domingo, junio 13, 2010

¿(An)globalización?





He repetido en muchas ocasiones y en diversos lugares que, por muy experto y conocedor que sea, no hay hablante exento de usar inadecuadamente alguna expresión cuando hace uso del idioma nativo. Ni el más pintado o “sabihondo” de los que creen comérsela en eso de “hablar y escribir bien” se salva de que en alguna ocasión se le escape la liebre lingüística. Sin embargo, más que equivocarse, lo importante es no repetir el gazapo cuando alguien te lo hace notar o lo percibes por ti mismo. Pero hay quienes se empeñan en meter la pata y no sacarla nunca por mucho que se les haga conocer el desaguisado.
Digamos, por ejemplo, que existen en todo el mundo legiones de hablantes que suponen al inglés como la lengua “madre de toda civilización”, “la lengua de las lenguas”. Y también siempre lo he aclarado: nada tengo en contra de ese idioma como vehículo de cultura, no me ocupo de rechazarla por rechazarla. Pero de ahí a considerarla la reina de la globalización hay una diferencia notable.
No hay que olvidar que una cosa es la globalización, principalmente reforzada a partir del surgimiento de la Internet (innegable, indetenible, inevitable) y otra muy diferente esa tendencia hacia una supuesta ANGLOBALIZACIÓN con que algunos quieren convencernos de las bondades de la anglofilia acrítica y desbocada.
Produce cierto escozor escuchar a colegas, a comunicadores, a estudiantes que, buscando una pronunciación lo más ajustada posible a los requerimientos entonativos del inglés estadounidense se esfuerzan por decir “tuirer” (aludiendo al Twitter), con un retorcimiento de la punta de la lengua que amenaza con ensalivar el entorno de la conversación. Nada digo de otras pronunciaciones un tanto más ridículas tales como “tuitaar” “tuiterrr” y “tuíiiter”.
Y a propósito de este nuevo sistema (popularmente aludido por otros como “maicrobloging”), a veces causa risa el uso que le dan algunos hablantes públicos irresponsables, tan risible que uno no sabe si lo hacen a propósito o se están tomando las cosas en serio. No son extraños mensajes “tuiteros” -“tuits” les dicen algunos- como los que siguen:
“@hablanteperfecto. Orinando en cacaotales de Caucagua. No hay baños públicos en Barlovento”.
“@nomequivoco. Fin de semana ladrando. Me postergaron el pago de la quincena”.
Asuntos que solo pueden interesar a quienes los expresan y no a otros. Qué puede importarle a un seguidor de alguien que esté o no orinando entre matorrales o que no le hayan pagado el salario en la alcaldía donde trabaja. Se pierde con esto la función informativa que debería tener ese eficaz mecanismo rápido de comunicación.
También preocupa la insistencia de ciertos hablantes públicos en ridiculizar algunas expresiones provenientes del inglés, “espanglishadas” de tal modo que recurrentemente sólo le agregan leña al fogón de las confusiones. Una de ellas es la recurrente palabrita “UNDERSCORE”, para hacer referencia a esa pequeña raya que a veces se utiliza con el propósito de “subrayar” un espacio en blanco (“_”). No me canso de escuchar a locutores o conductores de programas de la tele que, buscando parecer más cultos de lo que realmente son, se afanan en diversas pronunciaciones como “Ánder-Escor”, “Únder-escore”, “Ónder-éscorrr”, entre otras. Sin olvidar a los que tratando de acercarse a alguna posibilidad del español ponen una torta similar mediante supuestas traducciones como “rayita de piso”, “piso”, “barra-piso”, “barra baja”, etc.
Manera peculiar de complicarse la vida y querer apostar a la sabiduría máxima, cuando sería tan sencillo hablar de un guion bajo o guion de subrayado, entre otras posibilidades. Se trata de una pequeña raya que se ha desplazado desde la posición media, donde ha cumplido tradicionalmente otras importantes funciones escriturales, hasta el borde inferior de la línea. No es una “barra”, la barra es distinta y alude a ese otro referente al que otros anglófilos se empeñan en denominar “ESLASH”. Una barra de esa naturaleza puede mantenerse en su forma totalmente vertical o inclinarse un poco cuando la necesidad lo precisa ( / ), pero no por ello deja de ser una B-A-RR-A para devenir en un(a) “eslash”.
No puedo olvidarme tampoco de quienes por una parte pronuncian cibernética y ciberespacio, pero por la otra parecieran torcer la vocal “i” de la primera sílaba cuando aluden a un “sáibercafé” o sencillamente a un “sáiber”. Algo luce aquí contradictorio. Inciden en esto asuntos ideológicos relacionados con el valor social de las expresiones. Ciertos “anglobalizados” fanáticos se sienten más cerca del cielo cuando practican estas extrañas maneras de comportarse lingüísticamente. El español les ofrece la misma oportunidad de lucirse pero parecieran rechazarla por extraños motivos.
Lo perjudicial de esta situación es que los hablantes comunes, los que no tienen acceso a los medios masivos de comunicación, terminan repitiendo lo que escuchan de aquellos que, a veces sin saberlo, hacen de hablantes públicos. Tampoco se trata de llegar a los extremos de un tozudo vecino nuestro que alguna vez nos aseguraba ser adicto a una bebida escocesa cuya “marca” era- según él- “Juancito el caminador”. Se refería a la marca de güisqui “Johnny Walker”. Ni calvo ni con bisoñé. No obstante, sí creo que quienes, por alguna razón, somos hablantes públicos, debemos tener conciencia de nuestras funciones como multiplicadores del lenguaje. Y también de que podemos contribuir a difundir lo bueno, lo malo, lo mediocre y lo adecuado de la lengua que hablamos o en la que escribimos.
A veces los hablantes públicos que creen sabérselas todas, se convierten en difusores de gazapos o de expresiones inadecuadas, fácilmente sustituibles con recursos del español. Imposible no recordar en tales casos el viejo chiste del maestro que, en la seguridad de estar cumpliendo con su labor pedagógica, corrige a un alumno al escucharlo pronunciar la palabra “culantro”.

