martes, mayo 26, 2015

Cocheros literarios


 Acompañamiento, aptitud, autodeterminación, autoestima, coaching ontológico, confianza, conocimiento de sí mismo, disonancia cognitiva, estrés, inteligencia emocional,  liderazgo, mercadeo, optimismo, pensamiento positivo,   risoterapia, solución creativa, vocación…  

Detengo lo que simula un diccionario para decir que la lista incluye palabras y expresiones integradas al vocabulario de esa jerga seria que en términos generales se denomina AUTOAYUDA. «Autoayúdate que yo me ayudaré», imagino que debe ser el lema de esas nuevas biblias andantes que son los  gurúes y autores de  libros o conductores de seminarios  referidos a esta actividad.  Buscan en teoría contribuir con el autocontrol y el desarrollo de unas supuestas cualidades y habilidades que los mortales llevamos ocultas en el fondo más recóndito de nuestra conciencia.

Eso es al menos lo que indica la vastísima publicidad que se difunde sobre el asunto. A quienes nos hacen el favor de forzarnos a sacar estas maravillas a flote se les denomina anglófilamente  COACHS. Es probable que en el futuro del español hayamos de llamarlos COACHERS. O mejor, COCHEROS. Decirles entrenadores o facilitadores —como correspondería en nuestro idioma— sonaría excesivamente mundano, demasiado terrenal y nada llamativo. Cocheros serán porque tiran de los caballos que nos llevarán al mar de la felicidad y el regocijo.  Es una moda. No hay día que no llegue a nuestros buzones de correo electrónico o a nuestras cuentas tuiteras alguna invitación en la que se nos conmina  a atrevernos.

Coachs los hay por toneladas. Y en muchas especialidades. Hasta para ejercer algo que ahora se denomina «coaching literario». Personas osadas que apenas haber publicado un breviario de cuentos o una modesta novela, o quizás después de haber obtenido algún galardón, pues a veces sin la más pura idea sobre el asunto, se disponen a enseñar a otros  —en supuestas «clínicas» líricas, narrativas, ensayísticas o de crónicas—, cómo hurgar profundo en sus neuronas si aspiran a la escritura de alguno de los géneros mencionados.

No es que esto sea nuevo, pero, ante la crisis y la escasez, la modalidad se ha venido haciendo cada vez más presente. Hace algunos años comenté por la prensa la frase con que una supuesta «escuela de escritores» de la época buscaba enamorar candidatos/as a plumarios/as a través de un lema tan provocativo como: ¿QUIERES SER ESCRITOR? VEN CON NOSOTROS. Y a propósito de discutir este tipo de llamados — precisamente en un taller literario al que estábamos asistiendo— nos comentaba en aquellos días el inolvidable José Vicente Abreu que, primero, no aprende a escribir literatura el que quiere. Y menos si atiende a un COCHERO  inexperto (aunque este se haga llamar coach).  No basta el deseo, decía el autor de la novela testimonial SE LLAMABA SN (1964). Y, segundo, previa licencia de pudibundos y puristas, me permito repetir y hacer mía la frase con la que el mismo Abreu remataba sus lecciones acerca de convertirse alguna vez en escritor: se requieren infinitas horas-nalga muy productivas para lograrlo. A veces ni siquiera una vida es suficiente. El ejercicio de la literatura no es una boutade; otro puede ayudarnos a desarrollarnos en ella, pero se necesitan ciertas condiciones previas; se precisa de una manera de ver el mundo y no necesariamente de momentos de iluminación o de las técnicas que puedan aportarnos otros.


Somos miles los que anhelamos llegar alguna vez a ser considerados escritores. Una ínfima minoría lo logra. Y de ello no nos enteraremos jamás, por mucho que algún cochero nos «autoayude». Deben pasar muchos años para que el señor tiempo nos asigne ese lugar, si es que llegáramos a merecerlo. 
  
@dudamelodica

Imagen: google images

Publicado originalmente en www.contrapunto.com (19 de abril de 2015)


Entre plagios y plagiarios



Ocupar el lugar de otro y sustituirlo no es tan sencillo. Se precisa que los demás crean de verdad que la usurpación del lugar ajeno tiene algún sentido. Copiar los modos como otra persona ha actuado o escrito suele ser mucho más complejo que la simple acción de desearlo o intentarlo.  No es sustituto quien quiere sino quien puede. Y más de una vez la presunta posesión resulta en caricatura, imagen risible, parodia mal programada. Plagiar la obra o la personalidad de alguien es también un arte. El origen del plagio suele ubicarse entre dos extremos que a veces se rozan: la admiración desmedida o la urticante envidia.

