jueves, julio 27, 2017

Palabras domingueras y “(re)sentidas”





Sobre un país en el que buena parte de sus dirigentes, tirios o troyanos,  parecen haberse quedado sin sentidos para captar su entorno

Me contaba mi tía Eloína que una de sus compinches más cercanas le relató la extraña y sorprendente aventura vivida por su madre (de la compinche) durante un viaje que hicieron a Europa. El escenario era el siguiente: una fornida y rubiota guía turística detallaba todo lo referente a un monumento histórico de esos que, según las promociones, tienen más años que Matusalén. Cada vez que levantaba un brazo para señalar algo en el techo, la gran mayoría del grupo de turistas, que en teoría debían estar atentos a aquella información, se iba alejando disimuladamente, como quien quiere y no quiere. Hubo un momento en que casi todos estuvieron lo suficientemente lejos, sin ninguna explicación aparente. Daba la impresión de que preferían hacer un esfuerzo auditivo (o no oír) a permanecer cercanos a la persona que hablaba. Solo la madre de la curruña de Eloína permanecía muy cerca de la expositora y la escuchaba  con una atención insólita para el resto. La causa del alejamiento radicaba en que los brazos levantados de la susodicha dejaban escapar unos efluvios “axilares” de padre y señor nuestro. Los demás no entendían el motivo por el cual la señora era la única capaz de inhalar y soportar aquel aroma que, según el Diccionario de la lengua española se llama “sobaquina”. La única “sobreviviente” del grupo no solo se había mostrado impasible sino totalmente atenta a lo que decía la guía. Fue, obviamente, la que no perdió ni una palabra y, además, luego comentaría que había disfrutado lo que consideró una estupenda descripción.

La explicación para esto es que la doña llevaba años atravesando por una pérdida progresiva del sentido del olfato y, en consecuencia, ni siquiera se percató de aquellos  sudores que la otra dama exhalaba.  ¿Cuál era el padecimiento y cómo llamar a quien lo sufre? El evento nos lleva a recordar ciertas preguntas que suelen hacernos de vez en cuando los estudiantes, amigos o colegas de otras especialidades, basados en que, por ser nosotros docentes de lenguaje, creen que llevamos en la cabeza todo el repertorio léxico del español. Usualmente, cuando alguien nos ratifica esa creencia (a todas luces falsa),  nos limitamos a informarle que, si  nos fuera posible poseer todo el vocabulario  del idioma,  estaríamos  en un circo.

Justamente, en relación con esto de las palabras y sus curiosidades, entre los requerimientos más frecuentes que suelen hacer algunos curiosos, están los que se relacionan con las voces que aluden a la pérdida de las facultades para percibir algunos estímulos externos relativos, por ejemplo, a olores, sabores, colores, pinchazos o golpes y sonidos, entre otros. Acudamos a la memoria y volvamos a aquellas lecciones escolares  en las que la que la maestra nos hablaba de los cinco sentidos: vista, gusto, oído, olfato y tacto. “Si al que tiene dificultades para oír se le dice sordo —nos apelaba de entrada la señorita—, ¿cómo podemos decirle a quien no puede oler ni captar sabores? Anoten porque aprenderán palabras domingueras —continuaba—:

—La persona que tiene impedimentos para percibir los olores es anósmica y su padecimiento se llama anosmia. Y así como quienes que no ven son ciegos, los que pierden la sensación del gusto padecen de ageusia.

Si quedaba la duda la duda acerca de lo que pasa con el sentido del tacto,  la explicación no se hacía esperar: “Pues para eso hay quienes hablan de anestesia (como cuando te someten a una intervención quirúrgica), pero si el padecimiento  es permanente, sin vuelta atrás (aunque sea parcial), dicen los galenos que habremos de llamarla anafia. Y anáfico o anáfica será quien la padezca.


He estado recordando aquella historia del comienzo y este curioso vocabulario de domingo, propio de la medicina (y de las antiguas docentes de quinto o sexto grado), a raíz de haber escuchado recientemente algunos discursos, arengas y declaraciones de “sujetos y sujetas” que supuestamente se inician en un cargo o rinden cuentas de lo que han realizado durante un período. Sin distingo de facciones o posiciones ideológicas, aquí parecen abundar los sordos o los que se niegan a oír; hay el ciego hereje que obvia lo que está a la vista y cada día es más patente que proliferan  la ageusia, la anosmia y la anafia.  Se asemejan a aquella guía turística, solo que a buena parte de nuestros dirigentes y políticos como que se les agrupan todas las carencias sensoriales en un abrir y cerrar de labios. Según mi tía, el único de los sentidos que parece sobrevivir en muchos de ellos  es el sentido…pésame.

Anglobalización




Sin que tenga nada contra ninguna lengua en particular y sin ser purista recalcitrante, mi tía Eloína sugiere mayor recato con algunas innecesarias expresiones en inglés

