miércoles, enero 03, 2007

Charleros y charlatanes




La lengua puede ser el mismísimo castigo del cuerpo, por muy cobarde que este sea. Escuchando los discursos de Año Nuevo de varios hombres y mujeres del mundo, conversaba sobre asuntos del lenguaje con mi tía Eloína y ella, quisquillosa e hiriente como suele ser, me comentaba que desde hace algún tiempo se ha puesto de moda entre los jóvenes venezolanos la palabra “charlero” (versión mejorada y postmoderna del clásico “charlatán”). La utilizan los chamos y no tan chamos para referirse a aquellos hablantes que no cesan de “hablar pepas” o que hablan “más que un radio prendío” (como se dice en Trujillo) sin expresar absolutamente nada.
Y con “hablar pepas” se refieren al acto de pasarse larguísimos períodos expresando carretillas interminables de vocablos orales o escritos sin que se le vea el queso a la tostada de la realidad comunicativa. Mucho verbo y poca o ninguna acción, cero resultado.
“¡Fulano es un charlero!” Exclama mi parienta cada vez que observa que algún hablante público de cualquier país declara a principios de año, por la tele por la radio o por la prensa escrita, haciendo sus promesas de Año Nuevo.
Y que conste que no considera mi tía que este sea un asunto exclusivo de Venezuela. La cháchara charlera y chateante es universal. Hasta en esos supuestos países idílicos en los que suele decirse que la gente se suicida de tanto orden y pulcritud se cuecen habas lingüísticas de esta naturaleza.
El paso siguiente a la clasificación de los charleros es la categorización de alguien como “chaborro” (neologismo impuesto por los hablantes jóvenes, que además puede significar “descuidado”, “mal vestido”). Individuos o individuas que, con toda la rimbombancia propia de los hablachentos incontenibles, recurren a vocablos como, por ejemplo, “posicionarse” y “aperturar”, o a expresiones como “yo pienso de que…”, “los consumidores se comportaron tímidamente este fin de año”, “No vendí nada, solo reduje mis inventarios al mínimo” o “no habrá inflación sino ajuste de precios”, cada vez que desean confundir a la audiencia que los escucha o lee sus declaraciones. El primer impacto de esta clase de intentos comunicativos generalmente es exitoso. “¡No lo entiendo, pero habla arrechísimo!”, suelen expresar los escuchas inicialmente. No obstante, igual que con cualquier actividad humana, la repetición sostenida de tales actos no hace más que contribuir al desgaste de lo manifestado.
Es posible que al comienzo la audiencia piense que se trata de un orador o una oradora “espectacular” (para recurrir a otro término en boga), pero ese amor es como el de la verdolaga, lo arrojas a un lado cuando ya se te pasa la emoción. Entonces la emisora o emisor de tales chácharas se convertirá para los destinatarios en un verdadero hablante “pichache”, una persona a quien los demás oyen con la seguridad de que no afirmará nada novedoso y de que cualquier cosa que diga será auténtica “retórica pajística”. De manera que una vez que en privado se les pregunte a los implicados si no piensan que la discurseadera de Fulano o Fulana de Tal es una verdadera caravana de pichacherías, no vacilarán en responder inmediatamente: “¡Total!”.
Porque utilizar adecuadamente los recursos del lenguaje para nada significa que te esmeres en un rebuscamiento perenne de citas, frases retorcidas o gastadas e incomprensibles expresiones. Es probable que, siendo el hablante de mayor peso dentro de un grupo social, todos tus acólitos (anónimos o conocidos) sean incapaces de hacerte notar los gazapos y atajaperros lingüísticos en que incurres, porque momentáneamente la relación de dependencia o la posición que ocupan dentro de tu tablero de ajedrez comunicacional los obliga a permanecer silentes.
O sea, no replican absolutamente nada porque les interesa cuidar lo que tienen. Callan porque se lo dicta la necesidad de supervivencia y no porque de verdad crean que te la estás devorando con tus trapisondas verbales. Todo oyente subordinado suele ser obediente y no deliberante (Eloína dixit).
De allí que su rostro, su sonrisa “escondevergüenza”, su presunta actitud conforme para tolerar las chapucerías, los obligue a apretar muy bien los glúteos y a responderte recurrentemente con otra frase calcada del inglés que sin duda está de moda, puesto que ya la utilizan hasta los ministros, banqueros, profesores, comunicadores en general, empresarios y hasta académicos: ¡Eso es correcto!
No obstante, la venganza lingüística tarda pero no olvida. Es casi seguro que tus súbditos comunicacionales se atreverán a decir públicamente que eres un hablante chocarrero y chocante una vez que por cualquier motivo queden fuera del juego y salgan de tu radio de influencia. Hombre, que también el estómago y el dinero condicionan las reacciones verbales.
Moraleja: no hables demasiado cuando el  silencio sea más efectivo que tu verbo.


Referencia de la imagen: www.crieriohidalgo.com