Hoy hablo de plagios y plagiarios a fin de honrar la memoria del todavía anónimo y espurio  escritor español del siglo XVII, Alonso Fernández de Avellaneda, autor de un Quijote apócrifo que circuló en España en 1614, nueve años después de la publicación de la primera parte de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (1605).  Creo que el mayor acierto de Fernández de Avellaneda no fue tanto escribir una supuesta segunda parte del Quijote, sino hacerlo con ese nombre como seudónimo y, la guinda de la torta, anotar su libro con un falso pie de imprenta. Lo que se diría un doble juego tan enigmático y magistralmente armado que todavía en este siglo XXI sigue dando de qué hablar. Es lo que demuestran tanto las traducciones a otros idiomas que de él se han hecho, como la reedición por parte de la mismísima Real Academia  Española, en este año 2015, de ese Quijote sustituto.

Mucho se ha dicho sobre quién pudiera haber sido el autor de aquel falso Quijote, pero, a decir verdad, no se ha logrado ninguna certeza al respecto. Entre otros, hasta al propio Lope de Vega (notorio adversario de Cervantes) se le ha atribuido alguna vez tan sortario desaguisado. El plagiario logró su cometido a plenitud porque original y copia han sobrevivido hermanadas. Y el efecto de la parodia fue tan certero que obligó al propio Cervantes a publicar la verdadera segunda parte de su obra  en 1615.

Soy admirador de los buenos plagiarios y suelo tener poca estima por aquellos «grandes escritores» que, jugando a la ignorancia de los demás, se dedican a copiar textos descaradamente, incluso de la prensa. Por ejemplo, de eso se acusó más de una vez al escritor peruano Alfredo Bryce Echenique. El alboroto generado por una serie de intelectuales mexicanos le impidió acudir a recoger el Premio de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2012, que vergonzosamente hubo de recibir en su propia casa, en Lima, debido, según palabras del propio acusado, a la posibilidad que había de que lo lincharan. Y agrego yo, no tanto por haber copiado sino por la manera tan burda de ejercer tal oficio. Es lo peor que le puede ocurrir a un escritor: encima de copista, mal falsario es como demasiado. Según sus denunciantes, a Bryce se le habían comprobado hasta ese momento más de 40 plagios y  16 multas certificadas por el Instituto Nacional de Defensa de la Competencia y de la Protección de la Propiedad Intelectual (INDECOPI, Perú). Imitador más chimbo, imposible.


A partir de ese momento, le perdí el respeto y la admiración que alguna vez profesé al autor de Un mundo para Julius (1970). Hasta pensé en esos días sugerirle un imaginario taller literario con nuestro más ilustre e inteligente plagiario universal y ficcionauta recurrente: el invalorable Rafael Bolívar Coronado (1884-1924), brillante y más que respetable seudonimista venezolano que, para sobrevivir en este mundo de competencias desleales como es la literatura, se ocupó de suplantar a cientos de autores de diversas latitudes mediante el uso de unos 650 seudónimos. Lo reveló el historiador Rafael Ramón Castellanos en un libro imprescindible que es una rara avis de nuestra bibliografía local: Un hombre con más de seiscientos nombres. Rafael Bolívar Coronado (1993). Desde Andrés Bello hasta el mexicano Amado Nervo, hasta otros como Arturo Uslar Pietri, José Martí y Rubén Darío, anduvieron de la mano y pluma de Bolívar Coronado, con explícita intención y sin esconderse, con absoluta premeditación y éxito. Digno descendiente suramericano de Alonso Fernández de Avellaneda.

Fuente de la imagen: Google images

Publicado originalmente en www.contrapunto.com (12 de abril de 2015)

Carlos Pacheco, caballero de las letras





No tengo memoria de la fecha exacta en que conocí a Carlos Pacheco (1948-2015). Apenas guardo de ese momento un fortuito cruce de manos en algún espacio del Instituto Pedagógico de Caracas, a mediados de los años ochenta.  En todo caso, quede ese encuentro como el primer chispazo de una amistad que se afianzaría en la Universidad Simón Bolívar durante esa misma década.

Lo que sí puedo asegurar es que la hermandad entre ambos llegó para quedarse. De nuestro inicial trabajo conjunto en la Universidad Simón Bolívar (Caracas), aparte de la amistad y eterna fraternidad,  nació el volumen Del cuento y sus alrededores. Aproximaciones a una teoría del cuento (1993, 1997). Mucho más adelante, hicimos equipo con Beatriz González S. para compilar, editar y publicar Nación y Literatura. Itinerarios de la palabra escrita en Venezuela (2006).  Entre esos dos proyectos comunes, y también después, sucedieron otros varios, pero  me limito a mencionar el último. Uno en el que decidimos juntar nuestros criterios con el de Carlos Sandoval para pasearnos por el cuento nacional. Resultado: Propuesta para un canon del cuento venezolano del siglo XX (2014).

