viernes, febrero 15, 2008

¿El más macho de los sexos?




El rollo de la posmodernidad sexual y la confusión de los géneros traen a mi tía Eloína de cabeza. A fin de seguir ocultando sus canas, acudió hace poco a uno de esos lugares “unisex” que otrora se llamaban salones de belleza y se ha quedado completamente boquiabierta y patidifusa con lo que allí vio.
Casi se le pasma la mollera al ver herido su ancestral machismo femenino y observar a varios hombres pechugones y musculosos haciéndose colocar mascarillas en el cutis o pidiendo que les curasen el acné con cremas frías. Machos de nuevo cuño, ejemplares desinhibidos de este siglo XXI confuso y difuso en el que pronto ya no sabremos distinguirnos por el género con el que hemos nacido.
Le aclaro a mi parienta que no se asombre, que su concepción de lo masculino se mantiene todavía en una época de charros mexicanos borrachos y gritones, cananas que cruzan el pecho, pobladas cejas y espesa barba. Le insisto además en que eso que ella considera un síndrome de la machumbre esfumada es ya parte de nuestra cultura contemporánea y que nadie debe aperplejarse ante la presencia de hombres que van adquiriendo hábitos que antes pertenecieron exclusivamente al sexo femenino, ni tampoco de mujeres que poco a poco, desde que pudieron vestir pantalones, se han ido sumergiendo en lo que alguna vez tipificó a los integrantes de la pandilla de Adán.
Todos sabemos que ya no es extraño que, desde presidentes y ministros serios y muy formalotes, hasta doctos profesores, escritores célebres, artistas de renombre, ejecutivos de alto coturno y muchos otros integrantes del género masculino, acudan a la estrategia de teñirse las canas sin ningún tipo de resquemor ni falsos complejos que les aminoren la hombría.
Paralela y paradójicamente ante cierto furor generalizado entre los hombres jóvenes de hoy por rasparse el coco y andar completamente calvos, cada día es mayor el número de individuos “maduros” que recurren a la estratagema del bisoñé para taparse los despojos que les va dejando la inevitable calvicie natural, acontecimiento que en otro tiempo pudo haber constituido delito de leso sexo.
Ni hablar de quienes acuden a modernos y modernas estilistas para que les inyecten el cutis con bótox, les barnicen las uñas y, ahora, en contraposición al clásico charrismo de mis tiempos infantiles, hasta exigen que les dejen barba, bigotes, axilas y otros lugares pudendos como pómulo de lampiño.
El mito de Sansón ha muerto arrastrado por la publicidad: hoy día no falta el hombre musculoso y cuadradote, fornido y pechugón, que se rasura las axilas para evitar aquel pelero que, de acuerdo con la sabiduría ancestral de nuestros abuelos y abuelas, ha sido por siempre símbolo de la virilidad absoluta. Por sus afeites los conoceréis.
Así como los tacones han sido desde tiempos inmemoriales la excusa de ciertos ejemplares masculinos pequeños para deslastrarse del chinche de la baja estatura y sentirse más esbeltos, menos rechonchos y más rechulos, ya la edad no es excusa para que las personas (“varonas” o “hembros”) se engarcen zarcillos en las orejas, en la nariz o en los pezones, cuando no simpáticos dijecitos en el ombligo o pulseritas en los tobillos, en franca señal de presunta rebeldía contra la supuesta y atávica discriminación cultural de los sexos. Como lo mismo han hecho desde siempre la mayoría de las damiselas, es obvio que ya casi vamos siendo iguales pero no tanto.
Cuerpos masculinos absolutamente despojados de la molestosa pelambre. Machos remachos que ahora se han antojado por hacerse remaches. Figuras femeninas desquiciadamente peludas y “kiludas”.
Aparte de esto, a nadie que se considere individuo o individua posmo le da ninguna vergüenza mostrarse públicamente como militante de un amaneramiento exagerado y es obvio que, con tal arremetida hiperconfusa, la radio, la tele y los otros medios ya no tienen miramientos en destacar a ciertos ejemplares como prototipos habituales de la sociedad contemporánea. Algunas damas públicas fuman, vociferan, gesticulan y asumen sin miramiento pose de Kamba el salvaje o de el Dragón chino. Por su parte, ciertos caballeros no temen parecerse a la dulce Luisa Lane o la refinada Penélope que en las historietas de la tele es perseguida por un apestoso zorrillo.
Definitivamente, Eloína, no es fin de mundo. Solo que los tiempos están cambiando. Más que en los años de las ratas o en épocas de Mercurio retrógrado, pareciera que estamos viviendo tiempos de Géminis acelerado. Lapso en el que cada sujeto o sujeta social se muestra ante los demás con dos rostros absolutamente opuestos. Severos y rudos hombrotes ya no tienen empacho en tener hoy un color distinto de cabello para cada mes del año. Finas y delicadas damas de sociedad de los tiempos de Maricastaña, han dejado de lado su característica sifrinería para asumir bruscas y rudas conductas que las acercan a los rústicos comportamientos de quienes en otro tiempo fueron su contraparte, los supuestos varones recios y regañones.
Tenga paciencia entonces y no se asuste el día que sus hijos varones grandototes, criados con Nenerina y a fuerza de MacDonald’s, le confiesen que han comenzado a depilarse las piernas o a inyectarse esteroides para abrir paso a sus prominencias corporales. Tampoco se sorprenda si sus chiquillas le aseguran alguna vez que su estilista y "psiquiatra" favorito les ha aconsejado seguir un tratamiento infalible para ganar musculatura, ensanchar las espaldas y fortalecer los bíceps.
Sin decir nada de los movimientos desaforados que desde hace algunos años han clamado por la igualdad de los sexos. Solo que, a juzgar por lo que está pasando, ya casi vamos siendo iguales pero distintos. Una paradoja. Ellas como nosotros, nosotros como ellas. Cambiar todo para que nada cambie.

