En el liceo
de Los Puertos de Altagracia donde estudié mi primer año de bachillerato teníamos
una compañera que no solo era
anatómicamente la más buena del curso sino también la mejor alumna, la que
parecía tener más recursos, la más intelectualosa y también la lectora más
culta.
Mis amigos le
decían “la Culitoapretao”, con lo que aludían no solamente a su situación económica
sino también a lo que décadas después conoceríamos como sifrinismo.
Sobre todo porque su madre, que estaba tan estupenda como la hija, la mimaba
hasta la saciedad, comprándole todos los libros que ella deseara.
Se llamaba
Beatriz como la de Dante. Chiquirriquitica, diminuta, mínima
pero con la belleza concentrada en un rostro de virgen y unos pechitos, ¡coño,
coño, coño!, provocativos; blanca, con cara y pinta de mantuana, de goda, de
pequeña y preciosa oligarca local de porcelana.
Cuando estábamos juntos, parecíamos la
dama y el vagabundo.
Pero no solo estaba como estaba, al
menos para mi gusto, sino que además era buena estudiante, buena persona, buena
conversadora, buena lectora; reunía todas las bondades, quizás de las mejores
del liceo.
Cabello rubio suelto, ojos verdosos,
conversación fluida con vocabulario y sintaxis de persona que parece adulta y culta,
falda corta a la usanza de los tiempos sesentosos, blusa blanca impecable (como
correspondía al uniforme liceísta), porte de ninfa griega resumida, orgullosa,
algo pedante en su mirada y en su lenguaje cotidiano.
Su pequeño cuerpo se crecía con su
finura y su caminarcito ondulante. Sabía de música, de literatura, de cine...
Nombraba a tipos y tipas desconocidos para mi tosco conocimiento del mundo:
desayunaba con Chopin, almorzaba con Zarzuela, hacía la siesta con Felinni o
Fellonna (no recuerdo), y anochecía en lo que yo suponía la paz de su casa con
la frescura de una tal “Madame Bovary”.
Lo que para los ochenta hubiera podido
ser la propia sifrina nerd o chica
posmo, se había adelantado para mi fortuna en dos décadas.
Me juntaba con ella cuando dejaba los
encuentros con mis compañeros, quienes la consideraban demasiado pretenciosa y
para quienes no era de su agrado.
-No joda, esa carajita cree que no tiene ombligo ni
hoyo entre las nalgas- me comentaba uno de ellos.
Sabía
escribir mejor que todos, leía en voz alta como si recitara y no fallaba en sus
curvas de entonación ni una vez. Pero lo mejor de todo (o lo peor,
depende) era que también aquella
escultura mínima era mi mejor amiga y que, aunque siempre estudiábamos juntos,
la timidez me impidió confesarle alguna vez que no andaba con ella por sus
rasgos intelectuales sino porque me gustaba.
Lo cierto es
que Beatriz fue la primera persona del pueblo (y cuidado si no la única) que
tuvo en sus manos un ejemplar de Cien años de soledad. Su madre
se lo había comprado en Maracaibo, a muy poco de haberse publicado la primera
edición (1967), y ella alardeaba con aquel libro para provocar más la
maledicencia de mis compañeros.
No paraba de hablar de la novela, de los
personajes, del lenguaje, de muchas vainas que los estudiantes comunes y
corrientes no entendíamos. Hizo ella misma una especie de árbol genealógico de
los Buendía, hablaba de Úrsula Iguarán como si se tratara de la vecina,
argumentaba sobre la mentalidad fantasiosa de un tal Melquíades (nombre por
cierto más zuliano que un huevo chimbo).
Es decir, nos
tenía hasta la coronilla con sus lecciones acerca de la historia macondina.
En cambio, mi
lectura más provechosa había sido un libro cuyo autor o autora olvidé y que se
titulaba Tierna era mi carne. Por el título pueden imaginar de qué iba
aquel volumen que yo dejaba colar por debajo de los pupitres para que mis
amigos se deleitaran también con las escenas porno que describían a una chica,
la protagonista, haciendo el amor con algunos animales (uno cada vez, una sola
vez, eso sí, nada de redoblonas).
Por la vía infalible del chisme, Beatriz se
enteró de mi lectura preferida e inició una campaña de acoso para que yo dejara
aquellas “cochinadas” y me dedicara a libros a su juicio más fortificantes. Tanta lata me dio que me convenció de que yo
también tenía que leer Cien años de soledad, asunto que no me disgustaba.
