sábado, agosto 02, 2008

Herencias virtuales y otros premios electrónicos





En algún lugar de la jerga que ha venido naciendo para ser aplicada a todo lo que se relaciona con la Internet y los espacios virtuales, suele utilizarse la palabra metamedio para referirse al hecho de que en la pantalla de un computador converge todo lo que en algún momento del “mundo real” constituyó un soporte independiente. Sonidos, imágenes y palabras se aglutinan en el más sencillo de los sitios del cibermundo para recordarnos que a partir de la www la vida cambió. Todo es mucho más extraño y distante de lo que alguna vez imaginamos. Difuso, pero distendido, diletante, divertido y diversificado. Para quien no se haya dado cuenta todavía, la realidad se volvió pura ficción y lo ficticio es ahora parte del mundo cotidiano en que nos corresponde vivir.
Suerte para quienes hemos visto llegar el siglo XXI. No tenemos todavía los autos voladores (imprescindibles en la congestionada Caracas de hoy); no se hizo rutinaria la vida de aquella familia llamada Los supersónicos, ni tampoco hemos podido apreciar las cajas mágicas que esperábamos pudieran teletransportarnos a cualquier otro lugar del planeta. Pero con la “fundación” del sistema intergaláctico virtual ya hemos aprendido que todo es posible y que cualquier hecho de la imaginación se queda corto ante lo que allí podemos hacer o lograr. Por ejemplo, como en los cuentos de hadas y las telenovelas, cualquier desheredado pobretón puede volverse rico de cuna de un segundo para otro.
Ha sido mi caso, ya lo verán. Abstenerse envidiosos, por favor.
El hecho concreto es que esta duda melódica se aviene con las magias y maravillas de la correspondencia electrónica. Esa fulgurante y milagrosa nueva manera de cartear que me ha vuelto rico, acaudalado e hipermillonario en ese abrir y cerrar de mensajes electrónicos que a diario puede uno recibir desde el más remoto lugar del mundo ¿real? A los hechos me remito para evitar que se piense que he comenzado a desvariar o que he escrito en febril estado de alucinación. Nada de eso. No consumo estimulantes de ninguna naturaleza, salvo bebidas de esas que alegran el espíritu. Echo mi cuento y ustedes me dirán.
Un banquero súper comprensivo, generoso y desprendido (especie que creíamos inexistente hasta que llegó la web) me escribe desde Abuja (Nigeria) para notificarme que, sin yo saberlo, soy el afortunado único heredero de una señora que luego de ser notificada de una salvaje enfermedad que devorará su cuerpo en menos de una semana, ha decidido que sea  este humilde venezolano hijo de Amelia Linares –mi luminosa madre-, la persona destinada a recibir, una vez fallecida ella (la señora desconocida), su cuantiosa fortuna que incluye, no solo cantidades astronómicas en metálico depositadas en un banco nigeriano, sino también sus amplios lotes de tierras productivas y todas las edificaciones que ella alguna vez heredó de su “ricomacpático” esposo, desaparecido antes en un accidente aéreo.
Pero digamos que no he tomado la decisión de responder afirmativamente a mi banquero correspondiente porque tengo además otra oferta que también me trae de cabeza. A juzgar por el origen de la formal carta electrónica, la noticia procede de la “fiera Albión”, está fechada un julio 28 de cualquier año y en ella un señor con nombre de inventor de teléfonos (Mr. Alexander Grahan Bell) me conmina a una muy rápida respuesta a su solicitud, nada despreciable si pienso en lo poco que hoy rinden los bolívares en Venezuela.
Me explico.