-¡“Culantro” es un vulgarismo, Leonardo! Se dice “CI” en lugar de “CU”, “cilantro”. ¡CI-LAN-TRO!

Obediente ante la enseñanza de su profesor, el chico sorprendió a todos los compañeros de clase al día siguiente.
Llorando sin parar, el niño no cesaba de repetir lo que muy pocos entendían.

-¿Qué te ha ocurrido? ¿Qué pasó? ¿Qué dices? ¡Habla claro!

-¡Una cilebra, maestro! ¡Una cilebra me mordió en el cilo

----------------
Referencia de la imagen: www.gaturro.com

lunes, abril 26, 2010

Luchar contra el "sistema”






A  Cigilberto Ramírez, quien alguna vez  intentó "hablar con el sistema".


Los primeros encontronazos con esa oscura entidad nombrada “sistema” los tuve durante mis tiempos de bachillerato. Eran mis reuniones primerizas con algunos “dirigentes políticos” de los partidos de izquierda de aquella época. Los escuchaba vociferar y discutir sobre las condiciones del “sistema opresor” y la necesidad de luchar contra él (o ella, porque a veces el sistema tiene rostro de mujer).
 Envuelto en mi ingenuidad, no estaba yo seguro de que “aquello” a lo que aludían fuera gramaticalmente “masculino” o “femenino”. Si me atenía a las clases de castellano de mi primer año en el liceo, debía haber concluido que “si termina en a” debería ser femenino, aunque la anteposición del artículo masculino me indicara todo lo contrario. Una verdadera contradicción, según mi lógica adolescente.
Reflexiones algo absurdas de un imberbe estudiante de secundaria, que a nada llegaron porque, “asexuado y desgenerado”, el fulano sistema seguía allí, inamovible, muy a pesar de que quienes hacían de orientadores ideológicos insistían en que la “guerrilla” (en pleno auge), la lucha de clases, la conciencia revolucionaria y otros aditamentos se habían venido fortaleciendo justamente para acabar con el “sistema imperante”.
Pamplinas.
Pasó el tiempo y el fulano sistema se mantenía incólume. Total, me decepcioné de varios de aquellos “dirigentes” que comenzaron dándonos lecciones con una supuesta mano izquierda que no pocas veces devino a la posteridad en una “siniestra derecha”. Incomprensible, pero así es. Nunca entendí los acomodos ideológicos y más tarde confirmé que en efecto si eres político, hoy puedes estar de frente contra “un sistema” y mañana harás todo lo posible para que “se mantenga sin mantenerse”. Cantinflas dixit. Dialéctica, acomodo, reajuste, sinergia, conveniencia, oportunismo... Asígnele el lector o lectora la mención que mejor le corresponda.
No obstante, digamos que nadie daba explicación sobre lo que era el “sistema” aludido, pero todos intuíamos de qué iba la cosa. Aparte de que en otras clases habíamos oído hablar de “sistema o aparato digestivo”, “sistema o aparato respiratorio”, “sistema nervioso”. Y, por supuesto, en Matemática, del “sistema métrico decimal”. Sin olvidar en otros campos el sistema judicial, el sistema planetario, el sistema solar, las lenguas como “sistemas” y muchos etcéteras.
Todos aparentemente claros, con referentes medianamente definidos, concretos, aunque no es así en estos días de clima tan poco sistemático. Hoy día el sistema es algo más complicado que cualquiera de las acepciones referidas.
Sin saber por qué, y para buscar explicación al cambio de significado, he recordado una anécdota de finales de los setenta. Tiene que ver con la ocasión en que se me ocurrió aceptar que, como decía la propaganda oficial, “cualquier ciudadano venezolano” tenía derecho a solicitar una beca de estudios en el extranjero ante la recién instaurada Fundación Gran Mariscal de Ayacucho. Pues, como “cualquier ciudadano” que yo era, me atreví a hacerlo, sin tener padrinos políticos ni burocráticos, únicamente amparado en lo que yo suponía era un aval: mis calificaciones de pregrado.
Equivocación total
Cuando correspondió, leí en el diario la lista de becas asignadas para estudios de postgrado y constaté que a lo mejor aparecían muchos “cualesquiera ciudadanos” allí, pero mi nombre no figuraba por ninguna parte. Nada. Decidí entonces acudir a la sede de la Fundación a solicitar la razón para que se me hubiese excluido y la palabrita “sistema” volvió a golpearme sin piedad.
La coordinadora del programa era una señora robusta, de cachetes inflados y voz de soprano decadente, para mi asombro con acento y apellido portugueses (Soares). Sin anestesia y sin ninguna clase de remordimiento ni pudor, la doñita me respondió en una especie de portuñol mezclado con dialecto maracucho:
-Tiene buenas notas, pero no es culpa nuestra, la beca se la ha negado el sistema.
Días después, para “desafiar al sistema”, mi esposa y yo habíamos tomado la decisión de que nos iríamos en viaje de estudios, aunque en mi caso hubiera de hacerlo a expensas de nuestros menguados ahorros. Así lo hicimos y, oh sorpresa, un año y medio después me encontraría de nuevo a la señora Soares. Andaba de “ronda supervisora” por toda Europa “visitando” a los becarios de la Fundación. Es decir, favorecida por el sistema de mis tiempos de bachillerato, la señora llevaba dos meses haciendo “turismo académico y sistemático”. Como ni siquiera me reconoció, no tuve ocasión de preguntarle si también su alianza con el sistema incluía los boletos y estada de la familia que la acompañaba (esposo y dos hijos adolescentes), pero intuí la posible respuesta como positiva.
En mí se fundieron y confundieron entonces dos conceptos de sistema: el viejo, al que aludían los dirigentes del liceo (el que apoyaba a la señora Soares para viajar con su familia en nombre y a expensas del gobierno) y el nuevo (al que ella había aludido para explicarme por qué yo había quedado fuera de la lista de becarios).
Desde ese día comencé a preguntarme cuál de los dos sistemas será más perverso, si el político o el informático. Y lo digo porque ahora, en tiempos de teclados, claves, pines y pantallas, todo es sistemático, menos los sistemas.
Para ratificarlo, no tiene usted más que hacer una llamada telefónica y basta. O visitar alguna institución que opere con cualquier tipo de máquina distinta de un ábaco. Entre las respuestas consuetudinarias que puede obtener quien hace la llamada, la visita o la consulta vía Internet están:
-Disculpe, no puedo darle la información porque no hay sistema.
-Llame un poco más tarde, el sistema está muy lento.
-Sus datos no aparecen en el sistema.
-El sistema esta “colapsado”, inténtelo en otro momento.
-Error del sistema, consulte más tarde.
-Su nombre ha sido rechazado por el sistema.
-Le avisaremos cuando haya sistema.
-Clave de acceso al sistema, negada.
-El sistema no está operativo.
-Hay incompatibilidad entre su sistema y el nuestro.
-Lamentablemente, su solicitud sobrepasa las posibilidades de nuestro sistema.
De modo que el bendito sistema de este tiempo es una superpoderosa entidad, sin rostro, sin voz, sin cuerpo, solo con un inmenso cerebro capaz de controlarlo todo, sin cuyo apoyo y soporte uno prácticamente es nadie. No se trata de las tres divinas personas sino de mucho más que eso. El sistema es responsable directo (pero invisible) de cualquier cosa que pueda ocurrir en el mundo moderno. Todo se le achaca a él, sin dudas de ninguna naturaleza. Es capaz de todo y de nada. Y ni siquiera podemos insultarlo, agradecerle o halagarlo.
El sistema va, viene, se oculta, regresa, se esfuma, no responde…
Tanta es su injerencia en la vida contemporánea que nada seríamos sin él, pero también nos hace sentir mínimas partículas del universo. Somos humillados, alabados, felicitados, congratulados por algo que tiene nombre pero no es cosa, no es cuerpo, no es materia. Ni ser ni ente, como diría un profesor de filosofía. No es gaseoso, ni líquido ni sólido. Etéreo es un vocablo muy elegante para designarlo, pero por ahí va.
El sistema es un misterio insondable que está en cada mínimo recodo de nuestra vida. Hasta el punto de que mi tía Eloína, arriesgada y emprendedora incluso ante lo enigmático, llamó hace poco a la central de reservaciones de una línea aérea, con el propósito de ratificar que viajaría al día siguiente en el vuelo para el cual había adquirido un boleto.
Después de cuarenta y cinco minutos repartidos entre frases como “espere un momento, por favor, señora”, “gracias por esperar en línea, señora”, “deme su nombre completo de nuevo, señora”, “repítame el localizador, señora”, “¿en qué agencia adquirió el boleto, señora?”, la conclusión no pudo ser más contundente.
-Señora Padrón, gracias por su paciencia y le ruego, señora, que disculpe, pero su reservación no aparece y no se puede hacer nada.
-¿Cómo que no se puede hacer nada? ¿Y de quién es la culpa?, ¿Mía? ¡Páseme con la Gerencia, por favor!
-Lo siento, señora, disculpe, en la Gerencia no hay nadie, la licenciada “gerente” está de viaje, pero le adelanto que tampoco ella podría hacer nada. Es culpa del sistema.
-Pues entonces, carajo, ¡páseme al sistema!, ¡quiero hablarle!

