sábado, septiembre 05, 2009

Doctores, doctorísimos y doctorejos







Suelo recordar un pequeño cartel que un legendario director del diario venezolano Últimas Noticias, con quien colaboré algunos años, Nelson Luis Martínez, tenía en el lado derecho de su escritorio, como para resolver las dudas de quien llegare a visitarlo y no supiera cómo tratarlo:
“Ni Doctor ni Licenciado, simplemente Nelson Luis”.
Y lo repito cada vez que puedo porque la actitud de aquel Señor (con mayúscula y sin ínfulas) que fue Nelson Luis contrastaba notoriamente con las de otros señores/señoras (con minúscula y muchas ínfulas) con quienes he mantenido vínculos a través del  periodismo u otras actividades. No soportan que se les llame por su nombre o que simplemente se les apele con el tratamiento respetuoso de señor Fulano o señora Mengana.
O me llamas doctor, licenciado o maestro o no te dirijas a mí –parecen decirte con la mirada fulminante y los labios retorcidos.
Y cada vez que me topo con alguno-a de esos sujetos o sujetas que ansían un doctorado o una licenciatura delante de su nombre, no tengo más remedio que evocar el siguiente diálogo parecido al que alguna vez escuché en una película mexicana:
El funcionario llama a uno de sus colegas:
            -Aquí estoy, dígame, doctor.
-Le digo doctor. Necesito que me llame, licenciado, a…
            -Lo llamo licenciado. Y ahora usted dígame para qué me llamó, maestro.
-Muy bien, le digo ¡Para qué me llamó maestro!
Tampoco dejo de lado los resquemores que despiertan los verdaderos títulos de doctorado en quienes por cualquier razón no han podido adquirirlos durante sus estadas en las universidades. Con respecto a esto, no olvidaré jamás el modo como algunos acomplejadillos profesores del Instituto Pedagógico de Caracas buscaban ironizar conmigo llamándome “doctorísimo”. Obviamente, su ocio, la dejadez,  el chisme recurrente y la falta de disciplina les habían impedido avanzar en sus estudios hasta el verdadero doctorado, como siempre he supuesto que debe hacerlo un docente universitario. Como Eloína me ha enseñado que para una ironía, ironía y media, pues mi dulce venganza ha sido llamarlos siempre por su título: licenciadísimo. El colmo de tal actitud de esos “colegas” ha sido que, aunque tampoco hicieron mucho para merecerlo (más allá de repetir las mismas clases de siempre), se han pasado la vida esperando “humildemente” el honoris causa que suponen les corresponde por  “cesantía y antigüedad”. Solo ese día, si es que llega, es decir, si ocurre el "milagro de alguna palanca amiga,  pasarán al estatus de doctorejos (si acaso ocurre el milagro). Por supuesto, sin dejar de decir que muchos honoris causa son verdaderos actos de justicia institucional.
A veces, en las interminables longanizas de tráfico capitalinas, me detengo a escuchar algunos programas radiales de entrevistas en ciertas emisoras, principalmente de Caracas. Y entonces capto que ya no son solamente los títulos de doctor y licenciado los tratamientos anhelados por alguna gente que piensa que “el título hace al monje”. También hay quienes, por haber sido alguna vez embajadores, ministros, presidentes o parlamentarios, suelen quedarse con tales títulos aun muchos años después de haber dejado el cargo para el que alguna vez fueron designados o electos.
 Algunos conductores-as de programas de radio/televisión no dudan jamás en hablar de “el embajador tal” (que ya no es embajador), la ministra equis (que alguna vez pasó por un despacho ministerial, y ahora es ama de casa), el presidente cual (cuyo lapso presidencial cesó hace ya bastante tiempo) o el diputado equis (que dejó de serlo al pasar su partido político a menos).
 ¿Habrá que aclararles que tales tratamientos no aluden a títulos permanentes sino a cargos? Y, aunque también es cierto que no siempre el asunto proviene de los aludidos, ellos nada hacen para que no se les trate con tales vocativos. Como quien dice: se hacen los pánfilos.
