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miércoles, febrero 14, 2007

Contesta Dora


Fuente: https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjEK2JmInKGn1_FKd0Gowx1TUMoGaK1knK4mnUubdA9bBlniq_K8uq-vV_byW53g7uOq3HkDQkglKnzQqxNomWF1NVqlrLbMdR6ROKZoFI6DpSvsd1ED55uD6kpbf3DuxJ4O4Kz/s1600/Humor+telefono-vasos-b.jpg


Mi tía Eloína es de aquellas personas que escucha su propia voz imitada por un ventrílocuo y jura que la persona lleva un reproductor de casetes o discos compactos en el estómago.

- ¡Sea guón, no jo!, ¡A mí nadie me hace tragar el cuento de que cualquier picardioso puede hablar sin abrir la boca y menos con la voz de otro!

En pleno furor internético cree que el mecanismo del fax funciona por obra y gracia de alguna trampa (lo considera una vulgar máquina de escribir que se traga y vomita las hojas escritas). No distingue todavía entre la pantalla de un monitor de computadora y un televisor. Tiene miedo de los aviones, de los ascensores y de las escaleras mecánicas. En cuanto a la radio, la escucha y hasta la disfruta pero con cierta sospecha de que hay alguien escondido dentro o detrás del aparato. Del correo electrónico, ni se ha enterado. O sea, es tecnoanalfabeta voluntaria irreductible.
A veces me luce que su filosofía es “ver para creer”.
Su incredulidad recurrente en los avances tecnológicos suele hacerme recordar la actitud de un compañero de estudios de postgrado  que alguna me comentó acerca de un inminente viaje suyo a Venecia, en Italia. En tono de franca broma le comenté que, debido a que esa ciudad fue pensada con canales acuáticos y no con calles, pues allí los semáforos, cuando están en verde, te muestran la figura de un hombrecito nadando (y no caminando, como es lo usual).

Pues sepan que aquel caballero se carcajeó con mi acotación e insistió en que no me creía; me decía que yo me estaba burlando de él, a cuenta de que era de San Cristóbal. No obstante, mi carcajada no se hizo esperar cuando, nomás regresar, lo primero que hizo fue visitarme para traerme una fotografía de un semáforo veneciano:

-¡Yo sabía que era mentira lo que usted me había dicho! ¡Vea la foto, vea!

Así es mi parienta, no cree, aunque duda. Apenas logró asimilar el teléfono hace algunos años, pero hasta allí llegó su nivel de credulidad con la tecnología y eso porque durante su juventud conoció los auriculares de vasitos plásticos que los niños utilizábamos para hacer correr nuestra voz a través de un hilo.
Como ven, mi parienta vive aún en el entresiglo XVIII-XIX.
El clímax de su escasa fe en los adelantos comunicacionales acaba de ocurrir durante su última visita a la capital. En las afueras del terminal de autobuses consiguió un sobreviviente teléfono tarjetero. Aparte de que les tiene pavor a las mesitas buhoneriles que alquilan los a su juicio “misteriosos adminículos que llaman celulares”, tampoco está convencida de poder utilizar las tarjetas magnéticas como dinero. Sin embargo, ante la extinción de los ya obsoletos aparaticos tragamonedas, siempre consigue quien la ayude a hacer sus llamadas en la calle.
Esta vez,  intentaba comunicarse a mi teléfono fijo para que alguno de mis hijos fuera a recogerla, puesto que en casa no sabíamos de su viaje.
Deseaba venderme lana con la sorpresa de su telefonazo y salió trasquilada.
Una vez que el chofer del autobús en el que viajó le marcó el número, pueden imaginar su reacción al escuchar al otro lado una voz que no la dejaba hablar, aun cuando ella intentaba interrumpirla entre una palabra y otra. No había nadie que atendiera la llamada y se activó el mensaje de voz que suelo dejar grabado para el servicio de respuesta automática:

“Aquí contesta-dora, la cachifa electrónica sin “barrera”, sea optimista, la carne bajará de precio, es tiempo de vacas gordas. Si va a enviar un fax, hágalo inmediatamente, si no, deje un mensaje breve y su número, gracias. Disfrute la música.”

Eloína no entendía aquella retahíla imparable “de mi parte” y me ha dicho que lo primero que pensó es que yo estaba borracho y como sabía que era ella, me divertía tomándole el pelo, hecho que ella había corroborado al escuchar la música de fondo que suelo añadir al final del mensaje (Juan se llamaba y lo apodaban charraqueadoooo…).
Pasó más de dos  minutos gritándole a la bocina telefónica, insistiendo en que yo estaba ahí y me negaba a responderle para hacerla perder la paciencia.

-¡No te hagáis el loco, mirá, yo sé que me estáis oyendo, vergajo, no me calo ese mollejúo pitico, dejá que te vea...!

El resto del fúrico mensaje de mi parienta  ocupó todo el espacio disponible y es impublicable.
Cuando llegué a casa a mediodía, la encontré en la puerta, todavía echando chispas como un reverbero. Al no lograr que “yo” respondiera a sus chillidos, decidió tomar un taxi y allí estaba, bufando como una vaca herida y roja, rojita de la furia.
Me costó mucho convencerla de que yo no había estado en casa. ¡Qué cómo podía decirle eso si hasta le había contestado el teléfono con una risita burlona! ¡Que qué riñones los míos, que no volvía más! ¿Que quién carrizo era la tal Dora que me acompañaba!...
Logré que entrara. Se calmó al rato. Y para demostrarle que le estaba diciendo la verdad, activé frente a ella el colector de mensajes, todo ocupado por su florido discurso, aderezado con léxico maracucho y oriental (éste último heredado de su más reciente marido ocasional).
Lo escuchó atónita, se iba poniendo morada y más morada a medida que oía sus improperios. Fue a la habitación donde mi hijo mayor había llevado su equipaje; regresó con su maleta todavía sin abrir y me dijo que se iba, que no volvía, que no me había bastado con mamarle gallo hasta cansarme, sino que encima había grabado su conversación para hacerla avergonzarse.