Existen en todo el mundo legiones de hablantes que consideran al inglés como  la panacea de toda civilización venida y por venir: ¡la purísima madre de todas las lenguas! La suponen una especie de “lingua franca”, expresión que se utiliza para referirse a algunos idiomas o variantes dialectales que hacen de “puente común” en comunidades multilingües. Nada tiene mi tía Eloína en contra de la lengua “imperial” como vehículo de cultura; no es de las  que se ocupan de rechazarla por rechazarla. Pero de ahí a considerarla la reina de la globalización hay una diferencia notable.
Una cosa es formar parte de un mundo indiscutiblemente globalizado, hecho reforzado a partir del surgimiento de la Internet (innegable, indetenible, inevitable), y otra muy diferente la tendencia hacia lo que pudiéramos llamar ANGLOBALIZACIÓN. Todavía sorprende, por ejemplo, que en algunas zonas de la tan castiza península ibérica se aluda a las tarjetas de Navidad como “crismas” y se hable de viviendas o urbanizaciones de “alto estanding” y de máquinas de “vending” (para aludir a las expendedoras automáticas de refrescos y chucherías).
En el caso de Venezuela, produce cierto escozor escuchar a colegas, a comunicadores, a estudiantes e incluso profesores que, buscando una pronunciación lo más ajustada posible a los requerimientos entonativos del inglés estadounidense se esfuerzan por decir “tuírer” (aludiendo al Twitter), ejecutando un retorcimiento de la lengua que amenaza con ensalivar el entorno de la conversación. Nada digo de otras pronunciaciones un tanto más ridículas, tales como “tuítaar” y “tuíterrr”. Tuíter y ya. Si no, deberían ser coherentes y malpronunciar  “Couca-Coula”.
También preocupa a mi parienta el modo como ciertos hablantes públicos ridiculizan algunas expresiones provenientes del la lengua de Shakespeare, “espanglishándolas” de tal modo que recurrentemente solo le agregan leña al fogón de las confusiones. Una de ellas es la recurrente palabrita underscore, para hacer referencia a esa pequeña línea horizontal que a veces se utiliza, principalmente en ámbitos informáticos, con el propósito de “subrayar” un espacio en blanco o unir en su base dos palabras (“_”). No se cansa uno  de oír a locutores o conductores de programas de la tele que, buscando parecer más cultos de lo que realmente son, se afanan en diversas pronunciaciones como “ánderescor”, “underescore”, “ónderéscorrr”, entre otras. Sin olvidar a los que tratando de acercarse a alguna posibilidad del español ponen una torta similar mediante supuestas traducciones como “rayita de piso”, “piso”, “barra-piso”, “barra baja”, etc.
Parece un manera peculiar de complicarse la vida y querer apostar a la sabiduría máxima, cuando sería tan sencillo hablar de un “guion bajo” (como aparece en la Ortografía académica), “guion inferior” o “guion de subrayado”, entre otras posibilidades (y, para ponernos al día,  “guion” sin tilde, por favor). Se trata de ese pequeño signo que se ha desplazado desde la posición media, donde ha cumplido tradicionalmente otras importantes funciones escriturales, hasta el borde inferior de la línea. No es una “barra”; la barra es distinta y alude a ese otro referente al que algunos se empeñan en denominar y pronunciar “eslash”. Una barra puede mantenerse en su forma totalmente vertical o inclinarse un poco, a la derecha o a la izquierda, cuando la necesidad de uso lo precisa ( | , /, \  ), pero no por ello deja de ser una B-A-RR-A para devenir en un(a) “eslash”. Cuando se usa inclinada a la derecha, hay quienes prefieren llamarla diagonal; si, por el contrario, se arrima hacia la izquierda, podría llamarse “barra invertida”, “contrabarra” o “antibarra”. Cuando  es totalmente vertical ( | ), se llama “pleca”.  Es decir, aunque no siempre es así, el español nos ofrece todas las alternativas para dejar de nominarla en inglés.
No podemos olvidarnos tampoco de quienes, por una parte, pronuncian cibernéticaciberespacio, pero, por la otra, parecieran torcer la vocal “i” de la primera sílaba cuando aluden a un sáibercafé” o sencillamente a un “sáiber”. Algo luce aquí contradictorio. Inciden en esto asuntos ideológicos relacionados con el valor social de las expresiones. Ciertos “anglobalizados” fanáticos parecieran sentirse más cerca del cielo cuando practican estas extrañas maneras de comportarse lingüísticamente y arguyen aborrecer, por ejemplo,  la vulgar “torta de queso”, pero idolatran la “chiskeik”. El español les ofrece la misma oportunidad de lucirse pero parecieran rechazarla por extraños motivos.

Lo perjudicial de esta situación es que los hablantes comunes, los que no tienen acceso a los medios masivos de comunicación, terminan repitiendo lo que escuchan de aquellos que, a veces sin saberlo, actúan como modelos de habla pública. Sin embargo, no se trata de llegar a los extremos de un tozudo vecino nuestro que alguna vez nos aseguraba ser adicto a una bebida escocesa cuya “marca” —según él—  es “Juancito el caminador”. Se refería al güisqui Johnnie Walker, que es una denominación comercial y no hay por qué traducirla, aunque no faltará algún refistolero que llegue a figurarse que si es envasado en el país, debería escribirse “güisqui” (cuasi sinónimo de “gasolina”), para diferenciarlo del whisky  escocés (es decir, el “beri séim” o “the próuper uan”).  Quien habla para dirigirse a grandes audiencias debe cuidarse de sus expresiones porque con la misma lengua que mide será medido. Una cosa es la innegable globalización del mundo contemporáneo y la importancia del inglés, entre otros idiomas, naturalmente, y otra muy diferente la subyacente  anglobalización a la que aspiran algunos “habladores de pepas”, como llaman en Trujillo a los fanfarrones.

“Eufemismar”, verbo de moda





La realidad no cambiará por mucho que la disfracemos con palabras  bonitas y/o frases que no la muestren o busquen esconderla

la lengua es para un hablador lo que el fusil para el soldado;
con ella se defiende y con ella mata.

Mariano José de Larra (escritor español)

Dos palabritas insidiosas vienen a la mente en el momento de abrir los ojos y despertar en el año 2017: eufemismo y disfemismo. De acuerdo con lo indicado en el Diccionario de la Lengua Española (DLE), un eufemismo es una expresión utilizada para suavizar una realidad que representada literalmente resultaría ofensiva o escatológica.  Es decir, ponemos pañitos calientes a las palabras,  buscándolas con pinzas, cubriéndolas con un manto que las edulcora para evitar mostrar algo que resultaría procaz. Según la misma fuente, su contrario sería el “disfemismo”.   Ampliemos el primer  concepto y digamos que el eufemismo puede ser también  un modo de disfrazar la realidad mediante el lenguaje, aunque no siempre sea grosera u ofensiva la expresión literal a la que remite. Se trataría de cambiar los términos, sencillamente para que el destinatario no perciba lo que no deseamos que vea. Digamos que un eufemismo no es útil solamente para “floripondear” y arropar con un manto metafórico los vocablos o expresiones malsonantes. Cuando se trata de asuntos que podrían comprometer la credibilidad del hablante o de grupos de ellos, no faltan los asesores de lenguaje que sugieren a sus aconsejados “eufemismar”, siempre que se trate de reflejar lo que no queremos que se aprecie tal y como es; en tanto deberíamos “disfemismar” cuando aludimos a lo que hace el adversario, el enemigo, el jefe, el mecenas o el contrincante. Ambos verbos, no registrados en ningún diccionario,  son del glosario de mi tía Eloína y aquí los utilizaremos en sentido amplio.

 Un sorprendente ritual eufemístico presenciamos, por ejemplo, durante el cierre del año que acaba de concluir: desear “feliz Navidad” o “feliz Año Nuevo” resultaba cuesta arriba para un buen número de personas. Un auténtico (y a veces cínico) desaguisado verbal resultaba leer o escuchar el lema “prendan la luz que es diciembre”, mientras vivíamos momentos de suspenso, al sospechar que podríamos sufrir algún apagón al que oficialmente ahora no se le llama de ese modo sino que se presenta como algo parecido a “proceso de distribución racional de la energía eléctrica”. Casi como argumentar que durante el año que se fue no hubo inflación sino aumento de precios.