 Y con esto de los títulos y titulados, es imposible no aludir a los abogados. Siendo los profesionales supuestamente formados para velar por el cumplimiento estricto de las leyes, parecieran comenzar a transgredirlas desde el mismo momento en que reciben el título de A-BO-GA-DOS. Acabo de vivir la experiencia de un muy joven “Licenciado en Derecho” (título obtenido en el extranjero, revalidado, según él, en el país) quien casi a la fuerza exige que se le anteponga el “doctor” antes de su nombre.
Tampoco olvido las veces en que algún abogado de la universidad ha preguntado a alguno de mis colegas con verdadero título de doctor (en Química, en Matemáticas, en Física o en Letras) cuál es su especialización: “¿en qué rama del derecho trabaja usted, colega?”. Como si el ser “doctor” fuera un  privilegio exclusivo de los abogados, que, de paso, no todos son doctores. Hay abogados que son solo abogados. Y hay abogados con doctorado. Muy distinto.  Algo similar ocurre con los médicos; no todos han accedido al doctorado, aunque en ese caso la costumbre ha generado que se les trate a todos como “doctores”. Sin dejar de mencionar a aquellas personas que, a sabiendas de que alguna vez hemos obtenido algún doctorado aunque sea en dominó, nos llaman para solicitar una consulta legal o el remedio para alguna enfermedad.
Doctor no es sinónimo de profesional universitario. No es una condición. No es un cargo ni público ni privado. El doctorado es un título académico otorgado por una universidad. Y claro que hay abogados, médicos, ingenieros, psicólogos, economistas y muchos otros profesionales que en efecto son doctores debidamente titulados. Por lo general, justamente a quienes poco les importa que se les apele con ese título por delante. Porque cuando usted conmina y casi fuerza a otros a que le antepongan el doctor, el ingeniero, el químico, el licenciado delante de su nombre de pila o su apellido, a lo mejor alberga un viejo complejo social del que no se ha percatado. Es posible que un buen manual de autoayuda contribuya a satisfacer su manía de autocomplacencia.
La situación nos recuerda el chiste del limpiabotas (bolero, lustrabotas, betunero, sacalustres) a quien acude un antropólogo recién egresado:
-¿Se los limpio, doctor?
 -Sí, bien pulidos.
-¡Claro que sí, doctor!
-Si te apuras, mejor, tengo una cita de trabajo.
 -Tranquilo, mi “dóctor”.
-Oye, ¿y cómo sabes tú que soy doctor, si me acabo de graduar?
 -¡Facilito, “dóctor”, en esta vaina todo el mundo es doctor!
Este asunto de los doctorados a diestra y siniestra parece guardar alguna relación con el valor social que en algunas sociedades europeas han tenido y tienen los títulos nobiliarios.
 Sabemos que todavía hay países de ese continente que viven bajo gobiernos encabezados por un rey o una reina. España, Inglaterra, Bélgica… Y que la descendencia directa y colateral, la parentela y algunos otros, claman por tener en su haber algo que certifique que son “marqueses-as“, “condes-as”, “duques-as”, “infantes-as”, para no aludir a los “principados”, “vizcondados”, “señoríos “ y “baronatos”. Y así hay que llamarlos cuando te diriges a ellos.
En nuestro caso tropical, habría que hacerlo con dos títulos sucesivos: “El doctor y vizconde de Escuque”, “La doctora y duquesa de Achaguas”, “El doctor y príncipe de los Puertos de Altagracia”. Para no decir nada de los casos en que, en algunos mercados negros y no tan negros, hasta puedes comprar legalmente un título de nobleza… y hasta un doctorado.
 Así, nuestras estirpes criollas suplen la carencia de tales denominaciones alcurniosas, asumiendo que todos los universitarios somos integrantes de una “vasta casta”, la de los doctores. Casi podría decirse que algunos sueñan con la posibilidad de ascender alguna vez y pasar de la nobleza criolla de los doctorados a la pomposa nobleza europea de los títulos nobiliarios (ojo: no tildarme de “resentido” por favor, soy sobrino de una condesa, mi tía Eloína). No es extraño entonces que desde hace algún tiempo la gente haya intuido ese oculto y ancestral deseo y, al menos en países como Venezuela y Colombia,  en estos días se esté imponiendo otro tratamiento que nos acerca  a la tan deseada sangre azul: “mi rey”, “mi reina”, “mi príncipe” o “mi princesa”.

