miércoles, mayo 20, 2009

La novela de un cantante "encantador"*




De bares, cantinas y nocturnidad conocen bien los personajes de Mario Amengual (Maracay, Venezuela, 1958). Entre un bolero cantado a media luz y una buena resaca producto de la trashumancia por lugares que rinden culto al Dios Etilo, nominación tropical con que mi tía Eloína alude al Baco romano o Dionisos de la antigua Grecia, Amengual no permite que un personaje suyo pase por una página sin haber realizado obligatoria parada en un tugurio, botiquín, taguara, bar o terraza donde calmar la sed que generan no sólo los aburrimientos o conflictos cotidianos sino también las penurias de la vida urbana contemporánea.

Y si no hay lugar apropiado en el recorrido que hace el personaje, pues cualquier línea del texto es propicia para que una botella de caña clara, de ron, de güisqui o de cerveza, amainen las gargantas cansadas de quienes se mueven en el interior de sus relatos. En suma, casi todos sus personajes son beodos empedernidos. Los que no beben en la entrada, lo hacen a la salida, en público o en privado, con motivos o sin ellos, no importa.

Ésa es la primera idea que en mi memoria de lector han dejado las dos novelas suyas que hasta el presente conozco. De la primera, El pozo de la historia (2006) no voy a decir nada por cuanto no es la estrella de esta crónica. Apenas puedo recordar entre mis anotaciones la vida movediza, desgreñada, ora abrupta, ora irónica e incluso humorística, de un estudiante de psicología y empleado del Archivo Histórico con nombre de compositor de boleros: Rafael Hernández. Y lo digo porque justamente ése ha sido otro de los ganchos al hígado de mis pupilas que Mario ha logrado conectarme con su segunda novela, titulada El cantante asesinado (Caracas: Bid&Co, 2009). En pleno tono de bolero, el autor casi nos insinúa de entrada “Voy a contar la historia de un cantante…” Y, como los buenos narradores, comienza matándolo en la primera página para dedicar el resto de la novela a contarnos la vida accidentada de Álex Aldao: cantante excepcional convertido primero en mendigo y después en cadáver.

En mi caso particular de lector silvestre, no hay quien hable o escriba de boleros, de música popular y de los ambientes nocturnos que no logre engancharme en sus propósitos. Y si el protagonista es “borracho, parrandero y jugador”, no hay en mi caso más remedio que acudir a la lectura. Por eso me he paseado esta vez por la historia de Álex Aldao. No voy a describir la novela completa porque, aparte de fastidioso y aguafiestas, rompería con el hechizo que significa leerla sin conocer nada de su contenido. Diré sólo que conmueve verdaderamente, no sólo la vida atrabiliaria y misteriosa del protagonista, sino también el poder encantatorio de que el autor ha provisto al personaje para ofrecernos su historia de vida. Por similitud fonética, pareciera obvio que un guitarrista e intérprete como Aldao sea un EN-CANTANTE, o si se prefiere, un cantante que ni siquiera venido a menos y convertido en piltrafa humana perdió la facultad que lo emparentaba al flautista de Hamelín, con la diferencia de que no sólo era capaz de encantar a ratones y niños, sino a cualquier ser viviente que se detuviera a escuchar su voz y su guitarra.


En El cantante asesinado, Mario Amengual toca varios perfiles de la novela contemporánea y sale bien librado. Lo primero que hace es incurrir en el filón de lo policial, al convertir a un abogado (Ricardo Delgado) en el detective insidioso, obsesivo y pertinaz que busca resolver un crimen que muy poco hubiera interesado a cualquier otro. Con tanta clientela adinerada y poderosa, no son muchos los abogados contemporáneos a quienes podemos ver dedicados a aclarar el asesinato de un indigente. En segundo lugar, el contexto de la novela se mueve en el terreno de hurgar dentro de la psicología de unos personajes que cargan con una vida que parece significar muy poco para el resto de la sociedad: los indigentes y sus propios conflictos sociales, familiares y hasta políticos que, aunque no lo parezca, los padecen. Viven cotidianamente la rutina de una especie de sociedad civil subterránea y hasta podría decirse, suburbana: son los habitantes de una ciudad miserable ubicada dentro de la misma urbe de concreto que los mira con indiferencia, a veces incluso desconociendo que pueden llegar a ser tan perversos como cualquier ser humano. Lo demuestra el modo como compiten por sus espacios y también la conducta y el celo que asumen cuando se ven amenazados. Y como al imbuirse en ese submundo pierden hasta sus nombres, pues terminan siendo nominados mediante apodos generalizantes como el Indio, el Oriental, la Tía Mayor, la Tía Menor, el Niche y el Chivo Eléctrico.