martes, enero 08, 2008

Un metro de amor




Aunque cada vez que aparece alguna novedad mostramos total reticencia hacia las nuevas tecnologías, ellas parecen ejercer una maléfica venganza posterior volviéndose imprescindibles, inevitables, ineludibles.
Por ejemplo, aunque no siempre fue parte de la cultura humana, es difícil imaginar el mundo sin electricidad. Hoy día tenemos la seguridad de que los bombillos y los electrodomésticos siempre estuvieron ahí, esperando por nosotros.
Por perversiones y obsesiones relacionadas con la modernidad, muchos habitantes de este siglo XXI somos reacios a imaginar la vida sin aditamentos tecnológicos como la televisión, el teléfono, el fax o la nevera. Ni hablar de la tecnología comunicacional contemporánea y sus vínculos ya inevitables con el computador, los ipods, las tabletas, los teléfonos celulares y los llamados pendrives. Aun cuando la edad de la red de redes es todavía la de un adolescente temprano, hay quien cree que el mundo sin Internet y sin el correo electrónico sería de un vacío existencial absoluto. De suicidio.
Retomo estas reflexiones cada vez que debo entrar en ese mundo misterioso y subterráneo que es el Metro. Una vez adentro, pongo a rodar mis fabulaciones e imagino lo que sería nuestra cotidianidad urbana sin ese medio de transporte.
Por ejemplo, pocos saben lo que ese chorizo tubular significa en la vida de un peatón gozón. Y no tanto por aquello de llegar más temprano o más rápido o por la ventaja que ofrece de poder almorzar en casa.
Más que eso, para muchos habitantes de las ciudades modernas, el metro es un mundo de vagancias y extravagancias en los vagones. Una aventura diaria vinculada al amor y sus regodeos.
Durante eso que los venezolanos llamamos las horas pico, tiempo de abrumante y abundosa afluencia de pasajeros, los larguruchos vagones son para ciertas personas el más barato y menos riesgoso mercado de amor citadino.
Muy tempranito, a eso de las seis y treinta de la mañana, puede usted ingresar en la lujuria de los túneles eróticos. Bañado, perfumado y planchadito para la ocasión.
Como si fuera un hábito ancestral, de siempre, se sumerge en una cascada de gente. Camina ligerito por unos pasillos en los que los cuerpos se desplazan, se medio tocan, se trastocan, se (mas)turban y se masacran a caricias anónimas. Sólo se escucha el ruido marcial de los tacones de quienes más adentro serán su “pareja colectiva”.
Taca taca taca.
Llega vuesa merced al andén y se dispone a entrar al vagón. Allí se inician los segundos coqueteos para el acto amoroso mañanero. Apenas se coloca entre la multitud que lucha por aproximarse a la raya amarilla, siente los segundos amapuches por todo su cuerpo.
Como para entrar en calor.
Pero el calor de verdad comienza al ingresar a empujones lentos al tren y tener que permanecer de pie. La situación lo obliga antes que todo a levantar los brazos y agarrarse de lo primero que consiga, para no caerse. Una excusa muy bien pensada por los tecnólogos para incitarlo a quedar liberado o liberada de la cintura hacia abajo.
De pronto, sin anestesia, siente una mano furtiva que le roza el tren trasero (o el delantero). Busca con la vista en la multitud aglomerada dentro del vagón al autor o autora del escarceo y, como no adivina, casi se ve en la obligación de sonreír con pasión.