--------------------------
Referencia de la imagen:
http://www.canalred.info/public/Fondos_Pantalla/Abstractos/Espiral%20del%20sistema.jpg

domingo, diciembre 27, 2009

Manuel con B de Bermúdez








Con absoluta claridad puedo rememorar el día que “me filtré” en una clase del profesor Manuel Bermúdez. Era en el aula 28 del tercer piso del viejo Instituto Pedagógico de Caracas. La puerta del salón estaba entreabierta, pero preferí ubicarme detrás de la pequeña ventanilla que permitía visualizar con cierto disimulo lo que adentro estuviera ocurriendo. Desde allí podía incluso escuchar las consonantes fuertemente articuladas de Manuel. Me permití además leer un poema escrito en el pizarrón, con letra nítida, muy legible, de trazos gruesos: la primera línea lo intitulaba, “Cazador”,  y luego seguían los ocho versos que lo componían:

Cazador
¡Alto pinar!
Cuatro palomas por el aire van.
Cuatro palomas
vuelan y tornan.
Llevan heridas
sus cuatro sombras
¡Bajo pinar!
Cuatro palomas en la tierra están.

Finalmente, más abajo, aparecían un poco a la derecha las iniciales del autor: FGL.
Más adelante supe que aludían a Federico García Lorca, poeta de quien el mismo profesor, con voz sonorísima y articulación muy marcada que dejaba correr el final de las consonantes recitaría después:

Las piquetas de los gallos
cavan buscando la aurora
cuando por el monte oscuro
baja Soledad Montoya.

