miércoles, marzo 07, 2007

Beatriz, la bella, en Macondo





En el liceo de Los Puertos de Altagracia donde estudié mi primer año de bachillerato teníamos una compañera que no solo era anatómicamente la más buena del curso sino también la mejor alumna, la que parecía tener más recursos, la más intelectualosa y también la lectora más culta.
Mis amigos le decían “la Culitoapretao”, con lo que aludían no solamente a su situación económica sino también a lo que décadas después conoceríamos como sifrinismo. Sobre todo porque su madre, que estaba tan estupenda como la hija, la mimaba hasta la saciedad, comprándole todos los libros que ella deseara.
Se llamaba Beatriz como la de Dante. Chiquirriquitica, diminuta, mínima pero con la belleza concentrada en un rostro de virgen y unos pechitos, ¡coño, coño, coño!, provocativos; blanca, con cara y pinta de mantuana, de goda, de pequeña y preciosa oligarca local de porcelana.
Cuando estábamos juntos, parecíamos la dama y el vagabundo.
Pero no solo estaba como estaba, al menos para mi gusto, sino que además era buena estudiante, buena persona, buena conversadora, buena lectora; reunía todas las bondades, quizás de las mejores del liceo.
Cabello rubio suelto, ojos verdosos, conversación fluida con vocabulario y sintaxis de persona que parece adulta y culta, falda corta a la usanza de los tiempos sesentosos, blusa blanca impecable (como correspondía al uniforme liceísta), porte de ninfa griega resumida, orgullosa, algo pedante en su mirada y en su lenguaje cotidiano.
Su pequeño cuerpo se crecía con su finura y su caminarcito ondulante. Sabía de música, de literatura, de cine... Nombraba a tipos y tipas desconocidos para mi tosco conocimiento del mundo: desayunaba con Chopin, almorzaba con Zarzuela, hacía la siesta con Felinni o Fellonna (no recuerdo), y anochecía en lo que yo suponía la paz de su casa con la frescura de una tal “Madame Bovary”.
Lo que para los ochenta hubiera podido ser la propia sifrina nerd o chica posmo, se había adelantado para mi fortuna en dos décadas. 
Me juntaba con ella cuando dejaba los encuentros con mis compañeros, quienes la consideraban demasiado pretenciosa y para quienes no era de su agrado.
-No joda, esa carajita cree que no tiene ombligo ni hoyo entre las nalgas- me comentaba uno de ellos.
Sabía escribir mejor que todos, leía en voz alta como si recitara y no fallaba en sus curvas de entonación ni una vez. Pero lo mejor de todo (o lo peor, depende)  era que también aquella escultura mínima era mi mejor amiga y que, aunque siempre estudiábamos juntos, la timidez me impidió confesarle alguna vez que no andaba con ella por sus rasgos intelectuales sino porque me gustaba.
Lo cierto es que Beatriz fue la primera persona del pueblo (y cuidado si no la única) que tuvo en sus manos un ejemplar de Cien años de soledad. Su madre se lo había comprado en Maracaibo, a muy poco de haberse publicado la primera edición (1967), y ella alardeaba con aquel libro para provocar más la maledicencia de mis compañeros.
 No paraba de hablar de la novela, de los personajes, del lenguaje, de muchas vainas que los estudiantes comunes y corrientes no entendíamos. Hizo ella misma una especie de árbol genealógico de los Buendía, hablaba de Úrsula Iguarán como si se tratara de la vecina, argumentaba sobre la mentalidad fantasiosa de un tal Melquíades (nombre por cierto más zuliano que un huevo chimbo).
Es decir, nos tenía hasta la coronilla con sus lecciones acerca de la historia macondina.
En cambio, mi lectura más provechosa había sido un libro cuyo autor o autora olvidé y que se titulaba Tierna era mi carne. Por el título pueden imaginar de qué iba aquel volumen que yo dejaba colar por debajo de los pupitres para que mis amigos se deleitaran también con las escenas porno que describían a una chica, la protagonista, haciendo el amor con algunos animales (uno cada vez, una sola vez, eso sí, nada de redoblonas).
 Por la vía infalible del chisme, Beatriz se enteró de mi lectura preferida e inició una campaña de acoso para que yo dejara aquellas “cochinadas” y me dedicara a libros a su juicio más fortificantes.  Tanta lata me dio que me convenció de que yo también tenía que leer Cien años de soledad, asunto que no me disgustaba. Sin embargo, por ser “un tesoro”, según ella, no podría dejármela para que yo la llevara a casa. Debía leerla en la suya, durante los ratos que nos quedaran libres mientras estudiábamos (o mientras ella estudiaba y yo no hacía más que mirarla de soslayo, babeado por su mini talle perfecto y su sonrisa).
Salir de los dominios del reino de mi tía la Condesa, con quien yo vivía, implicaba para mí inventar cada día más oportunidades de permanecer en la calle. De ahí surgió la excusa de tener que quedarme en casa de Beatriz a estudiar por las noches. De modo que, si se hacía muy tarde, cosa que ocurría con mucha frecuencia, mientras yo me alelaba con la conversación de Beatriz,  me quedaba  también algunas veces a dormir en casa de algún amigo.
Así accedí a la lectura de la novela y debo admitir que quedé “estupefaciente” desde las primeras páginas.
No era porno pero igual cautivaba.
Mas, como se me hacía difícil culminarla por los escasos momentos que debía dedicarle, un día le propuse quedarme en su casa para avanzar en la lectura.
Consulta mediante con la madre, ambas aceptaron.
Sin que se enterara la abuela (que también vivía en la misma casa), entre su madre y ella me acondicionaron el sofá de la sala. Con una luz muy tenue que entraba por la ventana, desde la calle, agudicé mis ojos y logré leer hasta muy avanzada la trama y la noche.
Me quedé dormido.
Es posible que soñara con Beatriz emparejada con el coronel. O con Amaranta  aconsejando a mi compañera para que aceptara mi cambio de estatus: de amigo incondicional a aspirante al empate, por lo menos. A lo mejor deambulaba yo por las calles de Macondo persiguiendo a Beatriz como si ella fuera Remedios, la bella.  Quizás repasaba en mi mente soñolienta uno de los pasajes de la novela en que más me había fijado y que abajo entrecomillo:
“Amaranta se sintió tan incómoda con su dicción viciosa, y con su hábito de usar un eufemismo para designar cada cosa, que siempre hablaba delante de ella en jerigonza,
   -Esfetafa -decía- esfe defe lasfa quefe lesfe tifienenfe asfacofo afa sufu  profopifiafa mifierfedafa.
Un día, irritada con la burla, Fernanda quiso saber qué era lo que decía Amaranta, y ella no usó eufemismos para contestarle.
   -Digo –dijo- que tú eres de las que confunden el culo con las témporas.”