Referencia de la imagen:


miércoles, mayo 20, 2009

La novela de un cantante "encantador"*




De bares, cantinas y nocturnidad conocen bien los personajes de Mario Amengual (Maracay, Venezuela, 1958). Entre un bolero cantado a media luz y una buena resaca producto de la trashumancia por lugares que rinden culto al Dios Etilo, nominación tropical con que mi tía Eloína alude al Baco romano o Dionisos de la antigua Grecia, Amengual no permite que un personaje suyo pase por una página sin haber realizado obligatoria parada en un tugurio, botiquín, taguara, bar o terraza donde calmar la sed que generan no sólo los aburrimientos o conflictos cotidianos sino también las penurias de la vida urbana contemporánea.

Y si no hay lugar apropiado en el recorrido que hace el personaje, pues cualquier línea del texto es propicia para que una botella de caña clara, de ron, de güisqui o de cerveza, amainen las gargantas cansadas de quienes se mueven en el interior de sus relatos. En suma, casi todos sus personajes son beodos empedernidos. Los que no beben en la entrada, lo hacen a la salida, en público o en privado, con motivos o sin ellos, no importa.

Ésa es la primera idea que en mi memoria de lector han dejado las dos novelas suyas que hasta el presente conozco. De la primera, El pozo de la historia (2006) no voy a decir nada por cuanto no es la estrella de esta crónica. Apenas puedo recordar entre mis anotaciones la vida movediza, desgreñada, ora abrupta, ora irónica e incluso humorística, de un estudiante de psicología y empleado del Archivo Histórico con nombre de compositor de boleros: Rafael Hernández. Y lo digo porque justamente ése ha sido otro de los ganchos al hígado de mis pupilas que Mario ha logrado conectarme con su segunda novela, titulada El cantante asesinado (Caracas: Bid&Co, 2009). En pleno tono de bolero, el autor casi nos insinúa de entrada “Voy a contar la historia de un cantante…” Y, como los buenos narradores, comienza matándolo en la primera página para dedicar el resto de la novela a contarnos la vida accidentada de Álex Aldao: cantante excepcional convertido primero en mendigo y después en cadáver.

En mi caso particular de lector silvestre, no hay quien hable o escriba de boleros, de música popular y de los ambientes nocturnos que no logre engancharme en sus propósitos. Y si el protagonista es “borracho, parrandero y jugador”, no hay en mi caso más remedio que acudir a la lectura. Por eso me he paseado esta vez por la historia de Álex Aldao. No voy a describir la novela completa porque, aparte de fastidioso y aguafiestas, rompería con el hechizo que significa leerla sin conocer nada de su contenido. Diré sólo que conmueve verdaderamente, no sólo la vida atrabiliaria y misteriosa del protagonista, sino también el poder encantatorio de que el autor ha provisto al personaje para ofrecernos su historia de vida. Por similitud fonética, pareciera obvio que un guitarrista e intérprete como Aldao sea un EN-CANTANTE, o si se prefiere, un cantante que ni siquiera venido a menos y convertido en piltrafa humana perdió la facultad que lo emparentaba al flautista de Hamelín, con la diferencia de que no sólo era capaz de encantar a ratones y niños, sino a cualquier ser viviente que se detuviera a escuchar su voz y su guitarra.