Basada en estas desviaciones lingüísticas tan de moda durante todo 2016, mi parienta recuerda, por ejemplo, que, de unos años para acá, parece resultar inadecuado que utilicemos el calificativo de “discapacitado” en el momento de hacer mención de personas que padecen alguna disminución física (principalmente en las piernas). En algunos letreros y avisos institucionales se prefiere la expresión “persona de movilidad reducida”, aunque muy poco se haya hecho para ofrecerles verdaderas facilidades de desplazamiento en las áreas públicas. Es lo mismo que llamar “privados de libertad” a quienes pagan condenas, aunque algunos de los  recintos donde deben expiar sus delitos sean inhabitables o tengan múltiples carencias. En lugar de reuniones sociales corporativas o saraos institucionales, algunas invitaciones de fin de año aludían a un “compartir” o a una “actividad de integración”, principalmente si se daban en recintos ministeriales o universitarios. Y si se trataba de brindar y consumir bebidas espirituosas durante el desarrollo de tales ágapes, se acudía  al término “hidratación”. Yerran quienes mal aconsejados buscan imponer estos giros engañosos y creen que modificando el lenguaje lograrán cambiar y mejorar o esconder la realidad. Para quienes somos ciudadanos comunes y mortales, no es suficiente que a la carencia creciente y carestía imparable de alimentos básicos se les agrupe reiteradamente bajo la categoría “guerra económica”.

Buena parte de nuestros ingeniosos y acuciosos comerciantes aprendieron también a “eufemismar” y resulta que ahora, cuando vamos —mejor dicho, cuando tenemos con qué y/o podemos entrar— al supermercado, nos invade un auténtico zipizape neuronal al momento de localizar algunos productos. Ante la imposición de regulaciones gubernamentales de precios para determinados insumos, la viveza comercial criolla ha buscado evadirlas y es así que ahora el champú, por muy ordinario que sea, se llama “pretratamiento capilar”, cuando no “limpiador de raíces capilares y sus extremidades”. Su complemento, el enjuague, es definido en los envases como “postratamiento capilar” o “mascarilla de nutrición capilar enjuagable”. Ni se diga el rollo que vivimos ahora con los tradicionales “lavaplatos”. Independientemente de las marcas y presentaciones, siempre se llamaron y los identificamos tradicionalmente de ese modo: lavaplatos o lavavajillas. Ahora nos devanamos los sesos adivinando si estamos adquiriendo un desengrasante que desengrasa o un “limpiador multiuso” que desinfecta. Además, la manera de referirse a los tradicionales detergentes es “polvo o líquido multiuso”, cuando no “limpiador de alto poder”. La misma receta publicitaria que nos aplicaron cuando comenzó a decirse que las arrugas no se llaman así sino “líneas de expresión”.


El colofón de esta situación generalizada ha sido que —entre la histeria colectiva generada por la guachafita en capítulos con los billetes de cien bolívares y la  nueva nomenclatura de la que venimos hablando— es obvio que los venezolanos estemos a punto de melcocha “oratoria” (es decir, de caer en la condición de orates, locos, desquiciados) y muchos podríamos tener necesidad de consultar con algún psiquiatra para que —como dicen los colombianos— “nos colabore” ayudándonos a entender este berenjenal. La guinda es que cuando yo mismo, el sobrino, pregunté a mi tía por la posibilidad de solicitar ayuda a uno de esos profesionales, ella me ha dicho que no use arcaísmos para designarlos, porque desde hace ya bastante tiempo no se les conoce como psiquiatras sino como “analistas”.

Vejucadas lingüísticas




Por mucha riqueza de vocabulario que se haya cultivado, la tercera edad pone a las personas a hablar de dolencias y “sexolescencias”


“Siempre es más fácil que a uno lo acepten por loco que por viejo”

Adriano González León (Viejo, 1994)


Dicen los especialistas en lingüística que de los componentes de un idioma, el que más se modifica en el tiempo es el léxico. Y debe ser así porque se va adaptando a las circunstancias sociales e históricas y a las distintas edades de las personas. Si bien la sintaxis es muy importante en varios aspectos, el vocabulario es el río más caudaloso que tenemos para conectarnos con la realidad. Es el mundo convertido en significados. En la medida en que el medio y las etapas de la vida cambian, la gente va ajustando su repertorio. “Eres lo que tu lenguaje muestra que eres”, reza un viejo adagio que siempre tienen presente quienes se ocupan de los vaivenes y laberintos idiomáticos. Dicho de otro modo, por sus términos  (cotidianos o domingueros, no importa) conocerás a tu interlocutor. Con tus manifestaciones verbales puedes sorprender a los otros, pero también puedes decepcionarlos. Sin embargo, lo más importante es que nuestro inventario de vocablos se va ajustando a las etapas tardías de la vida, pero, paradójicamente y aunque no sea realmente así, en la charla cotidiana este pareciera ir reduciéndose.

Además de restringirse y, hasta cierto punto, simplificarse, varía en la misma medida en que los años pasan y van pesando más sobre nosotros. Un campo léxico está constituido por un conjunto de palabras que guardan alguna relación semántica entre ellas y, por lo general, apuntan hacia una misma línea temática. No son iguales los campos de interés lingüístico relativos, por ejemplo, a los adolescentes que los de una persona ya entrada en la adultez  o las expresiones más habituales en alguien que ya ha ingresado a ese eufemismo denominado tercera edad. Eufemismo, porque, más que la tercera es casi la última o, por lo menos, la penúltima. Cuando llegamos a ella, comenzamos a dudar del adagio que reza “a la tercera va la vencida”. Después de que nos internamos en ese límite cambian muchas cosas en nuestra conversación y organismo. Las relaciones familiares, sociales y laborales son muy distintas; ocupan esferas diferentes y es natural que con ello cambien también las voces que usualmente utilizamos para comunicarnos con los otros. “Deja que hable y te la digo”, suele decir mi tía Eloína cada vez que le preguntamos por la edad que puede tener un fulano o una zutana.

Y no le falta razón. Cuando somos ya adultos pero todavía jóvenes, vigorosos y dispuestos a comernos el mundo, nuestros campos lexicales de interés son ricos en matices. También dejamos atrás mucho vocabulario de la niñez y la adolescencia para ingresar en otros espacios verbales. No es extraño, por ejemplo, que una pareja de jóvenes padres primerizos utilice con frecuencia vocablos  como “pañal”, “biberón” (o su sinónimo más popular, “tetero”), “leche” y, desde otra perspectiva, “cólico”, “sonrisa”, “sueño” (porque con un bebé pequeño no eres tú quien decide cuándo dormir).  No importa que, de momento y en Venezuela, los referentes de algunos de los primeros estén desaparecidos del mercado y ello las haga parecer arcaísmos. Eso es circunstancial.

