El poco o
mucho "centimetraje" en el tamaño de una persona puede ser causante
de actitudes negativas que se proyecten hacia el colectivo
Una persona muy
querida recuerda con una sonrisa que en cierta ocasión intentaba comprar un
pantalón en un almacén mexicano y se encontró con la sorpresa de que no había
su talla. Es muy alta y así como le ha costado conseguir quien baile con ella
en las fiestas, también las pasa duras escogiendo vestimenta que se ajuste a su
dimensión "jiráfica". "Es que aquí la mayoría somos
chaparritos", la consoló la vendedora azteca. Muchos recordarán que la
prensa francesa de farándula parecía disfrutar el chisme según el cual el
expresidente francés Nicolás Sarkozy no aceptaba que en los actos protocolares
lo escoltaran personas más altas que él. Tampoco es difícil cerciorarse de que,
aunque ya no es primer mandatario, los tacones de sus zapatos son un poco más
altos de lo normal en un caballero. Se
dice que, viendo que Napoleón no lograba alcanzar un libro de un estante, un
general de su ejército quiso auxiliarlo diciéndole: "permítame, que soy
más grande que usted". A lo que el gobernante galo respondió prestamente:
"usted es más alto, no más grande que yo". Cada vez que lo ve
doblarse para saludar a algunos personeros en actos públicos, mi tía Eloína se
pregunta si el actual rey de España no será un candidato seguro a padecer escoliosis
temprana.
Todas son
situaciones relacionadas con el asunto de cuánta distancia hay entre el suelo
que pisamos y el tope de nuestra cabeza. Independientemente del hecho de que
esto nada tenga que ver con aptitudes o destrezas ni que deba ser objeto de
discriminación, es obvio que, sea cual
sea, a veces se hace difícil alcanzar la estatura media que pueda complacer a
todos por igual en todas las circunstancias. No siempre la gente está de
acuerdo consigo misma y, según los sicólogos, esto pudiera acarrear complejos
que desestabilicen su actuación y su conducta laboral, familiar o social en
general. Algunos manuales añaden que la "pequeñez" afecta más a los
caballeros, en tanto la altura excesiva suele ser más perturbadora para las
damas.
Durante nuestro
paso por la universidad conocimos casos ilustrativos para ambas situaciones. La
chismografía institucional atribuía la soltería eterna de una profesora a su uno
ochenta de altura, lo que además la había convertido en una dama muy tímida y poco sonriente. En el otro extremo se hablaba del docente de pequeño formato que, también
según los rumores, padecía eso que denominan el síndrome napoleónico. A la
primera le resultaba harto complicado esconder lo que la distinguía del resto;
sus únicos recursos eran vestir consuetudinariamente sandalias desprovistas de tacones
y doblarse un poco hacia adelante. Esto malograba un poco su belleza (que
verdaderamente la distinguía —hay que decirlo—), debido a que ya permitía
percibir el nacimiento de una joroba en ascenso. El segundo tenía una aparente
ventaja para camuflar, aunque fuera parcialmente,
la actitud de no aceptarse a sí mismo. Buscaba
"crecer" un poco más acudiendo a los botines (que en él parecían
coturnos griegos), aparte de recargar su cabellera con un fijador que le
permitiera unos centímetros de "elevación" a través del copete. Rememoraba
para nosotros la historia del rey Luis XIV de Francia quien,—según la profesora
de Literatura Española— preocupado por su pequeñez, presuntamente poco digna de
un monarca, vestía sobre la cabeza un penacho que lo hiciera más alto.
Esto de la mayor o menor estatura es un tema difícil
de digerir y ha sido más que explotado mediante la instauración publicitaria de
ciertos estereotipos sociales: más alto-más exitoso, pero ni calvo ni con dos
pelucas; menos alto-menos capaz para ciertos oficios, aunque a veces traiga
también sus cosas positivas. Sin embargo, no
siempre estos asuntos son tan nítidos como los hacen ver la publicidad, el
cine, la tele y, lo más relevante, determinadas creencias sociopolíticas. Así
como ha habido, hay y habrá personas pequeñas con unos cerebros y habilidades físicas
envidiables; también han existido, existen y existirán otras que pueden ser altísimas
pero con una notoria y más que visible escasez intelectual o muy deficitarias
destrezas de otra naturaleza. Y viceversa. Nada que se diga sobre esto será
definitivo jamás.
No obstante, el
asunto se enmaraña cuando alguien, individualmente, asume que lo suyo no se
compagina con los patrones sociales predominantes y complica su propia
situación vital, asumiendo, por ejemplo, actitudes que perturban a quienes los rodean o
a la población en general. Lo expresan a menudo los siquiatras. En realidad, la
actitud ideal debe ser aceptarte como eres. Sin embargo, si te acomplejas y no
dañas a nadie, no pasa nada: alto o alta, te doblas o te agachas; baja o bajo,
tú verás cómo subes y alcanzas lo que buscas.
Puesto que entra en la categoría de los de poco "centimetraje",
mi parienta, suele tomárselo con filosofía de "pequeña saltamontes"
y, como dice el adagio, asume la serenidad y conformidad de Juan Palomo:
"yo me lo hago, yo me lo como". Pero, cuidado, si el síndrome napoleónico o el gigantismo conducen a desarrollar
conductas recurrentemente defensivas, despóticas, insolentes, paranoicas,
autoritarias y tiránicas hacia los demás, quien padezca uno u otro entra en la categoría de
los candidatos al diván o, en caso extremos, a la camisa de fuerza.
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