miércoles, mayo 20, 2009

La novela de un cantante "encantador"*




De bares, cantinas y nocturnidad conocen bien los personajes de Mario Amengual (Maracay, Venezuela, 1958). Entre un bolero cantado a media luz y una buena resaca producto de la trashumancia por lugares que rinden culto al Dios Etilo, nominación tropical con que mi tía Eloína alude al Baco romano o Dionisos de la antigua Grecia, Amengual no permite que un personaje suyo pase por una página sin haber realizado obligatoria parada en un tugurio, botiquín, taguara, bar o terraza donde calmar la sed que generan no sólo los aburrimientos o conflictos cotidianos sino también las penurias de la vida urbana contemporánea.

Y si no hay lugar apropiado en el recorrido que hace el personaje, pues cualquier línea del texto es propicia para que una botella de caña clara, de ron, de güisqui o de cerveza, amainen las gargantas cansadas de quienes se mueven en el interior de sus relatos. En suma, casi todos sus personajes son beodos empedernidos. Los que no beben en la entrada, lo hacen a la salida, en público o en privado, con motivos o sin ellos, no importa.

Ésa es la primera idea que en mi memoria de lector han dejado las dos novelas suyas que hasta el presente conozco. De la primera, El pozo de la historia (2006) no voy a decir nada por cuanto no es la estrella de esta crónica. Apenas puedo recordar entre mis anotaciones la vida movediza, desgreñada, ora abrupta, ora irónica e incluso humorística, de un estudiante de psicología y empleado del Archivo Histórico con nombre de compositor de boleros: Rafael Hernández. Y lo digo porque justamente ése ha sido otro de los ganchos al hígado de mis pupilas que Mario ha logrado conectarme con su segunda novela, titulada El cantante asesinado (Caracas: Bid&Co, 2009). En pleno tono de bolero, el autor casi nos insinúa de entrada “Voy a contar la historia de un cantante…” Y, como los buenos narradores, comienza matándolo en la primera página para dedicar el resto de la novela a contarnos la vida accidentada de Álex Aldao: cantante excepcional convertido primero en mendigo y después en cadáver.

En mi caso particular de lector silvestre, no hay quien hable o escriba de boleros, de música popular y de los ambientes nocturnos que no logre engancharme en sus propósitos. Y si el protagonista es “borracho, parrandero y jugador”, no hay en mi caso más remedio que acudir a la lectura. Por eso me he paseado esta vez por la historia de Álex Aldao. No voy a describir la novela completa porque, aparte de fastidioso y aguafiestas, rompería con el hechizo que significa leerla sin conocer nada de su contenido. Diré sólo que conmueve verdaderamente, no sólo la vida atrabiliaria y misteriosa del protagonista, sino también el poder encantatorio de que el autor ha provisto al personaje para ofrecernos su historia de vida. Por similitud fonética, pareciera obvio que un guitarrista e intérprete como Aldao sea un EN-CANTANTE, o si se prefiere, un cantante que ni siquiera venido a menos y convertido en piltrafa humana perdió la facultad que lo emparentaba al flautista de Hamelín, con la diferencia de que no sólo era capaz de encantar a ratones y niños, sino a cualquier ser viviente que se detuviera a escuchar su voz y su guitarra.


En El cantante asesinado, Mario Amengual toca varios perfiles de la novela contemporánea y sale bien librado. Lo primero que hace es incurrir en el filón de lo policial, al convertir a un abogado (Ricardo Delgado) en el detective insidioso, obsesivo y pertinaz que busca resolver un crimen que muy poco hubiera interesado a cualquier otro. Con tanta clientela adinerada y poderosa, no son muchos los abogados contemporáneos a quienes podemos ver dedicados a aclarar el asesinato de un indigente. En segundo lugar, el contexto de la novela se mueve en el terreno de hurgar dentro de la psicología de unos personajes que cargan con una vida que parece significar muy poco para el resto de la sociedad: los indigentes y sus propios conflictos sociales, familiares y hasta políticos que, aunque no lo parezca, los padecen. Viven cotidianamente la rutina de una especie de sociedad civil subterránea y hasta podría decirse, suburbana: son los habitantes de una ciudad miserable ubicada dentro de la misma urbe de concreto que los mira con indiferencia, a veces incluso desconociendo que pueden llegar a ser tan perversos como cualquier ser humano. Lo demuestra el modo como compiten por sus espacios y también la conducta y el celo que asumen cuando se ven amenazados. Y como al imbuirse en ese submundo pierden hasta sus nombres, pues terminan siendo nominados mediante apodos generalizantes como el Indio, el Oriental, la Tía Mayor, la Tía Menor, el Niche y el Chivo Eléctrico.