Podría yo añadir que la propuesta de Amengual en esta ocasión trae como valor agregado el desarrollo de una historia de amor, casi de telenovela. El personaje principal transcurre prácticamente por todas las páginas del texto enamorado perdidamente de una chica, Mariane, tan buena ella como inmejorable es la voz del cantante. Y digo “buena” para no decir “buenota”, “buenísima” o “podrida de buena”. Acudo a la propia descripción del narrador para evidenciar la figura de la Mariane, a quien algún personaje referencial de la historia bautizara como “la hembra majestuosa”. Y no sin razón, véanla:

“…espléndida figura de 1.72 m; dos piernas largas, robustas, torneadas, cintura estrecha, piel suave, entre pálida y ligeramente bronceada, redondos senos en plena correspondencia con su saludable delgadez, la firmeza de sus piernas, el ancho de sus hombros, y un rostro en el que su boca carnosa y su nariz perfilada no opacaban sus almendrados ojos color café ni su cabello negro azabache, liso y grueso, que caía como una tranquila cascada sobre sus hombros,” (pp. 31-32).


¿Para qué más?

Si alguien está interesado en contactar a esta estupenda chica, invitado está a visitar la novela. Seguramente Álex Aldao, el “cantante encantador” no tendrá problema en presentársela, pero sí lo tendría si usted llega a interesarse por tal monumento. Precisamente, el más grave incidente que vive Aldao es que no puede aspirar a una chica de tal naturaleza para él sólo y ella misma decide partirse y repartirse, ofreciéndose a otro personaje apodado el Portugués Renegado, con lo que la trama de la novela cae en otro ángulo explotado por el autor, el del tri-ángulo amoroso, que, para no hacer la trama tan simple como eso, termina convirtiéndose en un cuadrángulo al que se incorpora una dama entradita en años que será de mucho interés para la investigación del asesinato por parte del abogado Ricardo Delgado.


Y también en el asesinato tiene mucho que ver la nocturnidad. Aldao es un cantante que en realidad mata tigres de toda naturaleza con sus melodías, pero, para mí, es obvio que su fuerte es el bolero. Tanto lo es que incluso el narrador llega a contagiarse del discurso propio de ese género musical y a veces describe circunstancias y pasajes con frases que muy bien pudieran ser parte de la letra de un bolero arrabalero, de esos que no rasguñan pero sí desgarran. Hay muchos, pero permítaseme citar apenas unos pocos ejemplos:


“Álex albergó la esperanza inútil de que Mariane estaba con el Portugués Renegado por temor…”( 42).

“…la felicidad era un beso en el abismo” (46)

“…lo dejó descargarse, [y] acusarla de inconstante, pérfida y sin sentimientos...” (47)

“…se trataba de un castigo por haber renunciado a su familia y preferir las intermitencias de una mujer voltaria” (50).

Mariane fue esa tormenta, ese temblor de la tierra, ese toque de insensatez advenedizo…” (51).

“La entrega y el deseo fueron su templo, su oración y su rito…” (59)

“..él se rendía al encanto de sus besos y a la miel de su lujuria” (65).

“Yo puedo ser… tu virgen de burdel, tu diosa prostituta, tu princesa corrompida y zalamera.” (81).


Si a esto uniéramos los nombres de algunos de los cantantes que con sus figuras adornan las paredes del bar orillero La Jumará (Agustín Lara, Daniel Santos, Olga Guillot, Toña la Negra, Tito Rodríguez, entre otros) y los títulos de algunas piezas que desfilan por las páginas de la novela (“Noche de ronda”, “Taboga”, “Qué te pedí”, “Déjame llorar”…), pues nadie podrá dudar que también El cantante asesinado es un tributo al ambiente tropical del bolero, que llega incluso a emular el estilo de sus letras clásicas. Imagine entonces un coctel de esta naturaleza aderezado por la nocturnidad brumosa en que se mueven los personajes y el ambiente de un botiquín de buena muerte (La Jumará) en el que el abogado Ricardo Delgado suele reunirse a conversar sobre la vida de Aldao con el maestro Lira, quien fuera el primer guía musical del futuro cantante durante su paso adolescente por un correccional.


Esto y mucho más es esta breve novela cuyo ritmo narrativo invita a la lectura de un solo trago fondo blanco en la que la miseria, la decadencia, las zancadillas amorosas, la traición y la música popular sirven de escenografía para mostrar la existencia nómada, la pasión obsesiva y la muerte planificada en la oscuridad de un cantante que, como en el bolero, pudo haber sido y no fue. Una vez que, de interrogatorio en interrogatorio, Ricardo Delgado ha puesto en claro la historia y la causal del asesinato del cantante, sencillamente ha demostrado, en plena consonancia con el Dios Etilo al que se entregan todos los personajes de Amengual, que “no hay bar que por bien no venga.”


*Texto de "presentación en sociedad" de la novela El cantante asesinado (Caracas: BID and Co, 2009). Caracas: 14 de mayo de 2009.


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