Y es que nuestro lenguaje se mueve al ritmo de la vida y las circunstancias vitales. No hay dama cincuentona que, por mucho que las evada, no recurra  de vez en cuando a voces como “gorda” o  “gordura”, “tinte” (de cabello), “ginecólogo”, “menopausia”,  y (en consecuencia) “calor”. Del mismo modo que “urólogo”  “próstata”, “calcio”, “eyaculación” (precoz), “erección” (fallida o insuficiente), “antígeno”… podrían escucharse en conversaciones de hombres sexalescentes. Y esto sin olvidar el léxico compartido por ambos géneros: “alma”(-naque), “colesterol”, “triglicéridos”, “tensión” (alta o baja), “glicemia”, “médico-a”, “madurez”, “experiencia”, “consejo”, “dolor” (de cintura, de cabeza, de piernas), “viejo-a”, “tableta” (o “pastilla”), “medicina”, etc.

Puede resultar curioso pero durante eso que otros califican como la “edad serena” o la etapa de la “placidez y la reflexión” para referirse a los sesentones o más arriba, se va reduciendo el vocabulario hasta casi concentrarlo en dos campos léxicos muy particulares: el de las enfermedades o medicamentos y el de las relaciones o implicaciones sexuales. Dice mi parienta que cuando se es joven se practica el sexo, mas cuando llegamos a viejos lo “charlamos”.  Lo que significa que dicha fase  tiene mucho menos de serenidad y de placidez de lo que piensan los gerontólogos. Y si de reflexión hablamos, pues sí, se discurre bastante pero sobre las ventajas de la juventud ya ida. Después de los sesenta, si algún día no te duele algo es porque ya te has acostumbrado. Todo esto recuerda un pensamiento del escritor español Francisco de Quevedo, quien, palabras más, palabras menos, dijo alguna vez que todos deseamos llegar a viejos pero, directa o indirectamente, casi siempre negamos haber llegado.

Mural de identidad: Venezuela





La prueba  más importante a la que acudimos al momento de ratificar, demostrar o sencillamente hacer alarde de la ciudadanía recibe distintos nombres en cada país: cédula, carné o documento de IDENTIDAD. El mismo agrupa los datos fundamentales de nuestra existencia como parte de un registro, un censo, una población, todos indicativos de los lazos invisibles que nos unen al terruño al que pertenecemos. A tantos significados diferentes remite la palabra “identidad” que se hace difícil precisar cuál de sus acepciones le cala mejor o, al menos, sirve para ofrecer una idea integral sobre su verdadera relevancia. Según el Diccionario de la Lengua Española (DLE), el vocablo podría remitir a lo que tiene “cualidad de idéntico” o aludir al conjunto de características que particularizan a alguien o algo. En cuanto a otras voces familiares se refiere,  tendríamos que relacionarla con identitario, identificación, identificable, identificador, identificatorio…   No obstante, hay una noción más colectiva, más cercana a lo que es inherente a una comunidad; aquella que alude a sinónimos como “similitud”, “semejanza”, “hermanamiento”. Este último significado es el que subyace en las páginas de esa curiosa joya bibliográfica intitulada Identidad Venezuela. 1000 rostros (Caracas: Proyecto Identidad). La edición príncipe es del 2014; la siguiente, del 2015 y, según se anuncia,  ya viene en camino la tercera. Ha sido producto de un incansable y tenaz propósito del inquieto y diligente comunicador social y cineasta Gil Molina.
Se trata de un curiosísimo volumen cuyo principal contenido es una serie de mil fotografías  de venezolanos pertenecientes a diversos y muy variopintos sectores de nuestra sociedad contemporánea. Cada una de ellas va, además, acompañada de una breve reseña alusiva a la persona fotografiada. Podría decirse que, con este proyecto, Molina ha intentado ofrecer un mural de la Venezuela contemporánea, representada por gentes de toda categoría, de diferentes oficios e incluso de variadas condiciones sociales y distinto grado de visibilidad pública (desde muy re-conocidos hasta personajes casi anónimos): escritores, políticos, historiadores, sacerdotes, científicos, artesanos, inventores, académicos, promotores culturales, reinas de belleza, emprendedores, deportistas, comunicadores, gente de la televisión, de la empresa privada y del medio oficial, entre muchos otros, aparecen reunidos y hermanados como parte del conjunto de pensares, pareceres e inclinaciones de lo que somos actualmente como colectividad.
 El libro contiene, además, un interesante conjunto de pequeñas semblanzas (escritas por algunos de los fotografiados) referentes a temas de esos que llevamos incrustados en el alma, en nuestra idiosincrasia: el nombre Venezuela y su condición femenina, el Ávila, el plato nacional, las fiestas populares, nuestra canción emblemática, el humor y el béisbol (como deporte nacional). Enriquecen la compilación sendos prólogos del historiador Elías Pino Iturrieta y la periodista Milagros Socorro.
Muchos tendríamos que elogiar la idea y la realización de una tarea de esta naturaleza. Como dice Milagros Socorro, no necesariamente están aquí todos los rostros emblemáticos de la venezolanidad contemporánea. “Estos son —aduce ella— los de Gil Molina”. Es su criterio —agregamos nosotros— su escogencia, su propuesta, por lo demás encomiable.
La aventura implícita para localizar en tan distantes y distintos lugares a los mil que aquí se agrupan ha de haber sido, cómo dudarlo, una labor titánica; una actividad que solo con el empeño, la perseverancia y la voluntad ha podido lograrse. De acuerdo con lo que se plantea en la introducción, la colecta de entrevistas, fotografías, datos y pesquisas tomó más de una década. Y, sin duda, el producto se percibe cual testimonio más que fidedigno de ello: un retrato grupal, una inmensa foto de familia captada para hacer historia. ¿Que faltarán muchos? Posiblemente sí. Un importante cuentista y crítico literario nuestro del siglo pasado, José Fabbiani Ruiz (autor de una célebre Antología personal del cuento venezolano, 1977), tenía un criterio muy claro acerca del tipo de trabajo que implica reunir, compilar o agrupar productos culturales de cualquier naturaleza: “Esta es mi antología —imagina mi tía Eloína escucharlo decir—, que otros ofrezcan las de ellos. Quizás al final tendremos muchas buenas antologías o, entre todas, la suma de una sola excelente, inmejorable”.
En cualquier caso, es de agradecer que en esta oportunidad se nos haya ofrecido en imágenes el gesto positivo, la actitud esperanzadora, de tanta gente como la que aparece en ese volumen: se trata de una propuesta que hurga en las raíces y los resquicios de una comunidad representada por mil rostros y un millón de esperanzas. Aquí les dejo el enlace por si quieren indagar un poco más sobre ese mar de imágenes con el que Gil Molina ha buscado captar un momento de nuestro rostro como nación: http://www.proyecto-identidad.com