Podría yo añadir que la propuesta de Amengual en esta ocasión trae como valor agregado el desarrollo de una historia de amor, casi de telenovela. El personaje principal transcurre prácticamente por todas las páginas del texto enamorado perdidamente de una chica, Mariane, tan buena ella como inmejorable es la voz del cantante. Y digo “buena” para no decir “buenota”, “buenísima” o “podrida de buena”. Acudo a la propia descripción del narrador para evidenciar la figura de la Mariane, a quien algún personaje referencial de la historia bautizara como “la hembra majestuosa”. Y no sin razón, véanla:

“…espléndida figura de 1.72 m; dos piernas largas, robustas, torneadas, cintura estrecha, piel suave, entre pálida y ligeramente bronceada, redondos senos en plena correspondencia con su saludable delgadez, la firmeza de sus piernas, el ancho de sus hombros, y un rostro en el que su boca carnosa y su nariz perfilada no opacaban sus almendrados ojos color café ni su cabello negro azabache, liso y grueso, que caía como una tranquila cascada sobre sus hombros,” (pp. 31-32).


¿Para qué más?

Si alguien está interesado en contactar a esta estupenda chica, invitado está a visitar la novela. Seguramente Álex Aldao, el “cantante encantador” no tendrá problema en presentársela, pero sí lo tendría si usted llega a interesarse por tal monumento. Precisamente, el más grave incidente que vive Aldao es que no puede aspirar a una chica de tal naturaleza para él sólo y ella misma decide partirse y repartirse, ofreciéndose a otro personaje apodado el Portugués Renegado, con lo que la trama de la novela cae en otro ángulo explotado por el autor, el del tri-ángulo amoroso, que, para no hacer la trama tan simple como eso, termina convirtiéndose en un cuadrángulo al que se incorpora una dama entradita en años que será de mucho interés para la investigación del asesinato por parte del abogado Ricardo Delgado.


Y también en el asesinato tiene mucho que ver la nocturnidad. Aldao es un cantante que en realidad mata tigres de toda naturaleza con sus melodías, pero, para mí, es obvio que su fuerte es el bolero. Tanto lo es que incluso el narrador llega a contagiarse del discurso propio de ese género musical y a veces describe circunstancias y pasajes con frases que muy bien pudieran ser parte de la letra de un bolero arrabalero, de esos que no rasguñan pero sí desgarran. Hay muchos, pero permítaseme citar apenas unos pocos ejemplos:


“Álex albergó la esperanza inútil de que Mariane estaba con el Portugués Renegado por temor…”( 42).

“…la felicidad era un beso en el abismo” (46)

“…lo dejó descargarse, [y] acusarla de inconstante, pérfida y sin sentimientos...” (47)

“…se trataba de un castigo por haber renunciado a su familia y preferir las intermitencias de una mujer voltaria” (50).

Mariane fue esa tormenta, ese temblor de la tierra, ese toque de insensatez advenedizo…” (51).

“La entrega y el deseo fueron su templo, su oración y su rito…” (59)

“..él se rendía al encanto de sus besos y a la miel de su lujuria” (65).

“Yo puedo ser… tu virgen de burdel, tu diosa prostituta, tu princesa corrompida y zalamera.” (81).


Si a esto uniéramos los nombres de algunos de los cantantes que con sus figuras adornan las paredes del bar orillero La Jumará (Agustín Lara, Daniel Santos, Olga Guillot, Toña la Negra, Tito Rodríguez, entre otros) y los títulos de algunas piezas que desfilan por las páginas de la novela (“Noche de ronda”, “Taboga”, “Qué te pedí”, “Déjame llorar”…), pues nadie podrá dudar que también El cantante asesinado es un tributo al ambiente tropical del bolero, que llega incluso a emular el estilo de sus letras clásicas. Imagine entonces un coctel de esta naturaleza aderezado por la nocturnidad brumosa en que se mueven los personajes y el ambiente de un botiquín de buena muerte (La Jumará) en el que el abogado Ricardo Delgado suele reunirse a conversar sobre la vida de Aldao con el maestro Lira, quien fuera el primer guía musical del futuro cantante durante su paso adolescente por un correccional.