Después vendrán otros toques técnicos cuya intensidad será mayor durante las frenadas leves, antes de llegar a cada estación. Si su viaje es corto, digamos entre dos o tres estaciones, su rato de placer durará lo mismo que dura un gallo apurado cuando cumple con la gallina. Pero si va de un extremo a otro de la ciudad, requerirá de muchos aditivos afrodisíacos para aguantar el recorrido hasta el final.
Durante el viaje siente usted las durezas y flaquezas de los espacios aledaños. Oye como quejidos silenciosos las respiraciones cortadas de sus vecinos y vecinas y los jadeos dispersos de la contienda, que por cierto parece anónima porque nadie se da por enterado, aunque todos la viven. Cada cual prefiere mantener la mirada perdida.
Percibe además los sudores olorosos o los hedores sudorosos y nada puede hacer para evitarlo. Ni lo intenta. Como si fueran parte de su rutina, los ignora.
Usted ha aceptado las reglas desde el mismo momento en que entró en el juego de ese acto sexual comunitario y silencioso. ¿Qué remedio? Si se le ocurre protestar, igual la murmullante rechifla de respuestas ante su queja será colectiva (“¡toma un taxi”!, “¡cómprate un carro!”, “¡vete en avioneta!”, etc.). Lo cierto es que usted sabe de sobra que, aun cuando entró fresquito y aromático, saldrá bien arrugado y menos perfumado, a veces oliendo a mono, o a santo, de acuerdo con los vecinos o vecinas que le hayan servido de pareja anónima.
Llega entonces a su destino y sale casi flotando de la inofensiva máquina del sexo que es el Metro. Recuerda que venía para su trabajo y siente la sensación de haber tenido relaciones extramaritales con cientos de personas sin rostro a quienes no volverá a ver hasta el día siguiente, y sin los riesgos implícitos en el contacto directo.
Una forma barata y muy práctica de evitar las contrariedades propias del amor libertino en estos tiempos. Una manera eficaz de “acopularse” sin los dolores de cabeza de los preservativos o los extraños aparatos. Un modo práctico y ligero de hacer el amor sin ir a la guerra y sin necesidad de ver la fisonomía ni los gestos de su pareja, porque casi siempre todo se lleva a cabo a sus espaldas.
O sea, en la urbana y cotidiana actividad de estos días el Metro es un carro de amor, un termo-metro gratuito, sin riesgos, candente y anónimo que parece haber estado siempre allí, esperando.
De manera que si usted es “peatón de a pie” y usa este medio de transporte, imagine lo triste y acongojada que sería su rutina de ir al trabajo si el mismo faltare en su vida. Aunque dentro de él lo estrujen y lo repujen. Así es la venganza de la tecnología.

miércoles, noviembre 14, 2007

¿Des-abastecimiento o des-ajuste?

Siempre he sospechado de aquellos sujetos y sujetas que utilizan el lenguaje para impresionar a los demás. A veces no saben ni siquiera lo que están diciendo, pero lo dicen abierta y públicamente. Sin anestesia. Quienes escuchamos nos quedamos ora impresionados, ora sospechosos, casi siempre patidifusos, a veces incluso imposibilitados de reaccionar. Se trata de ciertos profesionales a quienes les corresponde hacer de hablantes públicos, pero desconocen las normas implícitas en tal actitud comunicativa.

Un hablante público es una persona que habla para muchos, a veces sin saber exactamente quiénes son o serán los integrantes de su audiencia. Eso implica una responsabilidad que, si no se asume como lo que es, puede provocar efectos perversos. La gente suele aceptar y repetir, incluso sin estar conciente de ello, mucho de lo que escucha o lee de quienes desde importantes posiciones públicas hablan o escriben para grandes audiencias.