Sin embargo, por ser “un tesoro”, según ella, no podría dejármela para que yo
la llevara a casa. Debía leerla en la suya, durante los ratos que nos quedaran
libres mientras estudiábamos (o mientras ella estudiaba y yo no hacía más que
mirarla de soslayo, babeado por su mini talle perfecto y su sonrisa).
Salir de los dominios del reino de mi tía
la Condesa, con quien yo vivía, implicaba para mí inventar cada día más
oportunidades de permanecer en la calle. De ahí surgió la excusa de tener que
quedarme en casa de Beatriz a estudiar por las noches. De modo que, si se hacía
muy tarde, cosa que ocurría con mucha frecuencia, mientras yo me alelaba con la
conversación de Beatriz, me quedaba también algunas veces a dormir en casa de
algún amigo.
Así accedí a
la lectura de la novela y debo admitir que quedé “estupefaciente” desde las
primeras páginas.
No era porno
pero igual cautivaba.
Mas, como se
me hacía difícil culminarla por los escasos momentos que debía dedicarle, un
día le propuse quedarme en su casa para avanzar en la lectura.
Consulta
mediante con la madre, ambas aceptaron.
Sin que se
enterara la abuela (que también vivía en la misma casa), entre su madre y ella
me acondicionaron el sofá de la sala. Con una luz muy tenue que entraba por la
ventana, desde la calle, agudicé mis ojos y logré leer hasta muy avanzada la
trama y la noche.
Me quedé
dormido.
Es posible
que soñara con Beatriz emparejada con el coronel. O con Amaranta aconsejando a mi compañera para que aceptara
mi cambio de estatus: de amigo incondicional a aspirante al empate, por lo
menos. A lo mejor deambulaba yo por las calles de Macondo persiguiendo a
Beatriz como si ella fuera Remedios, la bella.
Quizás repasaba en mi mente soñolienta uno de los pasajes de la novela
en que más me había fijado y que abajo entrecomillo:
“Amaranta se sintió tan incómoda con su dicción
viciosa, y con su hábito de usar un eufemismo para designar cada cosa, que
siempre hablaba delante de ella en jerigonza,
-Esfetafa
-decía- esfe defe lasfa quefe lesfe tifienenfe asfacofo afa sufu profopifiafa mifierfedafa.
Un día, irritada con la burla, Fernanda quiso saber
qué era lo que decía Amaranta, y ella no usó eufemismos para contestarle.
-Digo
–dijo- que tú eres de las que confunden el culo con las témporas.”
Algo ocurrió
entonces entre la palabra “témporas” y mi somnolencia.
En plena
madrugada, medio desperté,
desconcertado, sudoroso.
Escuché de
nuevo el ruido que me había sacado de mis fantasías sexuales en Macondo.
Percibí en la oscuridad una imagen que venía hacia mí. En mi enamoramiento
adolescente, seguí soñando despierto al creer que era Beatriz que se había
escapado de su habitación y venía a otorgarme un SÍ que yo, por una mezcla de pena y respeto, jamás le había
solicitado.
Producto de mis alucinaciones con las
escenas pornográficas leídas en Tierna
era mi carne, se desató mi imaginación en asunto de segundos.
Amor adolescente – me dije.
Es mutuo -creí
Beatriz había salido de su cuarto y
venía hacia mí…
Por fin sacaría yo fuerzas para decirle
que dejara al patiquín que tenía por novio…
Se escuchaban las pisadas susurrantes
como en puntillas. …que yo estaba más enamorado de ella que él…
… que a mí me gustaba leer y a él no…
Más cerca, un movimiento suave como de
quien se agacha a verificar algo.
… que yo era el que dirigía el
periodiquito anónimo Circuito y que
por eso jamás nos habíamos metido con ella…
Cerquísima, casi encima de mí.
¡Hasta que escuché el grito en medio de la
sala!
No tuve más remedio que levantarme y, con la
urgencia del caso, correr y atender atentamente a las palabras de aquella
sombra.
Motivada por la intuición que dan los años, la
abuela se había despertado. Al descubrir en la oscurana, en plena madrugada, mi
cuerpo echado sobre el sofá, se había armado con un palo de escoba y venía
decidida hacia donde yo estaba, gritando a todo pulmón:
-¡Un
ladrón, un ladróooon!