En El cantante asesinado, Mario Amengual toca varios perfiles de la novela contemporánea y sale bien librado. Lo primero que hace es incurrir en el filón de lo policial, al convertir a un abogado (Ricardo Delgado) en el detective insidioso, obsesivo y pertinaz que busca resolver un crimen que muy poco hubiera interesado a cualquier otro. Con tanta clientela adinerada y poderosa, no son muchos los abogados contemporáneos a quienes podemos ver dedicados a aclarar el asesinato de un indigente. En segundo lugar, el contexto de la novela se mueve en el terreno de hurgar dentro de la psicología de unos personajes que cargan con una vida que parece significar muy poco para el resto de la sociedad: los indigentes y sus propios conflictos sociales, familiares y hasta políticos que, aunque no lo parezca, los padecen. Viven cotidianamente la rutina de una especie de sociedad civil subterránea y hasta podría decirse, suburbana: son los habitantes de una ciudad miserable ubicada dentro de la misma urbe de concreto que los mira con indiferencia, a veces incluso desconociendo que pueden llegar a ser tan perversos como cualquier ser humano. Lo demuestra el modo como compiten por sus espacios y también la conducta y el celo que asumen cuando se ven amenazados. Y como al imbuirse en ese submundo pierden hasta sus nombres, pues terminan siendo nominados mediante apodos generalizantes como el Indio, el Oriental, la Tía Mayor, la Tía Menor, el Niche y el Chivo Eléctrico.


Podría yo añadir que la propuesta de Amengual en esta ocasión trae como valor agregado el desarrollo de una historia de amor, casi de telenovela. El personaje principal transcurre prácticamente por todas las páginas del texto enamorado perdidamente de una chica, Mariane, tan buena ella como inmejorable es la voz del cantante. Y digo “buena” para no decir “buenota”, “buenísima” o “podrida de buena”. Acudo a la propia descripción del narrador para evidenciar la figura de la Mariane, a quien algún personaje referencial de la historia bautizara como “la hembra majestuosa”. Y no sin razón, véanla:

“…espléndida figura de 1.72 m; dos piernas largas, robustas, torneadas, cintura estrecha, piel suave, entre pálida y ligeramente bronceada, redondos senos en plena correspondencia con su saludable delgadez, la firmeza de sus piernas, el ancho de sus hombros, y un rostro en el que su boca carnosa y su nariz perfilada no opacaban sus almendrados ojos color café ni su cabello negro azabache, liso y grueso, que caía como una tranquila cascada sobre sus hombros,” (pp. 31-32).


¿Para qué más?

Si alguien está interesado en contactar a esta estupenda chica, invitado está a visitar la novela. Seguramente Álex Aldao, el “cantante encantador” no tendrá problema en presentársela, pero sí lo tendría si usted llega a interesarse por tal monumento. Precisamente, el más grave incidente que vive Aldao es que no puede aspirar a una chica de tal naturaleza para él sólo y ella misma decide partirse y repartirse, ofreciéndose a otro personaje apodado el Portugués Renegado, con lo que la trama de la novela cae en otro ángulo explotado por el autor, el del tri-ángulo amoroso, que, para no hacer la trama tan simple como eso, termina convirtiéndose en un cuadrángulo al que se incorpora una dama entradita en años que será de mucho interés para la investigación del asesinato por parte del abogado Ricardo Delgado.


Y también en el asesinato tiene mucho que ver la nocturnidad. Aldao es un cantante que en realidad mata tigres de toda naturaleza con sus melodías, pero, para mí, es obvio que su fuerte es el bolero. Tanto lo es que incluso el narrador llega a contagiarse del discurso propio de ese género musical y a veces describe circunstancias y pasajes con frases que muy bien pudieran ser parte de la letra de un bolero arrabalero, de esos que no rasguñan pero sí desgarran. Hay muchos, pero permítaseme citar apenas unos pocos ejemplos:


“Álex albergó la esperanza inútil de que Mariane estaba con el Portugués Renegado por temor…”( 42).

“…la felicidad era un beso en el abismo” (46)

“…lo dejó descargarse, [y] acusarla de inconstante, pérfida y sin sentimientos...” (47)

“…se trataba de un castigo por haber renunciado a su familia y preferir las intermitencias de una mujer voltaria” (50).

Mariane fue esa tormenta, ese temblor de la tierra, ese toque de insensatez advenedizo…” (51).

“La entrega y el deseo fueron su templo, su oración y su rito…” (59)

“..él se rendía al encanto de sus besos y a la miel de su lujuria” (65).

“Yo puedo ser… tu virgen de burdel, tu diosa prostituta, tu princesa corrompida y zalamera.” (81).