Esto y mucho más es esta breve novela cuyo ritmo narrativo invita a la lectura de un solo trago fondo blanco en la que la miseria, la decadencia, las zancadillas amorosas, la traición y la música popular sirven de escenografía para mostrar la existencia nómada, la pasión obsesiva y la muerte planificada en la oscuridad de un cantante que, como en el bolero, pudo haber sido y no fue. Una vez que, de interrogatorio en interrogatorio, Ricardo Delgado ha puesto en claro la historia y la causal del asesinato del cantante, sencillamente ha demostrado, en plena consonancia con el Dios Etilo al que se entregan todos los personajes de Amengual, que “no hay bar que por bien no venga.”


*Texto de "presentación en sociedad" de la novela El cantante asesinado (Caracas: BID and Co, 2009). Caracas: 14 de mayo de 2009.


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viernes, marzo 20, 2009

Celulares, cedulares, celulosos





Nadie lo duda, ni siquiera los que se han quedado en lo que Alvin Toffler denominó “la segunda ola” de la Humanidad, la época de la imprenta convencional, la radio, la televisión y, en general, los mass media. La tecnología es buena, sus avances son importantes, su alto nivel de especialización ha contribuido a solventar muchos problemas del pasado de la especie humana. Y ningún invento sustituye a otro u otros, sencillamente se acumulan y, claro, llega un momento en que lo anterior termina siendo pieza de museo. Pensemos, por ejemplo, en la utilidad que puede tener hoy el telégrafo frente al correo electrónico. Inevitable. O mi ya vieja y anciana rocola frente al ipod. El fax sigue allí en reposo, campeando, pero ya hay momentos en que lo pensamos como propio de la historia de las comunicaciones.
No obstante…, siempre un “no obstante”, cómo dudarlo, también los avances tecnológicos nos mueven el piso de las costumbres, se aparean con la incertidumbre y más de una vez ponen “patas arriba” nuestra cotidianidad.
Aceptamos la nueva tecnología sin rollos (y sin poder decir que no), nos valemos de sus ventajas, nos encanta la velocidad con que opera. Parafraseando al poeta Jorge Manrique, podemos decir que, aunque a veces con ella igual se nos va la vida “tan callando”, solemos creer que nos la está estirando o mejorando. Porque también es cierto que hay ocasiones cotidianas en que desearíamos algún avance que desaparezca para volver a la época de las cavernas. Principalmente, cuando nos acogota y nos saca de nuestras fronteras de la racionalidad. Es decir, cuando por alguna razón rabiamos debido a esa tendencia “leguleyomúrphica” que hace que algunas dificultades se multipliquen cuando estamos precisamente en otras dificultades.
Por ejemplo, dígame usted si no le ha ocurrido que le haya sonado el teléfono celular en las situaciones rutinarias más inverosímiles en que pueda encontrarse. Digamos que, siguiendo el consejo de mi hijo menor (internauta, cibernauta, ficcionauta, virtualnauta, y todo lo que lleve ese sufijo posmoderno relacionado con el ciberuniverso “-nauta”), uno ha asumido que el celular es como la cédula. Por eso, ¿qué móvil ni qué móvil?,  mi tía Eloína prefiere llamarlo “teléfono cedular”, cuando no “artefacto celuloso”, por ser tal vez el núcleo tecnológico de la contemporaneidad. Eso que algunos tecnólogos denominan “dispositivo comunicacional inalámbrico” es actualmente la carta de identidad de muchos ciudadanos. Y si no, fíjese que en alguna redada o escarceo, ya los oficiales de policía no le piden a usted que les muestre su documento de identidad. Le solicitan mostrar su teléfono, a fin de verificar cuál es su estatus social y cuánto provecho pueden sacarle. Por eso, en el mundo de hoy, la existencia casi responde abiertamente al lema promocional de una conocida tarjeta de crédito: no se puede salir ni vivir sin él.
