viernes, junio 27, 2014

COLAS EN EL BAR DE LA FELICIDAD











―¿Sabes para qué será esa cola de personas?
―No, pero igual hagámosla, por si acaso.


Mi inefable tia Eloína ha sido siempre aficionada a seguir eso que los terconomistas llaman «el pulso de la intrahistoria». O sea, tomar nota de los cambios (aparentemente imperceptibles, pero reales) que día a día van incidiendo en nuestra cotidianidad y nos van obligando a modificar hábitos, costumbres, actitudes. Historia pequeña, diaria, rutinaria,  en la que los de a pie somos protagonistas.

Según ella, en este tiempo en el que escasea hasta la lluvia, no nos hemos cerciorado pero andamos inmersos en un eufemismo llamado por ella «el bar de la felicidad».

 ―¿Qué vaina es esa , Eloína? le pregunto ―. Y se despatilla de la risa al ripostarme que soy tan caído de la mata que no me he percatado de que los venezolanos de hoy (junio de 2014) somos muy diferentes a los de hace una década.

―Nos estamos comportando como los borrachos de un bar ―me aclara―, somos felices en el botiquín hasta que pedimos la cuenta.

Por ejemplo, nos sentimos complacidos y sonreímos (para no llorar), al descubrir que hemos agudizado hasta umbrales impredecibles el arte del escaneo visual a distancia. Como los propios bolsas, nomás vemos a alguien caminando por la calle con unas ídem en la mano y casi instintivamente nos volteamos a hacerle el correspondiente paneo,  a fin de verificar el contenido de lo que cuelga de sus manos. Como si hiciéramos una veloz radiografía instantánea. Muy buena puede estar la chica o el chico portador-a de las marusas, pero poco nos interesa el cuerpo; nuestro objetivo fundamental ahora se focaliza en lo que la persona lleva dentro de aquellos paquetes. Primero, para verificar qué contienen; segundo, para husmear a qué supermercado pertenecen. La razón es muy sencilla; precisamos de tal información para apurarnos a hacer la cola en el sitio y  proveernos de lo mismo.

Esa misma actitud ha despertado nuestro neofanatismo por las filas. No hemos tenido ninguna guerra que nos obligara a convertirnos en filófilos, como dice la historia que ocurrió en algunos países europeos. Es la carencia, el permanente vivir en un constante «NO HAY»,  lo que nos ha obligado a estar conscientes de que ahora existen por lo menos cuatro o cinco colas en nuestra diaria rutina. Aparte de que hemos tenido que  aprender a determinar  dónde vale la pena hacerlas y dónde no.  Lo que no excluye que haya también otros que se meten en cualquier fila que ven por la calle, sin importar si de verdad les interesa. Son los que se incorporan a ellas «por si acaso». Tanto comienzan a gustarnos que ahora hasta hacemos una hilera fuera de los establecimientos antes de que abran sus puertas.

La  situación ha traído consecuencias para nuestra cultura culinaria. Ya no se come lo que se desea sino lo que se ha conseguido para el día. El correo electrónico, el  Tuíter y  el wasap  se han convertido en nuestros incuestionables aliados: los vecinos que viven en condominios, por ejemplo, han creado unas verdaderas redes sociales mediante las cuales el primero de los integrantes de la comunidad que localiza algún producto en el supermercado más cercano se dispone a informar al resto ―a la brevedad mínima y con el menor número posible de caracteres―sobre tal descubrimiento:

  vcns, arina n l uniKS, krrn krjo»
 [Vecinos, hay harina en el UNICASA, ¡corran, carajo!]

 No menos hemos hecho dentro de las propias familias. Ya nuestros hijos no nos mensajean para pedirnos la bendición o consultarnos cómo anda nuestro colesterol; el saludo filial más común de estos tiempos se limita a informarnos que llegó el desodorante, el papel higiénico o el lavaplatos a la perfumería tal:

  papl y kf a ls 2c  dnd l chino, msk mm!
 [Papel, pollo y café a las doce donde el chino, ¡mosca mamá!]

 Mi sardónica parienta suele comentar que para qué tanto buscar papel sanitario si el que  no come tampoco canta.

Ahora tenemos además varias obligaciones financieras que jamás imaginamos antes: por ejemplo,  los chicos/chicas que hacen de cajeros-as o  envuelven las compras de supermercados ya no están interesados en las pírricas propinas que les dábamos antes de que se pusiera de moda el bar de la felicidad; celulares en mano,  han devenido en centros de información desde los cuales notifican a sus «suscriptores» acerca de la llegada de algún producto al establecimiento para el cual trabajan. Y por ello, naturalmente, debemos pagarles una mensualidad. De vaina no nos piden que los incluyamos en el Seguro Social.

 Sin decir nada de otras nuevas especialidades laborales surgidas a partir de esta nueva realidad. Verbigracia, los «guardacolas»: mediante otro nada módico pago, hacen por ti  la cola en la caja mientras acudes a toda velocidad a esculcar las rumas de alguna novedad que haya llegado al súper. Y cuando decimos «novedad», no nos estamos refiriendo al jamón de bellota o las alcaparras de la isla de Santorini; estamos hablando simplemente de leche, vulgar líquido perlino alimenticio  extraído de las ubres de las vacas; estamos aludiendo a la pasta,  al jabón de baño, a la crema dental, el aceite, la carne, los  pañales. Ni siquiera condones hay para evitar la natalidad en estos tiempos en los que parece mejor no practicar el sexo si no se quiere aumentar el número de bocas. Como en los tiempos de mi infancia, las damas habrán de volver a los lavados vaginales con tanino en polvo.

Los viejos gestores, los intermediarios de las oficinas públicas, los buscapalancas vinculados a organismos públicos y privados siguen existiendo, por supuesto, pero son ya antigüallas frente a la nueva claque profesional generada por el ejercicio del «derecho a la alimentación». Hacerle a alguien la segunda en el abasto se ha convertido en nueva rutina  ¡Qué segunda! La segunda, la tercera, la cuarta y todas las que hagan falta con tal de proveernos de algún producto de primera necesidad. Y eso sin añadir que, aparte de comprar alimentos por estos irregulares y alcabalosos caminos de perversión, ahora necesitas además contratar  a algunas personas para que te escolten y protejan mientras llegas a casa, como si llevaras en las bolsas lingotes de oro o kilos de azafrán. Es decir, comer en el bar de la felicidad ha pasado a costar más que un ojo para un tuerto.

En fin, no basta con la inflación, que ya no es tal; más bien debe pasar a llamarse inflamación.  Todo se complementa en este tiempo venezolano para que, cuando se consiguen, los productos valgan ahora cinco o diez veces más de lo que costarían en situaciones normales, en países normales, donde la vida  transcurra como debe ser. «Y pensar que hay familiares nuestros ―dice Eloína―, parientes, amigos, colegas,  que aun comiendo piedras  imaginan que es lomito».

―¡Caramba ―cierra Eloína su queja―, si así es el bar la felicidad, ¿cómo será el botiquín del sufrimiento?!». 

                                                                                                   @dudamelodica
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Ref. de la imagen: http://www.lahora.com.ec/home/goAnterior/Loja/2011-11-23
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