Si a esto uniéramos los nombres de algunos de los cantantes que con sus figuras adornan las paredes del bar orillero La Jumará (Agustín Lara, Daniel Santos, Olga Guillot, Toña la Negra, Tito Rodríguez, entre otros) y los títulos de algunas piezas que desfilan por las páginas de la novela (“Noche de ronda”, “Taboga”, “Qué te pedí”, “Déjame llorar”…), pues nadie podrá dudar que también El cantante asesinado es un tributo al ambiente tropical del bolero, que llega incluso a emular el estilo de sus letras clásicas. Imagine entonces un coctel de esta naturaleza aderezado por la nocturnidad brumosa en que se mueven los personajes y el ambiente de un botiquín de buena muerte (La Jumará) en el que el abogado Ricardo Delgado suele reunirse a conversar sobre la vida de Aldao con el maestro Lira, quien fuera el primer guía musical del futuro cantante durante su paso adolescente por un correccional.


Esto y mucho más es esta breve novela cuyo ritmo narrativo invita a la lectura de un solo trago fondo blanco en la que la miseria, la decadencia, las zancadillas amorosas, la traición y la música popular sirven de escenografía para mostrar la existencia nómada, la pasión obsesiva y la muerte planificada en la oscuridad de un cantante que, como en el bolero, pudo haber sido y no fue. Una vez que, de interrogatorio en interrogatorio, Ricardo Delgado ha puesto en claro la historia y la causal del asesinato del cantante, sencillamente ha demostrado, en plena consonancia con el Dios Etilo al que se entregan todos los personajes de Amengual, que “no hay bar que por bien no venga.”


*Texto de "presentación en sociedad" de la novela El cantante asesinado (Caracas: BID and Co, 2009). Caracas: 14 de mayo de 2009.


