que la lengua es compañera del imperio. Y ahora también lo es de los arreglos con el FMI, diría mi tía Eloína. Digo yo, aquí entre nos, es preferible llegar a la puretad lingüística que creer que el universo perfecto se reduce al idioma en el que La Casa Blanca ordena invasiones e intervenciones donde no la han llamado.

Y aclaro, por si las dudas. El inglés me parece una lengua necesaria, como cualquiera otra. No tengo nada contra ella ni creo que no deba enseñarse en la escuela. Tampoco me opongo a que le solicitemos prestadas algunas palabras que, por cierto, jamás le devolveremos. Todavía me pregunto por qué se les llama “préstamos”. Me luce mejor la denominación de intercambio. Y ese intercambio, que es natural entre todas las lenguas en contacto, forma parte de la dinámica lingüística. También del español les hemos cedido centenares de voces a los anglohablantes. Vale.

Pero de ahí a considerar que así como “sin tetas no hay paraíso”, “sin inglés no hay vida”, mi criterio es otro. Difiero. Disiento. Discrepo. Una cosa es conocer y reconocer la importancia actual de una lengua y otra es ser anglófilo fanático y desbocado hasta el punto de aventúrate muchas veces a hacer el… (¡”Upps”, se me olvidó cómo se dice “ridículo” en español!). 

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