No obstante, más allá de la comunión meramente universitaria, Pacheco fue mi hermano. Nos adoptamos como tales en el recorrido por pasillos universitarios, por eventos profesionales, por resquicios familiares ancestrales, por nuestras  biografías y pasiones en las que siempre apareció algún elemento común.

Pero Carlos Pacheco, mi compañero de aventuras, acaba de marcharse el pasado 27 de marzo, sin que ni él ni yo, ni nadie de nuestros entornos, lo esperáramos. Por ese motivo, hoy no queda espacio para ningún otro tema que no sea rendirle homenaje póstumo. Ofrezco disculpas a los lectores por ocupar con algo tan personal el precioso tiempo que generosamente dedican a pasearse por mis dudas.

Nos unieron muchas cosas: la docencia, la trujillanidad, la literatura venezolana, la lingüística, la crítica e investigación  literaria, la actividad editorial y la vida familiar. Tantas fueron nuestras coincidencias vitales que, incluso la semana pasada, al transmitir la noticia sobre su fallecimiento repentino en Bogotá, la prensa nos ha puesto a nacer el mismo, día 3 junio, aunque no fue así. En honor a la verdad, Carlos vino al mundo un tres de julio de 1948 en Caracas. Y el día 7 de diciembre de 2009 tuve además la honra de recibirlo como numerario de la Academia Venezolana de la Lengua. Hace apenas unos meses, también un 3 de julio (de 2014)  nos juntamos sus familiares, amigos y colegas en el paraninfo de la Universidad Simón Bolívar, a propósito del título de Profesor Emérito que le confiriera el Consejo Directivo de nuestra hoy golpeada y más que maltratada institución.

Pocos años hace que me correspondió además formar parte del equipo editor  de Alfaguara, en la revisión y producción del libro La vasta brevedad (2010), una antología del cuento venezolano del siglo XX, en cuyo proyecto participó Pacheco con los escritores Antonio López Ortega y Miguel Gomes. Su libro La comarca oral (1992, en proceso de reedición por una universidad colombiana, según me dijo el año pasado), ha sido una referencia de primera mano para estudiantes  interesados en los vericuetos literarios de Latinoamérica.

Difícil resumir en tan escaso espacio una trayectoria harto productiva, vasta y diversa como la de Carlos Pacheco. Firme en sus convicciones, seguro en sus ideas, caballero de la vida y de las letras, estudioso, universitario a toda prueba, podrían ser algunos de los rasgos para definir su personalidad, sus pasos más que fructíferos por el CELARG, por la Universidad Simón Bolívar, por la Academia Venezolana de la Lengua, sus disciplinados estudios de postgrado en Liverpool y Londres, sus pasantías por diversas universidades extranjeras. Y, lo más importante, su don de gentes y su don de aciertos, la lealtad hacia los amigos.

Obviamente, también tuvimos diferencias que no pueden pasarse por alto: en el carácter, en la estatura, en el número de matrimonios e hijos, y en muchas otras cosas que no viene al caso enumerar. Como diría el filósofo Edgar Morin al aludir al principio dialógico de la complejidad, ni iguales ni correspondientes, complementarios. Amigos incondicionales y eternos.  Además de haber publicado individualmente o en equipo más de una veintena de libros, Pacheco fue coautor (con Wilma Álvarez Esteves) de tres disciplinados y modélicos ciudadanos: Fianna, Milena y Andrés, testimonios evidentísimos de las buenas enseñanzas familiares que recibieron.  Compartió además un importante fragmento de su vida familiar y académica con la profesora y también entrañable hermana de ruta Luz Marina Rivas, investigadora dedicada a escudriñar documentos que la ayuden a demostrar la valía y dedicación literaria de las escritoras venezolanas. La fotografía retrata justo el día en que Lucía Fraca y yo apadrinamos esa boda.

No asimilo todavía que Carlos Pacheco se haya ido tan a destiempo. Prefiero acudir a mis inclinaciones por la ficción y construir una historia en la que un personaje llamado Carlos Pacheco se ha ido de viaje a Bogotá y allí será un paseante eterno, preocupado siempre por Venezuela, abrumado por un autoexilio que, sin embargo, no logró menguar ni su disciplina de trabajo ni su persistencia, haciéndose el trujillano (como lo fueron sus ascendientes), con plena conciencia de que todo proceso histórico es circunstancial y de que siempre vendrán tiempos mejores.