De cada cien personas que deambulan por el centro de la ciudad, por lo menos ochenta van con el celular pegado a la oreja como si fuera un apéndice de la audición. Unos ríen, otros gritan, algunas llevan rostro severo, depresivo o feliz. No importa a dónde vayan ni cómo  (en auto, a pie, en carretilla, en burro, en carroza o en limusina), casi todos y todas van dejando que su existencia se difumine a través de las celdillas de las antenas receptoras y repetidoras de señales “celulatosas”.
Acuda a un encuentro social de cualquier naturaleza y certificará que ninguno de los asistentes está interesado en charlar con usted. Allí reunidos, sonrientes, todos tienen la mirada da vaca defecosa pegada a la pantalla del teléfono. Está uno hablando con alguien y nunca podrá conocer la reacción sobre lo que le estamos diciendo porque la atención del interlocutor solo tiene un foco: el celu. Vaya a un banco, a una oficina pública, a una caja de supermercado, etc. Cada quien, a cualquier hora, en cualquier momento y situación, está adherido a la rutina del mensajeo, a la lectura del correo o a la visita de páginas web. Ni modo. Lo más curioso que acabo de presenciar en relación con esto ha sido la imagen de un vigilante de tránsito, parado sobre la isla de la avenida, dirigiendo el voraz tráfico capitalino con la mano izquierda y enviando mensajitos con la derecha. Un pitazo y un dedazo, un movimiento del brazo en señal de “adelante, adelante, circulen” y un “clicazo” sobre el teclado del adminículo.
Y todo se confabula para que uno o una no lo deje ni para ir al retrete. “Por si alguna emergencia”, es la excusa preferencial del gran colectivo. Y justo el retrete es el lugar en que con seguridad no dejará de sonar. Existe una misteriosa conjunción de constelaciones entre los celulares y la letrina. Pareciera que la familia, los amigos, los allegados, los vendedores de cualquier vaina, las oficinas de cobranza, etc. adivinan telepáticamente que anda usted en labores de vaciado y limpieza intestinal para antojarse de marcar nuestro número “celulítico”, justo en ese preciso instante en que estamos al borde del abismo, tratando de ejecutar con total dignidad la tarea a la que nos hemos dispuesto cuando acudimos a sentarnos en la poceta. Habrá que pedir a las academias la reconsideración de los vocablos “excusado/escusado” para referirnos al retrete porque ya ni para excusarnos servirá.
Dígame además si no le ha ocurrido que está metido o metida en un tráfico infernal, tratando de poner su automóvil en retroceso o buscando evadir algún obstáculo, para que justo en ese segundo crucial le suene en su bolsillo el bolero, la ranchera, el vallenato o la pieza rapera con que ha programado la señal de repique de su teléfono. Asegúreme, usted, dama contemporánea, moderna, inteligente, dispuesta, emprendedora, trabajadora, si no ha sudado la gota gorda en más de una oportunidad al intentar conseguir dentro de la caja de Pandora que es su bolso carrielero (su “cartera” decimos en Venezuela) el bendito aparatejo que repica y repica y se esconde más, en la medida en que más usted desea capturarlo dentro de aquel almacén de chino, a fin de responder a la llamada que alguien le está haciendo. Y una vez que, luego de tanto esfuerzo y temblequeo, lo ha conseguido, pues ahora debe repetir la operación desespero a fin de buscar ¡ los lentes que le permitan leer el número o emisor de la llamada entrante!
Ley de Murphy, sin duda, mientras más ansíe encontrar el equipo de marras, mayor dificultad tendrá para lograr su propósito.