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viernes, marzo 20, 2009

Celulares, cedulares, celulosos





Nadie lo duda, ni siquiera los que se han quedado en lo que Alvin Toffler denominó “la segunda ola” de la Humanidad, la época de la imprenta convencional, la radio, la televisión y, en general, los mass media. La tecnología es buena, sus avances son importantes, su alto nivel de especialización ha contribuido a solventar muchos problemas del pasado de la especie humana. Y ningún invento sustituye a otro u otros, sencillamente se acumulan y, claro, llega un momento en que lo anterior termina siendo pieza de museo. Pensemos, por ejemplo, en la utilidad que puede tener hoy el telégrafo frente al correo electrónico. Inevitable. O mi ya vieja y anciana rocola frente al ipod. El fax sigue allí en reposo, campeando, pero ya hay momentos en que lo pensamos como propio de la historia de las comunicaciones.
No obstante…, siempre un “no obstante”, cómo dudarlo, también los avances tecnológicos nos mueven el piso de las costumbres, se aparean con la incertidumbre y más de una vez ponen “patas arriba” nuestra cotidianidad.
Aceptamos la nueva tecnología sin rollos (y sin poder decir que no), nos valemos de sus ventajas, nos encanta la velocidad con que opera. Parafraseando al poeta Jorge Manrique, podemos decir que, aunque a veces con ella igual se nos va la vida “tan callando”, solemos creer que nos la está estirando o mejorando. Porque también es cierto que hay ocasiones cotidianas en que desearíamos algún avance que desaparezca para volver a la época de las cavernas. Principalmente, cuando nos acogota y nos saca de nuestras fronteras de la racionalidad. Es decir, cuando por alguna razón rabiamos debido a esa tendencia “leguleyomúrphica” que hace que algunas dificultades se multipliquen cuando estamos precisamente en otras dificultades.
Por ejemplo, dígame usted si no le ha ocurrido que le haya sonado el teléfono celular en las situaciones rutinarias más inverosímiles en que pueda encontrarse. Digamos que, siguiendo el consejo de mi hijo menor (internauta, cibernauta, ficcionauta, virtualnauta, y todo lo que lleve ese sufijo posmoderno relacionado con el ciberuniverso “-nauta”), uno ha asumido que el celular es como la cédula. Por eso, ¿qué móvil ni qué móvil?,  mi tía Eloína prefiere llamarlo “teléfono cedular”, cuando no “artefacto celuloso”, por ser tal vez el núcleo tecnológico de la contemporaneidad. Eso que algunos tecnólogos denominan “dispositivo comunicacional inalámbrico” es actualmente la carta de identidad de muchos ciudadanos. Y si no, fíjese que en alguna redada o escarceo, ya los oficiales de policía no le piden a usted que les muestre su documento de identidad. Le solicitan mostrar su teléfono, a fin de verificar cuál es su estatus social y cuánto provecho pueden sacarle. Por eso, en el mundo de hoy, la existencia casi responde abiertamente al lema promocional de una conocida tarjeta de crédito: no se puede salir ni vivir sin él.
De cada cien personas que deambulan por el centro de la ciudad, por lo menos ochenta van con el celular pegado a la oreja como si fuera un apéndice de la audición. Unos ríen, otros gritan, algunas llevan rostro severo, depresivo o feliz. No importa a dónde vayan ni cómo  (en auto, a pie, en carretilla, en burro, en carroza o en limusina), casi todos y todas van dejando que su existencia se difumine a través de las celdillas de las antenas receptoras y repetidoras de señales “celulatosas”.
Acuda a un encuentro social de cualquier naturaleza y certificará que ninguno de los asistentes está interesado en charlar con usted. Allí reunidos, sonrientes, todos tienen la mirada da vaca defecosa pegada a la pantalla del teléfono. Está uno hablando con alguien y nunca podrá conocer la reacción sobre lo que le estamos diciendo porque la atención del interlocutor solo tiene un foco: el celu. Vaya a un banco, a una oficina pública, a una caja de supermercado, etc. Cada quien, a cualquier hora, en cualquier momento y situación, está adherido a la rutina del mensajeo, a la lectura del correo o a la visita de páginas web. Ni modo. Lo más curioso que acabo de presenciar en relación con esto ha sido la imagen de un vigilante de tránsito, parado sobre la isla de la avenida, dirigiendo el voraz tráfico capitalino con la mano izquierda y enviando mensajitos con la derecha. Un pitazo y un dedazo, un movimiento del brazo en señal de “adelante, adelante, circulen” y un “clicazo” sobre el teclado del adminículo.
Y todo se confabula para que uno o una no lo deje ni para ir al retrete. “Por si alguna emergencia”, es la excusa preferencial del gran colectivo. Y justo el retrete es el lugar en que con seguridad no dejará de sonar. Existe una misteriosa conjunción de constelaciones entre los celulares y la letrina. Pareciera que la familia, los amigos, los allegados, los vendedores de cualquier vaina, las oficinas de cobranza, etc. adivinan telepáticamente que anda usted en labores de vaciado y limpieza intestinal para antojarse de marcar nuestro número “celulítico”, justo en ese preciso instante en que estamos al borde del abismo, tratando de ejecutar con total dignidad la tarea a la que nos hemos dispuesto cuando acudimos a sentarnos en la poceta. Habrá que pedir a las academias la reconsideración de los vocablos “excusado/escusado” para referirnos al retrete porque ya ni para excusarnos servirá.