Fotografía:
[Diciembre de 2004]
Sentados: Lucía Fraca y Luis Barrera Linares / De pie: Carlos Pacheco y Luz Marina Rivas 

Publicado originalmente el 5 de abril de 2015 (www.contrapunto.com/ Opinión


viernes, mayo 01, 2015

El inquieto (ana)cobero*



El muy admirado escritor venezolano Salvador Garmendia publicó en 1975 un cuento magistral titulado El inquieto anacobero, cuyo único aparente pecado enjuiciable era contener algunas de esas palabrejas que los lingüistas pudorosos llaman «voces malsonantes». Español sucio o groserías  les dicen los más pudibundos. Con base en ese supuesto vocabulario soez utilizado en el cuento,  un tal Bloque de Prensa Venezolano incoó contra el autor una absurda demanda, fundamentada en la supuesta ofensa al  pudor y la moral de la época. Historias similares se han repetido centenares de veces en todo el mundo. No podíamos quedarnos atrás en Venezuela, donde, además, no era la primera vez que una obra resultaba censurada por una legión de castos y santos señores de esos que no orinan por donde la mayoría de la gente lo hace.

 En el pequeño y particular mundo de nuestra literatura, se rumoraba en esos días que, naturalmente, algo más habría de existir detrás de aquel reclamo. Quizás el ataque subyacente al perezjimenismo que contiene el relato. Tal vez el haber tocado un tema referido a cierta élite militar de la dictadura y sus patológicas aficiones burdelescas. Mientras acuden al velorio de un colega de farras y barras, dos amigos rememoran la época nocturna y truculenta de los cincuenta del siglo pasado. Aparte de algunas escenas con prostitutas y putañeros, un General gatillo alegre y la imagen subyacente del excéntrico cobero y anacobero Daniel Santos, no hay propiamente escatologías en el cuento, más allá de comodines lingüísticos tan desgastados como «vaina», «coño», «cojonuda», «comemierda», «jodiera» y alguna otra. Nada que ameritara santiguarse.

 Siempre me quedé con la duda acerca de qué podría haber detrás de la demanda a un escritor tan buena gente, inofensivo y grato como Salvador Garmendia. Era obvio que aquello le hiciera al relato mucha publicidad y ―como suele ocurrir con buena parte de las obras censuradas y bien escritas― lo convirtiera en lo que el texto es hoy: un clásico de la cuentística venezolana.


Es virtud de los textos clásicos reaparecer y seguir conmoviéndonos. Y justo ahora, en estos meses de marzo y abril de 2015, el cuento de Salvador ha resucitado de nuevo para sus lectores y admiradores. Hemos vuelto a evocarlo y releerlo a raíz del montaje teatral denominado precisamente El inquieto anacobero. De la mano y pluma de Federico Pacanins (quien, entre otras cosas, adaptó el cuento y dirige la obra) y Magdalena Frómeta (productora general), la imagen de Daniel Doroteo de los Santos Betancourt —ese era el nombre completo del cantante, rememorado mil veces en el relato de Garmendia— hemos asistido a una representación de lujo. Impecable. Según mi tía Eloína,  si de verdad «recordar es vivir», pieza con que concluye la obra teatral, lo único que quizás choca un poco contra nuestros recuerdos (en la obra, no en el relato) es escuchar a una fabulosa bolerista de otros tiempos —Mirna Ríos— interpretando con notorio esfuerzo vocal el bolero «Amémonos», otrora emblema y casi marca de su excelente repertorio juvenil. Afortunadamente, tratándose de un escenario botiquinero en el que necesariamente hay que libar y libar, también escuchamos en la obra la interpretación  coral de otra conocida canción que al final nos sirve para justificar cualquier involuntario desliz: «Borracho no vale». 

*Originalmente publicado en www.contrapunto.com (27 de marzo de 2015)
Fotografía: Salvador Garmendia (Google images)

ACCESO A MI PÁGINA PERSONAL, CLIC AQUÍ

ENVIDIABLE CERVANTIADA*




Se dice que el Quijote es la obra literaria española más citada, leída, traducida y plagiada. Suele argumentarse  que apenas compite con la Biblia y que a veces se duda sobre cuál de esos dos libros ha sido traducido a más lenguas.  Lo que podemos asegurar es  que, después de más de cuatrocientos años de haber sido publicada, se trata de la novela más revolucionaria de nuestro idioma. No ha habido otra porque allí están todos los recursos pasados, presentes y futuros de la narrativa de ficción.  
Todo esto viene a cuento hoy porque está circulando la noticia según la cual un equipo de investigadores ha logrado encontrar en Madrid los restos óseos de Miguel de Cervantes Saavedra, justamente el autor de El Quijote.

No sabemos qué sería mejor: que siguiera dicha osamenta en el misterio o que realmente la hayan encontrado, mezclada con otra porción de huesos en la que, según los antropólogos y forenses, estarían los de Cervantes, pero realmente no están, dado que se hace difícil precisar cuáles eran realmente los suyos y cuáles pertenecían a las otras quince personas que, por varios siglos, han compartido la misma cripta en los recovecos túmbicos del convento de Las Trinitarias Descalzas. No habrá posibilidad de hacer estudios de ADN para verificar el hallazgo, debido a que —aunque mi tía Eloína lo dude— se presume que el autor no tuvo descendencia y apenas  se tiene conocimiento de una hermana suya cuyos despojos  descansan también  en un osario común de Alcalá de Henares. Una historia como para aquel médico de los muertos, protagonista de un  cuento del venezolano  Julio Garmendia.

