miércoles, febrero 07, 2007

Entre la élite-ratura y la literatura-e





“Sobre la página de un libro se puede llorar, pero no sobre una computadora”.
José Saramago, 2004.

“¡Qué desesperación si la pantalla supliera a las páginas del libro!”.
Mario Vargas Llosa, 2005.

Dice mi tía Eloína que la literatura está cambiando aunque algunos escritores se nieguen a admitirlo. Y si no, que lo digan los millones de internautas que actualmente se acercan a las obras que circulan por la Internet. La llegada de la ciberliteratura o literatura virtual es un hecho al que ya no podemos resistirnos.
Sin embargo, esto no necesariamente implica la desaparición de esa especie de fetiche en que la cultura escrita convirtió al libro impreso. La evolución tecnológica humana no suele restar, más bien es acumulativa. Ahí están el coche tirado por caballos, la bicicleta, la motocicleta, el automóvil, el telégrafo, el teléfono, la radio, la tele, el diario y, por supuesto, el libro. Siempre que haya libros habrá lectores que prefieran el sistema de lectura impuesto desde la invención de la imprenta. Lo que no implica negar que ahora los lectores tenemos dos opciones: la élite-ratura (que así la llamo porque siempre ha sido un espacio de pocos, de élites) y la literatura-e (es decir, las nuevas formas de hacer literatura que han comenzado a imponerse a partir de la Internet, la literatura electrónica).
De modo que no tiene sentido temerle a esta nueva situación. Puede gustarnos o no, pero la literatura-e ya llegó y también tiene sus propulsores y sus fanáticos. Por ejemplo, nunca en su adolescencia pensó mi tía Eloína que algunas novelas de esta época podrían ser generadas como producto de muchas manos que no logran “poner el caldo morado”. Pero tampoco ha olvidado los cadáveres exquisitos que, imitando a los escritores surrealistas,  la obligaban a escribir con sus compañeros de colegio.
Me refiero en este caso a las propuestas que circulan por la red, para que -como lectores y escritores al mismo tiempo- nos incorporemos en la confección de textos literarios cuyo diseño final todos desconocemos y cuya “autoría” pertenecerá a una colectividad sin rostro, con identidad difusa y sin personalidad jurídica. ¿A quién pagarle esos derechos de autor-a?
Para no ir tan lejos, un ejemplo es el proyecto moderado por el venezolano Doménico Chiappe, quien desde Madrid coordinó en el año 2005 el lanzamiento vía Internet de la novela colectiva La huella de Cosmos, en la que participaron varios narradores españoles y latinoamericanos, entre ellos otros dos venezolanos (Juan Carlos Chirinos y Juan Carlos Méndez Guédez). Su lanzamiento tenía un propósito estrictamente interactivo, con texto, música y video, además de un foro abierto a quienes desearan intervenir en su desarrollo y diseño. Experto en estas lides de la creación literaria virtual, Chiappe es además autor de una novela multimedia anterior (Tierra de extracción, 2003). Lamentablemente, aunque había arrancado con buen pie, el proyecto se quedó en el camino, sin explicaciones, desapareció de la web como alma que se lleva algún diablo digital.
También leímos alguna vez que la editorial Penguin y la de Montfort University (Leicester, Inglaterra) arrojaron al mar de la tiburonía virtual la posibilidad de una narración a múltiples manos en cuya escritura podían participar tantos lectores como lo desearan, de cualquier parte del mundo, solo que en idioma inglés. Para tal efecto se nos remitía a visitar una página (http://www.amillionpenguins.com/) en la que podíamos intervenir al respecto. Para la fecha en que redacté esta duda por primera vez –febrero de 2007-, la página llevaba 94.774 visitas en apenas unos días. Al parecer también este experimento fracasó como tal, pero no deja de ser interesante el que se ande buscando el modo de enganchar el papel con la escritura digital. Son tentativas tentadoras que en algún momento habrán de cuajar.
En Japón, aparte de los video-juegos y los “mangáticos” dibujos animados, desde hace varios años es posible “leer novelas” a través de los teléfonos celulares. Se cree que por los móviles japoneses circulaban para el año 2005 más de 150 obras ofrecidas por la empresa de comunicaciones Bandai Networks.