Se trata de la bicoca de ¡cien millones de libras esterlinas! que el firmante (supuesto empleado de alto nivel de un banco inglés) ha “descubierto abandonada” en su agencia, sin que nadie pueda cobrarla, porque su titular y toda la familia directa e integrantes de sus ramas colaterales fallecieron el año pasado en el hundimiento del crucero en el que vacacionaban. También desprendido y nada mezquino, el gerente ha decidido que sea yo, el humilde y pobretón hijo de José Ramón Barrera, la persona destinada a compartir aquella montaña de billetes que llevan la imagen altiva de la reina del United Kingdom. Y eso sin hacer demasiado, apenas conectarme con él a través de un vínculo electrónico cuyas señas me envía. Mi ganancia no sería excesiva si yo hubiera heredado a Aristóteles Onassis, pero considerando que no es así, con solo aceptar y aportar la información solicitada, según mi remitente, me correspondería un modesto quince por ciento (15%) de la cantidad total. Es decir, la minucia de quince millones de pounds.
Lo estoy pensando.
Y pido a los lectores que no me llamen idiota. Usualmente paso por tal, pero no lo soy tanto. Como dice mi hijo menor “me hago el trujillano” nada más, no significa que lo sea. Aclaro: lo estoy pensando porque la oferta más tentadora apenas la acabo de recibir ayer:
bastó mi humilde dirección electrónica para que dentro de ese biombo imaginario y universal que es la Internet saltara mi nombre como acreedor de la impensable suma de ¡cien millones de dólares estadounidenses! (U.S.$ 100.000.000,00). Igual que un kino nacional pero en inglés y más barato. Producto de la rifa que una lotería universal ejecuta cada mes entre los que nos comunicamos a través de correos electrónicos. Hombre, que me he ganado el premio gordo de alguna parte del cibermundo sin hacer absolutamente nada, solo por responder a diario mi correspondencia electrónica. No podía ser de otra manera. Antes lo pronosticó muchas veces mi tía Eloína: “las fortunas existen, solo faltan quienes acudan ‘a por’ ellas”. Recordando una vieja cuña oficial alfabetizadora, muy difundida en tiempos de la cuarta república venezolana, el dinero virtual clama por la presencia de quienes lo aspiran: ¡acude, te estamos esperando!
Hay además variantes que lindan entre los extremos de la tragicomedia griega y la telenovela contemporánea. Es el caso de la núbil y gentil doncella que, desde Abidjan (Costa de Marfil),  me ruega el sacrifico de que sea yo su albacea, luego de que su madre falleciera misteriosamente, mientras vacacionaba en Europa, y su padre pereciera envenenado por su tío (de la chica). Según alega, es virgen y por eso desea que sea yo su desflorador. No ha concluido los estudios y me solicita como su tutor. No confía en nadie de la familia y me requiere de administrador. Claro, para todo eso, debe hacerse venezolana y de allí la necesidad del formal himeneo conmigo. Todo por la sencilla suma de apenas cinco humildes millones de verdes estadounidenses. Nada mal, pues.
Y, claro, ahora sí es verdad que me cuesta tomar la decisión. Nadie me ha dicho que debo escoger una de las cuatro opciones, pero como pretendo ser justo con mi suerte, no soy capaz de aceptar todos los ofrecimientos y hacerme hipersupermillonario obsesivo y avaro. No hay derecho, quiero dejar tres de las opciones para que se beneficien otras personas, que bien lo necesitarán. Me basta con una sola de las ofertas.
De modo que escribiré a mis cuatro amables beneficiarios para decirles que he decidido transferir virtualmente tres de las fortunas ganadas con el sudor de mis dedos sobre las teclas, y propondré para recibirlas a las tres primeras personas que dejen aquí sus comentarios y que me demuestren que de verdad necesitan tales cantidades. ¡Escriban ya! No olviden poner sus datos completos, desde el nombre y la cédula de identidad, hasta la cuenta bancaria donde desean que les sea depositado el dinero, ¡con sus respectivos nombres de usuario y claves de acceso, por supuesto! Los exigen en todas las correspondencias que comunican sobre estas sumas astronómicas que uno puede ganarse con solo navegar por la red.
Lo he dicho al comienzo: en ese metamedio que es la red de redes, cualquier cosa es posible. Hasta la riqueza súbita, ilógica e inmediata. Créalo. Sin embargo, no meta ni medio en tales negocios.