Soy lo prohibido






De cómo vivir muriendo poco a poco en un reino en el que cada día hay algún edicto del monarca que anuncia una nueva prohibición
El título de esta duda melódica remite a un famoso bolero en el que voy pensando en la medida en que me desplazo hacia algún lugar y me pregunto si seré yo lo prohibido o será todo lo demás. Busco algún resquicio que me facilite la explicación de por qué cada día se minimiza más el espacio de lo que puedo hacer. No creo que hayamos cometido tantos pecados ni capitales ni veniales, como para que la lista de actividades proscritas en mi vida cotidiana se vaya incrementando así como crece desmesuradamente en estos días ese oscuro túnel que se llama dólar paralelo.
Viene a la mente la fábula de la rana y el agua caliente: si la metes en el líquido que hierve, seguramente reaccionará; si, por el contrario, la pones en agua fría que vaya calentándose poco a poco, se acostumbrará hasta perecer. Imagino que lentamente he venido internándome en uno de esos parques en los que ingresas a buscar algún esparcimiento y te encuentras con que serán muy pocas las acciones que te ayuden a lograrlo. Nada puedes hacer allí que no contradiga alguna norma. Por todas partes ves letreritos insidiosos que te van indicando qué es lo permitido y que no. Si a la salida del lugar juntas todas las advertencias encontradas durante el recorrido, descubres que las posibilidades que te ofrecieron para moverte con cierta libertad han sido casi nulas. Quizás estar de pie y mover la vista por el paisaje sea lo único y eso si no llegara alguien a impedírtelo. Vuelves a los cartelitos que has leído dispersos; los juntas, como si fuera una versión ampliadísima de Los diez mandamientos. Descubres que todos se resumen en el verbo “prohibir” o sus acepciones:
No se aceptan mascotas; tampoco estancias por largos períodos; negado dormir en los asientos y hacer pipí sobre la grama; denegado hacer el amor; evite los amapuches; vetado hacer parrilladas y/o fogatas; reprímase de acampar; inhíbase de decir palabras soeces; evite comer; absténgase de tomar fotografías… Gracias por visitarnos.
Así pareciera que pasa la vida hoy en este lugar en el que estamos tratando de aprender a sobrevivir de cualquier modo. Hagamos un poco de ficción para fabular con el cartel imaginario que ya tenemos impreso en las neuronas y  con el  que pareciéramos encontrarnos cada vez que nos levantamos:
Este Supremo Inquisitorio  y Magnánimo Tribunal le da la más cordial bienvenida y tiene a bien informarle que, para que su vida transcurra sin sobresaltos, en este reino, se prohíbe:
Hablar mal de quienes lo hacen todo mal; alimentarse (porque no hay comida); decir que son corruptos los corruptos; creer en la posibilidad de un futuro digno;  enfermarse (debido a que no hay medicamentos); morirse (porque no hay ataúdes ni parcelas ni medios económicos para el entierro); usar la bandera nacional en manifestaciones públicas; criticar al rey desnudo o a cualquiera de sus chambelanes; hacer leyes que favorezcan al colectivo; manifestar en lugares públicos; sacar efectivo de su propia cuenta bancaria; tener su vehículo en buenas condiciones; asegurarse por si se enferma; viajar en autobús por vía terrestre (so pena de ser bajado del jumento); ganarle elecciones a la monarquía; elegir autoridades universitarias; protestar dentro de los límites del condado de Libertador; quejarse de que las calles están inservibles; comentar negativamente sobre quienes comentan negativamente cada vez que algo los incomoda; utilizar Internet y/o las redes sociales para desahogarse; lamentarse de los altibajos de los servicios de electricidad, agua, internet…”
Al decir de mi tía Eloína, pareciera subyacente la perversa directriz de  que enloquezcamos muy despacio si deseamos permanecer dentro del reino. Como la famosa rana de la fábula, lentamente nos vamos sumergiendo en el agua tibia sin notar que cada vez la temperatura va en aumento progresivo y seguramente al final nos sancochará.




