(Ángel Rosenblat)
Vuelvo a la literatura de aula, a esa misma que mi
tía Eloína llama de “jaula”, por las encerronas en que se busca colocar al
estudiante de educación básica y bachillerato cuando se intenta estimular su
gusto por la escritura. Juro que yo creía que ese sistema era una especie
extinguida, una tendencia ya lejana en el tiempo, pero vea usted que todavía
circulan en el mercado libros de texto y de “resúmenes” que intentan hacer más
“leve” la literatura en la escuela.
La experiencia sigue gritando que la relación intrínseca
entre enseñar a leer textos literarios y aburrimiento sigue vivita y coleando,
en pleno siglo XXI y con la Internet, los juegos de video, los celulares y
otros equipos multimedia en frente de nosotros. Esa manía perversa de buscar
que un estudiante de educación básica o bachillerato se convierta en cazador de
“indicios”, “actantes”, “isotopías”, “personas gramaticales”, o sea el síndrome
del lector detective o del escudriñador grafemático, continúa paseándose en
varios de los manuales que circulan en el mercado ahoritica, en pleno
desarrollo del año escolar. Para no violentar “derechos de autor”, parodio
abajo un “objetivo”, una “pregunta de lectura” y una “actividad” que he
extraído de textos vigentes:
Objetivo: Analizado el siguiente poema,
el alumno comprenderá que para el poeta Fulano de Tal “la vida no vale nada, no
vale nada la vida”.
Pregunta: -¿Hay predominio de elementos
narrativos o descriptivos en este texto?
Actividad: Copia las palabras iniciales de
tres comparaciones. ¡¿?!
Así, la “enseñanza” que genera tirria hacia la
literatura, la que cada día resta lectores en vez de sumarlos, se parece a los
buhoneros y a las cucarachas, nada puede con ella. Sin mencionar el
acrecentamiento de otro síndrome, el del “clasicismo”, según el cual el año
escolar literario debe permanecer repleto de autores que por cualquier razón
han llegado a ganar la categoría de “clásicos”. Siguen preocupados algunos de
nuestros autores de libros de texto porque los muchachos investiguen, por
ejemplo, el origen turbulento de los tobillos ibéricos de Dulcinea del Toboso o
la procedencia étnica de los gitanos que llegaron a Macondo.
Continúa además en boga la “herejía cronológica”.
Aquella que tradicionalmente ha defendido que enseñar literatura es equivalente
a relatarla desde Homero hasta lo poquito que se ha salvado del siglo XX. Y
siempre se comienza por lo más antiguo, porque se piensa que en esos dudosos
predios del arte de la escritura, la antigüedad es proporcional al pedigrí que
tiene un libro. No importa cuánto pueda significar para el interés del
estudiante. Todavía no se comprende que, mucho podemos admirar la obra literaria, lingüística
y ensayística de don Andrés Bello, pero leer la silva “A la agricultura de la
zona tórrida” a los 13 años de edad puede generar traumas irreversibles en la
conducta de un adolescente. Qué más da que no se identifique con los temas, la
forma u otro aspecto. Atosíguelo con el lenguaje que utilizaron esas
autoridades del idioma para que pueda absorber el plasma de la buena lengua.
Como si el acercamiento a los textos literarios se redujera solamente al contacto
con la lengua arcaica y nuestras inclinaciones como lectores no estuvieran
sujetas a la experiencia de vida.
Y ni hablar de la “herejía espacial”, en la que los
extremos distan entre un nacionalismo fanático y una xenofilia desbocada. Los
clásicos de aquí aunque sean pesados. Los machetes de por allá, aunque no
despierten sino “aburrición” (como dicen en Trujillo). Y eso de broma, porque
cuando se habla de los del patio, generalmente se busca el modelo foráneo del
que presuntamente han calcado y reproducido las buenas formas. De allí que
ciertos manuales de literatura venezolana insinúen que Guillermo Meneses se
volvió un buen escritor después de haber viajado a Europa y que Julio Garmendia
no habría escrito jamás “El cuento ficticio” de no haber sido por su salida al
extranjero. Se enseña sin querer queriendo que un escritor local no es
regularmente aceptable si no ha vivido, por ejemplo, en París. Sigue campante
la galofilia con que enfermaron nuestra historia literaria algunos modernistas
tan aburridos y contradictorios en sus posturas estéticas como Manuel Díaz
Rodríguez (y que me sepan disculpar sus admiradores y émulos, no tildarme de apóstata,
por favor, tengo pleno derecho a opinar sobre los escritores a quienes he leído).
Convertidos
en pescadores de isotopías, los cautivos lectores de las ( j)aulas continuarán
optando por el tedio, obligados a una tarea de acopio de fechas, nombres,
títulos e indicios, y, lo más aberrante, juicios, opiniones e interpretaciones
estereotipados, emitidos por otros y reproducidos en las “guías”: “la poetisa
de la soledad y la amargura infinitas”, “el narrador de la escoria social
iconoclasta y rebelde”, “el ensayista enrollado, hermético y epentético”, “la
prosa de tono fluvial incandescente”.
Como cuando
estudié bachillerato, ¡a mediados del
siglo anterior!, se sigue incentivando en el estudiante la idea de que toda la
literatura que lee ha sido escrita por muertos, o por viejitos y viejitas que
mascan el agua y son inalcanzables, etéreos, gaseosos e infalibles.
Y, ¡cuidado, señoras y señoras malpensados-as! No he querido decir que no debe leerse a los clásicos, por supuesto que sí, pero a su tiempo.
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Fuente de la imagen: http://akantilado.wordpress.com/2012/01/09/estilos-de-evadir-la-lectura/