Aunque parezca demasiado pronto, dentro del contexto del comercio venezolano han comenzado las encuestas prenavideñas a los dueños de supermercados, en relación con las expectativas hacia lo que esperan del mes de diciembre. Nunca hemos escuchado o leído que algún comerciante tenga esperanzas positivas en torno a esto, pero esta vez la situación se pinta patética. Siempre en dichas encuestas hay reporte de escasas ganancias, cuando no de pérdidas, incluida la posibilidad de quiebra. No obstante, a toda hora, usted ve cada local repleto de gente.

Hay además un fenómeno muy particular al que en ese ambiente suele denominarse “ajuste de precios”. Motivado por la inminente llegada de un anunciadísimo proceso de reconversión monetaria, los precios han venido cambiando hacia arriba semana a semana. En el comercio nacional, nadie ha conocido jamás ajustes hacia abajo. Para un consumidor cualquiera, todo “ajuste” proveniente de la macroeconomía constituye sencillamente un desajuste de su microeconomía. Por el contrario, ajuste en términos de quien invierte para obtener ganancias exorbitantes significa no sacrificar en lo absoluto esos márgenes.

Me motiva esta duda el hecho de que, aparte de los ya inevitables ajustes pre-decembrinos, ahora complementados con los pre-reconversión, nos estamos acostumbrando en Venezuela a la ausencia de productos que no son precisamente alimentos de lujo. No es que no hay caviar o salmón ahumado. No es que se consigan ingredientes para preparar un fondue o unas codornices en sarcófago. La “escasez”, el “desabastecimiento” o el “acaparamiento” (todo depende de quien responda la encuesta) está muy cerca de nuestra necesaria alimentación cotidiana. En cuanto a la leche, se argumenta que ahora la culpa es de los chinos, nación que según parece ha decidido contratar todas las ubres del mundo entero, sin importarle que quede algo para el resto de los niños del universo. Parece más bien un cuento chino porque basta con viajar a otros países de la región y ver los anaqueles repletos.

No faltará el encuestado que dentro de poco salga a demostrarnos que la carencia de huevos es asunto de gallos y gallinas en huelga de sexos caídos o bajas en la libido de las ponedoras. En cuanto a las sardinas, se dirá que su ausencia en el mercado se relaciona con que los pescadores no reciben dólares para adquirir los “insumos” con que alimentan a los peces. Y, claro, no hay azúcar porque no hay caña y no hay “caña” porque escasea el güisqui. ¿Cuentos de camino?.

Lo curioso de esto es que la publicidad cotidiana, que no cesa, insiste en que comamos huevos, en que la leche es necesaria para el crecimiento y las sardinas son las mejores amigas del colesterol malo, al tiempo que la carencia de glucosa en el cuerpo, implica poca energía y, si no hay energía, pues no se podrá pasar del dicho al lecho.

El colmo de esta situación es que la conseja permanente de la calle es: ¡ Pssss!, ¡hey! ¡compren comiiiida!”.

Ley de la comunicación de la que al parecer se valen quienes quieren hacernos creer que, como en el mundo bizarro de las historietas de Superman, si todo funciona al revés, es posible que terminemos creyendo que es así por naturaleza. No hay, pero igual usted debe consumirlos.

miércoles, octubre 24, 2007

¿Se llamaría de verdad Rafael Bolívar Coronado?




“El lenguaje del llanero es uno de sus muchos detalles pintorescos. Y gentiles. En esto es marcadamente andaluz, sus exageraciones, sus embustes, su propensión a la burla y la guasa, delatan a leguas el abolengo de los vaqueros de las riberas del Guadalquivir”.