Es decir, después de unos diez meses de excavaciones, podemos inferir que quedamos en las mismas. Se afirma que son los huesos de Cervantes, aunque no necesariamente. Podrían ser, sin embargo, no sabemos. Quizás sí, pero…  Según el informe, con Cervantes y su esposa (Catalina de Salazar) han cohabitado bajo tierra las osamentas de otros adultos: cuatro de ellos hombres, dos mujeres «y otros dos de sexo indeterminado»,  más cinco niños. Vaya usted a saber lo que era sexo indeterminado en el siglo XVI.

 En conclusión, nada en concreto, luego de haber gastado más de 130.000 lechugas imperialistas en la búsqueda. Queda además la duda melódica de si se podrán exhibir en algún museo para turistas necrófilos, porque cómo saber cuáles eran realmente los suyos a fin de poder decir que los hemos visto.


En consonancia con lo literario y la ficción, la historia semeja un capítulo más de El Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Casi una broma futurista digna de su eterno compañero Sancho Panza. Digamos, un sanchopanzazo. Una ironía de la ciencia en la que la ficción novelesca sigue imperando. Se me hace que es una venganza pensada de antemano por el mismo autor, para que no sigamos repitiendo aquella expresión tan de moda en nuestros recintos universitarios de finales de los sesenta del siglo pasado: «Cervantes, camarada, tu muerte será vengada». Para estar a tono con el hallazgo, habremos de cambiarla por «Cervantes, camarada, tus huesos serán otra quijotada ». Quizás otra envidiable cervantiada. Así son los escritores verdaderos: bromistas hasta la eternidad, incluso hasta varios siglos después de muertos. Vale por don Miguel.

*Originalmente publicado en www.contrapunto.com (22 de marzo de 2015)
Fotografía: Google images (Fernando Rey (Don Quijote) y Alfredo Landa (Sancho Panza) en una producción de RTVE)

ACCESO A MI PÁGINA PERSONAL, CLIC AQUÍ

COSTUMBRISMO DEL SIGLO XXI*



Imagino la curiosidad que habrán de despertar dentro de unos cien años las evidencias gráficas y sonoras de la Venezuela de este incierto y angustiante tiempo venezolano. Biznietos y tataranietos se preguntarán sobre las razones por las que las agencias de viajes se convirtieron en gestoras de compras. Algunas de ellas cambiaron de ramo para programar tours nacionales en los que no hay visitas a museos, iglesias, o monumentos, sino a redes de supermercados en los que, si hay suerte, podría conseguirse algún producto básico.

 Inquieta adivinar en estos días lo que pasará por las mentes de nuestros descendientes al ver archivos de Whatsapp como los siguientes: Mi cajera confidente informa habrá azúcar mañana 12m. Corresponde hacer la fila a mamá. Fingir cojera severa.  Llevar bastón, cédula y huella digital chimbeadas.

Apreciarán la estampa costumbrista de cadenas de motorizados bachaqueros que, amparados por la anonimia de sus cascos negros, circulan por la ciudad con una oreja en el tráfico y otra en el manos libres del teléfono, pendientes de cuál habrá de ser la ruta de ese día para proveerse de los insumos que deben hacer llegar a los buhoneros, personajes  convertidos en los conversos robinjudes de la actualidad. Conversos porque, si bien Robin Hood quitaba a los pudientes para proveer a los menesterosos, en este caso, buena parte de tales héroes modernos acaparan productos para venderlos a sus propios congéneres a precios impensables.

Ni qué decir de la necesidad que tenemos hoy de portar rutinariamente una sombrilla, ropa adecuada, un botellín de agua (de chorro, de la otra no hay) y algunos medicamentos antiestrés, debido a que —aunque salimos de casa con algún rumbo predeterminado—, nunca sabemos dónde recalaremos realmente. Podría atravesarse en nuestro camino la sorpresa de que han llegado los pañales a algún establecimiento situado justo en algún punto de nuestra ruta:

—¿Viste lo que lleva ese viejito en las bolsas? ¡corre pallá, coño!

Puesto que, según los dueños de algunos supermercados, es delito de lesa patria fotografiar anaqueles vacíos o superpoblados de cualquier cosa (menos de las que realmente requerimos),  mi tía Eloína se ha dedicado a grabar las conversaciones que a diario pueden escucharse mientras «acampamos» en algún local, a la espera de cualquier vaina que a los gerentes se les ocurra sacar a subasta ese día. Ante la presencia de los agentes del orden (que por lo visto ahora solo cuidan establecimientos comerciales), sea por temor o por resignación, pocos ciudadanos, se atreven a quejarse de la situación. Más bien se dan a contar chistes o charlar sobre lo barata que estuvo la costilla de res de la semana pasada, aunque para obtenerla tuviéramos que consumir más calorías de las que logramos con lo adquirido.