Desde mi atalaya de “asomado”, la oralización de ambos textos y una curiosa gestualidad del docente, mientras explicaba, llamaron mi atención. Inmediatamente comprobé algunos "datos" que ya conocía de él por referencias. Decidí entonces abrir más la puerta, solicitar permiso, entrar y sentarme cual intruso en el primer pupitre que observé desocupado. Escuchar luego sus particulares acercamientos a la poesía y decidir quedarme allí extasiado fueron una sola y única cosa.
Después de ese día constaté que hay pálpitos a los que debe atenderse cuando se presentan.
Bermúdez había sido para mí una leyenda nacida de los comentarios de algunos de sus exalumnos. Dos años a trote lento y seguro por las aulas del liceo Cristóbal Mendoza, de Trujillo, habían sido suficientes para marcar a toda una generación de jóvenes que ya para esos días se pavoneaban por las aulas de la Universidad Central de Venezuela y el Instituto Pedagógico. Con ellos había compartido el profesor Bermúdez largas conversas no exentas de lo “espirituoso” y de algunos de ellos había yo escuchado acerca de la magia de su verbo legendario, directo, sin cortapisas ni eufemismos.
Ese mismo día de mi “intrusión”, quiso la suerte que yo también llamara la atención del docente, al responder (sin que me correspondiera) dos curiosas preguntas de esas con que solía sorprender a los grupos que lo escuchaban.
Por alguna razón citó alguna otra estrofa diferente, a guisa de ejemplo de algo que ya he olvidado, y preguntó cómo se llamaba una figura retórica presente en uno de los versos. Al ver yo que nadie respondía, con la actitud insegura propia del tímido (y además coleado), me atreví a levantar la mano y a pronunciar vacilantemente, en tono casi inaudible:
-A-pó-co-pe
El profesor me observó, abocinó y torció los labios de la manera tan particular como lo haría hasta siempre, moviendo hacia arriba y hacia abajo el índice de su mano derecha, me señaló como si me apuntara con un cañón en movimiento oscilante. Asintió con un leve “subibaja” de su cabeza. Y volvió a preguntar por la figura contraria, a lo que casi sin aliento también respondí:
-Aféresis
Pronunciando precisamente con una aféresis de la palabra “coño”, su comentario posterior sería contundente y definitivo, no tanto por lo que yo había respondido, sino por las risas que ocasionó en el grupo:
-¡…ñó!, este carajito va a ser bueno…
Años más tarde, en alguna de las muchas conversaciones que sostuviéramos, yo le confesaría que, más que conocimiento procesado, mis respuestas habían obedecido a la afición de “crucigramero” que yo había adquirido durante mi adolescencia, en mi labor como recepcionista nocturno de un hotel del centro de Caracas. Pura memoria, repetición mecánica. Allí, en las horas muertas, cuando no estaba leyendo a Marcial La Fuente Estefanía o a Agatha Christie (a veces también a José Rafael Pocaterra), gastaba mis ratos de ocio resolviendo libros completos de crucigramas o intentando hacerlos yo mismo. Hasta el punto de que no me había sido difícil memorizar las dos frases hechas de que me había valido para contestarle en aquella ocasión, expresiones por lo demás infaltables en cualquier crucigrama que se precie: “Apócope de santo” (respuesta automática: “san”), “Aféresis de señor” ( “ño”/ “ñor”).
Obviamente, ante la expresión espontánea y graciosa del docente, las carcajadas se repitieron en aquel salón de clases. Pero también tiempo después pude expresarle a Manuel Bermúdez que estaba yo agradecido por el hecho de que una circunstancia tan fortuita y azarosa como aquella, me hubiera permitido entrar en “su reino”. Porque a partir de allí me hice fanático de sus cursos de análisis literario y sus escritos. Asumí que uno puede adoptar también a sus maestros, escoger a aquellas referencias que habrán de marchar contigo por el mundo y convertirlos en modelos conductuales a emular.