Esta cita corresponde a la segunda edición (1944) del libro El llanero (Estudio de Sociología Venezolana), publicado por primera vez en España (editorial América, volumen 24 ¿1918?), cuyo entusiasta propietario fuera el escritor, editor y diplomático venezolano Rufino Blanco Fombona. Dicho volumen aparece firmado por el escritor venezolano Daniel Mendoza.
La misma editorial “reeditó” un libro intitulado Letras españolas, primera mitad del siglo XIX (volumen 43), firmado por el ilustre académico venezolano Rafael María Baralt, primer hispanoamericano que ingresó a la Real Academia Española como individuo de número. El volumen 25 de la Biblioteca de Ciencias Políticas y Sociales corresponde a las Obras científicas de Agustín Codazzi.
En realidad, ninguno de los tres escritores referidos arriba era el autor verdadero (o al menos no el autor del contenido total) de los citados volúmenes. Detrás de cada autoría (re)conocida en esos libros, y en muchos otros, estaba la sombra (perversa para algunos, genial para otros) de quien ha sido a mi juicio uno de los más originales y menos (re)conocidos escritores de la literatura venezolana. Un hombre que, a lo mejor, sin proponérselo, desveló para nuestra historia literaria el misterio de la importancia de la literatura para la vida pública: si no eres nadie dentro del mundo literario, poco puedes hacer para ser visto por los demás como escritor. De ese modo, a través de esos mismos recursos de lenguaje con que caracteriza al llanero venezolano (con “sus exageraciones, sus embustes, su propensión a la burla y la guasa”), el verdadero autor de tales volúmenes pondría en tela de juicio la noción del escritor que desahoga su ego a través de la literatura. Y lo haría mediante la parodia de proponerse a sí mismo como el único escritor venezolano “con más de seiscientos nombres”. Así lo ha bautizado Rafael Ramón Castellanos en su libro sobre este curioso personaje, publicado en 1993.
Treinta y nueve años de “ruidosa” vida fueron entonces suficientes para que Rafael Bolívar Coronado (1884-1924) ocupara el espacio escritural de 656 heterónimos o seudónimos.
En honor a la verdad, aparte de habérsele reconocido después de muchos años su autoría de la letra de lo que popularmente se conoce como nuestro segundo Himno Nacional, el joropo Alma Llanera (parte de la zarzuela del mismo nombre, con música de Pedro Elías Gutiérrez, pieza musical consagrada por la sabiduría popular para despedir a los últimos borrachos de las fiestas), nuestra canónica y siempre cuidadosa y conservadora crítica literaria ha soslayado su nombre. Lo ha mostrado más bien como un farsante o timador de identidades, baluarte venezolano de la literatura apócrifa.
 No es entonces un escritor conocido por la vía de lo que sí podemos suponer como obras propias, que también las tuvo (Corazón. Memorias de una niña rubia, 1918; Memorias de un semibárbaro, 1919) sino como el primer burlista de algunos de nuestros más connotados hombres públicos de la letras. Y esta actitud rebasa a mi juicio los límites de la guasa y la charlatanería, porque implica una severa crítica al establisment político de su momento y sus particulares maneras de consagrar a los escritores a través de la adulancia, cuando no de los cargos diplomáticos, hábito muy común durante la dictadura de Juan Vicente Gómez, tiempo en el cual le correspondió actuar a Bolívar Coronado.