En cuanto a las unidades de tiempo que utilizamos en esta época, quedará testimonio de que ya no son ni los días, ni las horas, ni los meses o años. Seguramente se pensará en el futuro en un desvarío colectivo. Porque nomás ver a algún conocido, llamarlo o escribirle un correo electrónico, lo primero que se nos ocurre son ciertas modalidades de saludo que ya se van volviendo hábitos:
            ¡Qué de colas que no nos veíamos!
            —Dentro de tres visitas al súper será mi cumple.

—¡Hace cinco filas que no consigo papel para el codo!

*Originalmente publicado en el diario digital www.contrapunto.com (15 de marzo de 2015)
Fotografía de Nelson González Leal

ACCESO A MI PÁGINA PERSONAL, CLIC AQUÍ

sábado, abril 18, 2015

LAPIDARIO VOCABULARIO


Mi tía Eloína anda como plancha de (Fondo) Chino. Aquella tranquila dama de hierro a la que antes  todo le resbalaba se ha convertido  en desesperada, furiosa  e injuriosa pleitista. Les atribuye la culpa a algunos noticieros de la tele y la radio, cuando no a la prensa escrita o a los políticos y otros declarantes, por tantos barbarismos y barbaridades que, según ella, proliferan en el lenguaje de este tiempo.

—No es purismo —argumenta—,  pero a veces  provoca inventar un purificador que ayude a filtrar los deslengües contemporáneos.

Algunos políticos, locutores, periodistas y funcionarios no entienden que, cuando se declara a la prensa, no se está charlando ni con los hijos ni la esposa o la concu. Ignoran que cualquier cosa que digan puede ser utilizada en su contra. Deben entender además que hay miles de personas escuchándolos o leyéndolos y que hay que tener cuidado con cada palabra.  Por eso deben cuidarse de patear el idioma como si este fuera un exánime balón de fútbol. Es cierto que nadie, por muy ducho que se crea, está exento de cometer algún dislate ocasional, pero hacerlo recurrentemente puede resultar pernicioso. No se quejen después de que el humorismo haga fiesta con sus inconsistentes peroratas.

En una emisora radial hemos escuchado decir a un lector de noticias que en sociedades como  las de Somalia, Irán y Nigeria «dilapidan» a las mujeres acusadas de ciertos delitos. También, según el mismo señor, en pleno siglo XXI son «dilapidadas» algunas féminas en alguna zona de la isla de Sumatra (Indonesia). ¡La Sutra!, provoca responderle cuando uno escucha tal desaguisado. Y no entiende nadie que en esos lugares haya tantas damiselas como para ser  «dilapidadas», igual que si fuera petróleo venezolano. Lo que se quiere decir es que las lapidan: una vez injustamente condenadas, a veces por creencias estrictamente machistas, los integrantes de una especie de público de galería (como el de los programas televisivos de concursos) comienza a apedrearlas hasta matarlas. Como se ve, muy distinto es lapidar personas que dilapidar palabras.

También es frecuente que en los reportes semanales de asesinatos se hable de un «cadáver sin signos vitales». ¿Cómo carrizo va a tener signos vitales un cadáver yerto y muerto?, se pregunta mi parienta. Y yo le agrego que alguna vez leí una noticia en el que se hablaba de haber encontrado en un basurero varios «condones umbilicales». Mi imaginación voló para pensar inmediatamente en preservativos para el ombligo.


Ya más cerquita de estos días, justo cuando se anuncian elecciones primarias que más bien serán secundarias y terciarias, me ha dejado «estupefaciente» la declaración de uno de nuestros parlamentarios actuales, quien hablaba por la radio de un eslogan «alto repetido» en la propaganda oficial y de los «precios desorbitantes» causados por la escasez. Para dáselas de bien hablado, quiso decir, presumo,  harto repetido y precios exorbitantes. Parlamentar, en efecto, la labor de un parlamentario, pero, en honor al uso adecuado del español, cuando dice cosas así, lo que provoca es precisamente parlamentársela.

Originalmente publicado en www.contrapunto.com (8-3-2015). Se reproduce aquí con permiso del editor.
Imagen tomada del blog Tras la cola de la rata

EUNUCOS LINGÜÍSTICOS


Los que saben de asuntos del discurso y del lenguaje suelen afirmar que la lengua puede ser el castigo de cualquier cuerpo cobarde. No basta con ser hablante de un idioma para suponer que podemos hacer con él lo que nos venga en gana. La lengua pide respeto y los usuarios no debemos abusar de sus bondades.