 Puede parecer incómodo para un lector acostumbrado a las dos tapas que protegen las páginas de un libro pero imagínese usted el deleite futuro de quienes esperan largas horas para que un médico los atienda: mientras aguardan, todos estarán pegados del móvil, a fin de saber si la pareja protagonista se casa o no se casa o si el experimento del malvado de la trama tendrá éxito en el propósito de volver sabandijas a los humanos. Es otra curiosidad, buena parte de la narrativa literatrónica parece familia de la maltratada telenovela, cuando no de la ciencia ficción. Dos temáticas que tienen sus miradas puestas en sendos grupos de lectores muy precisos (los jóvenes y los viejos). Los japoneses las llaman “novelas móviles” e “historias portátiles” y pueden ser descargadas de la web a precios que jamás competirán con los de un libro impreso en papel. Sin dejar de lado que, una vez posicionadas a través del mercado digital, algunas de esas obras podrían pasar de los píxeles al papel, como libros impresos convencionales. Así que aquello de “salvar árboles” ha sido una excusa amable para embaucar incautos Y esto se inició, precisamente, por el método que inicialmente utilizaron algunos editores para lanzar por la red argumentos que permitieran a los lectores “construir” colectivamente una novela. Como técnica de mercadeo se les denomina “libros celulares” (o algo parecido, el japonés que aprendió mi tía Eloína en Los Puertos de Altagracia, no es muy confiable): modo inteligente y capitalista de fusionar la practicidad del teléfono móvil con la praxis de circulación bibliográfica ortodoxa.
Otra estrategia editorial utilizada para esto es la partición de los textos en breves fragmentos semiautónomos que puedan ser leídos, por decir algo, entre dos estaciones de metro o autobús. ¡Atención, señores editores venezolanos, la estrategia sería imposible en el metro de Caracas o en nuestras líneas autobuseras! Como en los países hiperpoblados, el arremolinamiento no dejaría espacio posible para la lectura, aparte de que se hace muy difícil concentrarse en la lectura si sabrosonamente se está siendo manoseado por todas partes). Esto implica una vuelta a las novelas por entrega. Lees un capítulo, te apeas. Subes, lees otro capítulo y te bajas de nuevo, hasta que llegas a tu destino. ¡Qué maravilla! Y lo más sorprendente: la mayoría de los autores de esta modalidad de libros desechables son jóvenes, lo que también ha consagrado el ingreso del “estilo” de los mensajes SMS a la literatura. ¡Fin de mundo!, dirá Eloína, pero está ocurriendo y no hay que desesperarse. Imagine usted el comienzo de una novela con las siguientes palabras:
Vngo a contart km se kyó la ksa d mi prro. La ky staba yna de gnt…
En fin, que debemos prepararnos para otras maneras de apreciar y leer la literatura. Ha nacido lo que mi parienta llama la “telegrafía literaria”. Que además viene reforzada por el tuíter y sus “menudencias”, tanto que ya los chamos gozan un mundo participando en esos concursos que te conminan a escribir una “novela” en 140 caracteres. Se llama “tuiteratura”. Y más aún, para regocijo de los estudiantes de bachillerato acostumbrados a leerse los resúmenes de las obras (y nos las obras en su totalidad), pues la britaníquísima editorial Penguin publicó en el 2009 un libro intitulado Los grandes libros del mundo resumidos mediante tuíter (traducción libre del sobrino, original en inglés: The World’s Greatest Books Retold through Twitter). Un total de ochenta y seis obras literarias ofrecidas a los lectores mediante veinte tuits cada una (todas presuntamente “universales”, según los criterios británicos, que –igual que los de los franceses- no siempre son de confiar; incluyen, por ejemplo, La divina comedia, El paraíso perdido…, pero también El código da Vinci, que a mi parecer al menos todavía no es un clásico). Para coger palco, pues. A ajustarse los pantalones y los ojos.
Y un poco para tranquilizar a quienes como José Saramago y Mario Vargas Llosa, han visto en las pantallas de los monitores una amenaza y una afrenta, creo que podrían servirles de consuelo las siguientes palabras que algunas vez leímos del escritor estadounidense  John Updike: “Los lectores y escritores de libros se están acercando a la condición de renegados, hoscos ermitaños que se niegan a salir a jugar bajo el sol electrónico de la aldea posGutenberg".


[texto completo de Updike en:
http://www.lapetiteclaudine.com/archives/009464.html].