Algo ocurrió entonces entre la palabra “témporas” y mi somnolencia.
En plena madrugada,  medio desperté, desconcertado, sudoroso.
Escuché de nuevo el ruido que me había sacado de mis fantasías sexuales en Macondo. Percibí en la oscuridad una imagen que venía hacia mí. En mi enamoramiento adolescente, seguí soñando despierto al creer que era Beatriz que se había escapado de su habitación y venía a otorgarme un que yo, por una mezcla de pena y respeto, jamás le había solicitado.
Producto de mis alucinaciones con las escenas pornográficas leídas en Tierna era mi carne, se desató mi imaginación en asunto de segundos.
Amor adolescente – me dije.
Es mutuo -creí
Beatriz había salido de su cuarto y venía hacia mí…
Por fin sacaría yo fuerzas para decirle que dejara al patiquín que tenía por novio…
Se escuchaban las pisadas susurrantes como en puntillas. …que yo estaba más enamorado de ella que él…
… que a mí me gustaba leer y a él no…
Más cerca, un movimiento suave como de quien se agacha a verificar algo.
… que yo era el que dirigía el periodiquito anónimo Circuito y que por eso jamás nos habíamos metido con ella…
Cerquísima, casi encima de mí.
 ¡Hasta que escuché el grito en medio de la sala!
 No tuve más remedio que levantarme y, con la urgencia del caso, correr y atender atentamente a las palabras de aquella sombra.
 Motivada por la intuición que dan los años, la abuela se había despertado. Al descubrir en la oscurana, en plena madrugada, mi cuerpo echado sobre el sofá, se había armado con un palo de escoba y venía decidida hacia donde yo estaba, gritando a todo pulmón:
            -¡Un ladrón, un ladróooon!