Esto viene al caso cuando se nos ocurre analizar las formas de expresión de algunos de nuestros impúdicos y cotidianos hablantes públicos: personas con altos cargos nacionales o regionales y profesionales de la comunicación que casi a diario deben dirigirse por escrito u oralmente  a millones de destinatarios. Con la misma lengua que hablamos podremos ser medidos y juzgados.

Quienes nos escuchan o leen nos evalúan por nuestras palabras. Y para imponer vocablos o promover cambios lingüísticos no todos somos monedita de oro. Hay quienes  incluso convierten sus supuestos chistes lingüísticos en selficaricaturas —valga la palabra—. Ni siquiera basta creernos que estamos diciendo la verdad para que los otros nos crean.

En fin, hay personas que —por mucho esfuerzo que hagan— no logran pegar una palabra ni con cola. Pueden pasar largas horas chachareando y ni siquiera sus correligionarios se atreven a dar fe de lo que expresan. Parece faltarles ese ángel que tienen los hablantes carismáticos, esa misteriosa cualidad que  envuelve a algunos elegidos en el momento de comunicarse con los otros.  No son capaces de impactar a nadie con lo que dicen. Viven exiliados de la lengua que hablan. Son discapacitados verbales.  Uno se los imagina solitarios, por las noches, tristes, cariacontecidos, frustrados y tan mal encarados que si la dama o el caballero que hace las funciones de cónyuge les critica algo de lo que han balbuceado en el día la o lo envían de inmediato al mismo carajo.  Gruñen. Pueden circunstancialmente tener todos los recursos a su alcance. Es posible que gocen  de diversas  vías posibles de comunicación (eso que llaman los medios). Pero nada. No logran seducir a nadie y más bien terminan haciendo mojigaterías verbales de las que los oyentes o lectores se ríen, pero por lo ridículas y fuera de lugar  que resultan. Hace falta mucha madurez cognitiva para ser un hablante competente y creíble.


A lo mejor tienen a su servicio asesores lingüísticos vergatarios. No obstante,  si les falta la chispa necesaria para lograr impactar a los otros, todo lo que digan se pierde en el vacío. O sea, no te vistas que no vas. El que nació para triste ni que lo fajen chiquito y árbol que nace torcido nunca su verbo endereza. Por mucha Hablarina  con que los hayan amamantado sus supuestos ductores, no dan pie con bola. Son misterios del lenguaje y esos pobretones y desangelados seres están condenados a que sus palabras se conviertan en espumas viajeras. Por mucho esfuerzo que hagan y por más que griten o intenten decirlo cantando, bailando,  rappeando o regatoneando, no producen ni frío ni calor. Son eunucos lingüísticos: paletos  que a lo mejor hablan y escriben porque tienen cuerdas vocales pero han sido castrados para la comunicación efectiva. 

@dudamelodica

Originalmente publicado en www.contrapunto.com (1-3-2015). Se reporudce aquí con permiso del editor.
Imagen agregada por el editor.

martes, marzo 31, 2015

Cañeros automáticos



Los viciosos «concañeros» de mi tía Eloína andan en estos días totalmente polar-izados. A tono con la situación que desafortunadamente ya se ha hecho costumbre en el país, se han dividido en dos grupos bien diferenciados y cada cual con una noción distinta sobre las bondades y verdades de la cañandonga. Lo único que los une es la consigna que han tenido desde siempre como emblema común todos los bebedores: en el bar la vida es más sabrosa.
—Bueno, era sabrosa, —los corrige mi parienta— porque si no eres cervecero, ahora para cumplir con tus «beberes» tienes que pagar una bola de billete y parte de la otra. Si no te gusta empinar el codo con el lúpulo fermentado, pues a beber guarapita o sangría caroreña, si acaso, porque vino y ron ni de vaina y escocés o vodka ni para remedio.
La situación ha sido motivada por la medida gubernamental de elevar los impuestos a las bebidas preferidas por el dios Baco, lo que las ha elevado al nivel de esa nueva modalidad económica a la que ahora se llama dólar marginal.  Aclaro, todas las bebidas excepto una, justamente la que más ha contribuido a polarizar el país, la cerveza. Lo que significa que, como sigamos así, apenas podrán sobrevivir en un futuro los beodos bipolares.
Agreguémosle que corre por  todos los botiquines el murmullo según el que tampoco podrás consumir el güisqui al que antes los amigos bromistas denominaban «gasolina» —o sea, el que siempre fuera baratón—, porque, según el gobierno también la gasolina será alcanzada pronto por la avalancha de precios injustos a que ya nos estamos acostumbrando.
Un verdadero golpe a la salud de quienes, para no enloquecer con tantos anuncios y «desanuncios» diarios, utilizan algunos de esos líquidos espirituosos como medicamentos desestresantes, vasodilatadores, antipiréticos o antibióticos. También conseguir medicinas hoy en Venezuela implica hacer rondas desesperantes por las farmacias y no siempre tenemos éxito.  Algo ha de hacerse para evitar tan complicada situación. Caña cara y medicinas ausentes es como demasiado. Lo sensato sería que se busque una solución, ¡un remedio!, que disipe ambos problemas, el de las bebidas y el de los medicamentos escasos, mediante una solución concertada (entre los borrachos y los enfermos).