Dígame además si no le ha ocurrido que está metido o metida en un tráfico infernal, tratando de poner su automóvil en retroceso o buscando evadir algún obstáculo, para que justo en ese segundo crucial le suene en su bolsillo el bolero, la ranchera, el vallenato o la pieza rapera con que ha programado la señal de repique de su teléfono. Asegúreme, usted, dama contemporánea, moderna, inteligente, dispuesta, emprendedora, trabajadora, si no ha sudado la gota gorda en más de una oportunidad al intentar conseguir dentro de la caja de Pandora que es su bolso carrielero (su “cartera” decimos en Venezuela) el bendito aparatejo que repica y repica y se esconde más, en la medida en que más usted desea capturarlo dentro de aquel almacén de chino, a fin de responder a la llamada que alguien le está haciendo. Y una vez que, luego de tanto esfuerzo y temblequeo, lo ha conseguido, pues ahora debe repetir la operación desespero a fin de buscar ¡ los lentes que le permitan leer el número o emisor de la llamada entrante!
Ley de Murphy, sin duda, mientras más ansíe encontrar el equipo de marras, mayor dificultad tendrá para lograr su propósito.
Nada digo de las diversas situaciones tragicómicas en las que la desesperación y los nervios se apoderan de nosotros, al intentar acallar los chillidos del teléfono. Y el bendito equipo que no se apaga. Pongo ejemplos vividos y vivientes que son ya cotidianos en el siglo XXI. Si se ha olvidado usted de apagarlo o ponerlo en silencio, es casi seguro que su celular suene:
Mientras usted está en misa, todo es  un pasmoso silencio, y el sacerdote está levantando la ostia hacia el cielo. ¡Cuántas miradas le llegarán como flechas imparables o como si fueran “rayos católicos”!
Justo en el instante en que alguien quiere contarle el chisme más importante de la semana. “Aló, mamá, soy Fulanito, olvidé decirte que me pidieron papel carta y plastilina para la clase de mañana” (
son las once de la noche y su párvulo le ha telefoneado desde la habitación vecina).
En el mismo minuto en que estamos intentando convencer al vigilante de tránsito de que no veníamos simultáneamente conduciendo y “hablando por teléfono”, y de que no hay razón para la multa, la mordida o el matraqueo que estamos tratando de evadir. “¿El señor Tal? Lo estamos llamando para decirle que se ganó un viaje con todos los gastos pagos y…”.
En el momento preciso en que su nueva conquista está a punto de decirle que sí acepta salir con usted a comer, ir al cine y acceder a otros asuntos privados que solo conciernen a ambos. “Aló ¿Luis? Hermanazo, tenía ganas de hablar contigo, vale, coye, qué de tiempo ¿no?...”
En plena tranca automovilística, y en medio de un corneteo infernal en el que usted sabe que no escuchará absolutamente nada de lo que le digan por mucho oído biónico que crea tener.
En situaciones en que vienen usted y su pareja cargados ambos con bolsas de mercado, sin ninguna mano libre ni posibilidad de agarrar aquel aparato para responder. La escena clímax de este tipo de evento es que a ambos, cargados hasta con paquetes en la boca, les suenen sus respectivos equipos simultáneamente. Ha pasado, lo aseguro.
Justo cuando, en pleno entierro de un familiar, el sacerdote está diciendo “dale señor el descanso eterno…”. “Señora Fulana, soy de la administradora, queremos recodarle la deuda pendiente con el condominio y…”
No digo nada del mágico segundo del orgasmo, porque bien merecido se lo tiene si usted no ha tenido con su pareja o parejo la gentileza de apagar el bendito aparato cuando ambos han aceptado que la vida no es sólo trabajar, comer, beber y que también hay momentos de coyunta corporal.
Y dígame además si quien lo está llamando no rabia porque usted no ha sido capaz de responder “¡inmediatamente el teléfono!”. ¿Para qué carrizo tienes un celular si no lo respondes? Es una pregunta frecuente en el ámbito de la familia, los amigos y los cobradores. Todos y todas esperan que tengamos la mano, el dedo “cliqueador” y el oído prestos para responder en cualquier situación, a cualquier hora.
En fin, que la tecnología ayuda, salva, conforta. Pero también jurunga la paciencia y una vez que hemos caído en su maraña, pocos harán muy poco para salvarnos, disculparnos o excusarnos de no poder responder las llamadas a tiempo. Y eso que nada he relatado acerca de esos nuevos equipos multifuncionales que permiten hacer casi todo a través de ellos. Los llamados “bebés”.
 No pasará mucho sin que salgan los teléfonos celulares que traigan hasta una lavadora virtual o una pareja o parejo incorporada-o. Será el tiempo de la total esclavitud porque ya no habrá excusa posible para convencer a los otros de la razón por la cual no pudimos atender su última llamada. La vida toda será una celda, una celda conectada a una antena.
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Fuente de la imagen: http://www.elmero.net/wp-content/uploads/2008/04/telefono_ocupado.png