Hijos de pura cepa


Hijos de pura cepa


El escritor venezolano Oswaldo Trejo (1924-1996) tenía fama de enigmático. Hay una característica relativa a su personalidad que siempre nos llamó la atención.  Evadió a toda costa los aspectos referentes a su estirpe merideña. También fue misterioso en el afán por esconder el segundo y muy sonoro apellido. Su nombre completo era José Oswaldo Trejo Febres. En una de las varias entrevistas que le hice, le pregunté por la leyenda según la cual se decía que no le gustaba que públicamente se conociera su relación con una familia de mucho abolengo en la historia de su región natal.
“Es que los Febres de Mérida tienen demasiado ‘peso literario y económico’—me dijo sardónicamente, con énfasis en esas tres últimas palabras— y yo vengo de la parentela más pobretona. No me gusta que la gente se haga ilusiones con mi posible alcurnia y crea que, gracias a eso, soy lo que soy”. Lo he recordado en estos días en que mi tía Eloína me ha pedido que evoque algunas implicaciones alusivas a la prosapia dentro de áreas como la política, la literatura, la publicidad y la alta gerencia.
Al menos dentro de la literatura, sabemos de diversos parientes (lejanos y cercanos) de escritores muy reconocidos que  buscan que se tenga presente su “marca de fábrica”. Opina mi parienta que cuando los apellidos del patriarca inicial de una dinastía son muy rimbombantes, la descendencia persigue mantenerlos a como dé lugar hasta varias generaciones adelante. De ser dos los convierten en uno solo, conectado por una guion y, además, a veces se agrega el materno, con lo cual parecieran tener tres (pongo un par de ejemplos ficticios, sin “alucinaciones personales”: Luis López-Contreras Barrera, Petra Paz-Castillo Linares). Son bastantes los que proclaman con verdadero orgullo sus vínculos con algún patronímico que suene a aristocracia.  Sin decir nada de cuando se juntan descendientes de un par de esas alcurniosas procedencias. “En tales casos, el chapeo es doble”, argumenta mi parienta.
Y que conste que no se trata de que  Eloína tenga algún tipo de resentimiento ni nada parecido. Tampoco significa que le parezca mal la estrategia; y mucho menos a ella que sufre del mismo mal. En casa todos sabemos que se llama Rita Eloína Padrón, a secas, y que, como ha sido casi  lugar común en este país, su padre no la reconoció. No obstante, suele argumentar que su verdadera partida de nacimiento (desaparecida en un incendio del registro, según cuenta) no dejaba lugar a dudas acerca del linaje del cual supuestamente procede. Dice llamarse realmente Rita Eloína Padrón Urdaneta. Cuando bromeamos con esto,  acude a un antiguo árbol genealógico que alguna vez encargó a un charlatán de esos que operan en Internet y nos echa en cara su sangre independentista, así como para enrostrarnos que, cuando logre desenmarañar la verdad de su nacimiento,  demostrará que es “tataranieta” del general Rafael Urdaneta.
A decir verdad, nada malo tiene hacer gala de dicha tradición si de verdad se pertenece a ella. No obstante, el asunto se complica con aquellos que, sin vínculos reales de ninguna naturaleza (como mi tía), se apropian de patronímicos históricamente muy importantes. Tal es el caso actual de la amplísima pléyade de herederos “históricos”, parientes, primos o “hijos de Bolívar”. Hasta donde hemos leído, don Simón fue prolífico en amores pero más moderado en cuanto a descendencia.  Existe un interesante y muy ameno libro del escritor trujillano Ramón Urdaneta que sería una delicia para quienes deseen enterarse del abundante cotilleo que ha girado en torno a este asuntillo sobre el Libertador: Los amores de Simón Bolívar y sus hijos secretos (Caracas: Historia y Tradición Grupo Editorial, 2003).
En un recorrido de 32 años que va desde la edad de 16 hasta la fecha de su muerte (1830), Urdaneta atribuye al gigante de América veintisiete amantes formales, más otras nueve que podrían ser consideradas de segundo orden. No obstante, en cuanto a retoños sanguíneos directos, apenas se atreve a recordarnos de la existencia documentada de dos: uno de madre boliviana (José Antonio de la Trinidad Costas, 1826-1895)  y otro engendrado con una señora de Colombia: Miguel Simón Camacho (1819-1898).
Si la información aportada por el historiador es verídica,  hasta allí llegarían realmente los hijos de Bolívar y ninguno de ellos fue procreado en Venezuela. El resto de los que presumen de tales no va para el baile. Aprovechándose de la longitud del nombre completo de tan distinguido y bizarro héroe (Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Ponte y Palacios Blanco), es vasta la multitud de supuestos herederos gratuitos que por doquier le han salido. Aunque realmente no lo sean, abundan, así, los que se consideran bolivarianos hijos de pura cepa.   Y todo por lustrarse con escapulario ajeno en un país en el que —como sugería Oswaldo Trejo; y aunque no parezca—, el nombre de familia puede servir de pasaporte o salvoconducto para muchos asuntos.



Cuentos que son espejos (IV): El desterrado




Nada peor que padecer la sensación de expatriado en el mismo espacio donde naciste. He aquí un relato magistral que nos envuelve en esa temática

Se trata de un cuento que explicita la intención del narrador por atender el tema de la opresión que generan los gobiernos despóticos. Es una breve historia que siempre servirá de espejo para muchas situaciones políticas en las que el autoritarismo busca imponerse cueste lo que cueste. Leemos en él un argumento focalizado en las penurias que vive la ciudadanía cuando un pequeño grupo de gendarmes asume que el país es suyo y lo será por siempre. Muy poco les importa que los consideren parte de un régimen de fuerza. La trama retrata las perversiones de una naciente y férrea dictadura cuyo supuesto objetivo es “proteger al pueblo”.
Se titula El desterrado. Su autor fue uno de nuestros cuentistas más clandestinos y certeros: Julián Padrón (1910-1954). Las bibliografías existentes reseñan que fue publicado por primera vez en 1971, como parte del volumen Obra de Julián Padrón (Caracas: Ediciones Armitano, con un magnífico prólogo de Pascual Venegas Filardo). No obstante, se presume que fue escrito mucho antes. El mismo tiene como escenario la emergencia de un gobierno de charreteras y fusiles. A juicio de mi tía Eloína,  el ambiente podría relacionarse con el advenimiento de la supuesta “unión patriótica militar” que derrocó a Rómulo Gallegos en 1948, evento que ya nos mostraba el tramojo de Marcos Pérez Jiménez y que acabó con la posibilidad de las elecciones libres y democráticas. Luego de esa fecha, el texto ha sido reeditado en varias ocasiones y, sin embargo, no parece formar parte de la memoria histórica de nuestros especialistas en literatura.  Su lectura remite a esa atmósfera de conculcación de todas las libertades que se ha repetido muchas veces en Hispanoamérica y que, por diversas razones,  a causa de errores y falta de visión política de algunos partidos y grupos sociales, reaparece misteriosamente cuando ya la creemos extinguida. Su personaje protagonista es un hombre cualquiera, aguerrido y pertinaz sindicalista (Cruz Aparicio), quizás poco ducho en las artes del mundo letrado, pero con una indudable actitud de rebeldía total frente a las injusticias. Me detengo en uno de los pasajes del relato que mi parienta me ha solicitado que reescriba para ilustrar a los lectores:
“El pueblo todo quedó en expectativa, mientras el usurpador gobernaba. ¿Gobernaba? Mandaba la gente satisfecha que el pueblo debía quedarse tranquilo, que los partidos debían colaborar, que los estudiantes no debían alborotar, que los sindicatos no debían pedir mejoras, que la prensa debía callar”.
Ese pasaje lo dice todo. Resume la opresión cotidiana que se ampara bajo la excusa de velar por los intereses de la gente en la medida en que se la va arrinconando hasta la posibilidad del ahogo total. Y recoge más adelante las angustias por las que atraviesan aquellos que padecen las artimañas y las perversidades de quien se arroga la conducción de un país usurpando un poder que el pueblo le niega. Se simboliza esta circunstancia mediante los rigores del personaje que, en efecto, padece el destierro que busca silenciarlo, pero igualmente continúa en esa situación una vez que ha logrado regresar clandestinamente a su patria.  “El desterrado en su tierra se siente materialmente acorralado” y su afán no cesa por liberarse de aquel martirio desde las conspiraciones en las que participa.
Cruz Aparicio, libertario, idealista y héroe civil, apresado por los esbirros del régimen, vive la amarga experiencia de ver cómo los tanques recorren las calles y las carreteras de su tierra en el momento en que la dictadura naciente decide patear la mesa y acabar con la única posibilidad en la que se resguardan los desasistidos ciudadanos: el voto. Se percibe además la curiosa división de los “intelectuales”: algunos fieles todavía al gobierno anterior (defenestrado por los gendarmes uniformados); otros, partidarios incondicionales de la junta “factótica”; un tercer grupo constituido por dudosos “independientes” y, la cuarta facción, aquellos que, bajo el matiz de una supuesta contraparte, son “serviles (ocultos) de toda facción en el poder”. Por esconderse falsariamente bajo un aparente manto de ataques al régimen, es obvio que las dos últimas sean las que podrían despertar mayores sospechas de colaboracionismo solapado.
Sin duda, un cuento casi desconocido, clandestino como el personaje que lo protagoniza, obra de un autor venezolano que además practicó con empeño los géneros de la novela y el teatro, muy a pesar de que la crítica haya descuidado su producción y las firmes convicciones que en ella se perciben. Revisando su obra, podremos constatar que Julián Padrón se empeñó en legarnos un fiel retrato universal de la Venezuela semiurbana de su tiempo. Quede la lectura de El desterrado como botón de muestra y llamado de alerta sobre lo que significa padecer la sensación de ser expatriado, paria, inconforme y conspirador en el mismo lugar donde se ha nacido. Nada mejor que volver al contenido del relato aquí reseñado para cerrar con una de sus más contundentes sentencias: “El más sagrado derecho del hombre no es el de la vida ni el de la propiedad, sino el de vivir en su tierra cuando lo desee”.