martes, junio 24, 2008

Los escritores como personajes



Siempre me he preguntado cuán interesante sería conocer las memorias más recónditas, lo más cotidiano de algunos editores en su relación con los autores. Creo que usualmente ciertos autores son personajes para la obra de otros escritores. Por lo que me han revelado mis pasantías por algunas editoriales, sospecho que la verdadera personalidad del creador se desnuda ante los editores y ante ciertas audiencias.
Puede parecer perverso pero, como narrador y crítico, me interesan también las vidas personales que se salgan un poco de lo público y predecible, esas conductas inéditas que reflejan lo que, por pudor, educación  o timidez, el escritor como persona esconde ante los demás, sus manías, sus peticiones a veces insólitas, sus perversidades ante la obra de los otros. Y también las virtudes y defectos o desviaciones que se esconden detrás de las páginas pergeñadas por quien escribe un libro y acude a un editor para que lo haga público y pueda llegar a los lectores.
Es decir, conocer un poco más de esa “intrahistoria” que subyace a la relación escritor-editor-lectores, ni tan dulce ni tan amarga, como se las puede suponer desde afuera. Hay creadores apacibles, gentiles, corteses, fastidiosos y repelentes. Pero cuando son fastidiosos y repelentes lo son con alevosía. Independientemente de su edad y su escasa o abundante obra,  estos ejemplares se creen la tapa del frasco, no cesan de marcar el teléfono, suelen creer que el editor solo existe para ellos, sin importar horario, día de la semana ni ocupaciones.
Supongo, por ejemplo, que hay editores, diseñadores e incluso lectores que se habrán topado más de una vez con escritores de quienes no desean recibir una llamada telefónica ni un mensaje de correo electrónico. Presumo que no faltará el editor que se vea obligado a sacrificar algún libro publicable por evitar el simple hecho de tener que firmar el contrato con un ser intratable, intolerante y vanidoso. Igual, presumo que hay lectores que jamás acudirían ante la presencia del autor de un libro que los ha cautivado, solo para no perder la imagen que de él se han creado a través de su escritura.
Y es que a veces, a lo mejor sin darnos cuenta, los escritores podemos llegar a parecer insufribles ante las otras personas. Hay editores y lectores que a lo mejor admiran la obra de un escritor-a, pero también intuyen (al escucharlo o leer sus entrevistas) que como persona se trata de un patán o “patana”.
Para citar algún caso hipotético, pienso en aquellos que, una vez publicadas sus obras, luego de ruegos y más ruegos al editor, no cesan de hacer llamadas a la editorial porque sus libros no están permanentemente en las vitrinas de las librerías. “Inocentes” de que, por deformación profesional y comprensible excusa de mercadeo, en el mundo entero, los libreros suelen exhibir nada más lo que se vende rápido y está destinado a ocupar lapsos muy breves en los anaqueles.
Y el corolario infaltable: ante el llamado para algún evento promocional, casi nunca los autores fastidiosos y repelentes tienen tiempo; paradójicamente siempre parecen estar ocupados en algo más importante que sus propios libros. O solo aspiran narcisamente a promoción en el exterior. No les interesan los lectores nacionales porque sienten que ya los han conquistado sin ningún esfuerzo.
“Las vanidades del mundo /las grandezas del imperio/ se pierden en el profundo /silencio del cementerio”. Son versos perversos pero certeros, pertenecientes a un célebre enterrador de Los Puertos de Altagracia, apodado Titán, el sepulturero. Dignos para “chapear” a quienes se pasan la vida edificando sus egotecas sobre falsos presupuestos.
Digamos que hay editores maulas y otros que realmente no lo son, pero todos necesitan sobrevivir, tarea que no es fácil en un mercado bibliográfico tan oscilante y deprimido como el venezolano.
Sin embargo, eso no justifica que el autor o autora siempre deba pensar que no es que sus libros no se venden sino que el editor lo estafa permanentemente. Sabemos que hay editores locales y foráneos que no reportan todo lo que venden. Es casi una premisa universal. Y que incluso existen los que pagan un desmirriado y a veces diezmado porcentaje con base en el precio de costo y no en el precio de venta al público. Pero eso tampoco significa que constantemente nuestros volúmenes sean best sellers por los que los lectores se desviven apenas salen al mercado. Y, lo peor, sin que tengamos que mover ni un dedo. No acabamos de entender que a veces la “fama” de un escritor no pasa de los linderos de sus amistades y conocidos.