Nada digo de las diversas situaciones tragicómicas en las que la desesperación y los nervios se apoderan de nosotros, al intentar acallar los chillidos del teléfono. Y el bendito equipo que no se apaga. Pongo ejemplos vividos y vivientes que son ya cotidianos en el siglo XXI. Si se ha olvidado usted de apagarlo o ponerlo en silencio, es casi seguro que su celular suene:
Mientras usted está en misa, todo es  un pasmoso silencio, y el sacerdote está levantando la ostia hacia el cielo. ¡Cuántas miradas le llegarán como flechas imparables o como si fueran “rayos católicos”!
Justo en el instante en que alguien quiere contarle el chisme más importante de la semana. “Aló, mamá, soy Fulanito, olvidé decirte que me pidieron papel carta y plastilina para la clase de mañana” (
son las once de la noche y su párvulo le ha telefoneado desde la habitación vecina).
En el mismo minuto en que estamos intentando convencer al vigilante de tránsito de que no veníamos simultáneamente conduciendo y “hablando por teléfono”, y de que no hay razón para la multa, la mordida o el matraqueo que estamos tratando de evadir. “¿El señor Tal? Lo estamos llamando para decirle que se ganó un viaje con todos los gastos pagos y…”.
En el momento preciso en que su nueva conquista está a punto de decirle que sí acepta salir con usted a comer, ir al cine y acceder a otros asuntos privados que solo conciernen a ambos. “Aló ¿Luis? Hermanazo, tenía ganas de hablar contigo, vale, coye, qué de tiempo ¿no?...”
En plena tranca automovilística, y en medio de un corneteo infernal en el que usted sabe que no escuchará absolutamente nada de lo que le digan por mucho oído biónico que crea tener.
En situaciones en que vienen usted y su pareja cargados ambos con bolsas de mercado, sin ninguna mano libre ni posibilidad de agarrar aquel aparato para responder. La escena clímax de este tipo de evento es que a ambos, cargados hasta con paquetes en la boca, les suenen sus respectivos equipos simultáneamente. Ha pasado, lo aseguro.
Justo cuando, en pleno entierro de un familiar, el sacerdote está diciendo “dale señor el descanso eterno…”. “Señora Fulana, soy de la administradora, queremos recodarle la deuda pendiente con el condominio y…”
No digo nada del mágico segundo del orgasmo, porque bien merecido se lo tiene si usted no ha tenido con su pareja o parejo la gentileza de apagar el bendito aparato cuando ambos han aceptado que la vida no es sólo trabajar, comer, beber y que también hay momentos de coyunta corporal.
Y dígame además si quien lo está llamando no rabia porque usted no ha sido capaz de responder “¡inmediatamente el teléfono!”. ¿Para qué carrizo tienes un celular si no lo respondes? Es una pregunta frecuente en el ámbito de la familia, los amigos y los cobradores. Todos y todas esperan que tengamos la mano, el dedo “cliqueador” y el oído prestos para responder en cualquier situación, a cualquier hora.
En fin, que la tecnología ayuda, salva, conforta. Pero también jurunga la paciencia y una vez que hemos caído en su maraña, pocos harán muy poco para salvarnos, disculparnos o excusarnos de no poder responder las llamadas a tiempo. Y eso que nada he relatado acerca de esos nuevos equipos multifuncionales que permiten hacer casi todo a través de ellos. Los llamados “bebés”.
 No pasará mucho sin que salgan los teléfonos celulares que traigan hasta una lavadora virtual o una pareja o parejo incorporada-o. Será el tiempo de la total esclavitud porque ya no habrá excusa posible para convencer a los otros de la razón por la cual no pudimos atender su última llamada. La vida toda será una celda, una celda conectada a una antena.
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Fuente de la imagen: http://www.elmero.net/wp-content/uploads/2008/04/telefono_ocupado.png