Curiosidades de “Nobel-a”




Sobre algunos aspectos del Premio Nobel que pudieran resultar atractivos a algún novel novel-ista

Si revisamos la última edición del Diccionario de la Lengua Española (DLE, 2014), encontraremos que la palabra “novel” alude al principiante o persona que tiene poca experiencia en algo. Escrita así, con “ve corta” y entonación aguda, proviene del catalán y originalmente significa “nuevo”. Aunque guarda cierta relación fonética con “novelar” y esta pareciera ser lo que los gramáticos llaman la raíz de aquella, no es precisamente así (esa última palabra proviene del italiano novella, “relato”). Tampoco guarda vínculo alguno con la palabra Nobel, alusiva a los premios de los que tanto se habla en estos días.  Curiosamente, aunque una mayoría casi absoluta de hispanohablantes pronuncia esta última con acento grave [nóbel], también esta voz es aguda en sueco y, de acuerdo con el Diccionario Panhispánico de Dudas (2005), debe ser  pronunciada [nobél]. No siempre se escribe con mayúscula inicial; solamente cuando alude al nombre del galardón y es idéntica en plural (Premio Nobel /premios Nobel). No obstante, si con ella nos referimos a quienes lo han ganado, admite la minúscula inicial y también el plural: “la semana pasada supimos de varios premios nobeles”.
Es precisamente el célebre apellido de Alfred Bernhard Nobel (1833-1896), ingeniero y químico sueco, más específicamente holmiense, o sea, nacido en Estocolmo (Holmia era el nombre de esa ciudad en latín). Imposible no ver este apellido en la prensa mundial durante las dos primeras semanas del mes de octubre de cada año. No deja de resultar interesante la historia de este señor al que tanto le debe mucha gente de todo el orbe. Pocas veces se dice, por ejemplo, que Nobel fue también un poeta novel, es decir, bisoño: escribió solo un libro de poesía. Se titulaba Némesis  y fue impreso durante el lapso de agonía del autor. Némesis se llamaba también la diosa de la venganza en la mitología griega. De la edición príncipe de ese único libro sobrevivieron muy pocos ejemplares, por cuanto fue censurado, catalogado de blasfemo y ordenada su incineración por autoridades gubernamentales.
Mi tía Eloína, que suele ser bastante deslenguada, sospecha que, al crear los galardones que llevan su nombre, la iniciativa  del donante constituyó un golpe de pecho para llegar al cielo limpio de alma por haber sido, primero, el inventor de la dinamita y, segundo, conjuntamente  con su familia, propietario de una fábrica de cañones y armas. Otra curiosidad es que, de algún modo, el caballero holmiense compartiría cierta responsabilidad histórica con la pléyade de dictadores y autócratas genocidas que venden o adquieren pólvora para gastarla no precisamente en zamuros, sino en seres humanos inocentes. Además, para fortuna de todos los que han sido “favorecidos” por la compra-venta de armamento y por los premios, aquello de testar tan generosas bonificaciones habría sido también un acto de contrición y de escarmiento hacia quienes censuran textos literarios.
En cuanto a la posible retaliación histórica de parte del ideólogo del certamen, algún mal pensado podría agregar a esto el deseo por perpetuar su patronímico mediante la consagración de otros. No en vano, aparte del reconocimiento anual a químicos, físicos, médicos, políticos “pacifistas”, “terconomistas” y escritores; un asteroide, un cráter lunar y un elemento químico también llevan el apellido Nobel, en homenaje al mismo señor.
Lo cierto es que, cualesquiera que fueran sus razones, el “noble” y “desinteresado” o arrepentido sueco logró que su gesto, su fotografía y su dinero sean más tomados en cuenta que cualquier poeta, poetica, poetastro o poetiso, como si de una evocación eterna se tratara. El mundo entero sabe quién era él; por el contrario, nadie recuerda a quienes ordenaron la quema de su único libro de versos. Sin duda, otra manera de hacer poesía y garantizarse la eternidad sin prohibiciones de gobiernos totalitarios.
Piensa Eloína que si contamos la millonada de dólares sin control de cambio que se han invertido  en las distintas especialidades en que se otorga, desde su inicio (1901) hasta la fecha, posiblemente el monto del Premio Nobel alcanzaría para alimentar durante varios períodos gubernamentales a tres países como Venezuela, asunto que les gustaría a algunos de nuestros actuales ministros. Pero también esto es pura especulación de mi parienta, porque si, en lugar de dejar su descomunal peculio para crear el galardón, a Alfred Nobel se le hubiera ocurrido donarla a nuestro país, con seguridad ya a estas alturas los sucesivos gobiernos maulas que hemos tenido la habrían dilapidado.