Tengo en mi archivo de notas una catorcera de anécdotas relacionadas con la conducta de algunos escritores venezolanos durante mis pasantías de más de diez años por algunas editoriales como Monte Ávila, Fedupel, Alfaguara, Planeta. Principalmente guardo en mi memoria imágenes caricaturescas de los más mediocres y creídos (una combinación de adjetivos que suele darse con más frecuencia de la que creemos).
Como simple muestra gratis para esta duda, recuerdo particularmente el caso de un emperifollado narrador, más bien debería escribir aspirante porque apenas ha escrito dos libritos de corta extensión, uno regularsón y el otro desechable. Con rostro y gesto de maniquí de la India y perfil de lagarto, se ofendió como nadie el día que los juicios de tres reconocidos lectores obligaron a la editorial a informarle que no se publicaría su libro. Como alguien debe hacerlo, me correspondió transmitirle la noticia, conjuntamente con el encargado de prensa. Pues, nada, que aquel sujeto enardeció, enrojeció, bufó y parpadeó como un camaleón ante la noticia. Su recurrente actitud de creerse la “verja” de Triana pareció recibir un hachazo de leñador. Le faltó la necesaria humildad para enterarse de que un escritor tiene la obligación de saber escribir, por lo menos medianamente. Y no comprendía la razón para que uno de los lectores expresara en el informe su descontento por las horas que le había quitado tratando de corregir cientos de gazapos de sintaxis y ¡ortografía!
Ese mismo día nació mi interés por escribir un libro de textos breves que se titulará EGOLETRADOS. He avanzado en él y en esta duda debo agradecer a los varios escritores nacionales que me han dado ideas para convertirlos en personajes. Es comprensible que todos tenemos y nos agrada pergeñar los anaqueles que deben conformar nuestra egoteca, pero a veces debemos ser más cuidadosos en el trato que damos a los demás, creyéndonos “la pepa‘e Billy Queen”. Y si me preguntan qué es creerse “la pepa de Billy Queen”, debo decirles que es un gracioso dicho que, durante mi infancia y adolescencia,  escuchaba mucho en Los Puertos de Altagracia y Maracaibo, aunque jamás supe quien fue el señor Billy Queen ni por qué su “pepa” era tan importante. Pero suena bien recordarlo ahora, en este paseo por el semblante de personajes que me han dejado algunos plumarios locales. Algún día habremos de hacer un conteo estadístico para calcular cuántos de nosotros calificaremos para creernos “la pepa’e Billy Queen”.
En fin, que cada vez que le hablo en secreto de mis tratos con algunos autores y autoras venezolanos-as, de sus llamadas recurrentes, de sus oscilaciones de carácter y temperamento volátil, de sus creencias egocéntricas, de sus inclinaciones a telefonear a los jefes para no tratar con subalternos; cada vez que me entero y la entero de anécdotas relacionadas con el modo como se comportan íntimamente algunos escritores venezolanos ante sus editores y ante los lectores; de cómo viven llamando a la prensa para que los entrevisten, de cómo envían reseñas positivas sobre sus propios libros a los amigos periodistas para que estos las publiquen como suyas, de la manera como insisten obsesivamente para que la tele y la radio vayan a su casa, del modo como se valen de las relaciones con poder para publicar cuanto escriben; de las exigencias a veces insólitas que hacen, mi tía Eloína me insta a que, con base en un anecdotario que ya pica y se extiende, escriba un libro de ficción que presuma de memorabilia y desnude metafóricamente esas conductas secretas acumuladas en los rostros más íntimos de algunos creadores locales.
Y –como ya dije- en estos días he pensado que no es ni mala la idea. Total, ya lo he dicho y escrito en varias ocasiones: la escritura de ficción es la mejor terapia que existe para quien la practica: puedes matar sin asesinar, exaltar sin adular, ajusticiar al adversario frente a un paredón de palabras y hasta conquistar amores sin necesidad de caer en incómodas situaciones de confesión directa ante la dama o el caballero por la o el que te desvives.
De modo que, en nuestro trato con los editores y lectores, los escritores debemos cuidarnos de no convertirnos en pasto literario, en alimento para otros escribas. Debemos saber que los otros escritores son tan “peligrosos” con sus teclas como nosotros creemos que lo somos con nuestro trato despótico hacia los demás.
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Actualizado: octubre de 2012
Fuente de origen de la ilustración: http://www.imaginaria.com.ar/18/5/autores-ChantiPersonajes.jpg