Imagen tomada de : http://www.juventudrebelde.cu/suplementos/informatica/2012-07-11/nomofobia-cel-o-no-cel/?page=2

7 comentarios:

Alberto Quero dijo...

Es verdad, el progreso es indetenible. Aunque yo no veo por qué tanto escándalo: se trata de un nuevo tipo de "soporte", ya no es papel sino virtual.
Repito que no veo por qué el escándalo. Cuando se inventó la fotografía se pensó que los retratistas se iban a morir de hambre y que la pintura iba a desaparecer. Y no fue así. Cuando se inventó la televisión se pensó que el cine iba a desaparecer. Y no fue así. ¿Entonces cuál es el atore?
Hay diferentes formas de arte y de soportes para el arte, sea en "físico" o en virtual.

Con lo que sí estoy un poco escéptico es conlo de las novelas colectivas. Si cada quién puede modificar la novela a su antojo ¿cuándo y como termina? Es posible que una sola persona pueda alterarlo todo. De hecho, si cambia algo en el principio puede generar algo así como algo que ha obsesionado a diversos pensadores; los físicos lo llaman "efecto mariposa" y en Hollywood es el argumento de "Terminator" y de "Volver al futuro": una sola cosa alterada puede significar cambios dramáticos en lo posterior.

En fin, si cada escritor puede hacer lo que quiera, el proyecto es infinito. Y quizá termine siendo incoherente

Omar Mesones dijo...

Dado tu evidente y EXPLÍCITO interés por la literatura, me permito enviarte mi link, en el cual encontrará mi novela “VIRTUAL” publicada On Line. http://omarmesones.blogspot.com/
Gracias!!!

curioso dijo...

Bueno la revolucion informatica en la literatura no solo ha permitido la reduccion de costos ( por ser gratis) y el acceso de la literatura por parte de jovenes pero siempre no habra nada mejor que acostarse o sentarse en el sofa bebiendo cafe con un buen libro

Omar Mesones dijo...

MUCHISIMAS GRACIAS POR TU ATENCIÓN Y SUGERENCIAS. YA LE ENVIADO LA INFORMACIÓN DE MI NOVELA A HECTOR TORRES. DE HECHO, YA APARECE RESEÑADA Y RECOMENDADA EN EL PORTAL DE "FICCIÓN BREVE".

POR SUPUESTO QUE ME GUSTARÍA MUCHÍSIMO QUE EL LINK DE MI BLOG APARECIERA ENTRE LOS RECOMENDADOS DEL TUYO.

DE NUEVO, MUCHISIMAS GRACIAS!!!

José M. Ramírez dijo...

El tema del libro físico y el libro electrónico va más allá de una consideración de "soportes" o tecnología. Proust afirmaba que la lectura es un acto psicológico inseparable del contexto; uno incluso podría olvidar lo que leyó, pero no las circunstancias en que lo leyó.

La experiencia física, dada por la posición (como afirma el anónimo "curioso" en su comentario) tiene una influencia decisiva en la experiencia lectora. ¿Ustedes nunca han abrazado a un libro?

Y ni hablar de la escritura. Para mi es imposible tomar notas o generar un borrador en el computador. Y no se trata de rechazo tecnológico, la computación ha sido mi terreno de vida. Es una experiencia física diferente escribir en el papel, poder tachar, hacer anotaciones al margen, etc.

Me pasa igual con la fotografía: sólo con película y casi exclusivamente en Blanco y negro. La fotografía digital es, digamos, algo diferente.

Son indudables las ventajas de difusión que nos da el soporte digital, pero la e-literatura es, para mi, una "literatura otra".

Laura dijo...

Estamos de acuerdo por este lado... No hay por qué armar tanto escándalo. De hecho, digitalmente, he logrado hacer contacto con textos a los que jamás hubiese llegado así paseara por todas las librerías y bibliotecas de Caracas. No niego el placer de pasar páginas, subrayar pasajes u oler las páginas de un libro recién comprado o de la infancia... Pero no hay nada mejor que las alteranativas y ésta, la virtual, es de las mejores que hay.

Aún espero su visita en mi blog, ¡saludos!

Laura dijo...

Se me olvidaba...

¿Que no se puede llorar sobre una computadora? Ciertamente...

Pero llorar al frente sí que se puede...