Otrosí: Una curiosidad final y financiera ya perfila algo distinto en el Nobel, tal vez más relacionada con el desgaste de la tradición que con el fundador: el mito sobre el secretísimo secreto de los dieciocho académicos suecos que otorgan el Nobel de Literatura ha venido relajándose con el tiempo.  Ahora, el evento alborota incluso  a casas de apuestas y quinielas de algunos países. Y a veces han acertado. Esto podría hacer creer que, en ocasiones, el nombre del ganador no es tan misterioso como se piensa. Este año, por ejemplo, en una casa de apuestas londinense (Landrokes), para el 11 de octubre, el orden de las opciones más cercanas al éxito era el siguiente: Ngugi Wa Thiong'o (keniano), Haruki Murakami (japonés), el poeta sirio Adonis, dos estadounidenses (Don de Lillo y Philip Roth), más el sueco Jon Fosse . Entre los de nuestra lengua estaban los españoles Javier Marías (en el octavo lugar) y Juan Marsé (en la vigésima opción),  además del argentino César Aira, con la décimo quinta posibilidad. Es más que obvio que todos los apostadores se dieron tremendo curulazo. El inesperado reconocimiento al cantante Bob Dylan debe haber dejado a más de uno mirando para San Felipe.

Rata de dos patas



La causa inspiradora de una canción no siempre es tal como la pensamos. Algunas nacen con un propósito que el colectivo cambia y ajusta a sus expectativas

Manuel Eduardo Toscano (nombre artístico de Norberto Eduardo Toscano López) es un compositor mexicano (Catemaco, Veracruz, 1952). Llegó a Ciudad de México a principios de los años 70 del siglo XX y allí ejerció diversos oficios, entre los que tuvo incluso que hacerse pasar por vendedor ambulante sordo. Tres años después aterrizó en el lugar a donde aspira llegar alguna gente interesada en la música: el universo de la composición. Su primera canción grabada pasó sin pena ni gloria, hasta el punto de ser casi totalmente desconocida; supone mi tía Eloína que posiblemente ello se debió a lo desafortunado del título: Mi flor amor.  No obstante, el autor persistió y en 1983 logra su primer éxito nacional con una pieza de título mucho más atractivo para el “despechismo” latinoamericano y que ya nos avisaba por dónde vendría: La canalla ( “voy a vestir a la moda, para que llore la canalla, para que sienta la canalla, para que sufra la canalla…”). Aferrado a esa primera pegada, fundaría después un grupo musical cuyo título no podía ser más curioso: Manuel Eduardo y sus canallas, integrado por puros meros machos. Tampoco este intento le traería la popularidad continental que tiene actualmente. Su éxito internacional está vinculado con algunas melodías posteriores. Una de ellas le ha dado la vuelta al mundo y ya ha sido versionada y traducida a varios idiomas: Rata de dos patas.
Es curiosa la historia detrás de la letra de este ¿bolero o antibolero? universal. Escucharla en labios de esa maravilla “melodiera” que es Paquita la del Barrio podría llevar a creer que, a juzgar por su letra, se trata de una arenga dirigida con furia incontenible a un esposo o amante que ha ocasionado un muy severo daño a la pareja femenina:
Rata inmunda, animal rastrero, escoria de la vida, adefesio mal hecho.
Infrahumano, espectro del infierno, maldita sabandija, cuánto daño me has hecho.
Alimaña, culebra ponzoñosa, desecho de la vida, te odio y te desprecio.
Rata de dos patas, te estoy hablando a ti, porque un bicho rastrero,
aun siendo el más maldito, comparado contigo,
se queda muy chiquito.

Si nos fijamos en otros títulos del autor, cantados también por la misma intérprete,  pudiéramos  ratificar la hipótesis de la mujer herida que busca vengarse de un esposo perverso. Un ejemplo más puede ser Hombres malvados (“…hombres malvados ya les cantamos, o se componen o los capamos…”). Otra de sus canciones asemeja casi un antipoema de la década de los setenta: Me saludas a la tuya, compuesta, supone mi parienta, por si acaso alguna rata bípeda osare responder con un recordatorio de progenitora a lo tratado en  Rata de dos patas. Veamos parte de su letra:
Gracias, te agradezco tu cumplido,
y sin hacer tanta bulla,
te agradezco que también
me saludes a la tuya.

No obstante, parece que Rata de dos patas no tiene su origen en un despecho femenino. Lo primero que podríamos recordar es que fue escrita y musicalizada por un caballero.  Además, está dedicada subliminalmente a otro varón. Pero, ojo, nada que ver con preferencias por el mismo sexo.  Ya eso incita a una duda acerca de su referente; quién fue la persona capaz de generar esta sarta de calificativos. Según declaraciones del propio autor, la letra fue inspirada por la actuación poco santa de un político mexicano.
Curiosamente, el compositor también conocería después el mundo de la política por dentro. Eso le permitiría saber cómo se navega en ese difuso mar, principalmente cuando su emblema más importante es la corrupción. Toscano se desempeñó entre 2005 y 2007 como alcalde de Huatusco, municipio de su estado natal. Una insólita campaña electoral, en cuyos actos públicos solo cantaba, lo favoreció con el voto popular. Pero su actividad como burgomaestre resultó más que suficiente para que decidiera alejarse algo asqueado de dicho mundillo y regresar a lo suyo, la música.
Rata de dos patas llevaba varios años engavetada cuando, en 2001, la grabó la señora Francisca Viveros Barradas (archiconocida como Paquita la del Barrio) y la convirtió en una pieza inmortal. Una letra gruesa, potente, desprejuiciada, dedicada inicialmente a “dibujar” la personalidad de un funcionario público de alto rango, se convirtió a partir de ese momento en un himno femenino. Así ha permanecido. Sin embargo, es bueno recordar su origen de vez en cuando y tenerla presente por si acaso. Completo parte de su contenido para quien desee evocarla al momento de saludar a alguien a quien, para su beneficio o el de sus allegados, le guste disponer de los dineros públicos: “Maldita sanguijuela, maldita cucaracha, que infectas donde pisas, que hieres y que matas. Alimaña…”.
Y como estarán preguntándose quién fue el merecedor de tantos “elogios” disparados por Manuel Eduardo Toscano, pues, según alguna prensa mexicana, en mayo pasado, el compositor confesó en un programa de la tele que el auténtico inspirador de la pieza fue un caballero que gobernó México durante un lapso presidencial del siglo pasado. Pero hay más, el rollo pica y se extiende porque hace poco una imitadora transgénero de Paquita, ha parodiado la pieza, ahora dedicándola con nombres y apellidos al actual presidente de México y a su partido. De ser cierto todo esto, la moraleja de Eloína es que, cuando ocupan cargos públicos, y si carecen de estatura moral sólida,  los políticos corren el riesgo de convertirse en mamíferos roedores. Igualmente, se arriesgan a que, alguna vez, literalmente otros les “canten” sus verdades.