miércoles, noviembre 26, 2008

DE LAS ACADEMIAS, LÍBRANOS, SEÑOR





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De tantas tristezas, de dolores tantos,
de los superhombres de Nietzsche, de cantos
áfonos, recetas que firma un doctor,
de las epidemias de horribles blasfemias
de las Academias, líbranos, señor.
De rudos malsines, falsos paladines
y espíritus finos y blandos y ruines,
del hampa que sacia su canallocracia
con burlar la gloria, la vida, el honor,
del puñal con gracia,
¡líbranos, señor!
[Rubén Darío: “Letanía a nuestro señor Don Quijote.]”



No ha sido Rubén Darío el único poeta que alguna vez aludió paródicamente a las academias y sus alrededores. También se sabe del enfrentamiento recurrente entre Ramón del Valle Inclán y la Real Academia Española, hasta el punto de que también ese autor hiciera gala de su ingenio para mofarse de aquella institución en su Farsa de la enamorada del Rey (1920). Bien sabido es que esas instituciones que se llaman Academias de… han recibido recurrentemente innumerables críticas, sobre todo de aquellos que las miran desde fuera como templos dedicados a la holgazanería o a la adulancia colectiva entre sus miembros. Muchas leyendas se han elaborado en torno de lo que son no solo las academias, sino también los académicos.
Dicha situación de leyenda, de fábula, de imaginería, ha contribuido a crear la imagen que usualmente tiene la gente común de lo que es un académico. Me referiré exclusivamente a los académicos de la lengua, por ser el terreno con el que he mantenido mayor contacto.
Es usual que la gente idealice a un ACADÉMICO como un centenario anciano sabio, calvo (o con peluca o cabello teñido) que casi masca el agua y utiliza para ver unos lentes de cristal muy grueso, si todavía no lo ha vencido la presbicia o, en su defecto, una inmensa lupa con la que es capaz de percibir hasta los gazapos idiomáticos del Papa. Se trata de un señor que supuestamente sabe absolutamente TODO acerca de la lengua y/o la literatura.
Su papel fundamental pareciera ser el de una especie de gendarme lingüístico de mucha experiencia cuya palabra sobre lo que se dice o escribe y lo que se debe decir o escribir es definitiva. Incontestable.