[1]  Capítulo de la novela en crónicas Sin partida de yacimiento. Caracas: BID and Co, 2009

miércoles, febrero 28, 2007

Remedios que sacan la piedra





La gente suele ser sabia en múltiples consejas y amplísima en los más diversos consejos. Al menos en Venezuela, se trata de una conducta que no distingue colores de epidermis ni rangos sociales. Basta con la ocurrencia casual de un fuerte dolor de espaldas o la aventura incierta de algún examen médico de rutina en el que a usted le diagnostiquen la presencia de una piedra en el riñón para que le aparezcan de pronto los más diversos consejeros y consejos en cuanto a lo que deba hacer para expulsarla. Desde el más humilde de los empleados hasta la más encumbrada ejecutiva se vuelven calculistas o calculonas al momento de aconsejarle el remedio más adecuado para su mal.
La experiencia más reciente la acaba de vivir mi tía Eloína. Una vez que los sobrinos no creyeron en sus cuentos para echarle las culpas de sus cada vez más frecuentes dolores de cintura a la ancianidad de un colchón del que no ha querido desprenderse desde hace más de treinta años, hubo de resignarse y aceptar caer, una vez más, en las manos piadosas de un matasanos para que la examinara.
Y la verdad se le incrustó como piedra en el zapato (mejor dicho, en el riñón). En medio de una terrible sesión de náuseas generadas por la registradera del galeno, la noticia le sentó como si se hubiera atragantado con una cesta de mariscos en mal estado. Todavía recuerda la cara serísima del batiblanco, quien patibulario, patético y muy cejas torcidas, arrugó la voz para manifestarle que el ecosonograma, la tomografía, la resonancia magnética y las pruebas sanguíneas habían revelado la posibilidad de un diagnóstico que la dejó “estupefaciente”:

-Los exámenes lo evidencian- dijo el médico, tratando de ser concreto, conciso y exacto, como suelen enseñarlo en las escuelas de medicina- etiopatogénicamente tienes una litiasis urinaria originada por precipitación de sustancias cristalinas sobresaturadas, de composición química difusa y de origen mucoproteínico con infección por gérmenes ureolíticos-. ¡Más claro no canta un gallo!

Obviamente, cuando como paciente escuchas una retahíla de esa naturaleza, comienzas a tratar de recordar si tienes o no al día tu seguro funerario. Sin embargo, mi parienta se tranquilizó cuando otro médico amigo y más terrenal, menos sacerdotal, le aclaró que esa jerigonza inextricable significaba que tenía una vulgar piedra en el riñón.
Aparte de seguir el inútil tratamiento alopático recomendado (antes que tener que recurrir a esa mágica luminiscencia que llaman endoscopia), no hubiera pasado nada si a ella no se le ocurre hacer circular la noticia en el edificio donde habita. Descartando la mamadera de gallo del presidente del condominio (“¡Error de cálculo, doña Eloína, ¿cómo se hace?!”), cada uno de los vecinos de confianza fue apareciendo en distintos momentos para ofrecerle un consejo acerca del modo más expedito de botar la piedra.
Y dada, como es, a creer en las dotes de la sabiduría popular, ella comenzó a aplicarse una serie de remedios de tipo casero que, si bien ayudarían a eyectar a la intrusa, pudieron también haberla expulsado a ella del mundo.
Vecino del 5-B. Cocine barbas de jojoto de maíz amarillo cosechado en luna llena, déjelas serenar por media hora y prepare un batido con ellas al que le agregará una hoja de canela que no haya sido asoleada. Échele después dos cucharadas de aceite de oliva virgen y tómese medio vaso cada noche, antes de acostarse. Dicho y hecho, durante una semana, diarrea prolongada sin otro resultado. La roca seguía allí intacta.
Vecina del 7-C. Consiga un melón verde de 750 gramos que no haya sido sometido al transporte en camión de estacas. Córtelo en triángulos sin eliminar ni la concha ni las semillas, agregue dos vasos de agua, pase todo por la licuadora en la segunda velocidad y tómese un vaso antes de cada comida. Muy bien, estreñimiento severo por seis días y la guaratara allí, inamovible.
Vecinos del PH1: Corte varias pencas de sábila tierna y mézclelas con catorce dientes de ajo tamaño mediano, comprados en el mercado periférico antes de las cinco de la madrugada, añada agua al gusto y deje reposar por una hora para luego beber un vaso cada treinta minutos hasta que le saque la piedra. Qué va, retortijones intolerables y el peñón de Gibraltar como si no fuera con él.
Vigilante de la caseta de entrada. Prepare un té de onoto traído de Escuque, pero que haya sido arrancado de la mata en tiempo de atardecer de día lluvioso. Triture dos huevos de gallina criolla, cáscara incluida, y vierta el contenido en el té de onoto, métalo en la nevera durante tres horas y cuatro minutos y luego bébaselo en cucharadas, una por una. Heces coloradas, orina color salmón asustado y nada.
Conserje portuguesa. Como ninguno de los anteriores le ha hecho efecto, coloque cada noche un vaso de agua y otro de ron blanco frente a la imagen del Negro Felipe, acompañada de la de la Virgen de Fátima. Rece veintisiete rosarios sin respirar y tenga fe en que expulsará lo deseado y lo indeseado una vez que termine de orar. Negativo, casi se muere asfixiada, sin más logros.