La salida salomónica que sugiere mi parienta es que se implemente alguna ley húmeda (que sirva de contraparte a la ley seca) según la cual, los fines de semana y en temporadas vacacionales, podamos adquirir en las farmacias bebidas espirituosas a menor costo —puesto que serían dosis mínimas— convertidas en tabletas, cápsulas, jarabes, bálsamos o ungüentos. Que cierren los establecimientos expendedores de medicamentos en esos días no importaría mucho, siempre que también se les conminara a instalar en sus fachadas ventanillas dispensadoras a las que, a falta de mejor nombre, podríamos llamar cañeros automáticos. Un remedio rápido y efectivo para superar tanta dolencia cotidiana. * 
@dudamelodica
--------------------------------
*Publicado originalmente en el diario digital Contrapunto.com / 22-02-2015. Se reproduce aquí con permiso del editor. Imagen aportada por Contrapunto: original del caricaturista Rodolfo Linares
----------------------------------------

domingo, marzo 15, 2015

COLECTIVOS ¡TODOS A UNA!



Compleja es la tan repetida palabra colectivo.  Pedantones declarantes no tienen a veces ni la más pura idea sobre su variabilidad semántica. En nuestro medio, la cháchara popular y algunos poco púdicos hablantes públicos (gobernantes, periodistas, parlamentarios, voceros políticos, entre otros) han llevado el término a un desgaste tal que pronto terminará significando cualquier cosa. Sin embargo, ya el vocablo forma parte de lo que la psicología junguiana llamaría nuestro inconsciente colectivo.

La definición que aquí más nos interesa es la tercera que da el Diccionario de la Lengua Española (DILE): «Grupo unido por lazos laborales, gremiales, etc.». En el etcétera cabe todo, naturalmente, y de allí la ambigüedad.  Desde  su modesta cuna latina, la raíz primaria del vocablo estaría en otro que casi parece una marca de perfume: collectio (colección, agrupación), del que colectivo y colectividad son algo así como dignas «descendientas», quizás nietas. Igual que lo es «colectivismo». Todas constituyen una familia y remiten a conjunto o conglomerado.  Un colectivo social es también una familia que puede ser muy bienintencionada o bastante descarriada y perversa.

Una reunión de condominio es, por ejemplo, un despelotado colectivo en el que todos creen tener razón y cada uno quiere gritar más que los otros. También es un colectivo un autobús repleto de pasajeros asustados cuando están pasando por alguna zona a la que consideran peligrosa. Palabras como recua (conjunto de bestias de carga), bandada (de pájaros), piara (de cerdos), cardumen (de peces) son gramaticalmente sustantivos «colectivos». La mojigatería ha llevado a que ahora a ciertos colectivos (relacionados con el mundo virtual) los llamen sifrinamente «redes sociales». A las fúricas reacciones del pueblo, cuando se le ocurre no calarse más algo que le imponen desde las altas esferas gubernamentales, empresariales o celestiales,  suelen llamarlas «histeria colectiva».

También se usa la palabra en otros países como sinónimo de colecta, para aludir a los aportes que hace un grupo al ofrecer un regalo a alguien. Lo mismo que nosotros llamamos «vaca» y los españoles «derrama», recurso al que ahora debemos  apelar cuando necesitamos de las novedosas expendedoras de productos básicos que son los colectivos de los llamados trabajadores informales (vulgo: buhoneros, mercachifles, quincalleros, feriantes o bachaqueros). También son colectivos siempre  muy activos y  desbocados por las ganancias  algunos grupos de empresarios; y lo son los raspacupos, los contratistas, los comerciantes formales... No dejan de ser un colectivo rapaz algunas cadenas de supermercados que sin piedad aprovechan la crisis alimentaria para, entre gallos y medianoche,  elevar a diario  los precios.


Tanto para quienes los han aupado como para otros, determinados  colectivos pueden ser una piedrita en el zapato o una bendición, depende. Porque los hay armados y desarmados, «almados» y desalmados. Mas si se les confronta, se enculebran. Como el de la obra de Lope de Vega titulada Fuenteovejuna, el lema principal de cualquier colectivo siempre será «¡todos a una!».

-------------------------
Publicado originalmente en www.contrapunto.com (15-02-2015). Reproduzco aquí con permiso del editor.
http://www.contrapunto.com/index.php?option=com_k2&view=item&id=15693:la-duda-melodica&Itemid=327
Imagen tomada de Google images.
-----------------------------