“Cazadores de gazapos que se amuchiguan en lenta turbamulta”, decía el venezolano Jesús Semprum de los críticos. Lo mismo podemos decir que piensa el común de las personas que son los académicos de la lengua.
Su presunta sabiduría es tanta que supuestamente conoce todas y cada de las palabras que han existido, existen y existirán en la lengua de la cual es académico. O sea, una mezcla de superhombre verbal, hombre biónico gramatical y mujer maravilla lexicógrafa cuya fuerza total reside en la lengua.
Cada vez que alguien confronta un dilema de tipo lingüístico, cada vez que el chamo no sabe cómo responder a la tarea de Castellano y Literatura, cada vez que algún gobernante comete algún desliz (o algo que se considere un “presunto”desliz), pues no queda más remedio que acudir al académico más cercano para solventar el asunto.
Tanto es así que la gente cree sin temor a dudas que un académico de la lengua es un señor que, como dice el ya anciano lema de la Real Academia Española:
“Limpia, fija y da esplendor”.
De acuerdo con esas creencias (a todas luces imaginarias, míticas), un académico debería ser más efectivo que un detergente, un lavaplatos extrafuerte: casi un infalible e irrefutable quitamanchas: “Limpia, fija y da esplendor”.
Esa misma tradición hace que un académico viva en permanente riesgo de que cualquier cosa que haga, diga o juzgue pueda ser utilizada contra él mismo.
No importa el lugar o el medio donde se encuentre, un académico puede ser víctima del acoso generalizado por parte de cualquiera que albergue alguna duda sobre el uso del idioma. Si va al dentista, por ejemplo, no es extraño que mientras le taladran una muela o le jurungan una dolorosa caries, al odontólogo se le ocurra preguntarle:
-¿Por qué en Venezuela decimos diábetes y no diabetes?
Con qué cara puede responderse a esa pregunta por muy académico que se sea, sobre todo en tan humillante y comprometedora situación como la de tener que dejarse enloquecer por el repugnante chillido de un taladro.
En el supermercado u otros espacios, nunca falta la cajera, el ama de casa, el vecino o el profesional amigo que, nomás avistar a algún académico conocido,  lo increpen con sus dudas. Nadie le pregunta por la familia o por los amigos comunes, sino por el lenguaje.
Es usual además que los demás crean que los académicos no asistieron a una escuela normal, de esas donde los chicos hacen diabluras con el lenguaje. Suponen que en esa escuela particular y casi única a la que supuestamente asisten los futuros académicos de la lengua les enseñan a ser siempre eufemísticos (palabra dominguera). Y no siempre se puede. A veces es necesario ser absolutamente disfemístico (otra palabra más dominguera todavía).
¿Por qué? Porque por muy “eufemístico” y por muy académico que se sea, no hay nada más cursi y más ridículo que utilizar algunas palabras fuera de contexto, cuando las situaciones reales y concretas implican sacar a flote las que realmente se necesitan. Acudamos a los ejemplos:
¿Qué pensaría usted de algún señor académico que en su caminata cegatona tropieza con el filo de alguna pared, se lleva un terrible golpe en la frente marchita e imitando a Batman y Robin exclame:
-¡Oucht!, ¡córcholis!, ¡sambombas!, me he lesionado la parte que cubre el lóbulo frontal de mi cavidad craneana.
O, que el mismo señor llegue a su casa, abra la puerta, ponga rostro serio y, con entonación de actor de telenovela de los años sesenta, y ante la sospecha de la doña le está montando los cuernos acudiendo con su amante a hoteles de estancia corta, le reclame a la dama que convive con él:
-Querida cónyuge: me dirijo a ti formalmente con el propósito de participarte que no estoy contento con que por las noches estés visitando lugares de hospedaje ocasional con otros caballeros.
En fin, posiblemente esa es la imagen con la que se ha idealizado tradicionalmente a los académicos. Seres imperturbables que presuntamente siempre hablan con el diccionario y la gramática en la mano y jamás como lo hace la gente común en todas partes.
Acompaña a esa imagen errada el hecho de que, además, la gente piensa que un académico debe ser más serio que una estatua o que una foto de papel moneda, que se le han secado las neuronas de la risa de tanto pensar en los asuntos de la lengua y, en consecuencia, se ha distanciado de la cotidianidad de las demás personas.
Y la realidad es que una persona que por alguna razón ingresa a una academia no deja de ser lo que ha sido durante su vida previa. Al contrario, si se toma esta nueva función como debe ser, creo que se le potencian las facultades para la escritura, sigue siendo un hablante-escritor cualquiera que posiblemente ahora está más pendiente de algunos asuntos a los que antes prestaba poco interés. Por ejemplo, vivir permanentemente pegado de un diccionario buscando palabras raras para no pasar por ignorante o al menos sorprender cuando alguien le pregunte sobre términos como “mordaga”, “sinecura” “mastaba”, “pavitonto” o “supercalifragilisticoespialidoso”.
Un académico o académica de la lengua de esta época es alguien que cree en la creatividad del lenguaje y no critica a los hablantes cada vez que, ante cualquier pregunta, responden “¡Sí va!” o “¡Dale, dale, pues!”; que no percibe como aberraciones lingüísticas esos mensajitos de telefonía celular que parecen códigos cifrados, en los que los usuarios despachan buena parte de las vocales y convierten todo en una secuencia de puras consonantes, a veces incomprensible para otros, pero efectivísimas como mensajes de emergencia; que no se asombra cuando algún pescador del oriente del país le dice con plena sonrisa que el político Fulano de Tal es un “picardioso”, porque no sólo es pícaro sino también tramposo. En fin, un académico es una persona de mente siempre joven que cree, como diría Aquiles Nazoa, en los “poderes creadores del pueblo” y disfruta al escuchar que un popular vendedor de refrescos de malta fría, se comporta como un creativo publicitario cuando, para promocionar su producto, va por toda la calle gritando a todo pulmón:
-¡Toma malta, maltirízate!
Un académico de este tiempo es alguien que se asombra cuando algún orador improvisado, médico, abogado, profesor de sociología o de lingüística, está explicando el asunto más enrevesado del mundo, con un vocabulario y una sintaxis que no comprende nadie, y termina su discurso diciendo: “¡Eso es todo, así de sencillo!”
Un académico moderno, abierto, humilde, es aquel que se preocupa por cada aspecto de la lengua, pero también disfruta cuando lee o escucha frases como las siguientes:

 Letrero en valla publicitaria de bebida alcohólica:
 “Disfruta de los mejores momentos de la vida sin excesos. Sólo si eres mayor de edad” 
[Aviso en baño de bar de carretera]:
Aviso en baño de bar de carretera:
“Favor bajar la palanca hacia arriba
[Declaración de ministro]:
Declaración de ministro a la prensa:
“No hay desabastecimiento sino distorsión en la cadena de distribución”.
[Lema de mi tía Eloína]
Lema de mi tía Eloína:
“Que un hombre de noventa años orine sin quejarse, es casi “micción imposible”