domingo, abril 06, 2008

El martirio de ingresar a la universidad








En estos días he tenido una conversación con un aspirante a Bachiller. Debo confesar que su relato no hizo más que confirmar lo que siempre he pensado de las llamadas pruebas de admisión que ejecutan algunas universidades a la hora de precisar quiénes tienen las habilidades y destrezas suficientes para ingresar a sus recintos.
El chamín me contaba acerca de los horrores padecidos por él, desde que en septiembre pasado inició su quinto año de bachillerato en un instituto modesto, pero privado. Lo primero que reseña mi interlocutor es la retahíla de consejos, reclamos, premisas y regaños consecutivos provenientes de su grupo familiar.

-Te compré varios problemarios para que hagas ejercicios por las noches- le dijo la madre.

-Tienes que estudiar matemática, si no, te frunces- le ha repetido su padre cada día.

-Deja de leer tanta pendejada en Internet y dedícate a los números, es lo más pelúo- le aconsejó su hermano, ya estudiante universitario de Comunicación Social.

-Si fallas en mate, te dan “matica‘e café”- le dijo una de sus tías, que por cierto es contadora.

En fin, no hay día en que algún miembro de su familia inmediata no le haya mostrado la preocupante situación de tener que ingresar al mundo universitario nacional. A criterio de mi joven amigo, prácticamente ha tenido que seguir dos planes de estudio en paralelo. Nomás comenzó el año escolar en el liceo, su madre lo inscribió también en un instituto de esos que dictan los llamados cursos “propedéuticos” preuniversitarios, con la finalidad de que pudiera llenar los vacíos que le fueran quedando en sus estudios formales “de Matemática”. Todas sus diversiones habituales han debido entrar en un largo reposo, debido a que, en su tardía adolescencia,  la universidad se ha convertido en su única mira. Su foco exclusivo de atención, su exclusiva preocupación vital.
 Y decir universidad y números casi pareciera ser lo mismo.
Ahora en estos días, hace poco le llegó la hora decisiva, el momento en que por fin debería definirse su futuro. Las largas colas de las preinscripciones han culminado en la asistencia a distintas pruebas internas de admisión. Y lo que ellas significan.
El chico describe contextos que paran los pelos. Hileras de muchachas y muchachos atemorizados, nerviosos, pálidos, algunos francamente aterrorizados, parecían ir al patíbulo y no a una simple prueba de admisión. Eso me relata. Y detrás de ellos, multitudes de padres y madres dispersos por todos los espacios de las universidades, con unos rostros de preocupación parecidos a los de los familiares cuando despiden a soldados y “soldadas” que se marchan a la guerra. Tristes, apesadumbrados y seguros de que muchos de ellos no regresarán con vida o volverán todos maltrechos.
Sin decir nada de los aprestos relativos a “primeros auxilios” que rondaban por esos ambientes.

-Pero igual salí clavado, profesor, como me dijeron que cada respuesta mala anula dos buenas, dejé todo lo de “mate” en blanco. No me gusta esa vaina y si las respondía seguro me fusilaban peor.