Y ello me permitió hacerme adicto también a sus modos tan particulares de mostrar las cosas más abstractas, principalmente a partir de un discurso en el que solía mezclar todo tipo de referentes: desde las alusiones recurrentes a escenas y escenarios de Apure, hasta algunos atractivos pasajes de la literatura, pasando por la cotidianidad del lenguaje del venezolano, sin olvidar una que otra anécdota referida a la vida de importantes personajes históricos.
Hoy puedo reiterar orgulloso que Manuel Bermúdez fue MAESTRO (con todas las mayúsculas) y que permanecen en mi memoria sus recurrentes comentarios picantes, no pocas veces fuertes, inteligentes, sus libros, sus escritos en la prensa, sus charlas salpicadas de humor y picardía, los muchos vocablos inconfundibles de su léxico llanero-trujillano-universal.
            -Muchos denuestan de las academias, pero en el fondo de su corazón lasss procuran.
            -Soy un perro rrrrealengo apureño.
            -Mira, carajito, ¿a quién tas apuntando con ese comentario?
De mi admiración por él,  supo Manuel antes de ausentarse físicamente, el día 15 de diciembre de 2009. Pude decírselo en varias ocasiones, e incluso por escrito, en algunas de mis dudas melódicas. Afortunadamente, no tuve que esperar a que decidiera marchar de nuevo al cielo de Perro Seco (el barrio pobre de San Fernando de Apure donde naciera un primero de junio de 1930) para hacerle saber que seguirá conmigo por el resto de mi camino profesional y personal.
No voy a abundar en los seis o siete libros que Bermúdez publicó, quizás pocos para los abundosos en páginas insustanciales y perecederas, pero, en su caso, suficientes para permanecer mucho más allá del 15 de diciembre de 2009. Cito como mero ejemplo, uno que habremos de recordar por siempre: Enciclopedia rústica de personajes insignificantes de Apure (Caracas: UPEL, 2005). En sus brevísimas e irónicas historias confluyen todos los “Manueles” que conocí y con los que compartí: el docente culto y profundo que, para no echárselas, se hacía el trujillano; el humorista incansable; el conocedor cabal del idioma que nunca se avergonzó de ciertas frases “malsonantes”, cuando las consideró contextualmente ineludibles; el experto en semiología; el dicharachero; el ser humano siempre bien intencionado y de lenguaje transparente, cortante, sincero, ajeno a la hipocresía. Dejo para muestra un breve botón textual que para cerrar esta duda en honor a Manuel  he extraído del referido volumen (p. 53). Un ¿minicuento?, una ¿minicrónica?  En cualquier caso, un minitexto contundente e impecable:
LLÓVERA, LLOVERA Y LLOVERÁ
Cuando a Vitoco le presentaban a una persona él se identificaba con esas variantes prosódicas del apellido. Y cuando sus amigos se lo criticaban simplemente respondía, porque los apureños somos así. Nos gusta "echar cachos" y jugar con las palabras. Somos cambiantes, como las velocidades de un carro. Yo veo a don Chucho Hernández, que tiene bastante centavo, y meto la primera, o sea, trato de hablar bien; pronuncio las eres (R) y las eses (S) como lo hace el maestro Mayora O. Y aunque don Chucho no me corresponda bien, porque es tacaño hasta con lo que dice, yo sigo emprimerado. Cuando hablo con Portalino González, que es camionero, pero comerciante, meto la segunda y lo tuteo, y cuando converso con Rosquillo que es músico como yo, o con Guerrita, que es mi maestro de mecánica, meto la tercera y sigo rueda libre con la chola puesta.
El día que Vitoco conoció a don Ángel Rosenblat, que andaba haciendo una investigación lingüística sobre los indios taparitas, cuando le dio la mano le espetó: Llóvera, Llovera y Lloverá. Y el filólogo, que conocía a los llaneros por el tacto fonético, le preguntó: señor Llovera, ¿usted es agudo, grave o esdrújulo?

-------------------
Fotografía: Yanny Montilla (El Nacional, Caracas, 16-12-2009)