Apreciemos su justificación ante tal actitud: “Como yo no tengo nombre en la República de las Letras, he tenido que usar el de los consagrados, porque yo no puedo darme el lujo de que me salgan telarañas en las muelas”. Quiso decir: o escribo con pomposos nombres ajenos o me muero de hambre; o me apropio de la fama y reconocimiento de otros o perezco. Asunto de supervivencia, literaria y de la otra, la que más te afecta. Y para corroborar tan sencillo argumento, asumió para sí la función de ficcionauta recurrente; sujeto social que vive por, para y dentro de la ficción. Una maravilla, pues, un pequeño salto hacia estos tiempos en que vivir dentro de la ficción se ha vuelto tan real que ya no sabemos si vivimos en la red o fuera de ella.
Espíritu absoluto de rebeldía, luego de obtener un poco relevante premio literario local, Bolívar Coronado se marcha a España estimulado por el gobierno del bagre dictador y, una vez allí, lo primero que hace es volverse opositor del régimen venezolano y aliarse con el sindicalismo de la izquierda española. No obstante, para sobrevivir económicamente, otra vez debe valerse de sus dotes de escritor genial y es cuando, aupado por la editorial América, inicia su mejor etapa de farsa para comenzar a escribir con nombres prestados. Sus escritos calzarán entonces la firma de múltiples autores, algunos vivos, pero no más vivos que él, otros fallecidos, muchos inventados, inexistentes. Valga mencionar solo otros de los tantos nombres públicos locales de que se valió: Andrés Bello, Francisco Lago Martí (sic), Enrique Soublette, J.A. Pérez Bonalde, Jacinto Gutiérrez Coll, Joaquín Antonio Crespo, Juan Santaella, Juan Vicente Gómez, Pío Gil, José Antonio Calcaño, Arturo Uslar Pietri.
A su propio editor, Rufino Blanco Fombona, nada menos que al coterráneo regente de la editorial América, lo parodió mediante diversos apelativos como Fomborino Blanco Rufián, Rabino Fombo Blancona, Rufino Mata Blanconi, Rufino Negro Assesin, Ventura Blanco Fombona. Por cierto, se cuenta que Blanco Fombona anduvo en busca del plagiario con intenciones de enviarlo a apropiarse de nombres de escritores del otro mundo. Afortunadamente nunca lo localizó. Y esto sin decir nada de los nombres de escritores extranjeros con que también se cubrió, como para coger palco y sentarse a aplaudirlo: Cervantes, Unamuno, Sor Juana Inés, Ricardo Palma, Amado Nervo… O del modo como parodió al cónsul venezolano en Barcelona, adulante de Juan Vicente Gómez, Alberto Urbaneja, quien lo persiguió incansablemente y acusó de conspirador ante las autoridades españolas de la época (Urbano Cabroneja, Alberto Mierdaneja, Alberto Cabroneja).
Fuera del campo literario, Bolívar Coronado aportó unas apócrifas crónicas sobre la conquista y colonización de América y las atribuyó a heterónimos como Juan de Ocampo, Mateo Motalvo de Jarana y F. Salcedo Ordóñez.
Apreciemos lo que sobre el “cronista” Juan de Ocampo, presunto maestre y jesuita español, expresan  dos  reconocidos investigadores venezolanos:
“El maestre Juan de Ocampo escribió varias obras referentes a Venezuela. A pesar de su lenguaje cargado de exageraciones, a veces sus referencias coinciden con las de autores fidedignos… Declara haber basado su trabajo sobre Guaicaipuro en otro cierto abate Moulin, del cual nada hemos podido averiguar.” (Miguel Acosta Saignes, 1946)