En suma, cada vez ha venido alguien a ofrecerle de buena voluntad el remedio “más efectivo” para desalojar aquella dureza renal. Sin embargo, van ya unos cuatro meses probando recetas diferentes sin que ocurra el esperado milagro naturista que a mi parienta le saque la piedra. Allí sigue. Cualquiera otra sugerencia medicamentosa para este caso, por favor remitirla a la sección de comentarios de este blog de Eloína (http://barreralinares.blogspot.com). Ella está dispuesta a seguir probando antes de la opción quirúrgica. Aconséjela, por favor.

Nota: especial y muy particular agradecimiento a los ciento setenta y dos comentaristas que a la fecha de hoy (19-07-2016) han relatado experiencias similares y aconsejado generosamente a Eloína.



miércoles, febrero 21, 2007

Humor con amor se pega



Suele decirse que los venezolanos hacemos humor de cualquier evento, incluidas las desgracias, los sepelios, los divorcios y los malos  gobiernos. Particularmente, no creo que éste sea un atributo exclusivamente nuestro sino una condición que nos ofrece el idioma español en general. Pensemos, si no, en lo aburrido que para nosotros, hispanohaablantes,  es hacer o comprender el humor a la inglesa, a la sueca o a la alemana. Ni hablar del humor finlandés o danés. No debe ser muy fácil porque, aunque no sea cierto, suele decirse que en los países donde se hablan esas lenguas todo está tan resuelto que los hablantes se divierten suicidándose.

En la mesa, somos adictos a una sola expresión de humor negro cada vez que nos toca comer lo mismo del día anterior. Ante la necesaria resignación, no nos queda más salida humorística y amorosa que complacer a nuestra pareja, madre, hermana o hermano, mirando con sonrisa lastimera la comida vieja, engullendo el primer bocado y exclamando con total hipocresía, pero con aparente rostro de felicidad: “¡Ummm, está mucho mejor que ayer!”. Igual que no faltará jamás quien, después de una parrillada horrorosa, quiera halagar al autor o autora con la expresión “¡Coño, ahora es cuando esa candela está buena!”.

Vale. Amor con humor se pega.

Podríamos recordar también nuestros hábitos de hacer con alguien una cita: los hablantes del resto del mundo suelen acordar encontrarse a las cuatro, cuatro y treinta o a las cinco menos cuarto. Nosotros decidimos desde hace tiempo, enloquecer a los relojes y encontrarnos “a eso de las cuatro”, “más o menos a las cuatro”, “entre las cuatro y las cuatro y media”, “a golpe de cuatro”, “por ahí a las cuatro”, “cerca de las cuatro”, “antes de las cinco”, “pasaditas las cuatro”, etcétera, sin precisar jamás con exactitud. Pero todos entendemos y aceptamos. Como dijera Aníbal Nazoa, “A las cuatro y pico en punto, que en todas partes es un chiste, en Venezuela es una hora que puede corresponder a la realidad”.