Como docente universitario, no he sido ajeno a la situación descrita por mi joven amigo. Y, más allá de lo que se ha discutido sobre las pruebas de ingreso a las universidades, he llegado a preguntarme si será normal esa pavorosa y terrorífica situación en que para algunos se ha convertido dicha actividad. En los tiempos en que yo debía asistir como jurado a estas “olimpíadas académicas”, también fui testigo de desmayos, diarreas incontenibles, bajadas o subidas de tensión, descompensaciones y otros males ocasionados por el pavor que genera en la persona saber que se está jugando su futuro frente a unos cincuenta o sesenta ítems y que dicho asunto será resuelto en las dos o tres horas en que debe desarrollar aquello. Y ya sabemos que ese terror está muy vinculado al hecho de que lo que más temen los aspirantes es fallar en lo que tiene que ver con las llamadas “habilidades cuantitativas”. Si vamos a lo esencial, también la parte correspondiente a “conocimientos” depende de cálculos y más cálculos.
Lo digo porque, de verdad, en el calor de la disputa sobre estos asuntos de “inclusión” /“exclusión”, me he preguntado varias veces si no será la terrofilia generada alrededor de Pitágoras uno de los factores que más ha incidido en que las pruebas de admisión se hayan convertido en “el coco” de algunos aspirantes a bachilleres y en el fetiche de reconocidos universitarios. Desde dentro de las universidades estamos en la obligación de preguntarnos muchas cosas frente a este fenómeno y de aceptar que, nos guste o no, tal y como han venido administrándose, algunas pruebas de admisión sí son excluyentes y limitativas. Su propia filosofía así lo determina.
En tales casos, el destino depende de unos percentiles y cortes. Todo gira alrededor de una cifra.
Durante algún tiempo estuve implicado en esto de los modelos de pruebas y también me llegué a plantear más de una vez el asunto relacionado con la presencia abrumadora de la matemática y todo lo relativo a la resolución de problemas en esos sistemas de medición. Aún a riesgo de que se me malinterprete, parece obvio que ha existido una corriente cultural y un paradigma científico que tiene a la matemática como el eje fundamental del universo. Si al salir del bachillerato no tienes habilidades de esas que se denominan “cuantitativas” casi pasas a ser considerado un “guateperro”, como suele decirse en el oriente del país. A juzgar por lo que rige a eso que se denomina las “ciencias duras”, todo el universo pareciera girar en torno de ecuaciones, teoremas, productos notables, números binarios, propiedades, funciones trigonométricas, raíces cuadradas, etc.
Y eso, a mi parecer, ha incidido en las pruebas, en su diseño, en sus contenidos y en su operatividad.
No es un azar publicitario que buena parte de los institutos que dictan los tan “productivos” propedéuticos lleven precisamente nombres que suenan y resuenan en el universo de los números: Newton, Galileo, Gauss, Leibniz, Kepler, Volta, Einsten... Tampoco lo es que el mayor porcentaje de ejercicios contenidos en esos instrumentos de evaluación impliquen habilidades y destrezas relacionadas con procesamientos matemáticos (directos o indirectos). Hasta algunos ítems vinculados al manejo de “habilidades verbales” y “espaciales” tienen que ver con eso.
De las varias pruebas que llegué a evaluar alguna vez, muy pocas estaban relacionadas, por ejemplo, con procesos relativos a otros fenómenos, si se quiere más cualitativos, pero también humanos, como la reflexión, la opinión, la argumentación, el ambiente, la vida comunitaria, la actitud crítica, las comunicaciones, entre otros. A mi juicio también muy importantes si los relacionamos con algunas carreras universitarias existentes o futuras.
No quiero decir con ello que deba erradicarse la “mate” -como la llaman los estudiantes- de toda prueba de admisión. Es obvio que hay carreras en las que no se puede obviar ese renglón. Sin embargo, tampoco estoy seguro de que el mundo gire exclusivamente todo en torno de esa sola y única disciplina que, si bien es auxiliar indiscutible de muchas ciencias, no es propiamente La ciencia. Y que me disculpen mis colegas matemáticos.
Tampoco estoy seguro de que un bachiller que falle en alguna prueba no pueda llegar a ser un buen profesional, incluso en alguna carrera que tenga los dígitos como eje fundamental. Una diarrea originada por la terrofilia que rodea estos ambientes puede ser la causa de que el respondiente confunda circunstancialmente a Pitágoras con Calígula.