“El biógrafo de los caciques heroicos, el maestre Juan de Ocampo, nos dejó un cuadro de la naturaleza venezolana, mezclado de leyendas, geografía e historia…
¡Qué fresco corre el estilo para pintar las excelencias de nuestra naturaleza tropical!” (Ismael Puerta Flores, 1964).

De manera que sus parodias autorales fueron tan ajustadas que logró incluso que algunas de “sus obras” fueran referenciadas por importantes investigadores posteriores, hecho que condujo a la conversión de la ficción en verdad pública. Así, Bolívar Coronado hizo gala de su sátira total hacia la institucionalidad literaria.
Pero hay más: su arremetida no solo iba dirigida a los escritores de cuyos apelativos se apropió, también los editores estaban en su mira: “Ellos necesitaban nombres famosos: yo necesitaba trabajar para salir de apuros que comenzaban a hacerse también famosos”.
En las bibliotecas españolas todavía pueden consultarse “sus obras”. Y en el universo de la literatura venezolana todavía hace falta fijarse, no solo en su capacidad para la apropiación de nombres ajenos, sino también para estudiar su inmersión desenfadada en la fantasía, la burla y la farsa con que asumió el rol utilitario de la literatura. Todo con el fin de sobrevivir dentro de un universo en el que un escritor ignorado, desconocido y genial, un autor que no ejerció ningún cargo en la administración pública ni fue un político relevante, igual ocupó los puestos de muchos otros de quienes se burló.
Esto puede gustar o no, pero casi me atrevería a decir que se trata de un caso único en el mundo.
Rafael Bolívar Coronado es entonces un nombre para recordar en estos tiempos en que la red de redes ha puesto en peligro las vanidades egocéntricas propias de la autoría individual y el celo indiscutible y desbocado de muchos autores para que sus nombres se vuelvan famosos  y brillen. Un auténtico y genial escritor de ficción que bien merece ser tomado en cuenta a la hora de estudiar la relación entre literatura y vida pública. Hoy ni siquiera estamos seguros de que su nombre verdadero fuera Rafael Bolívar Coronado. ¿Cómo saberlo? ¿Cómo no caer en la tentación de que ese fuera otro heterónimo? La sustitución de múltiples identidades, la tendencia casi natural a “fabricarse” sus propias máscaras a expensas de otros, hacen percibirlo como un autor identificado plenamente con  lo que hoy es posible a través de la Internet: aparecer ante los demás mediante el diseño de una personalidad fingida, elaborada únicamente con un propósito de supervivencia discursiva. Sin embargo, jugar al juego de las múltiples identidades a través de la red es, si se quiere, una estratagema mucho más sencilla que la que él asumiera como conducta de vida. A fin de cuentas, el universo virtual es un entorno en el que todos  tenemos acceso a la misma estrategia de disfrazarnos sin demasiados riesgos.  Por el contrario, los riesgos de Bolívar Coronado llegaron a implicar incluso la posibilidad de la pérdida de su vida. No es aventurado creer que un engañado Rufino Blanco Fombona, más que conocido por sus arrebatos emocionales y enfrentamientos, quisiera en algún momento cobrar las afrentas a que públicamente lo sometiera aquel simpático farsante profesional.
Pero, aparte de eso, hay un hecho relacionado con la vida de RBC que igual ha llamado nuestra atención. Durante su estada en Madrid, Bolívar Coronado fue también protegido por el poeta español Francisco Villaespesa (1877-1936), autor de una vasta obra lírica y quien alguna vez visitó Venezuela. Entre nosotros, el dictador Juan Vicente Gómez encargó a Villaespesa la puesta en escena del drama Bolívar. Este hecho aparece reseñado en las Memorias de un venezolano de la decadencia (de José Rafael Pocaterra). Allí, con  una pluma tan urticante como la de Bolívar Coronado, Pocaterra alude a la presencia del poeta español entre nosotros y lo hace sin ninguna simpatía hacia él. Lo califica de “poeta grasiento de medio pelo”, “rimador acatable”, “poetón sucio y rastrero”.
Así que Bolívar Coronado trabajaba en el exterior para un autor extranjero adulador de Gómez. Hay aquí un curioso cruce de dos escritores venezolanos, hasta cierto punto parecidos en su actitud  y estilo literario, y de comunes sentimientos hacia el dictador.  Una misteriosa coincidencia que posiblemente fuera ignorada por los tres, principalmente por aquel poeta, protector de uno, defenestrado por el otro. Queda pendiente esa indagación, pero bien pudiéramos pensar que Bolívar Coronado pudo haber sido un personaje digno de la obra testimonial de ese otro escritor insigne, el autor de los Cuentos grotescos (1922), también considerado algunas veces como segundón por la tradición crítica nacional.
Cada lapso histórico, gubernamental o ideológico, ha buscado sustentarse y apoyarse a partir de la figura de escritores emblemáticos. E igual, cada vez parece haber existido el parodista que se burle de tales aspiraciones. El mismo José Rafael Pocaterra publicó en 1913 una novela intitulada Política Feminista. Más adelante cambiaría ese título por el de El Doctor Bebé (1918), en directa alusión paródica al apellido de un gobernante gomecista de nombre Samuel Eugenio Niño, médico, compositor y político tachirense (1869-1941), adulante del dictador Cipriano Castro y después de Juan Vicente Gómez. El llamado “Gomecismo” prácticamente adoptó como política de Estado rodearse de un conjunto de escritores importantes, casi todos afectos al modernismo, nombres ilustres de plumarios que de alguna manera dieran “brillo” y lavaran el rostro manchado de la más extensa de nuestras dictaduras (ejemplos hay de sobra, pero limitémonos a tres que no dejan lugar a dudas: César Zumeta, Manuel Díaz Rodríguez, Pedro Emilio Coll). No obstante, tampoco faltó un poeta y humorista genial como Leoncio Martínez (Leo, 1888-1941), autor del célebre poema “Balada del preso insomne”, quien sufriera cárcel por sus atrevidas críticas a las políticas públicas de Juan Vicente Gómez. Baste citar aquí los versos con que cierra aquel luminoso poema: ¡Ay, quién sabe si para entonces, / ya cerca del año 2000, /  esté alumbrando libertades / el claro sol de mi país!
Tal vez sea un azar, pero también fue Martínez (en 1914) el autor de la escenografía para la zarzuela Alma llanera, cuyo autor de la letra fuera precisamente el mismo Rafael Bolívar Coronado. Como en la canción Pedro navaja, la vida te da sorpresas. Dios los cría en la literatura y ellos se juntan en la parodia.

Nota: modificado por el autor, 01-11-2012