Entre nosotros el melón, el melocotón, la ciruela, la naranja, el zapote, el mamey, la guayaba, la mandarina, el café, el chocolate, el pistacho, no son sólo frutas y vegetales, sino también colores. Así como el mantecado y la vainilla tampoco son sabores de helados o bebidas. Posiblemente el más original de nuestros colores criollos fue perfectamente delimitado hace años por la sabiduría popular: el color de “mono corriendo”. Es posible que nadie sepa definirlo, pero todos estamos seguros de reconocerlo.

Y en esto del humor lingüístico, no podré jamás olvidar los gritos de un vendedor ambulante de malta helada que alguna vez se paseaba por las calles de la caraqueña parroquia El Paraíso. Ya lo mencióné en la duda anterior, pero me impresionó tanto que no me cansaré de repetirlo. El hombre arreaba su carrito con los emblemas de las principales marcas nacionales de refrescos de  malta y su mejor grito de publicidad era:

-¡Toma malta, maltirízate!

No hay duda de que era un auténtico creativo publicitario, como también lo es mi ingeniosa tía Eloína, quien, siendo muy joven, cada vez que su progenitora le reclamaba haber salido con algún caballero a “venderle su cuerpo”, se defendía diciéndole:
-“¡Madre, te equivocas, no vendo mi cuerpo, lo alquilo!”

Incluso cuando tenemos alguna dificultad para entender o producir determinada expresión que nos ayude a sobrevivir, acudimos a eso que se denomina los comodines lingüísticos. Son muchísimos, pero valga recordar sólo siete de nuestra jerga diaria. No digo que sean solo venezolanos, apenas los reporto aquí como frecuentes en nuestro medio.

Me refiero a expresiones como “verga”, “vaina”, “coño”, “carajo”, “coroto”, “bicho” y “cosa”. Todo entre nosotros “es una verga”; no hay nada que designe más objetos, situaciones y estados que la palabra “coño", el término “carajo” sirve hasta para enviar a la gente al… infierno; cualquier cosa, persona, animal o cosa es “un bicho” y, por supuesto, todo es una “cosa”, sabemos cosas; si estamos enfermos decimos que tenemos “una cosa rara”, cuando hay algo que no sabemos cómo catalogar expresamos que nos “da cosa”; etc.

  Ni hablar de los múltiples derivados que de todas ellas emergen (verguero, vainón, coñito, carajazo, corotero, cosita, bicharrango, para mencionar solo uno de cada vocablo) o de los múltiples eufemismos que la gente que s ecree encopetada utiliza para mencionarlos sin decirlos, principalmente aquellos a los que considera “malsonantes” (¡vertia!, ¡qué varilla!, ¡cónchale!, ¡caramba!).

Es decir, ante lo inesperado, lo desconocido, lo inusual, nos sobran los llamados vocablos comodines en nuestra habla cotidiana. De allí que mi tía Eloína se burle de estas manías lingüísticas y se haya atrevido a definir para nosotros lo que según ella es un comodín lingüístico. La cito:


Un comodín lingüístico es una verga del carajo, algo así como un coroto, que no remite a un coño pero permite mencionar con humor cualquier cosa o bicho, incluidas las vainas que no conocemos.

Ya para cerrar esta ronda por las salidas graciosas del venezolano, quiero recordar aquí una anécdota llena de humor sarcástico que tiene que ver con mi propia experiencia.

Llegado mi turno para atravesar una avenida, luz verde del semáforo mediante, intentaba yo pasar cuando viene un taxi y se detiene justo sobre el rayado destinado a los peatones. Perturbado por aquello, me limité a zigzaguear como pude pero aproveché para golpear con mis nudillos el capot del carro y, mediante señas, hacerle ver al chofer que estaba ocupando el espacio de los caminantes. Pues, señores, aun a sabiendas de que tenía yo la razón, el conductor se ha enfurecido cuando se percató de que golpeé su automóvil. Para mi asombro y el de todos los mirones, se bajó del taxi una inmensa mole de más o menos 1.90 de alto por 1 metro de ancho cuya corpulencia se disimulaba frente al volante. Salió, manoteó bruscamente frente a mi pequeña humanidad y me gritó:

-¡Mire, amigo, la próxima vez que quiera golpearle un carro a alguien, búsquese un chofer de su tamaño!

La carcajada fue unánime… y ante mi temor de que aquel gigante se atreviera a golpearme no había disimulo posible.